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viernes, 29 de febrero de 2008

+ Quinto Domingo en honor de San José +

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Por la Señal de la Santa Cruz...
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Quinto dolor y gozo: Mateo 2, 13-18
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"Partido que hubieron (los magos) el ángel del Señor se apareció en sueños a José y le dijo: "Levántate, toma al niño y a su madre y huye a Egipto, y estate allí hasta que yo te avise, porque Herodes buscará al niño para quitarle la vida." Levantándose de noche tomó al niño y a la madre y partió para Egipto, permaneciendo allí hasta la muerte de Herodes, a fin de que se cumpliera lo que había pronunciado el Señor por su profeta, diciendo: "De Egipto llamé a mi hijo". Entonces Herodes, viéndose burlado por los magos, se irritó sobremanera, y mandó matar a todos los niños que había en Belén y en sus términos de dos años para abajo, según el tiempo que con diligencia había inquirido de los magos. Entonces se cumplió la palabra del profeta Jeremías que dice: "Una voz se oye en Ramá, lamentación y gemido grande; es Raquel que llora a sus hijos y rehusa ser consolada porque no existen. "
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San José, custodio y familiar íntimo del Verbo de Dios encarnado. Grande fue tu sufrimiento para alimentar y servir al Hijo del Altísimo, sobre todo en la huida a Egipto; de igual manera fue grande tu alegría al tener siempre en tu compañía al mismo Hijo de Dios y ver como caían en tierra los ídolos de Egipto.
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Por este dolor y gozo, te rogamos nos alcances la gracia de que, huyendo de las ocasiones de pecado, venzamos al enemigo infernal y hagamos caer de nuestro corazón todo ídolo de pasiones terrenas, para que, ocupados en servir a Jesús y María, vivamos únicamente para ellos y tengamos una muerte feliz.
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Padrenuestro, Ave María y Gloria.
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V. Ruega por nosotros San José
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R. Para que seamos dignos de alcanzar las promesas de Jesucristo
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Oración: Señor Dios, que por tu inefable providencia te dignaste elegir a San José, por esposo de tu Santísima Madre, te suplicamos nos concedas tener en el cielo como intercesor al que veneramos en la tierra como protector. Tu que vives y reinas por los siglos de los siglos. Amén.
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Un ejemplo de la intercesión de San José: La colecta habitual del mes de septiembre en Kerala, debió ser suspendida ese año, dicen las Hermanitas de los Pobres de una casa del sur de la India. Ellas acudieron a San José con gran fervor, y esa inmensa confianza que comparten todas las Hermanas de la Congregación, pidiéndole que les solucionara ese problema, porque la gente de ese Estado aprecia la obra a favor de las personas de edad y es muy generosa.
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Apenas había sido tomada, la decisión, nuestro buen Santo comenzó a enviarles sorpresas. Una de las más inesperadas fue una ofrenda de 1500 dólares, de parte de una persona desconocida de las religiosas.
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Algún tiempo después, otra persona, que no había oído hablar jamás de la congregación, realizó la venta de un terreno en condiciones ventajosas. Hablando con un funcionario de Kotagir, ciudad bastante alejada de la de las Hermanas, expresó su deseo de hacer algo por los pobres.
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Este funcionario, que antes había trabajado en la ciudad de las religiosas, le dijo que conocía una institución en la cual su contribución sería bien utilizada. El bienhechor las visitó sin dar razón de su presencia allí. Muy impresionado por los residentes y por todo lo que había visto, puso en manos de la Madre Superiora, en el momento de despedirse, un cheque de 750 dólares. Como ella le preguntaba a nombre de quien debía hacer el recibo, él respondió: “Alguien que os quiere bien”
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Tomado del libro "Id a José" - Editorial Tradition Monastiques, Abadía de San José de Claraval.
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San José, nuestro Padre y Señor: bendice a todos tus hijos de la Santa Iglesia de Dios.
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Nichán Eduardo Guiridlian Guarino
contacto@juventutem.com.ar

