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jueves, 30 de junio de 2011

CARTA ENCÍCLICA MISERENTISSIMUS REDEMPTOR

 

CARTA ENCÍCLICA
MISERENTISSIMUS REDEMPTOR
DEL SUMO PONTÍFICE
PÍO XI
SOBRE LA EXPIACIÓN QUE TODOS DEBEN
AL SAGRADO CORAZÓN DE JESÚS

INTRODUCCIÓN

Aparición de Jesús a Santa Margarita María de Alacoque

1. Nuestro Misericordiosísimo Redentor, después de conquistar la salvación del linaje humano en el madero de la Cruz y antes de su ascensión al Padre desde este mundo, dijo a sus apóstoles y discípulos, acongojados de su partida, para consolarles: «Mirad que yo estoy con vosotros todos los días hasta el fin del mundo»(1). Voz dulcísima, prenda de toda esperanza y seguridad; esta voz, venerables hermanos, viene a la memoria fácilmente cuantas veces contemplamos desde esta elevada cumbre la universal familia de los hombres, de tantos males y miserias trabajada, y aun la Iglesia, de tantas impugnaciones sin tregua y de tantas asechanzas oprimida.

Esta divina promesa, así como en un principio levantó los ánimos abatidos de los apóstoles, y levantados los encendió e inflamó para esparcir la semilla de la doctrina evangélica en todo el mundo, así después alentó a la Iglesia a la victoria sobre las puertas del infierno. Ciertamente en todo tiempo estuvo presente a su Iglesia nuestro Señor Jesucristo; pero lo estuvo con especial auxilio y protección cuantas veces se vio cercada de más graves peligros y molestias, para suministrarle los remedios convenientes a la condición de los tiempos y las cosas, con aquella divina Sabiduría que «toca de extremo a extremo con fortaleza y todo lo dispone con suavidad»(2). Pero «no se encogió la mano del Señor»(3) en los tiempos más cercanos; especialmente cuando se introdujo y se difundió ampliamente aquel error del cual era de temer que en cierto modo secara las fuentes de la vida cristiana para los hombres, alejándolos del amor y del trato con Dios.

Mas como algunos del pueblo tal vez desconocen todavía, y otros desdeñan, aquellas quejas del amantísimo Jesús al aparecerse a Santa Margarita María de Alacoque, y lo que manifestó esperar y querer a los hombres, en provecho de ellos, plácenos, venerables hermanos, deciros algo acerca de la honesta satisfacción a que estamos obligados respecto al Corazón Santísimo de Jesús; con el designio de que lo que os comuniquemos cada uno de vosotros lo enseñe a su grey y la excite a practicarlo.

2. Entre todos los testimonios de la infinita benignidad de nuestro Redentor resplandece singularmente el hecho de que, cuando la caridad de los fieles se entibiaba, la caridad de Dios se presentaba para ser honrada con culto especial, y los tesoros de su bondad se descubrieron por aquella forma de devoción con que damos culto al Corazón Sacratísimo de Jesús, «en quien están escondidos todos los tesoros de su sabiduría y de su ciencia»(4).

Pues, así como en otro tiempo quiso Dios que a los ojos del humano linaje que salía del arca de Noé resplandeciera como signo de pacto de amistad «el arco que aparece en las nubes»(5), así en los turbulentísimos tiempos de la moderna edad, serpeando la herejía jansenista, la más astuta de todas, enemiga del amor de Dios y de la piedad, que predicaba que no tanto ha de amarse a Dios como padre cuanto temérsele como ímplacable juez, el benignísimo Jesús mostró su corazón como bandera de paz y caridad desplegada sobre las gentes, asegurando cierta la victoria en el combate. A este propósito, nuestro predecesor León XIII, de feliz memoria, en su encíclica Annum Sacrum, admirando la oportunidad del culto al Sacratísimo Corazón de Jesús, no vaciló en escribir: «Cuando la Iglesia, en los tiempos cercanos a su origen, sufría la opresión del yugo de los Césares, la Cruz, aparecida en la altura a un joven emperador, fue simultáneamente signo y causa de la amplísima victoria lograda inmediatamente. Otro signo se ofrece hoy a nuestros ojos, faustísimo y divinísimo: el Sacratísimo Corazón de Jesús con la Cruz superpuesta, resplandeciendo entre llamas, con espléndido candor. En El han de colocarse todas las esperanzas; en El han de buscar y esperar la salvación de los hombres».

La devoción al Sagrado Corazón de Jesús

3. Y con razón, venerables hermanos; pues en este faustísimo signo y en esta forma de devoción consxguiente, ¿no es verdad que se contiene la suma de toda la religión y aun la norma de vida más perfecta, como que más expeditamente conduce los ánimos a conocer íntimamente a Cristo Señor Nuestro, y los impulsa a amarlo más vehementemente, y a imitarlo con más eficacia? Nadie extrañe, pues, que nuestros predecesores incesantemente vindicaran esta probadísima devoción de las recriminaciones de los calumniadores y que la ensalzaran con sumos elogios y solícitamente la fomentaran, conforme a las circunstancias.

Así, con la gracia de Dios, la devoción de los fieles al Sacratísimo Corazón de Jesús ha ido de día en día creciendo; de aquí aquellas piadosas asociaciones, que por todas partes se multiplican, para promover el culto al Corazón divino; de aquí la costumbre, hoy ya extendida por todas partes, de comulgar el primer viernes de cada mes, conforme al deseo de Cristo Jesús.

La consagración

4. Mas, entre todo cuanto propiamente atañe al culto del Sacratísimo Corazón, descuella la piadosa y memorable consagración con que nos ofrecemos al Corazón divino de Jesús, con todas nuestras cosas, reconociéndolas como recibidas de la eterna bondad de Dios. Después que nuestro Salvador, movido más que por su propio derecho, por su inmensa caridad para nosotros, enseñó a la inocentísima discipula de su Corazón, Santa Margarita María, cuánto deseaba que los hombres le rindiesen este tributo de devoción, ella fue, con su maestro espiritual, el P. Claudio de la Colombiére, la primera en rendirlo. Siguieron, andando el tiempo, los individuos particulares, después las familias privadas y las asociaciones y, finalmente, los magistrados, las ciudades y los reinos.

Mas, como en el siglo precedente y en el nuestro, por las maquinaciones de los impíos, se llegó a despreciar el imperio de Cristo nuestro Señor y a declarar públicamente la guerra a la Iglesia, con leyes y mociones populares contrarias al derecho divino y a la ley natural, y hasta hubo asambleas que gritaban: «No queremos que reine sobre nosotros»(6),  por esta consagración que decíamos, la voz de todos los amantes del Corazón de Jesús prorrumpía unánime oponiendo acérrimamente, para vindicar su gloria y asegurar sus derechos: «Es necesario que Cristo reine(7). Venga su reino». De lo cual fue consecuencia feliz que todo el género humano, que por nativo derecho posee Jesucristo, único en quien todas las cosas se restauran(8), al empezar este siglo, se consagra al Sacratísimo Corazón, por nuestro predecesor León XIII, de feliz memoria, aplaudiendo el orbe cristiano.

Comienzos tan faustos y agradables, Nos, como ya dijimos en nuestra encíclica Quas primas, accediendo a los deseos y a las preces reiteradas y numerosas de obispos y fieles, con el favor de Dios completamos y perfeccionamos, cuando, al término del año jubilar, instituimos la fiesta de Cristo Rey y su solemne celebración en todo el orbe cristiano.

Cuando eso hicimos, no sólo declaramos el sumo imperio de Jesucristo sobre todas las cosas, sobre la sociedad civil y la doméstica y sobre cada uno de los hombres, mas también presentimos el júbilo de aquel faustísimo día en que el mundo entero espontáneamente y de buen grado aceptará la dominación suavísima de Cristo Rey. Por esto ordenábamos también que en el día de esta fiesta se renovase todos los años aquella consagración para conseguir más cierta y abundantemente sus frutos y para unir a los pueblos todos con el vínculo de la caridad cristiana y la conciliación de la paz en el Corazón de Cristo, Rey de Reyes y Señor de los que dominan.

LA EXPIACIÓN O REPARACIÓN

5. A estos deberes, especialmente a la consagración, tan fructífera y confirmada en la fiesta de Cristo Rey, necesario es añadir otro deber, del que un poco más por extenso queremos, venerables hermanos, hablaros en las presentes letras; nos referimos al deber de tributar al Sacratísimo Corazón de Jesús aquella satisfacción honesta que llaman reparación.

Si lo primero y principal de la consagración es que al amor del Creador responda el amor de la criatura, síguese espontáneamente otro deber: el de compensar las injurias de algún modo inferidas al Amor increado, si fue desdeñado con el olvido o ultrajado con la ofensa. A este deber llamamos vulgarmente reparación.

Y si unas mismas razones nos obligan a lo uno y a lo otro, con más apremiante título de justicia y amor estamos obligados al deber de reparar y expiar: de, justicia, en cuanto a la expiación de la ofensa hecha a Dios por nuestras culpas y en cuanto a la reintegración del orden violado; de amor, en cuanto a padecer con Cristo paciente y «saturado de oprobio» y, según nuestra pobreza, ofrecerle algún consuelo.

Pecadores como somos todos, abrumados de muchas culpas, no hemos de limitarnos a honrar a nuestro Dios con sólo aquel culto con que adoramos y damos los obsequios debidos a su Majestad suprema, o reconocemos suplicantes su absoluto dominio, o alabamos con acciones de gracias su largueza infinita; sino que, además de esto, es necesario satisfacer a Dios, juez justísimo, «por nuestros innumerables pecados, ofensas y negligencias». A la consagración, pues, con que nos ofrecemos a Dios, con aquella santidad y firmeza que, como dice el Angélico, son propias de la consagración(9), ha de añadirse la expiación con que totalmente se extingan los pecados, no sea que la santidad de la divina justicia rechace nuestra indignidad impudente, y repulse nuestra ofrenda, siéndole ingrata, en vez de aceptarla como agradable.

Este deber de expiación a todo el género humano incumbe, pues, como sabemos por la fe cristiana, después de la caída miserable de Adán el género humano, inficionado de la culpa hereditaria, sujeto a las concupiscencias y míseramente depravado, había merecido ser arrojado a la ruina sempiterna. Soberbios filósofos de nuestros tiempos, siguiendo el antiguo error de Pelagio, esto niegan blasonando de cierta virtud innata en la naturaleza humana, que por sus propias fuerzas continuamente progresa a perfecciones cada vez más altas; pero estas inyecciones del orgullo rechaza el Apóstol cuando nos advierte que «éramos por naturaleza hijos de ira»(10).

En efecto, ya desde el principio los hombres en cierto modo reconocieron el deber de aquella común expiación y comenzaron a practicarlo guiados por cierto natural sentido, ofreciendo a Dios sacrificios, aun públicos, para aplacar su justicia.

