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miércoles, 31 de agosto de 2011

SOBRE LAS POSTURAS DURANTE LA SANTA MISA (III)

Miércoles 31 de Agosto
El Código de Derecho Canónico recuerda que: «El sacramento más augusto, en el que se contiene, se ofrece y se recibe al mismo Cristo Nuestro Señor, es la santísima Eucaristía, por la que la Iglesia vive y crece continuamente. El Sacrificio eucarístico, memorial de la muerte y resurrección del Señor, en el cual se perpetúa a lo largo de los siglos el Sacrificio de la cruz, es el culmen y la fuente de todo el culto y de toda la vida cristiana, por el que se significa y realiza la unidad del pueblo de Dios y se lleva a término la edificación del cuerpo de Cristo» (canon 857).

Esta naturaleza sacrificial de la Misa fue afirmada solemnemente por el Concilio de Trento, en armonía con la tradición universal de la Iglesia, y ha sido recogida en el Misal Romano de San Pío V. Por su importancia, este carácter ha sido nuevamente expresado por el Concilio Vaticano II, al pronunciar estas significativas palabras acerca de la Misa: «Nuestro Salvador, en la Última Cena, instituyó el sacrificio eucarístico de su Cuerpo y de su Sangre, con el cual iba a perpetuar por los siglos, hasta su retorno, el sacrificio de la cruz y a confiar así a su Esposa, la Iglesia, el memorial de su muerte y resurrección» (Constitución Sacrosanctum concilium, § 47). Debido a la importancia del acontecimiento que ocurre en cada Misa, los fieles han de tributar «la máxima veneración a la santísima Eucaristía, tomando parte activa en la celebración del Sacrificio augustísimo, recibiendo este sacramento frecuentemente y con mucha devoción, y dándole culto con suma adoración» (canon 858 del Código de Derecho Canónico).

Por consiguiente, para seguir con la debida reverencia el sacrificio redentor que se renueva en cada Misa, es necesario guardar un comportamiento acorde a la grandeza de lo que se está celebrando. Con ese fin, la Iglesia ha previsto también que la postura corporal de los fieles se adapte a cada una de las partes de la Misa.
En la forma extraordinaria, las posturas son las siguientes:

a) A la entrada del sacerdote: de pie.
b) Oraciones al pie del altar: si la Misa es rezada, de rodillas hasta que finaliza el confiteor. Si la Misa es cantada, de pie hasta el Gloria.
c) Gloria: de pie (sentarse cuando el sacerdote lo hace).
d) Oración Colecta: de pie.
e) Epístola, Gradual y Aleluya: sentado.
f) Evangelio: de pie.
g) Homilía: sentado.
h) Credo: de pie (arrodillarse cuando se dice: «Et incarnátus est de Spíritu Santo ex María Vírgine: et homo factus est»; sentarse cuando el sacerdote lo hace, y ponerse de pie cuando termina).
i) Ofertorio: sentarse después de responder: «Et cum spíritu tuo».
j) Prefacio y Sanctus: de pie.
k) Canon de la Misa: de rodillas (desde el fin del Sanctus y hasta el «Amen» con que se responde la invocación «Per ómnia saécula saeculórum» del sacerdote).
l) Pater Noster: de pie hasta el Agnus Dei inclusive.
m) Agnus Dei: de rodillas desde que se ha acabado de recitar o cantar el Agnus Dei y hasta que ha finalizado la oración de la Comunión.
n) La Comunión se recibe siempre de rodillas y en la boca. No se dice «Amen» en el momento de comulgar y quien desee hacerlo, ha de abstenerse de tomar cualquier alimento o bebida al menos desde una hora antes de la sagrada comunión, a excepción sólo del agua y de las medicinas (canon 919 § 1 del Código de Derecho Canónico).
o) Poscomunión: de pie.
p) Después del «Ite, Missa est»: de rodillas para recibir la bendición.
q) Último Evangelio: de pie (se hace una genuflexión cuando el sacerdote dice: «Et Verbum caro factum est»).
r) Oraciones finales (preces leoninas): de rodillas (sólo se dicen en las Misas rezadas). Si la Misa es cantada, se permanece de pie mientras se entona el motete final.
s) Salida del sacerdote: de pie.
Por supuesto, las personas mayores o enfermas pueden sentarse cuando sea necesario.

Fuente: http://unavoceellitoral.blogspot.com

Rogemos por su alma

Candela-Rodriguez

 

Requiem aeternam dona ei Domine.
Et lux perpetua luceat ei.
Requiescat in pace.
Amen.

Santa Misa Tradicional en Alejo Ledesma, Diócesis de Rio Cuarto

Parroquia San José, ALEJO LEDESMA

 

SANTA MISA
RITO ROMANO TRADICIONAL
CONFORME
MOTU PROPRIO SUMMORUM PONTIFICUM
DE BENEDICTO XVI

 


SABADO
10 DE SEPTIEMBRE DE 2011
-Misa de acción de gracias-
17:30hs

 


Parroquia San José
Hipólito Yrigoyen 456
ALEJO LEDESMA
PROVINCIA DE CORDOBA – ARGENTINA


Auspicia: Una Voce Córdoba

evento

POR DULCINEA ARGENTINA

por Leonardo Castellani

 

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—Ahora yo solamente defiendo mi fe —gritó el cura cuando se apagó el vocerío—, contra la herejía más sutil que existe, la última herejía, dentro de cuyo caldo nacerá el Anticristo. Muchos de vosotros defendéis el ser histórico de esta nación, que habéis aprendido a amar, como Uriarte por ejemplo; otros defendéis o vengáis directamente vuestros bienes arrapiñados, que consideráis con razón requisito necesario de vuestra vida moral y racional; como por ejemplo el tagarote de Quiroga Quintana. Pero yo defiendo directamente la fe católica. Porque este democratismo que se nos impone a la vez con la mentira y la violencia, es una cosa religiosa, es el cristianismo de Cristo transformado en el cristianismo de Panchampla, adulterado, tergiversado, vaciado de todo su contenido; y rellenado por Juliano Felsenburgh de un contenido satánico.

—¡Obra de los judíos! —gritó uno; y un gong impuso silencio.

—A la manera que la Iglesia dice: Extra Ecclesiam nulla salus, ahora esta Contra-Iglesia o mejor dicho Pseudo-Iglesia proclama: Fuera de la “democracia” no hay salvación. A los que no admitimos esta sublimación ilegítima de un sistema político en dogma religioso, nos llaman peralistas o nazis o cristóbales. El ser “nazi” corresponde a una nueva categoría de crimen, peor que el robo, el asesinato, el adulterio y cualquier delito común; no de balde a la policía que lo persigue llaman Sección Especial. En realidad, corresponde al delito que en otro tiempo se llamó “herejía”; por eso dije que este “liberalismo” triunfante ahora es una cosa religiosa: es una religión falsa, peor que el mahometismo. ¡Se nos quiere hacer creer que la guerra de Norteamérica contra Asia es una Cruzada, una “guerra santa”! Se ha inventado y puesto en acción contra nosotros una Inquisición mucho peor que la antigua, “diametralmente” peor —como sería por ejemplo la inversión sexual con respecto a la simple lujuria—. Se está repitiendo lo que pasó en Inglaterra en los siglos XVII y XVIII con la palabra “papista”, y con los que ella designaba, que eran los cristianos mejores, que fueron extirpados limpios del país en forma total: con la diferencia que ahora el proceso es mundial, y se esconde detrás de una hipocresía mucho más adelantada. ¡Nos matan en nombre de la libertad y en nombre de Cristo!
Toda esta persecución se hace en nombre del Cristianismo, del cual se han conservado los nombres vaciados y los ritos falsificados, llegándose hasta el fingir una adhesión zalamera y enteramente inefectiva al Sumo Pontífice de Roma. Se mantiene el aparato burocrático de las Curias y aún se fomenta su hipertrofia, pero todas las asisas sobre que el Cristianismo romano se asienta… como la independencia de la familia y la propiedad privada, la justicia social, el principio de legitimidad de los gobiernos, el control sobre los gobernantes, la decencia pública, la convivencia caritativa… la Ley en fin… todo eso ha sido aniquilado, de sobra lo sabéis, lo habéis sufrido en carne propia… haciendo al mismo tiempo mucho ruido con todas esas palabras. Se favorece al clero menos digno, en una diabólica selección al revés, y de hecho se ha creado un cisma en él, con el sencillísimo arbitrio de dar las sillas episcopales, no a los más dignos, que son los más doctos… no a los más inteligentes y espirituales, sino a los más políticos y puerilmente “piadosos”. Pero ¿a qué seguir? Todos lo conocéis por haberlo sufrido, mejor que yo. La adoración de Dios está siendo sustituída imperceptiblemente por la adoración del Hombre; y eso sin suprimir a Cristo, sino reduciéndolo súbdolamente a hombre. El misterio de iniquidad, que consiste en la inversión monstruosa del movimiento adoratorio de hacia el Creador en hacia la Creatura se ha verificado del modo más completo posible, sin suprimir uno solo de los dogmas cristianos, como la Virgen Madre, el Santísimo Sacramento, el Crucificado, solamente con convertirlos en “mitos”, es decir, en símbolos de lo divino que ES lo humano, como dijo el gran escritor español Unamurri… y yo mismo hace un momento, en otro sentido. De vosotros no sé; de mí sé decir que no hay descanso para mí, fuera de la muerte, mientras esta abominación subsista.

San Ramón Nonato



San Ramón nació de familia noble en Portell, cerca de Barcelona, España en el año 1200. Recibió el sobrenombre de non natus (no nacido), porque su madre murió en el parto antes de que el niño viese la luz. Con el permiso de su padre, el santo ingresó en la orden de los Mercedarios, que acababa de fundarse. San Pedro Nolasco, el fundador, recibió la profesión de Ramón en Barcelona.

