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martes, 29 de abril de 2008

+ Modelo de los obreros +

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1 de Mayo

SAN JOSÉ OBRERO

Cercanos a la fecha del 1 de mayo, publicamos el siguiente texto en relación a la Fiesta de San José obrero:
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Introducción

(Del Misal Diario para América, Padre Azcarate OSB, 1946)
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Desde muchos años atrás el primero de Mayo era celebrado en el mundo obrero (y lo sigue siendo) como fiesta profana del trabajo, con manifestaciones públicas y discursos las más de las veces de tono anárquico y revolucionario, sembradores de odios de clases y de terror.
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Deseando el Papa Pio XII poner un remedio a tamaño mal, convirtió la antigua fiesta litúrgica del Patrocinio universal de San José, de mediados de abril, en fiesta de San José obrero, que fijó precisamente el 1 de mayo, para dar a los trabajadores de toda clase, del brazo y de la inteligencia y de cualquiera otra actividad humana, un protector celestial y un modelo perfecto, y para despertar en los hombres, en medio de sus luchas angustiosas por la vida, sentimientos de resignación y de santa esperanza.
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De este modo la Iglesia confía una vez más a la acción de la Liturgia la doble misión providencial de transformar en cristiana y conciliadora una fiesta profana y antisocial, y de elevar el trabajo de todo orden a la noble categoría de servicio de Dios y de negocio para el cielo. Tal es, en efecto, la finalidad excelsa de la ley del trabajo, que todos, cada cual a su modo, debemos cumplir, como la cumplió el Artesano de Nazaret.
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Oh Dios, creador del mundo, que estableciste para el género humano la ley del trabajo; concédenos benignamente que, por el ejemplo y la protección de San José, cumplamos a perfección las obras que nos mandas y consigamos así los premios que nos prometes. Por Jesucristo Nuestro Señor. (Oración- Colecta)
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Del Magisterio de la Iglesia
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Radiomensaje dado por el Papa Juan XXIII a los trabajadores
en la festividad de San José obrero, el primero de mayo de 1960.

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Queridos hijos e hijas. Por segunda vez en el decurso del año litúrgico, presenta la Iglesia a la veneración de los fieles a su patrono universal.
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Hoy se presenta San José en su aspecto característico de un humilde artesano, de un obrero.
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Es por ello natural que nuestro pensamiento se dirija a cada una de las regiones y ciudades en que se desenvuelve la vida de todos los días: las casas, las escuelas, las oficinas, los mercados, las fábricas, los despachos, los laboratorios, todos los lugares santificados por el trabajo intelectual o manual, en las varias y nobles formas de que se reviste según la fuerza y capacidad de cada uno. Pensamos en las familias de todos vosotros que nos escucháis, especialmente aquellas que se someten con docilidad a los designios de la Providencia o que, temblando, son víctimas de un dolor, de una enfermedad, de una prueba. Y sobre todos estos lugares nuestro corazón gusta en representarse, fraternalmente inclinado sobre las fatigas y las penas de cada uno, la imagen serena del custodio de Jesús y esposo purísimo de la Santa Virgen, para bendecir, alentar, socorrer y confortar.
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Cuán consolador es pensar que, con su ayuda, cada familia cristiana dedicada al trabajo puede reflejar fielmente el ejemplo y la imagen de la Sagrada Familia de Nazaret, en la cual la constante laboriosidad, incluso a través de la brevedad de la vida, fue cumplida con el más ardiente amor a Dios y con la generosa adaptación a sus amables designios.
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Es éste, en el fondo, el significado de la fiesta de hoy. Presentando el ejemplo de San José a todos los hombres, que en la ley del trabajo encuentran marcada su condición de vida, la Iglesia procura llamarles a considerar su gran dignidad y les invita a hacer de esa su actividad un poderoso medio de perfeccionamiento personal y de mérito eterno.
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El trabajo es, en verdad, una alta misión; es para el hombre como una colaboración inteligente y efectiva con Dios Creador, del cual recibió los bienes de la tierra para cultivarlos y hacerlos prosperar. Y todo lo que para él es fatiga y dura conquista pertenece al designio redentor de Dios que habiendo salvado al mundo mediante el amor y los dolores de su Hijo Unigénito, convierte los sufrimientos humanos en precioso instrumento de santificación cuando se unen a los de Cristo.
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¡Cuánta luz proyecta sobre esta verdad el ejemplo de Nazaret, donde el trabajo fue aceptado gustosamente como manifestación de la voluntad divina! ¡Y qué grandeza adquiere la figura silenciosa y oculta de San José por el espíritu con que cumplió la misión que le fue confiada por Dios. Pues la verdadera dignidad del hombre no se mide por el oropel de los resultados llamativos, sino por las disposiciones interiores de orden y de buena voluntad.
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Queridos hijos e hijas. Es aquí, en este esplendor que proviene del celestial modelo, donde hay que ver cuál ha de ser la actitud y la disposición para ejecutar y entregarse al trabajo, peso y honor de la vida de cada hombre. Erradas ideologías, exaltando por un lado la libertad desenfrenada y por otro la supresión de la personalidad, procuran despojar de su grandeza al trabajador reduciéndolo a un instrumento de lucha o abandonándolo a sí mismo; se procura sembrar la lucha y la discordia, contraponiendo a las diversas clases sociales; se intenta, por último, separar a las masas trabajadoras de aquél Dios que es el único protector y defensor de los humildes y de quien recibimos la vida, el movimiento y la existencia, como si la condición de los trabajadores haya de eximirles del deber de conocerle, de honrarle y servirle.
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Llora nuestro corazón cuando considera que tantos hijos nuestros, honestos y rectos, pudieran dejarse arrastrar por esas teorías desconociendo que en el Evangelio, ilustrado en los documentos sociales del Pontificado Romano, está la base para la solución de todos sus problemas; está el ansia de las nuevas reformas unida al respeto de los valores fundamentales.
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Queridos hijos e hijas, mirad confiadamente de frente, sobre los caminos que se abren a vuestro paso. La Iglesia cuenta con vosotros para difundir desde el campo del trabajo la doctrina y la paz de Cristo. Sea siempre el trabajo para vosotros una noble misión de la que solo Dios pueda ser el inspirador y premio. Reine en las relaciones recíprocas de la vida social la verdadera caridad, el respeto mutuo, y deseo de colaboración, un clima familiar y fraterno según las luminosas enseñanzas de la Epístola de San Pablo leídas en la misa de hoy: «Cualquier cosa que hagáis o digáis hacedlo todo en nombre de Nuestro Señor Jesucristo dando por Él gracias a Dios Padre. Que todo lo que hagáis sea hecho de corazón, como para el Señor y no para los hombres, sabiendo que del Señor obtendréis la merced de la herencia. Servid a Cristo Señor».
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Los trabajadores saben que la Iglesia os sigue maternalmente con vivo y solícito afecto; se mantiene sobre todo cerca de los que cumplen en la oscuridad trabajos ingratos y pesados que los otros no conocen o no estiman debidamente; se preocupa del que no cuenta con una ocupación estable y está expuesto a las interrogantes angustiosas por el futuro de la familia que aumenta. Está cerca de los que la desventura o la enfermedad en el trabajo los probó dolorosamente. Por nuestra parte no perderemos ocasión para invitar a todos los que tengan responsabilidad de poder o de medios para que se apliquen a fin de que os sean garantizadas condiciones siempre mejores de vida y de trabajo y especialmente para que a todos se asegure el derecho a una ocupación estable y digna. Y firmemente confiamos que se sabrá comprender, con sensibilidad cada vez más solícita, las penas de los trabajadores; que se sale espontáneamente al encuentro de sus legítimas aspiraciones de hombres libres, creados a imagen y semejanza de Dios; y que se procura aliviar las ansias espirituales, de justicia y caridad y de leal colaboración en el respeto mutuo de los correlativos derechos y deberes.
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Sin embargo, los esfuerzos, incluso los más generosos, poco podrán aprovechar sin el auxilio divino; por eso os invitamos a elevar en este día fervorosas súplicas al Señor para que su protección, por intercesión de San José, acompañe y fortalezca vuestros esfuerzos y cumpla vuestros deseos.
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¡Oh San José, Custodio de Jesús, Esposo castísimo de María, que consumiste tu vida en el cumplimiento perfecto del deber, sustentando con el trabajo de tus manos a la Sagrada Familia de Nazaret; protege los propósitos de quienes confiadamente se dirigen a ti. Tú conoces sus aspiraciones, sus angustias, sus esperanzas; y a ti recurren porque saben que encontrarán en ti quien los comprenda y proteja. También tú experimentaste la prueba, la fatiga, el agotamiento pero también en medio de las preocupaciones de la vida material, tu ánimo, lleno de la más profunda paz exultó de alegría inenarrable por la intimidad con el Hijo de Dios a ti confiado y con María, su dulcísima Madre. Haz también que tus protegidos comprendan que no están solos en su trabajo sino que vean a Jesús junto a ellos; acógelos con tu gracia, protégelos fielmente como tú hiciste. Y obtén que en cada familia, en cada oficina, en cada laboratorio, donde quiera que trabaje un cristiano, sea todo santificado en la caridad, en la paciencia, en la justicia, en la prosecución del bien obrar para que desciendan abundantes los dones de la celestial predilección.
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Queridos hijos e hijas: con esta oración invocamos sobre todos vosotros la continua asistencia del Señor. Y para que la fiesta de hoy encuentre en todos los corazones fervorosa correspondencia de concordia y de santos propósitos, queremos saludar a vuestras personas, a la familia de cada uno de vosotros, los locales de vuestra labor diaria con una particular y confortadora bendición apostólica a fin de que en todos y siempre se cumpla la voluntad del Señor.
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AAS 52 (1960) 397-400. Discorsi, messaggi, colloqui, vol. II págs. 323-327.
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Oración de San Pio X a San José, Modelo de los obreros
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Glorioso San José, modelo de todos los que se consagran al trabajo, otorgadme la gracia de trabajar con espíritu de penitencia por la expiación de mis numerosos pecados; de trabajar en conciencia, anteponiendo el culto del deber a mis inclinaciones; de trabajar con reconocimiento y con alegría, considerando como un honor poder emplear y desarrollar mediante el trabajo los dones recibidos de Dios; de trabajar con orden, paz, moderación y paciencia, sin retroceder jamás ante el agotamiento y las dificultades; de trabajar sobre todo con pureza de intenciones y con desapego de mí mismo, teniendo siempre presente la muerte y que tendré que dar cuenta del tiempo perdido, de los talentos inutilizados, del bien omitido y de las vanas complacencias en el éxito, tan funestas para la obra de Dios. ¡Todo sea por Jesús, todo por María, todo por imitaros, patriarca San José! Este será mi lema en la vida y en la muerte. Amén.
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lunes, 21 de abril de 2008

