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jueves, 29 de septiembre de 2011

El Cardenal de Bolonia prohibe la comunión en la mano

SENTIDO COMUN EN BOLONIA

 

El cardenal arzobispo de Bolonia, monseñor Carlo Caffarra, ha hecho pública la primera revocación oficial del indulto de la Conferencia Episcopal Italiana de 1989 que permitía recibir la comunión en la mano. En la catedral y otros dos templos de la archidiócesis italiana sólo se podrá recibir la comunión en la boca.

(Buhardilla de Jerónimo/Infocatólica) Cantuale Antonianum informa sobre las nuevas disposiciones dadas a conocer por la Oficina de Pastoral de las Comunicaciones Sociales de la Archidiócesis de Bolonia (Italia). Se trata de un comunicado que pone en conocimiento público la primera revocación oficial en Italia del indulto de recibir la Comunión en la mano.

“El primer domingo de Adviento de hace veinte años, en 1989, entraba en vigor la resolución de la Conferencia Episcopal Italiana, que autorizaba, con la aprobación de la Santa Sede, la distribución de la Sagrada Comunión en la mano.

En las últimas semanas, los párrocos y rectores de iglesias de nuestra diócesis han recibido la notificación de las disposiciones adoptadas por el Cardenal Arzobispo, en vista de los graves abusos que se han producido en este sentido. En particular, el Cardenal ha ordenado que, en la Catedral de San Pedro, la Basílica de San Petronio y el Santuario de la Virgen de San Lucas, la Comunión se distribuya a los fieles únicamente sobre la lengua”.

La posibilidad que se concedió para recibir la Hostia consagrada en la mano puede, de hecho, originar "graves abusos", porque "hay quienes se llevan las Sagradas Especies para tenerlas como "souvenirs", "quienes las venden”, o peor "quienes las llevan para profanarlas en ritos satánicos". Lo dice el provicario general, Monseñor Gagriele Cavina, en la carta a los sacerdotes que acompaña las disposiciones del Cardenal, citando un escrito de Mons. Malcolm Ranjith, secretario de la Congregación para la Culto Divino y la Disciplina de los Sacramentos.

Debemos tomar nota, escribe el Cardenal Carlo Caffarra, que, “por desgracia, se han repetido casos de profanación de la Eucaristía aprovechando la posibilidad de recibir el Pan consagrado en la palma de la mano, sobre todo, pero no exclusivamente, en las grandes celebraciones o en las grandes iglesias que son lugares de paso de numerosos fieles. Por este motivo es bueno para controlar el momento de la Santa Comunión a partir del cumplimiento de las normas comunes por todos bien conocidas”.

Durante la Comunión, se lee en el decreto del Cardenal, “los servidores asistan al Ministro, en la medida de lo posible, vigilando de que cada fiel, después de haber recibido el Pan consagrado lo consuma de inmediato ante el Ministro y por ningún motivo sea llevado de allí, o colocado en un bolsillo o en sacos o en cualquier otro lugar, o caiga al suelo y sea pisado”.

Junto con una fuerte recomendación de vigilancia que vale para todos los sacerdotes, el cardenal ha dictado esta disposición para tres iglesias de la diócesis: "habida cuenta de la frecuencia con que se han notificado casos de comportamiento irreverente en el acto de recepción de la Eucaristía - escribe el Cardenal - disponemos que en la Iglesia Metropolitana de San Pedro, en la Basílica de San Petronio y el Santuario de la Santísima Virgen de San Lucas en Bolonia, los fieles sólo reciban el Pan consagrado de las manos del Ministro directamente sobre la lengua".

La disposición está atenuada para las parroquias, porque, escribe Mons. Cavina, "los fieles son en gran parte conocidos, y el párroco puede estar más seguro de su actitud al hacer el gesto de la comunión en la mano con el debido respeto e intervenir con oportunas advertencias de vez en cuando a fin de educar continuamente a la asamblea para participar de la liturgia en modo activo y consciente ".

 

Fuente: InfoCatólica

Obras recomendadas de Louis Bouyer para descargar

 

 

Obras de Louis Bouyer


1. ¿Humano o cristiano? Antinomias de una humanismo cristiano, Sígueme, Salamanca, 1966.
2. Palabra, Iglesia y Sacramentos en el protestantismo y el catolicismo, Desclée de Brower, Bilbao, 1966.
3. La descomposición del catolicismo, Herder, Barcelona, 1969.
4. El rito y el hombre, Estela, Barcelona, 1967.
5. Tomás Moro. Humanista y mártir, Encuentro, Madrid, 1986.
6. El cuarto evangelio, Estella, Barcelona, 1967.
7. La Biblia y el Evangelio.
8. La Iglesia de Cristo.
9. La iniciación cristiana

Católicos ilustres suplican al Papa la revisión del Concilio Vaticano II

Ofrecemos la traducción de la súplica dirigida recientemente al Santo Padre pidiendo la revisión del Concilio, tomada del blog “La Divina Comedia

 

 

Al Santo Padre Benedicto XVI, Sumo Pontífice, felizmente reinante, para que promueva un exámen exhaustivo del Concilio Ecuménico pastoral Vaticano II.

Santidad, monseñor Brunero Gherardini, un sacerdote de la diócesis de Prato y canónigo de la Basílica de San Pedro, ex profesor de Eclesiología en la Pontificia Universidad Lateranense, y decano de los teólogos italianos, ha dirigido a Su Santidad en 2009, una sentida y a modo de respetuosa súplica, con el objetivo de obtener la aprobación para el comienzo de un ponderado y público discurso crítico sobre los textos del Concilio Vaticano II . A esta petición se ha unido se ha unido perfectamente en 2010 el profesor Roberto de Mattei, docente de Historia de la Iglesia y el cristianismo en la Universidad Europea de Roma, vicepresidente del Consejo Nacional para la Investigación. En su petición, el prof. Gherardini, ha escrito: "Por el bien de la Iglesia - y más específicamente para la aplicación de la "salus animarum", que es la primera y "suprema lex"- después de décadas de libre creatividad exegética, teológica, litúrgica, histórica y "pastoral" en el nombre del Concilio Ecuménico Vaticano II, me parece urgente que se haga un 'poco de claridad, respondiendo con autoridad sobre la continuidad del mismo - no de forma gratuita sino demostrada- con los otros concilios y sobre su fidelidad a la Tradición vigente desde siempre en la Iglesia. De hecho, parece difícil si no imposible, recurrir a la hermenéutica de la continuidad deseada [con todo el Magisterio anterior] a menos que primero se haya procedido a un análisis minucioso y científico de los distintos documentos, de su conjunto y de cada uno de sus argumentos, de sus fuentes inmediatas y remotas, y si continua en lugar de hablar sólo repitiendo el contenido y presentarlo como una absoluta novedad.


    Un examen de tal alcance va mucho más allá de las posibilidades operativas de una sola persona, no sólo porque un mismo tema requiere ser tratado en diferentes niveles -histórico, patrístico, jurídico, filosófico, litúrgico, teológico, exegético, sociológico, científico- sino también porque cada documento conciliar toca decenas y decenas de temas que sólo los respectivos especialistas son capaces de dominar.
    Al pensar en esto, desde hace tiempo nació en mí la idea -que ahora me atrevo a presentar a Su Santidad- de una grandiosa y posiblemente definitiva puesta a punto sobre el último Concilio en cada uno de sus aspectos y contenidos. Parece, de hecho, lógico y apropiado que todos los aspectos y contenidos vengan a ser estudiados en sí mismos y contextualmente en todos los demás, con la vista fija en todas las fuentes, y bajo el ángulo específico del Magisterio eclesiástico anterior, el solemne y el ordinario. De tal trabajo científico amplio y ejemplar, comparado con los resultados fiables de la atención crítica a la enseñanza secular de la Iglesia, será posible tener un debate para una evaluación fiable y objetiva del Vaticano II en respuesta a las siguientes - entre muchas otras – preguntas:

 

    1.¿Cual es su verdadera naturaleza?

 

    2.Su cualidad pastoral - de la que se deberá definir el concepto con autoridad - ¿Qué relación puede tener con su posible carácter dogmático? ¿Se concilia con el mismo? ¿Lo presupone? ¿Lo contradice? ¿Lo ignora?

 

    3.¿Es propiamente posbible definir como dogmático al Vaticano II? ¿Y entonces referirse al mismo como dogmático? ¿Se han de basar en esto nuevas afirmaciones teológicas? ¿En qué sentido? ¿Con qué limitaciones?

 

    4.Es un "acontecimiento" en el sentido de los profesores de Bolonia [prof.

Giuseppe Alberigo y su escuela], que rompe los lazos con el pasado y establece una era nueva en todos los sentidos? ¿O bien todo el pasado revive en el mismo "eodem sensu eademque sententia"?
    Está claro que la hermenéutica de la ruptura y aquella de la continuidad dependerán de las respuestas que se den a estas preguntas. Pero si la conclusión científica del exámen dará la hermenéutica de la continuidad como la única legítima y posible. a continuación, tendrá que demostrar - más allá de cualquier afirmación gratuita- que la continuidad es real, y esto ocurre sólo en la identidad dogmática de fondo. Si esta, en todo o en parte, no resulta científicamente provada, habría que decirlo con serenidad y franqueza, en respuesta a la necesidad de claridad sentida y esperada desde hace ya casi medio siglo "(1).