martes, 26 de febrero de 2008

+ Quinto Escalón: la Penitencia +

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Quinto Escalón para la Santidad: la Penitencia
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1. Juan corrió antaño más velozmente que Pedro (cf. Jn. 20:4); esto es así porque la obediencia viene antes que la penitencia: aquel que llegó primero es imagen de la obediencia, y el otro lo es de la penitencia.
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2. Penitencia es un modo de renovar el santo Bautismo. Penitencia es acordar con Dios una nueva vida. Penitente es el hombre que compra humildad. Penitencia es repudio perpetuo de todo consuelo corporal. Penitente es aquel que permanentemente se está acusando y condenando, el cual tiene un corazón descuidado de sí mismo por el continuo cuidado de satisfacer a Dios. Penitencia es hija de la esperanza y destierro de la desesperación. Penitente es el reo que está libre de confusión por la esperanza que tiene en Dios. Penitencia es reconciliación con el Señor, mediante la buena obra opuesta al pecado. Penitencia es purificación de la conciencia. Penitencia es sufrimiento voluntario de toda pena. Penitente es el artífice de su propio castigo. Penitencia es una fuerte aflicción del vientre, y una vehemente aflicción, y un gran dolor del alma.
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3. Todos cuantos habéis ofendido a Dios, venid de todas partes, y juntos oíd, pues he de contaros las grandes cosas que para vuestra edificación descubrió Dios a mi alma. Pondremos en el primero, y más honrado lugar de esta narración, las obras de aquellos venerables trabajadores (espirituales) que voluntariamente tomaron hábito y estado de siervos obedientes. Oigamos, miremos, e imitemos su ejemplo los que hemos caído más allá de la esperanza. Levantaos, los que por culpa de vuestras maldades estáis caídos. Oíd atentamente todas mis palabras, e inclinad vuestros oídos los que deseáis por verdadera conversión volver a Dios.
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4. Como oyese yo, pobre y falto de virtud como soy, que era muy sublime y extraño el estado y humildad de los santos penitentes que moraban en aquel monasterio al que llamaban “Cárcel,” que estaba cerca del monasterio principal y del cual hablamos más arriba, rogué a aquel santo padre que me hiciese conducir hasta allí a fin de observar lo que pasaba en el lugar. No queriendo por ningún motivo entristecer mi alma, él accedió benignamente.
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5. Llegué pues al monasterio de los penitentes, a la verdadera tierra de los que lloran, y pude ver entonces, si es lícito decirlo, cosas que jamás vio el ojo del negligente, que jamás oyó la oreja del descuidado, y que jamás cupieron en el corazón del perezoso. Vi, digo, palabras y ejercicios capaces de hacer violencia a Dios, y acciones y actitudes capaces de inclinar su clemencia con gran presteza.
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6. Porque a muchos de aquellos santos reos vi pasar las noches enteras al sereno velando hasta la mañana. Y cuando eran atacados por el sueño, violentando la propia naturaleza se negaban a tomar descanso, injuriándose y reprendiéndose a sí mismos.
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7. Otros vi que tenían los ojos alzados hacia el cielo con aire lastimero mientras pedían con lágrimas y gemidos, el socorro de lo alto.
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8. Otros vi que estaban en la oración con las manos atadas a la espalda, a la manera de los criminales y de los condenados, y que inclinaban hacia tierra sus rostros amarillentos diciendo a veces que no eran dignos de levantar los ojos al cielo ni de hablar con Dios en la oración por la confusión de su conciencia; diciendo que no encontraban qué pedir ni cómo pedirle a Dios. Y así ofrendaban al Señor sus almas calladas y enmudecidas, llenas de tinieblas y de confusión.
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9. Otros vi que estaban sentados en el suelo, cubiertos de ceniza y de cilicio, con el rostro escondido entre las rodillas y dando en tierra con la frente.
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10. Otros vi estar siempre golpeándose el pecho, los cuales parecía que se arrancaban el alma del cuerpo con grandes suspiros. Había entre estos algunos que rociaban el suelo con sus lágrimas, y otros que se lamentaban por no tenerlas. Muchos lanzaban alaridos sobre sus almas como se lo hace sobre los muertos, no pudiendo soportar la angustia de su espíritu. Otros rugían en su interior reteniendo el sonido en su corazón; pero algunas veces, no pudiendo contenerse, súbitamente explotaban dando voces.
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11. Vi algunos que en la actitud del cuerpo, y en los pensamientos y en las obras, parecían estar como fuera de sí, y como hechos de mármol por la grandeza de su dolor, envueltos en tinieblas y casi insensibles para con todas las cosas de esta vida. Habían sumido sus almas en el abismo de la humildad, y secado las lágrimas de sus ojos con el fuego de la tristeza.
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12. Otros vi estar allí sentados en tierra, tristes, con los ojos bajos y sacudiendo la cabeza hacia uno y otro lado, y arrancando gemidos y bramidos, como leones, desde lo profundo de su corazón. Había entre estos algunos que, llenos de esperanza, hacían oraciones buscando la perfecta remisión de sus pecados. Otros, con una inefable humildad, se tenían por indignos de perdón diciendo que no estaba en su poder el justificarse ante Dios. Unos había que pedían ser atormentados en esta vida, para poder hallar misericordia en la otra; y había otros que cargados y quebrantados por el peso de su conciencia, decían que les bastaría, si ello fuera posible y aunque no gozasen del Reino de Dios, con verse libres de los tormentos eternos.
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13. Vi allí muchas almas humildes y contritas, que inclinadas hacia el suelo bajo el gran peso de la penitencia, habiaban y decían tales palabras a Dios que con ellas podían haber movido a compasión aun a las mismas piedras. Con los ojos puestos en tierra, decían:
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¡Sabemos muy bien, sabemos que de todos los tormentos y de todas las penas somos merecedoras con justa razón! Porque aun reuniendo el mundo entero para que rogase por nosotros, no seríamos suficientes para satisfacer con esos ruegos la multitud de nuestras deudas. Por lo tanto sólo esto pedimos, sólo por esto oramos, sólo esto, con toda la atención de nuestras almas te rogamos, oh Señor: no nos castigues con tu ira ni nos atormentes conforme a las justas leyes de tu juicio, sino más blanda y misericordiosamente. Porque nos contentaríamos con quedar libres de aquella terrible y espantosa amenaza tuya, y de aquellos tormentos ocultos y nunca vistos ni oídos; porque no osamos pedirte que seamos del todo libres de trabajos y de penas. Pues ¿con qué rostro, con qué ánimo nos atreveríamos a esto, habiendo quebrantado nuestra profesión, y ensuciándola después del primero y misericordioso perdón?
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14. Allí, amigos míos, se podían ver realmente las palabras de David transformadas en obras: hombres cargados de miserias y tribulaciones andar tristes y encorvados todos los días, echando hedor sus cuerpos, ya medio podridos por el mal trato a que los sometían; hombres que vivían sin cuidado de su propia carne, que a veces olvidaban de comer su pan, y otras lo juntaban con ceniza y lo mezclaban con agua entre gemidos. Los huesos se les habían pegado a la piel, y se habían secado como el heno. No se oían entre ellos otras palabras sino estas: “ ¡Ay, ay, miserable de mí! ¡miserable de mí, Señor, y justamente! ¡Perdona, Señor! ¡Perdona, Señor!” Y otros decían: “ ¡Apiádate, Señor! ¡Apiádate!”
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15. Muchos podían verse allí que tenían la lengua fuera de la boca, a la manera de los perros sedientos. Algunos se atormentaban quemándose bajo los rayos del sol, y otros, por el contrario, se afligían bajo un intenso frío. Algunos bebían apenas el agua suficiente como para no secarse de sed; sólo con esto se contentaban, sin beber lo que realmente necesitaban. Otros, del mismo modo, sólo comían un trocito de pan y arrojaban el resto, diciendo que no eran merecedores de comer el alimento de los hombres por haberse comportado como bestias.
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16. .Entre tales ejercicios ¿qué lugar podía tener allí la risa o la palabra ociosa, o la ira o el furor? Apenas recordaban si existía la ira entre los hombres; hasta ese punto el oficio de llorar había apagado en ellos la llama del furor. ¿Dónde estaba allí la porfía? ¿Dónde la alegría desordenada? ¿Dónde la vana confianza? ¿Dónde el regalo y cuidado del cuerpo? ¿Dónde apenas el humo de la vanagloria? ¿Dónde la esperanza de deleites? ¿Dónde el recuerdo del vino? ¿Dónde el comer frutas, y el regalo de las viandas, y el apetito y las gratificaciones de la gula? De todas estas cosas no había allí ni memoria ni esperanza. Mas, ¿acaso los acongojaba el cuidado de alguna cosa terrena? ¿Juzgaban allí los hechos de los hombres? Nada de todo esto encontraríais allí; ocupados como estaban en llamar al Señor, sólo la voz de la oración se oía entre ellos.
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17. Unos había que golpeándose fuertemente en el pecho, como si ya estuvieran a las puertas mismas del cielo, decían al Señor: “ ¡Ábrenos, piadoso Juez, la puerta! ¡Ábrenos, ya que nosotros con nuestros pecados la cerramos!” Otro decía: “¡Muéstranos, Señor, tu rostro, y seremos salvos!” Otro decía: “ ¡Aparece, Señor, a estos pobrecillos, envueltos en las tinieblas de la muerte!” Otro decía: “ ¡Haznos llegar, Señor, tu misericordia, porque estamos perdidos, desesperados y totalmente empobrecidos!” Algunos otros decían: “¿Por ventura tendrá a bien el Señor enviar su luz sobre nosotros? ¿Por ventura habrá llegado nuestra alma a pagar ya esta deuda intolerable? ¿Por ventura volverá el Señor a tener contentamiento de nosotros? ¿Le oiremos alguna vez decir a los que están presos: salid libres, y a los que están sumergidos en un infierno de tinieblas: recibid luz?”
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18. Tenían la muerte siempre ante los ojos, y los unos a los otros preguntaban y decían: “¿Qué os parece que será, hermano? ¿Qué fin será el nuestro? ¿Cuál será la sentencia? ¿Habrá podido por ventura nuestra oración llegar a presencia del Señor, o ha sido justamente desechada y confundida? Y si llegó a Él, ¿cuánto pudo? ¿Cuánto le aplacó? ¿Cuál fue su provecho? ¿Cuánto obró? Porque habiendo salido de cuerpos y de labios tan sucios, poca fuerza había ella de tener. ¿Estarán por ventura nuestros ángeles de la guarda acercándose a nosotros, o estarán muy lejos todavía? Pues si ellos no se nos acercan, inútil y sin fruto será nuestro trabajo; porque si los ángeles que tienen cargo de nosotros no lo toman y no la ofrecen, nuestra oración no tendrá ni virtud de confianza ni alas de pureza con qué llegar a Dios.
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19. Algunas veces se preguntaban unos a otros: “¿Por ventura, hermanos, lograremos algo? ¿Alcanzaremos por ventura lo que pedimos? ¿Nos recibirá por ventura el Señor, y nos acogerá en su seno como antes?” A esto respondían los otros: “¿Quién sabe, hermanos, como dijeron los Ninivitas, si el Señor revocará su sentencia dejándonos libres de este castigo? (cf. Jon. 3:9). No dejemos nosotros de hacer nuestra parte: si él nos abriera la puerta, bien está; y si no lo hiciere, bendito sea él, que justamente la cerró. Perseveremos nosotros llamando hasta el fin de nuestras vidas, para que, vencido él por nuestra perseverancia, nos abra la puerta de su misericordia, porque el Señor es benigno y misericordioso.” Y con palabras como las siguientes, y otras semejantes, se despertaban y mutuamente se incitaban al trabajo: “Corramos, hermanos, corramos; porque es necesario correr, y correr mucho, pues hemos caído de aquel estado tan alto de la comunidad. Corramos, hermanos, y no perdonemos a esta sucia carne, sino crucifiquémosla, porque ella nos crucificó primero.” Esto es lo que aquellos bienaventurados decían y hacían.
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20. Tenían ellos las rodillas rígidas por la gran cantidad de metanías, los ojos cansados y hundidos en sus cuencas, las cejas ya sin pelos. Tenían las mejillas enrojecidas y quemadas por el ardor de las lágrimas hirvientes que corrían por ellas. Sus caras estaban sumidas y amarillas como las de los muertos; sus pechos estaban lastimados por los golpes que se daban; a muchos les salía la saliva de la boca mezclada con sangre. ¿Dónde estaba allí la placidez del lecho y dónde los buenos vestidos? Todo estaba allí sucio y roto, y cubierto de piojos y pobreza. ¿Qué comparación hay entre todo este sufrimiento y el de los poseídos por los demonios, o el de aquellos que lloran sobre sus muertos, o el de aquel que vive en el exilio, o aun el de aquellos que son castigados por sus crímenes? Todo estos tormentos que los hombres padecen contra su voluntad son, en verdad, muy pequeños, comparados con las penas que voluntariamente padecían estos santos. Y os pido, hermanos, que no tengáis por fábula todo esto que decimos.
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21. Rogaban estos santos varones algunas veces a aquel gran juez, el pastor del monasterio (que era un ángel entre los hombres), que les mandase echar cadenas al cuello y a las manos, y que los metiese de pies en un cepo, y que no los sacase de allí sino era para llevarlos a la sepultura.
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22/23. Mas cuando la muerte llegaba, era cosa terrible y lastimera ver lo que allí pasaba; porque cuando alguno estaba ya por expirar, mientras aún tenía el juicio entero, se ponían los otros llorando a su alrededor, y con triste aspecto y más tristes palabras, meneando la cabeza preguntaban al que partía: “Y bien, hermano de condenación qué será de ti? ¿Qué dices? ¿Qué esperas? ¿Qué habrás de recibir? ¿Alcanzaste lo que buscabas con tanto ahinco? ¿Llegaste dónde deseabas? ¿Has concretado tu esperanza? ¿Tienes una firme confianza en Dios, o aún andas vacilando? ¿Alcanzaste verdadera libertad de espíritu? ¿Sentiste por ventura alguna luz en tu corazón, o estás todavía lleno de tinieblas y confusión? ¿Ha sonado en tus oídos aquella voz de alegría que pedía David (cf. Sal. 50) o escuchas en cambio la que dice: 'Vayan los pecadores al infierno' (cf. Sal. 9), o 'atado de pies y manos echadle en las tinieblas exteriores, o 'sea quitado el malo para que no vea la gloria de Dios' (cf. Mt. 22). ¿Qué dices, hermano? Dinos, te lo pedimos a fin de que por este medio podamos conjeturar qué nos espera; porque tu plazo ha expirado y jamás volverás a recobrarlo; mas nuestra causa aún está pendiente.”
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A esto respondían unos diciendo: “Bendito sea el Señor, que no permitió que cayésemos entre los dientes de nuestros enemigos” (cf. Sal. 123). Otros decían gimiendo: “¿Podrá mi alma atravesar el agua infranqueable y el encuentro con los espíritus del aire? (cf. Sal. 123). Lo cual decían ellos considerando lo incierto, lo terrible y lo temible del juicio divino. Otros, más tristemente, respondían: “ ¡Ay del alma aquella que no guardó inviolablemente sus votos, porque en esta hora conocerá lo que le está aparejado!”
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24. Al ver y oír todas estas cosas, poco faltó para que cayese yo en una gran desesperación al poner los ojos en mi comodidad y en mi negligencia y compararlas con la aflicción de aquellos santos. Pues, pensad por un momento en ese lugar donde estaban, oscuro, hediondo, su ció, miserable, en todo merecedor del nombre de “cárcel.” En verdad, su solo aspecto ya era maestro de lágrimas y de perfecta penitencia para todo aquel que lo mirase.

