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martes, 26 de febrero de 2008

+ Quinto Escalón: la Penitencia +

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Quinto Escalón para la Santidad: la Penitencia
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1. Juan corrió antaño más velozmente que Pedro (cf. Jn. 20:4); esto es así porque la obediencia viene antes que la penitencia: aquel que llegó primero es imagen de la obediencia, y el otro lo es de la penitencia.
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2. Penitencia es un modo de renovar el santo Bautismo. Penitencia es acordar con Dios una nueva vida. Penitente es el hombre que compra humildad. Penitencia es repudio perpetuo de todo consuelo corporal. Penitente es aquel que permanentemente se está acusando y condenando, el cual tiene un corazón descuidado de sí mismo por el continuo cuidado de satisfacer a Dios. Penitencia es hija de la esperanza y destierro de la desesperación. Penitente es el reo que está libre de confusión por la esperanza que tiene en Dios. Penitencia es reconciliación con el Señor, mediante la buena obra opuesta al pecado. Penitencia es purificación de la conciencia. Penitencia es sufrimiento voluntario de toda pena. Penitente es el artífice de su propio castigo. Penitencia es una fuerte aflicción del vientre, y una vehemente aflicción, y un gran dolor del alma.
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3. Todos cuantos habéis ofendido a Dios, venid de todas partes, y juntos oíd, pues he de contaros las grandes cosas que para vuestra edificación descubrió Dios a mi alma. Pondremos en el primero, y más honrado lugar de esta narración, las obras de aquellos venerables trabajadores (espirituales) que voluntariamente tomaron hábito y estado de siervos obedientes. Oigamos, miremos, e imitemos su ejemplo los que hemos caído más allá de la esperanza. Levantaos, los que por culpa de vuestras maldades estáis caídos. Oíd atentamente todas mis palabras, e inclinad vuestros oídos los que deseáis por verdadera conversión volver a Dios.
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4. Como oyese yo, pobre y falto de virtud como soy, que era muy sublime y extraño el estado y humildad de los santos penitentes que moraban en aquel monasterio al que llamaban “Cárcel,” que estaba cerca del monasterio principal y del cual hablamos más arriba, rogué a aquel santo padre que me hiciese conducir hasta allí a fin de observar lo que pasaba en el lugar. No queriendo por ningún motivo entristecer mi alma, él accedió benignamente.
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5. Llegué pues al monasterio de los penitentes, a la verdadera tierra de los que lloran, y pude ver entonces, si es lícito decirlo, cosas que jamás vio el ojo del negligente, que jamás oyó la oreja del descuidado, y que jamás cupieron en el corazón del perezoso. Vi, digo, palabras y ejercicios capaces de hacer violencia a Dios, y acciones y actitudes capaces de inclinar su clemencia con gran presteza.
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6. Porque a muchos de aquellos santos reos vi pasar las noches enteras al sereno velando hasta la mañana. Y cuando eran atacados por el sueño, violentando la propia naturaleza se negaban a tomar descanso, injuriándose y reprendiéndose a sí mismos.
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7. Otros vi que tenían los ojos alzados hacia el cielo con aire lastimero mientras pedían con lágrimas y gemidos, el socorro de lo alto.
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8. Otros vi que estaban en la oración con las manos atadas a la espalda, a la manera de los criminales y de los condenados, y que inclinaban hacia tierra sus rostros amarillentos diciendo a veces que no eran dignos de levantar los ojos al cielo ni de hablar con Dios en la oración por la confusión de su conciencia; diciendo que no encontraban qué pedir ni cómo pedirle a Dios. Y así ofrendaban al Señor sus almas calladas y enmudecidas, llenas de tinieblas y de confusión.
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9. Otros vi que estaban sentados en el suelo, cubiertos de ceniza y de cilicio, con el rostro escondido entre las rodillas y dando en tierra con la frente.
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10. Otros vi estar siempre golpeándose el pecho, los cuales parecía que se arrancaban el alma del cuerpo con grandes suspiros. Había entre estos algunos que rociaban el suelo con sus lágrimas, y otros que se lamentaban por no tenerlas. Muchos lanzaban alaridos sobre sus almas como se lo hace sobre los muertos, no pudiendo soportar la angustia de su espíritu. Otros rugían en su interior reteniendo el sonido en su corazón; pero algunas veces, no pudiendo contenerse, súbitamente explotaban dando voces.