Expiación de Cristo

6. Pero ninguna fuerza creada era suficiente para expiar los crímenes de los hombres si el Hijo de Dios no hubiese tomado la humana naturaleza para repararla. Así lo anunció el mismo Salvador de los hombres por los labios del sagrado Salmista: «Hostia y oblación no quisiste; mas me apropiaste cuerpo. Holocaustos por el pecado no te agradaron; entonces dije: heme aquí»(11). Y «ciertamente El llevó nuestras enfermedades y sufrió nuestros dolores; herido fue por nuestras iniquidades»(12); y «llevó nuestros pecados en su cuerpo sobre el madero»(13); «borrando la cédula del decreto que nos era contrario, quitándole de en medio y enclavándole en la cruz»(14), «para que, muertos al pecado, vivamos a la justicia»(15).

Expiación nuestra, sacerdotes en Cristo

7. Mas, aunque la copiosa redención de Cristo sobreabundantemente «perdonó nuestros pecados»(16); pero, por aquella admirable disposición de la divina Sabiduría, según la cual ha de completarse en nuestra carne lo que falta en la pasión de Cristo por su cuerpo que es la Iglesia(17), aun a las oraciones y satisfacciones «que Cristo ofreció a Dios en nombre de los pecadores» podemos y debemos añadir también las nuestras.

8. Necesario es no olvidar nunca que toda la fuerza de la expiación pende únicamente del cruento sacrificio de Cristo, que por modo incruento se renueva sin interrupción en nuestros altares; pues, ciertamente, «una y la misma es la Hostia, el mismo es el que ahora se ofrece mediante el ministerio de los sacerdotes que el que antes se ofreció en la cruz; sólo es diverso el modo de ofrecerse»(18); por lo cual debe unirse con este augustísimo sacrificio eucarístico la inmolación de los ministros y de los otros fieles para que también se ofrezcan como «hostias vivas, santas, agradables a Dios»(19). Así, no duda afirmar San Cipriano «que el sacrificio del Señor no se celebra con la santificación debida si no corresponde a la pasión nuestra oblación y sacrificio»(20).

Por ello nos amonesta el Apóstol que, «llevando en nuestro cuerpo la mortificación de Jesús»(21), y con Cristo sepultados y plantados, no sólo a semejanza de su muerte crucifiquemos nuestra carne con sus vicios y concupiscencias(22), «huyendo de lo que en el mundo es corrupción de concupiscencia»(23), sino que «en nuestros cuerpos se manifieste la vida de Jesús»(24), y, hechos partícipes de su eterno sacerdocio, «ofrezcamos dones y sacrificios por los pecados»(25).

Ni solamente gozan de la participación de este misterioso sacerdocio y de este deber de satisfacer y sacrificar aquellos de quienes nuestro Señor Jesucristo se sirve para ofrecer a Dios la oblación inmaculada desde el oriente hasta el ocaso en todo lugar(26), sino que toda la grey cristiana, llamada con razón por el Príncipe de los Apóstoles «linaje escogido, real sacerdocio»(27), debe ofrecer por sí y por todo el género humano sacrificios por los pecados, casi de la propia manera que todo sacerdote y pontífice «tomado entre los hombres, a favor de los hombres es constituido en lo que toca a Dios»(28).

Y cuanto más perfectamente respondan al sacrificio del Señor nuestra oblación y sacrificio, que es inmolar nuestro amor propio y nuestras concupiscencias y crucificar nuestra carne con aquella crucifixión mística de que habla el Apóstol, tantos más abundantes frutos de propiciación y de expiación para nosotros y para los demás percibiremos. Hay una relación maravillosa de los fieles con Cristo, semejante a la que hay entre la cabeza y los demás miembros del cuerpo, y asimismo una misteriosa comunión de los santos, que por la fe católica profesamos, por donde los individuos y los pueblos no sólo se unen entre sí, mas también con Jesucristo, que es la cabeza; «del cual, todo el cuerpo compuesto y bien ligado por todas las junturas, según la operación proporcionada de cada miembro, recibe aumento propio, edificándose en amor»(29). Lo cual el mismo Mediador de Dios y de los hombres, Jesucristo próximo a la muerte, lo pidió al Padre: «Yo en ellos y tú en mí, para que sean consumados en la unidad»(30).

Así, pues, como la consagración profesa y afirma la unión con Cristo, así la expiación da principio a esta unión borrando las culpas, la perfecciona participando de sus padecimientos y la consuma ofreciendo sacrificios por los hermanos. Tal fue, ciertamente, el designio del misericordioso Jesús cuando quiso descubrirnos su Corazón con los emblemas de su pasión y echando de sí llamas de caridad: que mirando de una parte la malicia infinita del pecado, y, admirando de otra la infinita caridad del Redentor, más vehementemente detestásemos el pecado y más ardientemente correspondiésemos a su caridad.

Comunión Reparadora y Hora Santa

9. Y ciertamente en el culto al Sacratísimo Corazón de Jesús tiene la primacía y la parte principal el espíritu de expiación y reparación; ni hay nada más conforme con el origen, índole, virtud y prácticas propias de esta devoción, como la historia y la tradición, la sagrada liturgia y las actas de los Santos Pontífices confirman.

Cuando Jesucristo se aparece a Santa Margarita María, predicándole la infinitud de su caridad, juntamente, como apenado, se queja de tantas injurias como recibe de los hombres por estas palabras que habían de grabarse en las almas piadosas de manera que jamás se olvidarán: «He aquí este Corazón que tanto ha amado a los hombres y de tantos beneficios los ha colmado, y que en pago a su amor infinito no halla gratitud alguna, sino ultrajes, a veces aun de aquellos que están obligados a amarle con especial amor». Para reparar estas y otras culpas recomendó entre otras cosas que los hombres comulgaran con ánimo de expiar, que es lo que llaman Comunión Reparadora, y las súplicas y preces durante una hora, que propiamente se llama la Hora Santa; ejercicios de piedad que la Iglesia no sólo aprobó, sino que enriqueció con copiosos favores espirituales.

Consolar a Cristo

10. Mas ¿cómo podrán estos actos de reparación consolar a Cristo, que dichosamente reina en los cielos? Respondemos con palabras de San Agustín: «Dame un corazón que ame y sentirá lo que digo»(31).

Un alma de veras amante de Dios, si mira al tiempo pasado, ve a Jesucristo trabajando, doliente, sufriendo durísimas penas «por nosotros los hombres y por nuestra salvación», tristeza, angustias, oprobios, «quebrantado por nuestras culpas»(32) y sanándonos con sus llagas. De todo lo cual tanto más hondamente se penetran las almas piadosas cuanto más claro ven que los pecados de los hombres en cualquier tiempo cometidos fueron causa de que el Hijo de Dios se entregase a la muerte; y aun ahora esta misma muerte, con sus mismos dolores y tristezas, de nuevo le infieren, ya que cada pecado renueva a su modo la pasión del Señor, conforme a lo del Apóstol: «Nuevamente crucifican al Hijo de Dios y le exponen a vituperio»(33). Que si a causa también de nuestros pecados futuros, pero previstos, el alma de Cristo Jesús estuvo triste hasta la muerte, sin duda algún consuelo recibiría de nuestra reparación también futura, pero prevista, cuando el ángel del cielo(34) se le apareció para consolar su Corazón oprimido de tristeza y angustias. Así, aún podemos y debemos consolar aquel Corazón sacratísimo, incesantemente ofendido por los pecados y la ingratitud de los hombres, por este modo admirable, pero verdadero; pues alguna vez, como se lee en la sagrada liturgia, el mismo Cristo se queja a sus amigos del desamparo, diciendo por los labios del Salmista: «Improperio y miseria esperó mi corazón; y busqué quien compartiera mi tristeza y no lo hubo; busqué quien me consolara y no lo hallé»(35).

La pasión de Cristo en su Cuerpo, la Iglesia

11. Añádase que la pasión expiadora de Cristo se renueva y en cierto modo se continúa y se completa en el Cuerpo místico, que es la Iglesia. Pues sirviéndonos de otras palabras de San Agustín(36): «Cristo padeció cuanto debió padecer; nada falta a la medida de su pasión. Completa está la pasión, pero en la cabeza; faltaban todavía las pasiones de Cristo en el cuerpo». Nuestro Señor se dignó declarar esto mismo cuando, apareciéndose a Saulo, «que respiraba amenazas y muerte contra los discípulos»(37), le dijo: «Yo soy Jesús, a quien tú persigues»(38); significando claramente que en las persecuciones contra la Iglesia es a la Cabeza divina de la Iglesia a quien se veja e impugna. Con razón, pues, Jesucristo, que todavía en su Cuerpo místico padece, desea tenernos por socios en la expiación, y esto pide con El nuestra propia necesidad; porque siendo como somos «cuerpo de Cristo, y cada uno por su parte miembro»(39), necesario es que lo que padezca la cabeza lo padezcan con ella los miembros(40).

Necesidad actual de expiación por tantos pecados

12. Cuánta sea, especialmente en nuestros tiempos, la necesidad de esta expiación y reparación, no se le ocultará a quien vea y contemple este mundo, como dijimos, «en poder del malo»(41). De todas partes sube a Nos clamor de pueblos que gimen, cuyos príncipes o rectores se congregaron y confabularon a una contra el Señor y su Iglesia(42). Por esas regiones vemos atropellados todos los derechos divinos y humanos; derribados y destruidos los templos, los religiosos y religiosas expulsados de sus casas, afligidos con ultrajes, tormentos, cárceles y hambre; multitudes de niños y niñas arrancados del seno de la Madre Iglesia, e inducidos a renegar y blasfemar de Jesucristo y a los más horrendos crímenes de la lujuria; todo el pueblo cristiano duramente amenazado y oprimido, puesto en el trance de apostatar de la fe o de padecer muerte crudelísima. Todo lo cual es tan triste que por estos acontecimientos parecen manifestarse «los principios de aquellos dolores» que habían de preceder «al hombre de pecado que se levanta contra todo lo que se llama Dios o que se adora»(43).

Y aún es más triste, venerables hermanos, que entre los mismos fieles, lavados en el bautismo con la sangre del Cordero inmaculado y enriquecidos con la gracia, haya tantos hombres, de todo orden o clase, que con increíble ignorancia de las cosas divinas, inficionados de doctrinas falsas, viven vida llena de vicios, lejos de la casa del Padre; vida no iluminada por la luz de la fe, ni alentada de la esperanza en la felicidad futura, ni caldeada y fomentada por el calor de la caridad, de manera que verdaderamente parecen sentados en las tinieblas y en la sombra de la muerte. Cunde además entre los fieles la incuria de la eclesiástica disciplina y de aquellas antiguas instituciones en que toda la vida cristiana se funda y con que se rige la sociedad doméstica y se defiende la santidad del matrimonio; menospreciada totalmente o depravada con muelles halagos la educación de los niños, aún negada a la Iglesia la facultad de educar a la juventud cristiana; el olvido deplorable del pudor cristiano en la vida y principalmente en el vestido de la mujer; la codicía desenfrenada de las cosas perecederas, el ansia desapoderada de aura popular; la difamación de la autoridad legítima, y, finalmente, el menosprecio de la palabra de Dios, con que la fe se destruye o se pone al borde de la ruina.

