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lunes, 23 de junio de 2008

+ El Rito Dominicano Antiguo +

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El Rito Dominicano
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Toda la espléndida magnificencia de la liturgia católica, tanto en su exuberante diversidad, como en sus múltiples aspectos, encuentra su origen y su centro en el acto, tan simple como trascendente, que transcurre en el Cenáculo en la vigilia de la Pasión.
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«Mientras estaban en la mesa, dijo San Mateo, Jesús tomo el pan, lo bendijo, lo partió y lo dio a sus discípulos diciendo: “Tomad y comed, porque este es mi cuerpo.” Y, tomando el cáliz, dio gracias y lo pasó diciendo: “Bebedlo todos, ya que esta es mi sangre, que será el sello de la nueva alianza… ”»
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La primer Misa acaba de ser celebrada. Un nuevo sacrificio, de valor infinito, abole todos los sacrificios figurativos de la ley antigua. La promesa de Jesús en Cafarnaúm se vuelve realidad:
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«El pan que yo os daré, había dicho, es mi propia carne… En verdad, en verdad os los digo, si vosotros no coméis la carne del Hijo del Hombre, y si vosotros no bebéis su sangre, vosotros no tendréis la vida eterna… Aquel que coma de mi carne y beba de mi sangre permanecerá en mí, y yo en él… Quien coma de este pan vivirá eternamente»
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Este duro lenguaje que llevará ciertos discípulos a la apostasía, se vuelve una realidad gracias al milagro de la transubstanciación. Y los hombres han comido el pan de los ángeles. Las dos partes esenciales de la Misa están bien definidas: consagración y banquete.

Diversidad de ritos

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No sabemos cuándo los apóstoles realizaron por primera vez el mandamiento del Señor: «Haced esto en memoria mía.»
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Pero debemos imaginar la Misa apostólica en ese contexto de simplicidad evangélica. El libro de los Hechos de los Apóstoles hace algunas alusiones a la Misa de la primera comunidad cristiana.
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Muy pronto, la piedad de los fieles rodea este acto de la oración común, como aquella de la sinagoga. Nuestra preparación actual a la Misa nace del canto de los salmos, de la lectura de la ley y de los profetas.
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Este segundo elemento, o parte no esencial de la Misa, se desarrolla tomando por fin la piedad del celebrante y de los fieles. Las diversas liturgias de la Iglesia Católica encuentran aquí su origen y su explicación. Fastuosas y brillantes en Oriente, sobriamente majestuosas en Occidente; todas unidas en la fé, el culto y el gobierno, ellas constituyen en el seno de esta variedad, el homenaje más grandioso de las inteligencias y de los corazones de todos los pueblos a su Divino Redentor. .















Introducción a un Misal Dominicano de los fieles, en lengua española, traducido por nuestros medios[1]:
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Después de un tiempo, la espontaneidad primitiva desapareció para dejar lugar a fórmulas precisas. Así aparecieron los primeros libros litúrgicos. El más importante entre ellos es el Liber Sacramentorum, del cual se valía el celebrante para el Santo Sacrificio y la administración de los Sacramentos. Desde alrededor del siglo noveno, el celebrante utiliza un libro que contiene todas las partes de la Misa y que recibe el nombre de Misal.
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En pleno siglo XIII, la más grande diversidad de ritos existe aún, en Oriente como en Occidente. España, Francia, Irlanda, Milán, todos tienen sus ritos propios. En la misma Roma, hay diversos oficios. Es en este momento en el que aparece la Orden de los Predicadores. Después de siete siglos de existencia, esta Orden conserva con amor uno de estos ritos medievales, del cual nos proponemos dar una breve idea a nuestros lectores.
