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lunes, 31 de octubre de 2011

EL SATANISMO DE LA "FIESTA" DE "HALLOWEEN"

Informe del Padre Roberto Yannuzzi, de Miles Christi y una introducción.

INTRODUCCION:
Desde hace dos o tres años intenta transferirse a la Argentina la "fiesta" norteamericana llamada "Halloween". Esa "fiesta" consiste en celebrar el "día de las brujas" y los niños se disfrazan imitando a éstas y recorren las casas pidiendo regalos con esos disfraces. Estuve una vez durante un día de "Halloween" en Nueva York y me impresionó el ambiente pagano de esta celebración insólita en la que los únicos inocentes son los niños. Asombrosamente, ahora se intenta transferir esta costumbre a la Argentina.¿Quien lo impulsa y por qué? Para prevenir a los padres sobre este contagio me parece oportuno publicar un informe que he recibido del Padre Roberto Yannuzzi, de Miles Christi, fechando en Noviembre del 2003.


Cosme Beccar Varela


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Hemos visto cómo los medios de comunicación han movido a la gente para celebrar la fiesta de Halloween, buscando, una vez más, imponer en nuestra cultura, elementos que le son totalmente ajenos. En efecto, las fiestas que celebramos reflejan quiénes somos e influyen en nuestros valores. Es alarmante que muchos cristianos hayan olvidado el testimonio de los santos y prefieran festejar con "brujas y fantasmas".
"HALLOWEEN" proviene del inglés antiguo, "All hallows eve", y significa Víspera Santa, pues se refiere a la noche del 31 de Octubre, víspera de la Fiesta de Todos los Santos. La fantasía anglosajona, sin embargo, le ha robado su sentido religioso para celebrar en su lugar la noche del terror, de las brujas y los fantasmas. Halloween marca un triste retorno al paganismo.
Ya desde el siglo VI antes de Cristo los celtas del norte de Europa celebraban el fin del año con la fiesta de Samhein, fiesta del sol, que comenzaba la noche del 31 de Octubre. Marcaba el fin del verano y de las cosechas. Creían que aquella noche, el dios de la muerte permitía a los muertos volver a la tierra fomentando un ambiente de muerte y terror. La separación entre los vivos y los muertos se disolvía aquella noche, haciendo posible la comunicación entre unos y otros. Según la religión celta, las almas de algunos difuntos estaban atrapadas dentro de animales feroces y podían ser liberadas ofreciendo a los dioses sacrificios de toda índole, incluso sacrificios humanos.
Aquellos desafortunados también creían que esa noche los espíritus malignos, fantasmas y otros monstruos, salían libremente para aterrorizar a los hombres. Para aplacarlos y protegerse, se hacían grandes hogueras. Otras formas de evitar el acoso de estos macabros personajes era preparándoles alimentos, montando macabras escenografías y disfrazándose para tratar de asemejarse a ellos y, así, pasar desapercibidos a sus miradas amenazantes.
Cuando los pueblos celtas se cristianizaron, no todos renunciaron a las costumbres paganas. La coincidencia cronológica de la fiesta pagana con la fiesta cristiana de Todos los Santos y la de los difuntos, que es el día siguiente, hizo que algunos las mezclaran. En vez de recordar los buenos ejemplos de los santos y orar por los antepasados, se llenaban de miedo ante las antiguas supersticiones sobre la muerte y los difuntos.
Algunos inmigrantes irlandeses introdujeron Halloween en los Estados Unidos, donde llegó a ser parte del folklore popular. Se le añadieron diversos elementos paganos tomados de los diferentes grupos de inmigrantes hasta llegar a incluir la creencias en brujas, fantasmas, duendes, drácula y monstruos de toda especie. Desde USA, Halloween se ha propagado por todo el mundo...
LA NOCHE DEL SATANISMO.
Con el reciente incremento de satanismo y lo oculto, la noche de Halloween se ha convertido en la ocasión para celebrar a lo grande toda clase de ritos tenebrosos, desde brujerías hasta misas negras y asesinatos. Es lamentable que, con el pretexto de la curiosidad o de sólo pasar el tiempo, no son pocos los cristianos que juegan con las artes del Maligno.
Cristina Kneer de Vidal, tras convertirse al catolicismo luego de practicar durante varios años el satanismo y el esoterismo, explicó que la fiesta de Halloween es la más importante para los cultos demoníacos pues, además de iniciarse el nuevo año satánico, "es como si se celebrara el cumpleaños del diablo".
Kneer es una mujer estadounidense radicada en México, quien durante más de 15 años ha estudiado metafísica y ocultismo y realizado diversos viajes astrológicos.
La ex astróloga afirmó que la noche de Halloween no debe ser celebrada por ningún católico pues, entre otras cosas, es la fecha en la que los grupos satánicos sacrifican a jóvenes y niños. "No quiero asustar a nadie, todo el mundo es libre de creer lo que quiera, pero mis palabras deben ser tomadas en cuenta, por lo menos pido que me escuchen, razonen y decidan", afirmó.
"Miles de personas han adoptado sin saberlo una costumbre satánica y con ello están propiciando el crecimiento del satanismo en México y en las grandes ciudades", agregó Kneer y explicó que "son temas poco conocidos. Yo practiqué la meditación y aunque ahora me arrepiento, llegué a abominar a Dios".
Asimismo, Kneer explicó que los ritos satánicos "se ofician en el campo o en edificios cerrados fuertemente vigilados y se inician con la invocación de Satanás que, muchas veces, no se presenta porque, a diferencia de Dios, no puede estar en todas partes".
A mitad del rito son sacrificados animales como gatos, perros y, cuando la fiesta es muy importante, como la de Halloween, se realizan sacrificios humanos. "Se eligen preferentemente niños porque son los que aún no han pecado y son los preferidos por Dios", afirmó.
La cultura moderna, jactándose de ser pragmática y científica, ha rechazado a Dios por considerarlo un mito ya superado. Al mismo tiempo, para llenar el vacío del alma, el hombre de hoy retrocede cada vez más al absurdo de la superstición y del paganismo. Ha cambiado a Dios por el mismo demonio.

 

 

Boletín Miles Christi
Informe nro. 103
Noviembre, 2003

P. Alfredo Sáenz - Las Principales Devociones Católicas

 

 

El R. P. Dr. Alfredo Sáenz, SJ, sacerdote jesuita argentino, es entrevistado sobre el tema de "Las Principales Devociones Católicas" por Fernando Estrada (EWTN).
El P. Sáenz es Doctor en Teología (Universidad Pontificia San Anselmo - Roma, Italia) con especialización en Sagrada Liturgia.
Ha escrito más de un centenar de artículos y cerca de 60 libros.

Opus Dei vs. Opuslibros

 

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Luego de una ardua batalla, el Opus Dei ha logrado que el sitio www.opuslibros.org retirara todos los documentos internos que maneja la obra por razones de copyright.

Opuslibros es un sito web compuesto por ex miembros del Opus Dei que cuestionan duramente a dicha institución, acusándola de “manipulación de personas”, exponiendo en este sitio todos sus fundamentos.

domingo, 30 de octubre de 2011

Programa de TV en España y debate sobre el Concilio Vaticano II




«La cruda realidad: el postconcilio supuso una superación sin ambages del Concilio»
Juan Manuel de Prada destacó que, más que resolver asuntos, el Vaticano II abrió puertas... pero tanto a visitantes bienvenidos como indeseados.
Fue tras la emisión de la película Católicos, dirigida en 1973 por el director británico Jack Gold e interpretada por Martin Sheen, Trevor Howard y Raf Vallone, que narra la visita de un enviado del Vaticano a un monasterio irlandés para forzar a los monjes a abandonar la misa en latín.
 
Las expectativas y la realidad
En su presentación inicial del tema, Prada recordó una frase de Pablo VI en el discurso de clausura del Concilio Vaticano II: "En el Concilio, la religión del Dios hecho hombre se ha confrontado con la religión del hombre que aspira a ser Dios".
"Un tanto ingenuamente", continuó Prada, aquel Papa pensó que "gracias al Concilio esas dos religiones enfrentadas... se habían sentido mutuamente atraídas; y que de esta atracción mutua podría nacer una atención nueva de la Iglesia a las necesidades del hombre. Pero la cruda realidad es que el periodo postconciliar supuso una superación sin ambages del Concilio Vaticano II, enmascarada siempre bajo la fórmula ambigua del espíritu del Concilio, que ampararía los más diversos excesos, palpables en el orden litúrgico y el institucional, pero también en el orden de una mentalidad católica cada vez más secularizada, abierta a todo tipo de componendas con doctrinas alejadas y aun contrarias a la fe católica".
En ese sentido, "el Concilio Vaticano II, por ser de naturaleza eminentemente pastoral y no dogmática, más que resolver asuntos lo que hizo fue abrir puertas. Pero es sabido que abrir puertas facilita el paso tanto a visitantes no deseados como a los que son bienvenidos".
De esta forma, la reconciliación con los tiempos modernos que había planeado el Concilio se hizo "renunciando a lo que es propio de la Iglesia, u ocultando su predicación y enseñanza", al tiempo que los innovadores "tendieron a exagerar la gravedad de los defectos que intentaban corregir, con el resultado de crear nuevos desequilibrios que, a la postre, han resultado mucho más peligrosos".

El debate
Tras un primer intercambio de opiniones centrado en la figura del abad en la película (¿un cínico? ¿un hombre de fe a pesar de las dudas?), interpretado por Trevor Howard, el primer punto de discusión fue si los problemas que presentó el postconcilio eran o no atribuibles al Concilio mismo.
Sayés consideró que no, sino que teólogos concretos expandieron el "virus de la secularización": "En el Concilio no encuentro ninguna herejía, el problema fue ese virus y su diseminación", dijo. El Concilio "hay que leerlo no en ruptura con la Tradición, sino dentro de ella, en lugar de la interpretación distorsionadora que se ha hecho".
En el mismo sentido, Amado señaló que "en el Concilio hay expresiones que sorprenden y que chocan, pero ninguna es herética", y que "el humo del modernismo estaba infiltrado en la Iglesia, pero no en los textos del Vaticano II", que no son responsables "de los destrozos posteriores".
En un sentido muy distinto, Ayuso destacó que "tenemos que reconocer que ha habido un desastre si queremos buscar las causas, y esas causas tienen que ser proporcionadas a la magnitud del desastre". Las apuntó en el modernismo condenado por San Pío X, que intentó atajar este Papa, como también Pío XII, pero que "emergió con fuerza en el Concilio Vaticano II", del que criticó la precipitación en su convocatoria, el arrumbamiento en sus inicios de los documentos preparados en la fase de preparación, las luchas entre los padres conciliares y la necesidad en que se vio Pablo VI de corregir algunos textos aprobados en la asamblea antes de promulgarlos. Pero, en última instancia, "el Concilio lo aplicaron quienes hicieron el Concilio", remató Ayuso.
Verdoy destacó también el problema "no resuelto" que había creado el modernismo en la Iglesia, "amplificado y manipulado por la prensa", y señaló asimismo la importancia que, en el caso español, tuvo la coincidencia entre el postconcilio y el ocaso del régimen de Franco. Lamentó también que el "exceso de producción escrita" a que dio lugar el Concilio produjese un auténtico "palenque interpretativo".

La reforma litúrgica
María Cárcaba introdujo luego la cuestión de la reforma litúrgica postconciliar, recordando que su aplicación, en palabras del entonces cardenal Joseph Ratzinger, provocó una auténtica "devastación".
Esa reforma, dijo Ayuso, fue una "ruptura increíble en la historia de la liturgia de la Iglesia", y generó una resistencia grande, aunque rápidamente apagada, de la que fue hito el demoledor Breve Examen Crítico de los cardenales Alfredo Ottaviani y Antonio Bacci. Por fortuna, al declarar que la misa tradicional nunca había sido abrogada, Benedicto XVI alivió una situación desconcertante.
Sayés, sin embargo, aunque afirmando que "hay que salvar el latín en seminarios y facultades de Teología porque romper con el latín es romper con toda la tradición de la Iglesia", celebró la nueva liturgia, y la incorporación del "movimiento bíblico" a la vida de la Iglesia. Aun así, "en el campo litúrgico los abusos han sido todos los posibles".
Amado, aun admitiendo que "el cambio litúrgico se hizo como de laboratorio", consideró que "no se puede decir que la nueva misa no tenga carácter sacrificial o no refleje la presencia real".
Prada hizo entonces una apostilla de gran belleza sobre lo que implica recibir a Cristo, y concluyó que "si supiésemos lo que es comulgar, no sólo lo haríamos de rodillas, sino que estaríamos de rodillas desde horas antes".
Verdoy lamentó que la reforma produjese por parte de los celebrantes "muchos añadidos sin el respeto debido, perdiéndose la condición de celebración de la Iglesia universal y de celebración en la persona de Cristo". "Lo importante en la liturgia es que el hombre sepa ante quién está", remachó.
En la última intervención al respecto, Ayuso afirmó que "el problema no es el abuso, sino el uso, y esto lo ha visto bien el cardenal Ratzinger al señalar las deficiencias del nuevo rito, que contribuyen a velar o dificultad la emergencia en él de la teología sacramental".
Juan Manuel de Prada despidió el programa preguntándose por qué, si la misa tradicional nunca fue abrogada y si el Papa quiere darle estatus de normalidad, es tan difícil acudir a una parroquia para -como desean muchas personas de las generaciones más jóvenes- conocerla.

