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miércoles, 16 de enero de 2008

+ EL PECADO +

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Para quienes quieran refrescar un poco la sana doctrina en forma ligera y sencilla, acá transcribí algunos puntos doctrinales de un Misal Diario de 1956 para América impreso por el Abab Benedictino de Buenos Aires: Don Andrés Azcarate, muerto en olor de santidad. (Se le va agradecer muchísimo a quien pueda proveer información sobre él y alguna fotografía, ya que este Misal es la mejor edición que he tenido en mis manos). Es la edición XXXV de la editorial “Guadalupe”.
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Diversas clases de pecados
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Pecado es la libre trasgresión de la divina Ley, y puede ser:
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actual y habitual, según que se considere la acción u omisión contraria a la Ley, o la permanencia en el pecado no perdonado.
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mortal o venial, según que prive al alma de la amistad con Dios, o sólo la indisponga ligeramente.
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de omisión o comisión, según que el pecado se cometa practicando alguna acción prohibida u omitiendo algo que está mandado.
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contra Dios, contra el prójimo o contra uno mismo, según que la falta atente contra Dios, contra el prójimo o contra uno mismo.
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de malicia, de ignorancia o de fragilidad, según que se cometa por pura malicia, por ignorancia vencible o por mera fragilidad.
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formal o material, según que se quebrante la Ley libremente y a sabiendas, o solo involuntariamente y sin darse cuenta.
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Punto doctrinal - Número de los pecados
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La discusión numérica de los pecados depende de la multiplicidad de los actos que se realicen, moralmente interrumpidos.
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Ahora viene esta interrupción puede tener lugar de tres maneras: 1° por retracción, 2° por cesación voluntaria del acto, 3° por la interposición involuntaria de un notable espacio de tiempo entre un acto y otro acto pecaminoso.
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Según esto:
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a) los actos puramente internos (delectación deseo, gozo), y por lo tanto los pecados serán tantos cuantas serán tantos cuantas sean las interrupciones:
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b) los actos internos acompañados de propósito de llevar a cabo la acción externa, serán tantos cuantos sean las veces en que se renueva formalmente ese propósito,
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c) los actos externos o puestos en práctica por una acción externa, serán tantos cuantas sean las acciones externas completas, acabadas e independientes.
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Punto doctrinal- los pecados capitales
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Entre los pecados, hay siete que se llaman capitales porque son como cabezas y origen de otros pecados graves. Tales son la soberbia, la avaricia, la lujuria, la ira, la gula, la envidia y la pereza.
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Soberbia es el amor desordenado de la propia excelencia, y sus hijas son: la ambición, la vanagloria, la presunción, la jactancia, la ostentación, y la hipocresía. El antídoto de la soberbia es la humildad.
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Avaricia es el apetito desordenado de los bienes materiales y sus hijas son: la mezquindad para con los pobres y necesitados, el desasosiego de espíritu, la excesiva preocupación por lo material,
el fraude, etc. Su antídoto es la generosidad.
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Lujuria el apetito desordenado de las bajas coscupiscicencias, siendo sus hijas: la ceguedad del alma, la inconstancia, la desvergüenza, el odio a Dios y a las prácticas religiosas, el amortiguamiento de la fe y el alejamiento del hogar y de las personas delicadas. Su antídoto es la castidad, que se logra con la guardia de los sentidos, la oración, la mortificación y la fuga de las ocasiones de pecado.
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Ira es el apetito desordenado de venganza, y sus hijas son: el rencor, la indignación, los vituperios e insultos, la blasfemia, etc. Su antídoto es la mansedumbre.
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Gula es el apetito desordenado de comer y beber mucho y sus hijas son: la embriaguez, la lujuria, el abotargamiento, la estupidez, la charlatanería y grosería al hablar y obrar. Su antídoto es la templanza.
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Envidia es el pensar en el bien ajeno, e hijas suya son: la calumnia, los chismes, las intrigas, etc. Su antídoto es la caridad.
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Pereza es una dejadez y flojedad habitual para el cumplimiento del deber, sea domestico o profesional, o religioso y sus hijos son: la ociosidad, el fastidio por todo lo noble y bueno, la somnolencia y el abandono en general. Su antídoto es la diligencia.
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Punto Doctrinal- Los enemigos del alma
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Los enemigos del alma son tres: el demonio, el mundo y la carne. Son enemigos del alma porque tratan de dañarla y de separar de Dios, provocándola al pecado.
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El mundo lo constituyen los hombres malos, perversos y pervertidores, y todas las cosas mal usadas, que pueden inducirnos al pecado: como el dinero, la hermosura, la diversión, al libertad, etc. Dada la perversidad de los hombres, todo cuanto hay en el mundo, parece estar organizado para dañar el alma, para procurarle la muerte espiritual.
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Al mundo se lo vence o huyendo de él o viviendo en él con constante precaución y vigilancia, y no esclavizándose a sus exigencias e imposiciones; no leyendo información mala porque los demás lo reciban con curiosidad, no vistiéndose deshonestamente porque la moda lo impone, no dejando de hacer el bien y protestar contra el mal por respeto humano, etc.
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El demonio fue un ángel, creado por Dios y adornado por Él con talentos y prendas bellísimas, pero que se rebeló contra su Creador y peco gravísimamente, y fue condenado para siempre. No es solo uno, sino que son Legión, pues fueron innumerables los ángeles rebeldes contra Dios, que fueron precipitados al infierno en compañía de Luzbel, su capitán.
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Envidioso el demonio de nuestro destino en el Cielo, de donde él y sus compañeros fueron arrojados, trata por todos los medios que Dios le permite, de tentarnos y de hacernos caer en pecado, para privarnos de la felicidad eterna, que él perdió.
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Poderoso e ingenioso como es, nos ataca unas veces consiguiéndonos algunos bienes, otras, acarreándonos males, otras , transfigurándose como ángel de luz, otras incitándonos a la presunción, y otras a la desesperación. Se lo vence con la oración humilde, la señal de la Cruz y no contemporizando con él; pues es sabido que está atado y solo puede morder cuando se le acerca.
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La carne es el tercer enemigo del alma. Por carne, en este caso, se entiende nuestro mismo cuerpo con todas sus pasiones y malas inclinaciones y coscupiscicencias bajas. La gula, la ira, la lujuria, la pereza, la envidia, son en nosotros constantemente incentivos de la sensualidad y tienden a halagar la carne y sofocar el espíritu.
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Casi todos estos torpes apetitos desembocan en la lujuria, cuyas manifestaciones por lo mismo suelen llamarse carnales, sea el más terrible y de más desastrosas consecuencias; acaso sea él el que precipita más almas al infierno. Por lo pronto es el enemigo más pegadizo y del que no nos podemos separar sino con la muerte.
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Al demonio y el mundo se les puede huir, a la carne no. A esta solo se la vence con asperezas y mortificaciones, y vigilando incesantemente los sentidos. Los halagos del cuerpo, la molicie en el vestir, en el dormir, en el comer, en el holgar, acaban por arruinar la castidad de un individuo, de una sociedad, de toda una generación, y por corromper al mundo entero. Esta corrupción de la carne fue la que atrajo el castigo del diluvio universal.
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Pax et Bonum,
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+ Clara de Asís +
felisa@juventutem.com.ar