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11. Vi algunos que en la actitud del cuerpo, y en los pensamientos y en las obras, parecían estar como fuera de sí, y como hechos de mármol por la grandeza de su dolor, envueltos en tinieblas y casi insensibles para con todas las cosas de esta vida. Habían sumido sus almas en el abismo de la humildad, y secado las lágrimas de sus ojos con el fuego de la tristeza.
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12. Otros vi estar allí sentados en tierra, tristes, con los ojos bajos y sacudiendo la cabeza hacia uno y otro lado, y arrancando gemidos y bramidos, como leones, desde lo profundo de su corazón. Había entre estos algunos que, llenos de esperanza, hacían oraciones buscando la perfecta remisión de sus pecados. Otros, con una inefable humildad, se tenían por indignos de perdón diciendo que no estaba en su poder el justificarse ante Dios. Unos había que pedían ser atormentados en esta vida, para poder hallar misericordia en la otra; y había otros que cargados y quebrantados por el peso de su conciencia, decían que les bastaría, si ello fuera posible y aunque no gozasen del Reino de Dios, con verse libres de los tormentos eternos.
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13. Vi allí muchas almas humildes y contritas, que inclinadas hacia el suelo bajo el gran peso de la penitencia, habiaban y decían tales palabras a Dios que con ellas podían haber movido a compasión aun a las mismas piedras. Con los ojos puestos en tierra, decían:
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¡Sabemos muy bien, sabemos que de todos los tormentos y de todas las penas somos merecedoras con justa razón! Porque aun reuniendo el mundo entero para que rogase por nosotros, no seríamos suficientes para satisfacer con esos ruegos la multitud de nuestras deudas. Por lo tanto sólo esto pedimos, sólo por esto oramos, sólo esto, con toda la atención de nuestras almas te rogamos, oh Señor: no nos castigues con tu ira ni nos atormentes conforme a las justas leyes de tu juicio, sino más blanda y misericordiosamente. Porque nos contentaríamos con quedar libres de aquella terrible y espantosa amenaza tuya, y de aquellos tormentos ocultos y nunca vistos ni oídos; porque no osamos pedirte que seamos del todo libres de trabajos y de penas. Pues ¿con qué rostro, con qué ánimo nos atreveríamos a esto, habiendo quebrantado nuestra profesión, y ensuciándola después del primero y misericordioso perdón?
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14. Allí, amigos míos, se podían ver realmente las palabras de David transformadas en obras: hombres cargados de miserias y tribulaciones andar tristes y encorvados todos los días, echando hedor sus cuerpos, ya medio podridos por el mal trato a que los sometían; hombres que vivían sin cuidado de su propia carne, que a veces olvidaban de comer su pan, y otras lo juntaban con ceniza y lo mezclaban con agua entre gemidos. Los huesos se les habían pegado a la piel, y se habían secado como el heno. No se oían entre ellos otras palabras sino estas: “ ¡Ay, ay, miserable de mí! ¡miserable de mí, Señor, y justamente! ¡Perdona, Señor! ¡Perdona, Señor!” Y otros decían: “ ¡Apiádate, Señor! ¡Apiádate!”
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15. Muchos podían verse allí que tenían la lengua fuera de la boca, a la manera de los perros sedientos. Algunos se atormentaban quemándose bajo los rayos del sol, y otros, por el contrario, se afligían bajo un intenso frío. Algunos bebían apenas el agua suficiente como para no secarse de sed; sólo con esto se contentaban, sin beber lo que realmente necesitaban. Otros, del mismo modo, sólo comían un trocito de pan y arrojaban el resto, diciendo que no eran merecedores de comer el alimento de los hombres por haberse comportado como bestias.
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16. .Entre tales ejercicios ¿qué lugar podía tener allí la risa o la palabra ociosa, o la ira o el furor? Apenas recordaban si existía la ira entre los hombres; hasta ese punto el oficio de llorar había apagado en ellos la llama del furor. ¿Dónde estaba allí la porfía? ¿Dónde la alegría desordenada? ¿Dónde la vana confianza? ¿Dónde el regalo y cuidado del cuerpo? ¿Dónde apenas el humo de la vanagloria? ¿Dónde la esperanza de deleites? ¿Dónde el recuerdo del vino? ¿Dónde el comer frutas, y el regalo de las viandas, y el apetito y las gratificaciones de la gula? De todas estas cosas no había allí ni memoria ni esperanza. Mas, ¿acaso los acongojaba el cuidado de alguna cosa terrena? ¿Juzgaban allí los hechos de los hombres? Nada de todo esto encontraríais allí; ocupados como estaban en llamar al Señor, sólo la voz de la oración se oía entre ellos.