Publicado por Instaurare omnia in Christo

EL REINO DE DIOS

Sermón de Ronald Knox

 


¿A qué nos referimos cuando decimos a Dios, “que venga tu reino”? Intenten ponerse en el lugar de los contemporáneos de nuestro Señor y verán que esas palabras tienen un sentido muy obvio; pero ese sentido pertenece a una cosmovisión que no es la nuestra, que no puede reconciliarse con la nuestra. En la época en que nuestro Señor vino, las esperanzas judías eran intensas; de ningún modo todos los judíos, pero una parte considerable de ellos estaban esperando (esa era la expresión) la consolación de Israel. Muchos de los profetas habían hablado de un Mesías que tenía que venir; y el profeta Daniel, más concreto que el resto, había dado indicaciones por las que podía identificarse la fecha [Daniel 9]; esas indicaciones señalaban a lo que llamamos el siglo primero. El Mesías iba a vencer a los enemigos de Israel, que habían sometido a los Judíos durante tanto tiempo, e iba a establecer un reino de paz y justicia en el que la religión de Israel iba a alcanzar su plenitud. ¿Iba a ser un reino terreno o celestial? Las opiniones estaban quizás divididas; pero es probable que la mayoría de los contemporáneos de nuestro Señor pensaran en él como un reino establecido en la tierra, con el pueblo judío como una potencia mundial dominante. Entonces apareció San Juan Bautista y dijo a sus compatriotas que el reino del cielo estaba próximo; les urgió a arrepentirse y a purificarse con el bautismo, para que pudieran ser dignos de entrar en él. Un gran número de ellos habían acogido su mensaje, y habían pasado por esta ceremonia de iniciación. Pide a esa gente que rece que venga el reino de Dios, y no es difícil ver que imagen se formarían en sus mentes. Rezarían por una liberación nacional, acompañada de una regeneración nacional; ¿quién sería remiso, en cualquier momento de la historia mundial, a rezar por tal acontecimiento? Los hombres con el punto de vista del que hemos estado hablando lo aceptarían como el deseo más natural del mundo.

Como sabemos, una gran parte de la predicación de nuestro Señor, y especialmente de la parte que fue transmitida en parábolas, se dirigía a corregir esta falsa imagen. Pero, por lo que respecta a la mayoría de sus seguidores, parece haber sido una lección aprendida lentamente. Tuvo que explicarles que las promesas que fueron reveladas a los profetas hacían referencia a dos reinos distintos; o, si quieren, a un reino en dos sentidos distintos; la
regeneración de la naturaleza humana, el triunfo completo de la justicia sobre el mal, un reino de paz y felicidad universales, no tenían que esperarse en el presente orden mundial. Todo eso pertenecía al futuro, se realizaría cuando Dios viera oportuno establecer un cielo nuevo y una tierra nueva, después de la resurrección general de la humanidad. Mientras tanto, el reino que había sido predicho no era otra cosa que lo que entendemos por la Iglesia en la tierra. Sería un reino no limitado a los judíos, sino abierto también a sus vecinos gentiles.

Contaría con miembros dignos e indignos; no todos los que hicieran alarde de sus privilegios estarían en realidad predestinados para la vida eterna. El pecado y la injusticia y el escándalo no iban a desaparecer, todavía. ¿Y durante cuánto tiempo, sus oyentes preguntaban ansiosamente, iba a continuar esta dispensación temporal, esta realización imperfecta del Reino de Dios en la tierra? Ésta fue una pregunta a la que nunca respondió; él querría que sus sirvientes estuvieran vigilantes todo el tiempo. Y este silencio suyo implicó – pueden leerlo en las epístolas a los tesalonicenses, o en la segunda epístola de San Pedro – que los Cristianos de la época primitiva vivieron, en su mayor parte, con una anticipación constante del juicio final que nosotros, después de todos estos siglos de espera, encontramos difícil de abrigar.
Para los Cristianos de los primeros siglos, entonces, la oración “que venga tu reino” era todavía una oración fácilmente inteligible, aunque ya habían aprendido a pensar en ese reino como la experiencia de una vida resucitada, no como una mera vindicación de la justicia de Dios bajo condiciones terrenas. Eran una secta perseguida, viviendo en medio de un mundo cuyos usos corruptos y creencias supersticiosas parecían reclamar, a cada momento, una interferencia divina. Rezaban que viniera el reino de Dios, que la tensión de toda esa espera por la liberación pudiera ser aliviada, que el triunfo visible del poder temporal sobre la verdad espiritual llegara a su fin, que la crueldad de sus perseguidores tuviera su castigo. Y ha habido periodos posteriores de la historia en los que las mentes de los hombres han vuelto al mismo modo de ver las cosas. La época de las invasiones bárbaras, por ejemplo, o la época del Gran Cisma en la baja Edad Media cuando parecía que la Iglesia hubiera fracasado. Ha habido periodos oscuros cuando nada parecía ir bien, cuando la miseria y el crimen y la degeneración parecían ir de mal en peor, de forma que no quedaba solución humana a los problemas del mundo; y en esas épocas se sentía que Dios
no podía tardar en venir; el orden del mundo existente se había condenado a sí mismo y estaba listo para el osario. Que venga el Reino de Dios; era la única alternativa al del Diablo.
Pero de forma más general, desde que la religión Cristiana triunfó con Constantino, el pensamiento religioso se ha ocupado del crecimiento del Reino de Dios en la tierra. Nuevas oportunidades se abrían continuamente ante la Iglesia; había conquistas recientes por consolidar, nuevos campos de conocimiento por asimilar; la tarea del hombre, sin duda, no era sólo salvar su propia alma – tenía un trabajo que hacer, un golpe que dar por la causa de Dios; que el cielo espere hasta que la tierra haya sido evangelizada. En tiempos recientes, creo que la devoción al Sagrado Corazón ha hecho el uso de ese lenguaje más habitual; en nuestros propios días, la fiesta de Cristo Rey lo ha canonizado y lo ha hecho casi oficial. El árbol de mostaza, destinado a extender sus ramas por todo lugar, la levadura, que tiene necesariamente que energizar un mundo informe e indisciplinado – éstas son las imágenes que nos vienen naturalmente a la mente cuando decimos, “que venga tu reino”. Tanto mal – lo derrotaremos; tanta ignorancia – la disiparemos; tanta apatía – la revitalizaremos; el Reino de Dios, sin duda, es algo que crece en nuestras manos.

¿Cuál es el espíritu correcto en el que rezar el Pater noster? Los sucesos actuales [este sermón se predicó en julio de 1939, cuando el estallido de la segunda guerra mundial era inminente] han hecho que nos lo planteemos de nuevo. Creo que si pudiéramos realmente aprender a poner la gloria de Dios primero, y a ver el esfuerzo humano como la cosa insignificante que es, empezaríamos a entender que no importa mucho que actitud adoptemos. El Reino de Dios aquí, el Reino de Dios en el más allá – es todo uno, por lo que rezamos; lo importante es que debemos estar profundamente insatisfechos mientras el mundo en torno a nosotros permanezca indiferente, calculador, fuera de contacto con Dios. La aspiración de esta frase – porque es una aspiración, más que una oración de petición – es que Dios sea todo en todos; que cualquier cosa que ofenda su vista, tanto en nosotros como en los asuntos humanos a gran escala, sea aniquilada, aventada como la paja ante la majestad de su presencia. Intolerable que deba hacerse algo que no esté hecho en Dios y para Dios – ése debe ser el grito de nuestros corazones. Cuánto tiempo Dios permitirá que continúe el conflicto no es asunto nuestro; está en sus manos. Nos basta con renunciar en su presencia, cada vez que acudimos a Él en la oración, a la pereza o la cobardía que nos permitirían condescender, mientras el mundo permanece siendo lo que es.

Si deseamos la venida del Reino de Dios a los hombres en general, la desearemos, naturalmente, en nuestras propias vidas individuales. Cada alma Cristiana es un territorio que espera la llegada de su Conquistador. Y de nuevo aquí la cuestión se repite: cuando rezo por la venida del Reino de Dios a mi propia alma, ¿debo tener la intención de decir que quiero morir tan pronto como sea posible, y estar con Él? ¿O debo tener la intención de decir que quiero tiempo para enmendar mi vida; que espero ser capaz de corregir mis defectos y hacerme más digno del cielo, ante de que me alcance la muerte? El mismo problema, y sin duda la misma solución. Si vamos a morir pronto o a seguir viviendo no es asunto nuestro, está en manos de Dios. Lo que importa es que estemos insatisfechos con nosotros mismos, repudiemos esa rebeldía del espíritu humano que echa a perder y retrasa el Reino de Dios en nosotros. Vivamos para corregir nuestras vidas – muramos ahora mismo (que sea en su gracia) y no le ofendamos más pecando – es una misma cosa, si Él hace valer su dominio, de algún modo, en nosotros.

sábado, 29 de octubre de 2011

LA INTOLERANCIA DOCTRINAL

 

cardenal pie

 

Recomendado: "La Intolerancia Doctrinal" (pdf.)

Por el Cardenal Pie. Sermón predicado por el Cardenal Pie en la Catedral de Chartres, publicado en “Obras Sacerdotales del Cardenal Pie”, editorial religiosa H. Oudin, 1901, Tomo I pág. 356-377, y en español por ediciones Río Reconquista, año 2006.

jueves, 27 de octubre de 2011

Cita del Papa Pío IX: a propósito del falso ecumenismo.

 

 

Y aquí, queridos Hijos y Venerables Hermanos, es menester recordar y reprender nuevamente el gravísimo error en que míseramente se hallan algunos católicos, al opinar que hombres que viven en el error y ajenos a la verdadera fe y a la unidad católica pueden llegar a la eterna salvación. Lo que ciertamente se opone en sumo grado a la doctrina católica. Notoria cosa es a Nos y a vosotros que aquellos que sufren de ignorancia invencible acerca de nuestra santísima Religión, que cuidadosamente guardan la ley natural y sus preceptos, esculpidos por Dios en los corazones de todos y están dispuestos a obedecer a Dios y llevan vida honesta y recta, pueden conseguir la vida eterna, por la operación de la virtud de la luz divina y de la gracia; pues Dios, que manifiestamente ve, escudriña y sabe la mente, ánimo, pensamientos y costumbres de todos, no consiente en modo alguno, según su suma bondad y clemencia, que nadie sea castigado con eternos suplicios, si no es reo de culpa voluntaria. Pero bien conocido es también el dogma católico, a saber, que nadie puede salvarse fuera de la Iglesia Católica, y que los contumaces contra la autoridad y definiciones de la misma Iglesia, y los pertinazmente divididos de la unidad de la misma Iglesia y del Romano Pontífice, sucesor de Pedro, “a quien fue encomendada por el Salvador la guarda de la viña”, no pueden alcanzar la eterna salvación.

Pío IX, Carta Encíclica “Quanto confiamur moerore”, 10 de agosto de 1863.

Un Cardenal que no dice la verdad

Mons. Roger Etchegaray:  “Consiste en que cada uno de nosotros acepte que Dios ha querido que existan tantas religiones en el mundo”.

 

1) La mentira no se debe imponer sobre la verdad

Hay cosas que Dios quiere, y otras que permite. Que existan varias religiones no es algo que Dios ha querido, sino algo que ha permitido.