Forman el cúmulo de estos males la pereza y la necedad de los que, durmiendo o huyendo como los discípulos, vacilantes en la fe míseramente desamparan a Cristo, oprimido de angustias o rodeado de los satélites de Satanás; no menos que la perfidia de los que, a imitación del traidor Judas, o temeraria o sacrílegamente comulgan o se pasan a los campamentos enemigos. Y así aun involuntariamente se ofrece la idea de que se acercan los tiempos vaticinados por nuestro Señor: «Y porque abundó la iniquidad, se enfrió la caridad de muchos»(44).

El ansia ardiente de expiar

13. Cuantos fieles mediten piadosamente todo esto, no podrán menos de sentir, encendidos en amor a Cristo apenado, el ansia ardiente de expiar sus culpas y las de los demás; de reparar el honor de Cristo, de acudir a la salud eterna de las almas. Las palabras del Apóstol: «Donde abundó el delito, sobreabundó la gracia»(45), de alguna manera se acomodan también para describir nuestros tiempos; pues si bien la perversidad de los hombres sobremanera crece, maravillosamente crece también, inspirando el Espíritu Santo, el número de los fieles de uno y otro sexo, que con resuelto ánimo procuran satisfacer al Corazón divino por todas las ofensas que se le hacen, y aun no dudan ofrecerse a Cristo como víctimas.

Quien con amor medite cuanto hemos dicho y en lo profundo del corazón lo grabe, no podrá menos de aborrecer y de abstenerse de todo pecado como de sumo mal; se entregará a la voluntad divina y se afanará por reparar el ofendido honor de la divina Majestad, ya orando asiduamente, ya sufriendo pacientemente las mortificaciones voluntarias, y las aflicciones que sobrevinieren, ya, en fin, ordenando a la expiación toda su vida.

Aquí tienen su origen muchas familias religiosas de varones y mujeres que, con celo ferviente y como ambicioso de servir, se proponen hacer día y noche las veces del Angel que consoló a Jesús en el Huerto; de aquí las piadosas asociaciones asimismo aprobadas por la Sede Apostólica y enriquecidas con indulgencias, que hacen suyo también este oficio de la expiación con ejercicios convenientes de piedad y de virtudes; de aquí finalmente los frecuentes y solemnes actos de desagravio encaminados a reparar el honor divino, no sólo por los fieles particulares, sino también por las parroquias, las diócesis y ciudades.

LA DEVOCIÓN AL CORAZÓN DE JESÚS

Causa de muchos bienes

14. Pues bien: venerables hermanos, así como la devoción de la consagración, en sus comienzos humilde, extendida después, empieza a tener su deseado esplendor con nuestra confirmación, así la devoción de la expiación o reparación, desde un principio santamente introducida y santamente propagada. Nos deseamos mucho que, más firmemente sancionada por nuestra autoridad apostólica, más solemnemente se practique por todo el universo católico. A este fin disponemos y mandamos que cada año en la fiesta del Sacratísimo Corazón de Jesús —fiesta que con esta ocasión ordenamos se eleve al grado litúrgico de doble de primera clase con octava— en todos los templos del mundo se rece solemnemente el acto de reparación al Sacratísimo Corazón de Jesús, cuya oración ponemos al pie de esta carta para que se reparen nuestras culpas y se resarzan los derechos violados de Cristo, Sumo Rey y amantísimo Señor.

No es de dudar, venerables hermanos, sino que de esta devoción santamente establecida y mandada a toda la Iglesia, muchos y preclaros bienes sobrevendrán no sólo a los individuos, sino a la sociedad sagrada, a la civil y a la doméstica, ya que nuestro mismo Redentor prometió a Santa Margarita María «que todos aquellos que con esta devoción honraran su Corazón, serían colmados con gracias celestiales».

Los pecadores, ciertamente, «viendo al que traspasaron»(46), y conmovidos por los gemidos y llantos de toda la Iglesia, doliéndose de las injurias inferidas al Sumo Rey, «volverán a su corazón»(47); no sea que obcecados e impenitentes en sus culpas, cuando vieren a Aquel a quien hirieron «venir en las nubes del cielo»(48), tarde y en vano lloren sobre E1(49).

Los justos más y más se justificarán y se santificarán, y con nuevas fervores se entregarán al servicio de su Rey, a quien miran tan menospreciado y combatido y con tantas contumelias ultrajado; pero especialmente se sentirán enardecidos para trabajar por la salvación de las almas, penetrados de aquella queja de la divina Víctima: «¿Qué utilidad en mi sangre?»(50); y de aquel gozo que recibirá el Corazón sacratísimo de Jesús «por un solo pecador que hiciere penitencia»(51).

Especialmente anhelamos y esperamos que aquella justicia de Dios, que por diez justos movido a misericordia perdonó a los de Sodoma, mucho más perdonará a todos los hombres, suplicantemente invocada y felizmente aplacada por toda la comunidad de los fieles unidos con Cristo, su Mediador y Cabeza.

La Virgen Reparadora

15. Plazcan, finalmente, a la benignísima Virgen Madre de Dios nuestros deseos y esfuerzos; que cuando nos dio al Redentor, cuando lo alimentaba, cuando al pie de la cruz lo ofreció como hostia, por su unión misteriosa con Cristo y singular privilegio de su gracia fue, como se la llama piadosamente, reparadora. Nos, confiados en su intercesión con Cristo, que siendo el «único Mediador entre Dios y los hombres»(52), quiso asociarse a su Madre como abogada de los pecadores, dispensadora de la gracia y mediadora, amantísimamente os damos como prenda de los dones celestiales de nuestra paternal benevolencia, a vosotros, venerables hermanos, y a toda la grey confiada a vuestro cuidado, la bendición apostólica.

Dado en Roma, junto a San Pedro, día 8 de mayo de 1928, séptimo de nuestro pontificado.

* * * * * * *


ORACIÓN EXPIATORIA
AL SAGRADO CORAZÓN DE JESÚS

Dulcísimo Jesús, cuya caridad derramada sobre los hombres se paga tan ingratamente con el olvido, el desdén y el desprecio, míranos aquí postrados ante tu altar. Queremos reparar con especiales manifestaciones de honor tan indigna frialdad y las injurias con las que en todas partes es herido por los hombres tu amoroso Corazón.

Recordando, sin embargo, que también nosotros nos hemos manchado tantas veces con el mal, y sintiendo ahora vivísimo dolor, imploramos ante todo tu misericordia para nosotros, dispuestos a reparar con voluntaria expiación no sólo los pecados que cometimos nosotros mismos, sino también los de aquellos que, perdidos y alejados del camino de la salud, rehúsan seguirte como pastor y guía, obstinándose en su infidelidad, y han sacudido el yugo suavísimo de tu ley, pisoteando las promesas del bautismo.

Al mismo tiempo que queremos expiar todo el cúmulo de tan deplorables crímenes, nos proponemos reparar cada uno de ellos en particular: la inmodestia y las torpezas de la vida y del vestido, las insidias que la corrupción tiende a las almas inocentes, la profanación de los días festivos, las miserables injurias dirigidas contra Ti y contra tus Santos, los insultos lanzados contra tu Vicario y el orden sacerdotal, las negligencias y los horribles sacrilegios con que se profana el mismo Sacramento del amor divino y, en fin, las culpas públicas de las naciones que menosprecian los derechos y el magisterio de la Iglesia por Ti fundada.

¡Ojalá que podamos nosotros lavar con nuestra sangre estos crímenes! Entre tanto, como reparación del honor divino conculcado, Te presentamos, acompañándola con las expiaciones de tu Madre la Virgen, de todos los Santos y de los fieles piadosos, aquella satisfacción que Tú mismo ofrecisté un día en la cruz al Padre, y que renuevas todos los días en los altares. Te prometemos con todo el corazón compensar en cuanto esté de nuestra parte, y con el auxilio de tu gracia, los pecados cometidos por nosotros y por los demás: la indiferencia a tan grande amor con la firmeza de la fe, la inocencia de la vida, la observancia perfecta de la ley evangélica, especialmente de la caridad, e impedir además con todas nuestras fuerzas las injurias contra Ti, y atraer a cuantos podamos a tu seguimiento. Acepta, te rogamos, benignísimo Jesús, por intercesión de la Bienaventurada Virgen María Reparadora, el voluntario ofrecimiento de expiación; y con el gran don de la perseverancia, consérvanos fidelísimos hasta la muerte en el culto y servicio a Ti, para que lleguemos todos un día a la Patria donde Tú con el Padre y con el Espíritu Santo vives y reinas por los siglos de los siglos. Amén.

 

Notas

1. Mt 28,20.

2. Sab 8,1.

3. Is 59,1.

4. Col 2,3.

5. Gén 2,14.

6. Lc 19,14.

7. 1 Cor 15,25.

8. Ef 1,10.

9. S. Th. II-II q.81, a.8c.

10. Ef 2,3.

11. Heb 10,5.7.

12. Is 53,4-5.

13. 1 Pe 2,24.

14. Col 2,14.

15. 1 Pe 2,24.

16. Col 2,13.

17. Col 1,24.

18. Conc. Trid., sess.22 c.2.

19. Rom 12,1.

20. Epist. 63 n.381.

21. 2 Cor 4,10.

22. Cf. Gál 5,24.

23. 2 Pe 1,4.

24. 2 Cor 4,10.

25. Heb 5,1.

26. Mal 1-2.

27. 1 Pe 2,9.

28. Heb 5,1.

29. Ef 4,15-16.

30. Jn 17,23.

31. In Ioan. tr.XXVI 4.

32. Is 53,5.

33. Is 5.

34. Lc 22,43.

35. Sal 68,21.

36. In Ps. 86.

37. Hech 91,1.

38. Hech 5.

39. 1 Cor 12,27.

40. Ibíd.

41. 1 Jn 5,19.

42. 2 Pe 2,2.

43. 2 Tes 2,4.

44. Mt 24,12.

45. Rom 5,20.

46. Jn 19,37.

47. Is 46,8.

48. Mt 26,64.

49. Cf. Ap 1,7.

50. Sal 19,10.

51. Lc 15,4.

52. Tim 2,3

SAGRADO CORAZÓN DE JESÚS ORIGEN Y PROMESAS

Fuente: Devocionario Católico

sagradocorazon2 ¡Sagrado corazón de Jesús en vos confío!

 


La oración de la Iglesia venera y honra al Corazón de Jesús, como invoca su Santísimo Nombre. Adora al Verbo encarnado y a su Corazón que, por amor a los hombres, se dejó traspasar por nuestros pecados.

Catecismo de la Iglesia Católica, 2669

Jesús, durante su vida, su agonía y su pasión nos ha conocido y amado a todos y a cada uno de nosotros y se ha entregado por cada uno de nosotros: "El Hijo de Dios me amó y se entregó a sí mismo por mí" (Ga 2, 20). Nos ha amado a todos con un
corazón humano. Por esta razón, el sagrado Corazón de Jesús, traspasado por nuestros pecados y para nuestra salvación (cf. Jn 19, 34), "es considerado como el principal indicador y símbolo...del amor con que el divino Redentor ama continuamente al eterno Padre y a todos los hombres (Pío XII, Enc."Haurietis aquas": DS 3924; cf. DS 3812).