Progresó tan rápidamente en virtud que, dos o tres años después de profesar, sucedió a San Pedro Nolasco en el cargo de "redentor o rescatador de cautivos". Enviado al norte de África con una suma considerable de dinero, Ramón rescató en Argel a numerosos esclavos. Cuando se le acabó el dinero, se ofreció como rehén por la libertad de ciertos prisioneros cuya situación era desesperada y cuya fe se hallaba en grave peligro. Pero el sacrificio de San Ramón no hizo más que exasperar a los infieles, quienes le trataron con terrible crueldad. Sin embargo, el magistrado principal, temiendo que si el santo moría no se pudiese obtener la suma estipulada por la libertad de los prisioneros a los que representaba, dio orden de que se le tratase más humanamente. Con ello, el santo pudo salir a la calle, lo que aprovechó para confortar y alentar a los cristianos y hasta llegó a convertir y bautizar a algunos mahometanos. Al saberlo, el gobernador le condenó a morir empalado, pero quienes estaban interesados en cobrar la suma del rescate consiguieron que se le conmutase la pena de muerte por la de flagelación. San Ramón no perdió por ello el valor, sino que prosiguió la tarea de auxiliar a cuantos se hallaban en peligro, sin dejar escapar la menor ocasión de ayudarlos.


San Ramón encaró dos grandes dificultades. No tenía ya un solo centavo para rescatar cautivos y predicar el cristianismo a los musulmanes equivalía a la pena de muerte. Pero nada lo detuvo ante el llamado del Señor. Conciente del martirio inminente, volvió a instruir y exhortar tanto a los cristianos como a los infieles. El gobernador, enfurecido ante tal audacia, ordenó que se azotase al santo en todas las esquinas de la ciudad y que se le perforasen los labios con un hierro candente. Mandó ponerle en la boca un candado, cuya llave guardaba él mismo y sólo la daba al carcelero a la hora de las comidas. En esa angustiosa situación pasó San Ramón ocho meses, hasta que San Pedro Nolasco pudo finalmente enviar algunos miembros de su orden a rescatarle. San Ramón hubiese querido quedarse para asistir a los esclavos en África, sin embargo, obedeció la orden de su superior y pidió a Dios que aceptase sus lágrimas, ya que no le había considerado digno de derramar su sangre por las almas de sus prójimos.


A su vuelta a España, en 1239, fue nombrado cardenal por Gregorio IX, pero permaneció tan indiferente a ese honor que no había buscado, que no cambió ni sus vestidos, ni su pobre celda del convento de Barcelona, ni su manera de vivir. El Papa le llamó más tarde a Roma. San Ramón obedeció, pero emprendió el viaje como el religioso más humilde. Dios dispuso que sólo llegase hasta Cardona, a unos diez kilómetros de Barcelona, donde le sorprendió una violenta fiebre que le llevó a la tumba. El santo tenía aproximadamente treinta y seis años cuando murió el 31 de agosto de 1240. Cardona pronto se transformó en meta de peregrinaciones. Fue sepultado en la capilla de San Nicolas de Portell.


El Papa Alejandro VII lo incluyó en el Martirologio Romano en 1657.

Fuente: santopedia.com

Sermón del Cardenal Newman: ¡Velad!

¡Mirad!, ¡velad!, porque no sabéis cuándo será el tiempo”.
Mc. 13: 33

 

Nuestro Salvador formuló esta advertencia cuando estaba por dejar este mundo—esto es, en lo que a su presencia visible se refiere. Pero contemplaba el futuro, dirigía su vista hacia los muchos cientos de años que habrían de pasar antes de que volviera. Conocía su propósito y el propósito de su Padre, dejando gradualmente al mundo para que se arreglara por sí mismo, quitando gradualmente las prendas de su graciosa presencia. Contemplaba todo lo que sucedería… contemplaba todas las cosas, la creciente negligencia respecto de su persona, negligencia que se extendería incluso entre los que se profesaban seguidores suyos; la descarada desobediencia y las insultantes palabras que le dedicarían a Él y a su Padre de parte de muchos que Él había regenerado: y la frialdad, cobardía y tolerancia para con el error que desplegarían otros que no llegaban tan lejos como para directamente hablar o actuar en su contra. Anticipaba el estado del mundo y de la Iglesia, tal como la vemos hoy en día, cuando su prolongada ausencia ha hecho que prácticamente se crea que nunca más volverá con presencia visible: y en el texto que nos ocupa nos susurra misericordiosamente a los oídos que no confiemos en lo que vemos, que no compartamos esa general incredulidad, que no nos dejemos llevar por el mundo, sino que “miremos, vigilemos y recemos” y esperemos Su Venida.

 

Por cierto que deberíamos tener presente esta graciosa advertencia en todo tiempo, siendo que es tan precisa, tan solemne, tan seria. Profetizó su Primera Venida y sin embargo tomó por sorpresa a su Iglesia cuando vino; mucho más repentina será la segunda vez, cuando sorprenda a los hombres con su Parusía, ahora que no ha indicado intervalo de tiempo alguno como sí lo hizo otrora, sino que dejó librada a nuestra vigilancia la guarda de nuestra fe y la custodia de nuestro amor.

 

Consideremos pues esta cuestión tan grave que a todos nos concierne de manera tan íntima: ¿en qué consiste esto de vigilar, de velar por la venida de Cristo? Él nos dice: “Velad, pues, porque no sabéis cuándo volverá el Señor de la casa, si en la tarde, o a la medianoche, o con el canto del gallo, o en la mañana, no sea que volviendo de improviso os encuentre dormidos. Lo que os digo a vosotros, lo digo a todos: ¡Velad!” (Mc. 13: 35-37). Y en otro lugar: “Si el dueño de casa supiese a qué hora el ladrón ha de venir, no dejaría horadar su casa.” (Lc. 12: 39). Advertencias parecidas, tanto de Nuestro Señor como de sus Apóstoles, se hallan en otros lugares. Por ejemplo está la parábola de las Diez Vírgenes, cinco de las cuales eran sabias y cinco necias, que resultaron sorprendidas por el novio que se demoraba y que apareció de repente hallándolas desprovistas de aceite. Sobre lo cual, comenta Nuestro Señor: “Velad, pues, porque no sabéis ni el día ni la hora”. (Mt. 25: 13). Y otra vez: “Mirad por vosotros mismos, no sea que vuestros corazones se carguen de glotonería y embriaguez, y con cuidados de esta vida, y que ese día no caiga de vosotros de improviso, como una red; porque vendrá sobre todos los habitantes de la tierra entera. Velad, pues, y no ceséis de rogar para que podáis escapar a todas estas cosas que han de suceder, y estar en pie delante del Hijo del Hombre” (Lc. 21: 35-36). Y de igual manera lo retó a Pedro en términos parecidos: “Simón, ¿duermes? ¿No pudiste velar una hora?” (Mc. 14: 37).

 

De manera parecida San Pablo en su Epístola a los Romanos: “Hora es ya que despertéis del sueño… La noche está avanzada, y el día está cerca” (Rom. 13: 11, 12). Y nuevamente: “Velad; estad firmes en la fe; comportaos varonilmente” (I Cor. 16: 13); “Confortaos en el Señor y en la fuerza de su poder. Revestíos con la armadura de Dios, para poder sosteneros contra los ataques engañosos del diablo… para que podáis resistir en el día malo, y habiendo cumplido todo, estar en pie” (Ef. 6: 10, 13); “No durmamos como los demás; antes bien velemos y seamos sobrios” (I Tes. 5: 6). Y de modo parecido, San Pedro: “Sed sobrios y estad en vela: vuestro adversario el diablo ronda, como un león rugiente, buscando a quien devorar” (I Pet. 5 :8). No menos que San Juan: “He aquí que vengo como ladrón. Dichoso el que vela y guarda sus vestidos” (Apoc16: 15).

 

Ahora bien, considero que esta palabra, velad, usada originalmente por Nuestro Señor, luego por su discípulo preferido, luego por los dos grandes Apóstoles, Pedro y Pablo, es una palabra notable, notable porque la idea que expresa no resulta tan obvia como podría parecer a primera vista, y luego porque todos insisten tanto en ella. No es que tengamos que creer simplemente, sino velar también; no basta con amar, sino que tenemos que velar también; simplemente obedecer, sino velar también; velar, estar vigilantes —¿por qué cosa? Por ese gran acontecimiento, la Segunda Venida de Cristo. Por tanto, ora nos detengamos a considerar el sentido obvio de la palabra, ora el Objeto sobre el cual versa, nos parece ver que se nos insta a un deber especial que naturalmente no se nos habría ocurrido. La mayoría de nosotros tiene una idea general sobre qué se quiere significar con las palabras creer, temer, amar y obedecer; pero a lo mejor no contemplamos o no entendemos enteramente lo que se quiere decir con velar, con estar vigilantes.

 

Y me da por pensar que es una herramienta muy práctica para distinguir entre los verdaderos y perfectos sirvientes de Dios y la multitud de los llamados cristianos; distinguir entre ellos, entre quiénes son, no diré falsos o reprobados, pero cuyo mismo talante hace que no podamos decir gran cosa sobre ellos, ni hacernos demasiada idea de cuál será su suerte. Y al decir esto, no vayan a entender que estoy sugiriendo —pues en modo alguno lo estoy haciendo— que podamos tener por cierto quiénes son los perfectos y quiénes son los cristianos incompletos o de doblez; ni tampoco que aquellos que discurren e insisten sobre estos tópicos parusíacos se encuentran del lado bueno de la divisoria. Sólo me refiero a dos tipos de personalidades: uno de carácter veraz y consistente y aquel otro —el inconsistente; y digo que serán separados no poco por este único rasgo— los cristianos dendeveras, sean quiénes sean, vigilan, y los cristianos inconsistentes, no. Pues bien, ¿qué es vigilar?