 

Catecismo de San Pío X

  • 31.- ¿Tiene Dios cuidado del mundo y de todas las cosas que ha creado? Si, señor; Dios tiene cuidado del mundo y de todas las cosas que ha creado, las conserva y gobierna con su infinita bondad y sabiduría, y nada sucede acá abajo sin que Dios lo quiera o permita.
  • 32.- ¿Por qué decís que nada sucede sin que Dios lo quiera o lo permita? - Digo que nada sucede sin que Dios lo quiera o lo permita porque hay cosas que Dios quiere y manda y otras que no las impide, como es el pecado.
  • 33.- ¿Por que Dios no impide el pecado? - Dios no impide el pecado porque aun del abuso, que el hombre hace de la libertad que El le dio, sabe sacar bien y hacer que brille más y más su misericordia o su justicia.

 

2) De la Encíclica Pascendi, San Pío X

1. Pero es preciso reconocer que en estos últimos tiempos ha crecido, en modo extraño, el número de los enemigos de la cruz de Cristo, los cuales, con artes enteramente nuevas y llenas de perfidia, se esfuerzan por aniquilar las energías vitales de la Iglesia, y hasta por destruir totalmente, si les fuera posible, el reino de Jesucristo. Guardar silencio no es ya decoroso, si no queremos aparecer infieles al más sacrosanto de nuestros deberes, y si la bondad de que hasta aquí hemos hecho uso, con esperanza de enmienda, no ha de ser censurada ya como un olvido de nuestro ministerio. Lo que sobre todo exige de Nos que rompamos sin dilación el silencio es que hoy no es menester ya ir a buscar los fabricantes de errores entre los enemigos declarados: se ocultan, y ello es objeto de grandísimo dolor y angustia, en el seno y gremio mismo de la Iglesia, siendo enemigos tanto más perjudiciales cuanto lo son menos declarados.

Hablamos, venerables hermanos, de un gran número de católicos seglares y, lo que es aún más deplorable, hasta de sacerdotes, los cuales, so pretexto de amor a la Iglesia, faltos en absoluto de conocimientos serios en filosofía y teología, e impregnados, por lo contrario, hasta la médula de los huesos, con venenosos errores bebidos en los escritos de los adversarios del catolicismo, se presentan, con desprecio de toda modestia, como restauradores de la Iglesia, y en apretada falange asaltan con audacia todo cuanto hay de más sagrado en la obra de Jesucristo, sin respetar ni aun la propia persona del divino Redentor, que con sacrílega temeridad rebajan a la categoría de puro y simple hombre.

 

3) Profecía de Akita

“ El demonio se filtra hasta en el interior de la Iglesia. Se levantarán Cardenales contra Cardenales, Obispos contra Obispos,… Recen mucho el Rosario. Sólo Yo puedo salvarlos de la desgracia anunciada. El que me presta su plena confianza será salvado “.

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No escribo esta nota por el arte de criticar, sino que lo hago con tristeza y exigido por la exhortación que el Papa San Pío X nos hace a todos los católicos en la Encíclica arriba mencionada. Cualquiera que posea un gramo de sentido común entenderá que Dios NUNCA PUEDE QUERER EL ERROR. Una religión falsa es un error, permitido por Dios, pero no querido. Dios ha querido que la Iglesia sea Una, Santa, Católica y Apostólica.

MAGISTERIO PAPAL: ES UNA PERVERSA DOCTRINA DECIR QUE EN CUALQUIER RELIGIÓN PUEDE CONSEGUIRSE LA VIDA ETERNA

¡QUE NADIE SE CONFUNDA! ÉSTA ES DOCTRINA INMUTABLE

“Otra causa que ha producido muchos de los males que afligen a la Iglesia es el indiferentismo, o sea, aquella perversa teoría extendida por doquier, merced a los engaños de los impíos, y que enseña que puede conseguirse la vida eterna en cualquier religión, con tal que haya rectitud y honradez en las costumbres. Fácilmente en materia tan clara como evidente, podéis extirpar de vuestra grey error tan execrable. Si dice el Apóstol que hay un solo Dios, una sola fe, un solo bautismo, entiendan, por lo tanto, los que piensan que por todas partes se va al puerto de salvación, que, según la sentencia del Salvador, están ellos contra Cristo, pues no están con Cristo y que los que no recolectan con Cristo, esparcen miserablemente, por lo cual es indudable que perecerán eternamente los que no tengan fe católica y no la guardan íntegra y sin mancha…” (...) “Sólo los soberbios, o más bien los ignorantes, pretenden sujetar a criterio humano los misterios de la fe, que exceden a la capacidad humana, confiando solamente en la razón, que, por condición propia de la humana naturaleza, es débil y enfermiza”. (Encíclica Mirari Vos, Sobre los errores modernos, 15 de Agosto de 1832, S.S. Gregorio XVI).

JORDÁN BRUNO GENTA: ¡PRESENTE!

Por Emilio Nazar Kasbo

 

Un día 27 de octubre de 1974, un grupo de asesinos montó un operativo para asesinar en un crimen de lesa humanidad a un Profesor de Filosofía para muchos desconocido: Jordán Bruno Genta.

Y su prédica era desconocida para muchos, porque dirigió sus discursos a élites. Pero esas élites no eran precisamente las almas pertenecientes a deformadas oligarquías, ni a los que pretendían convencer a las grandes masas de algún emprendimiento politiquero demagógico, ni a grupúsculos que pretendieran copar un gobierno mediante un golpe de Estado para hacerse del poder y gobernar tiránicamente según sus más bajas pasiones. El mismo General Juan Carlos Onganía fue objeto de sus críticas.

Por el contrario, las élites a quienes se dirigió tampoco eran de una determinada condición social o cultural, sino a todas las personas que quisieran oírlo para conducir su alma a la santidad, y por esa vía lograr el cambio que toda Nación Católica merece: la conversión colectiva a Jesucristo reconocido como Rey de las Naciones.

Entre quienes prestaron atención a su prédica, se encontraban muchos jóvenes de su tiempo, trabajadores, profesionales, empresarios, así como miembros de las Fuerzas Armadas y de Seguridad.

Fue un hombre que sintió dolor por la Patria en las condiciones que en aquél entonces tocaba vivir. ¡Ni hablar si hubiese vivido en estos tiempos! ¡Cómo habría llamado y convocado a una reacción personal, familiar, social, e institucional organizada y jerárquica para poner orden del modo en que un santo católico puede proponerlo!

Han pasado 37 años de su asesinato, un crimen de lesa humanidad que ha quedado impune judicialmente. Los cobardes autores de la masacre jamás dieron en público su rostro personal ni su nombre (ni siquiera el de guerra), como corresponde a todo cobarde.

¿Fue Jordán Bruno Genta un "antiperonista"? A decir verdad, fue un hombre que esperaba la conversión de los gobernantes, que esperaba que las buenas propuestas que pudieran haber difundido en campañas electorales fuesen cumplidas, y que seguramente rezaba por ello.

¿Cuál fue la acción de Genta? La formación de élites, como principalmente sucedió en la Fuerza Aérea, a la cual se imprimió la mística que luego sorprendió a los enemigos en Malvinas. Mas no fue su acción, sino como instrumento de la Gracia de Dios, fuente única de la Mística del soldado, del gobernante, del héroe, del patriota, del sabio y del ciudadano católico.

A quienes no lo han conocido ni directamente ni por referencias, podrán conseguir en alguna parte audios o libros de su autoría, para ilustrarse de esta persona de virtudes cardinales y sobrenaturales llevadas en grado heroico hasta el último instante de su vida.

En este 27 de octubre, a 37 años de su muerte, sólo un puñado de personas sabrá rendier el homenaje que le es debido.

Genta enseñó que las Naciones, como las personas, deben darse un trato de Señores, bajo el imperio del respeto mutuo. Es la gran diferencia entre el noble y el villano, porque las virtudes no se heredan, y son éstas las fuentes de la verdadera nobleza.

Si no ha conocido a Jordán Bruno Genta, lea los libros y artículos originales que él escribió, y no los comentarios de terceros que han buscado su difamación antes y después de su muerte. Busque directo en las fuentes, y no en Internet, que es la avanzada de la cultura de la imágen que emboba la mente y atrofia el intelecto, por causar daño a la capacidad de abstracción del alma humana.

A 37 años de su asesinato, sólo un puñado de argentinos sabrá rendirle homenaje. Y Usted está invitado a ser uno de ellos.

 

Publicado por Diario Pregón de La Plata

Multan a sacerdote por tocar campana de su parroquia

BUENOS AIRES, 27 Oct. 11 / 03:10 pm (ACI)

 

campanas!!!


La jueza de Faltas de la ciudad de Santa Rosa (Argentina), Alicia Corral, impuso una multa a la parroquia Nuestra Señora de Fátima, dirigida por un sacerdote polaco llamado Alejandro, por tocar la campana y generar "ruidos molestos".

Según la jueza, el sonido de la campana, tocada tres veces al día durante ocho minutos, fue cuestionado por un grupo de vecinos. Dijo que si el sacerdote insiste en su actividad diaria, la campana será decomisada.

En diálogo con la prensa local, el sacerdote dijo que esta sanción se debe a "la maldad, a la ignorancia y a la lucha contra laIglesia" de un "grupo de funcionarios" municipales.

Dijo que ya tiene más de mil firmas de vecinos "para que dejen en paz a la Iglesia. Y si es necesario, podemos tener 30 mil o 40 mil firmas. Ellos tienen 10 firmas".

El caso pasó al Juzgado Provincial de Faltas, luego de una apelación de las autoridades de la Iglesia local.

miércoles, 26 de octubre de 2011

Benedicto XVI, en vísperas de Asís III: “Cristo es el Rey de la Paz”

 

por La Buhardilla de Jerónimo

 

En vísperas de la Jornada de reflexión, diálogo y oración por la paz y la justicia en el mundo, que se celebrará mañana en la ciudad de Asís, el Papa Benedicto XVI ha presidido hoy un momento de oración con la diócesis de Roma para pedir a Dios el don de la paz. Durante este encuentro, el Santo Padre pronuncio la homilía que aquí presentamos.

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Queridos hermanos y hermanas:

Hoy la acostumbrada cita de la Audiencia general asume un carácter particular, puesto que estamos en la víspera de la Jornada de reflexión, diálogo y oración por la paz y la justicia en el mundo, que tendrá lugar mañana en Asís, veinticinco años después del primer histórico encuentro convocado por el Beato Juan Pablo II. He querido dar a esta jornada el título de “Peregrinos de la verdad, peregrinos de la paz”, para manifestar el compromiso que queremos renovar solemnemente, junto con los miembros de diversas religiones, así como con personas no creyentes, pero que buscan sinceramente la verdad, para la promoción del verdadero bien de la humanidad y para la construcción de la paz. Como ya tuve la oportunidad de recordar, “el que está en camino hacia Dios no puede no trasmitir paz, el que construye la paz no puede no acercarse a Dios”.

Como cristianos, estamos convencidos de que la contribución más preciosa que podemos dar a la causa de la paz es la de la oración. Por este motivo nos encontramos hoy, como Iglesia de Roma, junto con los peregrinos presentes en la ciudad, en la escucha de la Palabra de Dios, para invocar con fe el don de la paz. El Señor puede iluminar nuestra mente y nuestros corazones y guiarnos a ser constructores de justicia y de reconciliación, en nuestras realidades cotidianas y en el mundo.

En el trozo del profeta Zacarías, que acabamos de escuchar, ha resonado un anuncio lleno de esperanza y de luz (cfr Zc 9,10). Dios promete la salvación, invita a “alegrarse mucho” porque esta salvación está por concretizarse. Se habla de un rey: “Mira que tu Rey viene hacia ti; él es justo y victorioso” (v. 9), pero el que se anuncia no es un rey que se presenta con la potencia humana, la fuerza de las armas; no es un rey que domina con el poder político y militare; es un rey manso, que reina con la humildad y la mansedumbre ante Dios y ante los hombres, un rey distinto con respecto a los grandes soberanos del mundo: “está montado sobre un asno, sobre la cría de un asna”, dice el profeta (ibidem). Él se manifiesta cabalgando el animal de la gente común, del pobre, en contraste con los carros de guerra de los ejércitos de los poderosos de la tierra. Aún más, es un rey que hará desaparecer estos carros, suprimirá los arcos de guerra y proclamará la paz a las naciones (cfr v. 10).

