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viernes, 8 de agosto de 2008

+ El magisterio de la Iglesia y el Latín +

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El magisterio de la Iglesia y el latín (versión Word) - Por el Pbro. Gabriel Díaz Patri - Cicerón: “No es tan admirable saber latín como vergonzoso ignorarlo”.
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EL MAGISTERIO DE LA IGLESIA Y EL LATÍN(Introducción al libro "Curso de latín eclesiático", ed. 1996)Por el Pbro. Gabriel Díaz Patri La lengua y literatura latinas han tenido durante siglos una indiscutida pre-eminencia en la formación cultural en todo occidente y sobre todo en la Iglesia latina de la que es lengua litúrgica.
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A partir del siglo pasado, al comenzar en el ámbito civil un progresivo desprecio por los estudios clásicos, se produjo un abandono gradual del estudio de la lengua latina que, según decía el SÍNODO DE PARÍS DE 1849, Discitur tardissime, celeritur didiscitur (se aprende con gran lentitud, se olvida con rapidez).
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Es en estas circunstancias que el Papa LEÓN XIII escribe a los obispos franceses: “Si desde muchos años ha los métodos pedagógicos vigentes en los establecimientos del estado reducen progresivamente el estudio de la lengua latina y suprimen los ejercicios en prosa y en verso que nuestros antepasados acertadamente juzgaban que debían hacer gran papel en los colegios, los Seminarios menores deben ponerse en guardia contra esas innovaciones, inspiradas por preocupaciones utilitarias y que redundan en detrimento de una sólida formación del espíritu.
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A estos antiguos métodos, tantas veces justificados por sus resultados, Nos aplicaríamos de buen grado la palabra de San Pablo a Timoteo y con el Apóstol os diríamos, Venerables hermanos: 'Guardad el depósito' con celoso cuidado. Si un día, lo que Dios no quiera, hubieran de excluirse totalmente de las escuelas públicas, que vuestros Seminarios menores y colegios libres los guarden con inteligente y patriótica solicitud; e imitaréis así a los sacerdotes de Jerusalén que, queriendo sustraer a los bárbaros invasores el fuego sagrado del Templo, lo escondieron de manera que pudiesen encontrarlo y devolverle todo su esplendor cuando los malos días hubiesen pasado (11 Mac. 1, 19.22) .
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En este siglo la situación, lejos de revertirse, se agrava; dado el abandono creciente de los estudios clásicos en los ambientes culturales modernos y su progresiva exclusión de los programas de estudios, se comenzó a cuestionar la conveniencia de su conservación también en el ámbito eclesiástico, donde el nivel asimismo había decaído sensiblemente. Esto provocó múltiples pronunciamientos y medidas de los Papas que, en términos semejantes, abogan firmemente por la conservación de la lengua de la Iglesia; entre éllos se destacan las palabras de Pío XI en su encíclica Officiorum omnium: “si en cualquier laico que tenga ciertas letras, la ignorancia de la lengua latina, a la cual podemos llamar verdaderamente católica, indica una cierta tibieza en el amor a la Iglesia, cuánto más todos los clérigos deberán ser suficientemente conocedores y peritos de esa lengua!”
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El mismo Pío XI fundará en 1924 un instituto de letras latinas en el Ateneo Gregoriano para la formación de los ayudantes o secretarios de la Curia Romana, de las Cancillerías episcopales o de los superiores religiosos que deben redactar decretos, sentencias o mantener comercio epistolar en un estilo latino que sea digno de la Iglesia, mentora de las más altas artes. También Pío XlI se ocupó del tema, y dirigiéndose a los estudiantes romanos les decía: “¡El latín! Lengua antigua, pero no muerta todavía; porque, si de su soberbio eco hace siglos que están mudos los derruidos anfiteatros, los famosos foros y los templos de los Césares, no callan las basílicas de Jesucristo, donde los sacerdotes del Evangelio y los herederos de los mártires repiten y vuelven a cantar las salmodias y los himnos de los primeros siglos en la lengua reconsagrada de los Quirites. Al presente la lengua de Roma es principalmente lengua sagrada, que resuena en los ritos divinos, en las aulas teológicas y en los documentos de la Sede Apostólica, y en la cual tantas veces vosotros mismos dirigís un dulce saludo a la Reina de los cielos, vuestra Madre, y a vuestro Padre que reina allá arriba.
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Pero el latín es también la llave que os abre las fuentes de la historia. Todo lo que ha llegado hasta nosotros del pasado romano y cristiano en inscripciones, en escritos y en libros, salvo parciales excepciones de los últimos siglos, casi todo viene revestido de la lengua latina ... Tampoco ignoramos la presente tendencia de la técnica, encaminada a prevalecer cada vez más sobre las ciencias especulativas.
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El peligro consistiría en que vosotros os enfrascaseis tan profundamente en el elemento material que perdieseis o debilitaseis el sentido de la cultura cristiana, riquísima en valores de verdad y de sabiduría, y completamente saturada de cuanto tenía la antigüedad de eternamente bueno. Pero semejante peligro será más fácilmente evitado, si vosotros estimáis digno de vuestros cuidados diligentes el haceros dueños también de la lengua latina.
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Bien basados en este conocimiento, estaréis en su día en disposición de preservar al pueblo de que llegue a ser cada vez más extraño al pensamiento y al espíritu de aquella civilización, mediante la cual sus antepasados se mantuvieron sólidamente arraigados en 1os principios de su Fe cristiana, durante más de quince siglos” .
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Pero será JUAN XXIII quien dedique un documento completo al tema: en su Constitución Apostólica Veterum sapientia del 22 de Febrero de 1962 defiende con una prolija argumentación (que retoma lo principal del magisterio de los papas anteriores) el estudio del latín. Ya antes había tocado el Pontífice el tema en algunos discursos pero Veterum Sapientia por su extensión y claridad constituye el principal documento sobre el tema, no sólo de Juan XXIII, sino del magisterio en general: por un lado se resumen y ordenan en ella los principales argumentos que habían utilizado sus predecesores y por otro este documento servirá de referencia para el magisterio posterior .
