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martes, 13 de noviembre de 2007

+ Homilía +

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Misa Extraordinaria auspiciada por el R.P. Padre Alfredo Sáenz el 28/10.
"De Espaldas a Dios o al Pecado"

(Lecturas y Sermón del XXXI Domingo del Tiempo Ordinario)

Predicado por el R.P. Alfredo Sáenz, SJ

Síntesis a modo de presentación:

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Dar la espalda a Dios es el primer acto del pecado, el primer avance de un movimiento que, según San Agustín, tiene dos partes: "Adversio a Deo et conversio ad creatura ", rechazar al Creador para volverse a sus creaturas. Por eso, en el Antiguo Testamento los profetas comparaban al pecado con el adulterio de quien, despreciando la relación esponsalicia que ofrece al alma humana el Divino Esposo, prefiere extraviarse en amoríos. Pero Cristo, buen pastor y dueño celoso, arrostrando todos los peligros, va en busca del pecador arrepentido, lo rescata de entre las espinas del mundo y lo perdona. Y es precisamente en el perdón de los pecados donde se muestra la Omnipotencia de Dios, que posterga su Justicia hasta el fin; y su efecto es la conversión, la vuelta a Él.
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La conversión de Zaqueo, que nos relata el Evangelio de san Lucas, es modelo de Fe, de audacia en su amor incipiente y de liberalidad y magnificencia; implica un doble salto, de lo malo a lo bueno y de ahí a lo perfecto. Mirando a lo alto del árbol donde estaba Zaqueo, lo vio el Señor como fruto maduro para la conversión.
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Que nosotros, los que ya hemos dado la espalda al pecado por el bautismo, sepamos convertirnos cada día un poco más y pedir a Ntra. Sra. que, al recibir el Cuerpo de su Hijo, nuestro corazón se sienta impelido al progreso espiritual hasta alcanzar la plena identificación con Él.
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Lectura del santo evangelio según san Lucas (19, 1-10)
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En aquel tiempo, Jesús entró en Jericó, y al ir atravesando la ciudad, sucedió que un hombre llamado Zaqueo, jefe de publicanos y rico, trataba de conocer a Jesús; pero la gente se lo impedía, porque Zaqueo era de baja estatura. Entonces corrió y se subió a un árbol para verlo cuando pasara por ahí. Al llegar a ese lugar, Jesús levantó los ojos y le dijo: “Zaqueo, bájate pronto, porque hoy tengo que hospedarme en tu casa”.
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El bajó enseguida y lo recibió muy contento. Al ver esto, comenzaron todos a murmurar diciendo: “Ha entrado a hospedarse en casa de un pecador”.
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Zaqueo, poniéndose de pie, dijo a Jesús: “Mira, Señor, voy a dar a los pobres la mitad de mis bienes, y si he defraudado a alguien, le restituiré cuatro veces más”. Jesús le dijo: “Hoy ha llegado la salvación a esta casa, porque también él es hijo de Abraham, y el Hijo del hombre ha venido a buscar y a salvar lo que se había perdido”.
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Homilía
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El Evangelio de hoy nos pone ante el tema eterno, un tema imperecedero, que es el tema del pecado, y de la Redención, de la Salvación.
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Pecado es una categoría que ha desaparecido del universo mental de los hombres de nuestro tiempo, y es natural que así sea esta perdida de sentido del pecado, a la cual aludía con tristeza Pío XII refiriéndose a la tesitura espiritual en que mucha gente se encuentra; digo que es normal que se haya perdido el sentido del pecado, porque se ha previamente perdido el sentido de Dios, y el pecado no es sino una ofensa a Dios. Consiguientemente, si no existe Dios (a lo mejor existe, pero en un plano teórico, pero no existe en realidad Dios en la vida de los hombres), es natural que desaparezca también la categoría del pecado y, por eso, esta palabra ya no se usa más sino que se habla de desprolijidades, o de errores, o de yerros, o cosas por el estilo. Pero el pecado es una categoría teológica solamente inteligible a la luz de Dios. Por eso a veces es bueno volver hablar de este tema, máxime cuando se ha perdido su recuerdo, su sentido, su significación. Es más necesario que nunca, quizás, volver a hablar de este tema del pecado, y luego de la conversión, de la misericordia de Dios.