Pero ¿quién es este rey del que habla el profeta Zacarías? Vayamos, por un momento a Belén y volvamos a escuchar lo que el Ángel les dice a los pastores que estaban velando de noche para custodiar a sus rebaños. Él anuncia una alegría que será de todo el pueblo, ligada a una señal pobre: un niño recién nacido, envuelto en pañales y acostado en un pesebre (cfr Lc 2,8-12). Y la multitud celeste canta “¡Gloria a Dios en las alturas, y en la tierra, paz a los hombres amados por él” (v. 14). El nacimiento de ese niño, que es Jesús, trae un anuncio de paz para todo el mundo. Pero, vayamos también a los momentos finales de la vida de Cristo, cuando entra a Jerusalén acogido por una multitud en fiesta. El anuncio del profeta Zacarías de la llegada de un rey humilde y manso volvió al recuerdo de los discípulos de Jesús, en particular después de los eventos de la pasión, muerte y resurrección, del Misterio pascual, cuando volvieron con los ojos de la fe a ese gozoso ingreso del Maestro en la Ciudad Santa. Él cabalga un asna, prestada (cfr Mt 21,2-7): no está sobre una rica carroza, no está montado en un caballo como los grandes. No entra a Jerusalén acompañado por un poderoso ejército de carros y de caballeros. Es un rey pobre, el rey de aquellos que son los pobres de Dios. En el texto griego se emplea el término ‘praeîs’, que significa los mansos; Jesús es el rey de los ‘anawim’, de aquellos que tienen el corazón libre del frenesí de poder y de riqueza material, de la voluntad y del afán de dominio sobre los demás. Jesús es el rey de cuantos tienen esa libertad interior que hace capaces de superar la avidez y el egoísmo que hay en el mundo, y saben que solo Dios es su riqueza. Jesús es el rey pobre entre los pobres, manso entre los que quieren ser mansos. De este modo, Él es el rey de la paz, gracias a la potencia de Dios, que es la potencia del bien, la potencia del amor. Es un rey que hará desaparecer los carros y los caballos de batalla, que destruirá los arcos de guerra; un rey que realiza la paz sobre la Cruz, uniendo la tierra y el cielo y echando un puente fraterno entre todos los hombres. La Cruz es el nuevo arco de paz, signo e instrumento de reconciliación, de perdón, de comprensión, signo de que el amor es más fuerte que toda violencia y toda opresión, más fuerte que la muerte: el mal se vence con el bien y con el amor.
Es este el nuevo reino de paz en el que Cristo es el rey; y es un reino que se extiende sobre toda la tierra. El profeta Zacarías anuncia que este rey humilde, pacífico, dominará “de mar a mar y desde el Río hasta los confines de la tierra” (Zc 9,10). El reino que Cristo inaugura tiene dimensiones universales. El horizonte de este rey pobre, pacífico no es aquel de un territorio, o de un Estado, sino que son los confines del mundo; más allá de toda barrera de raza, de lengua, de cultura, Él crea comunión, crea unidad. ¿Y donde vemos realizarse en el hoy este anuncio? En la gran red de las comunidades eucarísticas que se extiende sobre toda la tierra reemerge luminosa la profecía de Zacarías. Es un gran mosaico de comunidades en las cuales se hace presente el sacrificio de amor de este rey bueno y pacífico; es el gran mosaico que constituye el “Reino de paz” de Jesús de mar a mar hasta los confines del mundo; es una multitud de “islas de la paz”, que irradian paz. Por doquier, en cada realidad, en cada cultura, desde las grandes ciudades con sus edificios, hasta las pequeñas aldeas con las humildes moradas, desde las imponentes catedrales hasta las pequeñas capillas, Él viene, se hace presente; y en el entrar en comunión con Él también los hombres están unidos entre ellos en un único cuerpo, superando divisiones, rivalidades, rencores. El Señor viene en la Eucaristía para arrebatarnos de nuestro individualismo, de nuestros particularismos que excluyen a los demás, para formar de nosotros un solo cuerpo, un solo reino de paz en un mundo dividido.

¿Pero cómo podemos construir este reino de paz del cual Cristo es el rey? El mandamiento que Él deja a sus Apóstoles y, a través de ellos, a todos nosotros es: “Vayan, entonces, y hagan que todos los pueblos sean mis discípulos… Y yo estoy con ustedes hasta el fin del mundo" (Mt 28,19). Como Jesús, los mensajeros de paz de su reino deben ponerse en camino, deben responder a su invitación. Deben caminar, pero no con la potencia de la guerra o con la fuerza del poder. En el pasaje del Evangelio que hemos escuchado Jesús envía setenta y dos discípulos a la grande mies que es el mundo, invitándolos a orar al Señor de la mies para que no falten obreros en su mies; pero no los envía con medios potentes, sino como “como corderos en medio de lobos”, sin bolsa, ni alforja, ni calzado. San Juan Crisóstomo, en una de sus Homilías, comenta “Hasta cuando seamos corderos, venceremos y, también si estaremos circundados por numerosos lobos lograremos superarlos. Pero si nos hacemos lobos, seremos derrotados, porque seremos privados de la ayuda del pastor”. Los cristianos no deben nunca caer en la tentación de ser lobos entre los lobos; no es con el poder, con la fuerza, con la violencia que el reino de paz de Cristo se extiende, sino con el don de sí, con el amor llevado hasta el extremo, aún hacia los enemigos. Jesús no vence el mundo con la fuerza de las armas, sino con la fuerza de la Cruz, que es la verdadera garantía de la victoria. Y esto tiene como consecuencia para quien quiere ser discípulo del Señor, su invitado, el estar también preparado a la pasión y al martirio, a perder la propia vida por El, para que en el mundo triunfen el bien, el amor, la paz. Es esta la condición para poder decir entrando en cada realidad “Paz sea a esta casa” (Lc 10,5).

Frente a la Basílica de San Pedro, se encuentran dos grandes estatuas de los santos Pedro y Pablo, fácilmente identificables: san Pedro tiene en mano las llaves, san Pablo en cambio tiene en las manos una espada. Para quien no conoce la historia de este último podría pensar que se trate de un gran caudillo que ha guiado potentes ejércitos y con la espada ha sometido pueblos y naciones, procurándose fama y riqueza con la sangre de otros. En cambio es exactamente al contrario: la espada que tiene entre las manos es el instrumento con el que Pablo es sometido a muerte, con que sufrió el martirio y derramó su sangre. Su batalla no fue aquella de la violencia de la guerra, sino aquella del martirio por Cristo. Su única arma fue justamente el anuncio de Jesucristo y Cristo crucificado. Su predicación no se basó en palabras persuasivas de humana sabiduría, sino con demostración del Espíritu y de poder. Dedicó su vida a llevar el mensaje de reconciliación y de paz del Evangelio, gastando toda su energía para hacerlo resonar hasta los confines de la tierra. Y esta ha sido su fuerza: no buscó una vida tranquila, cómoda, lejana de las dificultades, de las contrariedades, sino que se gastó por el Evangelio, dio todo sí mismo sin reservas, y así se convirtió en el gran mensajero de la paz y de la reconciliación de Cristo. La espada que san Pablo tiene en las manos evoca también la potencia de la verdad, que muchas veces puede herir, puede hacer mal; el Apóstol permaneció fiel hasta el fondo en esta verdad, la sirvió, sufrió por ella, entregó su vida por ella. Esta misma lógica vale también para nosotros, si queremos ser portadores del reino de paz anunciado por el profeta Zacarías y realizado por Cristo: debemos estar dispuestos a pagar de persona, a sufrir en primera persona la incomprensión, el rechazo, la persecución. No es la espada del conquistador que construye la paz, sino la espada del sufriente, de quien sabe donar la propia vida.

Queridos hermanos y hermanas, como cristianos queremos invocar de Dios el don de la paz, queremos rogarle que nos haga instrumentos de su paz en un mundo todavía lacerado por el odio, por divisiones, por egoísmos, por guerras, queremos pedirle que el encuentro de mañana en Asís favorezca el diálogo entre personas de diversa pertenencia religiosa y traiga un rayo de luz capaz de iluminar la mente y el corazón de todos los hombres, para que el rencor ceda lugar al perdón, la división a la reconciliación, el odio al amor, la violencia a la mansedumbre, y en el mundo reine la paz. Amén.

 

Traducción de Radio Vaticana

El Papa sobre Asís: «Haré de todo para que sea imposible una interpretación sincretista o relativista del evento»

 

 

El vaticanista Sandro Magister ha publicado en su blog el extracto de una carta escrita por Benedicto XVI el 4 de marzo de 2011 al pastor luterano alemán Peter Beyerhaus, su amigo desde hace mucho tiempo, que le había manifestado sus temores por la nueva convocatoria de la jornada de Asís. El Papa afirma que comprende la preocupación del protestante y le asegura que siempre creerá y confesará la enseñanza de la Iglesia expresada en la Dominus Iesus.

 

(Sandro Magister/Chiesa.espressonline) "Comprendo muy bien – escribe el Papa – su preocupación respecto a la participación en el encuentro de Asís. Pero esta conmemoración debía ser festejada de todos modos y, después de todo, me pareció lo mejor ir personalmente, para poder probar de ese modo determinar la dirección de todo el evento. Pero haré de todo para que sea imposible una interpretación sincretista o relativista del evento, y para que quede firme que siempre creeré y confesaré lo que había reclamado a la atención de la Iglesia con la 'Dominus Iesus'”.

Este texto inédito del papa Joseph Ratzinger se hizo público el pasado 1 de octubre, con la autorización del destinatario de la carta, el pastor Beyerhaus, al comienzo de un congreso organizado en Roma por la asociación "Catholica Spes" sobre el significado de la convocatoria de Asís.

Y anteriormente el mismo Beyerhaus lo había insinuado en una entrevista concedida al diario alemán "Kirchliche Umschau", en el mes de abril pasado.

Pero la cuestión ha pasado desapercibida. Sólo en la vigilia del encuentro del 27 de octubre ha sido retomada y vuelta a difundir por algunos sitios tradicionalistas.

En el congreso había tomado la palabra el cardenal Raymond Leo Burke, prefecto del Tribunal Supremo de la Signatura Apostólica, quien dijo entre otras cosas:

"No son pocos los riesgos que un encuentro de este tipo puede suscitar respecto a la comunicación mediática masiva del acontecimiento del que, como es claro, el pontífice es bien consciente. Los medios de comunicación masivos dirán, aunque solamente con las imágenes, que todas las religiones se han reunido para orar a Dios por la paz. Un cristiano poco formado en la fe puede extraer la conclusión gravemente errónea que una religión vale tanto como la otra y que Jesucristo es uno de los tantos mediadores para la salvación".