    En su reciente, documentadísima, historia innovadora del Concilio Vaticano II, que finalmente ha ofrecido al público un cuadro preciso, realista, de los atormentados y dramáticos sucesos de aquel Concilio, el profesor de Mattei, concluía de esta manera:

    "Al final de este volumen, permítanme referirme con reverencia a Su Santidad Benedicto XVI, al que reconozco como sucesor de Pedro, con el cual me siento indisolublemente vinculado , exresándole un profundo agradecimiento por haber abierto la puerta a un debate serio sobre el Concilio Vaticano II. En este debate reitero que no he querido ofrecer la contribución del teólogo sino del historiador, pero uniéndome a las peticiones de aquellos teólogos que piden respetuosa y filialmente al Vicario de Cristo en la tierra el promover un examen minucioso del Concilio Vaticano II, en todas sus complejidad y extensión, para verificar su continuidad con el viento de los concilios anteriores y para disipar las sombras y las dudas que desde hace casi medio siglo, hacen sufrir a la Iglesia, a pesar de la certeza de que nunca las puertas del infierno prevalecerán contra ella (Mateo 16:18) "(2).

    Nosotros, los abajo firmantes, desde simples creyentes que somos, nos sumamos plenamente a estas autorizadas y respetuosas demandas. Seguros de no perder el respeto filial a Su Santidad, nos gustaría agregar a ellas, para terminar, como sintético ejemplo de la delicada materia, algunas de entre las "muchas preguntas", que en nuestra humilde opinión sin duda merecen una respuesta finalmente clarificadora ,como resultado del análisis de la prof. Gherardini y teólogos e intelectuales que, desde el comienzo del postconcilio, han luchado para lograr claridad en el Vaticano II:

 

    5. ¿Cuál es el significado exacto que se atribuye al concepto de "tradición viva", aparecido en la Constitución sobre la divina revelación Dei Verbum? En su reciente monografía sobre el concepto básico de la tradición católica, el prof. Gherardini ha argumentado que en el Vaticano II se habría producido incluso una "revolución copernicana" en el modo de concebir la Tradición de la Iglesia, ya que no está claramente definido el valor dogmático de la Tradición (DV 8); pues se obra una inusitada reductio ad Unum de las dos fuentes de la Divina Revelación (Escritura y Tradición) admitidas desde siemrpe en la Iglesia y confirmadas en los dogmáticos Trento y Vaticano I (DV 9), y aparece como un ataque al dogma de la inerrancia de los Textos Sagrados (DV 11,2), porque "después de afirmar que todo lo que los escritores sagrados dijeron proviene del Espíritu Santo, la característica de la inerrancia se atribuye sólo a la "verdad de salvación"o"salvífica”,a una parte del todo ("veritatem, quam Deus nostrae salutis Litteris causae sacris consignari voluit "). Pero si el Espíritu Santo inspiró todo los que los hagiógrafos han escrito, la inerrancia debe aplicarse a todo, no sólo a las verdades salvíficas. El texto parece un poco ilógico "(3).

 

   6. ¿Cuál es el significado exacto que ha de atribuirse a la nueva definición de la Iglesia católica, contenida en la Constitución Dogmática (pero que no define dogmas) Lumen Gentium sobre la Iglesia? Si coincide con la de siempre - que sólo la Iglesia Católica es la única verdadera Iglesia de Cristo, porque es la única en que ha permanecido intacto a lo largo de los siglos, el depósito de la fe instituido por nuestro Señor y los Apóstoles bajo la guía del Espíritu Santo- ¿por qué se ha querido cambiar, escribiendo, en un modo que no es fácilmente comprensible para el simple creyente y nunca explicado claramente (todo hay que decirlo), que "la única" Iglesia de Cristo "subsiste en la Iglesia católica, gobernada por el Sucesor de Pedro y los obispos en comunión con él, incluso fuera de su cuerpo se encuentran muchos elementos de santificación y de verdad, que pertenecen propiamente al don de Dios a la Iglesia de Cristo, inducen hacia la unidad católica "? ¿No parece en esta formulación que la Iglesia católica aparece como una simple parte de la Iglesia de Cristo? ¿Una parte, ya que la Iglesia de Cristo, así como la Iglesia Católica, también abarca "muchos elementos de santificación y de verdad" en lugares "fuera" de la Iglesia Católica? Con la consecuencia de que "la única religión verdadera, que subsiste en la Iglesia Católica" (Dignitatis Humanae Declaración sobre la Libertad Religiosa, 1.2) sería la de una "Iglesia de Cristo" que tiene "elementos" fuera de la Iglesia Católica. ¿Y quien lo desee no puede decir, entonces, que "la única religión verdadera" para el Concilio subsiste también en los "elementos" no-católicos de la "Iglesia de Cristo"? (4)

 

    7. ¿Qué se ha significado en realidad con la intención de atribuir a la noción de la Iglesia considerada mundialmente como "Pueblo de Dios" (Lumen Gentium, 9-17), un concepto que alguna vez significó sólo una parte del todo, representando esto último, sin embargo, el Cuerpo " místico de Cristo "?

 

    8. ¿Qué significado debe ser atribuido a la omisión de los términos "sobrenatural" y "transubstanciación" en los textos del Concilio? ¿Esta acaso implicada esta omisión, con los conceptos relacionados, tal como sostienen algunos?

 

    9. ¿Cuál es el significado exacto del nuevo modo de entender la colegialidad? ¿Como debemos considerar, a la luz de la enseñanza perenne de la Iglesia, la interpretación que da la nota explicativa previa colocada en la parte inferior de la Lumen Gentium (a fin de resolver la ardiente controversia sobre la materia entre los padres conciliares)? Nos estamos refiriendo a las dudas claramente expuestas en su momento por Romano Amerio:
    "La Nota previa rechaza en la colegialidad la interpretación clásica, según la cual el sujeto de la suprema potestad en la Iglesia es sólo el Papa, que la comparte, cuando quiere, con la universalidad de los obispos que son llamados por él a Concilio. La suprema potestad es sólo colegial para comunicación ad nutum [para un guiño]del Papa. La Nota previa rechaza igualmente la doctrina neoterica [los innovadores presentes en el Concilio] según la cual el sujeto de la suprema potestad en la Iglesia es el colegio unido con el Papa y no sin el Papa, que es la cabeza, pero de tal manera que cuando el Papa ejercita el solo la suprema potestad, la ejercita precisamente en cuanto cabeza del colegio y de ahí que como representante del colegio tiene la obligación de consultar para expresar el significado. Es la posición teórica caracterizada por el origen multitudinario [Demócrata] de la autoridad, difícilmente compatible con la constitución de la Iglesia [que es de origen divino y jerárquica, no popular]. Negando una u otra de estas dos teorías la Nota previa mantiene firme que la potestad suprema está en efecto en el colegio de los obispos unidos a la cabeza, [y esta es la gran novedad], pero que su cabeza puede ejercerla con independencia del colegio, mientras que el colegio no puede hacerlo independientemente de la cabeza [y esto sería la concesión a la tradición] "(5).
    ¿Y es exacto sostener que la concesión de potestades jurídicas, aquellas de un verdadero y propio colegio, a la institución de la Conferencia Episcopal, de hecho ha degradado y distorsionado la figura del obispo? De hecho, hoy en día, los obispos, tomados individualmente, no parecen contar en la práctica para nada en la Iglesia (perdone Su Santidad mi franqueza). En este punto, también dice Amerio:
    "La innovación más relevante en la Iglesia postconciliar está en haber dado a la participación de todos los sectores de la Iglesia de órganos jurídicamente definidos, como el sínodo permanente de obispos, las conferencias episcopales, los sínodos diocesanos y nacionales, los consejos pastorales y sacerdotales, y así sucesivamente [...] La constitución de las Conferencias Episcopales ha tenido dos efectos: ha deformado la estructura orgánica de la Iglesia y ha generado la desautorización de los obispos. Los obispos, según el derecho preconciliar, son los sucesores de los Apóstoles y rigen cada uno su propia diócesis, con potestad ordinaria, en lo espiritual y temporal, ejercitando potestad legislativa, judicial y coercitiva (cánones 329 y 335 del CIC 1917). La autoridad era precisa, individual y, salvo en la institución del Vicario General, indelegable (el vicario general estaba, precisamente, ad nutum del obispo) [...] El Decreto sobre el oficio pastoral de los Obispos Christus Dominus atribuye al cuerpo episcopal la colegialidad, es decir, "la potestad suprema y plena sobre la Iglesia universal", que sería igual a la del Romano Pontífice, si se pudiera ejercitar sin el consentimiento del Romano Pontífice. Esta suprema potestad siempre ha sido reconocida [sólamente] a la asamblea de obispos reunidos por el Papa en un concilio ecuménico. Pero la pregunta que surge es si una autoridad que es puesta en acto sólo por una instancia superior a ella, puede seguir considerándose como suprema y si no queda en una mera virtualidad y casi en un ens rationis. Sin embargo, según la mente del Concilio Vaticano II, el ejercicio de la potestad episcopal en la que se concreta la colegialidad, es la de las Conferencias Episcopales.
    Aquí es singular como el decreto Christus Dominus (núm. 37) encuentra la razón de esta nueva institución en la necesidad para los obispos de un mismo país de trabajar para preservar, y cómo no vea que este vínculo de cooperación ya legalmente configurado alterar el ordenamiento de la Iglesia al reemplazar al obispo con un cuerpo de obispos y a la responsabilidad personal con una responsabilidad colectiva, que es una fracción de la responsabilidad [...] Con el establecimiento de las Conferencias Episcopales, la Iglesia es ahora un cuerpo policéntrico [...] La primera consecuencia de la nueva autoridad es por tanto un debilitamiento del vínculo de la unidad [con el Papa] que se ha manifestado con grandes disensiones sobre puntos gravísimos [tales como la doctrina de la encíclica Humanae Vitae, de 25/7/1968, que prohíbe el uso de anticonceptivos]. La segunda consecuencia es la desautorización de cada uno de los obispos en cuanto tales; ellos no responden más ante el propio pueblo ni ante la Santa Sede: de la responsabilidad individual en realidad se hace cargo una responsabilidad colectiva que, estando en todo el cuerpo, no se puede colocar en los componentes individuales de la cuerpo "(6).