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Sin embargo, las mismas cosas que a otros parecen dificultosas e insoportables, se hacen fáciles y agradables a los que se acuerdan de como cayeron de la virtud y de las riquezas espirituales que poseían. Porque el alma que despojada de su antigua confianza ha perdido la esperanza que tenía de alcanzar aquella bienaventurada paz y tranquilidad, que perdió el sello de la castidad, que fue privada de las riquezas de la gracia y del consuelo divino, que rompió su alianza con el Señor y que secó aquella hermosísima fuente de lágrimas, cuando se acuerda de tan grandes pérdidas, es herida y compungida con tan extraño dolor, que no sólo recibe con toda alegría estos trabajos de que hablamos, sino que cuando queda en ella alguna chispa de verdadero temor y amor de Dios, trata de crucificarse y despedazarse con la violencia de tales ejercicios.
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Y así eran, por cierto, las almas de estos bienaventurados, los cuales, conservando en su pensamiento la alteza de la virtud y del estado de donde habían caído, decían: “ ¡Acordémonos de la felicidad de aquellos días antiguos, y de aquel fervor de espíritu con que servíamos a Dios.” Y así clamaban, diciendo: “¿Dónde están, Señor, aquellas antiguas misericordias tuyas,” (cf. Sal. 88) que tuviste a bien revelar a nuestras almas en tu verdad? Acuérdate, Señor, de los ultrajes y de los sufrimientos de tus siervos (cf. Sal. 88).” Otro, con el santo Job, decía: “¿Quién me diera (volver) a los meses de antaño, a los días en que Dios me protegía (cf. Job. 29), cuando su luz resplandecía sobre mi corazón y con ella andaba yo entre las tinieblas.”
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25. Trayendo de este modo a la memoria sus antiguas virtudes y ejercicios, lloraban como niños, diciendo: “¿Dónde está aquella pureza en la oración? ¿Dónde aquella confianza con que iba acompañada? ¿Dónde aquellas dulces lágrimas que ahora se nos han vuelto amargura? ¿Dónde la esperanza de aquella purísima y perfecta castidad? ¿Dónde aquella beatísima quietud que esperábamos alcanzar? ¿Dónde aquella fe y lealtad para con nuestro pastor? ¿Dónde aquella oración que hacíamos tan eficaz y tan poderosa? Perecieron todas estas cosas, y como si jamás hubiesen sido, desaparecieron.”
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26. Y así, entre grandes lamentos y gemidos, unos rogaban al Señor que entregase sus cuerpos a todos los trabajos, para ser atormentados en esta vida; otros le pedían que les enviase grandes enfermedades; otros que les privase de la vista y que los transformase en un espectáculo miserable; otros que los hiciese contrahechos y mendigos para toda la vida, con tal de ser librados de los tormentos eternos.
En cuanto a mí, queridos padres, me olvidé de mí mismo viendo la compunción que reinaba entre aquellos santos penitentes; arrebatado y absorto en la admiración de cosas tan grandes, ya no fui dueño de mí. Pero volvamos a lo nuestro.
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27. Después de permanecer treinta días en aquel lugar regresé, con el corazón a punto de estallar, al monasterio principal; y el padre aquel, al ver mi rostro tan demudado y casi atónito, comprendiendo la causa de este cambio, me dijo: “¿Qué es esto, padre Juan? ¿Viste las batallas de los que trabajan?” A lo cual respondí diciendo: “Vi, padre, vi, y quedé espantado, y tengo por más dichosos a los que se lloran a sí mismos después de haber caído, que a los que nunca cayeron y no se lloran; pues para aquellos sus caídas fueron ocasión de una segura y beatísima resurrección.” “Así es, ciertamente,” dijo él.
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28. Y aquella lengua santa y veraz me narró lo siguiente: “Hubo aquí, hará diez años, un religioso muy solícito, diligente y gran trabajador; y como lo viese yo tan fervoroso, comencé a tener miedo de la envidia del demonio, y a temer que tropezase en alguna piedra como suele suceder con los que caminan tan a prisa. Finalmente ocurrió como yo lo temía. Y he aquí que él viene a mí, y me desnuda su herida, y busca el emplasto, y pide el cauterio lleno de angustia. Y viendo que el médico no deseaba tratarlo con demasiado rigor porque la culpa era digna de misericordia, se arrojó al suelo y se abrazó a sus pies, y regándolos con abundantes lágrimas pidió que lo condenase a aquella cárcel, diciendo que era imposible dejar de ir a ella. ¿Para qué más palabras? Por fin logró con su fuerza que la clemencia del médico se convirtiese en dureza, cosa desacostumbrada y muy admirable en los enfermos.
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Marcha, pues, a aquel lugar, y se suma al número de los que lloran, y se hace partícipe de su tristeza. Y herido gravemente en el corazón con el cuchillo del dolor, el cual había afilado el amor de Dios, tan grande es su pena por haberle ofendido, que a los ocho días de haber ingresado allí, entregó el espíritu al Señor. Como merecedor de toda honra lo hice yo traer a este monasterio y lo sepulté en el cementerio de los padres. Y no faltó uno a quien el Señor señaló que cuando aún no se había levantado él de abrazar mis viles y sucios pies, ya el misericordioso Señor lo había perdonado. Lo cual no es para maravillarse, pues habiendo tomado él en su corazón la misma fe, la misma esperanza y la misma caridad de aquella pecadora pública, con las mismas lágrimas regó mis viles pies, y del mismo modo alcanzó el perdón. Ya me ha sucedido otras veces ver en esta tierra algunas almas que, sucias, servían a los amores del mundo casi hasta perder el seso, las cuales trasladaron todo su amor a Dios, y abrazándolo con insaciable caridad, obtuvieron el perdón por sus pecados como aquella a quien fue dicho: “sus muchos pecados le son perdonados, porque mucho amó” (cf. Lc. 7:47).
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29. Bien sé, oh admirables padres, que las cosas que se han dicho más arriba les resultarán increíbles a unos, difíciles de admitir a otros, y serán para algunos otros motivo de desesperación. Mas, para el hombre valiente, estos ejemplos serán un estímulo y una flecha de fuego que aumentará el fervor encendido en su corazón. Y habrá otros que, por no ser como los anteriores no se encenderán tanto como ellos; sin embargo, tomando conciencia de su debilidad, y reprochándose y avergonzándose con este ejemplo, alcanzarán verdadera humildad, y así ocuparán el segundo lugar después de aquellos, y quizás los igualarán. Pero que el varón negligente no escuche estas cosas que hemos dicho, para que no deje por ventura de hacer lo poco que hace con excesiva confianza, y para que no se cumplan en él las palabras del Señor: .”..a quien no tiene, aun lo que tiene le será quitado” (cf. Mt. 25:29). Aunque éstos, en verdad, no sólo de aquí, sino de cuanto pueden, toman ocasión para favorecer su negligencia.
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30. Debemos saber, todos cuantos hemos caído en el lago de la maldad, que jamás saldremos de allí si no nos sumergimos profundamente en el abismo de la humildad propio de estos penitentes.
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31. Y es de hacer notar que una es la humildad triste de los que lloran, otra el remordimiento de conciencia de los que viven en el pecado, y otra la que opera Dios en el alma de los hombres perfectos, la cual es una rica y alegre humildad. No intentaremos explicar con palabras esta tercera forma de humildad, porque es una empresa imposible; pero de la segunda clase de humildad suele ser indicio la perfecta paciencia frente a las injurias. En cuanto a los primeros, las lágrimas suelen dar ocasión a que la presunción nos tiranice; no hemos de maravillarnos por esto, ya que los hábitos inveterados siempre tratan de tentarnos.
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32. De las caídas de los hombres y de los juicios de Dios nadie podrá dar entera razón, porque esta materia excede todas las facultades de nuestro entendimiento. Algunas caídas, en efecto, tienen por causa nuestra negligencia; otras obedecen a un desamparo de Dios (que por una maravillosa y sabia disposición permite caer al hombre como permitió caer al Príncipe de los Apóstoles), y hay otras que nos vienen como castigo de Dios, merecido por nuestros pecados. Mas un padre afirmó que las caídas que sobrevienen por piadosa providencia del Señor, en poco tiempo se restauran, pues él no permite que perseveremos mucho tiempo en ese mal que para provecho nuestro permitió.
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33. Todos los que hemos caído, trabajemos, por sobre todas las cosas, para resistir al espíritu de la tristeza desordenada; porque ella suele acudir en el tiempo de la oración para impedirla, privándola de aquella nuestra primera confianza.
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35. Cuando la llaga está fresca, cuando aún mana de ella la sangre, fácil es el remedio. Mas la que está vieja difícilmente sana, y esto no sin gran trabajo, ni sin cauterio, hierro y fuego. Muchas heridas hay a las que el tiempo hace incurables; mas a Dios ninguna cosa le es imposible.
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38. Antes de la caída nos hacen los demonios a Dios muy piadoso, y después de ella muy duro y riguroso.
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37. Si tú haces penitencia y practicas buenas obras, no prestes atención al que te dice que todo eso de nada sirve en razón de las culpas pasadas; porque muchas veces pequeños servicios y presentes bastaron para mitigar la gran ira del juez. Del mismo modo las buenas obras, por pequeñas que fueren, aplacan a Dios, especialmente cuando proceden de la caridad y de la humildad del corazón.
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38. Aquel que en verdad se aflige y se castiga por sus pecados, todos los días que no llora los tiene por perdidos, aunque hubiera hecho en ellos por ventura buenas obras, porque su principal cometido es hacer penitencia.
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39. Que ninguno de los que se afligen con lágrimas de penitencia, tenga por cierto que al final de su vida habrá de recibir el perdón por sus pecados; pues lo que es incierto, nadie lo debe tener por cierto. Dice el Profeta: “Aparta de mí tu mirada (airada), para que yo respire, antes de que me vaya y ya no sea” (cf. Sal. 38:14).
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40. Donde está el Espíritu del Señor, el lazo está roto; donde existe una profunda y perfecta humildad, el lazo está roto. Aquellos que no puedan dar testimonio de estas dos cosas, que no se confundan: aún están encadenados.
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41. Quienes sirven al mundo no mueren con este consuelo que los buenos tienen; mas hay algunos, que ejercitándose en limosna y obras de piedad, conocen al final de la jornada el provecho de esos actos.
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42. Aquellos que lloran sobre sí mismos deben ocuparse en llorar y en hacer penitencia. Que no tengan ojos para ver las lágrimas, ni las caídas, ni los asuntos de los otros.
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43. El perro que es mordido por una bestia salvaje se vuelve ferozmente contra ella, y el dolor de la herida aumenta la ferocidad de su rabia. Así suele embravecerse el verdadero penitente contra su propia carne y contra el demonio que le hirieron, y de aquí suele nacer el mal tratamiento y el odio santo contra sí mismo.
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44. Si nuestra conciencia dejara de hacernos reproches, cuidemos que ello no proceda más de una falsa confianza que de la propia inocencia.
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45. Uno de los indicios de la remisión de nuestras faltas, es que nos tengamos siempre por deudores.
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46. No por esto debemos dejar de confiar; porque nada hay mayor ni igual que la misericordia de Dios; con sus propias manos se mata, todo aquél que desespera.
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47. Una señal de verdadero arrepentimiento, es reconocer que somos merecedores de todas las tribulaciones, visibles e invisibles que nos vinieren, y de muchas más.
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48. Después que Moisés vio a Dios en la zarza, volvió a Egipto (o sea a las tinieblas del mundo) para entender en los ladrillos y obras de Faraón. Mas luego regresó a la zarza que había dejado, o mejor dicho, al monte de Dios. Del mismo modo aquel gran Job de rico se hizo pobre; mas, después de empobrecido, le fueron dobladas las riquezas. Quien entiende el misterio aquí encerrado, nunca jamás desespera.
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49. La caída de aquellos que fueron negligentes después de haber sido llamados, es muy peligrosa porque debilita la esperanza de alcanzar la quietud y la paz que se hallan en Dios, hacia el que tienden todos nuestros intentos. Por muy bien librados se tendrían ellos, si se vieran salidos del pozo en que cayeren.
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50. Mira con atención y considera que no siempre volvemos al lugar de donde salimos por el camino que salimos, sino a veces por otro más corto.
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51. Así, vi yo dos religiosos que al mismo tiempo y del mismo modo caminaban; de los cuales uno, aunque era viejo, trabajaba mucho. Mas el otro, que era su discípulo, llegó más rápidamente que él y entró antes en el sepulcro de la humildad; la llamo sepulcro pues por ella desea ser sepultado, aniquilado y desconocido de los corazones de los hombres, aquel que es verdaderamente humilde. Y la causa por la que éste llegó más velozmente, fue que todo cuanto hacía lo hacía con mayor fervor, pureza y diligencia.
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52. Guardémonos todos, y especialmente los que caímos, no vengamos a dar en el error de Orígenes, el cual dijo que en el día del Juicio nuestro Señor, por su misericordia, habría de salvar no sólo a los buenos sino también a los malos; error que a los malos resulta muy agradable y con el cual derogó Orígenes, no ya la verdad divina, sino la rectitud de su justicia.
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53. En mi meditación, o por hablar más claramente, en mi penitencia, debe arder el fuego de la oración a fin de quemar la materia de todos mis vicios.
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54. Finalmente, para terminar con este tema, si deseas hacer verdadera penitencia, debes tener por ejemplo y dechado y modelo, aquellos santos reos que hemos mencionado. Esto te evitará el trabajo de leer muchos libros hasta que la luz de Cristo Hijo de Dios amanezca en tu casa para resucitar tu alma con la perfecta penitencia.
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Pax et Bonum,
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+ Clara de Asís +
felisa@juventutem.com.ar