 

Fuente: InfoCatólica

martes, 25 de octubre de 2011

Mons. Aguer recuerda una virtud olvidada: el pudor

Alocución televisiva de Mons. Héctor Aguer sobre el pudor:
“Queridos amigos, hoy deseo dedicar este encuentro con ustedes a hablarles de un valor importantísimo y olvidado, que es el pudor”.
“Ante todo quiero decir, abriendo el paraguas, que no hay que confundir el pudor con la mojigatería, con el ocultamiento puritano. Estas son más bien deformaciones hipócritas o enfermizas del pudor”.
“El pudor es un sentimiento natural, no convencional. Es algo que poseen todas las personas honestas y del cual carecen  los descarados, los desvergonzados, los degenerados, que se complacen en ostentar sus vicios y perversiones”.
“¿Cómo podríamos describir el sentimiento del pudor? Podemos decir que es una especie de impulso a detenerse, a ser discreto, a proteger algo íntimo que no puede ser exhibido indebidamente. Es un sentimiento que resguarda la intimidad personal y que, en ese sentido, favorece el ejercicio correcto de la sexualidad, del eros, del amor. El pudor es un ingrediente imprescindible para una conducta recta en ese ámbito de la vida humana. Implica una cuota de vergüenza honesta y el saludable temor de envilecer algo íntimo, que no se quiere comunicar de cualquier manera”.
“Se trata de un valor que se ha ido perdiendo en la sociedad contemporánea. El hecho de que la palabra pudor ya no suene y no circule en una conversación social, indica que este valor ha sido puesto entre paréntesis”.
“Todo lo contrario del pudor es esa especie de banalización de la sexualidad que se encuentra en tantos programas de televisión y en uno especialmente, del cual se ha hablado mucho en las últimas semanas. Es una especie de sex shop donde se ventila desvergonzadamente la intimidad física, donde se trata el cuerpo humano como un objeto; se lo degrada a la categoría de objeto y se hace con él lo que se quiere. Sobre todo, se exhibe como objeto el cuerpo femenino”.
“En ese programa se acumula la fealdad, la grosería, la indecencia, la pornografía… Es decir, es un signo de la decadencia cultural que estamos viviendo y soportando; especialmente si uno toma en cuenta que, según dicen, tiene 25 o 30 puntos de rating”.
“Se ha cumplido el sexagésimo aniversario de la televisión argentina en estos días y creo que es una buena ocasión para reflexionar un poco sobre esto. ¿A qué grado de estupidización ha sometido a nuestro pueblo?”.
“Precisamente estos programas que tienen, al parecer tanta aceptación popular son una fuente de ganancias para los empresarios y para todos aquellos que medran con esto. Medran con la degradación cultural del pueblo argentino”.
“Aquí el problema de si lo ven menores o no lo ven menores me parece en cierto modo secundario, porque esto deshonra a todo el que lo mira. Y lo terrible es que el que lo mira  es deshonrado por ello y no se da cuenta. Quiere decir que se produce un adormecimiento de la conciencia”.
“Quiero subrayar sobre todo esto: lo que significa semejante atentado contra la dignidad humana en cuanto a la noción del amor, del eros, de la sexualidad. Aquí no hay mojigatería ninguna en oponerse a esa desmesura sino que aquí se trata de un valor fundamental de decencia sin el cual no se puede vivir seriamente aquello que es más íntimo en la persona humana”.
“Este exhibicionismo tiene que tener algún freno, tiene que tener algún limite y me parece que el límite lo tiene que poner, espontáneamente, la opinión general”.
“Por eso este discurso va dirigido a ustedes, porque es necesario reaccionar. Si no se reacciona y si no se reacciona colectivamente, como una especie de toma de conciencia de “hasta aquí llegamos pero no podemos seguir así”, entonces esta decadencia cultural de nuestro pueblo va a continuar hasta un abismo insondable. Y eso sería una hipoteca de la esperanza que podríamos abrigar para el futuro argentino”.

ACTO INAUGURAL de la XIII Exposición del Libro Católico en La Plata

 

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INAUGURACIÓN Y BENDICIÓN:
S.E.R. Mons. Héctor Aguer, Arzobispo de La Plata.
Presidente Honorario de la Exposición.


Bienvenida
Dr. Pablo Bruera, Intendente de la Ciudad de La Plata.
D. Manuel Outeda Blanco, Fundador y Presidente de la Exposición.


Con la actuación de la Agrupación Coral 440 de la Municipalidad de La Plata.
Coordinador General: Mtro. Raúl Salvatierra.

Locución:
Centro de Profesionales de Acción Católica.
“Santo Tomás de Aquino”. Buenos Aires.
ENTRADA LIBRE Y GRATUITA


Información: www.librocatolico.com.ar / (011) 15-4-470-7734 / info@librocatolico.com.ar

Catequesis del Papa: "El hombre en oración (V)"



BENEDICTO XVI

AUDIENCIA GENERAL

Plaza de San Pedro
Miércoles 1 de junio de 2011


Queridos hermanos y hermanas:

Leyendo el Antiguo Testamento, resalta una figura entre las demás: la de Moisés, precisamente como hombre de oración. Moisés, el gran profeta y caudillo del tiempo del Éxodo, desempeñó su función de mediador entre Dios e Israel haciéndose portador, ante el pueblo, de las palabras y de los mandamientos divinos, llevándolo hacia la libertad de la Tierra Prometida, enseñando a los israelitas a vivir en la obediencia y en la confianza hacia Dios durante la larga permanencia en el desierto, pero también, y diría sobre todo, orando. Reza por el faraón cuando Dios, con las plagas, trataba de convertir el corazón de los egipcios (cf. Ex 8–10); pide al Señor la curación de su hermana María enferma de lepra (cf. Nm 12, 9-13); intercede por el pueblo que se había rebelado, asustado por el relato de los exploradores (cf. Nm 14, 1-19); reza cuando el fuego estaba a punto de devorar el campamento (cf. Nm 11, 1-2) y cuando serpientes venenosas hacían estragos (cf.Nm 21, 4-9); se dirige al Señor y reacciona protestando cuando su misión se había vuelto demasiado pesada (cf. Nm 11, 10-15); ve a Dios y habla con él «cara a cara, como habla un hombre con su amigo» (cf. Ex 24, 9-17; 33, 7-23; 34, 1-10.28-35).

También cuando el pueblo, en el Sinaí, pide a Aarón que haga el becerro de oro, Moisés ora, explicando de modo emblemático su función de intercesor. El episodio se narra en el capítulo 32 del Libro del Éxodo y tiene un relato paralelo en el capítulo 9 del Deuteronomio. En la catequesis de hoy quiero reflexionar sobre este episodio y, en particular, sobre la oración de Moisés que encontramos en el relato del Éxodo. El pueblo de Israel se encontraba al pie del Sinaí mientras Moisés, en el monte, esperaba el don de las tablas de la Ley, ayunando durante cuarenta días y cuarenta noches (cf. Ex 24, 18; Dt 9, 9). El número cuarenta tiene valor simbólico y significa la totalidad de la experiencia, mientras que con el ayuno se indica que la vida viene de Dios, que es él quien la sostiene. El hecho de comer, en efecto, implica tomar el alimento que nos sostiene; por eso, en este caso ayunar, renunciando al alimento, adquiere un significado religioso: es un modo de indicar que no sólo de pan vive el hombre, sino de toda palabra que sale de la boca del Señor (cf.Dt 8, 3). Ayunando, Moisés muestra que espera el don de la Ley divina como fuente de vida: esa Ley revela la voluntad de Dios y alimenta el corazón del hombre, haciéndolo entrar en una alianza con el Altísimo, que es fuente de la vida, es la vida misma.

Pero, mientras el Señor, en el monte, da a Moisés la Ley, al pie del monte el pueblo la transgrede. Los israelitas, incapaces de resistir a la espera y a la ausencia del mediador, piden a Aarón: «Anda, haznos un dios que vaya delante de nosotros, pues a ese Moisés que nos sacó de Egipto no sabemos qué le ha pasado» (Ex 32, 1). Cansado de un camino con un Dios invisible, ahora que también Moisés, el mediador, ha desaparecido, el pueblo pide una presencia tangible, palpable, del Señor, y encuentra en el becerro de metal fundido hecho por Aarón, un dios que se ha vuelto accesible, manipulable, al alcance del hombre. Esta es una tentación constante en el camino de fe: eludir el misterio divino construyendo un dios comprensible, correspondiente a sus propios esquemas, a sus propios proyectos. Lo que acontece en el Sinaí muestra toda la necedad y la ilusoria vanidad de esta pretensión porque, como afirma irónicamente el Salmo 106, «cambiaron su gloria por la imagen de un toro que come hierba» (Sal 106, 20). Por eso, el Señor reacciona y ordena a Moisés que baje del monte, revelándole lo que el pueblo estaba haciendo y terminando con estas palabras: «Deja que mi ira se encienda contra ellos hasta consumirlos. Y de ti haré un gran pueblo» (Ex 32, 10). Como hizo a Abraham a propósito de Sodoma y Gomorra, también ahora Dios revela a Moisés lo que piensa hacer, como si no quisiera actuar sin su consentimiento (cf. Am 3, 7). Dice: «Deja que mi ira se encienda contra ellos». En realidad, ese «deja que mi ira se encienda contra ellos» se dice precisamente para que Moisés intervenga y le pida que no lo haga, revelando así que el deseo de Dios siempre es la salvación. Como en el caso de las dos ciudades del tiempo de Abraham, el castigo y la destrucción, en los que se manifiesta la ira de Dios como rechazo del mal, indican la gravedad del pecado cometido; al mismo tiempo, la petición de intercesión quiere manifestar la voluntad de perdón del Señor. Esta es la salvación de Dios, que implica misericordia, pero a la vez denuncia de la verdad del pecado, del mal que existe, de modo que el pecador, reconociendo y rechazando su pecado, deje que Dios lo perdone y lo transforme. Así, la oración de intercesión hace operante, dentro de la realidad corrompida del hombre pecador, la misericordia divina, que encuentra voz en la súplica del orante y se hace presente a través de él donde hay necesidad de salvación.
La súplica de Moisés está totalmente centrada en la fidelidad y la gracia del Señor. Se refiere ante todo a la historia de redención que Dios comenzó con la salida de Israel de Egipto, y prosigue recordando la antigua promesa dada a los Padres. El Señor realizó la salvación liberando a su pueblo de la esclavitud egipcia. ¿Por qué entonces —pregunta Moisés— «han de decir los egipcios: “Con mala intención los sacó, para hacerlos morir en las montañas y exterminarlos de la superficie de la tierra”?» (Ex 32, 12). La obra de salvación comenzada debe ser llevada a término; si Dios hiciera perecer a su pueblo, eso podría interpretarse como el signo de una incapacidad divina de llevar a cabo el proyecto de salvación. Dios no puede permitir esto: él es el Señor bueno que salva, el garante de la vida; es el Dios de misericordia y perdón, de liberación del pecado que mata. Así Moisés apela a Dios, a la vida interior de Dios contra la sentencia exterior. Entonces —argumenta Moisés con el Señor—, si sus elegidos perecen, aunque sean culpables, él podría parecer incapaz de vencer el pecado. Y esto no se puede aceptar. Moisés hizo experiencia concreta del Dios de salvación, fue enviado como mediador de la liberación divina y ahora, con su oración, se hace intérprete de una doble inquietud, preocupado por el destino de su pueblo, y al mismo tiempo preocupado por el honor que se debe al Señor, por la verdad de su nombre. El intercesor, de hecho, quiere que el pueblo de Israel se salve, porque es el rebaño que le ha sido confiado, pero también para que en esa salvación se manifieste la verdadera realidad de Dios. Amor a los hermanos y amor a Dios se compenetran en la oración de intercesión, son inseparables. Moisés, el intercesor, es el hombre movido por dos amores, que en la oración se sobreponen en un único deseo de bien.

Después, Moisés apela a la fidelidad de Dios, recordándole sus promesas: «Acuérdate de tus siervos, Abraham, Isaac e Israel, a quienes juraste por ti mismo: “Multiplicaré vuestra descendencia como las estrellas del cielo, y toda esta tierra de que he hablado se la daré a vuestra descendencia para que la posea para siempre”» (Ex 32, 13). Moisés recuerda la historia fundadora de los orígenes, recuerda a los Padres del pueblo y su elección, totalmente gratuita, en la que únicamente Dios tuvo la iniciativa. No por sus méritos habían recibido la promesa, sino por la libre elección de Dios y de su amor (cf. Dt 10, 15). Y ahora, Moisés pide al Señor que continúe con fidelidad su historia de elección y de salvación, perdonando a su pueblo. El intercesor no presenta excusas para el pecado de su gente, no enumera presuntos méritos ni del pueblo ni suyos, sino que apela a la gratuidad de Dios: un Dios libre, totalmente amor, que no cesa de buscar a quien se ha alejado, que permanece siempre fiel a sí mismo y ofrece al pecador la posibilidad de volver a él y de llegar a ser, con el perdón, justo y capaz de fidelidad. Moisés pide a Dios que se muestre más fuerte incluso que el pecado y la muerte, y con su oración provoca este revelarse divino. El intercesor, mediador de vida, se solidariza con el pueblo; deseoso únicamente de la salvación que Dios mismo desea, renuncia a la perspectiva de llegar a ser un nuevo pueblo grato al Señor. La frase que Dios le había dirigido, «Y de ti haré un gran pueblo», ni siquiera es tomada en cuenta por el «amigo» de Dios, que en cambio está dispuesto a asumir sobre sí no sólo la culpa de su gente, sino todas sus consecuencias. Cuando, después de la destrucción del becerro de oro, volverá al monte a fin de pedir de nuevo la salvación para Israel, dirá al Señor: «Ahora, o perdonas su pecado o me borras del libro que has escrito» (v. 32). Con la oración, deseando lo que es deseo de Dios, el intercesor entra cada vez más profundamente en el conocimiento del Señor y de su misericordia y se vuelve capaz de un amor que llega hasta el don total de sí. En Moisés, que está en la cima del monte cara a cara con Dios y se hace intercesor por su pueblo y se ofrece a sí mismo —«o me borras»—, los Padres de la Iglesia vieron una prefiguración de Cristo, que en la alta cima de la cruz realmente está delante de Dios, no sólo como amigo sino como Hijo. Y no sólo se ofrece —«o me borras»—, sino que con el corazón traspasado se deja borrar, se convierte, como dice san Pablo mismo, en pecado, lleva sobre sí nuestros pecados para salvarnos a nosotros; su intercesión no sólo es solidaridad, sino identificación con nosotros: nos lleva a todos en su cuerpo. Y así toda su existencia de hombre y de Hijo es un grito al corazón de Dios, es perdón, pero perdón que transforma y renueva.