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17. Unos había que golpeándose fuertemente en el pecho, como si ya estuvieran a las puertas mismas del cielo, decían al Señor: “ ¡Ábrenos, piadoso Juez, la puerta! ¡Ábrenos, ya que nosotros con nuestros pecados la cerramos!” Otro decía: “¡Muéstranos, Señor, tu rostro, y seremos salvos!” Otro decía: “ ¡Aparece, Señor, a estos pobrecillos, envueltos en las tinieblas de la muerte!” Otro decía: “ ¡Haznos llegar, Señor, tu misericordia, porque estamos perdidos, desesperados y totalmente empobrecidos!” Algunos otros decían: “¿Por ventura tendrá a bien el Señor enviar su luz sobre nosotros? ¿Por ventura habrá llegado nuestra alma a pagar ya esta deuda intolerable? ¿Por ventura volverá el Señor a tener contentamiento de nosotros? ¿Le oiremos alguna vez decir a los que están presos: salid libres, y a los que están sumergidos en un infierno de tinieblas: recibid luz?”
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18. Tenían la muerte siempre ante los ojos, y los unos a los otros preguntaban y decían: “¿Qué os parece que será, hermano? ¿Qué fin será el nuestro? ¿Cuál será la sentencia? ¿Habrá podido por ventura nuestra oración llegar a presencia del Señor, o ha sido justamente desechada y confundida? Y si llegó a Él, ¿cuánto pudo? ¿Cuánto le aplacó? ¿Cuál fue su provecho? ¿Cuánto obró? Porque habiendo salido de cuerpos y de labios tan sucios, poca fuerza había ella de tener. ¿Estarán por ventura nuestros ángeles de la guarda acercándose a nosotros, o estarán muy lejos todavía? Pues si ellos no se nos acercan, inútil y sin fruto será nuestro trabajo; porque si los ángeles que tienen cargo de nosotros no lo toman y no la ofrecen, nuestra oración no tendrá ni virtud de confianza ni alas de pureza con qué llegar a Dios.
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19. Algunas veces se preguntaban unos a otros: “¿Por ventura, hermanos, lograremos algo? ¿Alcanzaremos por ventura lo que pedimos? ¿Nos recibirá por ventura el Señor, y nos acogerá en su seno como antes?” A esto respondían los otros: “¿Quién sabe, hermanos, como dijeron los Ninivitas, si el Señor revocará su sentencia dejándonos libres de este castigo? (cf. Jon. 3:9). No dejemos nosotros de hacer nuestra parte: si él nos abriera la puerta, bien está; y si no lo hiciere, bendito sea él, que justamente la cerró. Perseveremos nosotros llamando hasta el fin de nuestras vidas, para que, vencido él por nuestra perseverancia, nos abra la puerta de su misericordia, porque el Señor es benigno y misericordioso.” Y con palabras como las siguientes, y otras semejantes, se despertaban y mutuamente se incitaban al trabajo: “Corramos, hermanos, corramos; porque es necesario correr, y correr mucho, pues hemos caído de aquel estado tan alto de la comunidad. Corramos, hermanos, y no perdonemos a esta sucia carne, sino crucifiquémosla, porque ella nos crucificó primero.” Esto es lo que aquellos bienaventurados decían y hacían.
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20. Tenían ellos las rodillas rígidas por la gran cantidad de metanías, los ojos cansados y hundidos en sus cuencas, las cejas ya sin pelos. Tenían las mejillas enrojecidas y quemadas por el ardor de las lágrimas hirvientes que corrían por ellas. Sus caras estaban sumidas y amarillas como las de los muertos; sus pechos estaban lastimados por los golpes que se daban; a muchos les salía la saliva de la boca mezclada con sangre. ¿Dónde estaba allí la placidez del lecho y dónde los buenos vestidos? Todo estaba allí sucio y roto, y cubierto de piojos y pobreza. ¿Qué comparación hay entre todo este sufrimiento y el de los poseídos por los demonios, o el de aquellos que lloran sobre sus muertos, o el de aquel que vive en el exilio, o aun el de aquellos que son castigados por sus crímenes? Todo estos tormentos que los hombres padecen contra su voluntad son, en verdad, muy pequeños, comparados con las penas que voluntariamente padecían estos santos. Y os pido, hermanos, que no tengáis por fábula todo esto que decimos.
