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lunes, 30 de mayo de 2011

Triduo de las Rogativas antes de la Ascensión

 

La fiesta de la Ascensión desde muy antiguo se inscribe entre dos momentos fuertes de oración en la Iglesia. Es precedida por los tres días de las Rogativas. En las Rogativas, la Iglesia, invocando a los Santos, realiza una procesión, canta y súplica. Esa procesión, las rogativas, es una imagen de nuestra vida, de nuestro caminar. Las rogativas se celebraban frecuentemente saliendo de la Iglesia hacia los campos, los sembrados, para bendecirlos con el rocío de la oración.

Ese caminar orante nos quiere decir que estamos aquí en la tierra como peregrinos y forasteros, esa bendición de nuestras semillas y cultivos, de nuestros trabajos, de los surcos regados por lágrimas y sudores, nos están hablando que caminamos hacia el Cielo, hacia Jesús, trabajando y sirviendo, inclinándonos como Él para sembrar en el amor humilde y confiado. Pero esa siembra, ese servicio, ese caminar que es nuestra vida, no tendría sentido si no está regado y bendecido por el rocío y la llovizna de su bendición que hace crecer y da la verdadera fecundidad. Ya que separados de Él no podemos hacer nada.[1]

Las Rogativas quieren depositar en el Corazón humano de Jesús- que sabe de sembrados, de sudores y trabajos- nuestras pequeñas esperanzas, para que en su vuelo glorioso Él las lleve al Padre y con ellas pueda llevar también nuestras vidas. La procesión de las Rogativas nos habla de que estamos caminando hacia el Cielo pero que, en cierta manera, en Jesús ya hemos llegado al Puerto.

Es verdad que en las grandes ciudades ya no se celebran las rogativas pero: ¿no podríamos rezarlas siquiera caminando simbólicamente en nuestros Templos? ¿Acaso hoy más que nunca no estamos necesitados de que Él bendiga nuestros esfuerzos a veces tan vacíos e inútiles, nuestros corazones tan infecundos?

El otro momento fuerte de oración entre la que se inscribe la fiesta de la Ascensión es la novena de Pentecostés. Con María y los Apóstoles queremos sumergirnos en el Cenáculo para implorar al Paráclito, al Espíritu Creador, al Dulce Huésped de nuestras almas. Al Fuego, al Viento que vivifica, a las Lenguas que nos queman y abrasan en sus Dones y Carismas. La Iglesia, recuerda constantemente nuestro amado Papa Benedicto, nace de la Oración. Un nuevo Pentecostés de la Iglesia sólo puede nacer si ensanchamos el corazón en la súplica humilde, confiada e insistente: ¡Ven, Espíritu de Amor, ven por María!

La solemnidad de la Ascensión se asemeja al momento de la liturgia en donde, antes de cantar con los Ángeles y Santos, al Dios tres veces Santo, el sacerdote proclama:¡Arriba los corazones! ¡Sursum corda!  Es la anáfora, el llevar hacia arriba en Jesús, todas nuestras vidas, es hacernos ofrenda en Él.

Mientras que la solemnidad de Pentecostés es la epíclesis de las epíclesis.  Epíclesis quiere decir: “Llamar sobre…” Llamamos al Santo Espíritu Creador para que haga suyos y transforme los dones que en nuestra pobreza le ofrecemos. El Espíritu quiere transformarnos en Jesús, quiere darnos nuevamente su Presencia, quiere que Jesús viva no ya junto a nosotros, como en su vida terrena, sino que Jesucristo viva “en nosotros”.[2]

Elevando el corazón en las rogativas y en la novena de Pentecostés no dejemos de pedir que nuestra pequeñez humana pueda encontrar más y más espacio en la Vida de Dios Amor. No dejemos de pedir, ofreciendo toda la Vida del Señor Jesús desde Belén hasta la Ascensión, un nuevo Pentecostés para la Iglesia y nuestros corazones.

 

P. Marco Antonio Foschiatti op.

[1] Jn 15, 5

[2] “Tras la Ascensión, la presencia de Cristo cambia de forma, se interioriza. Ya no está ante sus discípulos, frente a ellos, sino dentro: está presente en toda manifestación del Espíritu como lo está en la Eucaristía”. Eudokimov Pavel, Teología de la Belleza.

Derrumbe masivo de la cultura cristiana

afirma Mons. Bruges en una conferencia en la UCA

Del Diario La Nacion del Viernes 27.V.2011.