 

Se me ocurre que se puede explicar como sigue: En el curso ordinario de la vida—¿conocen la sensación de estar esperando a un amigo, anticipando su llegada y luego resulta que se demora? ¿Saben lo que es pasarla en compañía desagradable, deseando que el tiempo pase de una vez y llegue la hora en que se los deje en libertad? ¿Han visto lo que es estar ansiosos no sea que algo suceda, que bien puede que ocurra o que no, o vivir en suspenso respecto de algún acontecimiento importante que nos hace latir el corazón cada vez que nos acordamos y que es la primera cosa en la que pensamos al despertar por la mañana? ¿Saben cómo es tener un amigo en un país distante, estar esperando noticias suyas y andar preguntándose día tras día sobre cómo andará y si acaso está bien? ¿Han experimentado lo que es vivir pendiente de alguien presente, que vuestra mirada sigue la de él, que leen su alma, que advierten cada cambio en su semblante, que anticipan sus deseos, que los hace sonreír si sonríe, y que los entristece si está triste, y que los apena si está enojado y cuyos triunfos los llena de gozo? Velar por Cristo es un sentimiento análogo; en la medida en que los sentimientos de este mundo valen como sombras de aquél otro.

 

Vela por Cristo quien dispone de un alma sensible, solícita, receptiva; un alma viva, atenta, alerta, celosa en su búsqueda y de Su honra; que lo busca en cada cosa que sucede, y que no se sorprendería, que no se hallaría sobre-excitado ni abrumado si cae en la cuenta de que Él está por venir en seguida.

 

Y quien anticipa el futuro, pero también contempla el pasado (y lo hace de tal modo que no se admira de los bienes que adquirió su Salvador para él de tal forma que vaya a olvidar cuánto no sufrió por él), pues bien, ése vigila con Cristo. Vela con Cristo quien en todo tiempo conmemora y renueva en su propia persona la Cruz y Agonía de Cristo y que acepta gozoso aquella manta de aflicción que Cristo usó cuanto estuvo entre nosotros y que dejó tras suyo cuando ascendió a los cielos. De aquí que en las Epístolas, así como también los autores inspirados, a menudo exhiben su deseo por su Segunda Venida, bien que tampoco por eso jamás dejan de tener presente su Crucifixión y su Resurrección. Así, si San Pablo le recuerda a los romanos que deben esperar la redención de su cuerpo en el último día, también agrega que “si sufrimos juntamente con Él, también seremos glorificados con Él” (Rom 8: 11, 17). Y si le habla a los Corintios de “aguardar la revelación de nuestro Señor Jesucristo” (I Cor. 1: 7), también les habla de llevar “por doquiera en el cuerpo la muerte de Jesús, para que también la vida de Jesús se manifieste en nuestro cuerpo” (II Cor. 4: 9). Y cuando a los Filipenses les habla de “la virtud de la Resurrección”, inmediatamente insta a “la participación de sus padecimientos—conformados a la muerte Suya” (Fil. 3: 10). Si consuela a los Colosenses con la esperanza de aquella hora “cuando se manifieste nuestra vida, que es Cristo” (Col. 3: 4), es porque ya les había declarado que suple “en su carne lo que falta a las tribulaciones de Cristo a favor del Cuerpo Suyo que es la Iglesia” (Col. 1: 24). Así, el pensamiento de lo que es Cristo no debe remover de nuestras mentes el pensamiento de lo que fue; y la fe siempre está penando con Él mientras se regocija. E igual unión de pensamientos contrarios se nos imprime con la Santa Comunión, en la que vemos la muerte y la resurrección de Cristo a una, como una y la misma cosa al mismo tiempo; conmemoramos una, nos regocijamos en la otra; hacemos una ofrenda y obtenemos una bendición.

 

Por tanto, esto es velar: estar desapegados del presente y vivir en lo que es invisible; vivir pensando en el Cristo —cómo vino una vez, cómo volverá; desear su Segunda Venida y que ese deseo proceda del recuerdo afectuoso y agradecido por su venida aquella primera vez. Y en esto encontraremos que en general los hombres se muestran deficientes. Por cierto que también les falta fe y caridad; pero por lo menos profesan contar con esas gracias y no resulta fácil convencerlos de que no es así. Pues consideran que tienen fe si reconocen que la Biblia es palabra de Dios o si confían enteramente su salvación a Cristo; y consideran que tienen caridad si obedecen a algunos de los mandamientos más obvios de Dios. Creen tener fe y caridad; pero den por descontado que ni se les ocurre imaginar siquiera que velan. Lo que significa velar, y cómo se trata de un deber —sobre eso no tienen ninguna idea precisa. Y así es que el asunto este de velar, de paso viene a constituirse en prueba apropiada para establecer quién es cristiano, toda vez que resulta una faceta esencial de la fe y del amor. Aun así los hombres de este mundo ni siquiera lo profesan. E insisto: velar es propiedad específica de la fe y del amor, constituye la vida o la energía de aquellas virtudes y es el modo en que, si son genuinas, se manifiestan.

 

Resulta fácil ejemplificar lo que quiero decir con ejemplos de experiencias de la vida que todos tenemos. Indudablemente son muchos los que se mofan abiertamente de la religión, o que al menos desobedecen abiertamente sus leyes; mas consideremos aquellos que tienen almas un poco más sobrias y son un poco más concienzudos. Cuentan con un buen número de cualidades, y en cierto sentido y hasta cierto punto se puede decir que son religiosos. Pero no velan. Brevemente dicho, sus nociones acerca de la religión son éstas: se trata de amar a Dios, sin duda, pero también de amar al mundo; no sólo cumpliendo con su obligación sino también encontrando su principal y más elevado bien en aquel estado al que Dios ha querido llamarlos, descansando en eso, tomándolo como debido. Sirven a Dios, y lo buscan; pero contemplan al mundo presente como si fuera eterno, no como un telón de fondo, el paisaje meramente pasajero detrás de los deberes que tienen que cumplir y de los privilegios de que disfrutan—nunca contemplan la perspectiva de que un día serán separados de todo eso. No es que vayan a olvidarse de Dios, ni que dejen de vivir según sus principios, o que se olviden de que los bienes de este mundo son Su regalo; pero los aman por sí mismos más que por gratitud a su Dador, y cuentan con que estas cosas van a permanecer —como si esos bienes fueran a permanecer tanto como sus deberes y privilegios religiosos. No entienden que son llamados a ser extranjeros y peregrinos sobre esta tierra, y que su suerte en este mundo y los bienes mundanos que les tocó en suerte no son sino una especie de accidente de su existencia, y que en rigor no tienen derecho de propiedad sobre ellos, por más que las leyes humanas les garantice tal propiedad. Entonces, y de acuerdo con esto, ponen su corazón en estos bienes, sean grandes o pequeños, y todo esto con algún sentido de religión—pero en cualquier caso, idolátricamente. Ésta es su falta —una identificación de Dios con el mundo y por tanto una idolatría de este mundo; y así se ven libres de los trabajos que supone aguardar a su Dios, pues creen que ya lo han encontrado en los bienes de este mundo. Por tanto, mientras son dignos de alabanza por razón de muchos de sus comportamientos y si bien resultan benévolos, caritativos, gentiles, buenos vecinos y útiles para su generación —y más todavía, aunque quizás se muestren constantes en el cumplimiento de los deberes religiosos ordinarios establecidos por la costumbre, y si bien despliegan muchos sentimientos rectos y amables y son muy correctos en sus opiniones e incluso a medida que pasa el tiempo mejoran su carácter y su conducta, y corrigen mucha cosa en la que andaban mal, y ganan en dominio de sí, maduran el juicio y por tanto son tenidos en gran estima— aun así está claro que aman este mundo, se muestran renuentes a dejarlo y desean aumentar la cantidad de sus bienes. Les gusta la riqueza, la distinción, el prestigio y ejercer influencia. Puede que mejoren en conducta, pero no en sus objetivos; van para adelante, pero no ascienden; se mueven en un nivel bajo, y aun cuando se movieran para adelante durante siglos enteros, jamás se levantarían por sobre la atmósfera de este mundo. “Estaré en pie sobre mi atalaya, me apostaré sobre la muralla, y quedaré observando para ver qué me dirá Yahvé y qué responderá a mi querella” (Habacuc I2: 1). Éste es el ánimo, el talante que no tienen; y cuando pensamos cuán raro resulta encontrarlo entre los que se profesan cristianos, caeremos en la cuenta de por qué Nuestro Señor se muestra tan urgido en recordarlo —como si hubiera dicho “Les aviso, seguidores míos, mis discípulos, les advierto contra la abierta apostasía; no será con todos así; pero anticipo que muy pocos se mantendrán en vela y vigilantes mientras Yo esté fuera. Benditos los sirvientes que así lo hagan; pocos son los que me abrirán inmediatamente, ni bien golpee la puerta. Pues resulta que siempre van a tener que hacer algo antes; necesitarán de tiempo para prepararse. Tendrán que recuperarse de la sorpresa y confusión que caiga sobre ellos ni bien se enteren de mi Venida, y requerirán tiempo para prepararse adecuadamente y componer apropiadamente sus pensamientos y afectos. Se sienten muy bien así como están; y desean servir a Dios tal como lo están haciendo. Están satisfechos con permanecer sobre la tierra; no desean moverse; no desean cambiar.” Por tanto, sin negar que esta gente merezca alabanza por muchos de sus hábitos y prácticas, diría que les falta el corazón tierno y delicado que pende del pensar en Cristo y que vive en Su amor.