sábado, 23 de febrero de 2008

+ Cuarto Domingo en honor de San José +

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Por la Señal de la Santa Cruz...
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Cuarto dolor y gozo: Lc. 2, 22-23, 27-35
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"Y cuando se le cumplieron se les cumplieron los días de la Purificación según la ley de Moisés, le subieron a Jerusalé para presentarle al Señor.
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Cuando sus padres introducían al niño Jesús para cumplir las prescripciones usuales tocanteS a él, Simeón le recibió en sus brazos y bendijo a Dios diciendo: Ahora dejas ir a tu siervo Señor, según tu palabra, en paz, pues ya vieron mis ojos tu salud, que preparaste a la faz de todos los pueblos, luz para iluminación de los gentiles y gloria de tu pueblo Israel.
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El padre y la madre del niño estaban maravillados de las cosas que se decían de él. Y los bendijo Simeón y dijo a María, su madre: He aquí que éste está puesto para caída y resurgimiento de muchos en Israel, y como señal a quien se contradice, y a ti misma una espada te traspasará el alma, para que salgan a luz los pensamientos del fondo de muchos corazones"

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San José, modelo de fidelidad en el cumplimiento de los planes de Dios. Grande fue tu dolor al saber, por la profecía de Simeón, que Jesús y María estaban destinacdos a padecer, más este dolor se convirtió en gozo al conocer que los padecimientos de Jesús y María serían causa de salvación para innumerables almas.
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Por este dolor y gozo, te rogamos que, por los méritos de Jesús y María, seamos contados entre aquellos que han de resucitar gloriosamente.
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Padrenuestro, Avemaría y Gloria
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V. Ruega por nosotros San José
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R.Para que seamos dignos de alcanzar las promesas de Jesucristo
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Oración: Señor Dios, que por tu inefable providencia te dignaste elegir a San José, por esposo de tu Santísima Madre, te suplicamos nos concedas tener en el cielo como intercesor al que veneramos en la tierra como protector. Tu que vives y reinas por los siglos de los siglos. Amén.
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Un ejemplo de la intercesión de San José: . En una modesta casa de Burdeos, vivía, en el siglo XIX, una mujer joven cuya vida triste y abandonada era lamentada por todos y con razón. Su marido, arrastrado por las malas compañías, abandonaba el hogar doméstico y no volvía sino para maldecir la miseria y las privaciones que lo esperaban allí.
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Su esposa lloraba y rezaba, pero no murmuraba. Para consolarse tenía una niñita cuya ternura angelical le compensaba del abandono en que la dejaba su marido. De noche, durante las largas veladas que pasaba sola, la pobre madre, antes de poner a la niña en su cuna, le enseñaba sus oraciones. Luego, la dormía repitiéndole los dulces nombres de Jesús, María y José.
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Un día, sin embargo, su marido, no habiendo encontrado a sus compañeros de diversión, decidió volver a su casa a terminar la velada apenas comenzada. En el momento en que iba a entreabrir la puerta se detiene: la voz de su mujer lo impresionó: “¿Con quién puede hablar? Se pregunta, el corazón preso ya de injustas sospechas. Empujó la puerta suavemente. ¡Qué espectáculo se ofrece entonces a su vista! La joven mujer está de rodillas, tiene a su hija en sus brazos y termina con ella la oración de la noche. “Hija mía, roguemos ahora por tu papá al que amo tanto y al que tú amarás mucho, también, seguramente. Encomendémosle a San José su patrono”. Entonces, la niña aprieta más fuertes sus manitas cruzadas sobre su pecho y vuelve a decir con su madre la oración de cada día: “Oh Dios mío! ¡Oh San José! ¡Bendícelo!
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El marido, enternecido por esta escena, no puede resistir. Viene a arrodillarse cerca de la cuna, reza con su esposa y su querida hija y Dios le da a cambio de esta plegaria el amor de la familia así como un corazón purificado. Luego, buen cristiano y padre feliz, dijo adiós a las malas compañías y encontró su encanto en el hogar doméstico.
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San José, nuestro Padre y Señor: bendice a todos tus hijos de la Santa Iglesia de Dios.
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Tomado del libro "Id a José" - Editorial Tradition Monastiques, Abadía de San José de Claraval.
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Nichán Eduardo Guiridlian Guarino

viernes, 22 de febrero de 2008

+ Pastor Aeternus +

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En esta Festividad de Sedes Petri, Juventutem de Argentina le dedica un post muy especial al Santo Padre. Recordamos su Paternidad, Primacía, Realeza y Supremacía sobre toda la Santa Iglesia. Como reza el Himno Pontificio "...Tu es unitatis custos...", ó como también reza la Tradición "...ubi Petrus, ibi Ecclesia...".
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Saludamos al Heredero de la Sede de San Pedro Apóstol, S.S. Benedicto XVI en este día, rogando a Dios que le conceda largos años de Sumo Pontificado. Y para recordar la grandísima Gracia que es tenerlo entre nosotros, reproducimos una traducción de la Constitución Dogmática "Pastor Aeternus", que responde a muchas de las dudas más frecuentes acerca del Reinado Pontíficio.
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BENEDICTVS QVI VENIT
IN NOMINE DOMINE
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Ramón López
Juventutem de Argentina
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CONCILIO VATICANO I

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CONSTITUCIÓN DOGMÁTICA «PASTOR AETERNUS»
SOBRE LA IGLESIA DE CRISTO
CUARTA SESIÓN: 18 de julio de 1870
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Pío, obispo,
siervo de los siervos de Dios,
con la aprobación del Sagrado Concilio,
para perpetua memoria.