 


"En los países occidentales, los índices francamente negativos parecerían confirmar el debilitamiento del cristianismo, incluso su posible extinción." La frase del cardenal francés Jean-Louis Bruguès sorprendió al auditorio en la Universidad Católica Argentina, que fue a escuchar la disertación del secretario general de la Congregación para la Educación Católica de la Santa Sede.
En su exposición sobre "El futuro del cristianismo", el cardenal Jean-Louis Bruguès no dejó lugar a dudas sobre el panorama: "La cultura cristiana se ha derrumbado masivamente; no sólo en la mentalidad social, sino incluso en el mismo espíritu de los creyentes".
Bruguès es uno de los cardenales franceses con mayor influencia en el Vaticano y en su país fue nombrado Caballero de la Orden de la Legión de Honor.
En su presentación en Buenos Aires admitió la existencia, dentro de la Iglesia Católica, de una "yuxtaposición" entre una corriente que invita a los católicos a adaptarse a la sociedad sin Dios y otra que, por el contrario, acepta ser una minoría que es "signo de contradicción".
"Es el enfermo el que le pregunta a su médico: «Doctor, dígame la verdad: ¿cuánto tiempo me queda?», dijo el cardenal Bruguès a poco de comenzar la conferencia. Y continuó: "¿El cristianismo habrá enfermado a fuerza de tanto pesimismo?".
Miembro de la Orden de Predicadores, de los dominicos, además de conducir el área de la educación católica de toda la Iglesia, Bruguès es consultor de la Congregación para la Doctrina de la Fe y fue miembro del Comité Nacional Consultivo de Etica de la República de Francia.
Ante más de 300 personas que asistieron a la disertación en Puerto Madero, no obstante la tormenta desatada en la ciudad de Buenos Aires el martes por la tarde, Bruguès afirmó que en los países occidentales los índices "francamente negativos" parecerían "confirmar el debilitamiento del cristianismo, incluso su posible extinción".
Se refirió a un descenso de la práctica dominical del 90% de la población de Angers, de donde fue obispo, al 10% en el término de tres décadas y a la disminución global de la cantidad de bautismos, matrimonios, vocaciones sacerdotales y religiosas, y al envejecimiento de la población católica practicante.
En perfecto castellano, el cardenal señaló también: "En los países de tradición católica, como España, Francia, Bélgica, Quebec o Irlanda, se está desarrollando una cultura de la burla y del menosprecio en relación con el cristianismo".
Y hasta se preguntó: "¿No sería necesario que la ley actualmente sancionase también las manifestaciones cristianófobas, de la misma manera que ya condena el antisemitismo o la islamofobia?".
Propuso al auditorio soñar con que las religiones "puedan sacar a la luz los valores que les sean comunes" y en un nuevo pacto social entre las naciones y sus comunidades, si lo primero no funcionase.
Al describir el proceso de secularización vivido a nivel mundial, citó al ex primer ministro de Reino Unido Tony Blair, a quien seguramente se recordará, según dijo, como "uno de los grandes primeros ministros británicos de la época moderna". Leyó varias afirmaciones de Blair, convertido al catolicismo poco después de dejar su cargo, en las que identifica "la causa del malestar cristiano actual en el confinamiento de la religión al área privada, que resulta de una concepción heredada de la Ilustración".
Se valió también del filósofo alemán Jürgen Habermas para decir que los sociólogos hoy se dividen entre los que observan "el fin de la teoría de la secularización" y los que ven un "renacimiento de la religión" sobre todo en los países que han recibido mayor inmigración de población musulmana.
Al presentar al cardenal dominico, el rector de la UCA, padre Víctor Manuel Fernández, dijo que éste es "un momento histórico que parece ser una bisagra muy singular". Y admitió: "Vivimos un tiempo de tensiones".
Pujas internas
Bruguès también habló de "tensiones existentes en diversas iglesias de distintos continentes [que] se explicarían [si se reconoce que] existe en la Iglesia europea, pero también dentro de las iglesias americanas del Norte como del Sur, una línea de división, pudiera ser incluso de ruptura, ciertamente variable de un país a otro", entre una "corriente de compromiso" y otra "corriente de contradicción" cuyos riesgos son la disolución y el repliegue, respectivamente.
Para ejemplificar, Bruguès planteó que universidades, escuelas, seminarios y casas religiosas católicas "se distribuyen según esta línea divisoria" dentro de la Iglesia.
La primera corriente propone una cooperación con la sociedad secularizada a partir de valores como igualdad, libertad, solidaridad, responsabilidad y reclama la apertura al mundo. Es la que, recordó, "alimentó la matriz ideológica de las interpretaciones que se han impuesto" en los 60 y 70 y ahora "ha envejecido, pero sus partidarios todavía detentan puestos clave en la Iglesia".
La otra corriente, surgida en los 80, proclama que las diferencias con la sociedad civil se hacen cada vez más notables sobre todo en cuanto a la ética (aborto, eutanasia, matrimonio homosexual, consumismo) y "acepta jugar el papel de una minoría contestadora", afirmando que "la Iglesia debe volver a ser un signo de contradicción". En los últimos años, según dijo, esta corriente "se reforzó considerablemente, aunque aún no es dominante".
A partir de ese diagnóstico, Bruguès señala que desde hace casi 20 años la Iglesia eligió la cultura, "la voz de la inteligencia" como campo privilegiado de expresión pública. Por eso, afirmó: "Ahora, la Iglesia propone al mundo rehabilitar la razón", y que su "tarea es volver a enseñar a nuestras sociedades a creer en su propio futuro".