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sábado, 23 de febrero de 2008

+ Cuarto Domingo en honor de San José +

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Por la Señal de la Santa Cruz...
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Cuarto dolor y gozo: Lc. 2, 22-23, 27-35
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"Y cuando se le cumplieron se les cumplieron los días de la Purificación según la ley de Moisés, le subieron a Jerusalé para presentarle al Señor.
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Cuando sus padres introducían al niño Jesús para cumplir las prescripciones usuales tocanteS a él, Simeón le recibió en sus brazos y bendijo a Dios diciendo: Ahora dejas ir a tu siervo Señor, según tu palabra, en paz, pues ya vieron mis ojos tu salud, que preparaste a la faz de todos los pueblos, luz para iluminación de los gentiles y gloria de tu pueblo Israel.
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El padre y la madre del niño estaban maravillados de las cosas que se decían de él. Y los bendijo Simeón y dijo a María, su madre: He aquí que éste está puesto para caída y resurgimiento de muchos en Israel, y como señal a quien se contradice, y a ti misma una espada te traspasará el alma, para que salgan a luz los pensamientos del fondo de muchos corazones"

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San José, modelo de fidelidad en el cumplimiento de los planes de Dios. Grande fue tu dolor al saber, por la profecía de Simeón, que Jesús y María estaban destinacdos a padecer, más este dolor se convirtió en gozo al conocer que los padecimientos de Jesús y María serían causa de salvación para innumerables almas.
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Por este dolor y gozo, te rogamos que, por los méritos de Jesús y María, seamos contados entre aquellos que han de resucitar gloriosamente.
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Padrenuestro, Avemaría y Gloria
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V. Ruega por nosotros San José
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R.Para que seamos dignos de alcanzar las promesas de Jesucristo
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Oración: Señor Dios, que por tu inefable providencia te dignaste elegir a San José, por esposo de tu Santísima Madre, te suplicamos nos concedas tener en el cielo como intercesor al que veneramos en la tierra como protector. Tu que vives y reinas por los siglos de los siglos. Amén.
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Un ejemplo de la intercesión de San José: . En una modesta casa de Burdeos, vivía, en el siglo XIX, una mujer joven cuya vida triste y abandonada era lamentada por todos y con razón. Su marido, arrastrado por las malas compañías, abandonaba el hogar doméstico y no volvía sino para maldecir la miseria y las privaciones que lo esperaban allí.
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Su esposa lloraba y rezaba, pero no murmuraba. Para consolarse tenía una niñita cuya ternura angelical le compensaba del abandono en que la dejaba su marido. De noche, durante las largas veladas que pasaba sola, la pobre madre, antes de poner a la niña en su cuna, le enseñaba sus oraciones. Luego, la dormía repitiéndole los dulces nombres de Jesús, María y José.
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Un día, sin embargo, su marido, no habiendo encontrado a sus compañeros de diversión, decidió volver a su casa a terminar la velada apenas comenzada. En el momento en que iba a entreabrir la puerta se detiene: la voz de su mujer lo impresionó: “¿Con quién puede hablar? Se pregunta, el corazón preso ya de injustas sospechas. Empujó la puerta suavemente. ¡Qué espectáculo se ofrece entonces a su vista! La joven mujer está de rodillas, tiene a su hija en sus brazos y termina con ella la oración de la noche. “Hija mía, roguemos ahora por tu papá al que amo tanto y al que tú amarás mucho, también, seguramente. Encomendémosle a San José su patrono”. Entonces, la niña aprieta más fuertes sus manitas cruzadas sobre su pecho y vuelve a decir con su madre la oración de cada día: “Oh Dios mío! ¡Oh San José! ¡Bendícelo!
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El marido, enternecido por esta escena, no puede resistir. Viene a arrodillarse cerca de la cuna, reza con su esposa y su querida hija y Dios le da a cambio de esta plegaria el amor de la familia así como un corazón purificado. Luego, buen cristiano y padre feliz, dijo adiós a las malas compañías y encontró su encanto en el hogar doméstico.
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San José, nuestro Padre y Señor: bendice a todos tus hijos de la Santa Iglesia de Dios.
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Tomado del libro "Id a José" - Editorial Tradition Monastiques, Abadía de San José de Claraval.
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Nichán Eduardo Guiridlian Guarino