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El eterno pastor y guardián de nuestras almas[1], en orden a realizar permanentemente la obra salvadora de la redención, decretó edificar la Santa Iglesia, en la que todos los fieles, como en la casa del Dios viviente, estén unidos por el vínculo de una misma fe y caridad. De esta manera, antes de ser glorificado, suplicó a su Padre, no sólo por los apóstoles sino también por aquellos que creerían en Él a través de su palabra, que todos ellos sean uno como el mismo Hijo y el Padre son uno[2]. Así entonces, como mandó a los apóstoles, que había elegido del mundo[3], tal como Él mismo había sido enviado por el Padre[4], de la misma manera quiso que en su Iglesia hubieran pastores y maestros hasta la consumación de los siglos[5].
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Así, para que el oficio episcopal fuese uno y sin división y para que, por la unión del clero, toda la multitud de creyentes se mantuviese en la unidad de la fe y de la comunión, colocó al bienaventurado Pedro sobre los demás apóstoles e instituyó en él el fundamento visible y el principio perpetuo de ambas unidades, sobre cuya fortaleza se construyera un templo eterno, y la altura de la Iglesia, que habría de alcanzar el cielo, se levantara sobre la firmeza de esta fe[6].
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Y ya que las puertas del infierno, para derribar, si fuera posible, a la Iglesia, se levantan por doquier contra su fundamento divinamente dispuesto con un odio que crece día a día, juzgamos necesario, con la aprobación del Sagrado Concilio, y para la protección, defensa y crecimiento del rebaño católico, proponer para ser creída y sostenida por todos los fieles, según la antigua y constante fe de la Iglesia Universal, la doctrina acerca de la institución, perpetuidad y naturaleza del sagrado primado apostólico, del cual depende la fortaleza y solidez de la Iglesia toda; y proscribir y condenar los errores contrarios, tan dañinos para el rebaño del Señor.
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Capítulo 1
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Acerca de la institución del primado apostólico en el bienaventurado Pedro
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Así pues, enseñamos y declaramos que, de acuerdo al testimonio del Evangelio, un primado de jurisdicción sobre toda la Iglesia de Dios fue inmediata y directamente prometido al bienaventurado Apóstol Pedro y conferido a él por Cristo el Señor. Fue sólo a Simón, a quien ya le había dicho «Tú te llamarás Cefas»[7], que el Señor, después de su confesión, «Tú eres el Cristo, el Hijo de Dios vivo», dijo estas solemnes palabras: «Bendito eres tú, Simón Bar-Jonás. Porque ni la carne ni la sangre te ha revelado esto, sino mi Padre que está en los cielos. Y yo te digo, tú eres Pedro, y sobre esta piedra edificaré mi Iglesia, y las puertas del infierno no prevalecerán contra ella. Te daré las llaves del reino de los cielos, y todo lo que ates en la tierra será atado en el cielo, y todo lo que desates en la tierra será desatado en el cielo»[8]. Y fue sólo a Simón Pedro que Jesús, después de su resurrección, le confió la jurisdicción de Pastor Supremo y gobernante de todo su redil, diciendo: «Apacienta mis corderos», «apacienta mis ovejas»[9].
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A esta enseñanza tan manifiesta de las Sagradas Escrituras, como siempre ha sido entendido por la Iglesia Católica, se oponen abiertamente las opiniones distorsionadas de quienes falsifican la forma de gobierno que Cristo el Señor estableció en su Iglesia y niegan que solamente Pedro, en preferencia al resto de los apóstoles, tomados singular o colectivamente, fue dotado por Cristo con un verdadero y propio primado de jurisdicción. Lo mismo debe ser dicho de aquellos que afirman que este primado no fue conferido inmediata y directamente al mismo bienaventurado Pedro, sino que lo fue a la Iglesia y que a través de ésta fue transmitido a él como ministro de la misma Iglesia.
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Canon: Por lo tanto, si alguien dijere que el bienaventurado Apóstol Pedro no fue constituido por Cristo el Señor como príncipe de todos los Apóstoles y cabeza visible de toda la Iglesia militante; o que era éste sólo un primado de honor y no uno de verdadera y propia jurisdicción que recibió directa e inmediatamente de nuestro Señor Jesucristo mismo: sea anatema.
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Capítulo 2
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Sobre la perpetuidad del primado del bienaventurado Pedro en los Romanos Pontífices
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Aquello que Cristo el Señor, príncipe de los pastores y gran pastor de las ovejas, instituyó en el bienaventurado Apóstol Pedro, para la perpetua salvación y perenne bien de la Iglesia, debe por necesidad permanecer para siempre, por obra del mismo Señor, en la Iglesia que, fundada sobre piedra, se mantendrá firme hasta el fin de los tiempos[10]. «Para nadie puede estar en duda, y ciertamente ha sido conocido en todos los siglos, que el santo y muy bienaventurado Pedro, príncipe y cabeza de los Apóstoles, columna de la fe y fundamento de la Iglesia Católica, recibió las llaves del reino de nuestro Señor Jesucristo, salvador y redentor del género humano, y que hasta este día y para siempre él vive», preside y «juzga en sus sucesores»[11] los obispos de la Santa Sede Romana, fundada por él mismo y consagrada con su sangre.
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Por lo tanto todo el que sucede a Pedro en esta cátedra obtiene, por la institución del mismo Cristo, el primado de Pedro sobre toda la Iglesia. «De esta manera permanece firme la disposición de la verdad, el bienaventurado Pedro persevera en la fortaleza de piedra que le fue concedida y no abandona el timón de la Iglesia que una vez recibió»[12]. Por esta razón siempre ha sido «necesario para toda Iglesia --es decir para los fieles de todo el mundo--» «estar de acuerdo» con la Iglesia Romana «debido a su más poderosa principalidad»[13], para que en aquella sede, de la cual fluyen a todos «los derechos de la venerable comunión»[14], estén unidas, como los miembros a la cabeza, en la trabazón de un mismo cuerpo.
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Por lo tanto, si alguno dijere que no es por institución del mismo Cristo el Señor, es decir por derecho divino, que el bienaventurado Pedro tenga perpetuos sucesores en su primado sobre toda la Iglesia, o que el Romano Pontífice no es el sucesor del bienaventurado Pedro en este misma primado: sea anatema.
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Capítulo 3
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Sobre la naturaleza y carácter del primado del Romano Pontífice
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Y así, apoyados por el claro testimonio de la Sagrada Escritura, y adhiriéndonos a los manifiestos y explícitos decretos tanto de nuestros predecesores los Romanos Pontífices como de los concilios generales, nosotros promulgamos nuevamente la definición del Concilio Ecuménico de Florencia, que debe ser creída por todos los fieles de Cristo, a saber, que «la Santa Sede Apostólica y el Romano Pontífice mantienen un primado sobre todo el orbe, y que el mismo Romano Pontífice es sucesor del bienaventurado Pedro, príncipe de los apóstoles, y que es verdadero vicario de Cristo, cabeza de toda la Iglesia, y padre y maestro de todos los cristianos; y que a él, en el bienaventurado Pedro, le ha sido dada, por nuestro Señor Jesucristo, plena potestad para apacentar, regir y gobernar la Iglesia universal; tal como está contenido en las actas de los concilios ecuménicos y en los sagrados cánones»[15].
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Por ello enseñamos y declaramos que la Iglesia Romana, por disposición del Señor, posee el principado de potestad ordinaria sobre todas las otras, y que esta potestad de jurisdicción del Romano Pontífice, que es verdaderamente episcopal, es inmediata. A ella están obligados, los pastores y los fieles, de cualquier rito y dignidad, tanto singular como colectivamente, por deber de subordinación jerárquica y verdadera obediencia, y esto no sólo en materia de fe y costumbres, sino también en lo que concierne a la disciplina y régimen de la Iglesia difundida por todo el orbe; de modo que, guardada la unidad con el Romano Pontífice, tanto de comunión como de profesión de la misma fe, la Iglesia de Cristo sea un sólo rebaño bajo un único Supremo Pastor[16]. Esta es la doctrina de la verdad católica, de la cual nadie puede apartarse de ella sin menoscabo de su fe y su salvación.
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Esta potestad del Sumo Pontífice de ninguna manera desacredita aquella potestad ordinaria e inmediata de la jurisdicción episcopal, por la cual los obispos, quienes han sido puestos por el Espíritu Santo[17] como sucesores en el lugar de los Apóstoles, cuidan y gobiernan individualmente, como verdaderos pastores, los rebaños particulares que les han sido asignados. De modo que esta potestad sea es afirmada, apoyada y defendida por el Supremo y Universal Pastor; como ya San Gregorio Magno dice: "Mi honor es el honor de toda la Iglesia. Mi honor es la fuerza inconmovible de mis hermanos. Entonces yo recibo verdadero honor cuando éste no es negado a ninguno de aquellos a quienes se debe"[18].
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Además, se sigue de aquella potestad suprema del Romano Pontífice de gobernar la Iglesia universal, que él tiene el derecho, en la realización de este oficio suyo, de comunicarse libremente con los pastores y rebaños de toda la Iglesia, de manera que puedan ser enseñados y guiados por él en el camino de la salvación. Por lo tanto condenamos y rechazamos las opiniones de aquellos que sostienen que esta comunicación de la Cabeza Suprema con los pastores y rebaños puede ser lícitamente impedida o que debería depender del poder secular, lo cual los lleva a sostener que lo que es determinado por la Sede Apostólica o por su autoridad acerca del gobierno de la Iglesia, no tiene fuerza o efecto a menos que sea confirmado por la aprobación del poder secular.