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Escribe el Papa esta Constitución Apostólica en un momento en que se había generalizado la discusión acerca de la utilidad del latín, y lo hace con el fin de aclarar su posición: “puesto que en nuestros días el uso del latín ha sido puesto en discusión en muchas partes y muchos se preguntan cuál es al respecto el pensamiento de la Sede Apostólica hemos decidido proveer oportunas normas, enunciadas en este solemne documento, para que el antiguo ininterrumpido uso de la lengua latina sea mantenido y donde hubiese caído en abandono, sea plenamente restablecido”. También está compuesta en el clima de preparación del Concilio; la restauración de los estudios clásicos era para Juan XXIII de fundamental para la restauración de la Iglesia que quería emprender.
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El Papa la consideraba de extraordinaria impor-tancia . Comienza el documento destacando la excelencia y los méritos de la cultura greco-romana: como reconocieron los Padres y Doctores de la Iglesia. la sabiduría de la antigüedad encerrada en la literatura de griegos y romanos y del mismo modo las profundas enseñanzas de los pueblos antiguos pueden considerarse como una aurora que preanuncia el Evangelio que el Hijo de Dios ha anunciado en la tierra, y constituyen una cierta preparación de los ánimos a reabrir las divinas riquezas que Jesucristo en la economía de la plenitud de los tiempos comunicó a los hombres: “es por ello que con la introducción del Cristianismo en el mundo, nada se perdió de cuanto los siglos precedentes habían producido de verdadero, de justo, de noble, de bello”.
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Por esto la Iglesia tiene siempre en sumo honor estos venerandos documentos de sabiduría y “sobre todo las lenguas griega y latina que son como la áurea veste de la sabiduria misma”. Ciertamente la Iglesia ha acogido además otras venerables lenguas orientales de uso antiguo, ininterrumpido y vivo; sin embargo "en esta variedad de lenguas sobresale sin duda aquella que, nacida en el Lacio, se convierte luego en admirable instrumento para la propagación del Cristianismo en occidente.
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Luego que, ciertamente no sin una especial providencia de Dios, esta lengua, que había por muchos siglos reunido tantos pueblos bajo la autoridad del Imperio Romano, se convirtió en la lengua propia de la Sede Apostólica y, conservada a la posteridad, ha reunido entre sí con estrecho vínculo de unidad los pueblos cristianos de Europa. Esta lengua es, por su misma naturaleza, perfectamente adaptada para promo-ver toda forma de cultura en cualquier pueblo, sin suscitar celos por su neutralidad; por otra parte no hay que olvidar su conformación y propiedad noble, un estilo conciso, variado, armonioso, lleno de majestad y dignidad que incita de modo singular a la precisión y a la gravedad.
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Es por esto que, al decir del Papa, la Santa Sede ha velado con amor y celo por conservar la lengua latina en el ejercicio de su sagrado magisterio y por hacérsela usar a sus ministros sagrados, quienes pueden de este modo conocer directamente todo lo que proviene de la Santa Sede y comunicarse más libremente con ella y entre sí.
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Por lo tanto el pleno conocimiento y el uso fluido de esta lengua, tan íntimamente unida a la vida de la Iglesia, interesan a la religión aún más que a la cultura y las letras. Según Pío XI son tres las cualidades que la hacen de modo especial adaptada a la naturaleza de la Iglesia: “En efecto, la .Iglesia, que agrupa en su seno a todas las naciones, que está destinada a perdurar hasta la consumación de los siglos, necesita, por su misma naturaleza, una lengua universal, inmutable y no vulgar”; JUAN XXlll las explica así: universal para facilitar la comunicación de las Iglesias con su cabeza, la Iglesia Romana, que tiene potestad ordinaria e inmediata tanto sobre todas las Iglesias cuanto sobre todos y cada uno de los Pastores y fieles; inmutable “porque si las verdades de la Iglesia Católica estuvieran confiadas a algunas o a muchas de las mutables lenguas modernas de las cuales ninguna tuviese más autoridad que otra, ocurriría ciertamente que, varias como son, no sería para muchos manifiesto con suficiente precisión y claridad el sentido de tales verdades y, por otra parte no habría una lengua que sirviese de norma común y constante sobre la cual regular el sentido exacto de las otras lenguas.
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Ahora bien, la lengua latina, sustraída ya hace siglos a las variaciones de significado que el uso cotidiano suele introducir en los vocablos, se debe considerar fijada e invariable dado que los nuevos significados de algunas palabras latinas, requeridos por el desarrollo, la explicación y la defensa de las verdades cristianas, están ya desde hace largo tiempo determinadas de modo estable”. Por último, puesto que la Iglesia Católica ha sido fundada por Nuestro Señor Jesucristo, supera en gran manera en dignidad a todas las sociedades humanas, por eso es justo que se sirva de una lengua no vulgar, sino llena de nobleza y majestad. Por otra parte dice el Papa que la lengua latina (a la cual llama con Pío XI “Lengua Católica”), estando consagrada por el constante uso que ha hecho de ella la Sede Apostólica ha de considerarse, como dice Pío XII, “Un tesoro de incomparable valor” y, según León XIII, es “una puerta que pone en contacto directo con las verdades cristianas transmitidas por la tradición y con los documentos de la enseñanza de la Iglesia”; es en fin un vínculo eficacísimo que liga asombrosamente el tiempo presente de la Iglesia con la Iglesia de ayer y de mañana.
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Destaca por último el Papa la eficacia formativa del latín: no hay nadie que pueda poner en duda la especial eficacia que tienen ya sea la lengua latina ya, en general, la cultura humanística en el desarrollo y la formación de las tiernas mentes de los jóvenes.
