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domingo, 15 de mayo de 2011

El Vaticano difundió la instrucción Universae Ecclessiae

 

misa

Este día El Vaticano difundió la instrucción Universae Ecclessiae, un texto que aclara dudas y despeja controversias en torno a la misa en latín y otras celebraciones litúrgicas según el misal previo a la reforma del Concilio Vaticano II, cuyo uso liberalizó Benedicto XVI en 2007. En la práctica el texto de hoy es un espaldarazo a quienes desean las ceremonias pre-conciliares y un “estate quieto” a los obispos del mundo que las han obstaculizado por todos los medios.

Porque es bastante conocido que muchos prelados pusieron piedras en el camino y palos en las ruedas a los fieles (una minoría, es verdad) que pedían sus misas antiguas de acuerdo a los prescrito por el Papa en el motu proprio (decreto) Summorum Pontificum, con el cual dio la facultad a cualquier cristiano de solicitar la misa antigua en su parroquia. Ejemplos sobran en Italia, Francia y México.

Muchas quejas llegaron en los últimos años a la Pontificia Comisión Ecclesiae Dei, el organismo del Vaticano encargado de verificar el cumplimiento del decreto papal. En varias ocasiones la comisión debió mediar entre obispos, sacerdotes y feligreses.

Benedicto XVI había previsto esta eventualidad antes de emitir Summorum Pontificum en 2007, por eso en ese documento dio a los prelados tres años de tiempo para expresar sus preocupaciones al respecto. Muchos de ellos escribieron, como también lo hicieron numerosos grupos de católicos amantes de la misa pre-conciliar. Con estas opiniones se redactó Universae Ecclessiae.

En los meses pasados un grupo de cardenales ejerció una considerable presión sobre El Vaticano para que el sentido del texto difundido hoy fuese restrictivo, una especie de marcha atrás a la liberalización del ritual latino. Guido Pozzo, secretario de la Eclessiae Dei, resistió. Desde el principio sostuvo la necesidad de una instrucción que defendiera los derechos de los fieles ante la hostilidad de los obispos progresistas. Todo parece indicar que su propuesta se impuso.

El texto de la Universae Ecclesiae (se puede leer íntegro aquí) recordó que los misales de Pablo VI y Juan XXIII constituyen formas de la liturgia romana y, por lo tanto, no sólo deben ser respetadas ambas por igual, también deben ser conservadas “con el honor debido”. El concepto es claro: no existen misas de primera y misas de segunda. Aunque la misa post conciliar es conocida como “forma ordinaria” y la anterior como “forma extraordinaria”.

Estableció además que la Pontificia Comisión Ecclesiae Dei será la responsable de dirimir todas las controversias o dudas fundadas sobre la aplicación de esa “forma extraordinaria”.

Otra cosa dejó clarita y cristalina la instrucción: los obispos están obligados a garantizar la disponibilidad de la misa antigua para los feligreses que lo pidan, sin importar si estos vienen de diversas parroquias o, incluso , de distintas diócesis. Ninguna autoridad eclesiástica puede poner excusas absurdas, antes bien todos – párrocos, rectores o sacerdotes- deben conducirse “según su prudencia, dejándose guiar por el celo pastoral y un espíritu de generosa hospitalidad”.

Incluso en los casos de grupos “numéricamente poco consistentes” los obispos deben asegurar una participación más fácil y una celebración más digna de la misa pre-conciliar.

Todo este apoyo del Vaticano al misal antiguo tiene una condición: las personas que pidan la celebración de acuerdo a la “forma extraordinaria” no deben sostener o pertenecer, de ninguna manera, a grupos que se manifiesten contrarios a la validez o legitimidad de la misa o de los sacramentos celebrados en la forma ordinaria ni tampoco deben desconocer al Romano Pontífice como Pastor Supremo de la Iglesia universal. “Roma locuta, causa finita”. ¿Lo entenderán los “progresistas”?