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Ya que el Romano Pontífice, por el derecho divino del primado apostólico, presida toda la Iglesia, de la misma manera enseñamos y declaramos que él es el juez supremo de los fieles[19], y que en todos las causas que caen bajo la jurisdicción eclesiástica se puede recurrir a su juicio[20]. El juicio de la Sede Apostólica (de la cual no hay autoridad más elevada) no está sujeto a revisión de nadie, ni a nadie le es lícito juzgar acerca de su juicio[21]. Y por lo tanto se desvían del camino genuino a la verdad quienes mantienen que es lícito apelar sobre los juicios de los Romanos Pontífices a un concilio ecuménico, como si éste fuese una autoridad superior al Romano Pontífice.
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Canon: Así, pues, si alguno dijere que el Romano Pontífice tiene tan sólo un oficio de supervisión o dirección, y no la plena y suprema potestad de jurisdicción sobre toda la Iglesia, y esto no sólo en materia de fe y costumbres, sino también en lo concerniente a la disciplina y gobierno de la Iglesia dispersa por todo el mundo; o que tiene sólo las principales partes, pero no toda la plenitud de esta suprema potestad; o que esta potestad suya no es ordinaria e inmediata tanto sobre todas y cada una de las Iglesias como sobre todos y cada uno de los pastores y fieles: sea anatema.
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Capítulo 4
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Sobre el magisterio infalible del Romano Pontífice
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Aquel primado apostólico que el Romano Pontífice posee sobre toda la Iglesia como sucesor de Pedro, príncipe de los apóstoles, incluye también la suprema potestad de magisterio. Esta Santa Sede siempre lo ha mantenido, la práctica constante de la Iglesia lo demuestra, y los concilios ecuménicos, particularmente aquellos en los que Oriente y Occidente se reunieron en la unión de la fe y la caridad, lo han declarado.
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Así los padres del cuarto Concilio de Constantinopla, siguiendo los pasos de sus predecesores, hicieron pública esta solemne profesión de fe: «La primera salvación es mantener la regla de la recta fe... Y ya que no se pueden pasar por alto aquellas palabras de nuestro Señor Jesucristo: "Tú eres Pedro y sobre esta piedra edificaré mi Iglesia"[22], estas palabras son confirmadas por sus efectos, porque en la Sede Apostólica la religión católica siempre ha sido preservada sin mácula y se ha celebrado la santa doctrina. Ya que es nuestro más sincero deseo no separarnos en manera alguna de esta fe y doctrina, ...esperamos merecer hallarnos en la única comunión que la Sede Apostólica predica, porque en ella está la solidez íntegra y verdadera de la religión cristiana»[23].
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Y con la aprobación del segundo Concilio de Lyon, los griegos hicieron la siguiente profesión: «La Santa Iglesia Romana posee el supremo y pleno primado y principado sobre toda la Iglesia Católica. Ella verdadera y humildemente reconoce que ha recibido éste, junto con la plenitud de potestad, del mismo Señor en el bienaventurado Pedro, príncipe y cabeza de los Apóstoles, cuyo sucesor es el Romano Pontífice. Y puesto que ella tiene más que las demás el deber de defender la verdad de la fe, si surgieran preguntas concernientes a la fe, es por su juicio que estas deben ser definidas»[24].
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Finalmente se encuentra la definición del Concilio de Florencia: «El Romano Pontífice es el verdadero vicario de Cristo, la cabeza de toda la Iglesia y el padre y maestro de todos los cristianos; y a él fue transmitida en el bienaventurado Pedro, por nuestro Señor Jesucristo, la plena potestad de cuidar, regir y gobernar a la Iglesia universal»[25].
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Para cumplir este oficio pastoral, nuestros predecesores trataron incansablemente que el la doctrina salvadora de Cristo se propagase en todos los pueblos de la tierra; y con igual cuidado vigilaron de que se conservase pura e incontaminada dondequiera que haya sido recibida. Fue por esta razón que los obispos de todo el orbe, a veces individualmente, a veces reunidos en sínodos, de acuerdo con la práctica largamente establecida de las Iglesias y la forma de la antigua regla, han referido a esta Sede Apostólica especialmente aquellos peligros que surgían en asuntos de fe, de modo que se resarciesen los daños a la fe precisamente allí donde la fe no puede sufrir mella[26]. Los Romanos Pontífices, también, como las circunstancias del tiempo o el estado de los asuntos lo sugerían, algunas veces llamando a concilios ecuménicos o consultando la opinión de la Iglesia dispersa por todo el mundo, algunas veces por sínodos particulares, algunas veces aprovechando otros medios útiles brindados por la divina providencia, definieron como doctrinas a ser sostenidas aquellas cosas que, por ayuda de Dios, ellos supieron estaban en conformidad con la Sagrada Escritura y las tradiciones apostólicas.
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Así el Espíritu Santo fue prometido a los sucesores de Pedro, no de manera que ellos pudieran, por revelación suya, dar a conocer alguna nueva doctrina, sino que, por asistencia suya, ellos pudieran guardar santamente y exponer fielmente la revelación transmitida por los Apóstoles, es decir, el depósito de la fe. Ciertamente su apostólica doctrina fue abrazada por todos los venerables padres y reverenciada y seguida por los santos y ortodoxos doctores, ya que ellos sabían muy bien que esta Sede de San Pedro siempre permanece libre de error alguno, según la divina promesa de nuestro Señor y Salvador al príncipe de sus discípulos: «Yo he rogado por ti para que tu fe no falle; y cuando hayas regresado fortalece a tus hermanos»[27].
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Este carisma de una verdadera y nunca deficiente fe fue por lo tanto divinamente conferida a Pedro y sus sucesores en esta cátedra, de manera que puedan desplegar su elevado oficio para la salvación de todos, y de manera que todo el rebaño de Cristo pueda ser alejado por ellos del venenoso alimento del error y pueda ser alimentado con el sustento de la doctrina celestial. Así, quitada la tendencia al cisma, toda la Iglesia es preservada en unidad y, descansando en su fundamento, se mantiene firme contra las puertas del infierno.
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Pero ya que en esta misma época cuando la eficacia salvadora del oficio apostólico es especialmente más necesaria, se encuentran no pocos que desacreditan su autoridad, nosotros juzgamos absolutamente necesario afirmar solemnemente la prerrogativa que el Hijo Unigénito de Dios se digno dar con el oficio pastoral supremo.
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Por esto, adhiriéndonos fielmente a la tradición recibida de los inicios de la fe cristiana, para gloria de Dios nuestro salvador, exaltación de la religión católica y salvación del pueblo cristiano, con la aprobación del Sagrado Concilio, enseñamos y definimos como dogma divinamente revelado que:
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El Romano Pontífice, cuando habla ex cathedra, esto es, cuando en el ejercicio de su oficio de pastor y maestro de todos los cristianos, en virtud de su suprema autoridad apostólica, define una doctrina de fe o costumbres como que debe ser sostenida por toda la Iglesia, posee, por la asistencia divina que le fue prometida en el bienaventurado Pedro, aquella infalibilidad de la que el divino Redentor quiso que gozara su Iglesia en la definición de la doctrina de fe y costumbres. Por esto, dichas definiciones del Romano Pontífice son en sí mismas, y no por el consentimiento de la Iglesia, irreformables.
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Canon: De esta manera si alguno, no lo permita Dios, tiene la temeridad de contradecir esta nuestra definición: sea anatema.
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Dado en Roma en sesión pública, sostenido solemnemente en la Basílica Vaticana en el año de nuestro Señor de mil ochocientos setenta, en el decimoctavo día de julio, en el vigésimo quinto año de Nuestro Pontificado.
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Notas
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[1] Ver 1Pe 2,25.
[2] Ver Jn 17,20-21.
[3] Ver Jn 15,19.
[4] Ver Jn 20,21.
[5] Ver Mt 28,20.
[6] San León I Magno, Sermo 4, De natali ipsius, c. 2 (PL 54, 150c).
[7] Jn 1,42.
[8] Mt 16,16-19.
[9] Jn 21,15-17.
[10] Ver Mt 7,25; Lc 6,48.
[11] Del discurso de Felipe, el legado papal, en la tercera sesión del concilio de Éfeso, 11, julio 431 (Denz. n. 112).
[12] San León I Magno, Sermón 3, cap. 3 (PL 54, 146B).
[13] San Ireneo de Lyón, Contra los herejes, l. III, c. 3, n. 2 (PG 7, 849A).
[14] San Ambrosio de Milán, Epístola 11, c. 4 (PL 16, 986B [ed. 1866 y 1880]).
[15] Concilio de Florencia, 6ta sesión.
[16] Ver Jn 10,16.
[17] Ver Hch 20,28
[18] Greogorio I Magno, Carta a Eulogio de Alejandría, VIII, 29 (30) (MGH, Ep. 2, 31 28-30; PL 77, 933C).
[19] Pío VI, Carta Super soliditate (28 Nov. 1786).
[20] De la profesión de fe del Emperador Miguel Palaeólogo, leída en el segundo Concilio de Lyon, sesión IV, 6 de julio de 1274.
[21] San Nicolás I, Carta al Emperador Miguel, 28 de setiembre de 865, (PL 119, 954).
[22] Mt 16,18.
[23] Fórmula del Papa Hormisdas, 11 de agosto de 515.
[24] De la profesión de fe del Emperador Miguel Palaeólogo, leída en el segundo Concilio de Lyon, sesión IV, 6 de julio de 1274.
[25] Concilio de Florencia, sesión VI.
[26] San Bernardo, Carta 190 (Tratado a Inocencio II Papa contra los errores de Abelardo ) (PL 182, 1053D). [27] Lc 22,32.
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Traducción: Panorama Católico Digital
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martes, 19 de febrero de 2008