 

   10. ¿Cuál es el significado exacto que se debe dar hoy a la figura del sacerdote, este pilar de la verdadera Iglesia, rebautizado “presbitero” por razones que para los fieles son oscuras? ¿Es cierto que ya desde el Concilio el sacerdote, de ser "sacerdote de Dios" se ha abajado a "sacerdote del pueblo de Dios" y se limita principalmente a las funciones de "animador" y "presidente” de las asambleas del "Pueblo de Dios" y " trabajador social "? Se critica a este respecto: Lumen Gentium 10,2 que parece equiparar el sacerdocio "ministerial" o "jerárquico" con el llamado sacerdocio "comúnde los fieles" –considerado en el pasado un simple título honorífico - al afirmar que ambos "están ordenados el uno al otro" ("a invicem tamen ordinantur") (ver también LG, 62,2); LG, 13,3 parece indicar que el sacerdocio como una simple "función" del "Pueblo de Dios"; el hecho de que se ponga en primer lugar de la "función" sacerdotal la predicación del Evangelio (Decreto Presbyterorum Ordinis sobre la Vida y Ministerio Sacerdotal, 4 "en su calidad de colaboradores de los obispos, los sacerdotes tienen el deber primero en anunciar a todos el Evangelio de Dios "), cuando en realidad el Concilio dogmático de Trento reiteró que lo que caracteriza la misión del sacerdote es en primer lugar "el poder de consagrar, ofrecer, administrar el cuerpo y la sangre del Señor" y en segundo lugar, el de "perdonar o retener los pecados" (DS, 957/1764). ¿Y es cierto que el Vaticano II devalúa de hecho el celibato eclesiástico al afirmar que la continencia "perfecta y perpetua por el Reino de los cielos, recomendada por Cristo el Señor [...] siempre ha sido considerado por la Iglesia como particularmente adecuada para el sacerdocio [aunque] no es exigida por la naturaleza del sacerdocio" (Presbyterorum Ordinis, 16), afirmación esta última justificada con una mala interpretación de 1 Tm 3, 2-5 y Tt 1,6?

  

11. ¿Cuál es el significado exacto del principio de la "creatividad" en la Sagrada Liturgia, que sin duda es resultado de haber otorgado amplias facultades en la materia a las Conferencias Episcopales, incluyendo una capacidad completa de experimentar con nuevas formas de culto, para adaptarse a la naturaleza y las tradiciones de los pueblos y para simplificar al máximo? Esto se propone en la Constitución sobre la Sagrada Liturgia Sacrosanctum Concilium: artículo 22.2 acerca de la nueva responsabilidad de las Conferencias Episcopales; 37, 38, 39 y 40 en la adaptación a la naturaleza y las tradiciones de los pueblos y en los criterios de adaptación de la liturgia en general; Art. 21 y 34 en la simplificación de la liturgia. ¿No fue firmemente condenada en todo momento por el magisterio de la Iglesia una similar facultad de innovar en el campo de la liturgia? ¿Es cierto que la SC impone siempre el control de la Santa Sede sobre la liturgia y sus innovaciones (SC 22.1, 40.1 y .2), pero que este control se ha demostrado incapaz de evitar la devastación capilar de la liturgia, que ha alejado a tantos fieles de la Iglesia y que aún hoy continúa a pesar de la acción disciplinar y de eliminación de los abusos inaugurada y firmemente mantenida por Su Santidad? ¿No podrían arrojar luz sobre las razones de este fracaso los estudios cualificados que deseamos?
    Por razones obvias no podemos ir a todas las preguntas que producen en cada uno los textos del Concilio con la situación actual de la Iglesia. Muchas preguntas quedarían aún por hacerse, entre otras cosas, sobre las cuestiones fundamentales de la libertad de conciencia y el ecumenismo. En este sentido, permítame agregar sólo lo siguiente:

 

   12. El principio de la libertad religiosa proclamada por el Concilio por primera vez en la historia de la Iglesia, como un "derecho humano" o "natural" de la persona, sea cual sea su religión, tan frecuente en relación con el derecho de la única Verdad Revelada (nuestra religión católica) a ser profesada como religión verdadera con preferencia de las otras, no reveladas y por tanto no provenientes de Dios; este principio, que se basa en la suposición de que todas las religiones son iguales, y cuya aplicación, por lo tanto, siempre ha promovido la indiferencia, el agnosticismo y finalmente el ateismo; tal como lo entiende el Concilio, ¿en que cosa se distingue realmente de la libertad laica de conciencia, erigida en el lugar de honor entre los "derechos humanos" profesados por la ultralaica y anticristiana Revolución Francesa?

 

   13. ¿No parece conducir también a un resultado similar (el indiferentismo y la pérdida de la fe), el ecumenismo de hoy, ya que su objetivo real parece ser no tanto la conversión (en lo posible) del género humano a Cristo cuanto su unidad e incluso la unificación en un nuevo tipo de iglesia o religión mundial, capaz de abrir – se espera- una era mesiánica de paz y fraternidad entre todos los pueblos? ¿Si esas son sus metas, que en parte ya se encuentra en la Constitución pastoral Gaudium et spes sobre la Iglesia y el mundo contemporáneo, el diálogo ecuménico actual no parece deslizarse peligrosamente cerca de un "acuerdo entre Cristo y Belial"? (7)¿Y no debería ser objeto de revisión todo el ajuste "dialogal" de la Iglesia postconciliar con el mundo contemporáneo,?

   

Santidad,
    Las preguntas que hemos tenido la osadía de hacer en esta humilde súplica, pueden ciertamente disgustar a esa parte de la jerarquía que ya ha mostrado que no les gusta la petición presentada hace dos años por el profesor Gherardini. Es esa parte de la jerarquía que no parece haberse dado cuenta –permítasenos el decirlo- la excepcional gravedad de la crisis que aflige por casi medio siglo a la Santa Iglesia; crisis, cuyos signos preconciliares explosionaron en el Concilio, como lo ha deostrado el libro del profesor De Mattei, y antes de eso, de forma más sucinta, las obras de P. Ralph, M. Wiltgen SVD y el profesor Romano Amerio.

    A nuestra conciencia de creyentes, la petición manifestada con todo el respeto en esta Súplica aparece perfectamente en armonía, nos atrevemos a decir, con la obra de restauración, renovación y limpieza de la Iglesia militante, llevada a cabo con valentía por Vuestra Santidad, a pesar de resistencias y dificultades de todo tipo, conocidas por todos. No nos referimos solamente a la inflexible acción emprendida por Vuestra Santidad en contra de la corrupción de la moral que ha penetrado en una parte del clero y de la obra de recuperación iniciada respecto a ciertas conocidas instituciones católicas de caridad y asistencia, que de católicas han conservado poco más que el nombre, como parece ser. Nos referimos también a la "liberalización" de la celebración de Santa Misa del rito romano antiguo (impropiamente llamada "Tridentina", porque su canon databa, según una consolidada tradición, del tiempo de los apóstoles) y la administración de los Santos Sacramentos y el rito del Exorcismo según el ritual preconciliar. Nos referimos también a Vuestra remisión de la excomunión que pesaba (por conocidas razones disciplinarias) sobre los obispos de la Fraternidad Sacerdotal de San Pío X, fundada por el arzobispo Marcel Lefebvre, que habían solicitado respetuosa pero tenazmente dicha “liberalización” a Su Santidad, promoviendo con este fin también una "Cruzada Internacional del Santo Rosario", que recibió una amplia adhesión entre los fieles.

    En todas estas medidas, por supuesto, extremadamente importante para el renacimiento de la Iglesia, tomadas de Motu proprio, en Vuestra plena autoridad de Sumo Pontífice, que obtiene la potestad jurisdiccional sobre toda la Iglesia de Nuestro Señor, nuestro sensus fidei de simples católicos ha visto manifestada la obra del Espíritu Santo. Por consiguiente, concluimos nuestra humilde petición invocando la ayuda del Espíritu Santo para que Su Santidad, en la obra de restauración realizada, donde vuelve una vez más a poner a Cristo en el centro del catolicismo (Efesios 1, 10), pueda también incluir la deseada revisión del Concilio.

 

  Con toda nuestra devoción filial y reverencia, in Domino et in corde Mariae

 

24 de septiembre de 2011

    Firma esta petición al Santo Padre, Benedicto XVI

 

    1. Prof. Paolo Pasqualucci, profesor de filosofía

    2. Monseñor Brunero Gherardini, decano de los teólogos italianos, Profesor de Eclesiología

    3. Prof. Roberto de Mattei, Universidad Europea de Roma 
    4. Prof. Luigi Coda Nunziante, a título personal y como presidente de la Asociación "Famiglia Domani" 
    5. Dr. Paolo Deotto, director de Riscossa Crisitana, 
    6. El profesor Piero Vassallo, docente de filosofía, co-director de Riscossa Cristiana 
    7. Prof. Emilio Biagini 
    8. Prof. Paolo Mangiante 
    9. Prof. Primo Siena 
    10. Dr. Luciano Garibaldi 
    11. Dr. Mauro Faverzani 
    12. Dra. Virginia Coda Nunziante 
    13. Dr. Pucci Cipriani.