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Pecado definido por San Agustín como: “el dar las espaldas a Dios, y volverse hacia las creaturas”, en latín suena más claro: “aversio a Deo et conversio ad creatura” (“La aversión a Dios y la conversión a las creaturas”), un doble movimiento, que es único en realidad. Dar las espaldas a Dios, el pecado es eso, al Dios nuestro Padre que ha señalado el camino que tenemos que recorrer para ir al cielo, le decimos “No, no quiero servir”. Un poco en cada pecado hay un eco de la voz, del terrible grito del mal ángel: “non serviam” (“Yo no quiero servir”). Dar las espaldas a Dios y convertirse, darse vuelta hacia las creaturas. Es natural que uno pueda tener preocupación y amor a las creaturas, y debemos tenerlo; pero cuando se habla de esta conversión a las creaturas, se habla de una conversión, de una mirada pecaminosa a las creaturas, de buscar en ellas, no ya el camino para ir hacia aquel Dios que las ha creado, sino un diversivo, un atajo, que no conduce a nada, pero por el cual uno se lanza bajo el espejismo del atractivo de las cosas temporales, de los placeres que tenemos. Entonces, dar la espalda a Dios, primer acto y, consiguientemente, convertirse, entregarse a las creaturas en el hedonismo, en el placer ilícito muchas veces, que ellas nos producen.
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En el Antiguo Testamento, cuando los Profetas enrostraban al pueblo elegido la gravedad de su pecado, el abandonar a Dios para irse detrás de los ídolos, como decían con tanta frecuencia estos grandes hombres, los Profetas. Comparaban ellos el pecado con dos actitudes del hombre frente a Dios:
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En primer lugar, la “idolatría”. Decían que en todo pecado se escondía una especie de idolatría, no en el sentido técnico de la palabra; que cuando uno peca, por ejemplo, cuando uno busca el dinero por medios ilícitos, es un idólatra, tiene un ídolo allí, al cual venera; pero sí en un sentido más genérico, es decir: preferir la creatura al Creador. Eso, idolatría en ese sentido, tomar una creatura, algo humano y adorarlo como si fuera el fin último, como si fuera Dios; y por eso, en todo pecado, aún en el pecado más tonto, aunque no parezca tener nada que ver con la idolatría, se esconde una especie de idolatría, una preferencia de una creatura frente al Creador.
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Y la segunda caracterización que hacían los Profetas del pecado, al pueblo elegido, era la palabra “adulterio”; otra vez una palabra que nos llama la atención, como calificar el pecado de adulterio. En el concepto del Antiguo Testamento, como saben ustedes, Dios era como el Esposo, el pueblo elegido era como la esposa. Dios quería mantener relaciones esponsalicias con su pueblo, y por eso, dice también la Escritura, una vez Dios mismo dijo que su nombre era “el Celoso”. El celo es propio, muy común en el matrimonio, el celo del marido que se cree traicionado por su mujer. Pues, Dios siente como celos, sentía como celos, cuando veía que el pueblo suyo se iba tras los amantes. El pecado era eso de alguna manera, un amante en vez del Esposo Divino. Traduciendo eso al lenguaje cristiano, Cristo ha querido Él también compararse con el Esposo, y la Iglesia es la esposa, la que lavó en su sangre, y la bautizó, y la trajo, y se desposó con ella; y también Cristo quiere ser el Esposo de cada alma, de cada cristiano. Cada uno de nosotros, es una microiglesia, una pequeña iglesia, y por eso Dios quiere mantener relaciones esponsalicias con cada uno de nosotros. Consiguientemente, cada vez que pecamos, cada vez que lo ofendemos, estamos cometiendo una especie de adulterio espiritual, es decir, preferimos un amante al enamorado divino, al que dio su sangre por nosotros. Tras esto se esconde una sombra de adulterio.