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Ella, pues, cultiva, madura, perfecciona las mejores facultades del espíritu: agudiza la mente, da el poder de juzgar, consolida las jóvenes inteligencias para que puedan abrazar y apreciar con exactitud cada cosa; y en fin enseña a pensar y hablar con sumo orden. Por todo esto, concluye el Papa, se comprenderá por qué tan frecuentemente los Romanos Pontífices han no sólo exaltado la importancia y la excelencia de la lengua latina sino que también han prescripto su estudio y uso a los ministros sagrados denunciando claramente los peligros que se derivan de su abandono:
“Son desgraciadamente muchos los que llevados en manera desproporcionada por el extraordinario progreso de las ciencias, quieren eliminar o reducir el estudio del latín y de otras disciplinas del mismo género. Pero justamente por esta misma necesidad creemos que hay que seguir el camino contrario: como lo que más se imprime en el alma es aquello que es más digno de la naturaleza y dignidad del hombre, se debe buscar con más ardor lo que ennoblece y adorna el alma, no sea que los pobres mortales, a semejanza de las máquinas que fabrican. queden fríos, duros y faltos de amor”.
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Por fin, en la segunda parte del documento el Papa dará normas concretas para lograr el deseado restablecimiento:
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1) Insta a los Obispos y superiores de Órdenes religiosas a que provean para que los estudiantes de sus seminarios o escuelas se muestren todos en este punto dóciles a la voluntad de la Sede Apostólica y se atengan escrupulosamente a estas prescripciones.
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2) Dice que los Obispos y superiores “velarán con paternal solicitud para que ninguno de sus subordinados, por afición a la novedad, se exprese en contra de la lengua latina, ya sea en la enseñanza de las ciencias sagradas, ya sea en los ritos sagrados, o bien para que, movidos por prejuicios, no atenúe la voluntad de la Sede Apostólica sobre ese punto o altere su sentido.
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3) Dispone que antes de comenzar los estudios propiamente eclesiásticos los as-pirantes al sacerdocio “sean con sumo cuidado instruidos en la lengua latina por profe-sores sumamente expertos, con método apto y por una congrua duración de tiempo” de modo que se evite que una vez llegados a las disciplinas superiores no puedan, por una cul-pable ignorancia del latín, comprenderlas plenamente. Lo mismo regirá para las vocaciones adultas. “Ninguno pues deberá ser admitido al estudio de las disciplinas filosóficas o teológicas si antes no ha estado plenamente instruido en esta lengua y no posea su uso”.
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4) Si en algún país el estudio de la lengua latina hubiera sufrido de algún modo disminuciones con daño de la verdadera y sólida formación por haber asimilado las escuelas eclesiásticas los programas de estudio de las públicas, quiere el Papa que sea allí enteramente restaurado el tradicional puesto reservado a la enseñanza de esta lengua; deben persuadirse todos que también en este punto es necesario tutelar escrupulosamente las exigencias propias de la formación de los futuros sacerdotes, no sólo en lo que mira al número y la calidad de las materias, sino también en lo que concierne al tiempo que ha de atribuirse a su enseñanza.
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5) Afirma que “las principales disciplinas sagradas, como ha sido mandado tantas veces, deben ser enseñadas en latín, lengua que, por el uso multisecular, sabemos que es muy apta para explicar con facilidad y singular claridad las más sutiles y difíciles nociones acerca de la naturaleza de las cosas; porque, además de ser, por largos siglos, enrique-cida con vocablos propios y bien definidos, utilizados para mantener íntegro el depósito de la fe católica, es asimismo muy eficaz para evitar la superflua verbosidad, Por esto quienes en la universidad o en los seminarios enseñan estas disciplinas están obligados a hablar en latín y a servirse de textos escritos en latín. De modo que si por ignorancia de la lengua latina. no pueden cumplir convenientemente estas prescripciones de la Santa Sede sean poco a poco substituidos por otros profesores más idóneos. Las dificultades que puedan venir de parte, ya sea de los alumnos, ya sea de los profesores, deben ser superadas tanto por la firme voluntad de los Obispos y superiores religiosos, como por la dócil y buena voluntad de los maestros.
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6) Para adecuar la lengua latina, “lengua viva de la Iglesia”, a las necesidades lingüisticas crecientes cada día y enriquecerla con nuevos vocablos propios controlando el ordenado desarrollo de la lengua, se crea el Pontificio Instituto Académico de la Lengua Latina. De éste dependerán escuelas de latín en las cuales se formarán aquellos destinados ya sea a enseñarlo en seminarios o colegios eclesiásticos, ya sea a escribir decretos, senten-cias y cartas en los dicasterios de la Santa Sede, en las Curias Episcopales y en las oficinas de las órdenes religiosas.
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7) Dada la estrecha ligazón que existe entre la lengua latina y la griega también deben los futuros ministros del altar ser instruidos en las escuelas inferiores y medias a fin de que, cuando estudien las disciplinas superiores (sobre todo si aspiran a los grados académicos en Sagrada Escritura y Teología) puedan acceder y comprender. no sólo las fuentes griegas de la Filosofia Escolástica, sino también los textos originales de la Sagrada Escritura, de la Liturgia y de los Santos Padres griegos.
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8) Se manda a la Congregación de los Estudios que prepare un Ordenamiento de los estudios en latín.
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9) Concluye finalmente el documento con estas solemnes palabras: “Cuanto hemos con esta constitución establecido, decretado, ordenado e intimado, queremos y mandamos con nuestra autoridad que quede todo definitivamente firme y sancionado y que ninguna otra prescripción, concesión o uso, aun digno de especial mención, tenga vigor en contra”.