     14. El Dr. Norman Malaguti

 

 

Aclaración de Juventutem Argentina: La presente traducción se encuentra abierta a correcciones.

San Miguel Arcángel

Tomado de: http://costumbrario.blogspot.com


Reproducimos este interesantísimo e instructivo artículo de la Enciclopedia Católica sobre el Arcángel San Miguel, cuya festividad celebramos hoy. Encomendémonos frecuentemente al gran Príncipe Batallador y Caudillo de las celestiales milicias, repitiendo esta jaculatoria:
Sancte Michaël Archangele, defende nos in proelio, ut non peremaus in tremendo iudicio (Oh San Miguel Arcángel: defiéndenos en la batalla para que no perezcamos en el tremendo juicio).


                                ARCÁNGEL MIGUEL

(Hebreo: “¿Quién es como Dios?”)

San Miguel es uno de los principales ángeles; su nombre era el grito de guerra de los ángeles buenos en la batalla emprendida en el cielo en contra del enemigo y sus seguidores. Su nombre se encuentra cuatro veces en la Escritura:

Daniel X, 13 ss.: Gabriel le dice a Daniel, cuando éste le pide a Dios que permita a los judíos volver a Jerusalén: “El príncipe del reino de Persia me ha hecho resistencia durante veintiún días, pero Miguel, uno de los Primeros Príncipes, ha venido en mi ayuda”;

Daniel XII, 1: El Ángel hablando del fin del mundo y del Anticristo dice: “En aquel tiempo surgirá Miguel, el gran Príncipe que defiende a los hijos de tu pueblo”.

En la Epístola Católica de San Judas I, 9: “En cambio el arcángel Miguel, cuando altercaba con el diablo disputándose el cuerpo de Moisés, no se atrevió a pronunciar contra él juicio injurioso, sino que dijo: «Que te castigue el Señor».” San Judas alude a la antigua tradición judía de una disputa entre San Miguel y Satán sobre el cuerpo de Moisés, lo cual también se puede encontrar en el libro apócrifo de la asunción de Moisés (Origenes, De principiis, III, 2, 2). San Miguel concilió la tumba de Moisés; sin embargo Satanás al destaparla, trató de seducir al pueblo judío al pecado de la adoración heroica. San Miguel también resguarda el cuerpo de Eva, de acuerdo a la Revelación de Moisés (Evangelios Apócrifos, etc., ed. A. Walker, Edinburgh, p.647).

Apocalipsis XII, 7, “Entonces se entabló una batalla en el cielo: Miguel y sus Ángeles combatieron con el Dragón”. San Juan habla del gran conflicto al final de los tiempos, que refleja también la batalla en el cielo al principio de los tiempos. De acuerdo a los Padres existe frecuentemente controversia de San Miguel en la Escritura donde no se menciona su nombre. Dicen que era el querubín que estuvo en la puerta del paraíso, “para guardar el camino del árbol de la vida” (Gen III, 24), el ángel a través de quien Dios publicó el Decálogo para su pueblo escogido, el ángel que se puso en el camino para estorbarle a Balaam (Números XXII, 22 ss.), el ángel que hirió al ejército de Senaquerib (II Rey XIX, 35).



Según estos pasajes de la Escritura, la tradición cristiana le da a San Miguel cuatro oficios:

1) Pelear en contra de Satanás.
2) Rescatar a las almas de los fieles del poder del enemigo, especialmente a la hora de la muerte.
3) Ser el defensor del pueblo de Dios, los judíos en la Antigua Ley y los cristianos en el Nuevo Testamento, por tanto es patrono de la Iglesia y de las órdenes de caballeros durante la Edad Media.
4) Llamar de la tierra y traer las almas de los hombres a juicio ("signifer S. Michael repraesentet eas in lucam sanctam", Offert. Miss Defunct. "Constituit eum principem super animas suscipiendas", Antiph. off. Cf. "Hermas", Pastor, I, 3, Simil. VIII, 3).

Considerando su rango en la jerarquía celestial las opiniones varían; San Basilio (Hom. de angelis) y otros Padres Griegos, también Salmeron, Bellarmine, etc., ubican a San Miguel sobre todos los ángeles; dicen que se le llama “arcángel” porque es el príncipe de los demás ángeles; otros (cf. P. Buenaventura, op. cit.) creen que es el príncipe de los serafines, la primera de los nueve órdenes angélicos. Pero, de acuerdo a Santo Tomás (Summa, I:113:3) él es el príncipe del último coro y el más bajo, los ángeles. La liturgia romana parece seguir a los Padres Griego; lo llama "Princeps militiae coelestis quem honorificant angelorum cives". El himno del Breviario Mozarábigo ubica a San Miguel incluso sobre los veinticuatro mayores. La liturgia griega lo llama Archistrategos, "general más alto " (cf. Menaea, 8 Nov. and 6 Sept.).


Veneración 

Hubiera sido natural para San Miguel, defensor del pueblo judío, ser defensor de los cristianos, dándoles la victoria en contra de sus enemigos. Sin embargo, los primeros cristianos reconocieron a algunos mártires como sus jefes militares: San Jorge, San Teodoro, San Demetrio, San Sergio, San Procopio, santo Mercurio, etc; pero a San Miguel le dieron el cuidado de sus enfermos. En Frigia, el lugar donde fue venerado por primera vez, su prestigio como sanador angelical obscureció su interposición en asuntos militares. Fue desde los primeros tiempos, el centro del verdadero culto de los santos ángeles. La tradición relata que en los primeros tiempos, San Miguel hizo una aparición medicinal en Chairotopa, cerca de Coloseo, donde todos los enfermos que bañaron ahí, invocando a la Santísima Trinidad y a San Miguel fueron curados.

Más famosas aún son las apariciones que se dice San Miguel realizó en la roca del Coloseo (Chonae, la actual Khonas, en el Lykos). Los paganos dirigieron una corriente en contra del santuario de San Miguel para destruirlo, pero el arcángel separó la roca con un trueno, para darle un nuevo curso a la corriente, y santificó para siempre las aguas que venían del cañón. Los Griegos afirman que esta aparición tuvo lugar a mediados del siglo primero, y celebran una fiesta en conmemoración de esto el 6 de setiembre (Analecta Bolland., VIII, 285-328).

También en Pythia en Bithynia y en todas parte de Asia, las ardientes apariciones eran dedicadas a San Miguel. De la misma manera en Constantinopla, san Miguel era considerado el gran médico celestial. Su santuario principal, el Michaelion, estaba en Sosthenion, casi 50 millas al sur de Constantinopla; ahí se dice que le arcángel se le apareció al Emperador Constantino. Los enfermos dormían en las noche en esta iglesia, esperando una manifestación de San Miguel; su festividad se mantenía ahí el 9 de junio. Otra famosa iglesia estaba entre los muros de la ciudad, en lo baños termales del Emperador Arcadius; ahí la festividad del arcángel era celebrada el 8 de noviembre. Esta fiesta se propago sobre toda la Iglesia Griega, y las Iglesias Siria, Armenia y Cóptica también la adoptaron; ahora es la principal fiesta de San Miguel en el Oriente. Se puede haber originado en Frygia, pero su punto de marca en Constantinopla fue la Thermae de Arcadius (Martinov: Annus Graeco-slavicus, 8 nov.). Otras fiestas de San Miguel en Constantinopla eran: 27 de octubre, en la iglesia Promotu; 18 de junio, en la iglesia de San Julián, en el Foro; y el 10 de diciembre en Athae.

Los Cristianos de Egipto, pusieron al río que les daba la vida, el Nilo, bajo la protección de San Miguel; adoptaron la fiesta Griega y la pusieron el 12 de noviembre; el día 12 de cada mes, celebraban una conmemoración especial del arcángel, pero el 12 de junio, cuando el río comenzaba a crecer, lo guardaban como feriado de obligación de la fiesta de San Miguel “por la crecida del Nilo” (euche eis ten symmetron anabasin ton potamion hydaton).

En Roma, el Sacramentario Leonino (siglo sexto) tiene el Natale Basilicae Angeli via Salaria, 30 de setiembre; de las cinco Misas para la celebración, tres mencionan a San Miguel. El Sacramentario Gelasiano (siglo sétimo) da la fiesta S. Michaelis Archangeli, y el Sacramentario Gregoriano (siglo octavo), Dedicatio Basilionis S. Angeli Michaelis, 29 de setiembre. Un manuscrito añade “via salaria” (Ebner: Miss. Rom. Iter Italicum, 127). Esta iglesia de la Via Salaria estaba a seis millas al norte de la ciudad; en el siglo noveno fue llamada Basilica Archangeli in Septimo (Armellini: Chiese di Roma, p. 85). Desapareció hace 200 años. En Roma también se le dio a San Miguel la parte de médico celestial. De acuerdo a una leyenda ¿apócrifa? Del siglo décimo, él se apareció sobre la Moles Hadriani (Castel Sant'Angelo), en el 950, durante la procesión que sostuvo San Gregorio en contra de la pestilencia, poniéndole fin a la plaga. Bonifacio IV (608-15) construyó en la Moles Hadriani en honor a él una iglesia, que estaba estilada Sancti Michaelis inter nubes (in summitate circi).

