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sábado, 14 de junio de 2008

+ La oración del Niño +

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Capítulo 15
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La oración del Niño
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No existe espectáculo tan conmovedor y saturado de sencilla piedad como el de un niño pequeñito aprendiendo a rezar sobre las rodillas de su madre.
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Arrodillado en el regazo de su madre, reclina la cabeza en su pecho junto al corazón, con las manitas juntas, fijos los vivos ojitos en el crucifijo, el niño, con voz balbuciente, pero de tonalidades puras, claras y transparentes, descubre toda su alma y abre todo su corazón repitiendo con su madre:
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¡Padre nuestro, que estás en los cielos!..Es un espectáculo que la tierra contempla con admiración. ¡Si pudiéramos ver la admiración que produce en los cielos!...
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Dios, inclinado hacia la tierra, recoge cada una de las palabras como si fueran piedras preciosas. La Virgen, sonriente, alienta con los ademanes y con la mirada al hijo y a su madre. El Ángel de la Guarda cubre con sus alas a su pequeño protegido, temeroso no se acerque el enemigo a turbar ese idilio divino.
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Y allá lejos el demonio, desconcertado y aterrorizado, huye ante el espectáculo de un almaQue se abre al amor de Dios,Que aspira el amor de Dios,Que se baña en el amor de Dios.¡Padre nuestro, que estás en los cielos!
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El niño prosigue, repite y vuelve a repetir, modulando cada palabra y cada sílaba, en el tono y vos de su madre, buscando en su mirada la aprobación y el aliento.Nada sabe la pobre criatura, nada comprende; ni sabe por qué, ni cómo, pero le gusta repetir lo que dice su madre. Siente que aquella voz es el modelo de la suya y aquella palabra la pauta suya, y repite gozoso la oración de su madre.

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¡Padre nuestro, que estás en los cielos!..
¿Es el hijo que reza o es la madre?
Son los dos: es la oración del hijo y de la madre.
Son dos corazones que se confunden
y que palpitan al unísono:
el corazón de la madre y el corazón del hijo.
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Son dos voces las que rezan, pero sólo un acento resuena en los oídos divinos.
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¡Acento conmovedor y penetrante que sube al cielo!
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¡El amor de la madre y la inocencia del hijo!
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¡Oración omnipotente, a la que Dios no puede resistir!
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El Señor no puede hacer el sordo a la concesión de una gracia; pero si la imploran al mismo tiempo una madre cristiana con su hijo pequeñito en los brazos, la gracia será concedida. Conmovido el corazón de Dios, se abre paternalmente a la concesión de la súplica.
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Quizás dirá la primera vez como a Moisés: <<>>. Pero si esos dos corazones no desmayan y prosiguen, Dios será vencido. Vencido por el amor de la madre y la inocencia del hijo.
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Éste inspiró a Alburquerque aquel rasgo sublime en medio de una borrasca, que amenazaba anegarlos en las profundidades del mar. Tomó de los brazos de su madre a un niño, se puso de rodillas y, levantando a la criatura con ambas manos al cielo gritó: <<¡ Oh, Dios mío, yo no merezco ser oído; pero socorrednos por la inocencia de este niño!>>. E inmediatamente cesó la tempestad.
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Esto inspiro también a una madre cristiana aquel grito no menos sublime a la vista del león que le había arrebatado a su hijo y se disponía a devorarle: <<¡ Hijo mío, hijo mío, escapa, hijo mío!>>. Y a ese grito loco del corazón de una madre, el feroz animal inclinó la cabeza y se retiró.¡Oh, no! Al poder del amor de una madre y de la inocencia de su hijo no puede ser que Dios resista.Pero cuando esa madre es María y ese hijo un alma pura, un hijo de la Virgen Inmaculada, ¡qué fuerza más irresistible! Es la omnipotencia suplicante.
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Basta un suspiro o un grito salido de los labios para enternecer a Dios, ablandar su corazón y forzarle a derramar a manos llenas sus gracias y bendiciones más regaladas.Sea así nuestra oración, piadoso hijo de María. Oremos siempre, sí, siempre con María nuestra Madre celestial. Seamos niños pequeñitos que no saben nada que no pueden nada por si solos y que todo lo esperan de su Madre.
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¿Te quejas de no saber rezar o de no ser escuchado?Lo comprendo; es porque oras solo. Ve a María, hazte pequeño, bien pequeño, muy humilde; colócate junto a María, sobre su maternal regazo; junta tus manos, fija tu mirada en los ojos de tu Madre y di con Ella:¡ Padre Nuestro que estás en los cielos!Oh Dios mío, soy indigno de ser oído, pero aquí tenéis a vuestra Madre, escuchad a vuestra Madre.
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Repítelo una y muchas veces, vuelve a la carga y espera confiado, que serás oído.Siempre que levantes al cielo tu vos, que vaya unida a la de María; que cada una de tus palabras pase, en cierto modo, por el Corazón y por los labios de María.
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Tu oración podrá ser podre, lánguida y llena de distracciones; si te esfuerzas y violentas para hacerla bien, será poderosa e incluso irreversible.
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La Virgen Inmaculada, a la que San Luis María Grignion de Monfort llama la Purificadora de nuestras acciones y oraciones, las purificará y hermoseará antes de presentárselas a su divino Hijo Jesús.
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Y esa oración, que sin dejar de ser tuya, será revestida de los méritos y del amor de María, se elevará al cielo ardiente y todopoderosa.Pero para orar con María y por María, tu alma, a semejanza de la del niño pequeñito, tendrá que ser muy pura y diáfana; tendrá que ser precedida de tu inocencia, para que pueda ir acompañada del amor de María.
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El amor no puede brillar sino en un corazón puro, como el sol no resplandece sino en un cielo sin nubes. Nada manchado puede entrar en el cielo y el cielo de Jesús es María.
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La costumbre de orar con María y por María hará brotar en ti la costumbre de vivir y obrar junto a Ella, en su dulce intimidad; y a la vez el acrecentamiento de esta vida de unión te volverá fácil y sabroso al orar con Ella y por Ella.