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21. Rogaban estos santos varones algunas veces a aquel gran juez, el pastor del monasterio (que era un ángel entre los hombres), que les mandase echar cadenas al cuello y a las manos, y que los metiese de pies en un cepo, y que no los sacase de allí sino era para llevarlos a la sepultura.
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22/23. Mas cuando la muerte llegaba, era cosa terrible y lastimera ver lo que allí pasaba; porque cuando alguno estaba ya por expirar, mientras aún tenía el juicio entero, se ponían los otros llorando a su alrededor, y con triste aspecto y más tristes palabras, meneando la cabeza preguntaban al que partía: “Y bien, hermano de condenación qué será de ti? ¿Qué dices? ¿Qué esperas? ¿Qué habrás de recibir? ¿Alcanzaste lo que buscabas con tanto ahinco? ¿Llegaste dónde deseabas? ¿Has concretado tu esperanza? ¿Tienes una firme confianza en Dios, o aún andas vacilando? ¿Alcanzaste verdadera libertad de espíritu? ¿Sentiste por ventura alguna luz en tu corazón, o estás todavía lleno de tinieblas y confusión? ¿Ha sonado en tus oídos aquella voz de alegría que pedía David (cf. Sal. 50) o escuchas en cambio la que dice: 'Vayan los pecadores al infierno' (cf. Sal. 9), o 'atado de pies y manos echadle en las tinieblas exteriores, o 'sea quitado el malo para que no vea la gloria de Dios' (cf. Mt. 22). ¿Qué dices, hermano? Dinos, te lo pedimos a fin de que por este medio podamos conjeturar qué nos espera; porque tu plazo ha expirado y jamás volverás a recobrarlo; mas nuestra causa aún está pendiente.”
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A esto respondían unos diciendo: “Bendito sea el Señor, que no permitió que cayésemos entre los dientes de nuestros enemigos” (cf. Sal. 123). Otros decían gimiendo: “¿Podrá mi alma atravesar el agua infranqueable y el encuentro con los espíritus del aire? (cf. Sal. 123). Lo cual decían ellos considerando lo incierto, lo terrible y lo temible del juicio divino. Otros, más tristemente, respondían: “ ¡Ay del alma aquella que no guardó inviolablemente sus votos, porque en esta hora conocerá lo que le está aparejado!”
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24. Al ver y oír todas estas cosas, poco faltó para que cayese yo en una gran desesperación al poner los ojos en mi comodidad y en mi negligencia y compararlas con la aflicción de aquellos santos. Pues, pensad por un momento en ese lugar donde estaban, oscuro, hediondo, su ció, miserable, en todo merecedor del nombre de “cárcel.” En verdad, su solo aspecto ya era maestro de lágrimas y de perfecta penitencia para todo aquel que lo mirase.

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Sin embargo, las mismas cosas que a otros parecen dificultosas e insoportables, se hacen fáciles y agradables a los que se acuerdan de como cayeron de la virtud y de las riquezas espirituales que poseían. Porque el alma que despojada de su antigua confianza ha perdido la esperanza que tenía de alcanzar aquella bienaventurada paz y tranquilidad, que perdió el sello de la castidad, que fue privada de las riquezas de la gracia y del consuelo divino, que rompió su alianza con el Señor y que secó aquella hermosísima fuente de lágrimas, cuando se acuerda de tan grandes pérdidas, es herida y compungida con tan extraño dolor, que no sólo recibe con toda alegría estos trabajos de que hablamos, sino que cuando queda en ella alguna chispa de verdadero temor y amor de Dios, trata de crucificarse y despedazarse con la violencia de tales ejercicios.