Bien conocida es la aparición de San Miguel (494 o 530-40), como se relata en el Breviario Romano, el 8 de mayo, en su santuario en el Monte Gargano, donde le fue restaurada su gloria original como patrono de la guerra. Los Lombardos de Sipontum (Manfredonia) le atribuyen su victoria sobre los Griegos Napolitanos, el 8 de mayo del 663, a su intercesión. En conmemoración de esta victoria la iglesia de Sipontum instituyó una fiesta especial en honor del arcángel, el 8 de mayo, que se ha esparcido sobre toda la Iglesia Latina, y ahora es llamada (desde el tiempo de Pío V) Apparitio S. Michaelis, sin embargo originalmente no conmemoraba la aparición sino la victoria.

En Normandía San Miguel es considerado patrón de los marineros en su famoso santuario de Mont-Saint-Michel, en la diócesis de Coutances. Se dice que apareció ahí en el año 708, a San Auberto, Obispo de Avranches. En Normandía su festividad S. Michaelis en periculo maris o "en el Monte Tumba", fue celebrada universalmente el 18 de octubre, el aniversario de la dedicación de la primera iglesia, 16 de octubre del 710; la fiesta luego se confinó a la Diócesis de Coutances. En Alemania, luego de su evangelización, San Miguel reemplazó para los Cristianos al dios pagano Wotan, a quien se santificaron muchas montañas, por ende las numerosas capillas de San Miguel en toda Alemania.

Los himnos del Oficio Romano, se dicen fueron compuestos por San Rabanus Maurus de Fulda (d. 856). En el arte San Miguel es representado como un ángel guerrero, armado con un casco, espada y armadura (frecuentemente la armadura presenta la inscripción Latina: "Quis ut Deus"), parado sobre el dragón, a quien a veces clava con una lanza. También sostiene un par de balanzas en donde pesa las almas de los desviados (cf. Rock: La Iglesia de Nuestros Padres, III, 160), o el libro de la vida, para mostrar que el toma parte en el juicio. Su fiesta (29 de setiembre), en la Edad Media era celebrada como un feriado obligado, pero junto con otras fiestas fue gradualmente abolida durante el siglo dieciocho.

El Día de Michaelmas, en Inglaterra y en otros países, es uno de los cuartos días regulares para el ajustamiento de rentas y cuentas; pero ya no es remarcada por la hospitalidad con la que era originalmente celebrada. Muchas familias tenían una vestimenta para el Día de Michaelmas. En algunas parroquias (Isle de Skye) tenían una procesión en este día y preparaban un pastel, llamado la hogaza de San Miguel.

FREDERICK G. HOLWECK
Transcrito por Sean Hyland
Traducido por Armando Teullet Llaza

miércoles, 28 de septiembre de 2011

Curso de geopolítica

Ciclo de conferencias

Captura

PRESIONE SOBRE LA IMAGEN PARA AGRANDAR

 

Fuente: Compromiso por la vida – La Plata

LOS ORNAMENTOS LITÚRGICOS: Parte 1 (VII)

Miércoles 28 de Septiembre

Como explicaba Benedicto XVI en la homilía pronunciada en la Santa Misa Crismal oficiada en la Basílica Vaticana el jueves 5 de abril de 2007, el hecho de que el sacerdote se acerque al altar vestido con ornamentos litúrgicos tiene el doble significado de hacer claramente visible tanto a los fieles como al propio celebrante que él está allí en persona de Cristo, para obrar la renovación incruenta de su sacrificio redentor. De ahí que el desarrollo histórico de los ornamentos sacerdotales sea una profunda expresión simbólica de lo que significa el sacerdocio y que ellos guarden correspondencia en su color con el calendario litúrgico. Ellos manifiestan exteriormente, además, la diversidad de ministerios que sirven los miembros del Cuerpo místico de Cristo y contribuyen al decoro de la acción sagrada (Instrucción General del Misal Romano, nr. 335). Debido a esta importancia, en otros tiempos, el sacerdote rezaba unas oraciones especiales al revestirse que ayudaban a comprender mejor cada uno de los elementos de su particular ministerio.
El primer ornamento con que se reviste el sacerdote es el amito, que es un trozo de tela blanca rectangular y lo suficientemente ancha para que cubra el cuello y los hombros. En la forma ordinaria, este ornamento puede omitirse si el alba cubre el vestido común alrededor del cuello (Instrucción General del Misal Romano, nr. 336). En el pasado —y todavía hoy en las órdenes monásticas— se colocaba primero sobre la cabeza, como una especie de capucha, simbolizando así la disciplina de los sentidos y del pensamiento, necesaria para una digna celebración de la santa Misa. Nuestros pensamientos no deben divagar por las preocupaciones y las expectativas de la vida diaria; los sentidos no deben verse atraídos hacia lo que allí, en el interior de la iglesia, casualmente quisiera secuestrar los ojos y los oídos, sino que han de mirar a Cristo que se hará real, verdadera y sustancialmente presente sobre el altar. Por eso, la oración que acompaña a este ornamento dice: «Pon, Señor, sobre mi cabeza el yelmo de salvación para rechazar los asaltos del enemigo». Después de ponerse el amito, el sacerdote se viste con una túnica que lo cubre de arriba a abajo, y que, por ser siempre blanca, ha recibido el mismo nombre de su adjetivo en latín: alba. Es uno de los más importantes ornamentos litúrgicos, al punto que en la forma ordinaria comporta la vestidura sagrada para todos los ministros ordenados e instituidos (Instrucción General del Misal Romano, nr. 336). Místicamente nos recuerda la pureza de corazón que ha de poseer el que la lleva, lo que explica que el sacerdote al ponérsela diga: «Hazme puro, Señor, y limpia mi corazón, para que, santificado por la sangre del cordero, pueda gozar de las delicias eternas». Para que el alba se adapte convenientemente al cuerpo, el sacerdote se ciñe sobre ella un grueso cordón, llamado cíngulo, que puede ser blanco, dorado o del color litúrgico del día. En la forma ordinaria, éste puede omitirse si el alba está hecha de tal manera que se adapta al cuerpo aun sin él (Instrucción General del Misal Romano, nr. 336). Espiritualmente nos recuerda, tal y como indica la oración que reza el sacerdote, la necesidad de luchar contra las bajas pasiones de la carne: «Cíñeme, Señor, con el cíngulo de la pureza, y apaga en mis carnes el fuego de la concupiscencia, para que more siempre en mí la virtud de la continencia y castidad».
Sobre el alba debidamente ceñida el sacerdote lleva la estola. Ésta fue en su origen una faja o banda que algunos vestían como adorno o señal de autoridad y otros por necesidad. Sólo pueden llevarla quienes han recibido el sacramento del orden en alguno de sus grados, esto es, los obispos, sacerdotes y diáconos, aunque cada uno de ellos lo haga de un modo distinto. El diácono la lleva sobre el hombro izquierdo y la hace cruzar a su lado derecho, sujetándola con el cíngulo. El sacerdote la lleva cruzada sobre el pecho, y el obispo simplemente colgando del cuello. Espiritualmente, la estola quiere recordarnos la dignidad de hijos de Dios que desgraciadamente perdimos por el pecado de Adán y Eva, y así, al ver que el sacerdote, que es nuestro representante ante el Altísimo, lleva la estola puesta, podemos gozosamente contar con que la gracia divina nos devolverá aquella dignidad y herencia que le corresponde, es decir, la eterna Gloria. La Iglesia hace pedir, al imponérsela el sacerdote, la inmortalidad, perdida por el pecado, y el premio de nuestro último y feliz destino: «Devuélveme, Señor, la estola de la inmortalidad, que perdí con la prevaricación del primer padre, y aún cuando me acerque, sin ser digno, a celebrar tus sagrados misterios, haz que merezca el gozo sempiterno».











Fuente: http://unavoceellitoral.blogspot.com

martes, 27 de septiembre de 2011

Corrado Balducci: Los Endemoniados, Hoy

 

Un completo tratado sobre el poder que los demonios tienen para influir, atormentar e incluso tomar posesión de los seres humanos. Trata los aspectos teológicos, psísquicos y metapsiquicos.

 

Corrado Balducci
Los Endemoniados Hoy

Versión Española de José Zahonero Vivó
Presentación de Emilio Servadio
Editorial Marfil, Madrid 1965
528 páginas.

 

Si se quiere conocer en profundidad la cuestión, Balducci ha sintetizado en cuatro voluminosas secciones la doctrina de la Iglesia, la fenomenología psíquica de la posesión diabólica, la metapsísquica y, finalmente, en su parte cuarta, los criterios prácticos para el discernimiento de la verdadera posesión diabólica.

Es un libro de consulta y de estudio. Sus 528 páginas no pierden espacio en retórica: van a los puntos bien concretos, con un completísimo aparato crítico que fundamenta las citas.

El lector se siente fascinado por la variedad y sutileza de las distinciones y a la vez abrumado por la enorme erudición del autor, que no deja punto por examinar. No es un libro de divulgación, es un tratado.

Parece indispensable para la biblioteca de todo sacerdote, y de todo católico culto, en particular hoy, cuando tanto poder ha ganado el demonio sobre las almas y los cuerpos a causa del pecado, el recrudecimiento de las sectas de corte satánico y la indefensión en que han quedado los fieles católicos cuando gran parte el clero abandonó el ritual, los sacramentales y particularmente el sacramento de la Penitencia. No se recomienda la oración ni la penitencia ni se predica con el ejemplo.