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El único punto relacionado con el papel del latín en la Iglesia que no toca el Papa en la Constitución Apostólica es el del uso de la lengua latina en la Liturgia, pero el pensamiento Pontificio sobre este asunto había sido claramente explicitado poco tiempo antes en la Epístola Iucunda laudatio dirigida al Presidente del Pontificio Instituto de Música Sacra: “Nos complace sumamente el hecho de que en ese Instituto se cultive, con exquisita solicitud y con arreglo a las normas prescritas, el debido respeto dc la lengua latina en la liturgia solemne y que se asuma su defensa; esta lengua, en efecto, a más de los otros méritos que le son propios, indisolublemente ligada como se halla a las sagradas melodías de la Iglesia Romana, viene a ser un signo manifiesto y espléndido de unidad. Lengua augusta y venerable, maternal para los hijos de la Iglesia, por su misma índole se ajusta a las cadencias musicales, grave y armoniosa, modeladora en sus incorruptibles palabras de tesoros de verdad y de piedad, acogida en la Sagrada Liturgia en virtud de un uso legítimo e ininterrumpido, es necesario que en ella continúe ocupando el lugar soberano que le corresponde por muchos títulos ...” y aunque los cantos populares en lengua vulgar son fuente de no poca utilidad espiritual, “sin embargo constituirá siempre un sagra-do deber el que en la liturgia solemne, tanto de las más ilustres basílicas como de las más humildes iglesias del campo, la lengua latina haga valer su cetro real su noble imperio”. Poco tiempo después de publicada Veterum sapientia, la SAGRADA CONGREGACIÓN DE SEMINARIOS Y ESTUDIOS UNIVERSITARIOS da a conocer el ordenamiento pedido en el número 8) de su segunda parte. En este documento, que comienza con las palabras Sacrum latinae linguae depositum, habla de la restauración de esta lengua propia de la Iglesia y perpetuamente unida a su vida, en su antiguo lugar de gloria y honor, querida por el Papa, y advierte que no son pocas las dificultades y el trabajo que esta instauración tan importante y necesaria conlleva, dadas las circunstancias actuales y la infeliz condición en que habían caído los estudios y él uso de la lengua latina; sin embargo la vida y la fe cristiana nos enseñan a no ser vencidos por las dificultades, sino vencerlas cuando hay algo arduo pero noble y necesa-rio que alcanzar - At vero non difficultatibus vinci, sed eas vincere nos docet vita fidesque christiana, ubi ardui aliquid, sed nobile el necessarium, est assequendum … Nos enseña además la historia de la Iglesia que no hay remedio rápido a las dificultades en tanto que no se esté persuadido de su necesidad y no esté presente la voluntad pronta y dócil de todos (en especial de los sagrados ministros) de obtenerlo.
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Lo cual prueba abundantemente la misma vida de la lengua latina, pues estuvo postrada muchas veces, como oprimida por la iniquidad de los tiempos, pero nuevamente floreció, siempre renovada, al defenderla solícitamente y sostenerla esforzadamente la misma Iglesia en su totalidad como a un patrimonio común, santo y digno de veneración. Pudo ser instaurada muchas veces, cuando estaba aún más postrada que en nuestro tiempo: después de la barbarie merovingia, pudo serlo por Pepino y Carlomagno al clarear el siglo IX; pudo nuevamente, en el siglo XII, resurgir más alto aún y convertirse en un admirable vehículo de la Filosofía y la Teología; pudo, sobre todo en los siglos XV y XVI renacer y ser elevada con tal perfección que parecería que nos había sido devuelta la época de Cicerón y Augusto.
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Puede, por lo tanto, ser restaurada también ahora si se da el debido tiempo a este estudio y se le reservan las partes más importantes del plan de estudios, para que no quede sepultada y como sofocada por tantas materias que pululan en las escuelas públicas; si la manera de enseñar se aproxima más a aquella que nos transmitió la antigüedad, de tal modo que se disponga el uso de hablar y escribir en latín; si se designan para esta tarea maestros bien preparados, expertos en el conocimiento y uso de la lengua latina provistos de dotes pedagógicas, y hasta traídos de lugares distantes (como consta que fue hecho con frecuencia por los instauradores de la latinidad); si e1 ejercicio de la lengua latina continúa en privado y en cursos especiales también durante los estudios eclesiásticos superiores, y el uso de esta len-gua prescripto aquí se observa religiosamente; si se pone en enseñarla y aprenderla todo el cuidado, la habilidad, la alegría, que suelen y deben tenerse en las cosas de máxima importancia y valor; si, por fin, se mira al sumo bien de la Iglesia y se atiende a la cierta y firme voluntad de los Sumos Pontífices y se la sigue con obediencia pronta y el debido obsequio”. Muerto Juan XXIll, su sucesor Pablo VI en la carta apostólica Summi Dei verbum del 14-11-63 sobre la formación de los seminaristas insiste en que sin duda debe formar parte del patrimonio cultural del joven sacerdote un suficiente conocimiento de las diversas lenguas, en primer lugar de la latina, sobre todo si se trata de los sacerdotes de rito latino .
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Todas estas disposiciones, sin embargo, no tuvieron el acatamiento deseado. Entre otras cosas era evidente una gran dificultad: la escasez de maestros a la altura de la misión que había de encomendárseles. Por este motivo el Papa PABLO VI funda por e1 Motu proprio Studia Latinitatis del 22 de Febrero de 1964 el Pontificio Instituto de Alta Latinidad deseado por Juan XXllI en Veterum Sapientia II parte, nº 6 con el fin de que “sea un auxilio a la Sede Apostólica en todas aquellas cosas que parezcan ayudar eficazmente al incremento de la lengua latina en la Iglesia”. Dice allí: “Siempre fue firme convicción de los Sumos Pontífices que el estudio de la lengua latina y de las lenguas antiguas va indisolublemente unido a la instrucción y formación de los jóvenes encaminados al sacerdocio, y sobre este argumento han publicado importantes y graves documentos, tanto en el pasado como en nuestros días ... ” entre los que destaca la Constitución Veterum Sapientia.
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Poco después, durante el CONCILIO VATICANO II, cuya lengua oficial, por voluntad expresa del Sumo Pontífice, fue desde las sesiones preparatorias el latín, se vuelve a tratar el tema. En el decreto Optatam totius (28-10-65) sobre la formación sacerdotal, se dice: “Antes de que los seminaristas emprendan los estudios propiamente eclesiásticos deben poseer una formación humanística y científica semejante a la que necesitan los jóvenes de su nación para iniciar los estudios superiores, y deben, además, adquirir tal conocimiento de la lengua latina que puedan entender y usar las fuentes de tantas ciencias y los documentos de la Iglesia.