 

por Andrés Beltramo

andresbeltramo@hotmail.com

La Instrucción

 

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He leído, con algo de calma, la “Instrucción” de la Pontificia Comisión “Ecclesia Dei” sobre la aplicación de la Carta Apostólica Motu Propio data “Summorum Pontificum” de S.S. Benedicto XVI. Se trata de un texto de carácter normativo, dentro de las competencias que le corresponden a esa Pontificia Comisión, cuya tarea es acompañar e instar el cuidado pastoral de los fieles, ligados con la precedente tradición litúrgica latina, presentes en distintas partes del mundo.

La Instrucción tiene tres partes. La primera de ellas – la introducción – resume la naturaleza, el alcance y el significado de “Summorum Pontificum”. Este “Motu Proprio” es, se nos dice, “una ley universal para la Iglesia” que establece unos “criterios esenciales” para el llamado “usus antiquior” del Rito Romano: “Los textos del Misal Romano del papa Pablo VI y del Misal que se remonta a la última edición del papa Juan XXIII, son dos formas de la Liturgia Romana, definidas respectivamente “ordinaria” y “extraordinaria”: son dos usos del único Rito Romano, que se colocan uno al lado del otro. Ambas formas son expresión de la misma “lex orandi” de la Iglesia. Por su uso venerable y antiguo, la “forma extraordinaria” debe ser conservada con el honor debido”.

Se proporciona así, creo yo, una clave para interpretar la ley: Un uso es “ordinario” y otro “extraordinario”, pero “se colocan uno al lado del otro”. Y no solo eso, sino que “la ‘forma extraordinaria’ debe ser conservada con el honor debido”.

Además se dice expresamente que “Summorum Pontificum” no es solo una ley, sino que “constituye una relevante expresión del magisterio del Romano Pontífice” y del oficio que le es propio como supremo moderador de la liturgia y como Pastor de la Iglesia universal.

¿Qué ha pretendido “Summorum Pontificum”? Un triple objetivo: Ofrecer a todos los fieles la liturgia romana en el “usus antiquior”, “garantizar y asegurar realmente el uso de la forma extraordinaria a quienes lo pidan” y favorecer la reconciliación en el seno de la Iglesia.

La segunda parte explicita las tareas de la Pontificia Comisión “Ecclesia Dei”, que tiene “potestad ordinaria vicaria para la materia de su competencia” y que, además, es “superior jerárquico” a la hora de decidir sobre los recursos que legítimamente se le presenten.

La tercera parte da ya “normas específicas” a fin de “garantizar la correcta interpretación y la recta aplicación” del “Motu Proprio”. Señala las competencias de los obispos diocesanos – que, en última instancia, en caso de controversia o duda, quedan sometidas a las de la Comisión “Ecclesia Dei” - ; explica qué se ha de entender por “coetus fidelium” y legisla sobre la hospitalidad litúrgica que se ha se observar en relación con los que pidan, en una iglesia parroquial o en los santuarios o lugares de peregrinación, celebrar según la forma extraordinaria.

En este último punto solo se señala, de modo muy claro, una restricción: “Los fieles que piden la celebración en la ‘forma extraordinaria’ no deben sostener o pertenecer de ninguna manera a grupos que se manifiesten contrarios a la validez o legitimidad de la Santa Misa o de los sacramentos celebrados en la ‘forma ordinaria’ o al Romano Pontífice como Pastor Supremo de la Iglesia universal”.

También se clarifica qué se ha de entender por “sacerdos idoneus”, siguiendo un criterio muy amplio. No falta una recomendación a los ordinarios, en relación con el clero y con los seminaristas: ofrecerles la posibilidad de adquirir una preparación adecuada para las celebraciones en la forma extraordinaria. Es muy probable que esta exhortación pase a convertirse en algo obligatorio, bien por orden del papa o bien por sendas instrucciones de la Congregación para el Clero y de la Congregación para la Educación Católica.

Se dan normas sobre la disciplina litúrgica y eclesiástica acerca del uso de los libros litúrgicos, sobre la Confirmación y el Orden Sagrado – con precisiones muy concretas sobre la posibilidad de usar el “Pontificale Romanum” de 1962 -. Hay, también, una referencia al “Breviarum Romanum”.