+ Deo Gratias +

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Estimados hermanos en Cristo, acá les pongo a su disposición la Homilía del Santo Padre y los videos de la Santa Misa de Navidad del 2007 que celebró en San Pedro que está llena de similitudes estéticas con la liturgia tradicional de San Pio V.
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Disculpen la tardanza, ya me di cuenta que estamos en cuaresma.
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Pax et Bonum
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+ Clara de Asís +
Felisa López Imizcoz
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Queridos hermanos y hermanas:
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«A María le llegó el tiempo del parto y dio a luz a su hijo primogénito, lo envolvió en pañales y lo acostó en un pesebre, porque no tenían sitio en la posada» (cf. Lc 2,6s).
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Estas frases, nos llegan al corazón siempre de nuevo. Llegó el momento anunciado por el Ángel en Nazaret: «Darás a luz un hijo, y le pondrás por nombre Jesús. Será grande, se llamará Hijo del Altísimo» (Lc 1,31). Llegó el momento que Israel esperaba desde hacía muchos siglos, durante tantas horas oscuras, el momento en cierto modo esperado por toda la humanidad con figuras todavía confusas: que Dios se preocupase por nosotros, que saliera de su ocultamiento, que el mundo alcanzara la salvación y que Él renovase todo. Podemos imaginar con cuánta preparación interior, con cuánto amor, esperó María aquella hora. El breve inciso, «lo envolvió en pañales», nos permite vislumbrar algo de la santa alegría y del callado celo de aquella preparación. Los pañales estaban dispuestos, para que el niño se encontrara bien atendido. Pero en la posada no había sitio. En cierto modo, la humanidad espera a Dios, su cercanía. Pero cuando llega el momento, no tiene sitio para Él. Está tan ocupada consigo misma de forma tan exigente, que necesita todo el espacio y todo el tiempo para sus cosas y ya no queda nada para el otro, para el prójimo, para el pobre, para Dios. Y cuanto más se enriquecen los hombres, tanto más llenan todo de sí mismos y menos puede entrar el otro.
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Juan, en su Evangelio, fijándose en lo esencial, ha profundizado en la breve referencia de san Lucas sobre la situación de Belén: “Vino a su casa, y los suyos no lo recibieron” (1,11). Esto se refiere sobre todo a Belén: el Hijo de David fue a su ciudad, pero tuvo que nacer en un establo, porque en la posada no había sitio para él. Se refiere también a Israel: el enviado vino a los suyos, pero no lo quisieron. En realidad, se refiere a toda la humanidad: Aquel por el que el mundo fue hecho, el Verbo creador primordial entra en el mundo, pero no se le escucha, no se le acoge.
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En definitiva, estas palabras se refieren a nosotros, a cada persona y a la sociedad en su conjunto. ¿Tenemos tiempo para el prójimo que tiene necesidad de nuestra palabra, de mi palabra, de mi afecto? ¿Para aquel que sufre y necesita ayuda? ¿Para el prófugo o el refugiado que busca asilo? ¿Tenemos tiempo y espacio para Dios? ¿Puede entrar Él en nuestra vida? ¿Encuentra un lugar en nosotros o tenemos ocupado todo nuestro pensamiento, nuestro quehacer, nuestra vida, con nosotros mismos?
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Gracias a Dios, la noticia negativa no es la única ni la última que hallamos en el Evangelio. De la misma manera que en Lucas encontramos el amor de su madre María y la fidelidad de san José, la vigilancia de los pastores y su gran alegría, y en Mateo encontramos la visita de los sabios Magos, llegados de lejos, así también nos dice Juan: «Pero a cuantos lo recibieron, les da poder para ser hijos de Dios» (Jn 1,12).
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Hay quienes lo acogen y, de este modo, desde fuera, crece silenciosamente, comenzando por el establo, la nueva casa, la nueva ciudad, el mundo nuevo. El mensaje de Navidad nos hace reconocer la oscuridad de un mundo cerrado y, con ello, se nos muestra sin duda una realidad que vemos cotidianamente. Pero nos dice también que Dios no se deja encerrar fuera. Él encuentra un espacio, entrando tal vez por el establo; hay hombres que ven su luz y la transmiten.
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Mediante la palabra del Evangelio, el Ángel nos habla también a nosotros y, en la sagrada liturgia, la luz del Redentor entra en nuestra vida. Si somos pastores o sabios, la luz y su mensaje nos llaman a ponernos en camino, a salir de la cerrazón de nuestros deseos e intereses para ir al encuentro del Señor y adorarlo. Lo adoramos abriendo el mundo a la verdad, al bien, a Cristo, al servicio de cuantos están marginados y en los cuales Él nos espera.
En algunas representaciones navideñas de la Baja Edad media y de comienzo de la Edad Moderna, el pesebre se representa como edificio más bien desvencijado. Se puede reconocer todavía su pasado esplendor, pero ahora está deteriorado, sus muros en ruinas; se ha convertido justamente en un establo. Aunque no tiene un fundamento histórico, esta interpretación metafórica expresa sin embargo algo de la verdad que se esconde en el misterio de la Navidad. El trono de David, al que se había prometido una duración eterna, está vacío. Son otros los que dominan en Tierra Santa. José, el descendiente de David, es un simple artesano; de hecho, el palacio se ha convertido en una choza. David mismo había comenzado como pastor. Cuando Samuel lo buscó para ungirlo, parecía imposible y contradictorio que un joven pastor pudiera convertirse en el portador de la promesa de Israel. En el establo de Belén, precisamente donde estuvo el punto de partida, vuelve a comenzar la realeza davídica de un modo nuevo: en aquel niño envuelto en pañales y acostado en un pesebre. El nuevo trono desde el cual este David atraerá hacia sí el mundo es la Cruz.
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El nuevo trono –la Cruz- corresponde al nuevo inicio en el establo. Pero justamente así se construye el verdadero palacio davídico, la verdadera realeza. Así, pues, este nuevo palacio no es como los hombres se imaginan un palacio y el poder real. Este nuevo palacio es la comunidad de cuantos se dejan atraer por el amor de Cristo y con Él llegan a ser un solo cuerpo, una humanidad nueva. El poder que proviene de la Cruz, el poder de la bondad que se entrega, ésta es la verdadera realeza. El establo se transforma en palacio; precisamente a partir de este inicio, Jesús edifica la nueva gran comunidad, cuya palabra clave cantan los ángeles en el momento de su nacimiento: «Gloria a Dios en el cielo y en la tierra paz a los hombres que Dios ama», hombres que ponen su voluntad en la suya, transformándose en hombres de Dios, hombres nuevos, mundo nuevo.
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Gregorio de Nisa ha desarrollado en sus homilías navideñas la misma temática partiendo del mensaje de Navidad en el Evangelio de Juan: «Y puso su morada entre nosotros» (Jn 1,14). Gregorio aplica esta palabra de la morada a nuestro cuerpo, deteriorado y débil; expuesto por todas partes al dolor y al sufrimiento. Y la aplica a todo el cosmos, herido y desfigurado por el pecado. ¿Qué habría dicho si hubiese visto las condiciones en las que hoy se encuentra la tierra a causa del abuso de las fuentes de energía y de su explotación egoísta y sin ningún reparo? Anselmo de Canterbury, casi de manera profética, describió con antelación lo que nosotros vemos hoy en un mundo contaminado y con un futuro incierto: «Todas las cosas se encontraban como muertas, al haber perdido su innata dignidad de servir al dominio y al uso de aquellos que alaban a Dios, para lo que habían sido creadas; se encontraban aplastadas por la opresión y como descoloridas por el abuso que de ellas hacían los servidores de los ídolos, para los que no habían sido creadas» (PL 158, 955s).
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Así, según la visión de Gregorio, el establo del mensaje de Navidad representa la tierra maltratada. Cristo no reconstruye un palacio cualquiera. Él vino para volver a dar a la creación, al cosmos, su belleza y su dignidad: esto es lo que comienza con la Navidad y hace saltar de gozo a los ángeles. La tierra queda restablecida precisamente por el hecho de que se abre a Dios, que recibe nuevamente su verdadera luz y, en la sintonía entre voluntad humana y voluntad divina, en la unificación de lo alto con lo bajo, recupera su belleza, su dignidad. Así, pues, Navidad es la fiesta de la creación renovada.
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Los Padres interpretan el canto de los ángeles en la Noche santa a partir de este contexto: se trata de la expresión de la alegría porque lo alto y lo bajo, cielo y tierra, se encuentran nuevamente unidos; porque el hombre se ha unido nuevamente a Dios. Para los Padres, forma parte del canto navideño de los ángeles el que ahora ángeles y hombres canten juntos y, de este modo, la belleza del cosmos se exprese en la belleza del canto de alabanza. El canto litúrgico –siempre según los Padres- tiene una dignidad particular porque es un cantar junto con los coros celestiales. El encuentro con Jesucristo es lo que nos hace capaces de escuchar el canto de los ángeles, creando así la verdadera música, que acaba cuando perdemos este cantar juntos y este sentir juntos.
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En el establo de Belén el cielo y la tierra se tocan. El cielo vino a la tierra. Por eso, de allí se difunde una luz para todos los tiempos; por eso, de allí brota la alegría y nace el canto. Al final de nuestra meditación navideña quisiera citar una palabra extraordinaria de san Agustín.
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Interpretando la invocación de la oración del Señor: “Padre nuestro que estás en los cielos”, él se pregunta: ¿qué es esto del cielo? Y ¿dónde está el cielo? Sigue una respuesta sorprendente: Que estás en los cielos significa: en los santos y en los justos. «En verdad, Dios no se encierra en lugar alguno. Los cielos son ciertamente los cuerpos más excelentes del mundo, pero, no obstante, son cuerpos, y no pueden ellos existir sino en algún espacio; mas, si uno se imagina que el lugar de Dios está en los cielos, como en regiones superiores del mundo, podrá decirse que las aves son de mejor condición que nosotros, porque viven más próximas a Dios. Por otra parte, no está escrito que Dios está cerca de los hombres elevados, o sea de aquellos que habitan en los montes, sino que fue escrito en el Salmo: “El Señor está cerca de los que tienen el corazón atribulado” (Sal 34 [33], 19), y la tribulación propiamente pertenece a la humildad. Mas así como el pecador fue llamado “tierra”, así, por el contrario, el justo puede llamarse “cielo”» (Serm. in monte II 5,17).
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El cielo no pertenece a la geografía del espacio, sino a la geografía del corazón. Y el corazón de Dios, en la Noche santa, ha descendido hasta un establo: la humildad de Dios es el cielo. Y si salimos al encuentro de esta humildad, entonces tocamos el cielo. Entonces, se renueva también la tierra. Con la humildad de los pastores, pongámonos en camino, en esta Noche santa, hacia el Niño en el establo. Toquemos la humildad de Dios, el corazón de Dios. Entonces su alegría nos alcanzará y hará más luminoso el mundo.
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Amén.
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Misa de Navidad 2007 desde San Pedro (Aspectos) [1]
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Misa de Navidad 2007 desde San Pedro (Aspectos) [2]
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Misa de Navidad 2007 desde San Pedro (Homilia) [3]
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Misa de Navidad 2007 desde San Pedro (Homilia) (4)
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Misa de Navidad 2007 desde San Pedro (Moniciones) [5]
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Deo Gratias!
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+ Clara de Asís +
contacto@juventutem.com.ar