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Creo que esta dos expresiones, tan categóricas de los Profetas del Antiguo Testamento, tienen una clara aplicación en la vida nuestra. Pero frente a este pecado que signa nuestra vida, no sólo con el pecado original, en el cual hemos nacido, que gracias a Dios ha quedado borrado en las aguas del bautismo, pero sí con los pecados ulteriores y personales que vamos cometiendo incesantemente, a lo largo de los años de nuestra vida, está la misericordia de Dios; del Dios que, frente a aquel que se arrepiente (no cualquier pecador), frente a aquel que se arrepiente, Dios muestra su enorme misericordia. Él quiso llamarse “Buen Pastor”, que se pone en búsqueda de la oveja, no la condena de entrada y le dice “Bueno me dejaste, te dejo, te abandono”. Dios no es revanchista, como nosotros, sino que se pone en busca de la oveja, aunque tenga que caminar en medio de zarzales, como Cristo tuvo que caminar en el mundo, en caminos llenos de obstáculos, siempre en busca de la oveja perdida hasta que la ve enredada en las espinas del pecado, la saca de esa situación y la carga sobre sus hombros y la lleva al redil. Esa figura de Cristo como Pastor, como Él mismo quiso llamarse, nos muestra el carácter celoso, el celo enamorado de Cristo, cuando ve que una esposa suya lo ha abandonado, y esta perdida en el mundo.
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Así como al entrar en la ciudad de Jericó, Cristo había devuelto la vista a un pobre ciego, ahora en el Evangelio, muestra su corazón misericordioso, otorgando la salud del alma a un rico publicano. Saben ustedes, que los publicanos eran considerados como pecadores por los judíos, de modo que entrar en la caza de un publicano, era entrar en un terreno prohibido para el fariseo impoluto, que siempre se conservaba limpio, jurídicamente al menos, de todo pecado.
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Y es precisamente, en el perdón de los pecados donde se muestra la omnipotencia de Dios. Una frase que siempre me ha impresionado, esta en la liturgia, no me acuerdo de que día del año: “Dios que muestras Tú omnipotencia, perdonando” ¿Raro, no? Parecería que la omnipotencia de Dios se muestra castigando, haciendo justicia, etc., pero aquí es al revés, Dios ha querido poner toda la fuerza de su Ser, toda la omnipotencia al servicio del Amor, del enamoramiento de la esposa que lo ha traicionado por el pecado. Por eso hemos escuchado la primera lectura de hoy, tan espléndida, tomada del Libro de la Sabiduría: “Tú Señor te compadeces de todos, y aunque puedes destruirlo todo, aparentas no ver los pecados de los hombres, para darles ocasión de arrepentirse. Tú no aborreces nada de lo que has hecho. Tú perdonas a todos, porque todos son tuyos Señor, que amas la vida, etc.”, o sea, estas expresiones del Dios lleno de misericordia que posterga la justicia para el fin, pero durante toda nuestra vida nos trata con misericordia. Mira para otro lado; una manera de expresar ¿No? Él ve todo, Dios ve todo, pero, sin embargo, de alguna manera quiere mirar para otra parte.
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Nunca se agradecerá demasiado a Dios la inconmensurable obra de misericordia, que realizará con la Redención. La Redención es toda ella una obra de misericordia. Es una obra de perdón. Es un derramamiento de la sangre de Cristo, generosa. Una hemorragia divina para inundar al mundo, no ya con las aguas del diluvio, sino con la sangre de la salvación. La vida de cada uno de los que han sido regenerados por la sangre de Cristo, debiera ser un canto de alabanza y gratitud a la infinita bondad del Padre con nosotros.
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Pues bien, el efecto de la misericordia es la conversión, que sería la vuelta otra vez. Hemos visto como San Agustín definía al pecado “aversio a Deo, et conversio ad creatura”, dar las espaldas a Dios para entregarnos a las creaturas. Pues bien, la conversión es una vuelta, digamos, otra vez, hacia Dios. San Lucas, “el Evangelista de la Misericordia de Dios”, como se lo ha llamado, porque en su Evangelio se contienen varias de estas parábolas como “el de la misericordia”, como “la oveja perdida”, “el hijo pródigo”, “la dracma perdida”, etc., así lo llamó San Jerónimo: “El Escritor de la Misericordia de Cristo” (“Escriba mansuetudine Christi”), pues bien, es el único que nos ha conservado este retrato del publicano Zaqueo, que llega hasta el detalle de decirnos su estatura, así como el relato de su conversión, que es el modelo, modelo:
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En primer lugar, por su fe. No se instala en la comodidad de su bienestar material sino que, acicateado por la fama del Maestro, manso con los pecadores, exigente con sus discípulos e implacable con los fariseos hipócritas, quiere ver a Jesús.
