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jueves, 21 de abril de 2011

“El Amor puede ser pedido porque antes nos es donado”

37998_1299804388706_1638308909_663757_5547627_nMEDITACIÓN PARA EL JUEVES SANTO

 

 

El Jueves Santo es por excelencia el Día de la Caridad, el día de la manifestación de la Caridad de Dios en su Hijo. En ése Jueves, que brilla más que el sol, podemos encontrarnos con el amor hasta el extremo, hasta el fin de Jesús.  En las puertas de su dolorosísima Pasión, queriendo anticipar consciente y voluntariamente la entrega en la Cruz, el Señor nos regala en este día su Amor Eucarístico, su Amor en el Sacerdocio y su Amor en el mandamiento nuevo. El Jueves Santo es un día tan denso en profundidad espiritual que la Iglesia necesitó prolongarlo en la Solemnidad del Corpus Christi para poder agradecer y gozarse en el Don de la Eucaristía.

Entremos al Cenáculo, aquella sala alta y bella, en donde los discípulos, en donde Pedro y Juan, enviados por Jesús preparan primorosamente la Pascua, aquella Pascua que el Maestro ansiaba y anhelaba tanto…aquella Pascua antes de padecer, aquella Pascua que inauguraba su padecer, su sacrificio de amor. En aquella sala nace y siempre es revivificado el sacerdocio, allí se entrega a cada uno de nosotros el Señor humilde y servidor, como un esclavo, lavando nuestros pies, purificando las suciedades de nuestras vidas para que podamos compartir su Mesa, para hacernos permanecer y comulgar de su Vida sacrificada. Debemos llenarnos la mente y el corazón de sus gestos sencillos, tiernos, paternales: inclinado a los pies de su criatura el Creador la purifica en su abajamiento amoroso. Partiéndonos el pan nos da su Cuerpo roto en la Cruz, ofreciendo el cáliz de bendición nos injerta en su Viña Santa, nos hace miembros de su Cuerpo, puede recircular en nosotros su Caridad operante y viva: su Sangre derramada. Jesús como el Pater familiae preside la cena…, una cena en la que no hay necesidad del corderito ritual, el Cordero real -no el figurado- se inmola ahora. Jesús es la Pascua de nuestra salvación.

Miremos ahora a los discípulos: Juan, reclinado sobre el Corazón de Jesús, in sinu Iesu, como un pequeñuelo en el corazón de su padre, como el Hijo amado en el seno de Su Padre. Jesús en su sacrificio nos llevará al seno de Su Padre, nos regalará Su Filiación. Juan podrá escuchar los latidos del Corazón de Jesús, recibirá de este Corazón gracias infinitas de luz y vida…será el mismo Corazón que contemple abierto y herido en la Cruz, en la misma hora en que se sacrificaban los antiguos corderos pascuales. Juan con su mirada entrará en ése Corazón y podrá comprender desde aquella “Hora” que “Dios es Caridad”.

Los otros discípulos temerosos y tristes, incluso algunos, en el ámbito más grande de la caridad, discutiendo acerca de quién es el más grande, quién es el mayor de todos. ¡Cuánto dolor en el Corazón del Maestro al ver su rudeza, al ver que no entendieron su gesto de humilde servidor y esclavo! ¡Cuánta soledad en el Corazón de Cristo! ¿Quién lo comprende?

Pedro manifestando sus promesas de dar la vida por Jesús. Es verdad lo ama…pero un amor muy seguro y pagado de sí mismo. Un amor que necesita de purificación. Un amor que debe pasar por las lágrimas de la contrición. Un amor que debe dejar que Jesús primero lo lave, entregue su Vida por él, para que luego Pedro tenga en sí mismo la Caridad de Jesús para poder seguirlo y ser atado y llevado a la muerte, a la glorificación de Dios, como el Maestro.

Judas, objeto todavía de la intimidad de Cristo, de su cercanía…también a él Jesús le lavó los pies, también a él le confió el misterio de su Amor Eucarístico…también a él. Sin embargo el corazón de Judas es una tiniebla impenetrable, está envenenado por su traición. Jesús ya no vale nada para él: sólo el precio de treinta monedas de plata, sólo el triste precio de su avaricia, de su desilusión. ¡Qué más da entregar a ése iluso y soñador! Veremos si se manifiesta o no como el Rey Mesías y se deja de pronunciar bellos discursos.