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Ha de tenerse como necesario en cada rito el estudio de la lengua litúrgica propia y debe comentarse el estudio de las lenguas de la Sagrada Escritura y la tradición”. Sin embargo, el tema más discutido durante las sesiones conciliares fue el del uso de esta lengua en la liturgia. Finalmente, el Concilio se expresa así en el texto definitivamente aprobado : “Se observará el uso de la lengua latina en los ritos latinos, salvo derecho particular” y, aunque se pueda dar cabida a la lengua vernácula , “procúrese, sin embargo, que los fieles sean capaces también de recitar o cantar juntos en latín las partes del ordinario de la Misa que les corresponde” .
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También aquí los documentos posteriores confirman y explicitan el uso litúrgico del latín. En la Instrucción general Inter Oecumenici del 26/9/64, para aplicar debidamente la Constitución Sacrosanctum Concilium, se dice que en la recitación del Oficio Divino los clérigos están obligados a usar la lengua latina a tenor de Sacrosanctum Concilium N. 100; el Ordinario puede dispensar de esta obligación para casos particulares en los que el uso de la lengua latina resulta un grave impedimento (considerada la condición física, moral, intelectual y espiritual del que la solicitc) para poder rezar debidamente el Oficio, sin pretender en modo alguno derogar la obligación que tiene todo sacerdote de rito latino de aprender la lengua latina. Es por eso que los Breviarios en lengua vulgar que utilicen aquellos que obtuvieron esta dispensa deberán tener, junto a la traducción vernácula, el texto latino .
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El 23 de Noviembre de 1965 la SAGRADA CONGREGACIÓN DE RITOS dio a conocer la instrucción In edicendis normis acerca de la lengua a usarse en el Oficio divino y la misa conventual. En ella se dice que el Concilio tuvo presente, al establecer las normas que se refieren a esto, por una parte, la necesidad de asegurar la tradición secular de la Iglesia latina, por otra, el promover el bien espiritual de los que participan en ella. Por esto, las religiones clericales con obligación a coro deberán usar la lengua latina con la única concesión de usar la lengua vernácula a los monasterios de tierra de misión constituidos por mayoría de miembros autóctonos. Se concede también en las congregaciones clericales sin obligación de coro, para aquellas partes del oficio a las que, por constituciones, están obligados a asistir los religiosos laicos; las comunidades que están destinadas al servicio de una parroquia, santuario, o Iglesia muy frecuentada, aunque sean obligadas a coro, pueden obtener la misma dispensa, para las partes del oficio que celebren con asistencia del pueblo.
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También las monjas pueden alcanzar esta concesión, aunque se recomienda que, en aquellos monasterios en que el oficio se suele celebrar solemnemente con canto gregoriano, se esfuercen en mantener la lengua latina. E1 mismo criterio se usará en lo que respecta a la misa conventual: obligación de mantener el latín para las religiones clericales obligadas a coro (con la posibilidad de hacer las lecturas en lengua vulgar) y concesiones por motivos pastorales (parroquias, santuarios, casa de monjas, etc.) . En el documento Doctrina et exemplo sobre la formación litúrgica de los seminaristas (25-12-65) se dice que la lengua de la liturgia, misa y oficio, en los seminarios será la latina cuyo conocimiento es requerido a todos los clérigos y que la lengua vernácula se utilice en determinados días (aproximadamente una vez por semana) como preparación al ministerio futuro, pero este uso nunca deberá convertirse en norma general, en detrimento de la lengua latina.
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“Porque la Iglesia al conceder el uso de la lengua vernácula, no quiere que los clérigos se crean exentos de acudir a las fuentes mismas ni que descuiden en su preparación al sacerdocio, ni un poco siquiera, la lengua común de la Iglesia latina”. Sin embargo, en esos años se produce un movimiento tendiente a suprimir to-talmente el latín de la liturgia, aun entre los religiosos; es por esto que PABLO VI escribe el 15 de Agosto de 1966 la carta apostólica Sacrificium laudis a los superiores generales de los religiosos obligados a coro . Ante corrientes de pensamiento surgidas entre los religiosos que desean la lengua popular en el oficio coral o quieren substituir el canto gregoriano con melodías compuestas en nuestros días o, lo que es aún más, que en algunos casos han pedido que se suprima la lengua latina, dice el Papa: “Debemos confesar que Nos estamos profundamente conmovidos y no poco entristecidos a causa de estas peticiones y nos preguntamos de dónde ha brotado y por qué motivo se ha propagado tal modo de pensar y tal menosprecio, antes desconocido”.
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Dice el Papa que luego de que el Concilio se expidió sobre el tema meditate ac solemniter, y esto fue confirmado por las instrucciones posteriores; estas dis-posiciones reclaman una obediencia que se espera de un modo especial de los religiosos. Recomienda también el Papa que no sólo se conserve en el oficio la lengua latina “verdaderamente digna de ser mantenida animosamente, siendo como es en la Iglesia latina fuente ubérrima de cultura humana y tesoro riquísimo de piedad” sino que también se conserven la belleza, hermosura y vigor de los cantos y oraciones, instando a los religiosos a conservar la herencia recibida de los fundadores, maestros y santos: “no se han de tener en poca estima las instituciones de los antepasados, que han sido vuestro adorno durante largos siglos”.
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En caso de perderse este tesoro es de temer que el oficio coral se reduzca a cierta desaliñada recitación, de tal modo que quien lo recite sentirá que adolece de pobreza y atedia. “Existe, asimismo, continúa el Papa, la cuestión de si esos hombres, deseosos de saborear las preces sagradas, acudirían en número tan elevado a vuestros templos en caso de que en ellos no resonase ya más la lengua antigua y original de aquéllas, unida al canto lleno de gravedad y belleza” y pide a todos a quienes incumbe que ponderen qué cosas desean abandonar y “que no dejen secarse la fuente de la que hasta el presente han bebido copiosamente”.
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Por otra parte, el Papa reconoce que la lengua latina opone a los novicios una no pequeña dificultad, pero ésta no es tal que no pueda ser vencida y superada, en especial por los religiosos, que, más alejados de los afanes y estrépito del siglo, pueden dedicarse con mayor entrega a las letras.