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Alcanzarás la plena expansión de la vida de intimidad. Tu oración será:¡la oración de la Madre y la oración de su pequeño hijo!Si de veras deseamos sonseguirlo, es necesario que velemos sobre nuestro pensamiento, alejando con prontitud toda idea que pudiera disminuir el honor de María.
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Sobre nuestra imaginación, rechazando lo que pudiera desdecir de la hermosura de María.
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Sobre nuestro corazón, arrancando todo lo que pudiera debilitar el amor de María.
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Sobre nuestra alma, quitando todo lo que podría hacerla menos digna de María.
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Sobre nuestro cuerpo, en fin, no admitiendo cosa alguna que pudiera ser indigna de las miradas de María.Con estas precauciones, vayamos humildes y confiados, oremos en compañía de nuestra Madre y digamos con Ella y por Ella.¡Padre nuestro, que estás en los cielos!
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¡Santificado sea el tu nombre!¡Venga a nos el tu reino!¡Hágase tu voluntad,Así en la tierra como en el cielo!Y la voluntad de Dios es que María sea Reina de la tierra, como es Reina en las celestes alturas.Que sea aquí Madre de los hombres, como allí es Madre de Jesús¡María es mi Madre y yo soy su hijo,Su esclavo y su apóstol,Obrando con Ella y por Ella,Orando con Ella y por Ella!¿Cuando, oh dulce Madre, lo llegaré a comprender? ¿Cuándo, sobre todo, lo sabré practicar?
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Ejemplo
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El beato Hernán y el nombre de María.Se refiere del beato Hernán que pronunciaba con tanta frecuencia como devoción el Santo nombre de María, experimentando con ello prodigiosos efectos. Cuando estaba solo se postraba sobre el pavimento de su celda y en tan humilde actitud solía repetir sin cesar:<< ¡María! ¡María! ¡María! >>
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Uno de los religiosos, lleno como él de amor hacia la Reina de los cielos y con quien acostumbraba a comunicar sus ansias de ser todo de María, le sorprendió en uno de esos ratos consagrados a venerar el nombre de la Señora y, asombrado de verle por tanto tiempo abismado en un especie de amoroso éxtasis, le preguntó:- <<¿ Qué hacéis por tanto tiempo en esa actitud y qué sentimientos le hacen salir de sí ? – Recojo- Contesto Hernán -, anegado en indecibles consuelos, los frutos deliciosos del nombre mi Madre.
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Al pronunciamiento me parece que todas las flores y los más suaves aromas me rodean embalsamando el ambiente, mientras un ignorado manantial hinca mi corazón de gozo enteramente celestial; acá hallo el descanso en mis trabajos y olvido todas las amarguras de la vida; quisiera , si me fuese posible, permanecer siempre en esta actitud, repitiendo sin cesar el nombre de María.
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Tenía razón este gran Santo: el dulce nombre de María lleva consigo un no sé qué de suave y consolador que encanta y enamora. Sólo expresa amor; no desciende a nosotros sino graciosamente envuelto en el manto de la clemencia y del perdón, nos habla un lenguaje de armoniosos sonidos que no se pueden traducir en palabras humanas. ¿Deseas un antídoto contra todos los males de la vida? Búscalo en el santo nombre de María..

Pronuncia frecuentemente ese nombre bendito y al dirigirte a Jesús hazlo por el dulce nombre de María, que la oración del hijo, confundida con la oración de la Madre, forme una sola melodía que suba a los oídos del Altísimo.
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Fuente: Espíritu de la vida de intimidad con la Santísima Virgen
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Autor: R. P. Lombaerde
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Pax et Bonum,
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+ Clara de Asís +
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