Catecismo de la Iglesia Católica, 478

La difusión de la devoción al Sagrado Corazón de Jesús se debe a
santa Margarita de Alacoque a quien Jesús se le apareció con
estas palabras: "Mira este corazón mío, que a pesar de consumirse
en amor abrasador por los hombres, no recibe de los cristianos otra cosa que sacrilegio, desprecio, indiferencia e ingratitud, aún
en el mismo sacramento de mi amor. Pero lo que traspasa mi
Corazón más desgarradamente es que estos insultos los recibo de
personas consagradas especialmente a mi servicio."

He aquí las promesas que hizo Jesús a Santa Margarita, y por
medio de ella a todos los devotos de su Sagrado Corazón:

1. Les daré todas las gracias necesarias a su estado.

2. Pondré paz en sus familias.

3. Les consolaré en sus penas.

4. Seré su refugio seguro durante la vida, y, sobre todo, en la hora
de la muerte.

5. Derramaré abundantes bendiciones sobre todas sus empresas.

6. Bendeciré las casas en que la imagen de mi Corazón sea
expuesta y venerada.

7. Los pecadores hallarán en mi Corazón la fuente, el Océano
infinito de la misericordia.

8. Las almas tibias se volverán fervorosas.

9. Las almas fervorosas se elevarán a gran perfección.

10. Daré a los sacerdotes el talento de mover los corazones más
empedernidos.

11. Las personas que propaguen esta devoción tendrán su nombre
escrito en mi Corazón, y jamás será borrado de El.

12. Les prometo en el exceso de mi misericordia, que mi amor
todopoderoso concederá a todos aquellos que comulgaren por
nueve primeros viernes consecutivos, la gracia de la perseverancia
final; no morirán sin mi gracia, ni sin la recepción de los santos
sacramentos. Mi Corazón será su seguro refugio en aquel
momento supremo.

     Las condiciones para ganar esta gracia son tres:

1. Recibir la Sagrada Comunión durante nueve primeros viernes de
mes de forma consecutiva y sin ninguna interrupción.

 

2. Tener la intención de honrar al Sagrado Corazón de Jesús y de
alcanzar la perseverancia final.

3. Ofrecer cada Sagrada Comunión como un acto de expiación por
las ofensas cometidas contra el Santísimo Sacramento.


__________


ORACIÓN PARA DESPUÉS DE CADA UNA DE LAS COMUNIONES DE LOS NUEVE PRIMEROS VIERNES


Jesús mío dulcísimo, que en vuestra infinita y dulcísima
misericordia prometisteis la gracia de la perseverancia final a los
que comulgaren en honra de vuestro Sagrado Corazón nueve
primeros viernes de mes seguidos: acordaos de esta promesa y a
mi, indigno siervo vuestro que acabo de recibiros sacramentado
con este fin e intención, concededme que muera detestando todos
mis pecados, creyendo en vos con fe viva, esperando en vuestra
inefable misericordia y amando la bondad de vuestro amantísimo y
amabilísimo Corazón. Amén.

miércoles, 29 de junio de 2011

Fiesta de los Santos Pedro y Pablo

Apóstoles y mártires (s. I)

0629

San Pedro, príncipe de los apóstoles, nació en Bethsaida y fue hermano de San Andrés. Era pescador, cuando se presentó con su hermano a Jesucristo, quien le dijo que había de ser piedra fundamental de su Iglesia. Días después, hallándose el Señor en las riberas del mar, le vio con su hermano Andrés, y, llamándolos, les dijo: "Venid en pos de Mi, para ser pescadores, no de peces, sino de hombres." Obedeciendo la voz del Señor, lo dejaron todo y siguieron a Cristo con alegría. Habiendo tenido Pedro la debilidad de negar a su divino Maestro, reparó su caída con dolorosa contrición.

Luego que recibió al Espíritu Santo, recorrió el Asia, y, de vuelta en Jerusalén, fue buscado por San Pablo para aprovecharse de sus luces. Preso el santo apóstol por Herodes Agripa, un ángel del Señor le sacó de la prisión.

Finalmente, hallándose en Roma, fue preso con San Pablo de orden de Nerón, y a los nueve meses murió crucificado cabeza abajo, y San Pablo degollado. Fue el martirio de estos dos gloriosos príncipes de los apóstoles el día 29 de Junio año 68.

lunes, 27 de junio de 2011

Cuatro Cuartos en La Peña de Los Chillado Biaus

 

 

Cuatro Cuartos festejamos un año cantando juntos!! Nos encantaría compartirlo con todos ustedes!

 

Hora: Sábado, 02 de julio a las 22:00 - 03 de julio a las 2:30

Lugar: Peña de Los Chillado Biaus - Uriarte 2426

 

evento-facebook[11]

sábado, 25 de junio de 2011

Santa Misa Tradicional

Segundo Domingo después de Pentecostés: Infraoctava del Corpus Christi

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Ya el Domingo anterior se nos inculcaba la práctica de la condescendencia y de la caridad fraterna; fruto sabrosísimo del misterio eucarístico, llamado con razón por S. Agustín "atadura de caridad".

Hoy la liturgia nos trae el Evangelio del convite, figura del convite eucarístico, al que todos estamos invitados por el gran Padre de familias, por el Rey, que es Dios; todos, aun los pecadores baldados por la culpa, pues precisamente, para enderezarlos y darles fuerzas, instituyó y preparó la divina Sabiduría este banquete, del que nadie es excluido, si se acerca con la debida buena voluntad, y demás disposiciones de cuerpo y alma.

En esta semana se lee en Maitines el Libro de los Reyes: el niño Samuel ofrecido por su madre Ana al servicio de Dios en el templo aun antes de verlo nacer. En el templo de Jerusalén servía al Señor este niño privilegiado y gran profeta, bajo la tutela del sumo sacerdote Helf, orgulloso y débil con sus hijos Ofni y Finees, los cuales servían también como sacerdotes en el Templo. Estos dos sacerdotes sacrílegos apartaban para si las carnes de las víctimas ofrecidas por los fieles, además de otros abusos abominables en que incurrieron. Pero su padre nada de esto les echó en cara; y así le vino el ejemplar castigo del cielo, porque el Arca de la Alianza fue robada por los Filisteos, y en la refriega murieron Helf y sus dos hijos.

Preferían éstos las delicias sensuales a esa "gran Cena" de que habla el Evangelio de hoy; por eso perdieron lo uno y lo otro. En cambio, el niño Samuel encontraba todas sus delicias en las divinas consolaciones. Helí y sus hijos "amaban su misma hambre" como dice gráficamente S. Gregorio en la Homilía de hoy, porque hambre y no otra cosa causan los deleites carnales, que no pueden aquietar ni saciar al hombre creado para mayores cosas, y no para ser siervo de su cuerpo y de las bajas pasiones que bullen en él y retozan. "Los goces corporales que prenden en nosotros vehementes deseos antes de poseerlos, traen en seguida el hastío, por la misma indigestión que causan al que los experimenta. Los goces espirituales, por el contrario, provocan el desprecio antes de su posesión, pero acucian el deseo una vez poseídos; y el que los ha gustado queda más hambriento de los mismos, cuanto más los saborea. (Homilía, mait.). Mas ¡ay! que son muchas las almas que corren alocadas tras los placeres mundanos, y rehusan entrar en el banquete de la fe cristiana, en que la Iglesia las saciaría con el manjar de la doctrina evangélica. "Gustad, y ved cuán suave es el Señor. No conoceréis su dulzura mientras no la gustéis; pero tocad con el paladar de vuestro corazón el alimento, para que gustando de su dulcedumbre, seáis capaces de amarla. El hombre perdió sus delicias cuando pecó en el Paraíso, y de él salió el día que cerró la boca al alimento de la eterna dulzura". (S. Gregorio, Mait.). Pero gracias al Espíritu Santo, «hemos pasado de la muerte a la vida. (Ep.) Y por eso buscamos nuestras delicias más bien junto al Tabernáculo en que está oculto Jesús, como aquellos baldados y pobres del Evangelio, como el niño Samuel, cuyas delicias eran morar junto a su Dios y servirle en su santuario. Huyamos del orgullo y del apego a las cosas terrenales, para que «sólidamente cimentados en el amor del santo nombre de Dios" (Or.), y teniendo a éste siempre como norte supremo, nos vayamos de día en día haciendo más celestiales. (Sec.); y así " la gracia de la comunión eucarística, recibida en el divino banquete, acrecentará en nosotros los frutos de salvación (Posc.).

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Se los invita a oír la Santa Misa celebrada según la forma extraordinaria del Rito Latino, el próximo Domingo 26 de Junio en:

 

  • LA PLATA: Santuario de la Medalla Milagrosa, ubicada en calle 75 entre 6 y 7, Ciudad de La Plata. Todos los Domingos a las 12 horas. Celebra el Padre Brian Moore.
  • CORDOBA: Capilla de la Santísima Trinidad, ubicada junto a la estación de colectivos. Todos los Domingos a las 10 horas. Organiza Una Voce y celebra el Fray Rafael Rossi OP.
  • MAR DEL PLATA: Capilla Stella Maris, Base Naval de Mar del Plata, todos los Domingos a las 12 horas (excepto el primer Domingo de cada mes que se rezara en la Capilla Divino Rostro también a las 12hs). Rezada por el R.P. Capellán Jorge Rotella.
  • SANTA FE: Convento Santo Domingo, ubicado entre las calles 9 de Julio y 3 de Febrero, centro histórico de Santa Fe de la Vera Cruz. Todos los Domingos 11,15 horas. Celebra P. Daniel María Rossi OP.

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Recursos para la Santa Misa del día

Propio para imprimir

 

Foederatio Internationalis Juventutem

jueves, 23 de junio de 2011

Jueves de Corpus Christi

Fiesta del Cuerpo y la Sangre de Cristo, de la presencia de Jesucristo en la Eucaristía. 23 de junio de 2011

 

 

Explicación de la fiesta
Corpus Christi es la fiesta del Cuerpo y la Sangre de Cristo, de la presencia de Jesucristo en la Eucaristía.
Este día recordamos la institución de la Eucaristía que se llevó a cabo el Jueves Santodurante la Última Cena, al convertir Jesús el pan y el vino en su Cuerpo y en su Sangre.
Es una fiesta muy importante porque la Eucaristía es el regalo más grande que Dios nos ha hecho, movido por su querer quedarse con nosotros después de la Ascensión.