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"Por lo demás, agrega, aquellas preces, impregnadas de grandeza antigua y noble majestuosidad, seguirán atrayendo hacia vosotros a los jóvenes llamados a la herencia del Señor; y, al contrario, el coro de donde sean desterrados aquel lenguaje que sobrepasa las fronteras de las naciones y goza de una admirable fuerza espiritual, y el canto brotado del lugar más profundo del alma, allí donde se asienta la fe y arde la caridad (es decir, el canto gregoriano), será semejante a un cirio apagado, que no alumbra ya más, que ya no atrae más hacia sí los ojos y las mentes de los hombres”. Es por todo esto que el Papa no puede acceder al pedido que le han hecho puesto que “causaría entre los religiosos no pequeño detrimento y ciertamente causaría a toda la Iglesia de Dios malestar y tristeza”.
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“Dejad que Nos, les dice, aun en contra de vuestra voluntad, defendamos vuestros intereses”.
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Concluye por fin diciendo que los religiosos tienen el mandato de conservar la dignidad transmitida, la belleza y la gravedad del oficio coral, ya en cuanto a la lengua, ya en cuanto a1 canto, y este mandato lo da la misma Iglesia que, atendiendo a uti1idades pastorales, en favor del pueblo que desconoce el latín, ha introducido en la sagrada liturgia el uso de la lengua popular.
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“Todo esto -dice- no proviene pues de un amor exagerado a las costumbres antiguas sino que está propuesto por el amor paternal hacia los mismos religiosos y por el cuidado del culto divino”.
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Poco tiempo después, en el rescripto Reverendissime Pater, de la Sagrada Congregación de religiosos e institutos seculares, dirigido al Ministro general de los capuchinos del 20 de Septiembre de 1967, se dice: “Los monasterios y los Institutos religiosos que cumplen estas normas (se refiere a la Socrosanctum concilium, la instrucción In edicendis, y la carta Sacrificium Laudis) y cultivan el canto propio de la Iglesia romana, deben ser grandemente alabados y afianzados vehementemente en su propósito” y agrega: “con el fin de que se conserve incólume tan precioso patrimonio de la Iglesia, como es el de la oración litúrgica, es muy de desear que las comunidades religiosas que hubieren obtenido la concesión para recitar el Oficio divino en lengua popular empleen la lengua latina para celebrar en canto gregoriano el mismo oficio divino”.
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En la audiencia general del 26 de Noviembre de 1969, pocos días antes de comenzarse a usar el nuevo rito de la misa, en lengua vernácula, dice: “Para quienes perciben la belleza, la fuerza, la sacralidad expresiva del latín, su substitución por la lengua vulgar supondrá ciertamente un sacrificio grande.
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Perderemos, de ese modo, el lenguaje de los siglos cristianos, nos convertimos en intrusos y profanos en el recinto literario de la expresión sagrada, perderemos incluso gran parte del estupendo e incomparable tesoro artístico y espiritual que es el canto gregoriano ... De todos modos el nuevo rito de la misa establece que los fieles “sepan cantar juntos, en latín, al menos las partes del ordinario de la Misa, y especialmente el símbolo de la fe y la oración. del Señor o Padrenuestro” (N. 19); además el latín seguirá siendo la noble lengua de los actos oficiales de la Sede Apostólica; permanecerá -y si es posible con mayor esplendor- como instrumento escolástico de los estudios eclesiásticos y como la puerta de entrada al patrimonio de nuestra cultura religiosa, histórica y humanística”.
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En el nuevo oficio, promulgado en el año 1.970, aparecen 42 nuevos himnos latinos, especialmente compuestos por una comisión de latinistas presidida por el Padre Anselmo Lentini O.S.B., que conservan el estilo de los antiguos himnos del Breviario y muestran que la lengua latina aún puede dar frutos literarios dignos. Pero el Papa no sólo se preocupa del aspecto litúrgico, sino de la conservación de las humanidades en general; el 16 de Abril de 1966 dirige un discurso a los miembros del Congreso Internacional para la promoción de la lengua y las letras latinas organizado por el Instituto para la promoción de estudios romanos.
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En él dice que, aunque el Concilio Vaticano II concedió también el uso de las lenguas vernáculas en los Ritos de la Sagrada Liturgia por motivos pastorales, sin embargo la Iglesia en tanto que es latina y romana, conserva la lengua latina como su lengua oficial, sustenta su uso y lo promueve con provechosas iniciativas, prueba de lo cual es la fundación del Instituto de alta latinidad pocos años atrás, felicita a los participantes por defender con ahínco el esplendor de esa lengua y por luchar por su difusión, pues “es una lengua nobilísima y armoniosa, rica y enemiga de la futilidad, afable y vehemente, perfectamente idónea para esculpir lo verdadero y lo justo, llena de hermosura, reina que se manifiesta en su porte, madre hermosísima de hermosas hijas que se ignoran a sí mismas cuando ella es ignorada y que exhibe ejemplares de obras expresadas con sus formas “dignas de ser untadas con aceite de cedro y conservadas con bruñido ciprés” como decía el poeta Horacio”.
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Después de decir que: “Podemos sacar del emporio latino cosas sapientísimas, bellísimas y espléndidamente escritas, ya pertenecientes a autores profanos, ya a autores sagrados (Padres y Doctores de la Iglesia latina)” se pregunta “¿Hemos de esperar que la lengua latina conserve y amplifique sus anteriores posesiones, y hacia allí dirigir nuestro obrar?” contestando en seguida: “Esto está en los deseos de muchos en expectación de los cuales se pueden traer los versos (u oráculos) de Virgilio para apresurar lo que desean: “les di un imperio sin fin ... con un idioma los haré a todos latinos”.
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Esta preocupación por la conservación de las humanidades clásicas se observa también cuando, en Enero de 1970, al recibir al Alcalde de Roma, reprocha al Estado Italiano la abolición del latín en las escuelas secundarias a la cual califica de “una ofensa a Roma y una autolesión de la civilidad romana" (un'offesa a Roma e un'autolesione della civiltà romana).