+ El error del nazismo +

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ENCUENTRO CON LOS JÓVENES Y LOS SEMINARISTAS
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DISCURSO DE
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SU SANTIDAD BENEDICTO XVI
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Seminario de San José, Yonkers, Nueva York
Sábado 19 de abril de 2008

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Eminencia,
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Queridos Hermanos en el Episcopado,
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Queridos jóvenes amigos:
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Proclamen a Cristo Señor, “siempre prontos para dar razón de su esperanza a todo el que se la pidiere” (1 Pe 3,15). Con estas palabras de la Primera carta de san Pedro, saludo a cada uno de ustedes con cordial afecto. Agradezco al Señor Cardenal Egan sus amables palabras de bienvenida y también doy las gracias a los representantes que han elegido por sus manifestaciones de gozosa acogida. Dirijo un particular saludo y expreso mi gratitud al Señor Obispo Walsh, Rector del Seminario de San José, al personal y a los seminaristas.
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Jóvenes amigos, me alegra tener la ocasión de hablar con ustedes. Lleven, por favor, mis cordiales saludos a los miembros de sus familias y a sus parientes, así como a sus profesores y al personal de las diversas Escuelas, Colegios y Universidades a las que pertenecen. Me consta que muchos han trabajado intensamente para garantizar la realización de este nuestro encuentro. Les quedo muy reconocido. Gracias también por haberme cantado el “Happy Birthday”. Gracias por este detalle conmovedor; a todos les doy un sobresaliente por la pronunciación del alemán. Esta tarde quisiera compartir con ustedes algunas reflexiones sobre el ser discípulo de Jesucristo; siguiendo las huellas del Señor, nuestra vida se transforma en un viaje de esperanza.
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Tienen delante las imágenes de seis hombres y mujeres ordinarios que se superaron para llevar una vida extraordinaria. La Iglesia les tributa el honor de Venerables, Beatos o Santos: cada uno respondió a la llamada de Dios y a una vida de caridad, y lo sirvió aquí en las calles y callejas o en los suburbios de Nueva York. Me ha impresionado la heterogeneidad de este grupo: pobres y ricos, laicos y laicas –una era una pudiente esposa y madre–, sacerdotes y religiosas, emigrantes venidos de lejos, la hija de un guerrero Mohawk y una madre Algonquin, un esclavo haitiano y un intelectual cubano.
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Santa Isabel Ana Seton, Santa Francisca Javier Cabrina, San Juan Neumann, la beata Kateri Tekakwitha, el venerable Pierre Toussaint y el Padre Félix Varela: cada uno de nosotros podría estar entre ellos, pues en este grupo no hay un estereotipo, ningún modelo uniforme. Pero mirando más de cerca se aprecian ciertos rasgos comunes. Inflamados por el amor de Jesús, sus vidas se convirtieron en extraordinarios itinerarios de esperanza. Para algunos, esto supuso dejar la Patria y embarcarse en una peregrinación de miles de kilómetros. Para todos, un acto de abandono en Dios con la confianza de que él es la meta final de todo peregrino. Y cada uno de ellos ofrecían su “mano tendida” de esperanza a cuantos encontraban en el camino, suscitando en ellos muchas veces una vida de fe. Atendieron a los pobres, a los enfermos y a los marginados en hospicios, escuelas y hospitales, y, mediante el testimonio convincente que proviene del caminar humildemente tras las huellas de Jesús, estas seis personas abrieron el camino de la fe, la esperanza y la caridad a muchas otras, incluyendo tal vez a sus propios antepasados.
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Y ¿qué ocurre hoy? ¿Quién da testimonio de la Buena Noticia de Jesús en las calles de Nueva York, en los suburbios agitados en la periferia de las grandes ciudades, en las zonas donde se reúnen los jóvenes buscando a alguien en quien confiar? Dios es nuestro origen y nuestra meta, y Jesús es el camino. El recorrido de este viaje pasa, como el de nuestros santos, por los gozos y las pruebas de la vida ordinaria: en vuestras familias, en la escuela o el colegio, durante vuestras actividades recreativas y en vuestras comunidades parroquiales. Todos estos lugares están marcados por la cultura en la que estáis creciendo. Como jóvenes americanos se les ofrecen muchas posibilidades para el desarrollo personal y están siendo educados con un sentido de generosidad, servicio y rectitud. Pero no necesitan que les diga que también hay dificultades: comportamientos y modos de pensar que asfixian la esperanza, sendas que parecen conducir a la felicidad y a la satisfacción, pero que sólo acaban en confusión y angustia.
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Mis años de teenager fueron arruinados por un régimen funesto que pensaba tener todas las respuestas; su influjo creció –filtrándose en las escuelas y los organismos civiles, así como en la política e incluso en la religión– antes de que pudiera percibirse claramente que era un monstruo. Declaró proscrito a Dios, y así se hizo ciego a todo lo bueno y verdadero. Muchos de los padres y abuelos de ustedes les habrán contado el horror de la destrucción que siguió después. Algunos de ellos, de hecho, vinieron a América precisamente para escapar de este terror.
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Demos gracias a Dios, porque hoy muchos de su generación pueden gozar de las libertades que surgieron gracias a la expansión de la democracia y del respeto de los derechos humanos. Demos gracias a Dios por todos los que lucharon para asegurar que puedan crecer en un ambiente que cultiva lo bello, bueno y verdadero: sus padres y abuelos, sus profesores y sacerdotes, las autoridades civiles que buscan lo que es recto y justo.
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Sin embargo, el poder destructivo permanece. Decir lo contrario sería engañarse a sí mismos. Pero éste jamás triunfará; ha sido derrotado. Ésta es la esencia de la esperanza que nos distingue como cristianos; la Iglesia lo recuerda de modo muy dramático en el Triduo Pascual y lo celebra con gran gozo en el Tiempo pascual. El que nos indica la vía tras la muerte es Aquel que nos muestra cómo superar la destrucción y la angustia; Jesús es, pues, el verdadero maestro de vida (cf.
Spe salvi, 6). Su muerte y resurrección significa que podemos decir al Padre celestial: “Tú has renovado el mundo” (Viernes Santo, Oración después de la comunión). De este modo, hace pocas semanas, en la bellísima liturgia de la Vigilia pascual, no por desesperación o angustia, sino con una confianza colmada de esperanza, clamamos a Dios por nuestro mundo: “Disipa las tinieblas del corazón. Disipa las tinieblas del espíritu” (cf. Oración al encender el cirio pascual).
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¿Qué pueden ser estas tinieblas? ¿Qué sucede cuando las personas, sobre todo las más vulnerables, encuentran el puño cerrado de la represión o de la manipulación en vez de la mano tendida de la esperanza? El primer grupo de ejemplos pertenece al corazón. Aquí, los sueños y los deseos que los jóvenes persiguen se pueden romper y destruir muy fácilmente. Pienso en los afectados por el abuso de la droga y los estupefacientes, por la falta de casa o la pobreza, por el racismo, la violencia o la degradación, en particular muchachas y mujeres. Aunque las causas de estas situaciones problemáticas son complejas, todas tienen en común una actitud mental envenenada que se manifiesta en tratar a las personas como meros objetos: una insensibilidad del corazón, que primero ignora y después se burla de la dignidad dada por Dios a toda persona humana. Tragedias similares muestran también que lo podría haber sido y lo que puede ser ahora, si otras manos, vuestras manos, hubieran estado tendidas o se tendiesen hacia ellos. Les animo a invitar a otros, sobre todo a los débiles e inocentes, a unirse a ustedes en el camino de la bondad y de la esperanza.
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El segundo grupo de tinieblas –las que afectan al espíritu– a menudo no se percibe, y por eso es particularmente nocivo. La manipulación de la verdad distorsiona nuestra percepción de la realidad y enturbia nuestra imaginación y nuestras aspiraciones. Ya he mencionado las muchas libertades que afortunadamente pueden gozar ustedes. Hay que salvaguardar rigurosamente la importancia fundamental de la libertad. No sorprende, pues, que muchas personas y grupos reivindiquen en voz alta y públicamente su libertad. Pero la libertad es un valor delicado. Puede ser malentendida y usada mal, de manera que no lleva a la felicidad que todos esperamos, sino hacia un escenario oscuro de manipulación, en el que nuestra comprensión de nosotros mismos y del mundo se hace confusa o se ve incluso distorsionada por quienes ocultan sus propias intenciones.
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¿Han notado ustedes que, con frecuencia, se reivindica la libertad sin hacer jamás referencia a la verdad de la persona humana? Hay quien afirma hoy que el respeto a la libertad del individuo hace que sea erróneo buscar la verdad, incluida la verdad sobre lo que es el bien. En algunos ambientes, hablar de la verdad se considera como una fuente de discusiones o de divisiones y, por tanto, es mejor relegar este tema al ámbito privado. En lugar de la verdad –o mejor, de su ausencia– se ha difundido la idea de que, dando un valor indiscriminado a todo, se asegura la libertad y se libera la conciencia. A esto llamamos relativismo. Pero, ¿qué objeto tiene una “libertad” que, ignorando la verdad, persigue lo que es falso o injusto? ¿A cuántos jóvenes se les ha tendido una mano que, en nombre de la libertad o de una experiencia, los ha llevado al consumo habitual de estupefacientes, a la confusión moral o intelectual, a la violencia, a la pérdida del respeto por sí mismos, a la desesperación incluso y, de este modo, trágicamente, al suicidio? Queridos amigos, la verdad no es una imposición. Tampoco es un mero conjunto de reglas. Es el descubrimiento de Alguien que jamás nos traiciona; de Alguien del que siempre podemos fiarnos. Buscando la verdad llegamos a vivir basados en la fe porque, en definitiva, la verdad es una persona: Jesucristo. Ésta es la razón por la que la auténtica libertad no es optar por “desentenderse de”. Es decidir “comprometerse con”; nada menos que salir de sí mismos y ser incorporados en el “ser para los otros” de Cristo (cf.
Spe salvi, 28).
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Como creyentes, ¿cómo podemos ayudar a los otros a caminar por el camino de la libertad que lleva a la satisfacción plena y a la felicidad duradera? Volvamos una vez más a los santos. ¿De qué modo su testimonio ha liberado realmente a otros de las tinieblas del corazón y del espíritu? La respuesta se encuentra en la médula de su fe, de nuestra fe. La encarnación, el nacimiento de Jesús nos muestra que Dios, de hecho, busca un sitio entre nosotros. A pesar de que la posada está llena, él entra por el establo, y hay personas que ven su luz. Se dan cuenta de lo que es el mundo oscuro y hermético de Herodes y siguen, en cambio, el brillo de la estrella que los guía en la noche. ¿Y qué irradia? A este respecto pueden recordar la oración recitada en la noche santa de Pascua: “¡Oh Dios!, que por medio de tu Hijo, luz del mundo, nos has dado la luz de tu gloria, enciende en nosotros la llama viva de tu esperanza” (cf. Bendición del fuego). De este modo, en la procesión solemne con las velas encendidas, nos pasamos de uno a otro la luz de Cristo. Es la luz que “ahuyenta los pecados, lava las culpas, devuelve la inocencia a los caídos, la alegría a los tristes, expulsa el odio, trae la concordia, doblega a los poderosos” (Exsultet). Ésta es la luz de Cristo en acción. Éste es el camino de los santos. Ésta es la visión magnífica de la esperanza. La luz de Cristo les invita a ser estrellas-guía para los otros, marchando por el camino de Cristo, que es camino de perdón, de reconciliación, de humildad, de gozo y de paz.