Origen de la fiesta:
Dios utilizó a santa Juliana de Mont Cornillon para propiciar esta fiesta. La santa nace en Retines cerca de Liège, Bélgica en 1193. Quedó huérfana muy pequeña y fue educada por las monjas Agustinas en Mont Cornillon. Cuando creció, hizo su profesión religiosa y más tarde fue superiora de su comunidad. Por diferentes intrigas tuvo que irse del convento. Murió el 5 de abril de 1258, en la casa de las monjas Cistercienses en Fosses y fue enterrada en Villiers.
Juliana, desde joven, tuvo una gran veneración al Santísimo Sacramento. Y siempre añoraba que se tuviera una fiesta especial en su honor. Este deseo se dice haberse intensificado por una visión que ella tuvo de la Iglesia bajo la apariencia de luna llena con una mancha negra, que significaba la ausencia de esta solemnidad.
Ella le hizo conocer sus ideas a Roberto de Thorete, el entonces obispos de Liège, también al docto Dominico Hugh, más tarde cardenal legado de los Países Bajos; a Jacques Pantaleón, en ese tiempo archidiácono de Liège, después obispo de Verdun, Patriarca de Jerusalén y finalmente al Papa Urbano IV. El obispo Roberto se impresionó favorablemente y como en ese tiempo los obispos tenían el derecho de ordenar fiestas para sus diócesis, invocó un sínodo en 1246 y ordenó que la celebración se tuviera el año entrante; también el Papa ordenó, que un monje de nombre Juan debía escribir el oficio para esa ocasión. El decreto está preservado en Binterim (Denkwürdigkeiten, V.I. 276), junto con algunas partes del oficio.
El obispo Roberto no vivió para ver la realización de su orden, ya que murió el 16 de octubre de 1246, pero la fiesta se celebró por primera vez por los cánones de San Martín en Liège. Jacques Pantaleón llegó a ser Papa el 29 de agosto de 1261. La ermitaña Eva, con quien Juliana había pasado un tiempo y quien también era ferviente adoradora de la Santa Eucaristía, le insistió a Enrique de Guelders, obispo de Liège, que pidiera al Papa que extendiera la celebración al mundo entero.
Urbano IV, siempre siendo admirador de esta fiesta, publicó la bula “Transiturus” el 8 de septiembre de 1264, en la cual, después de haber ensalzado el amor de nuestro Salvador expresado en la Santa Eucaristía, ordenó que se celebrara la solemnidad de “Corpus Christi” en el día jueves después del domingo de la Santísima Trinidad, al mismo tiempo otorgando muchas indulgencias a todos los fieles que asistieran a la santa misa y al oficio. Este oficio, compuesto por el doctor angélico, Santo Tomás de Aquino, por petición del Papa, es uno de los más hermosos en el breviario Romano y ha sido admirado aun por Protestantes.
La muerte del Papa Urbano IV (el 2 de octubre de 1264), un poco después de la publicación del decreto, obstaculizó que se difundiera la fiesta. Pero el Papa Clemente V tomó el asunto en sus manos y en el concilio general de Viena (1311), ordenó una vez más la adopción de esta fiesta. Publicó un nuevo decreto incorporando el de Urbano IV. Juan XXII, sucesor de Clemente V, instó su observancia.
Ninguno de los decretos habla de la procesión con el Santísimo como un aspecto de la celebración. Sin embargo estas procesiones fueron dotadas de indulgencias por los Papas Martín V y Eugenio IV y se hicieron bastante comunes en a partir del siglo XIV.
La fiesta fue aceptada en Cologne en 1306; en Worms la adoptaron en 1315; en Strasburg en 1316. En Inglaterra fue introducida de Bélgica entre 1320 y 1325. En los Estados Unidos y en otros países la solemnidad se celebra el domingo después del domingo de la Santísima Trinidad.
En la Iglesia griega la fiesta de Corpus Christi es conocida en los calendarios de los sirios, armenios, coptos, melquitas y los rutinios de Galicia, Calabria y Sicilia.
El Concilio de Trento declara que muy piadosa y religiosamente fue introducida en la Iglesia de Dios la costumbre, que todos los años, determinado día festivo, se celebre este excelso y venerable sacramento con singular veneración y solemnidad, y reverente y honoríficamente sea llevado en procesión por las calles y lugares públicos. En esto los cristianos atestiguan su gratitud y recuerdo por tan inefable y verdaderamente divino beneficio, por el que se hace nuevamente presente la victoria y triunfo de la muerte y resurección de Nuestro Señor Jesucristo.

Fuente: www.corazones.org

El «cristianismo secular», por Servais Pinckaers, O.P.

5860917005_3784005781 La apertura radical al mundo

 

Históricamente, el fenómeno se manifestó como una interpretación, que quería ser radical, de la apertura al mundo preconizada por el Concilio Vaticano II: el paso de una Iglesia a la defensiva y en la lucha con un mundo hostil, y por consiguiente llena de desconfianza respecto de todo lo que el mundo ofrece y representa, a una Iglesia que se esfuerza en dialogar con el mundo y que comienza por escucharlo al reconocer los valores que persigue: la libertad, la justicia, las ciencias y las técnicas, las ideas filosóficas, todo lo que, en una palabra, contribuye a la construcción del mundo moderno. Esta apertura de las puertas de la «fortaleza» eclesiástica introdujo entre los católicos las principales corrientes de pensamiento y de acción contra las cuales se les ponía antaño en guardia: el liberalismo de pensamiento y en la educación, el socialismo y el marxismo, el positivismo junto con las ciencias históricas y humanas, la filosofía idealista y existencialista, la fenomenología, la desmitologización en la exégesis, etc.

El diálogo y la confrontación del pensamiento cristiano con estas corrientes modernas son necesarios y no se puede negar que puedan aportar beneficios, pero el peligro vino de una falta de preparación, de una formación intelectual o de un arraigamiento de fe insuficientes en muchos, especialmente en el clero. La apertura realizada fue una brecha en un dique de la que brotó un chorro poderoso, irresistible, que amenaza llevárselo todo a su paso.

 

El cambio fue profundo y se generalizó rápidamente. Alcanzó a todos los ámbitos de la vida cristiana y de la teología, particularmente a la enseñanza de la moral. Algunos fueron llevados, de este modo, a una reinterpretación de los lazos entre la Iglesia y el mundo que modificaba radicalmente sus relaciones tradicionales: ya no una Iglesia frente al mundo, aunque fuera en diálogo con él, permaneciendo a una cierta distancia, sino una Iglesia en el mundo y para el mundo, comprendida a partir de los valores que él promueve y que se presenta como servidora del mundo. Se llegó incluso a una inversión de las relaciones entre el mundo y Dios: se aceptó la constatación nietscheana de «muerte de Dios», o, al menos, del Dios «del que se tiene necesidad», y se proclamó que el mundo había llegado a ser «adulto» y capaz de resolver sus problemas solo, con perfecta autonomía. Éste es el mundo «secular». En consecuencia, se quiere encontrar a Dios no fuera, más allá o por encima del mundo, sino en el seno del mundo de los hombres, en el servicio del hombre. La eliminación de la separación entre Dios y el mundo acompaña a la supresión de la distancia entre la Iglesia y el mundo. El cambio se podría expresar de este modo: la primacía es otorgada a partir de ahora al segundo mandamiento de Dios, el amor al prójimo, que lleva consigo el amor a Dios. La generosidad cristiana se fija en el hombre, en el servicio del hombre. El «cristianismo secular» se manifiesta, pues, como un humanismo antropocéntrico. Pero nos podemos preguntar si esta generosidad, por real que sea en sus comienzos, no ha dado la espalda, inadvertidamente, a su fuente principal, si encontrará en el corazón del hombre de qué alimentarse suficientemente, si sabrá mantenerse en la vorágine y en las duras contradicciones en que se debate el mundo moderno.

Servais (TH.) Pinckaers, O.P. Las fuentes de la moral cristiana. EUNSA, tercera edición, pp. 365 – 366

 

Fuente: InfoCatólica

miércoles, 22 de junio de 2011

Políticos argentinos firman Protocolo de protección integral de la vida y la familia

UN COMPROMISO DE ACCIÓN POLÍTICA ACTUAL Y FUTURA

 

Un grupo de políticos tucumanos, entre los que se encuentran los candidatos a gobernador de la provincia y a intendente de las ciudades de San Miguel de Tucumán y Yerba Buena, a los cuales se adhirió la senadora nacional Liliana Negre de Alonso, firmaron un documento por el que se comprometen a defender en su acción política el derecho a la vida y la protección de la familia según la ley natural.

 

negre-de-alonso-adolfo

 

(AICA) Un grupo de políticos tucumanos, entre los cuales se encuentran Esteban Jeréz, candidato a gobernador de la provincia, José Constanzo, candidato a intendente de la ciudad de San Miguel de Tucumán, Pablo Berarducci, candidato a intendente de Yerba Buena, y otros candidatos a concejales de esta ciudad tucumana llamada “Capital nacional de las familias numerosas”, a los cuales se adhirió la senadora nacional sanluiseña Liliana Negre de Alonso, firmaron un documento, con el compromiso de llevarlo a su cabal cumplimiento, llamado “Protocolo por la vida y la familia”. El documento dice:

Protocolo por la vida y la familia

En consonancia con lo establecido en la Constitución Nacional y con numerosas normas de nuestro bloque legislativo federal, el objeto fundamental de este Protocolo es comprometernos, expresa y públicamente, con la protección integral de la vida y la familia, en nuestra acción política actual y futura.

Nuestro punto de partida es reafirmar que la familia es el núcleo fundamental y básico de toda comunidad política, por ser anterior al Estado, y desempeñar vitales funciones sociales es merecedora de especiales derechos y de una singular protección, acorde con los valores de nuestra cultura fundacional.

Entendemos que es indispensable que se adopten, en los tres niveles del Estado, políticas públicas de protección de la institución familiar en todas sus dimensiones.

Por todo esto expresamos que los principios rectores de nuestra acción son:

  • El derecho humano a la vida es inherente a toda persona, sin que lo invalide o lo mengüe circunstancias tales como falta de autonomía, enfermedad, vejez o carencia de algunas facultades. Este derecho es universal, es decir que debe ser respetado siempre, en todo lugar y bajo cualquier circunstancia. Su fundamento es la común pertenencia a la misma naturaleza humana.
  • El niño por nacer tiene derecho inalienable a la vida como primer derecho humano, fuente y origen de todos los demás; razón por la cual no puede quedar a merced de persona alguna. La garantía de este derecho en su máxima extensión es una obligación primordial del Estado en todos sus niveles y en todas las situaciones que se pudieran presentar.
  • La familia es la célula natural y fundamental de la sociedad, anterior a cualquier tipo de organización estatal. Se funda en el matrimonio, entendido como unión íntima, complementaria y excluyente de un varón y una mujer, libremente contraído y públicamente reconocido. Hombre y mujer gozan de una misma dignidad y de iguales derechos.
  • La familia es una unidad jurídica, social y económica, pero principalmente unacomunidad de amor y de solidaridad, insustituible para la enseñanza y transmisión de los valores culturales, éticos, sociales, psicológicos, espirituales y religiosos, valores éstos, esenciales para el desarrollo y bienestar de sus propios miembros y de la sociedad.
  • Los municipios, las provincias y la Nación deben reconocer a la familia y sus organizaciones el derecho a participar, de diferentes formas, en los organismos de representación y decisión sobre los temas de su interés y competencia.
  • El Estado y las Organizaciones Internacionales, deben proteger la familia con medidas de carácter político, económico, social y jurídico, que contribuyan a consolidar su unidad y estabilidad, para que pueda cumplir sus funciones específicas. La ayuda económica internacional, los pactos entre naciones o con organismos internacionales con el objetivo de promover el desarrollo de los pueblos y garantizar los derechos humanos, nunca deben incluir la aceptación de programas de contracepción, esterilización o aborto, de restricción a los derechos de los padres o de promoción de la ideología de género.