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Años más tarde, vista la necesidad de conservar y promover la lengua latina en muchos aspectos que hacen al cultivo de la piedad y la inteligencia, crea en 1976 la Fundación “Latinitas” que tiene como fin favorecer y custodiar todas las iniciativas públicas y privadas destinadas a promover el uso de la lengua latina entre hombres de diversas lenguas, tanto para redactar escritos como para la comprensión de la más alta doctrina, en especial en lo que respecta a la cultura eclesiástica en las universidades católicas y seminarios como el estudio de las letras latinas clásicas y medievales, todo esto mediante la edición de periódicos, organización de certámenes, el cuidado de la preparación, impresión y divulgación de libros con textos de los más eminentes autores, la preparación de textos didácticos, la edición de libros escritos en latín, la organización de cursos.
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En el Quirógrafo “Romani Sermones” por el cual se constituye la fundación dice el Papa: “Esta Sede Apostólica no ha dejado en ningún momento de mirar y acrecentar la eminencia y el uso de la lengua latina, puesto que, aunque sometida a algunas mutaciones -lo cual está ínsito en la naturaleza de cualquier lengua- estuvo en vigor en ella desde los más remotos tiempos de la Iglesia a través del curso de los siglos hasta hoy sin intermisión. Y, aunque después del Concilio Vaticano II se introdujeron, por utilidad pastoral, las lenguas vulgares en la Sagrada Liturgia, sin embargo no pocos aspectos del cultivo de la piedad y el ingenio permanecen aún, en especial en lo que respecta a la Iglesia, en los que la lengua latina ha de ser observada y promovida” .
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El Papa JUAN PABLO I, si bien no llegó a hablar específicamente de este tema en su brevísimo pontificado, inició la homilía de la Misa del comienzo de su ministerio con una reflexión y saludo a toda la Iglesia de casi una página, en latín, comenzando con las palabras In hac sacra celebratione y luego explicó al pueblo que había querido comenzar en latín “porque -como bien es sabido- es la lengua oficial de la Iglesia cuya universalidad y unidad expresa de manera palmaria y eficaz” .
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JUAN PABLO II, por su parte, a poco de asumir el pontificado , pronuncia un discurso a los participantcs del XXI Certamen Vaticanum organiozado por la Fundación “Latinitas” recientemente creada, y en él dice: "Nadie ignora que estos tiempos favorecen menos los estudios latinos, puesto que los hombres actuales son más propensos a las artes técnicas y dan más importancia a las lenguas vulgares. Sin embargo no queremos apartarnos de los importantes documentos de nuestros predecesores, que pusieron de relieve muchas veces la importancia del latín, también en esta época, principalmente en lo que a la Iglesia se refiere.
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Porque el latín es una lengua universal que traspasa las fronteras de las naciones, y tan importante, que la Sede Apostólica todavía la utiliza constantemente en las cartas y docu-mentos que conciernen a toda la familia católica. "Hay que tener en cuenta, además, que las fuentes de las ciencias eclesiásticas en su mayor parte están escritas en latín. ¿Y qué decir de las preclaras obras de los Padres y de otros escritores de gran renombre que utilizaron esta misma lengua? No puede juzgarse poseedor de verdadera ciencia quien no comprende la lengua de estos escritos y sólo puede valerse de traducciones (si es que las hay) que rara vez ofrecen el sentido pleno del texto original”.
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Más adelante, dirigiéndose a los jóvenes, dice que “en estos tiempos en que los estudios de latín y humanidades están poco valorados en muchas partes conviene que reciban gozosos este patrimonio del latín, que tanto estima la Iglesia y lo hagan fructificar activamente” y que el axioma de Cicerón “no es tan admirable saber latín como vergonzoso ignorarlo” en cierto modo se refiere a ellos. Exhorta finalmente a los socios de la Fundación a “proseguir el noble trabajo y a levantar la antorcha del latín” despidiéndose en estos términos: “el sucesor de San Pedro en el supremo ministerio apostólico desea mucho éxito a vuestra empresa, está con vosotros y os alienta”.
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Un año más tarde, el 26-11-79, vuelve a dirigirse a los participantes del Certamen Vaticanum saludándolos con estas palabras: “Os saludo a vosotros, que en estos tiempos guardáis solícitamente el fuego de la latinidad, lo cultiváis hábilmente y lo defendéis con intrepidez. Sabed que os sigo con agrado y benevolencia a vosotros y a vuestro trabajo”.
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A continuación cita una de las normas que recientemente había dado la Sagrada Congregación para la Educación Católica según el artículo 10 de la Constitución Apostólica Sapientia christiana:
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“En las facultades de ciencias sagradas se requiere un conocimiento suficiente de la lengua latina para que los alumnos puedan comprender y utilizar las fuentes de tales ciencias y los documentos de la Iglesia” , por lo tanto, agrega el Papa, quienes acceden a los centros de estudios eclesiásticos superiores “si no han completado antes los cursos de lengua latina, conviene que la aprendan”.
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Al comentar luego que la fundación Latinitas se propone “promover el estudio y el uso de la lengua latina” dice que se plantea la cuestión de “si la lengua latina -a la que muchos consideran ya ajena a las costumbres de los hombres, como lengua ciertamente antigua y, como dicen, muerta- todavía puede estar vigente en realidad”. Y responde que “la Iglesia latina, aunque por utilidad pastoral haya introducido en la liturgia también las lenguas vernáculas, sin embargo, no se aparta del principio de que su propia lengua es la latina ”, hace notar también que los documentos más importantes de la Sede Apostólica continúan escribiéndose en esa lengua.
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También hace referencia a un tema ya tratado por los Pontífices anteriores: el de la necesidad de adaptación de la lengua latina a tantas nociones y tantos inven-tos que se utilizan en esta época, y dice que, tomando como ejemplo el uso de toda la Edad Media, y aun después, cuando era común el uso de la lengua latina en las escuelas para escribir libros o celebrar actos públicos y esta lengua se acomodaba para significar cosas nuevas o se enriquecía con nuevas palabras: “si en nuestros tiempos queremos que vuelva a florecer la lengua latina, no sólo como ejercicio privado de los eruditos, sino también y sobre todo, aunque con límites reducidos, en el uso de hombres cultos por su saber, y así resulte un cierto vínculo de unidad, con-viene que se la convierta en instrumento apto para explicar todo aquello que nuestros contemporáneos conciben en su pensamiento, sienten en su interior, realizan con sus obras”.