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Modelo también, en la audacia de su amor incipiente. No tiene temor de exponerse al qué dirán, las probables burlas e insultos del gentío por su doble condición: de hombre de baja estatura, de manera quizás notable para que lo haya advertido, señalado, el Evangelista; y también ser jefe de los publicanos, es decir, podemos decir que lo verían como un corrupto. Al contrario, dice el Evangelio, que pasando por encima de estos respetos humanos, salió corriendo y se adelantó, y trepó como hace un niño. Él, hombre mayor y con familia, trepó a un sicómoro, a un árbol de allí. Quizá este rasgo infantil sea es el que sedujo el corazón del divino Maestro, que se complacía en hallar almas sedientas del tesoro de su misericordia. Se hizo como un niño. Justamente, antes de este texto evangélico, en el mismo Lucas esta aquella alabanza de Cristo a los niños: “hay que hacerse como niños”. Así que viene bien este niño Zaqueo, éste que juega, de alguna manera, para poder ver a Jesús.
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Modelo finalmente, por su liberalidad y magnificencia, reconociendo haber obrado injustamente, repara con abundancia los daños inferidos, devolviendo cuatro veces más. No contento con esto extiende los frutos de su conversión a las necesidades de los pobres, dándoles la mitad de los bienes.
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En este campo de la conversión, debemos decir que caben en nuestra vida dos conversiones: la primera de lo malo a lo bueno, y la segunda, de lo bueno a lo perfecto, o se podría decir que toda nuestra vida esta hecha de conversiones, es decir, de volver a darnos vuelta hacia Dios y entregarnos con mayor integridad. Muchos hay que se detienen en la primera conversión, pasan a ser, vamos a decir “cristianos honestos”, cumplidores de lo mínimo y creen haber echo un gran favor a Dios. Esta fue la actitud del joven rico, que justamente en el Evangelio de San Lucas, sigue a este texto, así como antes estaba la alabanza de los niños, después de este Evangelio, viene el del joven rico, que San Lucas nos presenta, que se acercó a Cristo para preguntarle que debía hacer para heredar la vida eterna, pero ante la invitación del Señor a venderlo, entregar todo y seguirlo, se entristeció; porque era muy rico. Este es el inverso de nuestro Zaqueo. En contraste con la actitud de este publicano, el cual bajó rápidamente del sicómoro y lo recibió a Jesús con alegría, el joven rico se entristeció cuando no pudo dar el segundo paso, la segunda conversión a la perfección, a que lo llamaba Cristo. Aquel se alegra, es lo contrario, y estando ya el Salvador en su casa, resueltamente, como señala el texto evangélico, hace su generosa oferta, que tiene como respuesta estas palabras de Cristo que son una bienaventuranza: “hoy ha llegado la salvación a esta casa, ya que también este hombre es un hijo de Abraham”. Así manifiesta entonces que Zaqueo, de un solo salto a pesar de su estatura, ha pasado de la primera a la segunda conversión; a una conversión en donde entrega todo su ser. Probablemente, si Cristo hubiese previsto que Zaqueo no habría de dar este paso, no se habría molestado en mirar hacia el sicómoro e invitarse a su casa, autoinvitarse, porque no lo invitó a Él, Cristo se autoinvitó. Con lo del joven rico bastaba para escarmiento. “Mirando hacia lo alto, dice con mucha belleza y poesía San Ambrosio, mirando hacia lo alto del árbol donde estaba Zaqueo, el Señor lo vio en la rama como el fruto entre las hojas, fruto maduro para la conversión”. “Zaqueo en el sicómoro, dice San Ambrosio, es esa figura del fruto nuevo, de los nuevos tiempos”.
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Por el bautismo, nosotros hemos dado la espalda al pecado y nos hemos convertido a Cristo, hemos sido injertados en Cristo y, mientras no pongamos el obstáculo del pecado grave, del pecado mortal, recibimos constantemente la sabia de la vida divina. Sin embargo, esta adhesión habitual del alma a Dios, de ninguna manera nos dispensa de la tarea de convertirnos todos los días de nuevo, un poco más; al contrario, la hace más apremiante.
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De una manera especial, cada encuentro con Cristo en la Sagrada Eucaristía, debe imprimir en nuestra vida una nueva corrección en la orientación hacia Él. Pidamos a nuestra Señora que al recibir el Cuerpo de su Hijo, nuestro corazón se sienta impelido al progreso espiritual hasta alcanzar la plena identificación con Él.
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Página Católica agradece al Sr. Juan Manuel Yangüela la trascripción de esta homilía.
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En Cristo y María Santísima,
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