Por lo expresado, nos comprometemos a desarrollar las siguientes acciones en nuestra actuación política:

1. Reconocer el derecho a la vida desde la concepción hasta la muerte natural. Rechazo manifiesto a propuestas normativas, a la instrumentación de programas estatales o al financiamiento de acciones que, en forma explícita o implícita, procuren el aborto, la eutanasia, la contracepción, la manipulación genética y de embriones, la ideología de género y la educación sexual sin la supervisión y autorización de los padres.

2. Garantizar a los padres la titularidad originaria, primaria e inalienable de la potestad de educar, especialmente en los contenidos referidos a sus creencias, principios morales, valores humanos, tradición histórica y cultural, tanto en establecimientos de gestión estatal como privada. Así como el acceso al financiamiento de sus opciones educativas con fondos públicos, cualquiera sea la organización o modelo de gestión que adopte la institución escolar.

3. Promover la sanción de normas que hagan posible la conciliación entre la vida familiar, laboral y educativa. Valorar el trabajo de la madre en el hogar, el cual debe ser reconocido y respetado por los bienes que produce y aporta a la familia y a la sociedad.

4. Establecer beneficios a favor de las familias numerosas y de las que tienen miembros con capacidades diferentes. Condiciones apropiadas de acceso y disfrute de los bienes económicos, sociales y culturales: vivienda familiar, programas especiales de salud y becas estudiantiles entre otros.

5. Condicionar toda acción política a garantizar trabajo digno, vivienda apropiada, educación en valores, salud integral y seguridad para las familias como bienes sociales insustituibles.

 

En síntesis nos comprometemos a poner como centro y fundamento de todo nuestro accionar en la función pública a las familias, a sus necesidades y a sus sueños, reafirmando que defender la familia es defender la Nación

Peña de los Chillado Biaus

 

Este viernes 24 de Junio, Peña de los Chillados Biaus, con la participación de Los Colorados. No te lo pierdas!

 

                                        Los Colorados

Hora: El Viernes a las 21:30 - El Sábado a las 3:00

Lugar: Uriarte 2426 - Palermo, Buenos Aires, Argentina

Reservas: llamar al tel. 4776-4320

 

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lunes, 20 de junio de 2011

LAS PENAS MEDICINALES

Comentarios y Ensayos de Monseñor Juan Straubinger sobre el Libro de Job

EL CASTIGO COMO MEDICINA


Que Dios manda pruebas medicinales con el fin de castigarnos o corregirnos, es cosa hermosamente explicada por San Pablo en el capítulo XII de la Epístola a los Hebreos, donde nos dice, lleno de caritativa suavidad: “Porque el Señor al que ama le castiga y a cualquiera que recibe por hijo suyo, le azota. Aguantad, pues, firmes la corrección. Dios se porta con vosotros como con hijos. Porque, ¿cuál es el hijo a quien su padre no corrige? Pero si estáis fuera de la corrección de que todos han sido participantes, bien se ve que sois bastardos y no hijos. Por otra parte, si tuvimos a nuestros padres carnales que nos corrigieran, y a quienes respetábamos, ¿no es mucho más justo que obedezcamos al Padre de los espíritus, para alcanzar la vida? Y a la verdad, aquéllos por pocos días nos castigaban a su arbitrio; pero Éste nos amaestra en lo que sirve para hacernos santos. Es indudable que toda corrección, por de pronto, parece que no trae gozo, sino pena; mas después producirá en los que son labrados por ella, fruto apacibilísimo de justicia. Por tanto, volved a levantar vuestras manos caídas, y fortificad vuestras rodillas debilitadas, marchad por el recto camino, a fin de que nadie por andar claudicando se descamine, sino antes bien sea sanado” (Hebreos 12, 6-13).

Ya los Profetas y sabios del Antiguo Testamento, enseñaban que Dios aborrece al pecado pero no al pecador y que su amor paternal, está siempre encaminado a corregirlo.

“¿Acaso quiero Yo la muerte del impío, dice el Señor Dios, y no antes bien que se convierta de su mal proceder y viva?” (Ez. 18, 23).

La misma idea expresa el Libro de la Sabiduría: “A los que andan perdidos, Tú los castigas, poco a poco; y los amonestas y les hablas de las faltas que cometen, para que, dejada la malicia, crean en ti” (Sab. 12, 2).

He aquí todo un sistema de pedagogía divina: Castiga, amonesta, habla con ternura y suavidad para que el pecador no se pierda.

Al castigarnos obra Dios como un médico.

Dice San Juan Crisóstomo: “El médico merece alabanza, no sólo cuando receta al enfermo la permanencia en deliciosos jardines, tibios baños, frescas aguas y exquisitos manjares, sino también cuando le hace pasar hambre y sed, lo recluye en su aposento, lo tiene sujeto en la cama y aun le priva de la luz del sol, mandando cerrar puertas y ventanas, y cuando corta, raja o cauteriza y le obliga a tomar pócimas amargas. Haga lo que quiera, nunca deja de ser el médico, que cura. ¿No es, pues, injusto murmurar contra el Señor cuando nos trata en idéntica forma?”

HAY UN CASTIGO PEOR: NO SER CASTIGADO

También el Apocalipsis nos habla de estas correcciones y nos enseña su carácter de privilegio al decirnos que Dios reprende y castiga a los que ama (Apoc. 3, 19). Y a fe que no es difícil reconocer las ventajas de ese amor que nos sana, cuando vemos cómo el mismo Dios, en los casos de rebeldía, suele retirarse y decir, como en el Salmo 80, ante la dura cerviz de su pueblo: “Pero mi pueblo no ha escuchado la voz mía; no me obedeció Israel; así los abandoné a los deseos de su corazón, que sigan sus devaneos” (Salmo 80, 12-13).

Esto que Dios hizo con el pueblo escogido, lo hizo también con los gentiles (Hech. 14, 15). Por donde vemos que no hay peor castigo que el dejarnos seguir esa triste libertad para el mal, que los hombres tanto solemos defender. Abandonarnos a los perversos deseos de nuestro corazón, ¿hay castigo peor que éste? ¿Acaso no enseña Dios a los padres de familia, que la vara del castigo es lo que librará a sus hijos de la muerte? (Proverbios 23, 14).

Por esa libertad de entregarse a sus vicios y concupiscencias, como los paganos, cosechó el pueblo de Dios frutos amarguísimos (Cfr. Rom. 1, 28).

Ante tal misterio, exclama el Doctor de Hipona: “¡No haber castigo! ¿Qué mayor castigo? Si vives mal y Dios te lo tolera, señal es de su grande enojo.”

EJEMPLO DE PENAS MEDICINALES

Recordemos la muerte del hijo de David y Betsábée (II Rey. 12, 13 s.); ejemplo, en que vemos cómo Dios aplicó el pasaje de Éxodo 20, 5; esto es: no haciendo sufrir al hijo la culpa del padre, sino llevándose al niño para castigo del padre culpable. Y para que conozcamos hasta dónde llega la bondad de Dios en esta clase de correcciones, San Pedro nos reveló que la misma muerte corporal de los hombres del diluvio, les fue aplicada como sanción de sus pecados, a fin de salvarlos eternamente mediante la predicación del Evangelio que el mismo Cristo hizo “a los muertos” (véase I Pedr. 3, 19 s. y 4, 6).

No es otro el sentido de las palabras que San Pablo aplica al incestuoso de Corinto, cuando dice: “Sea ése que hizo tal pecado, entregado a Satanás para castigo de su cuerpo, a trueque de que su alma sea salva en el día de Nuestro Señor” (I Cor. 5, 5).

Los expositores, en su mayoría, no vacilan en tomar este misterioso pasaje en el sentido de que el incestuoso no sólo fue excomulgado de la comunidad cristiana sino que Satanás recibió permiso de atormentarlo, con enfermedades y vejaciones en el cuerpo.

Véase también la historia de Ananías y Safira en Hechos, cap. 5, y la de Elimas en Hechos cap. 13.

MEDICINA PREVENTIVA

Si curar es bueno y caritativo, más lo es aún el prevenir la enfermedad. Y el beneficio es entonces mayor para nosotros, porque nos evita la caída.

He aquí un punto en que no solemos pensar.

Olvidamos que Dios ve nuestros pasos futuros y que, así como nos ama anticipadamente “tales cuales llegaremos a ser por don suyo, y no cuales somos por nuestros méritos” (Denz. 185), así también nos previene amorosamente cuando ve que tal o cual cosa, que nos parece un bien, va a ser ocasión de nuestra ruina. “Un camino hay que al hombre le parece recto, pero su paradero es la muerte” (Prov. 16, 25).

Hay de esto un ejemplo bellísimo en la Sagrada Escritura, una de esas muestras del amor de Dios a su pueblo, que nos arrebatan el corazón de gratitud por su delicadeza. Es el capítulo 8 del Deuteronomio, cuando se prepara Dios a introducir a Israel en la tierra prometida; su corazón de Padre parece temblar —¡y con cuánto motivo!— ante los males que habría de acarrear a los mismos israelitas la ingratitud del pueblo por el abuso de tantos dones, y muy principalmente por la soberbia de creerse merecedor de ellos y por la suficiencia de creerse autor de los mismos.

“Está alerta, le dice Moisés en nombre del Señor, y guárdate de no olvidarte jamás del Señor Dios tuyo” (v. 11).

No sea, sigue diciéndole, que después de saciado, se engría tu corazón y eches en olvido a Aquel que te sacó de Egipto y de la esclavitud. Y luego de recordarle los grandes y milagrosos favores que le había hecho entre las pruebas del desierto, le dice: “Y después de haberte afligido y probado, al fin se compadeció de ti” (v. 16).

¿Y por qué no antes? ¿Acaso por crueldad?

Él mismo da la respuesta: “Para que no dijeras en tu corazón: Mi fuerza y la robustez de mi brazo me granjearon todas estas cosas: sino para que te acuerdes del Señor Dios tuyo por haberte Él mismo dado fuerzas, a fin de cumplir así Él su pacto que juró con tus padres” (v. 17 s.).

Vemos así un nuevo aspecto de la cuestión, y esto nos prepara mejor para entender las pruebas del justo Job, haciéndonos comprender esa humildad genérica, en que hemos de vivir como miembros de una raza culpable y decadente, en la cual nadie puede de suyo aparecer justo ante Dios (S. 129, 3; 142, 2, etc.).

En efecto, ¿quién hay capaz de enfrentar seguro y humilde la prueba de la prosperidad? “¿Quién es éste? y le alabaremos, porque hizo maravillas”, dice el Eclesiástico (31, 8 ss.). Y si recordamos el paso del camello por el ojo de la aguja, que Jesús mismo indicó a los ricos (Mat. 19, 24), frente a la bienaventuranza de los pobres, de los que lloran y de los perseguidos, entonces recogeremos sabiamente el consejo de San Pablo: “El que piensa estar en pie, mire no caiga” (I Cor. 10, 12), y recibiremos amorosamente la prueba de las manos paternales de ese Dios a quien nuestros dolores le duelen más que a nosotros, según Él mismo repite muchas veces (II Rey. 24, 16; Luc. 15, 20; Mat. 14, 14; Marc. 6, 34, etc.).