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Sin embargo, a veces tenemos la tentación de encerrarnos en nosotros mismos, de dudar de la fuerza del esplendor de Cristo, de limitar el horizonte de la esperanza. ¡Ánimo! Miren a nuestros santos. La diversidad de su experiencia de la presencia de Dios nos sugiere descubrir nuevamente la anchura y la profundidad del cristianismo. Dejen que su fantasía se explaye libremente por el ilimitado horizonte del discipulado de Cristo. A veces nos consideran únicamente como personas que hablan sólo de prohibiciones. Nada más lejos de la verdad. Un discipulado cristiano auténtico se caracteriza por el sentido de la admiración. Estamos ante un Dios que conocemos y al que amamos como a un amigo, ante la inmensidad de su creación y la belleza de nuestra fe cristiana.
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Queridos amigos, el ejemplo de los santos nos invita, también, a considerar cuatro aspectos esenciales del tesoro de nuestra fe: oración personal y silencio, oración litúrgica, práctica de la caridad y vocaciones.
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Lo más importante es que ustedes desarrollen su relación personal con Dios. Esta relación se manifiesta en la plegaria. Dios, por virtud de su propia naturaleza, habla, escucha y responde. En efecto, San Pablo nos recuerda que podemos y debemos “ser constantes en orar” (cf. 1 Ts 5,17). En vez de replegarnos sobre nosotros mismos o de alejarnos de los vaivenes de la vida, en la oración nos dirigimos hacia Dios y, por medio de Él, nos volvemos unos a otros, incluyendo a los marginados y a cuantos siguen vías distintas a las de Dios (cf.
Spe salvi, 33). Como admirablemente nos enseñan los santos, la oración se transforma en esperanza en acto. Cristo era su constante compañero, con quien conversaban en cualquier momento de su camino de servicio a los demás.
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Hay otro aspecto de la oración que debemos recordar: la contemplación y el silencio. San Juan, por ejemplo, nos dice que para acoger la revelación de Dios es necesario escuchar y después responder anunciando lo que hemos oído y visto (cf. 1 Jn 1,2-3;
Dei Verbum, 1). ¿Hemos perdido quizás algo del arte de escuchar? ¿Dejan ustedes algún espacio para escuchar el susurro de Dios que les llama a caminar hacia la bondad? Amigos, no tengan miedo del silencio y del sosiego, escuchen a Dios, adórenlo en la Eucaristía. Permitan que su palabra modele su camino como crecimiento de la santidad.
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En la liturgia encontramos a toda la Iglesia en plegaria. La palabra “liturgia” significa la participación del pueblo de Dios en “la obra de Cristo Sacerdote y de su Cuerpo, que es la Iglesia” (
Sacrosanctum concilium, 7). ¿En qué consiste esta obra? Ante todo se refiere a la Pasión de Cristo, a su muerte y resurrección y a su ascensión, lo que denominamos “Misterio pascual”. Se refiere también a la celebración misma de la liturgia. Los dos significados, de hecho, están vinculados inseparablemente, ya que esta “obra de Jesús” es el verdadero contenido de la liturgia. Mediante la liturgia, “la obra de Jesús” entra continuamente en contacto con la historia; con nuestra vida, para modelarla. Aquí percibimos otra idea de la grandeza de nuestra fe cristiana. Cada vez que se reúnen para la Santa Misa, cuando van a confesarse, cada vez que celebran uno de los Sacramentos, Jesús está actuando. Por el Espíritu Santo los atrae hacia sí, dentro de su amor sacrificial por el Padre, que se transforma en amor hacia todos. De este modo vemos que la liturgia de la Iglesia es un ministerio de esperanza para la humanidad. Vuestra participación colmada de fe es una esperanza activa que ayuda a que el mundo -tanto santos como pecadores- esté abierto a Dios; ésta es la verdadera esperanza humana que ofrecemos a cada uno (cf. Spe salvi, 34).
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Su plegaria personal, sus tiempos de contemplación silenciosa y su participación en la liturgia de la Iglesia les acerca más a Dios y les prepara también para servir a los demás. Los santos que nos acompañan esta tarde nos muestran que la vida de fe y de esperanza es también una vida de caridad. Contemplando a Jesús en la cruz, vemos el amor en su forma más radical. Comencemos a imaginar el camino del amor por el que debemos marchar (cf.
Deus caritas est, 12). Las ocasiones para recorrer este camino son muchas. Miren a su alrededor con los ojos de Cristo, escuchen con sus oídos, intuyan y piensen con su corazón y su espíritu. ¿Están ustedes dispuestos a dar todo por la verdad y la justicia, como hizo Él? Muchos de los ejemplos de sufrimiento a los que nuestros santos respondieron con compasión, siguen produciéndose todavía en esta ciudad y en sus alrededores. Y han surgido nuevas injusticias: algunas son complejas y derivan de la explotación del corazón y de la manipulación del espíritu; también nuestro ambiente de la vida ordinaria, la tierra misma, gime bajo el peso de la avidez consumista y de la explotación irresponsable. Hemos de escuchar atentamente. Hemos de responder con una acción social renovada que nazca del amor universal que no conoce límites. De este modo estamos seguros de que nuestras obras de misericordia y justicia se transforman en esperanza viva para los demás.
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Queridos jóvenes, quisiera añadir por último una palabra sobre las vocaciones. Pienso, ante todo, en sus padres, abuelos y padrinos. Ellos han sido sus primeros educadores en la fe. Al presentarlos para el bautismo, les dieron la posibilidad de recibir el don más grande de su vida. Aquel día ustedes entraron en la santidad de Dios mismo. Llegaron a ser hijos e hijas adoptivos del Padre. Fueron incorporados a Cristo. Se convirtieron en morada de su Espíritu. Recemos por las madres y los padres en todo el mundo, en particular por los que de alguna manera están lejos, social, material, espiritualmente. Honremos las vocaciones al matrimonio y a la dignidad de la vida familiar. Deseamos que se reconozca siempre que las familias son el lugar donde nacen las vocaciones.
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Saludo a los seminaristas congregados en el Seminario de San José y animo también a todos los seminaristas de América. Me alegra saber que están aumentando. El Pueblo de Dios espera de ustedes que sean sacerdotes santos, caminando cotidianamente hacia la conversión, inculcando en los demás el deseo de entrar más profundamente en la vida eclesial de creyentes. Les exhorto a profundizar su amistad con Jesús, el Buen Pastor. Hablen con Él de corazón a corazón. Rechacen toda tentación de ostentación, hacer carrera o de vanidad. Tiendan hacia un estilo de vida caracterizado auténticamente por la caridad, la castidad y la humildad, imitando a Cristo, el Sumo y Eterno Sacerdote, del que deben llegar a ser imágenes vivas (cf.
Pastores dabo vobis, 33). Queridos seminaristas, rezo por ustedes cada día. Recuerden que lo que cuenta ante el Señor es permanecer en su amor e irradiar su amor por los demás.
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Las Religiosas, los Religiosos y los Sacerdotes de las Congregaciones contribuyen generosamente a la misión de la Iglesia. Su testimonio profético se caracteriza por una convicción profunda de la primacía del Evangelio para plasmar la vida cristiana y transformar la sociedad. Quisiera hoy llamar su atención sobre la renovación espiritual positiva que las Congregaciones están llevando a cabo en relación con su carisma. La palabra “carisma” significa don ofrecido libre y gratuitamente. Los carismas los concede el Espíritu Santo que inspira a los fundadores y fundadoras y forma las Congregaciones con el consiguiente patrimonio espiritual. El maravilloso conjunto de carismas propios de cada Instituto religioso es un tesoro espiritual extraordinario. En efecto, la historia de la Iglesia se muestra tal vez del modo más bello a través de la historia de sus escuelas de espiritualidad, la mayor parte de las cuales se remontan a la vida de los santos fundadores y fundadoras. Estoy seguro que, descubriendo los carismas que producen esta riqueza de sabiduría espiritual, algunos de ustedes, jóvenes, se sentirán atraídos por una vida de servicio apostólico o contemplativo. No sean tímidos para hablar con hermanas, hermanos o sacerdotes religiosos sobre su carisma y la espiritualidad de su Congregación. No existe ninguna comunidad perfecta, pero es el discernimiento de la fidelidad al carisma fundador, no a una persona en particular, lo que el Señor les está pidiendo. Ánimo. También ustedes pueden hacer de su vida una autodonación por amor al Señor Jesús y, en Él, a todos los miembros de la familia humana (cf.
Vita consecrata, 3).
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Amigos, de nuevo les pregunto, ¿qué decir de la hora presente? ¿Qué están buscando? ¿Qué les está sugiriendo Dios? Cristo es la esperanza que jamás defrauda. Los santos nos muestran el amor desinteresado por su camino. Como discípulos de Cristo, sus caminos extraordinarios se desplegaron en aquella comunidad de esperanza que es la Iglesia. Y también ustedes encontrarán dentro de la Iglesia el aliento y el apoyo para marchar por el camino del Señor. Alimentados por la plegaria personal, preparados en el silencio, modelados por la liturgia de la Iglesia, descubrirán la vocación particular a la que el Señor les llama. Acójanla con gozo. Hoy son ustedes los discípulos de Cristo. Irradien su luz en esta gran ciudad y en otras. Den razón de su esperanza al mundo. Hablen con los demás de la verdad que les hace libres. Con estos sentimientos de gran esperanza en ustedes, les saludo con un “hasta pronto”, hasta encontrarme de nuevo con ustedes en julio, para la Jornada Mundial de la Juventud en Sidney. Y, como signo de mi afecto por ustedes y sus familias, les imparto con alegría la Bendición Apostólica.
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Palabras del Santo Padre a los jóvenes y seminaristas de lengua española
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Queridos Seminaristas, queridos jóvenes:
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Es para mí una gran alegría poder encontrarme con todos ustedes en el transcurso de esta visita, durante la cual he festejado también mi cumpleaños. Gracias por su acogida y por el cariño que me han demostrado.
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Les animo a abrirle al Señor su corazón para que Él lo llene por completo y con el fuego de su amor lleven su Evangelio a todos los barrios de Nueva York.
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La luz de la fe les impulsará a responder al mal con el bien y la santidad de vida, como lo hicieron los grandes testigos del Evangelio a lo largo de los siglos. Ustedes están llamados a continuar esa cadena de amigos de Jesús, que encontraron en su amor el gran tesoro de sus vidas. Cultiven esta amistad a través de la oración, tanto personal como litúrgica, y por medio de las obras de caridad y del compromiso por ayudar a los más necesitados. Si no lo han hecho, plantéense seriamente si el Señor les pide seguirlo de un modo radical en el ministerio sacerdotal o en la vida consagrada. No basta una relación esporádica con Cristo. Una amistad así no es tal. Cristo les quiere amigos suyos íntimos, fieles y perseverantes.
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A la vez que les renuevo mi invitación a participar en la
Jornada Mundial de la Juventud en Sidney, les aseguro mi recuerdo en la oración, en la que suplico a Dios que los haga auténticos discípulos de Cristo Resucitado. Muchas gracias.
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Pax et Bonum,
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+ Clara de Asís +
contacto@juventutem.com.ar

