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viernes, 14 de marzo de 2008

+ El Patrocinio de San José +

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SAN JOSÉ EN EL MAGISTERIO DE LA IGLESIA
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Cercanos a la fecha de su fiesta, resulta oportuno citar del Magisterio de la Iglesia, extractos de la carta encíclica “QUAMQUAM PLURIES” del Sumo Pontífice León XIII acerca de la devoción a San José.
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San José: patrono de la Iglesia
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Las razones por las que el bienaventurado José debe ser considerado especial patrono de la Iglesia, y por las que a su vez, la Iglesia espera muchísimo de su tutela y patrocinio, nacen principalmente del hecho de que él es el esposo de María y padre putativo de Jesús. De estas fuentes ha manado su dignidad, su santidad, su gloria.
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Es cierto que la dignidad de Madre de Dios llega tan alto que nada puede existir más sublime; mas, porque entre la santísima Virgen y José se estrechó un lazo conyugal, no hay duda de que a aquella altísima dignidad, por la que la Madre de Dios supera con mucho a todas las criaturas, él se acercó más que ningún otro.
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Ya que el matrimonio es el máximo consorcio y amistad —al que de por sí va unida la comunión de bienes— se sigue que, si Dios ha dado a José como esposo a la Virgen, se lo ha dado no sólo como compañero de vida, testigo de la virginidad y tutor de la honestidad, sino también para que participase, por medio del pacto conyugal, en la excelsa grandeza de ella.
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El se impone entre todos por su augusta dignidad, dado que por disposición divina fue custodio y, en la creencia de los hombres, padre del Hijo de Dios. De donde se seguía que el Verbo de Dios se sometiera a José, le obedeciera y le diera aquel honor y aquella reverencia que los hijos deben a sus propio padres.
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De esta doble dignidad se siguió la obligación que la naturaleza pone en la cabeza de las familias, de modo que José, en su momento, fue el custodio legítimo y natural, cabeza y defensor de la Sagrada Familia. Y durante el curso entero de su vida él cumplió plenamente con esos cargos y esas responsabilidades. El se dedicó con gran amor y diaria solicitud a proteger a su esposa y al Divino Niño; regularmente por medio de su trabajo consiguió lo que era necesario para la alimentación y el vestido de ambos; cuidó al Niño de la muerte cuando era amenazado por los celos de un monarca, y le encontró un refugio; en las miserias del viaje y en la amargura del exilio fue siempre la compañía, la ayuda y el apoyo de la Virgen y de Jesús.
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Ahora bien, el divino hogar que José dirigía con la autoridad de un padre, contenía dentro de sí a la apenas naciente Iglesia. Por el mismo hecho de que la Santísima Virgen es la Madre de Jesucristo, ella es la Madre de todos los cristianos a quienes dio a luz en el Monte Calvario en medio de los supremos dolores de la Redención; Jesucristo es, de alguna manera, el primogénito de los cristianos, quienes por la adopción y la Redención son sus hermanos. Y por estas razones el Santo Patriarca contempla a la multitud de cristianos que conformamos la Iglesia como confiados especialmente a su cuidado, a esta ilimitada familia, extendida por toda la tierra, sobre la cual, puesto que es el esposo de María y el padre de Jesucristo, conserva cierta paternal autoridad.
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Es, por tanto, conveniente y sumamente digno del bienaventurado José que, lo mismo que entonces solía tutelar santamente en todo momento a la familia de Nazaret, así proteja ahora y defienda con su celeste patrocinio a la Iglesia de Cristo.
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Grandeza de San José
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“Ustedes comprenden bien, Venerables Hermanos, que estas consideraciones se encuentran confirmadas por la opinión sostenida por un gran número de los Padres, y que la sagrada liturgia reafirma, que el José de los tiempos antiguos, hijo del patriarca Jacob, era tipo de San José, y el primero por su gloria prefiguró la grandeza del futuro custodio de la Sagrada Familia.
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Y ciertamente, más allá del hecho de haber recibido el mismo nombre —un punto cuya relevancia no ha sido jamás negada— , ustedes conocen bien las semejanzas que existen entre ellos; principalmente, que el primer José se ganó el favor y la especial benevolencia de su maestro, y que gracias a la administración de José su familia alcanzó la prosperidad y la riqueza; que —todavía más importante— presidió sobre el reino con gran poder, y, en un momento en que las cosechas fracasaron, proveyó por todas las necesidades de los egipcios con tanta sabiduría que el Rey decretó para él el título de "Salvador del mundo". Por esto es que Nos podemos prefigurar al nuevo en el antiguo patriarca. Y así como el primero fue causa de la prosperidad de los intereses domésticos de su amo y a la vez brindó grandes servicios al reino entero, así también el segundo, destinado a ser el custodio de la religión cristiana, debe ser tenido como el protector y el defensor de la Iglesia, que es verdaderamente la casa del Señor y el reino de Dios en la tierra.”
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Oración a San José
Patrono de la Iglesia Universal
(León XIII – 1885)
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¡Oh bienaventurado José! A quien Dios eligió para cumplir la misión de padre con respecto a Jesús, Dios os hizo esposo castísimo de María siempre virgen y jefe de la Sagrada familia en la tierra, el Vicario de Cristo os eligió como Patrono y Abogado de la Iglesia Universal fundada por el mismo Cristo nuestro Señor; con la mayor confianza, imploro vuestro auxilio poderosísimo a favor de esta misma Iglesia que lucha en la tierra. Proteged, os suplico, con solicitud particular y amor verdaderamente paternal y ardiente, al Romano Pontífice, a todos los obispos y sacerdotes unidos a la Santa Sede de Pedro. Sed el defensor de todos los que sufren para salvar las almas en medio de las angustias y adversidades de esta vida. Haced que todos los pueblos se sometan espontáneamente a la Iglesia, que es el medio absolutamente necesario para conseguir la salvación. Tened también la amabilidad de aceptar y recibir, queridísimo San José, la entrega de mi ser que yo os hago plena y totalmente. Me consagro a vos, a fin de que queráis ser siempre para mi un padre, un protector y un guía, en el camino de la salvación. Obtenedme una gran pureza de corazón, un amor ardiente a la vida interior. Haced también que yo siga vuestros ejemplos y dirija todas mis acciones a la mayor gloria de Dios uniéndolas a los afectos del Divino Corazón de Jesús y del Inmaculado Corazón de la Virgen Madre. Finalmente, rogad por mí, a fin de que pueda participar de la paz y del gozo que vos tuvisteis muriendo tan santamente.
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Amén.
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Lourdes