El que no estuviera dispuesto a concebir a Dios de esta manera, no diga que cree en la Encarnación Redentora, según la cual el Padre nos amó hasta dar su Hijo (Juan 3, 16). En cambio, el que crea en este dogma divino que encierra todas las dulzuras abrácese del Crucifijo que nos fue dado para remedio como la Serpiente de Bronce (Juan 3, 14; Núm. 21, 9), y experimentará su eficacia.

Así lo recuerda el piadoso proverbio: “Donde entra la Cruz se van las cruces”. Se van porque Dios las quita, o porque nosotros descubrimos sus ventajas y aprendemos a amarlas, según expresa la fórmula de San Agustín: Ubi amatur, non laboratur; aut si laboratur, labor amatur.

LA EFICACIA DEL DOLOR

El bien por excelencia que el dolor nos trae, reside indudablemente en la saludable humillación que nos vuelve a la realidad. “En la aflicción, oh Señor, te buscaron; y la tribulación en que gimen es para ellos instrucción tuya” (Is. 26, 16).

Porque ordinariamente vivimos —al menos el mundo vive así, y ¿quién no es más o menos del mundo?— vivimos en el mareo de una semiinconsciencia, que nos hace olvidar nuestra nada y nos lleva a la infatuación.

Vivimos, como dice el Sabio, en la “fascinación de la bagatela” (Sab. 4, 12), que oculta el verdadero bien.

Entonces, tomando por realidades esas fugaces apariencias de aquí abajo, nos sentimos rebosantes de vida y de poder, sin darnos cuenta de que somos generales de cartón. Sin recordar que una teja caída sobre la cabeza, y aun la simple picadura de un mosquito infeccioso, pueden en un instante reducirnos a la impotencia.

Para eso sirve de medicina precisamente el dolor: para recordarnos la verdad y volvernos a la realidad suavemente, o fuertemente, según los casos.

Por lo general la prueba es progresiva, según enseña el libro de la Sabiduría, de modo que se librará de pruebas mayores quien sea pequeño y responda al primer llamado (Sab. 12, 1 ss.).

De esto nos da un hermoso ejemplo el Salmo 38. El hombre, encogido por el dolor, se hace pequeño, diciendo al Señor: “A los recios golpes de tu mano desfallecí cuando me corregías.” Y entonces confiesa humildemente: “Por el pecado castigas Tú al hombre”; y volviendo a la realidad termina: “Y haces que su vida se consuma como la araña. En vano se agita el hombre” (S. 38, 12).

E inmediatamente vemos el fruto de oración y humildad que este remedio produce: “Oye, Señor, mi oración y mi súplica; atiende a mis lágrimas; no guardes silencio; pues soy delante de Ti un advenedizo y peregrino, como todos mis padres. Afloja un poco conmigo, y déjame respirar, antes que yo parta y deje de existir” (v. 13-14).

¿No es cosa admirable el observar la técnica que el afligido sigue aquí con Dios, justamente a la inversa de lo que se hace con el mundo? Porque aquí, para recomendarse el hombre, en vez de alegar títulos, habla en tono humilde de sí y de su abolengo: pobre advenedizo… ¿Cómo no tenernos compasión, al ver que así confesamos nuestra impotencia y necesidad? Es ésta una de esas grandes e innumerables lecciones de psicología espiritual que descubrimos cuando meditamos la Sagrada Escritura.

¿Cuántos hay—digamos al pasar— cuántos hay entre los cristianos de hoy, que gocen habitualmente este sabor que derrochan las Escrituras para nuestro consuelo y enseñanza?

LO QUE DIOS ODIA

En cambio hay una revelación sorprendente que Dios nos hace en la Sagrada Escritura.

Él, que ama a los pobres más que a nadie, nos hace saber que lo primero que Él odia es el pobre soberbio (Ecli. 25, 3 s.). Y esto se entiende por lo que venimos estudiando: en el rico se explica fácilmente el extravío, y de ahí que le sea difícil la salvación (Mat. 19, 24). Pero cuando un pobre, malgrado sus pruebas, continúa soberbio, muestra con ello una rebeldía verdaderamente obstinada.

Quiere decir, pues, que ni aún el dolor es remedio eficaz cuando la soberbia se entroniza en el corazón. Esa misma prueba que arranca gemidos de contrición al rey David, lleva a Saúl a arrojarse sobre su espada, por no querer hacerse pequeño ante Dios.

Es Dios mismo quien explica cómo la soberbia es la causa del dolor, de modo que no podemos dudar. “¡Ay de vosotros los que os tenéis por sabios en vuestros ojos, y por prudentes en vuestro interior!” (Is. 5, 21.).

“Tú te has tenido por seguro en tu malicia, y dijiste: No hay quien me vea. Ese tu saber y ciencia te sedujeron, cuando dijiste en tu corazón: Yo soy, y juera de mí no hay otro.

Caerá sobre ti la desgracia, y no sabrás de dónde nace; y se desplomará sobre tí una calamidad, que no podrás alejar con víctimas de expiación” (ibid. 47, 10 s.).

¡Y con qué paterna solicitud Dios lo expresa! Como diciendo: Yo no quisiera que sufrieses, pero nada puedo hacer, porque tú en tu soberbia te sientes suficiente y no quieres aceptar mi remedio. Yo soy el Médico que todos necesitan, porque “sin Mí nada podéis hacer” (Juan 15, 5).

“Y vosotros no queréis venir a Mí para tener vida” (Juan 5, 40).

¿Acaso esta desgarradora queja del Corazón de Jesús no nos muestra idénticos sentimientos en el Corazón del Padre?

De ahí que no hayamos de confiar demasiado en el dolor por sí mismo, sino pedir ante todo al divino Padre, sin cuya fuerza nada podemos, la rectitud del corazón: “Crea en mí, Señor, un corazón limpio, y renueva en mis entrañas el espíritu de rectitud” (Salmo 50, 12).

RECUERDOS APOCALÍPTICOS

Pero es también el mismo Dios que nos dice: “¿Quién hay entre vosotros que escuche y atiende y piense en lo que ha de venir?” (Is. 42, 23).

La historia más próxima a nosotros nos confirma tristemente que los dolores de la horrible guerra mundial (1914-18) no prepararon un mundo mejor, como muchos creían, ni trajeron la simplicidad de una nueva Edad Media. Porque los hombres, faltos de doctrina sobrenatural, conservaron su fe puesta en el mundo, y las privaciones no hicieron sino aumentar el apetito del placer que desbordaría luego… hasta que una nueva guerra mundial volviera a traer el luto sobre la humanidad.

¿No es que estamos en un tiempo muy parecido a los acontecimientos que anuncia el Vidente de Patmos? Cuando suena la sexta trompeta y son soltados los cuatro Ángeles de exterminio, perece, dice el Profeta de Dios, la tercera parte de la humanidad, pero “los demás hombres, que no fueron muertos en estas plagas, no se arrepintieron de las obras de sus manos” (Apoc. 9, 20).

Y así siempre: Cuando la cuarta copa es derramada en el sol y le es dado que queme a los hombres por el fuego, repite San Juan: “Y los hombres… blasfemaron el Nombre de Dios… en vez de arrepentirse”(Apoc. 16,9 griego).

Y cuando el quinto Ángel derramó su copa sobre el trono de la bestia, los hombres se mordían la lengua de dolor, pero no dejaron de blasfemar, y no se arrepintieron de sus obras (ibid. 10 s.).

Ante estas terminantes palabras de Dios, único que conoce lo porvenir, quizás se preguntará el lector, en qué puede fundarse el anuncio repetido por tantos escritores, como un leitmotiv, de que tras de la noche amanecerá de nuevo un día radiante para la humanidad.

¿Cómo podremos, después de esto, sorprendernos del dolor de los hospitales y campos de batalla? Y sin embargo, ese espectáculo es lo que a tantos hace vacilar en la fe, y aun juzgarlo a Dios, repitiendo la frase de Schopenhauer: “Si Dios existe, yo no quisiera ser ese Dios, porque la miseria del mundo me desgarraría el corazón.”

Es que los hombres, por el olvido e ignorancia de las divinas Escrituras, han perdido el sentido de la realidad sobrenatural. ¡Cuántos salen del templo, donde quizás acaban de leer en la liturgia alguna de las tantas profecías con que Dios nos previene constantemente (v. gr. los Evangelios del primero y del último domingo del año eclesiástico), y pasada esa pesadilla, vuelven a hablar de los progresos de la cultura, como podría hacerlo el más pagano de los humanistas del Renacimiento!

¿De qué puede enorgullecerse la humanidad, si no es de haber convertido en un infierno anticipado, esta tierra en que Dios prometió que nada nos había de faltar con tal que buscáramos primero su reino y su justicia? (Mat. 6, 33).

 

Recapitulemos, pues, los párrafos que preceden, resumiéndolos en la frase que pusimos a su frente: Lo que Dios odia es el orgullo, porque la gloria no pertenece más que a Él (véase S. 148, 13; Is. 42, 8; 48, 11; I Tim. 1, 17, etc.). Y porque los hombres se olvidaron y siguen olvidándose de esta verdad fundamental, hay y habrá penas en este mundo.

domingo, 19 de junio de 2011

La Confesión

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El sacramento de la confesión

 

Por la palabra penitencia se entiende:

-una virtud

-el sacramento de la penitencia

-la pena o castigo con que el pecador satisface a Dios por sus pecados.

La virtud de la penitencia es el acto de aquel que habiendo pecado se vuelve arrepentido a Dios y le pide perdón.

La penitencia es un sacramento instituido por Jesucristo para perdonar los pecados cometidos después del Bautismo.

Jesucristo instituyó el sacramento de la penitencia el día de su resurrección cuando dijo a sus apóstoles: “Quedan perdonados los pecados a aquellos a quienes se los perdonareis y retenidos a los que se los retuviereis” (S. Juan XX, 23).

La materia del sacramento de la Penitencia consiste en los actos del penitente, a saber: contrición, confesión y satisfacción.

La forma del sacramento de la penitencia consiste en las palabras de la absolución: “Yo te absuelvo de tus pecados en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo”.

El ministro ordinario del sacramento de la Penitencia es el sacerdote aprobado por su Obispo; pero en peligro de muerte todo sacerdote puede absolver válidamente.

Los efectos que produce el sacramento de la Penitencia:

-borra los pecados mortales y los veniales de que uno tiene arrepentimiento

-restituye los méritos y el derecho al cielo

-da o aumenta la gracia habitual

-concede gracias actuales para evitar los pecados confesados.

La penitencia como virtud difiere del sacramento en lo siguiente: 1º La virtud de la penitencia ha sido necesaria en todos los tiempos para obtener el perdón de los pecados; el sacramento no es necesario sino después de su institución por Nuestro Señor Jesucristo, y no produce su efecto sino respecto de los pecados cometidos después del Bautismo. 2º La virtud de la penitencia no es más que una parte del sacramento, el cual comprende además la confesión del penitente y la absolución del sacerdote. 3º La virtud de la penitencia puede existir sin el sacramento, pero el sacramento no puede existir sin la virtud.

 

Las partes esenciales del sacramento de la Penitencia son: la confesión, la contrición y la satisfacción, que se refieren al penitente; y la absolución, que se refiere al sacerdote.