sábado, 19 de abril de 2008

+ Benedictus qui venit in nomine Domini +

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HOMILÍA DEL PAPA BENEDICTO XVI
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EN LA SANTA MISA
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NATIONAL STADIUM DE WASHINGTON
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video
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VIAJE APOSTÓLICO A LOS ESTADOS UNIDOS DE AMÉRICA
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Y
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VISITA A LA SEDE DE LA ONU
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Nationals Stadium de Washington, D.C.Jueves 17 de abril de 2008
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"Queridos hermanos y hermanas en Cristo“Paz a ustedes” (Jn 20,19). Con estas palabras, las primeras que el Señor resucitado dirigió a sus discípulos, les saludo a todos en el júbilo de este tiempo pascual. Ante todo, doy gracias a Dios por la gracia de estar entre ustedes. Agradezco en particular al Arzobispo Wuerl por sus amables palabras de bienvenida. Nuestra Misa de hoy retrotrae a la Iglesia en los Estados Unidos a sus raíces en el cercano Maryland y recuerda el 200 aniversario del primer capítulo de su considerable crecimiento: la división que hizo mi predecesor el Papa Pío VII de la Diócesis originaria de Baltimore y la instauración de las Diócesis de Boston, Bardstown, ahora Louisville, Nueva York y Filadelfia.
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Doscientos años después, la Iglesia en América tiene buenos motivos para alabar la capacidad de las generaciones pasadas de aglutinar grupos de inmigrantes muy diferentes en la unidad de la fe católica y en el esfuerzo común por difundir el Evangelio. Al mismo tiempo, la Comunidad católica en este País, consciente de su rica multiplicidad, ha apreciado cada vez más plenamente la importancia de que cada individuo y grupo aporte su propio don particular al conjunto. Ahora la Iglesia en los Estados Unidos está llamada a mirar hacia el futuro, firmemente arraigada en la fe transmitida por las generaciones anteriores y dispuesta a afrontar nuevos desafíos –desafíos no menos exigentes de los que afrontaron vuestros antepasados– con la esperanza que nace del amor de Dios derramado en nuestros corazones por el Espíritu Santo. (cf. Rm 5,5).
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En el ejercicio de mi ministerio de Sucesor de Pietro, he venido a América para confirmaros, queridos hermanos y hermanas, en la fe de los Apóstoles (cf. Lc 22,32). He venido para proclamar de nuevo, como lo hizo san Pedro el día de Pentecostés, que Jesucristo es Señor y Mesías, resucitado de la muerte, sentado a la derecha del Padre en la gloria y constituido juez de vivos y muertos (cf. Hch 2,14ss). He venido para reiterar la llamada urgente de los Apóstoles a la conversión para el perdón de los pecados y para implorar al Señor una nueva efusión del Espíritu Santo sobre la Iglesia en este País. Como hemos oído en este tiempo pascual, la Iglesia ha nacido de los dones del Espíritu Santo: el arrepentimiento y la fe en el Señor resucitado. Ella se ve impulsada por el mismo Espíritu en cada época a llevar la buena nueva de nuestra reconciliación con Dios en Cristo a hombres y a mujeres de toda raza, lengua y nación (cf. Ap 5,9). Las lecturas de la Misa de hoy nos invitan a considerar el crecimiento de la Iglesia en América como un capítulo en la historia más grande de la expansión de la Iglesia después de la venida del Espíritu Santo en Pentecostés.
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En estas lecturas vemos la unión inseparable entre el Señor resucitado y el don del Espíritu para el perdón de los pecados y el misterio de la Iglesia. Cristo ha constituido su Iglesia sobre el fundamento de los Apóstoles (cf. Ap 21,14), como comunidad estructurada visible, que es a la vez comunión espiritual, cuerpo místico animado por los múltiples dones del Espíritu y sacramento de salvación para toda la humanidad (cf. Lumen gentium, 8). La Iglesia está llamada en todo tiempo y lugar a crecer en la unidad mediante una constante conversión a Cristo, cuya obra redentora es proclamada por los Sucesores de los Apóstoles y celebrada en los sacramentos. Por otro lado, esta unidad comporta una “expansión continua”, porque el Espíritu incita a los creyentes a proclamar “las grandes obras de Dios” y a invitar a todas las gentes a entrar en la comunidad de los salvados mediante la sangre de Cristo y que han recibido la vida nueva en su Espíritu. Ruego también para que este aniversario significativo en la vida de la Iglesia en los Estados Unidos y la presencia del Sucesor de Pedro entre vosotros sean para todos los católicos una ocasión para reafirmar su unidad en la fe apostólica, para ofrecer a sus contemporáneos una razón convincente de la esperanza que los inspira (cf. 1 P 3,15) y para renovar su celo misionero al servicio de la difusión del Reino de Dios.
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El mundo necesita el testimonio. ¿Quién puede negar que el momento actual sea decisivo no sólo para la Iglesia en América, sino también para la sociedad en su conjunto? Es un tiempo lleno de grandes promesas, pues vemos cómo la familia humana se acomuna de diversos modos, haciéndose cada vez más interdependiente. Al mismo tiempo, sin embargo, percibimos signos evidentes de un quebrantamiento preocupante de los fundamentos mismos de la sociedad: signos de alienación, ira y contraposición en muchos contemporáneos nuestros; aumento de la violencia, debilitamiento del sentido moral, vulgaridad en las relaciones sociales y creciente olvido de Cristo y de Dios. También la Iglesia ve signos de grandes promesas en sus numerosas parroquias sólidas y en los movimientos vivaces, en el entusiasmo por la fe demostrada por muchos jóvenes, en el número de los que cada año abrazan la fe católica y en un interés cada vez más grande por la oración y por la catequesis. Pero, al mismo tiempo, percibe a menudo con dolor que hay división y contrastes en su seno, descubriendo también el hecho desconcertante de que tantos bautizados, en lugar de actuar como fermento espiritual en el mundo, se inclinan a adoptar actitudes contrarias a la verdad del Evangelio. “Señor, manda tu Espíritu y renueva la faz de la tierra” (cf. Sal 104,30). Las palabras del Salmo responsorial de hoy son una plegaria que, siempre y en todo lugar, brota del corazón de la Iglesia. Nos recuerdan que el Espíritu Santo ha sido infundido como primicia de una nueva creación, de “cielos nuevos y tierra nueva” (cf. 2 P 3,13; Ap 21, 1) en los que reinará la paz de Dios y la familia humana será reconciliada en la justicia y en el amor.
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Hemos oído decir a san Pablo que toda la creación “gime” hasta a hoy, en espera de la verdadera libertad, que es el don de Dios para sus hijos (cf. Rm 8,21-22), una libertad que nos hace capaces de vivir conforme a su voluntad. Oremos hoy insistentemente para que la Iglesia en América sea renovada en este mismo Espíritu y ayudada en su misión de anunciar el Evangelio a un mundo que tiene nostalgia de una genuina libertad (cf. Jn 8,32), de una felicidad auténtica y del cumplimiento de sus aspiraciones más profundas.Deseo en este momento dirigir una palabra particular de gratitud y estímulo a todos los que han acogido el desafío del Concilio Vaticano II, tantas veces repetido por el Papa Juan Pablo II, y han dedicado su vida a la nueva evangelización. Doy las gracias a mis hermanos Obispos, a los sacerdotes y diáconos, a los religiosos y religiosas, a los padres, maestros y catequistas.
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La fidelidad y el valor con que la Iglesia en este País logrará afrontar los retos de una cultura cada vez más secularizada y materialista dependerá en gran parte de vuestra fidelidad personal al transmitir el tesoro de nuestra fe católica. Los jóvenes necesitan ser ayudados para discernir la vía que conduce a la verdadera libertad: la vía de una sincera y generosa imitación de Cristo, la vía de la entrega a la justicia y a la paz. Se ha progresado mucho en el desarrollo de programas sólidos para la catequesis, pero queda por hacer todavía mucho más para formar los corazones y las mentes de los jóvenes en el conocimiento y en el amor del Dios.