Tampoco se aplican ya los exorcismos prescriptos por la liturgia tradicional en los bautismos según el sacramental reformado. No se bendicen los hogares, no se entroniza el Sagrado Corazón y muchas veces los propios feligreses de la Iglesia asisten a sesiones de espiritismo, umbanda, tarot, adivinación etc.

Satán en la ciudad

De modo que la presencia del demonio hoy en día no es algo inusual. Como tampoco lo son las patologías psiquiátricas vinculadas a la vida de pecado, a los vicios nefandos, el aborto y las supersticiones. Satán se ha enseñoreado de la sociedad. Sin embargo, toda prudencia es poca a la hora de discernir cuánto pertenece al orden natural y cuanto al preternatural en los casos de presunta influencia satánica (infestación, obsesión, diversas formas de posesión...). Siendo la formación del clero joven y de mediana edad casi nula en esta materia, pocos elementos de juicio tienen para asistir a sus fieles. De ahí que esta obra resulte particularmente útil y oportuna y como tal la recomendamos.

 

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Motu Proprio "Quaerit Semper" de S.S. Benedicto XVI





CARTA APOSTÓLICA EN FORMA DE MOTU PROPRIO
“QUAERIT SEMPER”
DEL SUMO PONTÍFICE BENEDICTO XVI


con la cual es modificada la Constitución Apostólica Pastor Bonus y se transfieren algunas competencias de la Congregación para el Culto Divino y la Disciplina de los Sacramentos a la nueva Oficina para los procedimientos de dispensa del matrimonio rato y no consumado y las causas de nulidad de la sagrada ordenación constituida en el Tribunal de la Rota Romana.

La Santa Sede siempre ha buscado adecuar la propia estructura de gobierno a las necesidades pastorales que en cada período histórico surgían en la vida de la Iglesia, modificando por eso la organización y la competencia de los Dicasterios de la Curia Romana.

El Concilio Vaticano II confirmó, además, dicho criterio, reiterando la necesidad de adecuar los Dicasterios a las necesidades de los tiempos, de las regiones y de los ritos, sobre todo en lo que concierne a su número, denominación, competencia, modos de proceder y recíproca coordinación (cfr. Decreto Christus Dominus, 9).

Siguiendo tales principios, mi Predecesor, el beato Juan Pablo II, procedió a una reorganización de la Curia Romana mediante la Constitución Apostólica Pastor Bonus, promulgada el 28 de junio de 1988 (AAS 80 [1988] 841-930), configurando las competencias de los diversos Dicasterios teniendo en cuenta el Código de Derecho Canónico promulgado cinco años antes y las normas que ya se preveían para las Iglesias orientales. Luego, con sucesivos procedimientos, tanto mi Predecesor como yo mismo, hemos intervenido modificando la estructura y la competencia de algunos Dicasterios para responder mejor a las cambiantes exigencias.

En las presentes circunstancias ha parecido conveniente que la Congregación para el Culto Divino y la Disciplina de los Sacramentos se dedique principalmente a dar nuevo impulso a la promoción de la Sagrada Liturgia en la Iglesia, según la renovación querida por el Concilio Vaticano II a partir de la ConstituciónSacrosanctum Concilium.

Por lo tanto, he considerado oportuno transferir a una nueva Oficina constituida en el Tribunal de la Rota Romana la competencia de tratar de los procedimientos para la concesión de la dispensa del matrimonio rato y no consumado y las causas de nulidad de la sagrada Ordenación.

En consecuencia, siguiendo la propuesta del Eminentísimo Prefecto de la Congregación para el Culto Divino y la Disciplina de los Sacramentos y con el parecer favorable del Excelentísimo Decano del Tribunal de la Rota Romana, oído el parecer del Supremo Tribunal de la Signatura Apostólica y del Pontificio Consejo para los Textos Legislativos, establezco y decreto cuanto sigue:

Art. 1.

Son abolidos los artículos 67 y 68 de la mencionada Constitución Apostólica Pastor Bonus.

Art. 2.

El artículo 126 de la Constitución Apostólica Pastor Bonus es modificado según el siguiente texto:

«Art. 126 § 1. Este Tribunal actúa como instancia superior en el grado de apelación, ante la Sede Apostólica, con el fin de tutelar los derechos en la Iglesia, provee a la unidad de la jurisprudencia y, a través de sus sentencias, sirve de ayuda a los tribunales de grado inferior.


§ 2. En este Tribunal se constituye una Oficina a la cual compete juzgar sobre el hecho de la no consumación del matrimonio y sobre la existencia de una causa justa para conceder la dispensa. Por eso, recibe todas las actas junto con el voto del Obispo y con las observaciones del Defensor del Vínculo, pondera atentamente, según el especial procedimiento, la súplica dirigida a obtener la dispensa y, si es el caso, la somete al Sumo Pontífice.

§ 3. Esta Oficina es también competente para tratar las causas de nulidad de la sagrada Ordenación, según la norma del derecho universal y propio, congrua congruis referendo.

Art. 3.

La Oficina para los procedimientos de dispensa del matrimonio rato y no consumado y las causas de nulidad de la sagrada Ordenación es moderada por el Decano de la Rota Romana, asistido por Oficiales, Comisarios, diputados y consultores.

Art. 4.

El día de la entrada en vigor de las presentes normas, los procedimientos de dispensa del matrimonio rato y no consumado y las causas de nulidad de la sagrada Ordenación pendientes ante la Congregación para el Culto Divino y la Disciplina de los Sacramentos serán transferidas a la nueva Oficina en el Tribunal de la Rota Romana y por ella serán definidos.

Ordeno que todo lo que he deliberado con esta Carta apostólica en forma de Motu proprio sea observado en todas sus partes, no obstante cualquier disposición contraria, aunque sea digna de particular mención, y establezco que sea promulgado mediante la publicación en el periódico “L’Osservatore Romano”, entrando en vigor el día 1º de octubre de 2011.

Dado en Castelgandolfo, el día 30 de agosto del año 2011, séptimo de Nuestro Pontificado.

BENEDICTO XVI

***


Libros y escritos varios para descargar



1) Alejandro Bilyk, Parodia fatal. (Sobre el homomonio).

2) Michael Müller, La alegría en el amor de Dios.

3) John Senior, La restauración de la cultura cristiana, cap. 1.

4) Rubén Peretó Rivas, Katejon, el Obstaculizante.

5) Alberto Justo, O.P., REGLA PARA EREMITAS

6) José Illanes - Josep Saranyana, Historia de la teología, BAC, Madrid, 1995.

7) Wesley J. Perschbacher, The New Analytical Greek Lexicon,

8) Anonymus, Notas sobre el Magisterio de la Iglesia
9) Cinco Ensayos del P. Mario Petit de Murat.
10) Thomas Gilbert, Monseñor Pironio, ¿Pirómano?
11) Brunero Gherardini, Canonizzazione ed infallibilità
12) Daniel Ols, O.P., Sobre las canonizaciones
13) Sermón de Ronald Knox sobre el Reino de Dios. Bilingüe. BAJAR

La Iglesia debe ser desmundanizada

 

Merece la pena leerse, releerse. El discurso de Benedicto XVI en Friburgo es una hoja de ruta para reconocer, entender y penetrar en el Misterio de la Iglesia. Lo comparto de forma literal:

 

Queridos hermanos en el episcopado y el sacerdocio, Ilustres señoras y señores,


Me alegra tener este encuentro con ustedes, que están comprometidos de muchas maneras con la Iglesia y la sociedad. Esto me ofrece una ocasión de agradecerles personalmente y de todo corazón su servicio y testimonio como "valerosos pregoneros de la fe y de las cosas que esperamos" (Lumen gentium, 35). En sus ambientes de trabajo, en el momento actual, no siempre es fácil defender con entusiasmo la causa de la fe y de la Iglesia.


Desde hace decenios, asistimos a una disminución de la práctica religiosa, constatamos un creciente distanciamiento de una notable parte de los bautizados de la vida de la Iglesia. Surge, pues, la pregunta: ¿Acaso no debe cambiar la Iglesia? ¿No debe, tal vez, adaptarse al tiempo presente en sus oficios y estructuras, para llegar a las personas de hoy que se encuentran en búsqueda o en duda?


A la beata Madre Teresa le preguntaron una vez cuál sería, según ella, lo primero que se debería cambiar en la Iglesia. Su respuesta fue:usted y yo.
Este pequeño episodio pone de relieve dos cosas: por un lado, la Religiosa quiere decir a su interlocutor que la Iglesia no son sólo los demás, la jerarquía, el Papa y los obispos; la Iglesia somos todos nosotros, los bautizados. Por otro lado, parte del presupuesto de que efectivamente hay motivo para un cambio, de que existe esa necesidad, cada cristiano y la comunidad de los creyentes están llamados a una conversión continua.
¿Cómo se debe configurar concretamente este cambio? ¿Se trata tal vez de una renovación como la que realiza, por ejemplo, un propietario mediante una restructuración o la pintura de su edificio? ¿O acaso se trata de una corrección, para retomar el rumbo y recorrer de modo más directo y expeditivo un camino? Ciertamente, estos y otros aspectos tienen importancia. Pero por lo que respecta a la Iglesia, el motivo fundamental del cambio es la misión apostólica de los discípulos y de la Iglesia misma.


