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lunes, 4 de agosto de 2008

+El Cura de Ars+


San Juan María Bautista Vianney, nació en 1786 en Dardilly, Francia. Le tocó vivir en un momento histórico muy adverso para el catolicismo francés, pero sobre todo para el clero. Hizo tarde, y con mucha dificultad los estudios eclesiásticos. Finalmente fue ordenado sacerdote en 1815, pero no se le concedió la facultad de oir confesiones, en razón de que sus superiores entendieron que no estaba capacitado para dirigir almas.

Cercanos a la Fiesta del Santo Cura de Ars (9 de agosto en el calendario tradicional, y 4 de agosto, en el Nuevo Calendario), deseo hacer una breves reflexiones, sobre su ejemplo de santidad. Les propongo, amigos míos, que meditemos juntos sobre algunas de sus innumerables virtudes.

San Juan María fue un pastor heroico. La Providencia, no habiéndolo dotado de aptitudes intelectuales, le otorgó una fe muy profunda. Tres aspectos caracterizan, su espíritu sacerdotal: la devoción Eucarística, el celo por las almas y la caridad.

A los 32 años, fue destinado al pueblo de Ars, como vicario parroquial. En diez años, este sacerdote "rústico", privado de la facultad de confesar y dirigir almas, logró transformar la vida de sus parroquianos. Merced a sus sermones, y a sus actitudes, simples pero ejemplares, rescató a sus fieles de una vida disipada.

No pasó mucho tiempo, sin que se le otorgara la potestad de absolver sacramentalmente. Contrariamente a lo esperado, de todos los rincones del país, llegaban penitentes para arrodillarse en el confesionario del Padre Vianney. Entre ellos se contarían gentes de toda condición, desde prelados insignes e intelectuales famosos, hasta humildísimos enfermos y pobres gentes atribuladas que irían a buscar en él algún consuelo. En poco tiempo, el desconocido pueblo de Ars, se transformó en el foco espiritual de una Francia, sumergida en el más cerrado laicismo.
Muchas anécdotas se cuentan de él. Aquí citaremos unas pocas, que reflejan lo tres aspectos anteriormente enunciados.
Estando el santo, administrando la comunión durante la Santa Misa, notó que uno de los comulgantes se retiraba a toda prisa del templo ni bien terminaba de comulgar. Como esta situación se repetía cada domingo, decidió ponerle fin. El domingo siguiente, este personaje recibió la comunión e inmediatamente se retiró. Mientras caminaba por la calle a toda prisa, se sorprendió en ver a dos monaguillos con palmatorias encendidas corriendo unos metros detrás de él. Mayor aún fue su sorpresa al verlos llegar a donde él se hallaba, y colocarse uno a cada lado suyo, acompañando su caminar. Preguntó a los niños a que se debía tal cortejo, respondieron que el padre se los había mandado. En vano trató de deshacerse de los niños, pues estos persistían en seguirlo. Enojado, el hombre volvió a la Iglesia. Inmediatamente se dirigió al Padre Vianney, para pedirle una explicación. El Santo sin perder la calma, respondió que simplemente cumplía su deber de sacerdote. El traslado del Santísimo Sacramento sea en una procesión o para llevar el Santo Viático, debía ser acompañado con cirios encendidos. El iba a cumplir sus deberes, más allá de que el hombre incumpliera su deber de hacer la acción de gracias después de comulgar. Finalmente este personaje reconoció su error.

Se cuenta también de él, que no tenía sino una sola sotana que se ponía todos los días. Era capaz de quitarse por el camino los zapatos y las medias si encontraba a un pobre, con el que cambiaba hasta los pantalones, si los del mendigo eran peores que los suyos.

Sus sermones e instrucciones le costaban un dolor enorme: su memoria no le permitía retener, así que pasaba noches enteras en la pequeña sacristía, en la composición y memorización de sus sermones de Domingo; en muchas ocasiones trabajaba 7 horas corridas en sus sermones.

Su horario era francamente admirable. A las 12 de la noche se levantaba el santo sacerdote. Luego hacía sonar la campana de la torre, abría la iglesia y empezaba a confesar. A esa hora ya la fila de penitentes era de más de una cuadra de larga. Confesaba hombres hasta las seis de la mañana. Poco después de las seis empezaba a rezar los salmos de su devocionario y a prepararse a la Santa Misa. A las siete celebraba el santo oficio. En los últimos años el Obispo logró que a las ocho de la mañana se tomara una taza de leche.

De ocho a once confesaba mujeres. A las 11 daba una clase de catecismo para todas las personas que estuvieran ahí en el templo. Eran palabras muy sencillas que le hacían inmenso bien a los oyentes.

A las doce iba a tomarse un ligerísimo almuerzo. Se bañaba, se afeitaba, y se iba a visitar un instituto para jóvenes pobres que él costeaba con las limosnas que la gente había traído. De una y media hasta las seis seguía confesando. Por la noche leía un rato, y a las ocho se acostaba, para de nuevo levantarse a las doce de la noche y seguir confesando.

Cuando llegó a Ars solamente iba un hombre a misa. Cuando murió solamente había un hombre en Ars que no iba a misa y habían cerrado muchas cantinas y bailaderos.

Sobre él, escribió Juan Pablo II, en su libro Don y Misterio: "En el camino de regreso de Bélgica a Roma, tuve la suerte de detenerme en Ars. Era el final del mes de octubre de 1947, el domingo de Cristo Rey. Con gran emoción visité la vieja iglesita donde San Juan María Vianney confesaba, enseñaba el catecismo y predicaba sus homilías. Fue para mí una experiencia inolvidable. Desde los años de seminario había quedado impresionado por la figura del Cura de Ars, sobre todo por la lectura de su biografía escrita por Monseñor Trochu. San Juan María Vianney sorprende en especial porque en él se manifiesta el poder de la gracia que actúa en la pobreza de los medios humanos. Me impresionaba profundamente, en particular, su heroico servicio en el confesionario. Este humilde sacerdote que confesaba más de diez horas al día, comiendo poco y dedicando al descanso apenas unas horas, había logrado, en un difícil período histórico, provocar una especie de revolución espiritual en Francia y fuera de ella. Millares de personas pasaban por Ars y se arrodillaban en su confesionario. En medio del laicismo y del anticlericalismo del siglo XIX, su testimonio constituye un acontecimiento verdaderamente revolucionario."

Que el ejemplo del Santo Cura de Ars, sea inspiración para los sacerdotes de nuestro tiempo. Que su piadosa intercesión los sostenga y acompañe.

Sancte Ioannes Maria, ora pro nobis!


Nichán Eduardo Guiridlian Guarino

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