Creo que debemos meditar esta realidad. Cristo está delante del rostro de Dios y pide por mí. Su oración en la cruz es contemporánea de todos los hombres, es contemporánea de mí: él ora por mí, ha sufrido y sufre por mí, se ha identificado conmigo tomando nuestro cuerpo y el alma humana. Y nos invita a entrar en esta identidad suya, haciéndonos un cuerpo, un espíritu con él, porque desde la alta cima de la cruz él no ha traído nuevas leyes, tablas de piedra, sino que se trajo a sí mismo, trajo su cuerpo y su sangre, como nueva alianza. Así nos hace consanguíneos con él, un cuerpo con él, identificados con él. Nos invita a entrar en esta identificación, a estar unidos a él en nuestro deseo de ser un cuerpo, un espíritu con él. Pidamos al Señor que esta identificación nos transforme, nos renueve, porque el perdón es renovación, es transformación.
Quiero concluir esta catequesis con las palabras del apóstol san Pablo a los cristianos de Roma: «¿Quién acusará a los elegidos de Dios? Dios es el que justifica. ¿Quién condenará? ¿Acaso Cristo Jesús, que murió, más todavía, resucitó y está a la derecha de Dios y que además intercede por nosotros? ¿Quién nos separará del amor de Cristo? (…) Ni muerte, ni vida, ni ángeles, ni principados, (…) ni ninguna otra criatura podrá separarnos del amor de Dios manifestado en Cristo Jesús, nuestro Señor» (Rm 8, 33-35.38.39).





Saludos

Saludo cordialmente a los peregrinos de lengua española, en particular a los de la parroquia de San Juan Evangelista, de Madrid, así como a los demás grupos provenientes de España, Argentina, Ecuador, México y otros países latinoamericanos. Que el Señor nos ayude a comprender en la oración su designio gratuito de salvación, que ha llegado a su culminación en el don de su Hijo, Jesucristo, para que siguiendo su ejemplo demos la vida por los demás, sin esperar nada a cambio. Muchas gracias.


(En polaco)
«Saludo cordialmente a los polacos aquí presentes. Al saludaros me dirijo de modo particular a los jóvenes que el sábado próximo se reunirán en Lednica. Queridos hermanos, daréis gracias a Dios por la vida y por la beatificación de Juan Pablo II, padre, guía, sacerdote y amigo de los jóvenes. Él construyó la casa sobre la roca que es Cristo. Siguió la voz del Evangelio. Perseveró en la oración y en la adoración de la Eucaristía. Tenía el corazón abierto a todos los hombres. Sufrió con Cristo. Fue un peregrino extraordinario en la fe. Que os impulse el lema del encuentro: «Juan Pablo II. Lo que cuenta es la santidad». De corazón os bendigo en vuestro camino hacia la santidad».

sábado, 22 de octubre de 2011

En la Universidad del Papa, se discute sobre el Concilio

Con ocasión del 50º aniversario del Concilio Vaticano II, la Pontificia Universidad Lateranense ha organizado un Congreso y una profunda investigación que se prolongará hasta el 2015 sobre todo lo relacionado con el último concilio (no sólo los documentos sino también los mismos diarios de padres y peritos) para poder llegar, luego de una investigación sin prejuicios, a conclusiones ciertas sobre la hermenéutica correcta. Un trabajo que, sin duda, será de interés para toda la Iglesia.

***

 

Personalmente comparte la lectura del Concilio propuesta por el Papa Ratzinger el 20 de diciembre de 2005, cuando prefirió la línea de la continuidad a aquella del Vaticano II como ruptura de la Tradición. Pero monseñor Enrico Dal Covolo aclara que la Pontificia Universidad Lateranense, de la cual es rector desde hace poco más de un año, quiere examinar “sin prejuicios ni conclusiones predeterminadas todas las cartas disponibles sobre los trabajos del Concilio, comenzando por los apuntes y diarios de los padres y de los peritos teológicos que participaron en la elaboración de las declaraciones y de los otros documentos aprobados”.

“Sólo así, es decir, con un trabajo realmente científico e imparcial, será posible verificar cuál de las dos hermenéuticas es, efectivamente, la más correcta”, afirmar monseñor Dal Covolo, anunciando para el año próximo (del 3 al 6 de octubre de 2012) un primer Congreso Internacional en colaboración con la Pontificia Comisión para las Ciencias Históricas sobre el tema de la interpretación del Concilio, en el cual serán fijados los criterios para esta investigación, y para el 2015 la presentación – en otra asamblea internacional – de los resultados alcanzados, “sean los que sean”. “Para sacar todo a la luz como nos hemos propuesto – explica el rector – el trabajo de investigación deberá ser absolutamente imparcial”.

Para el obispo salesiano, la reflexión concerniente a la vexata quaestio de la hermenéutica del Concilio es emblemática en la misión de una Universidad como la Lateranense. De hecho, se trata – explica monseñor Dal Covolo a la Agi, con ocasión del comienzo de las actividades académicas – de tener fe en la cientificidad de esta institución sin renunciar obviamente a la especificidad que le viene de la relación con el Papa y la Santa Sede.

Entra en juego así una reflexión considerada – por la Lateranense – cada vez más urgente sobre la “crisis” de la teología actual, que pierde demasiado a menudo su referencia a la “fe creída”. Al respecto, monseñor Dal Covolo cita algunos interrogantes que el Papa ha enumerado en un reciente discurso a la FundaciónJoseph Ratzinger: “¿Acaso ciencia no es lo contrario de fe? ¿No cesa la fe de ser fe cuando se convierte en ciencia? Y ¿no cesa la ciencia de ser ciencia cuando se ordena o incluso se subordina a la fe?”. Cuestiones que, como ha dicho el mismo Pontífice en aquella ocasión, “constituían un serio problema ya para la teología medieval, y con el concepto moderno de ciencia se han vuelto aún más apremiantes, a primera vista incluso sin solución”.

Benedicto XVI, sin embargo, ha subrayado “la grandeza del desafío frente a las otras ciencias, hoy cada vez más especializadas en el método y en los contenidos, mientras la teología, si es verdadera teología, es decir, fiel a su epistemología auténtica, posee una instancia ulterior de verdad, transversal a las otras ciencias, y decisiva en su objetivo propio”. Al respecto, monseñor Dal Covolo destaca la línea de coherencia y equilibrio encarnada siempre por la Lateranense, con personalidades ilustres como Pietro Pavan y Umberto Betti, que después de su rectorado han recibido la púrpura cardenalicia, y también el aporte del profesor Antonio Piolanti, también él en el siglo pasado rector de la Universidad, que en el pasado mes de mayo lo ha celebrado en el centenario de su nacimiento como conclusión de las actividades de la Cátedra “Santo Tomás y el pensamiento contemporáneo”. Personajes que con sus estudios han preparado e iluminado el Concilio.

Precisamente la calidad de la enseñanza y la disponibilidad de los profesores son, para monseñor Dal Covolo, dos temas decisivos. Al punto de no escatimar los recursos necesarios para garantizar la estabilidad de los docentes y los procesos de verificación (por otro lado, requeridos por la Santa Sede) sobre las prestaciones que ofrecen. Es necesario tener fe, explica, “en las indicaciones ofrecidas por el Papa en el discurso del 20 de agosto a los profesores en la basílica del monasterio de San Lorenzo, en El Escorial de Madrid, durante la Jornada Mundial de la Juventud, cuando nos pidió encarnar un ideal que no debe desvirtuarse, ni a causa de ideologías cerradas al diálogo racional, ni por servilismos a una lógica utilitarista de simple mercado”. En aquella ocasión, concluye Dal Covolo, “el Pontífice nos ha recordado que los jóvenes tienen necesidad de auténticos maestros, personas abiertas a la verdad total en las diferentes ramas del saber, sabiendo escuchar y viviendo en su propio interior ese diálogo interdisciplinar; personas convencidas, sobre todo, de la capacidad humana de avanzar en el camino hacia la verdad.”.

Una “aspiración alta” que debería ser transmitida “de modo personal y vital a nuestros estudiantes”, sin olvidar nunca que “si verdad y bien están unidos, como explicó el Papa, lo están también conocimiento y amor, y de esta unidad deriva la coherencia de vida y de pensamiento, la ejemplaridad que se exige de todo buen educador”.

 

Fuente: Il blog degli amici di Papa Ratzinger

Traducción: La Buhardilla de Jerónimo

Encíclica Mortalium Animos

 

 

PÍO PP. XI

ACERCA DE COMO SE HA DE FOMENTAR LA VERDADERA UNIDAD RELIGIOSA

Venerables hermanos: Salud y bendición apostólica

 

1. Ansia universal de paz y fraternidad

Nunca quizás como en los actuales tiempos se ha apoderado del corazón de todos los hombres un tan vehemente deseo de fortalecer y aplicar al bien común de la sociedad humana los vínculos de fraternidad que, en virtud de nuestro común origen y naturaleza, nos unen y enlazan a unos con otros.

Porque no gozando todavía las naciones plenamente de los dones de la paz, antes al contrario, estallando en varias partes discordias nuevas y antiguas, en forma de sediciones y luchas civiles y no pudiéndose además dirimir las controversias, harto numerosas, acerca de la tranquilidad y prosperidad de los pueblos sin que intervengan en el esfuerzo y la acción concordes de aquellos que gobiernan los Estados, y dirigen y fomentan sus intereses, fácilmente se echa de ver --mucho más conviniendo todos en la unidad del género humano-, porque son tantos los que anhelan ver a las naciones cada vez más unidas entre sí por esta fraternidad universal.

 

2. La fraternidad en religión. Congresos ecuménicos.

Cosa muy parecida se esfuerzan algunos por conseguir en lo que toca a la ordenación de la nueva ley promulgada por Jesucristo Nuestro Señor. Convencidos de que son rarísimos los hombres privados de todo sentimiento religioso, parecen haber visto en ello esperanza de que no será difícil que los pueblos, aunque disientan unos de otros en materia de religión, convengan fraternalmente en la profesión de algunas doctrinas que sean como fundamento común de la vida espiritual. Con tal fin suelen estos mismos organizar congresos, reuniones y conferencias, con no escaso número de oyentes e invitar a discutir allí promiscuamente a todos, a infieles de todo género, de cristianos y hasta a aquellos que apostataron miserablemente de Cristo o con obstinada pertinacia niegan la divinidad de su Persona o misión.

 

3. Los católicos no pueden aprobarlo.

Tales tentativas no pueden, de ninguna manera obtener la aprobación de los católicos, puesto que están fundadas en la falsa opinión de los que piensan que todas las religiones son, con poca diferencia, buenas y laudables, pues, aunque de distinto modo, todas nos demuestran y significan igualmente el ingénito y nativo sentimiento con que somos llevados hacia Dios y reconocemos obedientemente su imperio.

Cuantos sustentan esta opinión, no sólo yerran y se engañan, sino también rechazan la verdadera religión, adulterando su concepto esencial, y poco a poco vienen a parar al naturalismo y ateísmo; de donde claramente se sigue que, cuantos se adhieren a tales opiniones y tentativas, se apartan totalmente de la religión revelada por Dios.