 

El hálito del mundo tiene un peculiar poder para lo que podría llamarse la oxidación del alma. El espejo dentro suyo, en lugar de devolver el reflejo del Hijo de Dios su Salvador, exhibe una imagen pálida y descolorida; y de aquí que disponen de mucho bien dentro suyo, pero sólo está ahí, dentro suyo —esa imagen no los atraviesa, no está a su alrededor y sobre ellos. Sobre ellos se encuentra otra cosa: una costra maligna. Piensan con el mundo; están llenos de las nociones del mundo y de su forma de hablar; apelan al mundo, y tienen una especie de reverencia para lo que el mundo tiene que decir. En esta gente uno encuentra ausente una cierta naturalidad, una sencillez y una aptitud infantil para ser enseñados. Resulta difícil conmoverlos, o (lo que podría decirse) alcanzarlos y persuadirlos para que sigan un rumbo recto en materia religiosa. Se apartan cuando uno menos lo espera: tienen reservas, hacen distinciones, formulan excepciones, se detienen en refinamientos, en cuestiones en las que al final no hay sino dos lados, el bueno y el malo, la verdad y el error. En tiempos en que deberían fluir cómodamente, sus sentimientos religiosos se traban; en su conversación, o bien se muestran tímidos y nada pueden decir, o bien parecen afectados y tensos. Y así como el óxido corroe el metal y se lo devora, así el espíritu del mundo penetra más y más profundamente en el alma que alguna vez lo dejó entrar. Y así parece que este es uno de los grandes fines de la aflicción, esto es, que frota, raspa y limpia el alma de estas manchas exteriores y en alguna medida la mantiene en su pureza y luminosidad bautismal.

 

Pues bien, por cierto que no puede dudarse de que en la Iglesia hay multitud de gente como la que he estado describiendo y que no podrían darle de inmediato la bienvenida al Señor cuando su Segunda venida. Claro que no podemos aplicar lo que se ha dicho a este o a este otro individuo en particular; pero en general, mirando a las multitudes, tampoco nos podemos equivocar. Puede haber excepciones; pero después de separar a la mayor cantidad con toda clase de deducciones, tiene que quedar un gran cuerpo de gente que responde a esta etopeya: gente con cierta doblez, tratando de componer cosas incompatibles. De esto podemos estar perfectamente seguros, bien que Cristo nada dijo sobre el particular. Y es una idea solemne y grave, ésta de que de hecho Cristo específicamente nos llamó la atención sobre este peligro, el peligro de la religiosidad mundana, pues así se puede llamar, por más que sea una cierta religiosidad —esta mezcla de religión e infidelidad, que en verdad sirve a Dios, pero que ama las modas, las distinciones, los placeres, las comodidades de esta vida, que se complace en la prosperidad, que ama la pompa y las vanidades, que exhibe tantas particularidades respecto de la comida, el vestido, la casa, el mobiliario y los asuntos domésticos, que corteja a los prominentes y que apunta a obtener una posición en la sociedad. Cristo le advierte a sus discípulos del peligro de permitir que sus almas se distraigan y ya no piensen en Él, no importa cuál el motivo; les advierte contra todas las distracciones, contra todos los encantos de este mundo; les advierte solemnemente que el mundo no estará preparado para Su Venida y les implora tiernamente que no tengan parte alguna de este mundo. Les advierte con el ejemplo del rico cuya alma sería llamada, con el de los sirvientes que comían y bebían porque el Amo tardaba, con el de las vírgenes necias. Cuando Él venga, todos y cada uno de ellos querrá más tiempo; sus cabezas estarán confundidas, sus ojos mareados, la lengua seca, las piernas temblando como a quién se lo despierta repentina y abruptamente. De inmediato no podrán recomponer sus sentidos y facultades. ¡Temible idea! El cortejo nupcial pasa raudo—hay ángeles ahí, los justos y perfectos están ahí, niños pequeños y maestros santos, los santos revestidos de luz y los mártires lavados en sangre; han llegado las bodas del Cordero y Su esposa se ha preparado. Ya se ha atildado: mientras nosotros hemos estado durmiendo, ella se está revistiendo; ha estado agregando joya sobre joya y gracia sobre gracia; se ha ido rodeando de sus elegidos, uno por uno, y ha estado ejercitándolos en santidad y purificándolos para su Señor; y ahora ha llegado la hora de la boda. La Jerusalén Celestial está descendiendo y una voz proclama en alta voz: “¡Mirad, llega el novio! ¡Salid a su encuentro!”, pero nosotros lamentablemente nos hallamos encandilados con aquel resplandor de luz y así como no le damos la bienvenida a semejante voz, tampoco la obedecemos —y todo esto ¿para qué? ¿Qué habremos ganado entonces? ¿Qué hará el mundo por nosotros en aquella hora? ¡Desgraciado mundo engañador! El que por entonces será consumido por el fuego, no sólo incapaz de valernos de algo, sino incapaz también de salvarse a sí mismo. En verdad que aquella será una hora de miseria, cuando tomemos plena conciencia entonces de lo que creemosahora, esto es, de que al presente estamos sirviendo al mundo.

 

Al presente jugamos con nuestra conciencia; y le hacemos trampa a nuestro mejor juicio; repelemos las indirectas de quiénes nos insinúan que estamos en colusión con un mundo que perece. Queremos gustar un poco de sus placeres y seguir sus caminos, y creemos que eso no tiene nada de malo con tal de que no olvidemos la religión por completo. Me refiero a que nos permitimos codiciar lo que no tenemos, jactarnos de lo que tenemos, menospreciamos a quiénes tienen menos; o nos permitimos profesar lo que no intentamos poner en práctica, nos permitimos argumentar por el sólo gusto de imponernos y ponemos en cuestión las cosas cuando deberíamos estar obedeciendo; y nos ufanamos de nuestros talentos dialécticos y nos creemos iluminados y despreciamos a quiénes tienen menos para decir en su favor, y nos explayamos con teorías propias que defendemos a muerte; o nos mostramos excesivamente solícitos y ansiosos por asuntos del mundo, y andamos resentidos, envidiosos, celosos, descontentos y de mal talante: de una u otra manera tomamos parte de este mundo y no lo queremos reconocer; obstinadamente nos negamos a creerlo. Sabemos que no somos enteramente irreligiosos y por tanto nos persuadimos de que tenemos religión; aprendemos a creer que resulta posible ser excesivamente religiosos, nos hemos enseñado a nosotros mismos que en realidad no hay nada elevado ni profundo en la religión que requiera gran ejercitación de los afectos, que constituya materia para sesuda y larga reflexión, que implique grandes trabajos para el alma. Andamos por la vida autocomplacientes y pagados de nosotros mismos, sin examinarnos, nunca vigilantes, nunca de pie y alertas, como el centinela que hace guardia de noche; pero avivamos nuestro propio fogón y nos deleitamos con sus chispas. Así estamos, o algo así, y en el Día se pondrá de manifiesto; el Día está próximo, y el Día sondeará nuestros corazones, de tal modo que incluso nosotros mismos caeremos en la cuenta de que hemos estado haciéndonos trampas, engañándonos con palabras, y que no hemos servido a Cristo, tal como el Redentor de las almas reclamaba, sino que hemos prestado un servicio magro, parcial, mundano y en realidad, sin contemplar a Aquél que está más arriba y aparte del mundo.

 

Año tras año… los años pasan silenciosamente; y la Segunda Venida de Cristo cada vez se acerca más. ¡Quiera Dios que a medida que Él se acerca a la tierra nosotros nos vayamos aproximando al Cielo! Hermanos míos, suplico que le recen para que les dé un corazón para buscarlo con toda sinceridad. Recen para que los haga solícitos. Sólo tienen un trabajo que hacer, que es seguirlo llevando la cruz. Determínense a hacerlo con Su Fuerza. Resuélvanse a no dejarse engañar por “sombras de religión”, por palabras, o por disputas, o por nociones, o por altisonantes declaraciones, o por excusas, o por las promesas o amenazas del mundo. Recen para que les otorgue lo que la Escritura llama “un corazón bueno y honesto”, o “un corazón perfecto”, y, sin solución de continuidad comiencen en seguida a obedecerle con el mejor corazón que tengan. Cualquier obediencia es mejor que ninguna —cualquier protesta o declamación separada de la obediencia es pura fachada y engaño. Cualquier religión que no los acerca a Dios es del mundo. Deben buscar su rostro; la obediencia es el único camino para buscarlo. Todos los deberes no son sino obediencias. Si quieren creer en las verdades que Él reveló, si desean regularse por sus preceptos, ser fieles a sus ordenanzas, adherir a su Iglesia y su gente, ¿por qué será, sino porque Él los llamó? Y hacer lo que Él quiere equivale a obedecerle, y obedecerle equivale a acercársele. Cada acto de obediencia es un paso más cerca, un paso más cerca de Aquél que no se halla lejos, aunque lo parezca, sino muy cerca—detrás de esta pantalla de cosas visibles que lo oculta. Él está detrás de esta estructura material; el cielo y la tierra no son sino un velo desplegado entre Él y nosotros; llegará el día en que rasgará ese velo y aparecerá ante nuestra vista. Y entonces, de conformidad con la intensidad con que lo hemos estado esperando, nos recompensará. Si lo hemos olvidado, nos desconocerá; pero “¡felices esos servidores, que el amo, cuando llegue, hallará velando! […] Él se ceñirá, los hará sentar a la mesa y se pondrá a servirles. Y si llega a la segunda vela, o a la tercera y así los hallare, ¡felices de ellos!” (Lc. 12: 37-38). ¡Quiera Dios que a todos nosotros nos toque ese destino! Es duro alcanzarlo, pero desdichado el que falla.

 

Breve es la vida; cierta la muerte; y eterno el mundo por venir.

martes, 30 de agosto de 2011

Un millón de Rosarios por la Patria




Nos sumamos a la campaña:

Estimados Amigos y Compatriotas: el día Sábado 24 de Septiembre se le ofrecerá a Nuestra Señora de la Merced UN MILLON DE ROSARIOS pidiendo por nuestra querida Patria. El ofrecimiento se hará en nuestros hogares y en familia, para que la Virgen Santísima nos mande un Gobernante digno, capaz de llevar a Nuestra querida Patria al destino de grandeza que merece. 