+ Omnes Mariae Amatores +

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Estimados Lectores,
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en vista del gran interés despertado por el post anterior, y las Palabras Magisteriales de S. S. Leon XIII, creo importante seguir hablando de este Gran Auxilio Espiritual. No es poco formar parte de una Comunidad tan grande y benéfica para el Alma, que nos acompañará cuando toda pertenencia humana nos abandone. Y más, siendo que su única exigencia, es el Rezo del Santo Salterio de la Santísima Virgen (Santo Rosario).
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Ahora ha llegado el turno de San Luís María Grignon de Montfort, quien ha hablado en defensa de la Cofradía, elogiando los abundantísimos Beneficios Espirituales que ella concede. Este Santo es quizá uno de los más eruditos en Marilogía, y sus libros son de una profundidad abismal cuando hablan de Ella. Espero que estas líneas terminen de convencer a quienes piensan en pedir su incorporación a nuestra Comunidad Orante. En todo caso, les pedimos que no nos olviden cuando rezen ó lleven sus intenciones a la Santa Misa.
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AMDG +
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Ramón López
Juventutem de Argentina
contacto@juventutem.com.ar
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Fragmento de San Luis María Grignón de Montfort
sobre la Cofradía del Santo Rosario
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4a Rosa
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18) Como todas las cosas, aun las más santas, en cuanto dependen de la voluntad de los hombres, están sujetas a cambios, no hay porque sorprenderse de que la Cofradía del Santo Rosario sólo subsistiese en su primitivo fervor alrededor de cien años después de su institución. Luego estuvo casi sumida en el olvido. Además, la malicia y envidia del demonio han contribuido, sin duda, a la menor estimación del Santo Rosario, para detener los torrentes de gracia de Dios que esta devoción atraía al mundo. En efecto, la justicia divina afligió todos los reinos de Europa el año 1349 con la peste más horrible que se recuerda, la cual desde Levante se extendió a Italia, Alemania, Francia, Polonia y Hungría y desoló casi todos estos territorios, pues de cien hombres apenas quedaba uno vivo; las poblaciones, las villas, las aldeas y los monasterios quedaron casi desiertos durante los tres años que duró la epidemia. Este azote de Dios fue seguido de otros dos: la herejía de los flagelantes y un desgraciado cisma el año 1376.
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19) Luego que, por la misericordia de Dios, cesaron estas calamidades, la Santísima Virgen ordenó al Beato Alano de la Roche, célebre doctor y famoso predicador de la Orden de Santo Domingo del convento de Dinan, en Bretaña, renovar la antigua Cofradía del Santo Rosario, para que, ya que esta Cofradía había nacido en esta provincia, un religioso de la misma tuviese el honor de restablecerla. Este Beato Padre empezó a trabajar en esta gran obra el año 1460, después que Nuestro Señor Jesucristo, para determinarle a predicar el Santo Rosario, le manifestó un día en la Sagrada Hostia, cuando el Beato celebraba la Santa Misa: "¿Por qué me crucificas tú de nuevo?" "¿Cómo, Señor?", le contestó el Beato Alano enteramente sorprendido. "Son tus pecados los que me crucifican, le respondió Jesucristo, y preferiría ser crucificado otra vez a ver a mi Padre ofendido por los pecados que has cometido. Y me crucificas aún, porque tienes ciencia y cuanto es necesario para predicar el Rosario de mi Madre y por este medio instruir y desviar muchas almas del pecado; tú los salvarías, impidiendo grandes males, y, no haciéndolo, eres culpable de los pecados que ellos cometen." Estos reproches terribles resolvieron al Beato Alano a predicar incesantemente el Rosario.
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20) La Santísima Virgen le dijo también cierto día, para animarle aún más a predicar el Santo Rosario: "Fuiste un gran pecador en tu juventud, pero he obtenido de mi Hijo tu conversión, he rogado por ti y hubiese deseado, a ser posible, padecer toda clase de penas para salvarte, pues los pecadores convertidos son mi gloria, y para hacerte digno de predicar por todas partes mi Rosario." Santo Domingo, describiéndole los grandes frutos que había conseguido en los pueblos por medio de esta hermosa devoción que les predicaba continuamente, le dijo: "Vides quomodo profecerim in sermone isto; id etiam facies et tu, et omnes Mariae amatores, ut sic trahatis omnes populos ad omnem scientiam virtutum." "Ves el fruto que he conseguido con la predicación del Santo Rosario; haz lo mismo, tú y todos los que amáis a María, para de ese modo atraer todos los pueblos al pieno conocimiento de las virtudes."
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Esto es en compendio lo que la historia nos enseña del establecimiento del Santo Rosario por Santo Domingo y de su renovación por el Beato Alano de la Roche.
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5a Rosa
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21) No hay, hablando con propiedad, más que una Cofradía del Rosario, compuesta de 150 avemarías; pero con relación al fervor de las distintas personas que lo practican hay tres clases, a saber: el Rosario común u ordinario, el Rosario perpetuo y el Rosario cotidiano. La Cofradía del Rosario ordinario sólo exige que se rece una vez por semana, y la del Rosario perpetuo, una vez al año; pero la del Rosario cotidiano exige rezarlo entero -es decir, las 150 avemarías- diariamente. Ninguno de estos Rosarios implica obligación bajo pecado, ni aun venial; porque la promesa de rezarlo es completamente voluntaria y de supererogación; pero no debe alistarse en la Cofradía quien no tenga voluntad de cumplir esa promesa, según lo exige la Cofradía, siempre que pueda sin faltar a las obligaciones de su estado. Así, cuando el rezo del Rosario coincida con una acción que por nuestro estado es obligatoria, debe preferirse esta acción al Rosario por santo que sea. Cuando en la enfermedad no pueda rezarse en todo ni en parte sin exacerbar el padecimiento, no obliga. Cuando por legítima obediencia, olvido involuntario o necesidad apremiante no ha podido rezarse, no hay ningún pecado, ni aun venial; y no deja por eso de participarse de las gracias y méritos de los otros hermanos y hermanas que lo rezan en todo el mundo.
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Cristianos: si faltáis a este rezo por pura negligencia, sin ningún motivo formal, absolutamente hablando tampoco pecáis, pero perdéis la participación en las oraciones, buenas obras y méritos de la Cofradía, y, por vuestra infidelidad en cosas pequeñas y de supererogación, caeréis insensiblemente en la infidelidad a las cosas grandes y de obligación esencial; porque: "Qui spernit modica paulatim decidet" (4).
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6a Rosa
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22) Desde que Santo Domingo estableció esta devoción hasta el año 1460, en que el Beato Alano de la Roche la renovó por orden del cielo, se le llama el salterio de Jesús y de la Santísima Virgen, porque contiene tantas salutaciones angélicas como salmos contiene el salterio de David, y los sencillos e ignorantes, que no pueden rezar el salterio de David, encuentran en el Rosario un fruto igual y aun mayor que el que se consigue con el rezo de los salmos de David: 1) Porque el salterio evangélico tiene un fruto más noble, a saber: el Verbo encarnado, mientras que el salterio de David no hace más que predecirle; 2) Como la verdad sobrepasa a la figura y el cuerpo a la sombra, del mismo modo el salterio de la Santísima Virgen sobrepasa al salterio de David, que sólo fue sombra de aquél; 3) Porque la Santísima Trinidad es la que ha compuesto el salterio de la Santísima Virgen o Rosario, que se integra de padrenuestros y avemarías.
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El sabio Cartagena refiere al respecto: Sapientissimus Aquensis, libro ejus de Rosacea Corona ad Imperatorem Maximilianum conscripto, dicit: "Salutandae Mariae ritus novitiis inventis haud quaquam adscribitur. Si quidem cum ipsa pene ecclesia pullulavit; nam cum inter ipsa nascentis ecclesiae primordia, perfectiores quoque fideles tribus illis Davidicorum psalmorum quinquagenis, divinas laudes assidue celebrarent, ad rudiores quoque qui modo arctius divinis vacabant piis moris aemulatio est derivata... rati id quod erat, cuncta illorum sacramenta psalmorum in coelesti hoc elogio delitescere, si quidem eum quem psalmi venturum concinunt, hunc jam adesse, haec formula nuntiavit; sicque trinas salutationum quinquagenas "Mariae Psalterium" appellare coeperunt, oratione utique dominica in singulas decades ubique praeposita prout a psalmidicis observari ante adverterunt (5)."
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23) El salterio o Rosario de la Santísima Virgen está dividido en tres Rosarios de cinco decenas cada uno: 1) Para honrar a las tres personas de la Santísima Trinidad; 2) Para honrar la vida, muerte y gloria de Jesucristo; 3) Para imitar a la Iglesia Triunfante, ayudar a la militante y aliviar a la padeciente; 4) Para imitar las tres partes de los salmos, cuya primera parte es para la vía purgativa, la segunda para la vía iluminativa y la tercera para la unitiva; 5) Para colmarnos de gracia durante la vida, de paz en la muerte y de gloria en la eternidad.
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7a Rosa
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24) Desde que el Beato Alano de la Roche renovó esta devoción, la voz pública, que es la voz de Dios, le ha dado el nombre de Rosario, que significa corona de rosas. Es decir, que cuantas veces se reza como es debido el Rosario se coloca sobre la cabeza de Jesús y de María una corona compuesta de 153 rosas blancas y 16 rosas encarnadas del paraíso que jamás perderán su hermosura ni su brillo. La Santísima Virgen aprobó y confirmó este nombre de Rosario, revelando a varios que le presentaban tantas rosas agradables cuantas avemarías rezaban en su honor y tantas coronas de rosas como Rosarios.
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25) El Hermano Alfonso Rodríguez, de la Compañía de Jesús, rezaba el Rosario con tanto ardor, que veía con frecuencia a cada padrenuestro salir de su boca una rosa encarnada, y a cada avemaría, una blanca, igual en hermosura y buen aroma y solamente distinta en el color.
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Las crónicas de San Francisco cuentan que un joven religioso tenía la buena costumbre de rezar todos los días antes de la comida la corona de la Santísima Virgen. Un día, no se sabe por qué, faltó a ella, y estando servida la cena rogó a su superior que le permitiese rezarla antes de ir a la mesa. Con este permiso se retiró a su habitación; pero como tardaba mucho, el superior envió un religioso a llamarle.
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Éste le encontró iluminado con celestes resplandores y a la Santísima Virgen con dos ángeles cerca de él. Cada vez que decía un avemaría, una rosa salía de su boca, y los ángeles cogían las rosas una tras otra y las colocaban sobre la cabeza de la Santísima Virgen, que les testimoniaba su consentimiento. Otros dos religiosos, enviados para saber la causa del retraso de sus compañeros, vieron este misterio, y no desapareció la Santísima Virgen hasta que terminó el rezo de la corona.
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El Rosario es, pues, una gran corona, y el de cinco decenas, una guirnalda de flores o coronilla de rosas celestes que se coloca sobre las cabezas de Jesús y María. La rosa es la reina de las flores, y del mismo modo el Rosario es la rosa y la primera de las devociones.
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8a Rosa
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26) No es posible expresar cuánto estima la Santísima Virgen el Rosario sobre todas las devociones y cuán magnánima es al recompensar a quienes trabajan para predicarlo, establecerlo y cultivarlo y cuán terrible es, por el contrario, con aquellos que quieren hacerle oposición.
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Santo Domingo en nada puso durante su vida tanto entusiasmo como en alabar a la Santísima Virgen, predicar sus grandezas y animar a todos a honrarla por medio del Rosario. Esta poderosa Reina del Cielo, a su vez, no cesó de derramar sobre Santo Domingo bendiciones a manos llenas; coronó sus trabajos con mil prodigios y milagros, nada pidió éste a Dios que no obtuviera por intercesión de la Santísima Virgen, y -para colmo de favores- Ella le sacó victorioso de la herejía de los albigenses y le hizo padre y patriarca de una gran Orden.
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27) ¿Qué diría yo del Beato Alano de la Roche, reparador de esta devoción?
La Santísima Virgen le honró varias veces con su visita para instruirle sobre los medios de conseguir su salvación, hacerse buen sacerdote, perfecto religioso e imitador de Jesucristo.
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Durante las tentaciones y persecuciones horribles de los demonios, que le reducían a una extremada tristeza y casi a la desesperación, le consolaba y disipaba con su dulce presencia todas estas nubes y tinieblas. Ella le ensenó el modo de rezar el Rosario, sus excelencias y sus frutos, le favoreció con la gloriosa calidad de nuevo esposo y, como arras de sus castos amores, le puso un anillo en el dedo, un collar hecho con su pelo al cuello, y le dio un Rosario. El Abad Tritemio, el docto Cartagena, y el sabio Martín Navarro y otros hablan de él con elogio.
Después de haber atraido a la Cofradía del Rosario más de cien mil almas, murió en Zunolle, Flandes, el 8 de septiembre del año 1475.
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28) Envidioso el demonio de los grandes frutos que el Beato Tomás de San Juan, célebre predicador del Santo Rosario, conseguía con esta práctica, le redujo por medio de duros tratos a estado de una larga y penosa enfermedad, en la que fue desahuciado por los médicos. Una noche en que él se creía infaliblemente a punto de morir se le apareció el demonio en espantosa figura; pero, elevando él devotamente los ojos y el corazón hacia una imagen de la Santísima Virgen que había cerca de su cama, gritó con todas sus fuerzas: "¡Ayudadme, socorredme, dulcísima Madre mía!" Apenas hubo acabado estas palabras, la imagen le tendió la mano y le apretó el brazo, diciéndole: "No temas Tomás, hijo mío, yo te auxilio: levántate y continúa predicando la devoción de mi Rosario como habías empezado. Yo te defenderé contra todos tus enemigos." A estas palabras de la Santísima Virgen, huyó el demonio. Se levantó el enfermo en perfecta salud, dió gracias a su buena Madre con un torrente de lágrimas, y continuó predicando el Rosario con éxito maravilloso.
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29) La Santísima Virgen no favorece solamente a los predicadores del Rosario, también recompensa gloriosamente a aquellos que, por su ejemplo, atraen a otros a esta devoción.
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A Alfonso, rey de León y Galicia, que deseaba que todos sus criados honrasen a la Santísima Virgen con el Santo Rosario, se le ocurrió, para animarles con su ejemplo, llevar ostensiblemente un gran Rosario, aunque sin rezarlo, lo que bastó a obligar a todos sus cortesanos a que lo rezaran devotamente.
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El rey cayó gravemente enfermo y cuando le creían muerto fue transportado en espíritu al tribunal de Jesucristo, vio allí a los demonios, que le acusaban de todos los crímenes que había cometido, y cuando iba a ser condenado a las penas eternas, se presentó a su favor la Santísima Virgen delante de su divino Hijo; se trajo entonces una balanza, se colocaron todos los pecados del rey en un platillo, y la Santísima Virgen colocó en el otro el gran Rosario que él había llevado en su honor, juntamente con los que, gracias a su ejemplo, habían rezado otras personas, y esto pesaba más que todos sus pecados. Y después, mirándole con ojos compasivos, le dijo: "He obtenido de mi Hijo, como recompensa del pequeño servicio que me hiciste llevando el Rosario, la prolongación de tu vida por algunos años. Empléalos bien y haz penitencia." El rey, vuelto en sí de este éxtasis, exclamó: "¡Oh bendito Rosario de la Santísima Virgen, por el que fui librado de la condenación eterna!" Después que recobró la salud pasó el resto de su vida con gran devoción al Santo Rosario y lo rezó todos los días.
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Que los devotos de la Santísima Virgen procuren ganar cuantos fieles puedan para la Cofradía del Santo Rosario, a ejemplo de estos santos y de este rey; conseguirán en la tierra la protección de Nuestra Señora y luego la vida eterna. "Qui elucidant me vitam aeternam habebunt" (6).
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9a Rosa
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30) Pero veamos ahora qué injusticia es impedir los progresos de la Cofradía del Santo Rosario y cuáles son los castigos de Dios para los desgraciados que la han despreciado y quisieron destruirla.
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Como la devoción del Santo Rosario ha sido autorizada por el cielo con varios prodigios y aprobada por la Iglesia en varias bulas de los Papas, sólo los libertinos, impíos y espíritus fuertes de estos tiempos se atreven a difamar la Cofradía del Santo Rosario o alejar de ella a los fieles. En verdad que sus lenguas están infectadas con el veneno del infierno y que son movidas por el espíritu maligno; porque nadie puede desaprobar la devoción del Santo Rosario sin condenar lo más piadoso que hay en la Religión Cristiana, a saber: la oración dominical, la salutación angélica y los misterios de la vida, muerte y gloria de Jesucristo y de su Santísima Madre.
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Estos espíritus fuertes, que no pueden sufrir que se rece el Rosario, caen con frecuencia en el criterio, reprobado, de los herejes, que tienen horror al Rosario.
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Aborrecer las cofradías es alejarse de Dios y de la piedad, puesto que Jesucristo nos asegura que se encuentra en medio de los que se reúnen en su nombre. No es ser buen católico despreciar tantas y tan grandes indulgencias como la Iglesia concede a las cofradías. Disuadir a los fieles de que pertenezcan a la del Santo Rosario es ser enemigo de la salvación de las almas, que por este medio dejan el partido del pecado para abrazar la piedad. San Buenaventura dijo con razón que morirá en pecado y se condenará quien haya despreciado a la Santísima Virgen: "Qui negligerit illam morietur in peccatis suis." ¡Qué castigos aguardan a los que apartan a otros de la devoción a Nuestra Señora!
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Fuente:
El Secreto Admirable del Santísimo Rosario
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