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La liturgia en la Orden
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Santo Domingo, que fue un innovador en el Orden intelectual y apostólico, no tuvo necesidad de estar dentro del Orden de la espiritualidad. Una tradición secular de espiritualidad litúrgica, representada por el monacato, se le impone. La liturgia llegará a poner las bases más firmes para la organización de la nueva vida de apostolado; esta perderá su carácter de fin dentro de la vida religiosa para transformarse en medio, pero medio esencial para la realización de objetivos de la Orden, resumidos en la fórmula de Santo Tomás de Aquino que la Orden adoptará como divisa: «Contemplata aliis tradere», comunicar a otros lo que es contemplado.
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Cuando el Patriarca de los Predicadores dispersa a los cuatro vientos a los hermanos de la Orden naciente, ellos no ven aún el problema litúrgico que se les presenta. Las liturgias locales son muy incompatibles con los monasterios creados por San Benito, en los cuales cada cual tiene una vida propia e independiente, pero no con un Orden fuertemente centralizado, en el cual los miembros son viajeros por vocación propia.
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Los primeros Hermanos Predicadores debieron plegarse a las costumbres litúrgicas de cada región. La necesidad de un rito único se hizo sentir por la primera vez cuando, con ocasión de los Capítulos generales, se reunieron los hermanos provenientes de regiones muy diversas. La multiplicidad de costumbres entorpecía o incluso imposibilitaba la oración coral durante estas asambleas, es por este motivo que no es osado afirmar que Santo Domingo mismo, constatando su necesidad, fue el primer promotor de la unificación litúrgica.
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Sin embargo, no es la autoridad de Santo Domingo la que pone su sello sobre esta obra. Es su sucesor inmediato, el bienaventurado Jordano de Saxo, quien promulga legalmente el primer oficio unificado. Pero esta primera uniformidad realizada no le agrada a todo el mundo, y el Capítulo general de 1244 Ordena que los definidores del año siguiente presenten al Capítulo las rúbricas y el canto del breviario nocturno y diario, del gradual y del Misal, a fin de asegurarse la concordancia en el oficio. Era necesario rectificar los errores de transcripción que se les habían escapado.
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El Capítulo de 1245 confía el trabajo de revisión general a una comisión de cuatro hermanos de provincias y nacionalidades diferentes, y Ordena a Humbert de Romans, provincial de Francia, establecer un leccionario que sea universalmente aceptado en la Orden. La «corrección de los cuatro hermanos» es aprobada por los Capítulos 1246, 1247 y 1248. Pero esta corrección provoca nuevas quejas, y el Capítulo de 1250 Ordena a sus autores emprender la «corrección de su corrección»; el nuevo trabajo es terminado en 1251. ¿Qué sucede entonces? Evidentemente, el Capítulo que eligió por Maestro general a Humbert de Romans le encarga poner todo en Orden. Finalmente, en 1256, la liturgia puesta en Orden por Humbert de Romans adquiere fuerza de constitución y Clemente IV la aprueba en 1287.
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La Historia ha magníficamente nombrado a Humbert: «Ordinis exemplar et cæremoniarum pater» (modelo de la Orden y padre de ceremonias). Desde entonces, la liturgia dominicana ha permanecido igual; los cambios, retoques más o menos felices que ella ha conocido en el curso de siete siglos no perturban lo esencial. Cuando en 1570, San Pío V impone a toda la Iglesia el breviario y el Misal romano, corregidos por él y su predecesor, él exime de esta ley las liturgias que existen desde doscientos años o más. La liturgia dominicana conserva, luego, su individualidad.
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En 1256 la liturgia dominicana se presenta como una de las primeras, sino la primera, en tener tal carácter de unión, estabilidad y precisión, que muchos desean adoptarla. La Santa Sede se lo encomienda a los caballeros de la Orden Teutónica. Los cruzados y un cierto número de familias y casas religiosas la adoptan de la misma forma. Bajo Eduardo III, esta se convierte en la liturgia de la Corte de Inglaterra, y también de ciertas diócesis, como la de Agram en Austria. Su influencia es igualmente reconocida en la liturgia de los carmelitas.