Reenvíe este correo al menos a 20 amigos y convénzalos de la importancia de rezar por la Patria en esta hora terrible. Recuerde el ejemplo de Portugal, Austria, Brasil y otros países - por citar solamente ejemplos modernos- quese libraron de peligros humanamente irreversibles por medio del rezo del Santo Rosario.

Recuerde los dichos de Sor Lucía de Fátima, refiriendo palabras de Nuestra Señora: no hay problema material ni espiritual que no pueda ser resuelto con el rezo fervoroso y confiado del Santo Rosario.

MONSEÑOR ANTONIO MARINO: LOS SÍMBOLOS RELIGIOSOS EN LOS ESPACIOS PÚBLICOS


Artículo de monseñor Antonio Marino, obispo de Mar del Plata,
publicado en el Diario La Capital, de Mar del Plata (agosto de 2011)



En la Legislatura de la ciudad autónoma de Buenos Aires se ha presentado recientemente un proyecto de ley que propone la supresión de símbolos religiosos (crucifijos, imágenes de la Virgen) en los espacios públicos. La Dra. María José Lubertino invoca el “derecho a no creer”. Existen otros antecedentes que van en la misma dirección, como el cuestionamiento de la presencia del signo de la cruz en el escudo de la ciudad de Buenos Aires, o la propuesta del retiro de los restos del general San Martín del recinto de la catedral primada.

Si tomáramos en serio la propuesta de erradicar los símbolos religiosos de las instituciones civiles y de los espacios públicos, esto nos llevaría muy lejos. La aplicación coherente y sistemática de este principio impulsado por una minoría, parece suponer que en la organización de la sociedad se puede ignorar su pasado y su identidad histórica y cultural. Esto equivaldría a pretender fundar nuevamente la patria sobre fundamentos diversos de los ya puestos. Sería preciso cambiar el preámbulo de la Constitución Nacional donde invocamos a Dios como “fuente de toda razón y justicia”. Habría también que eliminar el artículo 2 de la misma, conforme al cual la Iglesia Católica es considerada como una institución de derecho público.

Deberíamos notar que según la misma línea argumentativa, que ve en los símbolos religiosos una amenaza para la democracia y la libertad, deberíamos entonces cambiar los nombres de innumerables ciudades, provincias y calles que llevan la marca de lo cristiano y católico. ¿Habrá que rebautizar a las provincias de Santa Fe, San Juan, San Luis, Santa Cruz, Misiones, Santiago del Estero? ¿Le cambiaremos el nombre a las ciudades de Jesús María, Exaltación de la Cruz, Concepción (Tucumán), Concepción del Uruguay (ER), Pilar, San Miguel de Tucumán, Santa Rosa (LP), San Salvador de Jujuy…? ¡La lista sería tan larga! Por no hablar de los resabios del lenguaje bíblico que han quedado impresos en las lenguas romances y en la lengua castellana en que nos expresamos, y que sería largo ilustrar. Un botón de muestra: ¿de dónde proviene el hablar del “talento” de una persona? La propuesta, de ser llevada a cabo en forma sistemática y coherente, desembocaría en la negación misma de la historia y de la cultura de occidente.

Subyace en esta postura el temor de una indebida injerencia de la autoridad eclesiástica en las instituciones civiles de la República. La tensión no es de ahora. Pero una mirada serena y objetiva sobre la historia de la cultura occidental, nos llevaría a descubrir que es precisamente el cristianismo la fuerza espiritual que ha llevado a distinguir, sin oponer, el ámbito del poder espiritual y el ámbito del poder político. “Dad al César lo que es del César, y a Dios lo que es de Dios” (Mt 22,21). Rectamente entendida la laicidad del Estado se origina con la fe cristiana. Otra cosa distinta es el laicismo, que intenta marginar a Dios de la vida pública y relegarlo al interior de la conciencia y al interior de los templos.

Curiosamente se habla del “derecho a no creer”. ¿A alguien se lo persigue por no creer? ¿No habría que hablar del derecho a creer? ¿O por defender el derecho de minorías debemos atacar las convicciones de las mayorías? Además, ¿nuestra patria debe renunciar a su pasado y a su identidad histórica y cultural?


Mons. Antonio Marino, obispo de Mar del Plata

Santa Rosa de Lima






 Aplaudan a esta Rosa,
las rosas de la tierra;
resuene su alabanza
del sol a las estrellas.
Una Rosa de gracia
en un rosal de penas;
por las culpas del mundo
hirió su carne tierna.
Roja Rosa del cielo,
virgen esta Rosa limeña:
un puñado de gozo
y un haz de penitencias.
Danos, Padre, el perfume
de esta Rosa pequeña;
que su rocío fecunde
estas tierras de América.
Amén.


Himno de Vísperas de la Fiesta de Santa Rosa, Breviario Romano.






"El salvador levantó la voz y dijo, con incomparable majestad: "¡Conozcan todos que la gracia sigue a la tribulación. Sepan que sin el peso de las aflicciones no se llega al colmo de la gracia. Comprendan que, conforme al acrecentamiento de los trabajos, se aumenta juntamente la medida de los carismas. Que nadie se engañe: esta es la única verdadera escala del paraíso, y fuera de la cruz no hay camino por donde se pueda subir al cielo!" Oídas estas palabras, me sobrevino un ímpetu poderoso de ponerme en medio de la plaza para gritar con grandes clamores, diciendo a todas las personas, de cualquier edad, sexo, estado y condición que fuesen: "Oíd pueblos, oíd, todo género de gentes: de parte de Cristo y con palabras tomadas de su misma boca, yo os aviso: Que no se adquiere gracia sin padecer aflicciones; hay necesidad de trabajos y más trabajos, para conseguir la participación íntima de la divina naturaleza, la gloria de los hijos de Dios y la perfecta hermosura del alma.

"Este mismo estímulo me impulsaba impetuosamente a predicar la hermosura de la divina gracia, me angustiaba y me hacía sudar y anhelar. Me parecía que ya no podía el alma detenerse en la cárcel del cuerpo, sino que se había de romper la prisión y, libre y sola, con más agilidad se había de ir por el mundo, dando voces: "¡Oh, si conociesen los mortales qué gran cosa es la gracia, qué hermosa, qué noble, qué preciosa, cuántas riquezas esconde en sí, cuántos tesoros, cuántos júbilos y delicias! Sin duda emplearían toda su diligencia, afanes y desvelos en buscar penas y aflicciones; andarían todos por el mundo en busca de molestias, enfermedades y tormentos, en vez de aventuras, por conseguir el tesoro último de la constancia en el sufrimiento. Nadie se quejaría de la cruz ni de los trabajos que le caen en suerte, si conocieran las balanzas donde se pesan para repartirlos entre los hombres."                                  

Santa Rosa de Lima





Encomendemos hoy a Santa Rosa de Lima, Patrona de América, este hermoso apostolado litúrgico de Juventutem. Santa Rosa de Lima, ruega por nosotros.

domingo, 28 de agosto de 2011

San Agustín

Doctor de la Iglesia, obispo de Hipona

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San Agustín es considerado el más grande de los Padres de la Iglesia, un gran filósofo y teólogo; la obra de este santo fue fundamental para el posterior desarrollo de la filosofía, la teología y el pensamiento en general en Occidente.

Agustín nació en Tagaste (Argelia) el 13 de noviembre del año 354. Su padre, Patricio, era pagano. Su madre, Santa Mónica, fue un modelo acabado de esposa y madre cristiana: sus virtudes ejemplares, su sufrimiento y su oración conseguirían, primero, la conversión de su marido, quien se bautizó a la hora de la muerte, y, después, la de sus hijos. Santa Mónica ejerció sobre Agustín una influencia decisiva. Éste nos ha dejado en sus Confesiones el mejor elogio de su madre. Sin embargo, como él mismo relata en dicha obra, la juventud de Agustín se distinguiría por una conducta de libertinaje, junto con una búsqueda incesante de la verdad.

 

San Agustín y Santa Mónica

Cursó estudios en su ciudad natal, Tagaste, y posteriormente en Manila y Cartago. A los 17 años se procuró una concubina, con la que tuvo un hijo. La lectura del Hortensio, de Cicerón, despertó en él la vocación filosófica. Fue maniqueo puritano desde los diecinueve años hasta los veintinueve.

Decepcionado por el maniqueísmo, que concebía al mundo como una oposición sostenida entre los principios del bien y del mal, fue a Roma en el año 383, abrió escuela de retórica y se entregó al escepticismo académico.

Al año siguiente ganó la cátedra de Retórica de Milán. En esta ciudad acudió a escuchar los sermones de San Ambrosio, quien influyó mucho en la vida de Agustín al hacerle cambiar de opinión sobre la Iglesia católica, la fe, la exégesis y la imagen de Dios.

Tuvo contacto con un círculo de neoplatónicos de la capital, uno de cuyos miembros le dio a leer las obras de Plotino y Porfirio, que determinaron su conversión intelectual.

La conversión del corazón sobrevino poco después, en septiembre de 386, de un modo inopinado. Al año siguiente, su madre, Santa Mónica, quien tanto influyera con su oración y sufrimiento en la conversión de su hijo, murió en Ostia, Italia. Su fiesta se celebra el día anterior a la de su hijo, el 27 de agosto.

Deseoso de ser útil a la Iglesia, Agustín volvió a su continente natal, África, y comenzó a planear una reforma de la vida cristiana. Tres años más tarde fue ordenado presbítero en Hipona para ayudar a su anciano obispo Valerio. Éste, en 396, le consagró obispo, y a su muerte el año siguiente Agustín le sucedió en la sede episcopal. Bajo su orientación la Iglesia africana, derrotada, recobró la iniciativa.