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Los desafíos que se nos presentan exigen una instrucción amplia y sana en la verdad de la fe. Pero requieren cultivar también un modo de pensar, una “cultura” intelectual que sea auténticamente católica, que confía en la armonía profunda entre fe y razón, y dispuesta a llevar la riqueza de la visión de la fe en contacto con las cuestiones urgentes que conciernen el futuro de la sociedad americana. Queridos amigos, mi visita en los Estados Unidos quiere ser un testimonio de “Cristo, esperanza nuestra”. Los americanos han sido siempre un pueblo de esperanza: vuestros antepasados vinieron a este País con la expectativa de encontrar una nueva libertad y nuevas oportunidades, y la extensión de territorios inexplorados les inspiró la esperanza de poder empezar completamente de nuevo, creando una nueva nación sobre nuevos fundamentos. Ciertamente, ésta no ha sido la experiencia de todos los habitantes de este País; baste pensar en las injusticias sufridas por las poblaciones americanas nativas y de los que fueron traídos de África por la fuerza como esclavos.
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Pero la esperanza, la esperanza en el futuro, forma parte hondamente del carácter americano. Y la virtud cristiana de la esperanza –la esperanza derramada en nuestro corazón por el Espíritu Santo, la esperanza que purifica y endereza de modo sobrenatural nuestras aspiraciones orientándolas hacia el Señor y su plan de salvación–, esta esperanza ha caracterizado también y sigue caracterizando la vida de la comunidad católica en este País. En el contexto de esta esperanza nacida del amor y de la fidelidad de Dios reconozco el dolor que ha sufrido la Iglesia en América como consecuencia del abuso sexual de menores. Ninguna palabra mía podría describir el dolor y el daño producido por dicho abuso. Es importante que se preste una cordial atención pastoral a los que han sufrido. Tampoco puedo expresar adecuadamente el daño que se ha hecho dentro de la comunidad de la Iglesia. Ya se han hecho grandes esfuerzos para afrontar de manera honesta y justa esta trágica situación y para asegurar que los niños –a los que nuestro Señor ama entrañablemente (cf. Mc 10,14), y que son nuestro tesoro más grande– puedan crecer en un ambiente seguro. Estos esfuerzos para proteger a los niños han de continuar. Ayer hablé de esto con vuestros Obispos. Hoy animo a cada uno de ustedes a hacer cuanto les sea posible para promover la recuperación y la reconciliación, y para ayudar a los que han sido dañados. Les pido también que estimen a sus sacerdotes y los reafirmen en el excelente trabajo que hacen. Y, sobre todo, oren para que el Espíritu Santo derrame sus dones sobre la Iglesia, los dones que llevan a la conversión, al perdón y el crecimiento en la santidad.
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San Pablo, como hemos escuchado en la segunda lectura, habla de una especie de oración que brota de las profundidades de nuestros corazones con suspiros que son demasiado profundos para expresarlos con palabras, con “gemidos” (Rm 8,26) inspirados por el Espíritu. Ésta es una oración que anhela, en medio de la tribulación, el cumplimiento de las promesas de Dios. Es una plegaria de esperanza inagotable, pero también de paciente perseverancia y, a veces, acompañada por el sufrimiento por la verdad. A través de esta plegaria participamos en el misterio de la misma debilidad y sufrimiento de Cristo, mientras confiamos firmemente en la victoria de su Cruz. Que la Iglesia en América, con esta oración, emprenda cada vez más el camino de la conversión y de la fidelidad al Evangelio. Y que todos los católicos experimenten el consuelo de la esperanza y los dones de la alegría y la fuerza infundidos por el Espíritu. En el relato evangélico de hoy, el Señor resucitado otorga a los Apóstoles el don del Espíritu Santo y les concede la autoridad para perdonar los pecados. Mediante el poder invencible de la gracia de Cristo, confiado a frágiles ministros humanos, la Iglesia renace continuamente y se nos da a cada uno de nosotros la esperanza de un nuevo comienzo.
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Confiemos en el poder del Espíritu de inspirar conversión, curar cada herida, superar toda división y suscitar vida y libertades nuevas. ¡Cuánta necesidad tenemos de estos dones! ¡Y qué cerca los tenemos, particularmente en el Sacramento de la penitencia! La fuerza libertadora de este Sacramento, en el que nuestra sincera confesión del pecado encuentra la palabra misericordiosa de perdón y paz de parte de Dios, necesita ser redescubierta y ralea propia de cada católico. En gran parte la renovación de la Iglesia en América y en el mundo depende de la renovación de la regla de la penitencia y del crecimiento en la santidad: los dos es inspirado y realizadas por este Sacramento. “En esperanza fuimos salvados” (Rm 8,24). Mientras la Iglesia en los Estados Unidos da gracias por las bendiciones de los doscientos años pasados, invito a ustedes, a sus familias y cada parroquia y comunidad religiosa a confiar en el poder de la gracia para crear un futuro prometedor para el Pueblo de Dios en este País. En el nombre del Señor Jesús les pido que eviten toda división y que trabajen con alegría para preparar vía para Él, fieles a su palabra y en constante conversión a su voluntad.
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Les exhorto, sobre todo, a seguir a siendo fermento de esperanza evangélica en la sociedad americana, con el fin de llevar la luz y la verdad del Evangelio en la tarea de crear un mundo cada vez más justo y libre para las generaciones futuras. Quien tiene esperanza ha de vivir de otra manera (cf. Spe Salvi, 2). Que ustedes, mediante sus plegarias, el testimonio de su fe y la fecundidad de su caridad, indiquen el camino hacia ese horizonte inmenso de esperanza que Dios está abriendo también hoy a su Iglesia, más aún, a toda la humanidad: la visión de un mundo reconciliado y renovado en Jesucristo, nuestro Salvador.
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A Él honor y gloria, ahora y siempre.
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Amén".
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Palabras del Santo Padre a los fieles de lengua española
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Queridos hermanos y hermanas de lengua española: Deseo saludarles con las mismas palabras que Cristo Resucitado dirigió a los apóstoles: “Paz a ustedes” (Jn 20,19). Que la alegría de saber que el Señor ha triunfado sobre la muerte y el pecado les ayude a ser, allá donde se encuentren, testigos de su amor y sembradores de la esperanza que Él vino a traernos y que jamás defrauda. No se dejen vencer por el pesimismo, la inercia o los problemas. Antes bien, fieles a los compromisos que adquirieron en su bautismo, profundicen cada día en el conocimiento de Cristo y permitan que su corazón quede conquistado por su amor y por su perdón.
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La Iglesia en los Estados Unidos, acogiendo en su seno a tantos de sus hijos emigrantes, ha ido creciendo gracias también a la vitalidad del testimonio de fe de los fieles de lengua española. Por eso, el Señor les llama a seguir contribuyendo al futuro de la Iglesia en este País y a la difusión del Evangelio. Sólo si están unidos a Cristo y entre ustedes, su testimonio evangelizador será creíble y florecerá en copiosos frutos de paz y reconciliación en medio de un mundo muchas veces marcado por divisiones y enfrentamientos. La Iglesia espera mucho de ustedes. No la defrauden en su donación generosa.
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“Lo que han recibido gratis, denlo gratis” (Mt 10,8). Amén".
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© Copyright 2008 - Libreria Editrice Vaticana
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Pax et Bonum,
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+ Clara de Asís +
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domingo, 13 de abril de 2008