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Y así eran, por cierto, las almas de estos bienaventurados, los cuales, conservando en su pensamiento la alteza de la virtud y del estado de donde habían caído, decían: “ ¡Acordémonos de la felicidad de aquellos días antiguos, y de aquel fervor de espíritu con que servíamos a Dios.” Y así clamaban, diciendo: “¿Dónde están, Señor, aquellas antiguas misericordias tuyas,” (cf. Sal. 88) que tuviste a bien revelar a nuestras almas en tu verdad? Acuérdate, Señor, de los ultrajes y de los sufrimientos de tus siervos (cf. Sal. 88).” Otro, con el santo Job, decía: “¿Quién me diera (volver) a los meses de antaño, a los días en que Dios me protegía (cf. Job. 29), cuando su luz resplandecía sobre mi corazón y con ella andaba yo entre las tinieblas.”
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25. Trayendo de este modo a la memoria sus antiguas virtudes y ejercicios, lloraban como niños, diciendo: “¿Dónde está aquella pureza en la oración? ¿Dónde aquella confianza con que iba acompañada? ¿Dónde aquellas dulces lágrimas que ahora se nos han vuelto amargura? ¿Dónde la esperanza de aquella purísima y perfecta castidad? ¿Dónde aquella beatísima quietud que esperábamos alcanzar? ¿Dónde aquella fe y lealtad para con nuestro pastor? ¿Dónde aquella oración que hacíamos tan eficaz y tan poderosa? Perecieron todas estas cosas, y como si jamás hubiesen sido, desaparecieron.”
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26. Y así, entre grandes lamentos y gemidos, unos rogaban al Señor que entregase sus cuerpos a todos los trabajos, para ser atormentados en esta vida; otros le pedían que les enviase grandes enfermedades; otros que les privase de la vista y que los transformase en un espectáculo miserable; otros que los hiciese contrahechos y mendigos para toda la vida, con tal de ser librados de los tormentos eternos.
En cuanto a mí, queridos padres, me olvidé de mí mismo viendo la compunción que reinaba entre aquellos santos penitentes; arrebatado y absorto en la admiración de cosas tan grandes, ya no fui dueño de mí. Pero volvamos a lo nuestro.
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27. Después de permanecer treinta días en aquel lugar regresé, con el corazón a punto de estallar, al monasterio principal; y el padre aquel, al ver mi rostro tan demudado y casi atónito, comprendiendo la causa de este cambio, me dijo: “¿Qué es esto, padre Juan? ¿Viste las batallas de los que trabajan?” A lo cual respondí diciendo: “Vi, padre, vi, y quedé espantado, y tengo por más dichosos a los que se lloran a sí mismos después de haber caído, que a los que nunca cayeron y no se lloran; pues para aquellos sus caídas fueron ocasión de una segura y beatísima resurrección.” “Así es, ciertamente,” dijo él.
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28. Y aquella lengua santa y veraz me narró lo siguiente: “Hubo aquí, hará diez años, un religioso muy solícito, diligente y gran trabajador; y como lo viese yo tan fervoroso, comencé a tener miedo de la envidia del demonio, y a temer que tropezase en alguna piedra como suele suceder con los que caminan tan a prisa. Finalmente ocurrió como yo lo temía. Y he aquí que él viene a mí, y me desnuda su herida, y busca el emplasto, y pide el cauterio lleno de angustia. Y viendo que el médico no deseaba tratarlo con demasiado rigor porque la culpa era digna de misericordia, se arrojó al suelo y se abrazó a sus pies, y regándolos con abundantes lágrimas pidió que lo condenase a aquella cárcel, diciendo que era imposible dejar de ir a ella. ¿Para qué más palabras? Por fin logró con su fuerza que la clemencia del médico se convirtiese en dureza, cosa desacostumbrada y muy admirable en los enfermos.
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Marcha, pues, a aquel lugar, y se suma al número de los que lloran, y se hace partícipe de su tristeza. Y herido gravemente en el corazón con el cuchillo del dolor, el cual había afilado el amor de Dios, tan grande es su pena por haberle ofendido, que a los ocho días de haber ingresado allí, entregó el espíritu al Señor. Como merecedor de toda honra lo hice yo traer a este monasterio y lo sepulté en el cementerio de los padres. Y no faltó uno a quien el Señor señaló que cuando aún no se había levantado él de abrazar mis viles y sucios pies, ya el misericordioso Señor lo había perdonado. Lo cual no es para maravillarse, pues habiendo tomado él en su corazón la misma fe, la misma esperanza y la misma caridad de aquella pecadora pública, con las mismas lágrimas regó mis viles pies, y del mismo modo alcanzó el perdón. Ya me ha sucedido otras veces ver en esta tierra algunas almas que, sucias, servían a los amores del mundo casi hasta perder el seso, las cuales trasladaron todo su amor a Dios, y abrazándolo con insaciable caridad, obtuvieron el perdón por sus pecados como aquella a quien fue dicho: “sus muchos pecados le son perdonados, porque mucho amó” (cf. Lc. 7:47).