Agustín fue desarmando y desenmascarando las herejías que estaban más difundidas en la época. Los últimos años de su vida se vieron turbados por la guerra. Los vándalos sitiaron su ciudad y tres meses después, el 28 de agosto de 430, murió en pleno uso de sus facultades y de su actividad literaria.

Era de constitución fuerte y sana, como lo demuestran sus actividades, trabajos, viajes y serena ancianidad; sus enfermedades se debieron a constantes excesos de fatiga, ascesis y apostolado. La ilusión de su vida fue la verdad para todos los hombres. Pendiente de sus circunstancias, vivió luchando, aunque era de carácter sereno y apacible. Convirtió su pequeña diócesis en corazón de la cristiandad. Hoy sus restos mortales descansan en Pavía. Comúnmente es representado con traje de obispo o de monje, llevando en la mano un libro, un corazón o una iglesia.

Sus numerosas obras nos han llegado casi en su totalidad y en buen estado. En ellas trata muy diversos temas, desde los que hablan de su propia vida, como las Confesiones y los Soliloquios, hasta varias obras de tema moral y ascético, pasando por otras de carácter exegético y muchas apologéticas —entre ellas La Ciudad de Dios— y con argumentos contra el maniqueísmo y las principales herejías de su tiempo.

 

La vocación de San Agustín, su misión, consistió en recoger, coordinar, asimilar y transmitir dos culturas, la grecorromana y la judeocristiana. Lo realizó tan perfectamente, que se constituyó en genio de Europa. Marcó una nueva ruta al pensamiento y su influjo en la espiritualidad cristiana ha sido notable.

Tenía grandes cualidades humanas: inteligencia poderosa para la síntesis y el análisis, voluntad ardiente e indomable, sensibilidad tierna y viril, vitalidad exuberante, imaginación creadora, iniciativa inagotable, estilo encantador, sentido del humor y del ridículo.

Fue el primer filósofo que adaptó una teología racional a los tres problemas radicales de la existencia, la verdad, el ser y el bien; y casi el primer teólogo que confió en una filosofía crítica, frente a los dogmatismos y fideísmos ilusorios, considerando el entendimiento como revelación natural.

Hombre de una sola pieza, unificó su vida, sus obras y sus intenciones en un sistema vivo y dialéctico, a veces implícito. Teoría y práctica son en él dos formas de una sola postura, si bien es exagerado decir que sus teorías son generalizadoras de sus experiencias. Cada tesis tiene valor desde su fundamento, pero el fundamento florece en cada tesis. Su obra podría definirse como antropología teológica, y, en este sentido, podría hablarse de un humanismo cristiano: la condición humana es su punto de partida, incluso para demostrar la existencia de Dios.

La posteridad ha venerado siempre a este gran genio, y muchas ciencias humanas encuentran en su pensamiento muchas de sus bases y postulados de fondo. Se le ha reconocido el ser un pensador evolutivo, teológico y católico.

Santa Misa Tradicional

Domingo décimo primero después de Pentecostés

 

dom 11 desp de pentecostes

“Effeta”, que significa: Abrios (Evangelio)

 
 

La liturgia de este día nos muestra cómo la oración confiada lo puede todo ante Dios. Las grandes empresas espirituales se han llevado a feliz término gracias a la oración perseverante y confiada.

Sigue la sagrada Liturgia leyendo en estos domingos los Libros de los Reyes, salvo si se ha llegado ya al mes de Agosto, en cuyo caso se lee la Sabiduría. En consonancia con esto podemos hoy traer a la memoria lo sucedido a Ezequías, rey de Judá.

El rey de Asiria, Senaquerib quiso apoderarse de Jerusalém, pero el ángel del Señor, merced a la férvida oración del piadoso rey Ezequías, exterminó a 185.000 soldados asirios, y Senaquerib retrocedió a marchas forzadas, perdiendo la vida en la retirada. Ya se lo había anunciado a Ezequías el gran profeta Isaías, su apoyo y consejero fidelísimo. Así que el reino de Juda tuvo cien años más que su hermano el de Israel.

Sucedió que Ezequías cayó enfermo, y estando ya para morir, conforme se lo avisó el mismo profeta, oró al Señor con grandes instancias y así pudo aplazar la muerte 15 años. No sólo esto, sino que logró del cielo una señal que le certificara de la verdad de la promesa profética, y fue que se detuviera la sombra del sol en el cuadrante de su palacio.

Por donde se ve cómo Dios, bondadoso, se pliega a la voluntad de los que le sirven: voluntatem timéntium se fáciet, y aún a sus santos caprichos. Caso entre todos clásico es el milagro de la virgen santa Escolástica, hermana de San Benito.

Lo mismo que Jesús hizo y dijo al obrar aquella maravillosa curación, hace y dice el sacerdote momentos antes de administrarnos el santo Bautismo, expulsando de nosotros al demonio mediante el exorcismo del Ritual, pronunciando la palabra de Jesús: “Efeta” (Abríos); abríos, oídos, para poder oír la palabra de vida eterna. También pone el sacerdote su dedo humedecido en saliva sobre los oídos y narices del catecúmeno, imitando en esto a Jesús, mientras pronuncia aquella enérgica palabra, y luego le da a gustar un poquito de sal, la sal de la sabiduría, para que el neófito pueda saborear la celestial sabiduría, que está escondida en la religión cristiana, aunque a los ojos carnales pudiera parecer una locura, como les parece una locura y desatino el misterio de la cruz.

Nota además San Gregorio “que si Cristo levantó los ojos y suspiró, no fue porque necesitara de todo eso, Él que daba lo mismo que pedía, si no para enseñarnos a suspirar hacia aquel Señor que reina en los cielos, a fin de que abra nuestros oídos por el don del Espíritu Santo, y que, por la saliva de su boca – o sea por la ciencia de la palabra divina – desate nuestra lengua, capacitándola

para predicar la verdad” (3º noct.).

Demos en este día nuevas gracias a Dios, nuestro Señor, el cual nos asoció mediante el bautismo a

la resurrección de su Hijo benditísimo, devolviéndonos la vida perdida por el pecado, y curándonos de un modo aún más portentoso que el empleado en la curación del rey Ezequías.

Que todos aclamen a Dios (Alel.), el cual, en la abundancia de su bondad, derrama sobre nosotros sus misericordias, rebasando a todos nuestros merecimientos, y aún a nuestros mismos deseos (Or.), distribuyendo copiosamente sobre nosotros los frutos sabrosísimos del Espíritu Santo (Com.).


 

Propio para imprimir

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Se los invita a oír la Santa Misa celebrada según la forma extraordinaria del Rito Latino, el próximo Domingo 28 de Agosto en:

 

  • LA PLATA: Santuario de la Medalla Milagrosa, ubicada en calle 75 entre 6 y 7. Todos los Domingos a las 12 horas. Celebra el Padre Brian Moore.
  • CORDOBA: Capilla de la Santísima Trinidad, ubicada junto a la estación de colectivos. Todos los Domingos a las 10 horas. Organiza Una Voce y celebra el Fray Rafael Rossi OP.
  • MAR DEL PLATA: Capilla Stella Maris, Base Naval de Mar del Plata, todos los Domingos a las 12 horas (excepto el primer Domingo de cada mes que se rezara en la Capilla Divino Rostro también a las 12hs). Rezada por el R.P. Capellán Jorge Rotella.
  • SANTA FE: Convento Santo Domingo, ubicado entre las calles 9 de Julio y 3 de Febrero, centro histórico de Santa Fe de la Vera Cruz. Todos los Domingos 11,15 horas. Celebra P. Daniel María Rossi OP.

 

Foederatio Internationalis Juventutem

Condena del Milenismo

 

Otra cosa que es forzoso aclarar.

 

Hallamos en muchos autores, incluso “serios”, el aserto d que “el milenismo ha sido condenado”. O “lo será”. O “debe serlo”. Es falso.

El milenismo carnal o “kilialismo” SI: ha sido condenado. ¿Dónde?

No hay ningún decreto Conciliar o Pontifical condenatorio dél, que nosotros sepamos. En la recopilación del Denzinger se nombra ciertamente a Kerinthos, pero no como milenista sino como negador de la divinidad de Cristo -como muchos judíos actuales, Kerinthos parece haber aceptado a Cristo como Mesías o Profeta, pero no como Hijo de Dios- en la condena a los Ebionitas (“Ebionem, Cerinthum, Marcionem, Paulum Samosatenum, Photinum… qui… Jesu Christum Dóminum Nostrum verum Deum ese negaverunt…) en el Decreto para los Jacobitas del Concilio de Florencia, 1483, Denz. 720.

Los que hubieren leído los 12 tomos del Mansi, si acaso han hallado la condena expresa del milenismo carnal, haríanos favor nos la indicando.

Pero el Kilialismo Kerenthiano está seguramente condenado en los escritos de los Santos Padres; en lo que llaman “el magisterio ordinario”. Ni una sola línea de las que escribió Kerinthos nos ha llegado; lo cual puede explicar la ausencia de condena expresa y formal. No conocemos propriis términis la herejía de Kerinthos.

Los santos padres se desencadenan contra ella, algunos con verdadera furia; por su afirmación de que habría bodas después de la resurrección (entre resurgidos); contra la afirmación del Evangelio; Lc. XX, 27.

El milenismo espiritual por el contrario no ha sido condenado, ni jamás lo será: la Iglesia no va a serruchar la rama donde está sentada; es decir, la Tradición.

Hubo hace poco dos decretos disciplinares para la América del Sur de una sacra Congregación Romana en que se prohíbe enseñar como “peligroso” (sin condenarlo como “erróneo”) una especie de milenismo. ¿Qué especie?