En efecto, la Iglesia debe verificar constantemente su fidelidad a esta misión. Los tres Evangelios sinópticos enfocan distintos aspectos del envío a la misión: ésta se basa en una experiencia personal: "Vosotros soy testigos" (Lc 24, 48); se expresa en relaciones: "Haced discípulos a todos los pueblos" (Mt 28, 19); trasmite un mensaje universal: "Proclamad el Evangelio a toda la creación" (Mc 16, 15). Sin embargo, a causa de las pretensiones y de los condicionamientos del mundo, el testimonio viene repetidamente ofuscado, alienadas las relaciones y relativizado el mensaje. Si después la Iglesia, como dice el Papa Pablo VI, "trata de adaptarse a aquel modelo que Cristo le propone, es necesario que ella se diferencie profundamente del ambiente humano en el cual vive y al cual se aproxima" (Carta encíclica Ecclesiam suam, 24). Para cumplir su misión, ella tomará continuamente las distancias de su entorno, debe en cierta medida ser desmundanizada.


La misión de la Iglesia deriva ciertamente del misterio del Dios uno y trino, del misterio de su amor creador. El amor no está presente en Dios de un modo cualquiera: Él mismo, por su naturaleza, es amor. Y el amor de Dios no quiere quedarse en sí mismo, quiere difundirse. En la Encarnación y en el sacrificio del Hijo de Dios, ese amor ha alcanzado a los hombres de modo particular. El Hijo ha salido de la esfera de su ser Dios, se ha hecho carne y se ha hecho hombre; y ciertamente no sólo para confirmar el mundo en su mundanidad, y ser un acompañante suyo que lo deja totalmente intacto tal como es.


Del evento cristológico forma parte algo incomprensible, pues incluye (como dicen los Padres de la Iglesia) un commercium, un intercambio entre Dios y los hombres, en el que ambos, aunque en un modo completamente distinto, dan y adquieren algo, entregan y reciben gratuitamente. La fe cristiana sabe que Dios ha puesto al hombre en una libertad, en la que él puede ser verdaderamente un partner y entrar en un intercambio con Dios. Al mismo tiempo, el hombre es consciente de que ese intercambio es posible sólo gracias a la generosidad de Dios que toma la pobreza del mendigo como una riqueza, para hacer soportable el don divino, pues el hombre no puede corresponder con nada equivalente.


También la Iglesia debe su ser a este intercambio desigual. No posee nada de autónomo ante Aquel que la ha fundada. Encuentra su sentido exclusivamente en el compromiso de ser instrumento de redención, de impregnar el mundo con la palabra de Dios y de trasformarlo al introducirlo en la unión de amor con Dios. La Iglesia se sumerge totalmente en la atención condescendiente del Redentor para con los hombres. Ella misma está siempre en movimiento, debe ponerse constantemente al servicio de la misión que ha recibido del Señor. La Iglesia debe abrirse una y otra vez a las preocupaciones del mundo y dedicarse a ellas sin reservas, para continuar y hacer presente el intercambio sagrado que comenzó con la Encarnación.


En el desarrollo histórico de la Iglesia se manifiesta, sin embargo, también una tendencia contraria, la de una Iglesia que se acomoda a este mundo, llega a ser autosuficiente y se adapta a sus criterios. Por ello da una mayor importancia a la organización y a la institucionalización que a su vocación a la apertura.


Para corresponder a su verdadera tarea, la Iglesia debe una y otra vez hacer el esfuerzo por separarse de lo mundano del mundo. Con esto sigue las palabras de Jesús: "No son del mundo, como tampoco yo soy del mundo" (Jn 17,16). En un cierto sentido, la historia viene en ayuda de la Iglesia a través de distintas épocas de secularización que han contribuido en modo esencial a su purificación y reforma interior.


En efecto, las secularizaciones (sea que consistan en expropiaciones de bienes de la Iglesia o en cancelación de privilegios o cosas similares) han significado siempre un profundo desarrollo de la Iglesia, en el que se despojaba de su riqueza terrena a la vez que volvía a abrazar plenamente su pobreza terrena.


Con esto la Iglesia compartía el destino de la tribu de Levi que, según la afirmación del Antiguo Testamento, era la única tribu de Israel que no poseía un patrimonio terreno, sino, como parte de la herencia, le había tocado en suerte exclusivamente a Dios mismo, su palabra y sus signos. Con esta tribu, la Iglesia compartía en cada momento histórico, la exigencia de una pobreza que se abría al mundo para, separarse de su vínculos materiales y, así también, su actuación misionera volvía a ser creíble.


Los ejemplos históricos muestran que el testimonio misionero de la Iglesia "desmundanizada" resulta más claro. Liberada de su fardo material y político, la Iglesia puede dedicarse mejor y verdaderamente cristiana al mundo entero, puede verdaderamente estar abierta al mundo. Puede vivir nuevamente con más soltura su llamada al ministerio del adoración a Dios y al servicio del prójimo. La tarea misionera, que va unida a la adoración cristiana y debería determinar la estructura de la Iglesia, se hace más claramente visible.


La Iglesia se abre al mundo, no para obtener la adhesión de los hombres a una institución con sus propias pretensiones de poder, sino más bien para hacerles entrar en sí mismos y conducirlos así a Aquel del que toda persona puede decir, con san Agustín: Él es más íntimo a mí que yo mismo (cf. Conf. 3, 6, 11). Él, que está infinitamente por encima de mí, está de tal manera en mí que es mi verdadera interioridad. Mediante este estilo de apertura al mundo propio de la Iglesia, se queda al mismo tiempo diseñada la forma en la que cada cristiano puede realizar esa misma apertura de modo eficaz y adecuado.


No se trata aquí de encontrar una nueva táctica para valorizar otra vez la Iglesia. Se trata más bien de dejar todo lo que es mera táctica y buscar la plena sinceridad, que no descuida ni reprime nada de la verdad de nuestro hoy, sino que realiza la fe plenamente en el hoy viviéndola totalmente precisamente en la sobriedad del hoy, llevándola a su plena identidad, quitando lo que sólo aparentemente es fe, pero en realidad no son más que convenciones y hábitos.


Digámoslo con otras palabras: la fe cristiana es para el hombre siempre un escándalo, no sólo en nuestro tiempo. Creer que el Dios eterno se preocupe de los seres humanos, que nos conozca; que el Inasequible se haya convertido en un momento dado en accesible; que el Inmortal haya sufrido y muerto en la cruz; que a los mortales se nos haya prometido la resurrección y la vida eterna; para nosotros los hombres, todo esto es verdaderamente una osadía.


Este escándalo, que no puede ser suprimido si no se quiere anular el cristianismo, ha sido desgraciadamente ensombrecido recientemente por los dolorosos escándalos de los anunciadores de la fe. Se crea una situación peligrosa, cuando estos escándalos ocupan el puesto del skandalon primario de la Cruz, haciéndolo así inaccesible; esto es cuando esconden la verdadera exigencia cristiana detrás de la ineptitud de sus mensajeros.
Hay una razón más para pensar que sea de nuevo el momento de abandonar con audacia lo que hay de mundano en la Iglesia. Lo que no quiere decir retirarse del mundo. Una Iglesia aligerada de los elementos mundanos es capaz de comunicar a los hombres(tanto a los que sufren como a los que los ayudan) precisamente en el ámbito social y caritativo, la fuerza vital especial de la fe cristiana. "Para la Iglesia, la caridad no es una especie de actividad de asistencia social que también se podría dejar a otros, sino que pertenece a su naturaleza y es manifestación irrenunciable de su propia esencia" (Carta encíclica Deus caritas est, 25). Ciertamente, también las obras caritativas de la Iglesia deben prestar atención constante a la exigencia de un adecuado distanciamiento del mundo para evitar que, ante un creciente alejamiento de la Iglesia, sus raíces se sequen. Sólo la profunda relación con Dios hace posible una plena atención al hombre, del mismo modo que sin una atención al prójimo se empobrece la relación con Dios.


Estar abiertos a las vicisitudes del mundo significa por tanto para la Iglesia "desmundanizada" testimoniar, según el Evangelio, con palabras y obras, aquí y ahora, la señoría del amor de Dios. Esta tarea, además, nos remite más allá del mundo presente: la vida presente, en efecto, incluye la relación con la vida eterna. Vivamos como individuos y como comunidad de la Iglesia la sencillez de un gran amor que, en el mundo, es al mismo tiempo lo más fácil y lo más difícil,porque exige nada más y nada menos que el darse a sí mismo.


Queridos amigos, me queda sólo implorar para todos nosotros la bendición de Dios y la fuerza del Espíritu Santo, para que podamos, cada uno en su propio campo de acción, reconocer una y otra vez y testimoniar el amor de Dios y su misericordia. Gracias por su atención.

 

Benedicto XVI. Friburgo de Brisgovia, 25 de septiembre de 2011

Fuente: Religión en Libertad

Publicado por Diario Pregón de La Plata en 9/27/2011 01:58:00 PM

Catequesis del Papa: "El hombre en oración (I)"

Comenzaremos a publicar todos los martes, una serie de catequesis del Santo Padre Benedicto XVI sobre la oración, que esperamos sea de gran provecho espiritual para nuestros lectores.

Comenzamos:




BENEDICTO XVI

AUDIENCIA GENERAL

Plaza de San Pedro
Miércoles 4 de mayo de 2011


Queridos hermanos y hermanas:


Hoy quiero comenzar una nueva serie de catequesis. Después de las catequesis sobre los Padres de la Iglesia, sobre los grandes teólogos de la Edad Media, y sobre las grandes mujeres, ahora quiero elegir un un tema que nos interesa mucho a todos: es el tema de la oración, de modo específico de la cristiana, es decir, la oración que Jesús nos enseñó y que la Iglesia sigue enseñándonos. De hecho, es en Jesús en quien el hombre se hace capaz de unirse a Dios con la profundidad y la intimidad de la relación de paternidad y de filiación. Por eso, juntamente con los primeros discípulos, nos dirigimos con humilde confianza al Maestro y le pedimos: «Señor, enséñanos a orar» (Lc 11, 1).

