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domingo, 21 de diciembre de 2008

Fue concebido por obra del Espíritu Santo y nació de Santa María Virgen

"Aparecerá la gloria del Señor,
y verá toda la humanidad la salvación de nuestro Dios"
(Isaías 40)


En el Catecismo mayor, se recomienda para hacer en Navidad para conformarnos con las intenciones de la Santa Iglesia lo siguiente:

En primer lugar, prepararnos la víspera con un recogimiento mayor que de costumbre; asimismo, procurar gran pureza por medio de una buena confesión y vivos deseos de recibir al Señor.
En tercer lugar, asistir, si nos es posible, a los divinos oficios de la noche anterior y a las tres Misas, meditando el misterio que se celebra.
Por último, emplear ese día, cuanto nos sea posible, en obras de cristiana piedad.

Queda en los lectores llevar a cabo lo antedicho, no obstante, es nuestra intención apuntar algunas enseñanzas del Doctor Angélico para que nos ayuden en la difícil tarea de meditar este hecho admirable.

Qui conceptus est de Spiritu Sancto, natus ex Maria Virgine


Santo Tomás nos menciona: "el cristiano debe creer en el Hijo de Dios, pero ello no basta, también es menester que crea en su Encarnación" (Credo Comentado, artículo 3)

Para que podamos entender algo de este misterio, nos propone dos ejemplos:

“Es indudable que nada es tan parecido al Hijo de Dios como el verbo que nuestra inteligencia concibe sin proferirlo por los labios.

Ahora bien, nadie conoce al verbo mientras permanece en la inteligencia del hombre si no es aquél que lo concibe; pero en el momento en que nuestra lengua lo profiere es conocido por los que lo oyen.

Así el Verbo de Dios, mientras permanecía en la mente del Padre, era conocido solamente de su Padre; pero una vez que se revistió de carne, como el verbo del hombre se reviste con el sonido de la voz, entonces por vez primera se manifestó y fue conocido, según dice Baruc: “Después se dejó ver en la tierra y conversó con los hombres "(3, 38)

He aquí el segundo ejemplo. Conocemos por el oído el verbo proferido por la voz, y sin embargo no lo vemos ni tocamos; pero si lo escribimos sobre un papel, entonces, podemos verlo y tocarlo.

Así el Verbo de Dios se hizo visible y tangible cuando fue escrito en nuestra carne; y así como al papel en el que está escrito el verbo del rey, se lo llama verbo del rey, así también el hombre al cual se unió el Verbo de Dios es una sola persona, se llama Hijo de Dios. Recordemos las palabras del Señor a Isaías: Toma un pergamino grande, y escribe en él con pluma de hombre (Is. 8, 1). Por eso los santos Apóstoles pusieron en el Credo: “Que fue concebido por obra del Espíritu Santo, nació de Santa María Virgen”.


Errores


Siguiendo con las mismas instrucciones del Aquinate, que se desprenden de “El Credo comentado”, podemos decir que muchos son los que erraron en relación con esta doctrina.
Ante esta situación, los Santos Padres, en el Símbolo del Concilio de Nicea, agregaron numerosas precisiones, alcanzando con esto que todos estos errores estén ahora destruidos.

* Qui propter nos homines et propter nostram salutem

“Orígenes dijo que Cristo nació y vino al mundo para salvar también a los demonios, y que todos los demonios serían salvados al fin del mundo.

Pero eso se opone a la Sagrada Escritura: (…) “Apartaos de mí, malditos, al fuego eterno, que fue destinado para el diablo y sus ángeles." (Mt 25, 41)

Por lo que para rechazar este error, se agrega en el Credo: “Que por nosotros los hombres (no los demonios) y por nuestra salvación” nació Jesús de la Virgen María. En lo cual aparece mejor el amor que Dios nos tiene”.