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29. Bien sé, oh admirables padres, que las cosas que se han dicho más arriba les resultarán increíbles a unos, difíciles de admitir a otros, y serán para algunos otros motivo de desesperación. Mas, para el hombre valiente, estos ejemplos serán un estímulo y una flecha de fuego que aumentará el fervor encendido en su corazón. Y habrá otros que, por no ser como los anteriores no se encenderán tanto como ellos; sin embargo, tomando conciencia de su debilidad, y reprochándose y avergonzándose con este ejemplo, alcanzarán verdadera humildad, y así ocuparán el segundo lugar después de aquellos, y quizás los igualarán. Pero que el varón negligente no escuche estas cosas que hemos dicho, para que no deje por ventura de hacer lo poco que hace con excesiva confianza, y para que no se cumplan en él las palabras del Señor: .”..a quien no tiene, aun lo que tiene le será quitado” (cf. Mt. 25:29). Aunque éstos, en verdad, no sólo de aquí, sino de cuanto pueden, toman ocasión para favorecer su negligencia.
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30. Debemos saber, todos cuantos hemos caído en el lago de la maldad, que jamás saldremos de allí si no nos sumergimos profundamente en el abismo de la humildad propio de estos penitentes.
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31. Y es de hacer notar que una es la humildad triste de los que lloran, otra el remordimiento de conciencia de los que viven en el pecado, y otra la que opera Dios en el alma de los hombres perfectos, la cual es una rica y alegre humildad. No intentaremos explicar con palabras esta tercera forma de humildad, porque es una empresa imposible; pero de la segunda clase de humildad suele ser indicio la perfecta paciencia frente a las injurias. En cuanto a los primeros, las lágrimas suelen dar ocasión a que la presunción nos tiranice; no hemos de maravillarnos por esto, ya que los hábitos inveterados siempre tratan de tentarnos.
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32. De las caídas de los hombres y de los juicios de Dios nadie podrá dar entera razón, porque esta materia excede todas las facultades de nuestro entendimiento. Algunas caídas, en efecto, tienen por causa nuestra negligencia; otras obedecen a un desamparo de Dios (que por una maravillosa y sabia disposición permite caer al hombre como permitió caer al Príncipe de los Apóstoles), y hay otras que nos vienen como castigo de Dios, merecido por nuestros pecados. Mas un padre afirmó que las caídas que sobrevienen por piadosa providencia del Señor, en poco tiempo se restauran, pues él no permite que perseveremos mucho tiempo en ese mal que para provecho nuestro permitió.
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33. Todos los que hemos caído, trabajemos, por sobre todas las cosas, para resistir al espíritu de la tristeza desordenada; porque ella suele acudir en el tiempo de la oración para impedirla, privándola de aquella nuestra primera confianza.
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35. Cuando la llaga está fresca, cuando aún mana de ella la sangre, fácil es el remedio. Mas la que está vieja difícilmente sana, y esto no sin gran trabajo, ni sin cauterio, hierro y fuego. Muchas heridas hay a las que el tiempo hace incurables; mas a Dios ninguna cosa le es imposible.
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38. Antes de la caída nos hacen los demonios a Dios muy piadoso, y después de ella muy duro y riguroso.
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37. Si tú haces penitencia y practicas buenas obras, no prestes atención al que te dice que todo eso de nada sirve en razón de las culpas pasadas; porque muchas veces pequeños servicios y presentes bastaron para mitigar la gran ira del juez. Del mismo modo las buenas obras, por pequeñas que fueren, aplacan a Dios, especialmente cuando proceden de la caridad y de la humildad del corazón.
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38. Aquel que en verdad se aflige y se castiga por sus pecados, todos los días que no llora los tiene por perdidos, aunque hubiera hecho en ellos por ventura buenas obras, porque su principal cometido es hacer penitencia.