+ Así fue la Misa +

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Tuvimos otra Misa. Deo Gratias! A pesar del mal tiempo, que hizo que hubiera muchos menos fieles, la celebración fue formidable. Los cánticos estuvieron a cargo del Coro de la Escuela de Canto Coral, dirigida por la Prof. Marcela Castiglione, con el Maestro Jorge Gonzalez en el órgano.
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Me han reclamado las fotos insistentemente: la única que mi torpe hermana pudo sacar más o menos bien es la que ven al pie de este post. Espero para la próxima poder ofrecerles algo mejor. La próxima Misa, será el 11 de mayo, Domingo de Pentecostés.

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Nichán Eduardo Guiridlian Guarino
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sábado, 12 de abril de 2008

+ Falta de Fe y abusos Liturgicos +

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CAMPOS (Río de Janeiro), jueves, 3 abril 2008 (ZENIT.org).- El obispo de una comunidad brasileña que celebra la misa antigua (forma litúrgica extraordinaria del Rito Romano, denominada tridentina o de San Pío V) considera que los abusos en la liturgia se deben a la «falta de una seria espiritualidad».
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«La Santa Misa atrae por sí, por su sacralidad y su misterio», afirma monseñor Fernando Arêas Rifan, administrador apostólico de la Administración Apostólica Personal San Juan María Vianney.
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En esta entrevista concedida a Zenit, el obispo habla, entre otras cosas, de la belleza y de la riqueza de la Misa antigua, cuya facultad de celebrar ha sido extendida por Benedicto XVI a toda la Iglesia con el motu proprio «Summorum Pontificum» del 7 de julio de 2007.
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La Administración Apostólica Personal de San Juan María Vianney es una circunscripción eclesiástica equiparada por el derecho a las diócesis e inmediatamente sujeta a la Santa Sede, según el canon 368 y el decreto «Animarum Bonum».
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Su fundador fue el obispo Licínio Rangel, quien fue consagrado por tres obispos ordenados ilícitamente por el obispo fallecido Marcel Lefebvre, fundador de la Fraternidad de San Pío X. El carácter cismático de la ordenación rompió la comunión plena con Roma.
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Su regreso al seno de la Iglesia católica tuvo lugar el 18 de enero de 2002, en una ceremonia solemne presidida por el representante de Juan Pablo II, el cardenal Darío Castrillón Hoyos, prefecto de la Congregación vaticana para el Clero.
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--En su Administración Apostólica se celebra la misa antigua del Rito Romano (precedente a la reforma de 1970). ¿Cuáles son las características de este tipo de misa?
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--Monseñor Fernando Rifan: Hay varios motivos de este amor, de la preferencia y de la conservación de la forma extraordinaria de la Liturgia Romana. El entonces cardenal Joseph Ratzinger, nuestro actual Papa, hablando a los obispos chilenos en Santiago, el 13 de julio de 1988 los sintetizó de este modo: «Aunque hay numerosos motivos que pueden haber llevado a un gran número de fieles a encontrar refugio en la liturgia tradicional, el más importante es que allí encuentran preservada la dignidad de lo sagrado».
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De hecho, por su riqueza, belleza, elevación, nobleza y solemnidad de las ceremonias, por su sentido de lo sagrado y reverencial, por su sentido de misterio, por su mayor precisión y por el rigor -ofreciendo así más seguridad y protección contra los abusos, sin dejar espacio a ambigüedades, a la libertad, creatividad, adaptaciones, reducciones y manipulaciones (como lamentaba el Papa Juan Pablo II en la encíclica «Ecclesia de Eucharistia»)-- y siendo para nosotros la mejor expresión litúrgica de los dogmas eucarísticos y sólido alimento espiritual, es una de las riquezas de la liturgia católica, con la que expresamos nuestro amor y nuestra comunión con la santa Iglesia. Y la Santa Sede reconoce esta adhesión nuestra como perfectamente legítima.
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--¿La misa antigua podría ser más promovida en la vida de la Iglesia, aunque en forma extraordinaria, como señala y permite el motu proprio «Summorum Pontificum»? ¿Qué beneficios aportaría?
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--Monseñor Fernando Rifan: Este era ya el deseo del Santo Padre Juan Pablo II, cuando afirmó en su motu proprio «Ecclesia Dei adflicta» del 2 de julio de 1988: « A todos esos fieles católicos que se sienten vinculados a algunas precedentes formas litúrgicas y disciplinares de la tradición latina, deseo también manifestar mi voluntad - a la que pido que se asocie la voluntad de los obispos y de todos los que desarrollan el ministerio pastoral en la Iglesia - de facilitar su vuelta a la comunión eclesial a través de las medidas necesarias para garantizar el respeto de sus justas aspiraciones... Además, se habrá de respetar en todas partes, la sensibilidad de todos aquellos que se sienten unidos a la tradición litúrgica latina, por medio de una amplia y generosa aplicación de las normas emanadas hace algún tiempo por la Sede Apostólica, para el uso del Misal Romano según la edición típica de 1962».
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Este deseo ha sido ahora reforzado y ampliado al mundo entero por el Papa Benedicto XVI con el motu proprio «Summorum Pontificum».
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Los beneficios de la reintroducción y de la difusión de la Iglesia de esta forma extraordinaria del Rito Romano han sido ya mencionados por el Papa actual en su motu proprio, cuando dice que en la celebración de la Misa según el Misal de Pablo VI se podrá manifestar, de manera más intensa, esa sacralidad que atrae a muchos hacia la tradición antigua. Es exactamente lo que ha subrayado el cardenal George de Chicago: «...el mismo Santo Padre, hace tiempo, llamó nuestra atención sobre la belleza y la profundidad del Misal de San Pío V... La liturgia de 1962 es un rito autorizado de la Iglesia católica y una fuente valiosa de comprensión litúrgica para todos los otros ritos.. Esta liturgia pertenece a la Iglesia entera como un vehículo del espíritu que se debe irradiar también en la celebración de la tercera edición típica del Misal Romano actual» (cardenal Francis George, arzobispo de Chicago, Estados Unidos, en el prólogo a las Actas del Coloquio 2002, «La liturgia y lo sacro», del CIEL, Centro Internacional de Estudios Litúrgicos).
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Cuando participé, en agosto de 2007, en el Congreso de Oxford, reunido para enseñar la celebración de la Misa en la forma extraordinaria a los más de 60 sacerdotes diocesanos del Reino Unido allí presentes, el arzobispo de Birminghan, monseñor Vincent Nichols, dijo en la misa solemne de apertura a los sacerdotes participantes que, tras haber aprendido la misa en la forma antigua, aunque en sus parroquias celebraran la misa en el rito actual de Pablo VI, la celebrarían de todos modos mucho mejor. Creo que es un beneficio auspiciado por el Papa en el motu proprio «Summorum Pontificum».
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--¿Qué indicaciones da usted para evitar la escasa atención y respecto por la liturgia?
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--Monseñor Fernando Rifan: Hablando de los abusos posteriores a la reforma litúrgica, el entonces cardenal Joseph Ratzinger lamentaba que la liturgia degeneraba en un show, en el que se busca hacer la religión interesante con la ayuda de elementos de moda, con éxitos momentáneos en el grupo de los «fabricantes» litúrgicos (introducción al libro La Réforme Liturgique, de monseñor Klaus Gamber, página 6 y 8).
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El cardenal Edouard Gagnon era de la misma opinión: «No se puede ignorar que la reforma (litúrgica) ha dado origen a muchos abusos y ha conducido en cierta medida a la desaparición del respeto por lo sagrado. Este hecho debe ser lamentablemente admitido y excusa a un buen número de aquellas personas que se han alejado de nuestra Iglesia y de su antigua comunidad parroquial» (...) («Integrismo y conservadurismo» - Entrevista al cardenal Cardinale Gagnon, «Offerten Zitung - Römisches «, nov. dic. 1993, p. 35).
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Creo que el punto central de los abusos fue señalado por el mismo cardenal Ratzinger: la puerta dejada abierta a una falsa creatividad de los celebrantes (entrevista en L'homme Nouveau, nº 7, octubre 2001).
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Detrás de esto está la falta de una seria espiritualidad, según la cual para atraer al pueblo se deben inventar novedades. La santa misa atrae por sí misma, por su sacralidad y su misterio. En el fondo, se trata de la disminución de la fe en los misterios eucarísticos a la que se trata de suplir con novedades y creatividad. Cuando el celebrante quiere convertirse en protagonista de la acción litúrgica, empiezan los abusos. Se olvida que el centro de la misa es Jesucristo.