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Cita a continuación las palabras que al respecto dijera Pablo VI en la alocu-ción ya citada del 16-4-66 y dice a los presentes: “He aquí un campo ampliamente abierto a vuestra actividad. Ciertamente, he sabido que ya habéis acometido esta empresa … Deseamos, pues, que no se quede en mero proyecto”. Por fin concluye con esta exhortación: “¡Sed animosos e ingeniosos! ¡Cultivad diligentemente y promoved por todas partes, con iniciativas bien pensadas, la lengua latina, insigne por su majestad y concisión romanas, como idónea para esculpir lo verdadero y lo recto y que impulsa a pensar con agudeza y lógica! Esforzáos, siguiendo las normas de tos antiguos, por hablar y escribir en latín siempre clara y perfectamente y hasta, cuando la ocasión lo requiera, con elegancia y en verso”.
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El 3-6-79 LA SAGRADA CONGREGACIÓN PARA LA EDUCACION CATÓLICA había dado a conocer la instrucción In ecclesiasticam futurorum sobre la formación litúr-gica en los seminarios, en cuyo punto 19 se dice: “Es particularmente úti1 a los alumnos la familiaridad con la lengua latina y con el canto gregoriano. Ciertamente no sólo debe ser conservada para los fieles esta posibilidad de orar y cantar en co-mún en las grandes reuniones prevista por el Concilio Vaticano II, sino que además es conveniente que los futuros sacerdotes se arraiguen más profundamente en la tradición orante de la Iglesia y también que conozcan el sentido genuino de los textos, y por ello expliquen las interpretaciones vernáculas, confrontándolas con el texto original” .
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Pocos meses después esa misma Congregación, en su carta The document del 6-1-80 sobre la formación espiritual en los seminarios, recomienda que se haga comprender a los futuros sacerdotes la gravedad del peligro de la exclusión total del latín de la liturgia, desaparición que no queda sin consecuencias pastorales pues el paso inmoderado de revestir a la palabra de Dios con la palabra de todos los días puede hacer que se la confunda con una “palabra de hombres”. Al poco tiempo el Papa en la encíclica Dominicae Cenae de1 24-2-80 sobre la Eucaristía, se refiere a quienes sienten la falta de esta “lengua una”, que ha sido en todo el mundo un signo de la unidad de la Iglesia y por su índole lleno de dignidad ha suscitado un alto sentido del misterio eucarístico.
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No sólo es necesario tener comprensión sino también respeto hacia estos sentimientos y deseos y en lo posible hay que satisfacerlos. La Iglesia Romana -concluye el Papa- tiene una especial obli-gación para con la lengua latina".
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También en el Pontificado de JUAN PABLO II se concluyeron los trabajos de la “neovulgata” que es el texto oficial de la Biblia, se la declara “edición típica” y se la promulga el 25 de Abril de 1979 Scripturarum Thesaurus, este texto latino será e.l punto de referencia para las traducciones y la fuente para los estudios bíblicos. Por último debemos mencionar también el nuevo Código de Derecho Canónico que se promulga en 1981, y que habla en dos cánones del estudio del latín y de su uso litúrgico respectivamente: “Ha de proveerse con ese plan de formación sacerdotal a que los alumnos no solo sean instruidos cuidadosamente en su lengua propia, sino a que dominen la lengua latina y adquieran también aquel conocimiento conveniente de otros idiomas que resulte necesario o útil para su formación o para el ministerio pastoral” (Canon 249). “La celebración eucarística hágase en lengua latina o en otra lengua con tal que los textos litúrgicos hayan sido legítimamente aprobados” (Canon 928).
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Aunque pueda parecer muy extensa y abrumadora la lista de citas del Magisterio que acabamos de dar, nos pareció importante no desfigurar la importancia que los mismos Sumos Pontífices han dado a la conservación del estudio y uso de la lengua latina. Este tema, lejos de haber pasado a segundo plano en los últimos años, es objeto de reiteradas menciones en el Magisterio actual. Si en cien años, de Pío IX a Pío XII, pudimos mencionar una veintena de referencias, en los últimos treinta años, de JUAN XXIII A JUAN PABLO II, hay más de treinta y cinco.
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Se fundaron además en este lapso dos instituciones para promover el estudio de la lengua latina. Podemos resumir la temática de las intervenciones magisteriales citadas en cuatro aspectos: el valor intrínseco de esta lengua por su belleza y prestancia, su aptitud para ser la lengua del magisterio por su precisión, claridad y universalidad, su importancia formativa, sobre todo en la preparación de los futuros sacerdotes, no sólo en lo que hace a la formación de la inteligencia, sino como condición para el acceso a las fuentes eclesiásticas, y en general para la formación cultural humana; y por último su uso en la liturgia, puesto que se repite insistentemente que sigue siendo la lengua litúrgica que debería conservarse en seminarios, monasterios y casas religiosas, aunque por razones pastorales (y advirtiendo la gran pérdida que ello significa), se permita el uso de lenguas vernáculas en misas con pueblo.
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De tal modo que no sólo no está prohibido su empleo, sino que antes bien se advierten los peligros de su ausencia y se recomienda un uso, por lo menos mínimo, por parte de los fieles. Sin embargo los frutos de todo este esfuerzo han sido prácticamente nulos, la respuesta fue, en el mejor de los casos, tibia; no se acataron las disposiciones con la prontitud y entusiasmo requeridos, faltando con frecuencia la obediencia pronta que se pedía. En un momento en el que en algunos países comienzan a ser revalorados el estudio del latín y del griego aun en la escuela media , la restauración de los estudios clásicos, deseada y emprendida por JUAN XIII y nunca retractada por los Papas posteriores, está aún pendiente.
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Fuente del artículo, la página de nuestro amigo:
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Fuente de las fotografías:
La Santa Misa que celebró nuestro querido amigo, que ya lo he citado en el post anterior de la liturgia dominicana, el Padre Diaz en Bella Vista, Buenos Aires.
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+ Clara de Asís +