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39. Que ninguno de los que se afligen con lágrimas de penitencia, tenga por cierto que al final de su vida habrá de recibir el perdón por sus pecados; pues lo que es incierto, nadie lo debe tener por cierto. Dice el Profeta: “Aparta de mí tu mirada (airada), para que yo respire, antes de que me vaya y ya no sea” (cf. Sal. 38:14).
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40. Donde está el Espíritu del Señor, el lazo está roto; donde existe una profunda y perfecta humildad, el lazo está roto. Aquellos que no puedan dar testimonio de estas dos cosas, que no se confundan: aún están encadenados.
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41. Quienes sirven al mundo no mueren con este consuelo que los buenos tienen; mas hay algunos, que ejercitándose en limosna y obras de piedad, conocen al final de la jornada el provecho de esos actos.
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42. Aquellos que lloran sobre sí mismos deben ocuparse en llorar y en hacer penitencia. Que no tengan ojos para ver las lágrimas, ni las caídas, ni los asuntos de los otros.
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43. El perro que es mordido por una bestia salvaje se vuelve ferozmente contra ella, y el dolor de la herida aumenta la ferocidad de su rabia. Así suele embravecerse el verdadero penitente contra su propia carne y contra el demonio que le hirieron, y de aquí suele nacer el mal tratamiento y el odio santo contra sí mismo.
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44. Si nuestra conciencia dejara de hacernos reproches, cuidemos que ello no proceda más de una falsa confianza que de la propia inocencia.
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45. Uno de los indicios de la remisión de nuestras faltas, es que nos tengamos siempre por deudores.
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46. No por esto debemos dejar de confiar; porque nada hay mayor ni igual que la misericordia de Dios; con sus propias manos se mata, todo aquél que desespera.
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47. Una señal de verdadero arrepentimiento, es reconocer que somos merecedores de todas las tribulaciones, visibles e invisibles que nos vinieren, y de muchas más.
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48. Después que Moisés vio a Dios en la zarza, volvió a Egipto (o sea a las tinieblas del mundo) para entender en los ladrillos y obras de Faraón. Mas luego regresó a la zarza que había dejado, o mejor dicho, al monte de Dios. Del mismo modo aquel gran Job de rico se hizo pobre; mas, después de empobrecido, le fueron dobladas las riquezas. Quien entiende el misterio aquí encerrado, nunca jamás desespera.
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49. La caída de aquellos que fueron negligentes después de haber sido llamados, es muy peligrosa porque debilita la esperanza de alcanzar la quietud y la paz que se hallan en Dios, hacia el que tienden todos nuestros intentos. Por muy bien librados se tendrían ellos, si se vieran salidos del pozo en que cayeren.
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50. Mira con atención y considera que no siempre volvemos al lugar de donde salimos por el camino que salimos, sino a veces por otro más corto.
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51. Así, vi yo dos religiosos que al mismo tiempo y del mismo modo caminaban; de los cuales uno, aunque era viejo, trabajaba mucho. Mas el otro, que era su discípulo, llegó más rápidamente que él y entró antes en el sepulcro de la humildad; la llamo sepulcro pues por ella desea ser sepultado, aniquilado y desconocido de los corazones de los hombres, aquel que es verdaderamente humilde. Y la causa por la que éste llegó más velozmente, fue que todo cuanto hacía lo hacía con mayor fervor, pureza y diligencia.
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52. Guardémonos todos, y especialmente los que caímos, no vengamos a dar en el error de Orígenes, el cual dijo que en el día del Juicio nuestro Señor, por su misericordia, habría de salvar no sólo a los buenos sino también a los malos; error que a los malos resulta muy agradable y con el cual derogó Orígenes, no ya la verdad divina, sino la rectitud de su justicia.
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53. En mi meditación, o por hablar más claramente, en mi penitencia, debe arder el fuego de la oración a fin de quemar la materia de todos mis vicios.
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54. Finalmente, para terminar con este tema, si deseas hacer verdadera penitencia, debes tener por ejemplo y dechado y modelo, aquellos santos reos que hemos mencionado. Esto te evitará el trabajo de leer muchos libros hasta que la luz de Cristo Hijo de Dios amanezca en tu casa para resucitar tu alma con la perfecta penitencia.
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Pax et Bonum,
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+ Clara de Asís +
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