Judas se arroja a las tinieblas. Se arroja a la noche, ya no soporta estar en el ámbito de la luz, en el Misterio de Luz que es el Cenáculo. Y cuando sale comienza a brillar la Gloria de la Hora de Jesús. Sí, el Hijo del Hombre es glorificado y el Padre es glorificado en Jesús. Jesús es glorificado porque ya se encamina a la Cruz que es la manifestación y la comunicación de su Gloria, del peso de su Amor misericordioso y salvador. La Cruz es la Gloria de Cristo ya que manifiesta su Amor obediente al Padre que repara nuestra desobediencia, su Amor obediente que vivifica las muertes de nuestras negaciones e infidelidades.

Cuando sale Judas ya era de noche, el cenáculo se convierte en un cielo nuevo. Jesús abre de par en par su Sagrado Corazón. Ya nada frena el torrente desbordante de su Caridad. Las aguas del pecado del mundo no han sido capaces de opacar el Amor del Señor. Está decidido a entregarse hasta el fin. Nunca como en esta noche manifiesta toda su ternura: “Hijitos míos…” “No tengan miedo…” “No se turbe vuestro corazón ni se acobarde…” “No os dejaré huérfanos, volveré y se alegrará vuestro corazón…” “Ya no os llamo siervos sino amigos…” Amigos, hombres de su confianza, a quienes nos ha revelado todo, ya no hay secretos entre Jesús y nosotros. Como amigos nos ha entregado lo más preciado, nos ha regalado Su Misterio, Su Amor Eucarístico.

“Hijitos míos…” Jesús no encuentra mejor expresión para revelarnos cuánto nos quiere. El que llama a Dios: Abba…nos llama hijitos. Es que precisamente nos está engendrando, con los dolores de parto de su Pasión, como hijitos de su Abba. Recuerdo con especial emoción mi visita al Cenáculo, en Jerusalén. En ése lugar, injustamente expropiado a la presencia cristiana y a toda manifestación de culto, pude detenerme ante la única imagen cristiana que subsiste en ése sagrado recinto. Es una bellísima columna cruzada que ha resistido los avatares del tiempo y del crudo fanatismo humano. En esa columna cruzada, precisamente adornando el frontis del capitel, en la blanca y resplandeciente piedra, se encuentra la imagen del pelícano entregando su pecho como alimento a sus hijitos, a sus pelicanitos. El piadoso Pelícano, no hay imagen mas profunda para retratar a Jesús Eucaristía en su acto de darse a nosotros, en su acto de entregarse a la muerte por nuestra vivificación. Jesús me da su pecho, me hace vivir de su amor, me nutre con su amor. Vivo por su muerte. Delante del Pelícano podemos descubrir que no hay mayor amor que dar la vida por los amigos. Por eso el Pelícano es el Signo más realista y bello de la Caridad, del Sacramento de la Caridad, de Jesús Caridad.

“Ya poco tiempo voy a estar con vosotros” Es la hora de la despedida, quisiera revelarnos tantas cosas… ¿quién no se ha encontrado en una situación de despedida? ¡cuanto quisiéramos concentrar todo nuestro amor en una palabra, en un gesto, en una mirada! ¡Cuán dolorosas son todas las despedidas! En cada una de ellas gustamos algo de la muerte. Jesús quisiera decirles tantas cosas, darles tantos consejos, asegurarles que nunca los olvidará, suplicarles que nunca lo olviden a Él, enseñarles nuevamente lo que nunca acaban de comprender…Pero toda la despedida de Jesús se va a concentrar en un mandato, en una ley nueva, en una Alianza nueva escrita en sus corazones. El testamento de Jesús es el Mandamiento nuevo del Amor:

“Os doy un mandamiento nuevo: que os améis los unos a los otros. Que, como yo os he amado, así os améis también vosotros los unos a los otros. En esto conocerán que sois discípulos míos: si os tenéis amor los unos a los otros.”