Aquel que sostiene que “Cristo reinara corporalmente en la tierra”, dice el primer decreto informativo al arzobispo de Chile; “visiblemente”, corrige el 2° decreto, extendido a toda la América del Sur (11-VII-1940 y 28-VII-1944).

La corrección del adverbio “corporáliter” sustituido por “visibíliter” es fácil de comprender. El alegorista que redactó el primer decreto no advirtió quizá que sin querer se condenaba a sí mismo. En efecto, los alegoristas o antimilenistas sostienen como hemos visto que el profetizado Reino de Cristo en el universo mundo es este de ahora, es la Iglesia actual tal cual. ¿Y cómo reina ahora Cristo en este reino? Reina desde el Santísimo Sacramento. ¿Está allí corporáliter? Sí.

Había que corregir rápidamente eso.

Está pues prohibido enseñar en Sudamérica que Cristo reinarávisiblemente desde un trono en Jerusalén sobre todas las naciones; presumiblemente con su Ministro de Agricultura, de Trabajo y Previsión y hasta de Guerra si se ofrece.

Muy bien prohibido. Teología a la Fulton Sheen. “Teología para negros”, llama a esta fabula Ramón Doll. Con perdón de los negros.

Ningún Santo Padre milenista -y hay muchos, como hemos visto- o quier escritor actual serio, ha descripto así el Reino de Cristo. Simplemente no añaden nada de su cosecha, que sería temeridad, a lo que el Evangelista y los Profetas dicen; y ellos no dicen tal cosa.

Uno es libre de imaginar como quiera o pueda el futuro Reino; pero no de “enseñar” sus propias imaginaciones.

Yo no enseño “ni huno ni hotro, ch’amigo”: ni a Kerinthos ni a San Ireneo: tengo otras cosas que enseñar. (Con pesar me veo obligado a hablar de mí, porque una persona que enseña, y por cierto con (cierta) autoridad, me ha difamado enseñando autoritativamente que soy milenista.)

Quisiera ser San Ireneo de Lyon. No me da el cuero para tanto. No tengo talento suficiente para zanjar un problema tan difícil. Lo que en mi fuero interno para mí tengo, eso es cosa entre Dios y yo; que no le incumbe nada al desaprensivo difamador.

Dije arriba que la Iglesia NUNCA CONDENARA el milenismo espiritual; y he aquí mis razones:

La Iglesia enseña que las dos fuentes de la doctrina revelada son la Escritura y la TRADICION. La tradición de la Iglesia Primitiva (la más importante de todas) durante cuatro siglos por lo menos ha sido milenista. Aunque fuese una tradición “dudosa” (como dicen y no parece) la Iglesia Romana no se arriesgaría a condenarla; incluso por simple “política”; quiero decir, buen gobierno. Condenarla sería como guadañarse los pies queriendo guadañar la cizaña.

Los Protestantes niegan la Tradición como fuente autoritativa. Cuando estallo el gran movimiento de la Reforma, dos doctores protestantes, Dellaeus y Dedóminis, argumentaron contra la Tradición diciendo: la Tradición primitiva se equivocó, pues sostuvo el milenismo, el cual es falso, según la Iglesia romana deste tiempo. Si la Iglesia romana condenara el milenismo espiritual haría bueno el argumento de Dellaeus. Y ya no se podría saber seguro cuál cosa es “tradición” y cuál no era tradición.

Y tampoco se podría saber cierto cómo interpretar la Escritura; porque si todo el Cap. XX del Apokalipsi es “mishdrash”, o sea, puro mito o alegoría ¿por qué no lo será todo el Apokalipsi? ¿Y por qué no toda la Escritura, si vamos a eso? ¿Por qué no la resurrección de Cristo? ¿Por qué no su nacimiento partenogénico? Eso dicen hoy día los “Teólogos” modernistas y protestantes liberales. Dicen que son solamente símbolos o metáforas, no realidades.

Un último punto curioso deseo brevemente relevar: muchos de los actuales alegoristas, si no todos, son en el fondo milenistas carnales. En efecto, negando el postparusáico Reino de Cristo, se ven obligados a reponer el cumplimiento de las profesias en un futurogran triunfo temporal de la Iglesia antes de la Segunda Venida; o sea, en una “Nueva edad Media” (ver Berdiaeff y también R. H. Benson en “The Dawn of All”) con el Papa como Monarca Temporal Universal, comandando ejércitos de alegres “jocistas” en bicicleta y camiseta sport… Coinciden con el sueño de la Sinagoga antes de la Primera Venida.

Coinciden también helás con la extraña visión de milenismo ateo de Carlos Marx; no menos que con las barrocas promesas de la muy extendida secta protestante judaizante llamada en Norteamérica “la Nueva Dispensación”. Son todos pájaros de la misma pluma.

Lo último de lo último que debieran (o no debieran) hacer, es tacharme a mí de “milenarista” como dicen ellos.

 

(Todo este último apartado: Condena del Milenismo, es nota del Traductor#)

Tomado de la obra de: Alcañiz S. J. – Castellani, “La Iglesia patrística y la Parusía”,

sábado, 27 de agosto de 2011

Sobre las "monaguillas"

En estos días, especialmente en los blogs de habla inglesa, se ha estado debatiendo el tema de las "monaguillas", como resultado de una decisión del Obispo de Phoenix de prohibirlas en su Catedral. Como saben, una interpretación del cánon 230 del Código de Derecho Canónico permite las monaguillas, algo totalmente inédito en la Tradición de la Iglesia:


230 § 1. Los varones laicos que tengan la edad y condiciones determinadas por decreto de la Conferencia Episcopal, pueden ser llamados para el ministerio estable de lector y acólito, mediante el rito litúrgico prescrito; sin embargo, la colación de esos ministerios no les da derecho a ser sustentados o remunerados por la Iglesia.
 § 2.    Por encargo temporal, los laicos pueden desempeñar la función de lector en las ceremonias litúrgicas; así mismo, todos los laicos pueden desempeñar las funciones de comentador, cantor y otras, a tenor de la norma del derecho.
 § 3.    Donde lo aconseje la necesidad de la Iglesia y no haya ministros, pueden también los laicos, aunque no sean lectores ni acólitos, suplirles en algunas de sus funciones, es decir, ejercitar el ministerio de la palabra, presidir las oraciones litúrgicas, administrar el bautismo y dar la sagrada Comunión, según las prescripciones del derecho.
El "truco" está en el parágrafo 2, donde se dice "los laicos" sin especificar el sexo.







Pero, ¿hay situaciones donde sea realmente necesario tomar niñas monaguillas?

Aquí tenemos una respuesta (que por supuesto no es de mi autoría, pero me pareció muy bueno para difundir):


NO. Le pediría al que sirvo en el altar que me mandara monaguillos para su servicio.
Y eso lo acompañaría con unas buenas horas de CONFESIONARIO en el que no rechazaría a ningún niño con uso de razón. NINGUNO. La catequesis de niños es un buen momento para sentarse a confesar y rezar delante de los niños y empezar a tratar sus almas y a conocerlos y dirigirlos espiritualmente. ¿O acaso hay que esperar a que uno tenga 9 o más años para que empiece a confesarse?


Y a los niños varones de alma limpia y honesta les propondría el ser monaguillos conduciéndolos al discernimiento de su futura vocación. Tal como a las niñas virtuosas y de similar profundida de alma les propondría el amplio abanico de la vida religiosa y de virginidad consagrada a Dios. SIN COMPLEJOS. Es el sacerdote el que empieza así a repartir la gracia de Dios en el Confesionario de un modo que abarca a todo lo humano. Y lo hace allí donde más cerca está una persona de Jesucristo, después del sacramento del altar. La principal pérdida de vocaciones está en que los sacerdotes han dejado de suscitarlas a las almas nobles.

Tener monaguillos es lo más fácil del mundo. Créeme. Y mira que he sido y he bregado con cientos de ellos. No es rara la vez que un hombre adulto entra en confidencia espiritual conmigo y se acuerda de cuando fue monaguillo y de las diabluras que hacía, pero lo grande que se sentía y lo bueno que era el Sr. Cura cuando le daba un poco de pan y queso como premio a su servicio. Muchos ateillos de boca he visto así que tienen mucho respeto a las cosas de la Liturgia, aún cuando no creen en ellas. Si encima se me pone a recitar la contestación de la Misa en latín sui generis, es lo más divertido del mundo. No es la primera vez que con uno de estos hombres he acabado cantando el díes irae a pleno pulmón a la vez que me muestra la extrañeza porque ya no se cante así en los entierros. Han visto y servido desde pequeños a la vida y muerte de los hombres junto al sacerdote y saben del valor que hay en ellas. En el fondo saben de Dios que habla a una necesidad del hombre y que lo que hacían tenía su importancia.

¿Quieres empezar a tener un grupo?, coge a los varones de la catequesis de comunión y ofréceles el servicio del altar. Ofrecido de modo que a los niños les suponga aprender y además con algún premio, como es justo y humano dar a quien sirve bien y generosamente, no creo que quede desierto. Los padres se sentirán honrados de que sus niños sean revestidos de cierta dignidad y atención por parte de la Parroquia y si encima les pones unas bonitas albas o mejor unas sotanillas con sus roquetes pues como que ningún papá del mundo dejará de estar tocado de ese orgullo paterno que dice: mira es mi niño y que bien lo hace.

Las niñas pueden hacer muchas cosas. Pero aquí no. Se trata de formar una cantera de las vocaciones sacerdotales y esta es la mejor manera tal como nos enseña la Iglesia, empezando también a formar a los padres en ello: en la generosidad a lo que Dios pide. Luego, claro, se ha de ser fuerte y cuando vengan los papás de las niñas a decir que mi niña porqué no... Pues se dice la verdad con mucha caridad y no se deja nunca de rezar. A ellas se les pueden ofrecer otras cosas.