* Descendit de caelis

“Fotino, aún cuando aceptaba que Cristo hubiera nacido de la Santísima Virgen, agregó sin embargo que fue un simple hombre, que por su vida virtuosa y por su cumplimiento de la voluntad de Dios, mereció llegar a ser hijo de Dios, como los demás santos.

Pero a este error se oponen las palabras mismas de Jesús: He descendido del cielo, no para hacer mi voluntad, sino la voluntad del que me ha enviado (Jo. 6, 38)

Es obvio que no hubiese descendido si allí no hubiese estado; y si hubiera sido un simple hombre, no hubiera estado en el cielo.

Para rechazar este error los Padres agregaron a su Credo: “Bajó del cielo

* Et incarnatus est

“Manes, por su parte, dijo que ciertamente el Hijo de Dios existió siempre y que bajó del cielo, pero que su carne no es una carne verdadera sino aparente. Lo cual es falso.

En efecto, no convenía que el Maestro de la verdad tuviese alguna falsedad; y por lo mismo, puesto que se mostró con una verdadera carne, verdaderamente la tuvo.

Por eso dijo el Señor a sus Apóstoles: Palpadme y ved que un espíritu no tiene carne ni hueso como veis que Yo tengo. (Lc 24, 39)

Para suprimir el error maniqueo los Padres agregaron en su Símbolo: “Y se encarnó”.

* De Spiritu Sancto

“Ebión, que fue de origen judío, dijo que Cristo nació de la Santísima Virgen, pero que ésta lo concibió por su unión con un hombre y gracias a un semen viril.

Falsa afirmación, también ésta, porque el ángel dijo a San José: “Lo que se ha engendrado en María viene del Espíritu Santo" (Mt. 1, 20).

Para descartar este error los Santos Padres agregaron que Jesús fue concebido “por obra del Espíritu Santo”

* Natus ex Maria Virgine

Valentino, por su parte, confesó que Cristo fue concebido del Espíritu Santo, pero entendiendo que el Espíritu Santo había traído del cielo un cuerpo celeste y lo había depositado en la Santísima Virgen, y que éste fue el cuerpo de Cristo; de modo, que ninguna otra cosa hizo la Santísima Virgen, fuera de ser el receptáculo de ese cuerpo, asegurando que dicho cuerpo pasó por la Santísima Virgen como por un acueducto.

Pero esto es falso, porque el ángel le dijo a ella: “El Santo que nacerá de ti será llamado Hijo de Dios" (Lc. 1, 35); y el Apóstol dice: "Cuando llegó la plenitud de los tiempos, envió Dios a su Hijo, formado de una mujer" (Gal. 4, 4)
Y por eso agregaron en el Credo: “Nació de Santa María Virgen

* Et homo factus est

“Arrio y Apolinar dijeron que si bien Cristo fue ciertamente el Verbo de Dios y nació de la Virgen María, con todo no tuvo alma, sino que en Él la divinidad hizo las veces de alma.

Pero esto es contra la Escritura, porque Cristo dijo: Ahora mi alma se ha conturbado (Jo. 12,27); y también: triste está mi alma hasta la muerte (Mt 26, 38)

Para destruir este nuevo error los Santos Padres agregaron en el Credo. “Y se hizo hombre”.

El hombre, en efecto, está compuesto de alma y de cuerpo; y Jesús tuvo con plena verdad todo lo que el hombre puede tener, con excepción del pecado.

Por las palabras “Cristo se hizo hombre”, quedan refutados todos los errores arriba enunciados y todos cuantos pudieran aparecer; y principalmente el error de Eutiques (378-454. Abad de monasterio de Constantinopla), el cual enseñaba que en Cristo se había dado una mezcla de la naturaleza divina y de la naturaleza humana, de tal suerte que resultara en Cristo una sola naturaleza, la cual no sería ni puramente divina ni puramente humana. Esto es falso, porque entonces Cristo no sería hombre. Contra el error se dijo: “Se hizo hombre”.