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El actual secretario de la Congregación para el Culto Divino, monseñor Albert Malcolm Ranjith, lamenta: «La santa misa es un sacrificio, don, misterio, independientemente del sacerdote que la celebra. Es importante, diría fundamental, que el sacerdote se retire: el protagonista de la misa es Cristo. No comprendo, por tanto, las celebraciones eucarísticas transformadas en espectáculos con bailes, cantos o aplausos, como lamentablemente sucede muchas veces con el Novus Ordo».
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La solución a los abusos está en las normas dadas por el Magisterio, sobre todo en el documento «Redemptionis Sacramentum», del 25 de marzo de 2004, que pide que «todos procuren, según sus medios, que el santísimo sacramento de la Eucaristía sea defendido de toda irreverencia y deformación, y todos los abusos sean completamente corregidos. Esto, por lo tanto, es una tarea gravísima para todos y cada uno, y, excluida toda acepción de personas, todos están obligados a cumplir esta labor» (n. 183).
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Pero, como dice monseñor Ranjith, «existen muchos documentos (contra estos abusos) que lamentablemente han quedado como letra muerta, olvidados en bibliotecas llenas de polvo, o peor aún, tirados a la papelera».
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Por Alexandre Ribeiro, traducción del italiano por Nieves San Martín
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Nichán Eduardo Guiridlian Guarino
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sábado, 5 de abril de 2008

+ Don de lágrimas III +

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"Qui séminant in lácrymis, in gáudio metent. Eúntes ibant et flebant, mittentes sémina sua. Veniéntes autem vénient cum exultatióne, portántes manípulos suos."
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Capitulo V
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Las lágrimas de los perfectos

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Los perfectos tienen otras más perfectas lágrimas, que se causan del gozo que reciben viéndose amados de Dios, y que les da en abundancia su gracia, lo cual considerando ellos, repuntándose indignos de tantas mercedes, deshacense en gozo en unas lágrimas que parecen agua de ángeles, y se reducen al hacimiento en su amor, como el agua helada se deshace cuando recibe el rayo de sol casi haciéndole gracias, porque le viene a quitar su frialdad. De estas lágrimas que son todas gozosas, está escrito: comenzaron a llorar de gozo.
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Estas lágrimas, que es un excesivo gozo, aquí en este tercer estado y perfecto recogimiento se comienzan, para acabar en el cielo, donde quedará muy lleno de gozo, y la mano de Señor limpiará nuestras lágrimas para que ninguna tristeza, ni rasgo, ni sabor de ella se mezcle con el entero gozo; empero ahora, así como en la tierra no tenemos fuego sin algún humo, así no tenemos tan apurada la gracia que con ella no lloremos siquiera por tener en tierra ajena donde la podemos perder,; y por tanto si en esta peregrinación nuestro corazón a Dios, gozase de gozo grande, que pasa en lloro por ser excesivo, y no tiene aun del todo segura alegría; de lo cual parecen ser testigos las lágrimas, según se figura en el Génesis, donde se dice: Juntó su carro José y subió para salir al recibimiento de su padre al mismo lugar; y viéndolo, derribase sobre su cuello y mientras se abrazaba, lloró.
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El lugar donde salió José a recibir a su padre se llamaba Gesen que quiere decir propincuidad o allegamiento, porque los perfectos varones que vienen al estado tercero de que hablamos están cercanos y muy propincuos a la vida eterna; empero para llegar aquí a recibir al Padre Celestial que viene a ellos muy proveído han de juntar el carro del inflamado deseo, donde subió Elías, juntando la rueda del entendimiento con la de la voluntad, para subir a lo alto; donde por humildad se derriban sobre el cuello, no alcanzando aun enteramente el pacifico beso de la boca que e da en el cielo a los hijos que no están peregrinos. Empero José, que es el que mora en Egipto de esta carne, aunque este muy ensalzado sobre sus hermanos, ha de llorar entre os brazos cordiales de su padre siquiera porque está peregrino; lo cual hasta para que su gozo no sea del todo cumplido, aunque por todas las otras partes tenga todo lo que desea.
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Oh, pues, tú, hermano, quienquiera que seas, no por mucho que hayas aprovechado, no dejes las lágrimas ni los desamparos: mira que es propiedad de solo el hombre llorar y cuando uno fuera más hombre más debe llorar; y aún según dice San Agustín, cuando uno fuere mas santo y mas lleno de santos deseos, tanto más abundoso su lloro en la oración. ¡Oh! Dichas lágrimas, que en vosotras padecen naufragio nuestros enemigos, en vosotras se ahogan los malos pensamientos, con vosotras se mata el fuego de nuestras malas codicias, y se lavan las manchas de nuestros pecados y se remoja la dureza de nuestro corazón para se ablandar a Dios. Por vosotras va el navío de nuestro deseo muy presto a Dios, porque a las lágrimas nunca falta el aire del Espíritu Santo para purificarlas y mover.
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En las lágrimas el pecador como culebra se baña, para que el cuero viejo de la vida pasada pueda más fácilmente quedar pasando por la estructura de la penitencia. Vosotras sois bautismo que se puede reiterar, y sois consolación de las almas y pan del corazón, Vosotras barráis la sentencia dada contra nosotros, que con sangre se debería borrar si vosotras faltaseis, que también sois colirio para untar los ojos de los enfermos, de los pecadores, y agua bendita contra el demonio, al cual, vencéis, alegráis a los ángeles e inclináis a Dios y a los hombres matáis el fuego del infierno para que allá no se quemen los que allí lloren.
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Si quieres, ¡oh alma mía! Que la tierra estéril de tu carne dé frutos, riégala con lágrimas, porque escrito está que a los que siembran con lágrimas, con gozo cosecharan; y si quieres que el árbol de tu cuerpo fructifique, plántalo cerca del corrimiento de las aguas de tus ojos, y en su tiempo dará fruto, siendo prosperadas todas las cosas que hiciere; y si quieres tú ser morada de Dios, has de tener a la puerta de tus ojos el agua de las lágrimas, para que lavándote allí, puedas entrar a la altura del holocausto que es tu corazón; porque así como no pasaron los israelitas a la tierra de promisión sin pasar por el mar y por el Jordán, así no podrás tú llegar a la perfección sin primero tener lágrimas amargas por tus pecados y dulces por el deseo del Señor; donde como otra Axa (Judicum) debes pedir con suspiros de corazón a tu Padre Celestial el regadío interior y superior.
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Y si quieres ser elevado de la tierra en la alteza de contemplación como arca de Nóe, hansede multiplicar en ti las aguas, rompiéndose en tu corazón las fuentes del mar, que son las llagas de tu esposo Jesucristo; y hanse de abrir en ti los caños del cielo de la Divinidad, para que así tengas entera abundancia del santo diluvio en que te salves; porque así lo tenía la esposa, que se llama en los Cánticos pozo de aguas vivas que corren con ímpetu del monte Líbano, que son las lágrimas derramadas por su Divinidad.
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Si quieres que tu oración sea de Dios oída, hazte bautizar primero como otra Judit, en las fuentes de lágrimas, y así podrás suplicar a Dios seguramente que enderece tu camino interior; y si quieres que tu conciencia, ¡Oh, alma mía! Sea huerto del Señor, mira que no ha de ser seco; y por tanto te conviene tener en él la fuente abundosa de las lágrimas, para que este más florido y fresco. Acuérdate que si tú has de ser abrevado del Señor, has menester que del lugar de tus deleites que es Dios, salga el río de las lágrimas, no teniendo en deseo a otra cosa sino a Él; el cual debes comprar con lágrimas derramadas por solo amor, que es la verdadera que nuestra letra te amonesta que demandes con las armas de las lágrimas. La ira arma las manos contra el enemigo y la humildad arma los ojos de lágrimas contra Dios, que es tan tierno que se queja de ser herido con el mirar de los ojos, mayormente si los ve todos bañados en lágrimas por solo Él.
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Fuente: San Francisco Osuma
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Pax et Bonum
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+ Clara de Asís +
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+ SANTA MISA EN MAR DEL PLATA +