 

4. Otro error - La unión de todos los cristianos. - Argumentos falaces

Pero donde con falaz apariencia de bien se engañan más fácilmente algunos, es cuando se trata de fomentar la unión de todos los cristianos. ¿Acaso no es justo -suele repetirse- y no es hasta conforme con el deber, que cuantos invocan el nombre de Cristo se abstengan de mutuas recriminaciones y se unan por fin un día con vínculos de mutua caridad? ¿Y quién se atreverá a decir que ama a Jesucristo, sino procura con todas sus fuerzas realizar los deseos que El manifestó al rogar a su Padre que sus discípulos fuesen una sola cosa?(1). y el mismo Jesucristo ¿por ventura no quiso que sus discípulos se distinguiesen y diferenciasen de los demás por este rasgo y señal de amor mutuo: En esto conocerán todos que sois mis discípulos, en que os améis unos a otros?(2). ¡Ojalá -añaden- fuesen una sola cosa todos los cristianos! Mucho más podrían hacer para rechazar la peste de la impiedad, que, deslizándose y extendiéndose cada más, amenaza debilitar el Evangelio.

 

5. Debajo de esos argumentos se oculta un error gravísimo

Estos y otros argumentos parecidos divulgan y difunden los llamados "pancristianos"; los cuales, lejos de ser pocos en número, han llegado a formar legiones y a agruparse en asociaciones ampliamente extendidas, bajo la dirección, las más de ellas, de hombres católicos, aunque discordes entre sí en materia de fe.

6. La verdadera norma de esta materia.

Exhortándonos, pues, la conciencia de Nuestro deber a no permitir que la grey del Señor sea sorprendida por perniciosas falacias, invocamos vuestro celo, Venerables Hermanos, para evitar mal tan grave; pues confiamos que cada uno de vosotros, por escrito y de palabra, podrá más fácilmente comunicarse con el pueblo y hacerle entender mejor los principios y argumentos que vamos a exponer, y en los cuales hallarán los católicos la norma de lo que deben pensar y practicar en cuanto se refiere al intento de unir de cualquier manera en un solo cuerpo a todos los hombres que se llaman católicos.

7. Sólo una Religión puede ser verdadera: la revelada por Dios.

Dios, Creador de todas las cosas, nos ha creado a los hombres con el fin de que le conozcamos y le sirvamos. Tiene, pues, nuestro Creador perfectísimo derecho a ser servido por nosotros. Pudo ciertamente Dios imponer para el gobierno de los hombres una sola ley, la de la naturaleza, ley esculpida por Dios en el corazón del hombre al crearle: y pudo después regular los progresos de esa misma ley con sólo su providencia ordinaria. Pero en vez de ella prefirió dar El mismo los preceptos que habíamos de obedecer; y en el decurso de los tiempos, esto es desde los orígenes del género humano hasta la venida y predicación de Jesucristo, enseñó por Sí mismo a los hombres los deberes que su naturaleza racional les impone para con su Creador. "Dios, que en otro tiempo habló a nuestros padres en diferentes ocasiones y de muchas maneras, por medio de los Profetas, nos ha hablado últimamente por su Hijo Jesucristo"(3). Por donde claramente se ve que ninguna religión puede ser verdadera fuera de aquella que se funda en la palabra revelada por Dios, revelación que comenzada desde el principio, y continuada durante la Ley Antigua, fue perfeccionada por el mismo Jesucristo con la Ley Nueva. Ahora bien: si Dios ha hablado -y que haya hablado lo comprueba la historia- es evidente que el hombre está obligado a creer absolutamente la revelación de Dios, y a obedecer totalmente sus preceptos. y con el fin de que cumpliésemos bien lo uno y lo otro, para gloria de Dios y salvación nuestra, el Hijo Unigénito de Dios fundó en la tierra su Iglesia.

 

8. La única Religión revelada es la de la Iglesia Católica.

Así pues, los que se proclaman cristianos es imposible no crean que Cristo fund6 una Iglesia, y precisamente una sola. Mas, si se pregunta cuál es esa Iglesia conforme a la voluntad de su Fundador, en esto ya no convienen todos. Muchos de ellos, por ejemplo, niegan que la Iglesia de Cristo haya de ser visible, a lo menos en el sentido de que deba mostrarse como un solo cuerpo de fieles, concordes en una misma doctrina y bajo un solo magisterio y gobierno. Estos tales entienden que la Iglesia visible no es más que la alianza de varias comunidades cristianas, aunque las doctrinas de cada una de ellas sean distintas.

Sociedad perfecta, externa, visible.

Pero es lo cierto que Cristo Nuestro Señor instituyó su Iglesia como sociedad perfecta, externa y visible por su propia naturaleza, a fin de que prosiguiese realizando, de allí en adelante, la obra de la salvación del género humano, bajo la guía de una sola cabeza (4), con magisterio de viva voz (5) y por medio de la administración de los sacramentos (6), fuente de la gracia divina; por eso en sus parábolas afirmó que era semejante a un reino (7), a una casa (8), a un aprisco (9), y a una grey (10). Esta Iglesia, tan maravillosamente fundada, no podía ciertamente cesar ni extinguirse, muertos su Fundador y los Apóstoles que en un principio la propagaron, puesto que a ella se le había confiado el mandato de conducir a la eterna salvación a todos los hombres, sin excepción de lugar ni de tiempo: "Id, pues, e instruid a todas las naciones" (11). y en el cumplimiento continuo de este oficio, ¿acaso faltará a la Iglesia el valor ni la eficacia, hallándose perpetuamente asistida con la presencia del mismo Cristo, que solemnemente le prometió: "He aquí que yo estaré siempre con vosotros, hasta la consumación de los siglos"? (12) Por tanto, la Iglesia de Cristo no sólo ha de existir necesariamente hoy, mañana y siempre, sino también ha de ser exactamente la misma que fue en los tiempos apostólicos, si no queremos decir -y de ello estamos muy lejos- que Cristo Nuestro Señor no ha cumplido su propósito, o se engañó cuando dijo que las puertas del infierno no habían de prevalecer contra ella (13).

 

9. Un error capital del movimiento ecuménico en la pretendida unión de iglesias cristianas. .

Y aquí se Nos ofrece ocasión de exponer y refutar una falsa opinión de la cual parece depender toda esta cuestión, y en la cual tiene su origen la múltiple acción y confabulación el de los católicos que trabajan, como hemos dicho, por la unión de las iglesias cristianas. Los autores de este proyecto no dejan de repetir casi infinitas veces las palabras de Cristo: "Sean todos una misma cosa. Habrá un solo rebaño y un solo pastor" (14), mas de tal manera :las entienden, que, según ellos, sólo significan un deseo y una aspiración de Jesucristo, deseo que todavía no se ha realizado. Opinan, pues, que la unidad de fe y de gobierno, nota distintiva de la verdadera y única Iglesia de Cristo, no ha existido casi nunca hasta ahora, y ni siquiera hoy existe: podrá, ciertamente, desearse, y tal vez algún día se consiga, mediante la concordante impulsión de las voluntades; pero en entre tanto, habrá que considerarla sólo como un ideal.

"La división" de la Iglesia.

Añaden que la Iglesia, de suyo o por su propia naturaleza, está dividida en partes, esto es, se halla compuesta de varias comunidades distintas, separadas todavía unas de otras, y coincidentes en algunos puntos de doctrina, aunque discrepantes en lo demás, y cada una con los mismos derechos exactamente que las otras; y que la Iglesia sólo fue única y una, a lo sumo desde la edad apostólica hasta tiempos de los primeros Concilios Ecuménicos. Sería necesario pues -dicen-, que, suprimiendo y dejando a un lado las controversias y variaciones rancias de opiniones, que han dividido hasta hoy a la familia cristiana, se formule se proponga con las doctrinas restantes una norma común de fe, con cuya profesión puedan todos no ya reconocerse, sino sentirse hermanos. y cuando las múltiples iglesias o comunidades estén unidas por un pacto universal, entonces será cuando puedan resistir sólida y fructuosamente los avances de la impiedad...

Esto es así tomando las cosas en general, Venerables Hermanos; mas hay quienes afirman y conceden que el llamado Protestantismo ha desechado demasiado desconsideradamente ciertas doctrinas fundamentales de la fe y algunos ritos del culto externo ciertamente agradables y útiles, los que la Iglesia Romana por el contrario aún conserva; añaden sin embargo en el acto, que ella ha obrado mal porque corrompió la religión primitiva por cuanto agregó y propuso como cosa de fe algunas doctrinas no sólo ajenas sino más bien opuestas al Evangelio, entre las cuales se enumera especialmente el Primado de jurisdicción que ella adjudica a Pedro y a sus sucesores en la sede Romana.

En el número de aquellos, aunque no sean muchos, figuran también los que conceden al Romano Pontífice cierto Primado de honor o alguna jurisdicción o potestad de la cual creen, sin embargo, que desciende no del derecho divino sino de cierto consenso de los fieles. Otros en cambio aun avanzan a desear que el mismo Pontífice presida sus asambleas, las que pueden llamarse "multicolores". Por lo demás, aun cuando podrán encontrarse a muchos no católicos que predican a pulmón lleno la unión fraterna en Cristo, sin embargo, hallarás pocos a quienes se ocurre que han de sujetarse y obedecer al Vicario de Jesucristo cuando enseña o manda y gobierna. Entre tanto asevera que están dispuestos a actuar gustosos en unión con la Iglesia Romana, naturalmente en igualdad de condiciones jurídicas, o sea de iguales a igual: mas si pudieran actuar no parece dudoso de que lo harían con la intención de que por un pacto o convenio por establecerse tal vez, no fueran obligados a abandonar sus opiniones que constituyen aun la causa por qué continúan errando y vagando fuera del único redil de Cristo.

 

10. La Iglesia Católica no puede participar en semejantes uniones.

Siendo todo esto así, claramente se ve que ni la Sede Apostólica puede en manera alguna tener parte en dichos Congresos, ni de ningún modo pueden los católicos favorecer ni cooperar a semejantes intentos; y si lo hiciesen, darían autoridad a una falsa religión cristiana, totalmente ajena a la única y verdadera Iglesia de Cristo.

 

11. La verdad revelada no admite transacciones.

¿Y habremos Nos de sufrir -cosa que sería por todo extremo injusta- que la verdad revelada por Dios, se rindiese y entrase en transacciones? Porque de lo que ahora se trata es de defender la verdad revelada. Para instruir en la fe evangélica a todas las naciones envió Cristo por el mundo todo a los Apóstoles; y para que éstos no errasen en nada, quiso que elEspíritu Santo les enseñase previamente toda la verdad (15); ¿y acaso esta doctrina de los Apóstoles ha descaecido del todo, o siquiera se ha debilitado alguna vez en la Iglesia, a quien Dios mismo asiste dirigiéndola y custodiándola? Y si nuestro Redentor manifestó expresamente que su Evangelio no sólo era para los tiempos apostólicos, sino también para las edades futuras, ¿habrá podido hacerse tan obscura e incierta la doctrina de la Fe, que sea hoy conveniente tolerar en ella hasta las opiniones contrarias entre sí? Si esto fuese verdad, habría que decir también que el Espíritu Santo infundido en los apóstoles, y la perpetua permanencia del mismo Espíritu en la Iglesia, y hasta la misma predicación de Jesucristo, habría perdido hace muchos siglos toda utilidad y eficacia; afirmación que sería ciertamente blasfema.

 

12. La Iglesia Católica depositaria infalible de la verdad.

Ahora bien: cuando el Hijo Unigénito de Dios mandó sus legados que enseñasen a todas las naciones, impuso a todos los hombres la obligación de dar fe a cuanto les fuese enseñado por los testigos predestinados por Dios (16); obligación que sancionó de este modo: el que creyere y fuere bautizado, se salvará; mas el que no creyere será condenado (17). Pero ambos preceptos de Cristo, uno de enseñar y otro de creer, que no pueden dejar de cumplirse para alcanzar la salvación eterna, no pueden siquiera entenderse si la Iglesia no propone, íntegra y clara la doctrina evangélica y si al proponerla no está ella exenta de todo peligro de equivocarse, Acerca de lo cual van extraviados también los que creen que sin duda existe en la tierra el depósito de la verdad, pero que para buscarlo hay que emplear tan fatigosos trabajos, tan :continuos estudios y discusiones, que apenas basta la vida de un hombre para hallarlo y disfrutarlo: como si el benignísimo Dios hubiese , hablado por medio de los Profetas y de su Hijo Unigénito para que lo revelado por éstos sólo pudiesen conocerlo unos pocos, y ésos ya ancianos; y como si esa revelación no tuviese por fin enseñar la doctrina moral y dogmática, por la cual se ha de regir el hombre durante el curso de su vida moral,

13. Sin fe, no hay verdadera caridad.

Podrá parecer que dichos "pancristianos", tan atentos a unir las iglesias, persiguen el fin nobilísimo de fomentar la caridad entre todos los cristianos, Pero, ¿cómo es posible que la caridad redunde en daño de la fe? Nadie, ciertamente, ignora que San Juan, el Apóstol mismo de la caridad, el cual en su Evangelio parece descubrirnos los secretos del Corazón Santísimo de Jesús, y que solía inculcar continuamente a sus discípulos el nuevo precepto Amaos unos a los otros, prohibió absolutamente todo trato y comunicación con aquellos que no profesasen, íntegra y pura, la doctrina de Jesucristo: Si alguno viene a vosotros y no trae esta doctrina, no le recibáis en casa, y ni siquiera le saludéis (18), Siendo, pues, la fe íntegra y sincera, como fundamento y raíz de la caridad, necesario es que los discípulos de Cristo estén unidos principalmente con el vínculo de la unidad de fe.