En las próximas catequesis, acudiendo a las fuentes de la Sagrada Escritura, la gran tradición de los Padres de la Iglesia, de los maestros de espiritualidad y de la liturgia, queremos aprender a vivir aún más intensamente nuestra relación con el Señor, casi una «escuela de oración». En efecto, sabemos bien que la oración no se debe dar por descontada: hace falta aprender a orar, casi adquiriendo siempre de nuevo este arte; incluso quienes van muy adelantados en la vida espiritual sienten siempre la necesidad de entrar en la escuela de Jesús para aprender a orar con autenticidad. La primera lección nos la da el Señor con su ejemplo. Los Evangelios nos describen a Jesús en diálogo íntimo y constante con el Padre: es una comunión profunda de aquel que vino al mundo no para hacer su voluntad, sino la del Padre que lo envió para la salvación del hombre.

En esta primera catequesis, como introducción, quiero proponer algunos ejemplos de oración presentes en las antiguas culturas, para poner de relieve cómo, prácticamente siempre y por doquier, se han dirigido a Dios.

Comienzo por el antiguo Egipto, como ejemplo. Allí un hombre ciego, pidiendo a la divinidad que le restituyera la vista, atestigua algo universalmente humano, como es la pura y sencilla oración de petición hecha por quien se encuentra en medio del sufrimiento, y este hombre reza: «Mi corazón desea verte... Tú que me has hecho ver las tinieblas, crea la luz para mí. Que yo te vea. Inclina hacia mí tu rostro amado» (A. Barucq – F. Daumas, Hymnes et prières de l’Egypte ancienne,París 1980, trad. it. en Preghiere dell’umanità, Brescia 1993p. 30). «Que yo te vea»: aquí está el núcleo de la oración.

En las religiones de Mesopotamia dominaba un sentido de culpa arcano y paralizador, pero no carecía de esperanza de rescate y liberación por parte de Dios. Así podemos apreciar esta súplica de un creyente de aquellos antiguos cultos, que dice así: «Oh Dios, que eres indulgente incluso en la culpa más grave, absuelve mi pecado... Mira, Señor, a tu siervo agotado, y sopla tu aliento sobre él: perdónalo sin dilación. Aligera tu castigo severo. Haz que yo, liberado de los lazos, vuelva a respirar; rompe mi cadena, líbrame de las ataduras» (M.-J. Seux, Hymnes et prières aux Dieux de Babylone et d’Assyrie, París 1976, trad. it. en Preghiere dell’umanità, op. cit., p. 37). Estas expresiones demuestran que el hombre, en su búsqueda de Dios, ha intuido, aunque sea confusamente, por una parte su culpa y, por otra, aspectos de misericordia y de bondad divina.

En el seno de la religión pagana de la antigua Grecia se produce una evolución muy significativa: las oraciones, aunque siguen invocando la ayuda divina para obtener el favor celestial en todas las circunstancias de la vida diaria y para conseguir beneficios materiales, se orientan progresivamente hacia peticiones más desinteresadas, que permiten al hombre creyente profundizar su relación con Dios y ser mejor. Por ejemplo, el gran filósofo Platón refiere una oración de su maestro, Sócrates, considerado con razón uno de los fundadores del pensamiento occidental. Sócrates rezaba así: «Haz que yo sea bello por dentro; que yo considere rico a quien es sabio y que sólo posea el dinero que puede tomar y llevar el sabio. No pido más» (Opere I. Fedro 279c, trad. it. P. Pucci, Bari 1966). Quisiera ser sobre todo bello por dentro y sabio, y no rico de dinero.

En esas excelsas obras maestras de la literatura de todos los tiempos que son las tragedias griegas, todavía hoy, después de veinticinco siglos, leídas, meditadas y representadas, se encuentran oraciones que expresan el deseo de conocer a Dios y de adorar su majestad. Una de ellas reza así: «Oh Zeus, soporte de la tierra y que sobre la tierra tienes tu asiento, ser inescrutable, quienquiera que tú seas —ya necesidad de la naturaleza o mente de los hombres—, a ti dirijo mis súplicas. Pues conduces todo lo mortal conforme a la justicia por caminos silenciosos» (Eurípides, Las Troyanas, 884-886, trad. it. G. Mancini, en Preghiere dell’umanitàop. cit., p. 54). Dios permanece un poco oculto, y aún así el hombre conoce a este Dios desconocido y reza a aquel que guía los caminos de la tierra.

También entre los romanos, que constituyeron el gran imperio en el que nació y se difundió en gran parte el cristianismo de los orígenes, la oración, aun asociada a una concepción utilitarista y fundamentalmente vinculada a la petición de protección divina sobre la vida de la comunidad civil, se abre a veces a invocaciones admirables por el fervor de la piedad personal, que se transforma en alabanza y acción de gracias. Lo atestigua un autor del África romana del siglo ii después de Cristo, Apuleyo. En sus escritos manifiesta la insatisfacción de los contemporáneos respecto a la religión tradicional y el deseo de una relación más auténtica con Dios. En su obra maestra, titulada Las metamorfosis, un creyente se dirige a una divinidad femenina con estas palabras: «Tú sí eres santa; tú eres en todo tiempo salvadora de la especie humana; tú, en tu generosidad, prestas siempre ayuda a los mortales; tú ofreces a los miserables en dificultades el dulce afecto que puede tener una madre. Ni día ni noche ni instante alguno, por breve que sea, pasa sin que tú lo colmes de tus beneficios» (Apuleyo de Madaura, Metamorfosis IX, 25, trad. it. C. Annaratone, en Preghiere dell’umanitàop. cit., p. 79).

En ese mismo tiempo, el emperador Marco Aurelio —que también era filósofo pensador de la condición humana— afirma la necesidad de rezar para entablar una cooperación provechosa entre acción divina y acción humana. En su obra Recuerdos escribe: «¿Quién te ha dicho que los dioses no nos ayudan incluso en lo que depende de nosotros? Comienza, por tanto, a rezarles y verás» (Dictionnaire de spiritualitè XII/2, col. 2213). Este consejo del emperador filósofo fue puesto en práctica efectivamente por innumerables generaciones de hombres antes de Cristo, demostrando así que la vida humana sin la oración, que abre nuestra existencia al misterio de Dios, queda privada de sentido y de referencia. De hecho, en toda oración se expresa siempre la verdad de la criatura humana, que por una parte experimenta debilidad e indigencia, y por eso pide ayuda al cielo, y por otra está dotada de una dignidad extraordinaria, porque, preparándose a acoger la Revelación divina, se descubre capaz de entrar en comunión con Dios.

Queridos amigos, en estos ejemplos de oraciones de las diversas épocas y civilizaciones se constata la conciencia que tiene el ser humano de su condición de criatura y de su dependencia de Otro superior a él y fuente de todo bien. El hombre de todos los tiempos reza porque no puede menos de preguntarse cuál es el sentido de su existencia, que permanece oscuro y desalentador si no se pone en relación con el misterio de Dios y de su designio sobre el mundo. La vida humana es un entrelazamiento de bien y mal, de sufrimiento inmerecido y de alegría y belleza, que de modo espontáneo e irresistible nos impulsa a pedir a Dios aquella luz y aquella fuerza interiores que nos socorran en la tierra y abran una esperanza que vaya más allá de los confines de la muerte. Las religiones paganas son una invocación que desde la tierra espera una palabra del cielo. Uno de los últimos grandes filósofos paganos, que vivió ya en plena época cristiana, Proclo de Constantinopla, da voz a esta espera, diciendo: «Incognoscible, nadie te contiene. Todo lo que pensamos te pertenece. De ti vienen nuestros males y nuestros bienes. De ti dependen todos nuestros anhelos, oh Inefable, a quien nuestras almas sienten presente, elevando a ti un himno de silencio» (Hymni, ed. E. Vogt, Wiesbaden 1957, en Preghiere dell’umanitàop. cit., p. 61).

En los ejemplos de oración de las diversas culturas, que hemos considerado, podemos ver un testimonio de la dimensión religiosa y del deseo de Dios inscrito en el corazón de todo hombre, que tienen su cumplimiento y expresión plena en el Antiguo y en el Nuevo Testamento. La Revelación, en efecto, purifica y lleva a su plenitud el originario anhelo del hombre a Dios, ofreciéndole, en la oración, la posibilidad de una relación más profunda con el Padre celestial.

Al inicio de nuestro camino «en la escuela de la oración», pidamos pues al Señor que ilumine nuestra mente y nuestro corazón para que la relación con él en la oración sea cada vez más intensa, afectuosa y constante. Digámosle una vez más: «Señor, enséñanos a orar» (Lc 11, 1).





Saludos


Saludo cordialmente a los peregrinos de lengua española, en particular a los formadores y alumnos del Seminario Menor de la Asunción de Santiago de Compostela y a los demás grupos provenientes de España, México y otros países latinoamericanos. Os invito a que experimentando el anhelo de Dios que está en el interior del hombre, pidáis al Señor que ilumine vuestros corazones para que vuestra relación con Él en la oración sea cada vez más intensa. Muchas gracias.