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Fuentes de la liturgia dominicana
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¿De cuales fuentes se nutrieron nuestros liturgistas? Bien se ha dicho que los autores de nuestra liturgia se esforzaron más en unificar que en crear. ¿Qué elementos adoptaron para lograrlo? Se ha igualmente dicho y repetido que la liturgia dominicana es gálica, y más concretamente parisina, dando como justificación de esta característica el hecho de que la Orden de los Predicadores nació en Francia y su liturgia estuvo regulada por un francés, Humbert de Romans.
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Sin embargo, estas razones están más basadas en la apariencia que en la realidad. Investigaciones recientes, de los P. Rousseau y Laporte, nos dan otra perspectiva: es un rito que
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ha conservado los usos romanos abandonados por la liturgia romana actual. De modo que la liturgia dominicana es esencialmente romana.
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Para comprenderlo, es necesario recordar que en Roma, en la Edad Media, había dos oficios litúrgicos: «el oficio de la Iglesia romana», seguido en las basílicas, y «el oficio según los usos de la Curia» o Corte romana, observado en la capilla del palacio apostólico.
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El oficio de la Iglesia romana era más completo. Gran parte de sus particularidades y características se encuentran en el rito dominicano. Las Iglesias particulares, las Órdenes religiosas y, entre ellas, la de Santo Domingo, calcaron su liturgia sobre la de la Iglesia romana.
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El oficio de la Curia no tenía la estabilidad del oficio de las basílicas. Sobrecargada de trabajo y desplazándose sin parar, la Curia romana abreviaba o cambiaba su oficio; las costumbres menos esenciales fueron suprimidas de golpe. Es el oficio que los Hermanos Menores adoptaron, propagaron e implantaron en el mundo entero con gran perseverancia. En 1277, el papa Nicolás III, gran amigo de los Menores, impone a las iglesias de Roma los libros litúrgicos de la Curia, retocados por los franciscanos. Debido a esto, muchas costumbres netamente romanas desaparecieron de Roma y no sobrevivieron más que en liturgias particulares, especialmente en la liturgia dominicana.
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El hecho de que tales usos no se encuentren en el breviario de la Curia o de San Pío V no alcanza para calificarlas de gálicas. Más aún, por paradojal que parezca esta afirmación, debería decirse que, el haber conservado estos usos, hace que ciertas liturgias particulares como la dominicana sean más romanas que la liturgia romana actual.
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Los ritos de la Misa dominicana se parecen más a los antiguos ritos basilicales y han conservado mejor su majestuosa simplicidad. Si las plegarias del Misal, por ejemplo, son a veces diferentes a las oraciones del Misal romano actual, como sucede con la de la Asunción de la Virgen, estas no son menos auténticamente romanas mientras estén comprendidas dentro del sacramentario gregoriano. Es cierto que algunos usos locales fueron adoptados por la liturgia dominicana, pero eso no es suficiente para calificarla de gálica o parisina. En realidad, el rito dominicano es auténticamente romano, de una romanidad pura, sin así desdeñar otras influencias fecundas en piedad y belleza.
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Caracteres generales
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Subrayaremos ahora algunas particularidades de la liturgia dominicana:
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La espiritualidad dominicana es sobria, amplia, vigorosa. Sobria, ya que la razón imprime su ritmo a los afectos. Amplia, ya que no aprisiona dentro de métodos ni de sistemas de escuela; espiritualidad eminentemente evangélica, muy rica en tonalidades de santidad. Vigorosa, porque se basa en el dogma, siendo así profundamente teológica. Podemos decir otro tanto de su liturgia, dado que – sin ser una creación de la Orden como hemos explicado antes – recibió de esta su propia personalidad, adaptándose a la vida de intensa intelectualidad y de apostolado de esta Orden.