 

14. Unión irrazonable. .

Por tanto, ¿cómo es posible imaginar una confederación cristiana, cada uno de cuyos miembros pueda, hasta en materias de fe, conservar su sentir y juicio propios aunque contradigan al juicio y sentir de los demás? ¿y de qué manera, si se nos quiere decir, podrían formar una sola y misma Asociación de fieles los hombres que defienden doctrinas contrarias, como, por ejemplo, los que afirman y los que niegan que la sagrada Tradición es fuente genuina de la divina Revelación; los que consideran de institución divina la jerarquía eclesiástica, formada de Obispos, presbíteros y servidores del altar, y los que afirman que esa Jerarquía se ha introducido poco a poco por las circunstancias de tiempos y de cosas; los que adoran a Cristo realmente presente en la Sagrada Eucaristía por la maravillosa conversión del pan y del vino, llamada "transubstanciación", y los que afirman que el Cuerpo de Cristo está allí presente sólo por la fe, o por el signo y virtud del Sacramento; los que en la misma Eucaristía reconocen su doble naturaleza de sacramento y sacrificio, y los que sostienen que sólo es un recuerdo o conmemoración de la Cena del Señor; los que estiman buena y útil la suplicante invocación de los Santos que reinan con Cristo, sobre todo de la Virgen María Madre de Dios, y la veneración de sus imágenes, y los que pretenden que tal culto es ilícito por ser contrario al honor del único Mediador entre Dios y los hombres, Jesucristo? (19).

 

15. Resbaladero hacia el indiferentismo y el modernismo.

Entre tan grande diversidad de opiniones, no sabemos cómo se podrá abrir camino para conseguir la unidad de la Iglesia, unidad que no puede nacer más que de un solo magisterio, de una sola ley de creer y de una sola fe de los cristianos. En cambio, sabemos, ciertamente que de esa diversidad de opiniones es fácil el paso al menosprecio de toda religión, o"indiferentismo", y al llamado "modernismo", con el cual los que están desdichadamente inficionados, sostienen que la verdad dogmática no es absoluta sino relativa, o sea, proporcionada a las diversas necesidades de lugares y tiempos, y a las varias tendencias de los espíritus, no hallándose contenida en una revelación inmutable, sino siendo de suyo acomodable al a vida de los hombres.

Además, en lo que concierne a las cosas que han de creerse, de ningún modo es lícito establecer aquélla diferencia entre las verdades de la fe que llaman fundamentales y no fundamentales, como gustan decir ahora, de las cuales las primeras deberían ser aceptadas por todos, las segundas, por el contrario, podrían dejarse al libre arbitrio de los fieles; pues la virtud de la fe tiene su causa formal en la autoridad de Dios revelador que no admite ninguna distinción de esta suerte. Por eso, todos los que verdaderamente son de Cristo prestarán la misma fe al dogma de la Madre de Dios concebida sin pecado original como, por ejemplo, al misterio de la augusta Trinidad; creerán con la misma firmeza en el Magisterio infalible del Romano Pontífice, en el mismo sentido con que lo definiera el Concilio Ecuménico del Vaticano, como en la Encarnación del Señor .

No porque la Iglesia sancionó con solemne decreto y definió las mismas verdades de un modo distinto en diferentes edades o en edades poco anteriores han de tenerse por no igualmente ciertas ni creerse del mismo modo. ¿No las reveló todas Dios?

Pues, el Magisterio de la Iglesia el cual por designio divino fue constituido en la tierra a fin de que las doctrinas reveladas perdurasen incólumes para siempre y llegasen con mayor facilidad y seguridad al conocimiento de los hombres aun cuando el Romano Pontífice y los Obispos que viven en unión con él, lo ejerzan diariamente, se extiende, sin embargo, al oficio de proceder oportunamente con solemnes ritos y decretos a la definición de alguna verdad, especialmente entonces cuando a los errores e impugnaciones de los herejes deben más eficazmente oponerse o inculcarse en los espíritus de los fieles, más clara y sutilmente explicados, puntos de la sagrada doctrina.

Mas por ese ejercicio extraordinario del Magisterio no se introduce, naturalmente ninguna invención, ni se añade ninguna novedad al acervo de aquellas verdades que en el depósito de la revelación, confiado por Dios a la Iglesia, no estén contenidas, por lo menos implícitamente, sino que se explican aquellos puntos que tal vez para muchos aun parecen permanecer oscuros o se establecen como cosas de fe los que algunos han puesto en tela de juicio.

 

16. La única manera de unir a todos los cristianos. .

Bien claro se muestra, pues, Venerable Hermanos, por qué esta Sede Apostólica no ha permitido nunca a los suyos que asistan a los citados congresos de acatólicos; porque la unión de los cristianos no se puede fomentar de otro modo que procurando el retorno de los disidentes a la única :y verdadera Iglesia de Cristo, de la cual un día desdichadamente se alejaron; a aquella única y verdadera Iglesia que todos ciertamente conocen y que por la voluntad de su Fundador debe permanecer siempre tal cual El mismo la fundó para la salvación de todos. Nunca, en el transcurso de los siglos, se contaminó esta mística Esposa de Cristo, ni podrá contaminarse jamás, como dijo bien San Cipriano: No puede adulterar la Esposa de Cristo; es incorruptible y fiel. Conoce una sola casa y custodia con casto pudor la santidad de una sola estancia (20). Por eso se maravillaba con razón el santo Mártir de que alguien pudiese creer que esta unidad, fundada en la divina estabilidad y robustecida por medio de celestiales sacramentos, pudiese desgarrarse en la Iglesia, y dividirse por el disentimiento de las voluntades discordes (21). Porque siendo Porque siendo el cuerpo místico de Cristo, esto es, la Iglesia, uno (22), compacto y conexo (23), lo mismo que su cuerpo físico, necedad es decir que el cuerpo místico puede constar de miembros divididos y separados; quien, pues, no está unido con él no es miembro suyo, ni está unido con su cabeza, que es Cristo (24).

 

17. La obediencia al Romano Pontífice. .

Ahora bien, en esta única Iglesia de Cristo nadie vive y nadie persevera, que no reconozca y acepte con obediencia la suprema autoridad de Pedro y de sus legítimos sucesores. ¿No fue acaso al Obispo de Roma a quien obedecieron, como a sumo Pastor de las almas, los ascendientes de aquellos que hoy yacen anegados en los errores de Focio, y de otros novadores?

Alejaronse ¡ay! los hijos de la casa paterna, que no por eso se arruinó ni pereció, sostenida como está perpetuamente por el auxilio de Dios. Vuelvan, pues, al Padre común, que olvidando las injurias inferidas ya a la Sede Apostólica, los recibirá amantísimamente. Porque, si, como ellos repiten, desean asociarse a Nos y a los Nuestros, ¿Por qué no se apresuran a venir a la Iglesia, madre y maestra de todos los fieles de Cristo (25). Oigan como clamaba en otro tiempo Lactancio: Sólo la Iglesia Católica es la que conserva el culto verdadero, Ella es la fuente de la verdad, la morada de la Fe, el templo de Dios, quienquiera que en él no entre o de él salga, perdido ha la esperanza de vida y de salvaci6n, Menester es que nadie se engañe a sí mismo con pertinaces discusiones, Lo que aquí se ventila es la vida y la salvaci6n,'a la cual si no se atiende con diligente cautela, se perderá y se extinguirá(26).

 

18. Llamamiento a las sectas disidentes. .

Vuelvan, pues, a la Sede Apostó1ica, asentada en esta ciudad de Roma, que consagraron con su sangre los Príncipes de los Apóstoles San Pedro y San Pablo, a la Sede raíz y matriz de la Iglesia Católica (27); vuelvan los hijos disidentes, no ya con el deseo y la esperanza de que la Iglesia de Dios vivo, la columna y el sostén de la verdad (28) abdique de la integridad de su fe, y consienta los errores de ellos, sino para someterse al magisterio y al gobierno de ella. Pluguiese al Cielo alcanzásemos felizmente Nos, lo que no alcanzaron tantos predecesores Nuestros; el poder abrazar con paternales entrañas a los hijos que tanto nos duele ver separados de Nos por una funesta división.

 

Plegaria a Cristo y a Maria.

Y ojalá Nuestro Divino Salvador, el cual quiere que todos los hombres se salven y vengan al conocimiento de la verdad (29), oiga Nuestras ardientes oraciones para que se digne llamar ala unidad de la Iglesia a cuantos están separados de ella.

Con este fin, sin duda importantísimo, invocamos y queremos que se invoque la intercesión de la Bienaventurada Virgen María, Madre de la Divina Gracia, debeladora de todas las herejías y Auxilio de los cristianos, para que cuanto antes nos alcance la gracia de ver alborear el deseadísimo día en que todos los hombres oigan la voz de su divino Hijo, y conserven la unidad del Espíritu Santo con el vínculo de la paz (30).

 

19. Conclusión y Bendición Apostólica. .

Bien comprendéis, Venerables Hermanos, cuánto deseamos Nos este retorno, y cuánto anhelamos que así lo sepan todos Nuestros hijos, no solamente los católicos, sino también los disidentes de Nos; los cuales, si imploran humildemente las luces del cielo, reconocerán, sin duda, a la verdadera Iglesia de Cristo, y entrarán, por fin, en su seno, unidos con Nos en perfecta caridad. En espera de tal suceso, y como prenda y auspicio de los divinos favores, y testimonio de Nuestra paternal benevolencia, a vosotros, Venerables Hermanos, y a vuestro Clero y pueblo, os concedemos de todo corazón la Apostólica Bendición.

 

Dado en San Pedro de Roma, el día 6 de enero, fiesta de la Epifanía de Nuestro Señor Jesucristo, el año 1928, sexto de Nuestro Pontificado.

Pío Papa XI

 

NOTAS

(1) Juan, 17, 21. volver
(2) Juan, 13, 35 volver
(3) Hebr. 1, 1-2. volver
(4) Mat. 16,15. volver
(5) Marc. 16,15 volver
(6) Juan 3, 5; 6, 48-59; 20, 22. Juan 18, 18. volver
(7) Mat. 13, 24, 31, 33, 44, 47. volver
(8) Ver Mat. 16, 18. volver
(9) Juan 10, 16. volver
(10) Juan 21, 15-17. volver
(11) Mat. 28, 19. volver
(12) Mat. 28, 20. volver
(13) Mat. 16, 18. volver
(14) Juan 17, 21; 19,16. volver
(15) Juan 16, 13. volver
(16) Act. 10, 41. volver
(17) Marc. 16, 16. volver
(18) IIJuan vers. 10. volver
(19) Ver I Tim. 2, 5. volver
(20) S. Cipr. De la Unidad de la Iglesia (Migne P. L. 4, col. 518-519) volver (21) S. Cipr. De la Unidad de la Iglesia (Migne P. L. 4, col 519-B y 520-A. volver
(22) I Cor. 12, 12. volver
(23) Efes. 4, 15 volver
(24) Efes. 5, 30; 1, 22. volver
(25) Conc. Lateran. IV, c. 5 (Denz-Umb. 436) volver
(26) Lactancio Div. Inst. 4, 30. (Corp. Scr. E. Lat., vol. 19, pag. 397, 11-12; Migne P.L. 6, col. 542-B a 543-A). volver
(27) S. Cipr. Carta 38 a Cornelio 3. (Entre las cartas de S. Cornelio Papa III; Migne P.L. 3, col. 733-B). volver
(28) I Tim. 3, 15. volver
(29) I Tim. 2, 4. volver
(30) Efes. 4, 3. volver