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Se los invita a la Santa Misa el domingo 13 de abril, a las 19 horas, en la Capilla Divino Rostro, ubicada en las calles Almafuerte y Sarmiento. Participará el Coro de la Escuela de Canto Coral. La celebración de esta Misa, según la Forma Extraordinaria del Rito Latino, ha sido autorizada por el Sr. Obispo de Mar del Plata.
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Nichán Eduardo Guiridlian Guarino
contacto@juventutem.com.ar

miércoles, 2 de abril de 2008

+ Requiem Pontificalis +

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El Santo Padre Celebró Santa Misa Papal Cantada (Uso Ordinario del Rito Latino), por el Siervo de Dios S. S. Juan Pablo II. Nuevamente la belleza de la liturgia y detalles de gran significado abundaron. Pocos actos de Caridad son más grandes que rezar por los difuntos, y tanto más si aquel que reza es el propio Sumo Pontífice, por el alma de su Antecesor.
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En esto debemos ver el gran afecto que tuvo le tuvo en vida al Papa Juan Pablo II, el entonces Cardenal Joseph Ratzinger, quien hoy ofrece por él al Cuerpo y la Sangre de Nuestro Señor Jesucristo en Sacrificio. Y si leemos los últimos documentos del Pontificado anterior, podremos ver que esta es la materialización de las intenciones más intimas del anterior Pontifice, que no pudo llegar a concretar en vida.
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Acompañando a Benedicto XVI en esta Santa Misa, publicamos sus palabras sobre la Resurrección (ya que a esta hora no contamos con su Homilía traducida al español) y algunas fotos de la Santa Liturgia Celebrada en la Plaza de San Pedro, Roma.
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AMDG +
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Ramón López
Juventutem de Argentina
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Benedicto XVI: La alegría de la Resurrección de Cristo
Intervención en el Regina Caeli del 24 de marzo
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CIUDAD DEL VATICANO, lunes, 31 marzo 2008 (ZENIT.org).- Publicamos la intervención que pronunció Benedicto XVI el 24 de marzo al rezar junto a varios miles de peregrinos congregados en el patio de la residencia pontificia de Castel Gandolfo la oración mariana del Regina Caeli.
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Queridos hermanos y hermanas:
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En la solemne Vigilia pascual volvió a resonar, después de los días de Cuaresma, el canto del Aleluya, palabra hebrea universalmente conocida, que significa «alabad al Señor». Durante los días del tiempo pascual esta invitación a la alabanza se propaga de boca en boca, de corazón en corazón. Resuena a partir de un acontecimiento absolutamente nuevo: la muerte y resurrección de Cristo. El aleluya brotó del corazón de los primeros discípulos y discípulas de Jesús en aquella mañana de Pascua, en Jerusalén.
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Casi nos parece oír sus voces: la de María Magdalena, la primera que vio al Señor resucitado en el jardín cercano al Calvario; las voces de las mujeres, que se encontraron con él mientras corrían, asustadas y felices, a dar a los discípulos el anuncio del sepulcro vacío; las voces de los dos discípulos que con rostros tristes se habían encaminado a Emaús y por la tarde volvieron a Jerusalén llenos de alegría por haber escuchado su palabra y haberlo reconocido «en la fracción del pan»; las voces de los once Apóstoles, que aquella misma tarde lo vieron presentarse en medio de ellos en el Cenáculo, mostrarles las heridas de los clavos y de la lanza y decirles: «¡La paz con vosotros!». Esta experiencia ha grabado para siempre el aleluya en el corazón de la Iglesia, y también en nuestro corazón.
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De esa misma experiencia deriva también la oración que rezamos hoy y todos los días del tiempo pascual en lugar del Ángelus: el Regina Caeli. El texto que sustituye durante estas semanas al Ángelus es breve y tiene la forma directa de un anuncio: es como una nueva «anunciación» a María, que esta vez no hace un ángel, sino los cristianos, que invitamos a la Madre a alegrarse porque su Hijo, a quien llevó en su seno, resucitó como lo había prometido.
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En efecto, «alégrate» fue la primera palabra que el mensajero celestial dirigió a la Virgen en Nazaret. Y el sentido era este: Alégrate, María, porque el Hijo de Dios está a punto de hacerse hombre en ti. Ahora, después del drama de la Pasión, resuena una nueva invitación a la alegría: «Gaude et laetare, Virgo Maria, alleluia, quia surrexit Dominus vere, alleluia», «Alégrate y regocíjate, Virgen María, aleluya, porque verdaderamente el Señor ha resucitado, aleluya».
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Queridos hermanos y hermanas, dejemos que el aleluya pascual también se grabe profundamente en nosotros, de modo que no sea sólo una palabra en ciertas circunstancias exteriores, sino la expresión de nuestra misma vida: la existencia de personas que invitan a todos a alabar al Señor y lo hacen actuando como «resucitados». Decimos a María: «Ruega al Señor por nosotros», para que Aquel que en la resurrección de su Hijo devolvió la alegría al mundo entero, nos conceda gozar de esa alegría ahora y siempre, en nuestra vida actual y en la vida sin fin.
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[Después del Regina Caeli, el Papa saludó a los peregrinos en varios idiomas. En español, dijo:]
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Saludo con afecto a los peregrinos de lengua española, en este lunes de la octava de Pascua. Os invito a alegraros y a regocijaros con la Virgen María, porque el Señor Jesús resucitó de entre los muertos y reina para siempre. Él intercede por vosotros y os alienta a vivir de acuerdo con la fe que profesáis. Feliz tiempo de Pascua.
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[En italiano]
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En la luz de Cristo resucitado cobra un valor particular la Jornada anual de oración y ayuno por los misioneros mártires, que se celebra precisamente hoy, 24 de marzo. Recordar y orar por estos hermanos y hermanas nuestros -obispos, sacerdotes, religiosos, religiosas y laicos- caídos durante el año 2007 mientras prestaban su servicio misionero, es un deber de gratitud de toda la Iglesia y un estímulo para cada uno de nosotros a testimoniar de modo cada vez más valiente nuestra fe y nuestra esperanza en Aquel que en la cruz venció para siempre el poder del odio y de la violencia con la omnipotencia de su amor.
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Hoy se celebra también la Jornada mundial de lucha contra la tuberculosis. Estoy particularmente cercano a los enfermos y a sus familias, y deseo que en todo el mundo aumente el compromiso por derrotar este azote. Mi llamamiento se dirige sobre todo a las instituciones católicas, para que cuantos sufren puedan reconocer, a través de su obra, al Señor resucitado que los sana, los consuela y les da paz.
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[Traducción distribuida por la Santa Sede - © Copyright 2008 - Libreria Editrice Vaticana]
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