Consecuencias


Santo Tomás también nos expone algunas consecuencias de este misterio para nuestra instrucción.

En primer lugar, se confirma nuestra fe.

En efecto, si alguien nos contase cosas de una tierra remota a la que jamás hubiese ido, no le daríamos igual crédito que si allí hubiese estado.

Ahora bien, antes que Cristo viniese al mundo, los Patriarcas, los Profetas y Juan Bautista dijeron algunas cosas acerca de Dios, y sin embargo no les creyeron los hombres tanto como a Cristo, que estuvo con Dios, más aún, que era uno con Él.

Por eso nuestra fe, que nos la transmitió el mismo Cristo, es muy firme.

A Dios nadie le ha visto jamás – decía San Juan - : El Hijo único que está en el seno del Padre, Él mismo lo ha revelado (Jo. 1, 18)

De aquí resulta que muchos secretos de la fe, que antes estaban ocultos, se nos han hecho manifiestos después de la venida de Cristo.

En segundo lugar, se eleva nuestra esperanza. Porque está fuera de duda que el Hijo de Dios, al asumir nuestra carne, no vino a nosotros por un asunto de poca importancia, sino para algo que nos reportaría gran utilidad.

En efecto, realizó una especie de intercambio, a saber, tomó de nosotros un cuerpo con un alma y se dignó nacer de la Virgen, de modo que pudiese hacernos el don de su divinidad; y así se hizo hombre para que el hombre se hiciera Dios.

Decía San Pablo: Por Cristo hemos obtenido, mediante la fe, el acceso a esta gracia, en la que permanecemos firmes y nos gloriamos esperando la gloria de los hijos de Dios. (Rom 5, 2)

En tercer lugar, se enciende la caridad. Porque el hecho de que Dios, creador de todas las cosas, se haya hecho criatura, que el Señor nuestro se haya hecho nuestro hermano, que el Hijo de Dios se haya hecho el hijo del hombre, es la prueba más evidente de la divina caridad.

Tanto amó Dios al mundo – dice San Juan – que le dio a su Hijo unigénito. ( 3, 16)

Considerando esta verdad, nuestro amor a Dios debe volver a encenderse e inflamarse.

En cuarto lugar, nos sentimos inclinados a conservar pura nuestra alma.

En efecto, nuestra naturaleza ha sido tan ennoblecida y exaltada por la unión con Dios, que ha sido elevada al consorcio con una persona divina.

Por eso el ángel, después de la Encarnación, no pudo sufrir que San Juan lo venerara postrándose delante de él, cosa que anteriormente les había permitido, incluso a los más grandes de los Patriarcas.
También el hombre, recordando la exaltación de su naturaleza, y meditando sobre ella, debe cuidar de no mancharse ni de manchar su naturaleza con el pecado.
Así lo enseña San Pedro: Por Cristo nos ha dado Dios las grandes y preciosas gracias que había prometido, para que por ellas nos hagamos consortes de la divina naturaleza, huyendo de la corrupción de la concupiscencia que hay en el mundo. (2 Pe. 1, 4)

En quinto lugar, se inflama nuestro deseo de llegar a Cristo.

En efecto, si alguien tuviese por hermano a un rey y estuviese alejado de él, ¿Acaso no desearía llegarse hasta él, y con él estar y permanecer? Además, siendo Cristo nuestro hermano, debemos desear estar con Él y unirnos a Él. Cristo dijo a sus discípulos: Donde estuviere el cuerpo, allí se juntarán las águilas (Mt 24, 28) Por eso el Apóstol deseaba morir y estar con Cristo.

Nosotros también si meditamos el misterio de la Encarnación, sentiremos crecer en nuestro corazón el deseo de partir para estar con el Señor.


Roguémosle al Señor que nos conceda que gozándonos de participar en los misterios de la Natividad de Nuestro Señor Jesucristo merezcamos por una santa vida, llegar a la perfecta unión con Él que vive y reina por los siglos de los siglos. Amén.