El dolor de los pecados es un verdadero y sincero pesar de haber ofendido a Dios, unido al propósito de no pecar en adelante.

Este dolor es el primer acto esencial e indispensable para obtener el perdón de los pecados.

Este dolor es de dos maneras: perfecto o de contrición, e imperfecto o de atrición.

Dolor de contrición es el pesar de los pecados cometidos, porque son ofensa a Dios, infinitamente bueno y digno de ser amado sobre todas las cosas.

Dolor de atrición es el pesar de haber ofendido a Dios por el temor de los castigos merecidos en esta o en la otra vida, o bien por la fealdad del pecado.

Para que el dolor sea bueno ha de tener cuatro condiciones: 1) ha de ser de interno, esto es, ha de venir del corazón, y radicar en la voluntad y no en las solas palabras; 2) ha de ser sobrenatural, esto es, ha de ser excitado en nosotros por la gracia de Dios y con la consideración de los motivos que nos sugiere la fe; 3) ha de ser sumo, es decir, que nos haga detestar el pecado más que otro mal cualquiera; 4) ha de ser universal, esto es, ha de extenderse a todos los pecados mortales cometidos sin exceptuar uno solo.

El propósito de enmienda es la voluntad resuelta de no pecar y de huir de las ocasiones de pecar.

Para que el propósito sea bueno ha de tener cuatro cualidades: 1) ha de ser absoluto, esto es, ha de consistir en la firme voluntad de no pecar más. No basta, pues, una resolución indecisa o vacilante, ni tampoco la resolución de abandonar el pecado bajo alguna condición; 2) ha de ser universal, es decir, que se extienda a todos los pecados mortales; 3) ha de ser eficaz, lo cual quiere decir que se pongan los medios conducentes a la enmienda.

Los principales motivos sobrenaturales de nuestro arrepentimiento son:

-la bondad infinita de Dios, ofendida por el pecado

-la pasión y muerte de Jesucristo

-el infierno merecido y el cielo perdido.

El dolor de los pecados debe preceder a la absolución que da el sacerdote, pero no es necesario que sea próxima a ella y así vale el dolor que se tuvo y no se retractó cuando se preparó uno para confesarse aunque se el día anterior.

Como muchas personas se angustian pensando si habrán tenido dolor verdadero en sus confesiones, han de tener presente que toda persona que sea de conciencia delicada, si quiere tener dolor, o si siente no tenerlo y lo procura, tiene ya dolor aunque no lo sienta.

Asimismo tampoco es señal absoluta de no haber tenido dolor ni propósito el recaer en los pecados sino que hay que ver en cada caso, porque las recaídas pueden depender de otras causas, aún habiendo tenido el penitente dolor y sincero deseo y propósito de no pecar.

Ejemplos bíblicos: Contrición del publicano del Evangelio (S. Lucas XVIII, 13). Sincero arrepentimiento de Magdalena (S. Lucas VII, 37-50). Dolor de San Pedro después de su negación (S. Lucas XXII, 61-62).

(1939).

 

Los actos del penitente. La confesión

La confesión de los pecados es la acusación dolorosa de los pecados propios, hecha a un sacerdote aprobado, para recibir la absolución.

Sacerdote aprobado es aquel que ha recibido de su obispo la autorización para confesar.

Jesucristo instituyó la confesión, como lo prueban:

-las palabras de la institución del sacramento de la Penitencia

-la doctrina de la Iglesia

-la práctica constante y universal de los fieles

Se deben confesar los pecados porque el confesor no puede juzgar si los ha de perdonar o retener, sino después de conocerlos por la confesión del culpable.

Hay obligación de confesar todos los pecados mortales no confesados todavía o confesados mal.

La confesión de los pecados debe ser íntegra y sincera. Es íntegra la confesión cuando se declaran todos los pecados mortales cometidos y no perdonados con su especie y número y con las circunstancias que pueden añadir una nueva y grave malicia. Es sincera la confesión cuando se declaran los pecados tal como son, sin excusarlos, disminuirlos ni aumentarlos.

La especie significa la calidad del pecado que se debe acusar; el número significa el total de veces que se ha cometido un pecado; por circunstancia se entienden ciertas particularidades que pueden aumentar la malicia o gravedad de un acto.

El que voluntariamente calló uno o más pecados mortales en la confesión debe confesar de nuevo todos sus pecados mortales, desde la última confesión bien hecha.

Además de ser la confesión íntegra y sincera es conveniente que sea humilde sin arrogancia, prudente acusando las propias faltas no las ajenas, y breve.

La confesión de los pecados mortales debe ser íntegra. Esta integridad puede ser material y formal. Estamos obligados a esta segunda manera de integridad, es decir, a acusarnos de los pecados mortales que recordemos, como podamos, y con la exactitud de número que podamos.

Hay obligación de confesar los pecados mortales; estos constituyen la materia necesaria del sacramento; los pecados mortales yaperdonados y los pecados veniales son materia suficiente para la absolución sacramental.

 

 

Fuente: http://santabarbaradelareina.blogspot.com/

sábado, 18 de junio de 2011

Santa Misa Tradicional

Primer Domingo después de Pentecostés: Fiesta de la Santísima Trinidad

 

primer domingo despues de pentecostes - fiesta de la santisima tridnidad

 

El Espíritu Santo, cuyo reinado se inaugura con la fiesta de Pentecostés, vuelve a inculcar a nuestras almas en esta segunda parte del año (de Trinidad hasta Adviento-6 meses), lo que Jesús nos enseñó en la primera (del Adviento hasta Trinidad-6meses).

El dogma fundamental, del que todo fluye y al que todo en el cristianismo viene a parar es el de la Santísima Trinidad. De ahí que, después de haber recordado uno tras otro en el curso del Ciclo a Dios Padre, autor de la creación, a Dios Hijo, autor de la Redención, y a Dios Espíritu Santo, autor de nuestra santificación, la Iglesia nos incita hoy a la consideración y rendida adoración del gran misterio que nos hace reconocer y adorar en Dios la unidad de naturaleza en la trinidad de personas.

“Apenas hemos celebrado la venida del Espíritu Santo, cantamos la fiesta de la Santísima Trinidad en el Oficio del Domingo que sigue, escribía S. Ruperto en el siglo XII, y este lugar está muy bien escogido, porque tan pronto como hubo bajado el Espíritu Santo, comenzó la predicación y la creencia; y, en el bautismo, la fe y la confesión en el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo.”

Afirmaciones del dogma de la Trinidad se ven en cantidad en la Liturgia. En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo empieza y termina la Misa y el Oficio divino y se confieren los Sacramentos. A todos los Salmos sigue el Gloria Patri…; los himnos acaban con la doxología y las Oraciones por una conclusión en honor de las Tres Divinas Personas. Dos veces se recuerda en la Misa que el Sacrificio se ofrece a la Trinidad beatísima.

Si queremos vernos siempre exentos de toda adversidad, hagamos hoy con la liturgia solemne profesión de fe en la santa y eterna Trinidad y en su indivisible Unidad seguros de que la visión clara de Dios en el cielo será el premio de nuestra fe ciega en este como en los demás Misterios de nuestra Sacrosanta religión. Démosle también rendidas gracias por habérnoslo revelado; pues que, al revés de la existencia de Dios, no hubiéramos los hombres podido si sospechar tan sublime misterio, que aun cuando sea para nosotros oscuro, todavía nos permite conocer a Dios mejor que lo conoció pueblo alguno de la tierra.

El dogma de la Trinidad resplandeció también en nuestras iglesias. Nuestros padres gozaban viendo en la altura, anchura y largura admirablemente proporcionadas de esos edificios un símbolo de la  Trinidad; lo mismo que en sus divisiones principales y en las secundarias: el santuario, el coro y la nave; las bóvedas, el triforio y la claraboya; las tres entradas, las tres puertas, los tres ventanales y a menudo también las tres torres. Por doquier, hasta en los detalles ornamentales, el número tres repetido sin cesar obedece a una idea, a la fe en la Trinidad.

También la iconografía cristiana tradujo de mil maneras este mismo pensamiento. Hasta el siglo XII a Dios Padre se le representó por una mano, que sale de las nubes, y bendice. En esa mano se significa la divina omnipotencia. En los siglos XIII y XIV se ve ya la cara y luego el busto del Padre, el cual desde el siglo XV es representado como un venerable anciano vestido con ornamentos papales.

Hasta el siglo XII Dios Hijo fue primero representado por una cruz, por un cordero o bien por un joven semejante al Apolo de los gentiles. Desde el siglo XI la XVI vemos ya representado a Cristo en la plenitud de la edad y con barba. A partir del XIII lleva la cruz y también aparece en figura de cordero.

Al Espíritu Santo se le representó primeramente por una paloma, cuyas alas extendidas tocaban a veces la boca del Padre y del Hijo, para demostrar como procede de entrambos. Ya desde el siglo XI aparece con la figura de un niñito, por idéntico motivo. En el siglo XIII es un adolescente y en el siglo XV un hombre hecho y semejante al Padre y al Hijo, pero con una paloma sobre sí o en la mano, para distinguirle así de las otras dos divinas personas. Pero desde el siglo XVI la paloma vuelve a asumir el derecho exclusivo de representar al Espíritu Santo.

Para representar a la Trinidad se adoptó la figura del triángulo. También el trébol sirvió para figurar el misterio de la Trinidad y lo mismo tres círculos enlazados con la palabra Unidad en el espacio central que queda libre por la intersección de los círculos.

La fiesta de la Santísima Trinidad debe su origen al hecho de que las ordenaciones del sábado de témporas, como quiera que se celebraban por la tarde y se prolongaban hasta el domingo éste carecía de liturgia propia.

Todo el año,  lo mismo que este día, está consagrado a la Santísima Trinidad. La misa que se dio a este primer Domingo después de Pentecostés fue una misa votiva compuesta a principios del siglo VII en honor de este inescrutable misterio.

 

Misal Diario por DOM  Gaspar Lefebvre.  Traducción y adaptación Germán Prado

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Se los invita a oír la Santa Misa celebrada según la forma extraordinaria del Rito Latino, el próximo Domingo 19 de Junio en:

 

  • LA PLATA: SUSPENDIDA. Por este domingo no se celebrará la Santa Misa Tradicional en La Plata. Se retomará el Domingo siguiente.
  • CORDOBA: Capilla de la Santísima Trinidad, ubicada junto a la estación de colectivos. Todos los Domingos a las 10 horas. Organiza Una Voce y celebra el Fray Rafael Rossi OP.
  • MAR DEL PLATA: Capilla Stella Maris, Base Naval de Mar del Plata, todos los Domingos a las 12 horas (excepto el primer Domingo de cada mes que se rezara en la Capilla Divino Rostro tambien a las 12hs). Rezada por el R.P. Capellan Jorge Rotella.
  • SANTA FE: Convento Santo Domingo, ubicado entre las calles 9 de Julio y 3 de Febrero, centro histórico de Santa Fe de la Vera Cruz. Todos los Domingos 11,15 horas. Celebra P. Daniel María Rossi OP.

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Recursos para la Santa Misa del día

Propio para imprimir

 

Foederatio Internationalis Juventutem