El mandamiento nuevo de la Caridad es una Gracia, es un Don, es el regalo de despedida de Jesús. Un regalo que no es una cosa suya, sino que es Él mismo. Quién ama como Jesús vive en Él y con Él. Quién ama como Jesús permanece en Él, como Juan reclinado en su Corazón. Quién ama como Jesús prolonga la presencia suya en el mundo, es irradiación suya.

“Os doy un mandamiento nuevo…” La liturgia del Jueves Santo llamó al gesto precioso de lavar los pies el “mandatum”, el mandamiento, el testamento, la última alianza del Señor con nosotros. Este “mandatum” nos enseña más elocuentemente que millones de libros y cuestiones acerca de la caridad. La Iglesia realiza el testamento de su Esposo lavando y besando los pies de sus pobres, mientras canta -actualizando y celebrando- las palabras de Jesús: “Os doy un mandamiento nuevo”. “En esto conoceréis que sois discípulos míos, en que os amáis los unos a los otros”.

Para aprender la Caridad debemos despojarnos de nosotros mismos, debemos inclinarnos ante nuestros hermanos, ante el herido que encuentro en mi camino. La Caridad es el amor que se olvida de sí para gastarse y consumirse a favor de Jesús y de aquellos que son el Cuerpo de Cristo, el Sacramento de Cristo: los hambrientos –no sólo de pan sino de Dios-, los que viven en soledad, los desesperados, las víctimas de este mundo hedonista y elitista, los excluidos de la sociedad de consumo, los que no tienen derecho a una digna educación ni a planes de salud… Benditos pies heridos de nuestros hermanos a los cuales quiere llegar la ternura del Corazón de Cristo a través de nuestro humilde amor servidor.

Podemos decir: Señor cuánto nos pesa y nos cuesta amar como Tú…Sin embargo el Amor puede ser pedido porque antes nos es donado. El Amor puede ser mandado porque antes nos ha sido regalado. Jesús nos regala su mismo amor, viene a nosotros con su mismo Amor: en la Eucaristía, en la donación de su Espíritu Santo, en la ley nueva que quiere escribir ya no en tablas de piedra sino en nuestros corazones de carne.

Antes que un mandamiento el Amor es un Don: “Este es el mandamiento mío: que os améis los unos a los otros como (por que) yo los he amado”. Por que yo los he amado, se podría traducir también correctamente. El Amor donado de Jesús suscita el nuestro, causa el nuestro, inicia y culmina nuestro amar en una sinergia maravillosa. Se trata de amar ahora como Él, en Él, para Él y a Él presente en el Sacramento del Hermano. No podía Jesús mandarnos amar, si no nos hubiera amado Él primero. Ni nos podía exigir el amor, si no nos diera antes la capacidad de realizarlo. ¿Cómo podríamos nosotros amar con un corazón de piedra? Sólo Dios puede cambiar nuestro corazón de piedra en un corazón de carne. Dios nos capacita para amar amándonos.

El mandamiento de Jesús es nuevo por su extensión e intensidad. Jesús nos pide que amemos como Él. Amor como el de Jesús. Amor a todos, y en especial, a los que nos resultan desagradables, a los que nos ofenden, a los que nos odian, a los que no nos pueden pagar con nada -a veces ni siquiera con su gratitud o su sonrisa- , a aquellos de los cuales sólo recibimos la bofetada de la crítica mordaz o de la fría indiferencia.  “¡Amar hasta que duela! ¡Amar con la sangre del corazón!” Como decía y lo vivía la Beata Teresa de Calcuta.

El mandamiento nuevo de Jesús llega hasta mí y me hace “nuevo” y quiere hacer “nuevas” todas mis cosas en la medida en que me abro a su transformación eucarística. La Eucaristía me tiene que hacer otro Jesús, es el fin de ella. Todo el Amor de Jesús llega a mi pobre corazón en la Eucaristía. Yo también debo hacerme Pan partido y entregado. Yo también debo amar hasta el fin.  Esto le pedimos al Amor de los Amores, a Jesús, nuestro Cordero de la Pascua Eterna. Amén.

P. Marco Antonio Foschiatti