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Así, la vida litúrgica reúne la ley de la oración y la ley del estudio. Ella ayuda a la adquisición de la ciencia verdadera. Sin la plegaria canónica coral, el hermano predicador no podría llegar a la madurez de las ciencias sagradas. Es por esto que ella ha sido siempre considerada como un elemento esencial de la formación y la vida dominicana, y, a pesar de la vida moderna y las condiciones donde se debe desarrollar el apostolado de nuestros días, los Capítulos generales continúan considerando que la vida litúrgica es tan consustancial al hermano predicador como la vida de estudio; piensan que todos los ejercicios de oración privada prescritos en las congregaciones modernas no valen tanto como esta síntesis armoniosa de vida de coro y de predicación, de monje y de apóstol, concebida por Santo Domingo.
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Liturgia Mariana
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Tres prácticas litúrgicas fundamentales han recibido de la Orden una influencia particular. En primer lugar, la liturgia en honor de la Virgen. Sabemos que el pueblo cristiano ha bautizado espontáneamente a los religiosos de la reciente Orden de Santo Domingo con el nombre de «Hermanos de María».
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Estos primeros Hermanos se levantaban para recitar el pequeño oficio de Nuestra Señora, y se acostaban solamente después de haber cantado la antífona más suave, el Salve, al final de las completas[2]. Esta práctica, universal en la Orden a partir de 1226, se extenderá años más tarde a la liturgia romana y aunque – en aquella – el cambio de antífona se pliega a los tiempos litúrgicos, esta feliz iniciativa será siempre una gloria dominicana.
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Otras ceremonias y fórmulas litúrgicas, cuya enumeración sería fastidiosa, se introducen en el rito dominicano, dándole un tono mariano fuertemente marcado. La fiesta de la Visitación de Nuestra Señora se extendía a la Iglesia universal bajo el impulso del gran religioso que era el bienaventurado Raymond de Capoue.
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Liturgia eucarística
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La influencia de la liturgia dominicana es más grande aún en la liturgia del Santísimo Sacramento. Un dominico, Hugues de Saint-Cher, fue el confidente de la bienaventurada Julienne, a quien el Señor manifiesta su deseo de que sea instituída la fiesta de Corpus Christi, y más tarde, el mismo Hugues, nombrado cardenal y nuncio pontificio, aprueba esta fiesta y la declara obligatoria en todo el territorio de su función. La fiesta, declarada universal en 1264 por el papa Urbano IV, precisaba un cantor digno de un misterio tan sublime; este mismo papa lo encuentra en Tomás de Aquino, quien le presenta una de las composiciones más bellas y plenas de la liturgia católica. De sus himnos y de su prosa rimada, uno nunca sabe si se debe admirar más la altura de la inspiración o la profundidad teológica, o más aún, la sublime simplicidad de los conceptos. El pueblo cristiano no dejará jamás de cantar los himnos eucarísticos compuestos otrora por el más grande teólogo de la Iglesia.




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Es un hermano predicador, el hermano Thomas de Stella, quien funda la primer Cofradía del Santísimo Sacramento en su convento de Minerva, en Roma, Cofradía que luego se extendería por el mundo entero.
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Liturgia de los difuntos
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La oración litúrgica por los difuntos reviste en la Orden una importancia particular. Su origen se remonta al fundador mismo, muy devoto a las almas del Purgatorio, como testimonian sus primeros biógrafos.
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Los Capítulos generales han todos competido para desarrollar la liturgia de los muertos y extender los sufragios de los padres, familiares y benefactores. Hay ciertamente pocas Órdenes donde se rece tanto por los muertos. Ciertas melodías de sus oficios, conservadas con amor, como el Nunc Christe y el Creator, son de una belleza sin igual.
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Otras características

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Las completas[3] poseen igualmente su carácter propio. Ha llegado el momento de los dominicos. Durante este momento, los primeros hermanos se regocijan numerosas veces con la presencia de la Reina de los Cielos. Aún hoy en día, Ella conserva un carácter sagrado.
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En los conventos en los que el número de religiosos lo permite, las completas se cantan en la última hora del día y a nadie se le permite ausentarse. Esta solemnidad ha producido una gran variedad de himnos y de antífonas, tesoros de piedad que la liturgia romana actual ya no conoce. Estas tienen un encanto particular en los tiempos de Cuaresma y de la Resurrección. Durante el Salve Regina los religiosos van en procesión al altar de Nuestra Señora.