Más extraña parece, a primera vista, la legislación sobre el Triduo Pascual, muy favorable a quienes deseen celebrarlo en la forma extraordinaria, hasta el punto de no “excluir la posibilidad de una repetición de las celebraciones del ‘Triduo Pascual’ en la misma iglesia”.

La normativa concluye con permisos referidos a los ritos en las órdenes religiosas y a la utilización del “Pontificale Romanum”, del “Rituale Romanum” y del “Ceremoniale Episcoporum”.

¿Cuál es mi conclusión? Yo destacaría algunas cosas: En “Summorum Pontificum” el papa no solo ha legislado, sino que ha enseñado. La forma “extraordinaria” no ha de ser meramente tolerada – limitándose a responder a las eventuales peticiones de los fieles – sino que “debe ser conservada con el honor debido”. Por otra parte, se incide en que el papa es el Pastor de la Iglesia Universal y que él, personal o vicariamente, decide en caso de duda o de controversia. Asimismo, no cabe poner en cuestión ni la validez ni la legitimidad de la forma “ordinaria” ni tampoco oponerse al Romano Pontífice.

No acabo de entender del todo lo del Triduo Pascual. ¿Repetir en la misma iglesia las celebraciones? Casi preferiría que los fieles se pusiesen de acuerdo y celebrasen juntos, en el único Rito Romano, las principales fiestas de la liturgia. Pero esto no deja de ser una observación personal.

El Papa ha hablado, en el “Motu Proprio” y en la “Carta a los obispos” que acompaña a “Summorum Pontificum”, y la Pontificia Comisión “Ecclesia Dei”, en el ejercicio de su potestad ordinaria vicaria, nos ha aclarado qué ha querido el papa. No cabe más que obedecer, y de buen grado, siguiendo la lógica de la fe.

 

Guillermo Juan Morado.

Universae Ecclesiae: el secretario de Ecclesia Dei explica su significado

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El pasado viernes 13 de mayo, día en que se publicó la Instrucción Universae Ecclesiae, comenzó en Roma el Congreso sobre Summorum Pontificum, durante el cual una de las conferencias estuvo a cargo de Mons. Guido Pozzo, secretario de la Pontificia Comisión Ecclesia Dei, que explicó el significado del nuevo documento. Presentamos nuestra traducción de su intervención.

***

La Constitución litúrgica Sacrosanctum Concilium del concilio Vaticano II afirma que “la Iglesia, en aquello que no afecta a la fe o al bien de toda la comunidad, no pretende imponer, ni siquiera en la Liturgia, una rígida uniformidad” (n. 37). No se les escapa a muchos que actualmente está en juego la fe, por lo que es necesario que las legítimas variedades de formas rituales deban reencontrar la unidad esencial del culto católico. El Papa Benedicto XVI lo recordó seriamente: “En nuestro tiempo, en el que en amplias zonas de la tierra la fe está en peligro de apagarse como una llama que no encuentra ya su alimento, la prioridad que está por encima de todas es hacer presente a Dios en este mundo y abrir a los hombres el acceso a Dios. No a un dios cualquiera, sino al Dios que habló en el Sinaí; al Dios cuyo rostro reconocemos en el amor llevado hasta el extremo (cf. Jn 13,1), en Jesucristo crucificado y resucitado” (Carta a los obispos con ocasión del levantamiento de la excomunión a los cuatro obispos consagrados por el arzobispo Lefebvre, 10 de marzo de 2009).