Cuidado con dar expectativas de que las niñas pueden servir al altar y luego salgan vocaciones torcidas de religiosas que no son sino curas frustrados por una mala formación en su niñez en la que todos somos iguales para todo.

Allí donde se haga, el obispo ha de explicar todo a los fieles detalladamente. Hay reglas. Y las mujeres pueden ser lectoras o ministros extraordinarios de la Eucaristía (que tampoco es eso para dar por norma la comunión donde la puede dar el sacerdote, lo que es otro cantar y error de bulto que genera muchos abusos y maltratos de la Eucaristía.)




Que hay imposibilidad física porque no hay niños varones en la parroquia (COSA HARTA RARA) pues usaría a un adulto varón para el servicio al altar y a las niñas para otras cosas, como el coro o las presentaciones de ofrendas. (Si tampoco hay varones adultos es hora de que el párroco se piense qué pasa en su parroquia que no hay varones, porque tal cosa es imposible salvo que se sea capellán de monjas)

El oficio de lector es algo tan delicado que no creo que sea propio de menores ni de nadie que no sepa leer bien y aporte dignidad a tal ministerio y trate con el debido respeto la Palabra de Dios. Esos párrocos que ponen a los niños a leer las lecturas no saben lo que hacen, pues minimizan una parte importante de la Santa Misa.

jueves, 25 de agosto de 2011

Vigilia de oración con jóvenes en la base aérea de Cuatro Vientos - JMJ Madrid 2011




Consagración de la juventud al Sacratísimo Corazón de Jesús, del Santo Padre Benedicto XVI:


Señor Jesucristo, hermano, amigo y redentor del hombre, 
mira con amor a los jóvenes aquí reunidos
 y abre para ellos la fuente eterna de Tu misericordia
 que mana de Tu Corazón abierto en la Cruz.
Dóciles a Tu llamada, han venido para estar Contigo y adorarte.
Con ardiente plegaria, los consagro a Tu Corazón,
 para que, arraigados y edificados en Ti,
 sean siempre Tuyos en la vida y en la muerte. 
Que jamás se aparten de Ti. 
Otórgales un corazón semejante al Tuyo,
 manso y humilde,
 para que escuchen siempre Tu voz y Tus mandatos,
 cumplan Tu voluntad
 y sean en medio del mundo alabanza de Tu gloria,
 de modo que los hombres, contemplando sus obras,
 den gloria al Padre con quien vives 
feliz para siempre en la unidad del Espíritu Santo
 por los siglos de los siglos.

 Amén


[Discurso preparado por el Papa, que debido a la tormenta no pudo pronunciar íntegramente.]

Queridos amigos:

Os saludo a todos, pero en particular a los jóvenes que me han formulado sus preguntas, y les agradezco la sinceridad con que han planteado sus inquietudes, que expresan en cierto modo el anhelo de todos vosotros por alcanzar algo grande en la vida, algo que os dé plenitud y felicidad.
Pero, ¿cómo puede un joven ser fiel a la fe cristiana y seguir aspirando a grandes ideales en la sociedad actual? En el evangelio que hemos escuchado, Jesús nos da una respuesta a esta importante cuestión: «Como el Padre me ha amado, así os he amado yo; permaneced en mi amor» (Jn 15, 9).

Sí, queridos amigos, Dios nos ama. Ésta es la gran verdad de nuestra vida y que da sentido a todo lo demás. No somos fruto de la casualidad o la irracionalidad, sino que en el origen de nuestra existencia hay un proyecto de amor de Dios. Permanecer en su amor significa entonces vivir arraigados en la fe, porque la fe no es la simple aceptación de unas verdades abstractas, sino una relación íntima con Cristo que nos lleva a abrir nuestro corazón a este misterio de amor y a vivir como personas que se saben amadas por Dios.

Si permanecéis en el amor de Cristo, arraigados en la fe, encontraréis, aun en medio de contrariedades y sufrimientos, la raíz del gozo y la alegría. La fe no se opone a vuestros ideales más altos, al contrario, los exalta y perfecciona. Queridos jóvenes, no os conforméis con menos que la Verdad y el Amor, no os conforméis con menos que Cristo.

Precisamente ahora, en que la cultura relativista dominante renuncia y desprecia la búsqueda de la verdad, que es la aspiración más alta del espíritu humano, debemos proponer con coraje y humildad el valor universal de Cristo, como salvador de todos los hombres y fuente de esperanza para nuestra vida. Él, que tomó sobre sí nuestras aflicciones, conoce bien el misterio del dolor humano y muestra su presencia amorosa en todos los que sufren. Estos, a su vez, unidos a la pasión de Cristo, participan muy de cerca en su obra de redención. Además, nuestra atención desinteresada a los enfermos y postergados, siempre será un testimonio humilde y callado del rostro compasivo de Dios.

Queridos amigos, que ninguna adversidad os paralice. No tengáis miedo al mundo, ni al futuro, ni a 
vuestra debilidad. El Señor os ha otorgado vivir en este momento de la historia, para que gracias a vuestra fe siga resonando su Nombre en toda la tierra.
En esta vigilia de oración, os invito a pedir a Dios que os ayude a descubrir vuestra vocación en la sociedad y en la Iglesia y a perseverar en ella con alegría y fidelidad. Vale la pena acoger en nuestro interior la llamada de Cristo y seguir con valentía y generosidad el camino que él nos proponga.

A muchos, el Señor los llama al matrimonio, en el que un hombre y una mujer, formando una sola carne (cf. Gn 2, 24), se realizan en una profunda vida de comunión. Es un horizonte luminoso y exigente a la vez. Un proyecto de amor verdadero que se renueva y ahonda cada día compartiendo alegrías y dificultades, y que se caracteriza por una entrega de la totalidad de la persona. Por eso, reconocer la belleza y bondad del matrimonio, significa ser conscientes de que solo un ámbito de fidelidad e indisolubilidad, así como de apertura al don divino de la vida, es el adecuado a la grandeza y dignidad del amor matrimonial.

A otros, en cambio, Cristo los llama a seguirlo más de cerca en el sacerdocio o en la vida consagrada. Qué hermoso es saber que Jesús te busca, se fija en ti y con su voz inconfundible te dice también a ti: «¡Sígueme!» (cf. Mc 2,14).

Queridos jóvenes, para descubrir y seguir fielmente la forma de vida a la que el Señor os llame a cada uno, es indispensable permanecer en su amor como amigos. Y, ¿cómo se mantiene la amistad si no es con el trato frecuente, la conversación, el estar juntos y el compartir ilusiones o pesares? Santa Teresa de Jesús decía que la oración es «tratar de amistad, estando muchas veces tratando a solas con quien sabemos nos ama» (cf. Libro de la vida, 8).

Os invito, pues, a permanecer ahora en la adoración a Cristo, realmente presente en la Eucaristía. 

A dialogar con Él, a poner ante Él vuestras preguntas y a escucharlo. Queridos amigos, yo rezo por vosotros con toda el alma. Os suplico que recéis también por mí. Pidámosle al Señor en esta noche que, atraídos por la belleza de su amor, vivamos siempre fielmente como discípulos suyos. Amén.

Saludo en francés

[Traducción española: Queridos jóvenes de lengua francesa, estad orgullosos por haber recibido el don de la fe, que iluminará vuestra vida en todo momento. Apoyaos en la fe de aquellos que están cerca de vosotros, en la fe de la Iglesia. Gracias a la fe estamos cimentados en Cristo. Encontraros con otros para profundizar en ella, participad en la Eucaristía, misterio de la fe por excelencia. Solamente Cristo puede responder a vuestras aspiraciones. Dejaros conquistar por Dios para que vuestra presencia dé a la Iglesia un impulso nuevo.]

Saludo en inglés
[Traducción española: Queridos jóvenes, en estos momentos de silencio delante del Santísimo Sacramento, elevemos nuestras mentes y corazones a Jesucristo, el Señor de nuestras vidas y del futuro. Que Él derrame su Espíritu sobre nosotros y sobre toda la Iglesia, para que seamos promotores de libertad, reconciliación y paz en todo el mundo.]


Saludo en alemán

[Traducción española: Queridos jóvenes de lengua alemana. En el fondo, lo que nuestro corazón desea es lo bueno y bello de la vida. No permitáis que vuestros deseos y anhelos caigan en el vacío, antes bien haced que cobren fuerza en Cristo. Él es el cimiento firme, el punto de referencia seguro para una vida plena.]

Saludo en italiano

[Traducción española: Me dirijo ahora a los jóvenes de lengua italiana. Queridos amigos, esta Vigilia quedará como una experiencia inolvidable en vuestra vida. Conservad la llama que
Dios ha encendido en vuestros corazones en esta noche: procurad que no se apague, alimentadla cada día, compartidla con vuestros coetáneos que viven en la oscuridad y buscan una luz para su camino. Gracias. Adiós. Hasta mañana.]

Saludo en portugués

[Traducción española: Mis queridos amigos, os invito a todos a establecer un diálogo personal con Cristo, exponiéndole las propias dudas y sobre todo escuchándolo. El Señor está aquí y os llama. Jóvenes amigos, vale la pena escuchar en nuestro interior la Palabra de Jesús y caminar siguiendo sus pasos. Pedid al Señor que os ayude a descubrir vuestra vocación en la vida y en la Iglesia, y a perseverar en ella con alegría y fidelidad, sabiendo que Él nunca os abandonará ni os traicionará. Él está con nosotros hasta el fin del mundo.]

Saludo en polaco

[Traducción italiana: Queridos amigos procedentes de Polonia. Esta vigilia de oración está colmada de la presencia de Cristo. Seguros de su amor, acercaos a Él con la llama de vuestra fe. Él os colmará de su vida. Edificad vuestra vida sobre Cristo y su Evangelio. Os bendigo de corazón.]