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En el rito dominicano, aún queda en ciertas festividades un recuerdo del antiguo «oficio del Capítulo» de los monjes, particularmente en la celebración de Nochebuena.
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Vale señalar también que, en la liturgia dominicana, la fiesta de la Santa Trinidad es, junto con la Epifanía y la Pascua, una de las fiestas llamadas «cardinales», ya que es el punto de partida de una serie de domingos que llevan su nombre. Esta celebración reemplaza al primer domingo después de Pentecostés, que no existía en la liturgia dominicana, y es considerada una fiesta capital, cima y coronación del ciclo de la Redención. Es seguida de una octava, y al domingo siguiente se lo llama «octava de la Trinidad». Es por esto que, hasta 1962, los domingos se contaban después de la octava de Trinidad, mientras que en el rito romano se cuentan desde Pentecostés.
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La Misa
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Para terminar, señalemos algunas particularidades que caracterizan a la Misa solemne en nuestro rito. El Introitus, llamado oficio, es el canto de entrada. El celebrante y sus ministros no van al altar hasta después de la repetición del Introitus por parte del coro.
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No se recita el salmo Judica me Deus y no se inciensa el altar hasta el momento del Kyrie. Por contrario, después de las plegarias, el celebrante se retira del costado derecho para recitar después de la epístola el gradual y el aleluya.
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Luego el subdiácono presenta el cáliz para prepararlo. La ofrenda simultánea del pan y del vino es otra particularidad. La plegaria del ofertorio, el «Orate fratres», el «Hæc sacrosancta commixtio» y las oraciones de la comunión son propias del rito dominicano. Por otro lado, el «Domine non sum dignus», cuya introducción a la Misa es relativamente reciente, es suprimido, igual que la oración «Domine Jesu Christe, qui dixisti». El sacerdote se da la comunión con la mano izquierda. Para las fiestas mayores dobles, la presencia de la cruz otorga una importancia especial al canto del Evangelio.



Grandeza y austera simplicidad
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En conclusión, podríamos decir de acuerdo con un autor: «La liturgia dominicana a conservado un aire de grandeza, una simplicidad quizás austera, pero no fría, majestuosa y profundamente impresionante. Su secreto ha sido conservar la sobria riqueza romana, removiendo las adiciones que la apesadumbraban y prolongaban ciertas liturgias particulares. Sobriedad, simplicidad, majestuosidad, austeridad; felices son las características que confluyen en una liturgia destinada a religiosos que, sin abandonar la celebración solemne del oficio, hacen del apostolado su primer deber.» La Orden conserva su liturgia con amor, no por voluntad de diferenciarse, sino por veneración hacia un rito que ha heredado de sus más grandes luces, un rito utilizado por San Pedro Mártir, San Ramón de Peñafort, y Santo Tomás de Aquino, los más grandes campeones de la unidad católica.
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Ordenación Dominica Tradicional filmada en 1964
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Según la opinión de Baronius, el rito dominicano, junto con los ritos trapista, cartujo, premonstratense y carmelita, muestran la variedad presente en la Iglesia Occidental, y confirman la unidad, siendo al mismo tiempo una fuente perpetua de bellezas.
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Cuando el pío lector haya recorrido este Misal, viendo brillar el oficio de los santos dominicos entre los esplendores del ciclo cristológico, no dudamos que tendrá una idea completa de la grandeza de la Orden.
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Para concluir un gran silogismo, recordará las palabras que la liturgia aplica al padre de los Hermanos Predicadores:
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«Laudes ergo Dominico».
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[1] En el texto original se presentaba una traducción del español al francés: como no pude encontrar el original, lo volví a traducir al español, lo más fielmente posible.
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[2] “Complies” o “prières du toit”, traducidas como “completas” son las oraciones rezadas en una Orden religiosa al final del día.
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[3] Ver nota al pie 2.
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Más información sobre el rezo de la Santa Misa de Rito Dominicano en:
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