El beato Juan Pablo II afirmaba a su vez que “la sagrada liturgia expresa y celebra la única fe profesada por todos y, dado que constituye la herencia de toda la Iglesia, no puede ser determinada por las Iglesias locales aisladas de la Iglesia universal” (Encíclica Ecclesia de Eucaristia, n. 51) y que “la liturgia nunca es propiedad privada de alguien, ni del celebrante ni de la comunidad en que se celebran los Misterios” (n. 52). En la constitución litúrgica se afirma además: “el sacrosanto Concilio, ateniéndose fielmente a la tradición, declara que la Santa Madre Iglesia atribuye igual derecho y honor a todos los ritos legítimamente reconocidos y quiere que en el futuro se conserven y fomenten por todos los medios” (n. 4). La estima por las formas rituales es el presupuesto de la obra de revisión que, de tanto en tanto, se vuelve necesaria. Ahora bien, las dos formas, ordinaria y extraordinaria, de la liturgia romana son un ejemplo de recíproco incremento y enriquecimiento. Quien piensa y actúa en forma contraria socava la unidad del rito romano que debe ser fuertemente salvaguardada, no desarrolla una auténtica actividad pastoral ni una correcta renovación litúrgica, sino que priva a los fieles de su patrimonio y de su herencia, a la que tienen derecho.

En continuidad con el magisterio de sus predecesores, Benedicto XVI promulgó en el 2007 el motu proprio Summorum Pontificum, con el cual hizo más accesible para la Iglesia universal la riqueza de la liturgia romana, y ahora dio mandato a la Pontificia Comisión Ecclesia Dei para publicar la instrucción Universae Ecclesiae con el fin de favorecer correctamente su aplicación. En la introducción del documento se afirma: “Con tal motu proprio el Sumo Pontífice Benedicto XVI ha promulgado una ley universal para la Iglesia” (n. 2). Esto significa que no se trata de un indulto, ni de una ley para grupos particulares, sino de una ley para toda la Iglesia, que, dada la materia, es también una “ley especial” que “deroga aquellas medidas legislativas inherentes a los ritos sagrados, promulgadas a partir de 1962, que sean incompatibles con las rúbricas de los libros litúrgicos vigentes en 1962” (n. 28).

Debe ser recordada aquí la regla de oro patrística, de la que depende la comunión católica: “cada Iglesia particular debe concordar con la Iglesia universal, no solo en cuanto a la doctrina de la fe y a los signos sacramentales, sino también respecto a los usos universalmente aceptados de la ininterrumpida tradición apostólica, que deben observarse no solo para evitar errores, sino también para transmitir la integridad de la fe, para que la ley de la oración de la Iglesia corresponda a su ley de fe” (n.3). El célebre principio lex orandi-lex credendi, referido en este número, está en la base de la restauración de la forma extraordinaria: no ha cambiado la doctrina católica de la Misa en el rito romano, porque liturgia y doctrina son inseparables. Puede haber, en una y otra forma del rito romano, acentuaciones, énfasis, expresiones más marcadas de algunos aspectos respecto a otros, pero esto no afecta la unidad sustancial de la liturgia.

La liturgia ha sido y es, en la disciplina de la Iglesia, materia reservada al Papa, mientras que los ordinarios y las conferencias episcopales tienen algunas competencias delegadas, especificadas en el derecho canónico. Además, la instrucción reafirma que hay ahora “dos formas de la Liturgia Romana, definidas respectivamente ordinaria y extraordinaria: son dos usos del único Rito romano (…) Ambas formas son expresión de la misma lex orandi de la Iglesia. Por su uso venerable y antiguo, la forma extraordinaria debe conservarse con el honor debido” (n. 6). El número siguiente refiere un pasaje clave de la carta del Santo Padre a los obispos, que acompaña el motu proprio: “No hay ninguna contradicción entre una y otra edición del Missale Romanum. En la historia de la Liturgia hay crecimiento y progreso pero ninguna ruptura. Lo que para las generaciones anteriores era sagrado, también para nosotros permanece sagrado y grande y no puede ser  improvisamente totalmente prohibido o incluso perjudicial” (n. 7).

La instrucción, en línea con el motu proprio, no concierne sólo a cuantos desean continuar celebrando la Misa del mismo modo en que la Iglesia lo ha hecho sustancialmente desde hace siglos; el Papa quiere ayudar a todos los católicos a vivir la verdad de la liturgia para que, conociendo y participando en la antigua forma romana de celebración, comprendan que la constitución Sacrosanctum Concilium quería reformar la liturgia en continuidad con la tradición.

 

Fuente: Il blog degli amici di Papa Ratzinger

Traducción: La Buhardilla de Jerónimo