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martes, 24 de agosto de 2010

Una hermosa fotografía de los Franciscanos de la Inmaculada celebrando la Santa Misa según la forma extraordinaria

Una hermosa fotografía llega hasta nuestra redacción en la que se muestra a cuatro sacerdotes de la orden de los Fransciscanos de María, celebrando simultáneamente cuatro Misas diferentes en los altares laterales de una de sus capillas acompañados por un acólito cada uno y según la forma extraordinaria del Rito Romano, de acuerdo con la promulgación del Motu ProprioSummorum Pontificum de Benedicto XVI.

Quizá a algunos les pueda resultar llamativa la imagen y otros puede que hasta la critiquen con su silencio. A nosotros, desde luego, y desde el punto de vista teológico nos parece que ésta muestra y enseña algo que es muy importante y que muchos han olvidado: que la Santa Misa es la renovación incruenta del sacrificio de Jesucristo en el Calvario. Que la Misa no necesita de público, que su valor es infinito. Que allí donde hay un sacerdote celebrándola está toda la Iglesia, que nunca celebran solos. Que una Misa contiene en sí misma todas las gracias necesarias para la humanidad. Que una sóla Misa es el Cielo en la tierra.

Hacemos, pues, un llamamiento a todos los sacerdotes (especialmente a aquellos que renuncian a este título y se hacen llamar sólo "presbíteros") a que reaviven el carisma recibido por la imposición de las manos para que recuperen la piedad eucarística, que traten con profundo amor y máxima delicadeza a Jesús sacramentado, verdadera riqueza y tesoro de la Iglesia que camina por este mundo. Cada gesto y detalle son muestra de cómo los católicos veneramos al mismo Dios, que se hizo carne y que decidió quedarse a habitar en el tabernáculo hecho un trozo de pan por amor a los hombres: "Yo quisiera Señor recibiros con aquella pureza, humildad y devoción con que os recibió vuestra Santísima Madre, con el espíritu y fervor de los santos".