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viernes, 10 de junio de 2011

Exposición Dogmática, Histórica y Litúrgica sobre Pentecostés

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Exposición dogmática:

Pascua y Pentecostés, con los 50 días intermedios, se consideraban como una sola fiesta continuada a que llamaban Cincuentenario. La Palabra Pentecostés, tomada de la lengua griega, significa 50. Primero se celebraba el triunfo de Cristo; luego su entrada en la gloria, y por fin, el día 50, el aniversario del nacimiento de la Iglesia. La Resurrección, la Ascensión y Pentecostés, pertenecen al misterio pascual. “Pascua ha sido el comienzo de la gracia, Pentecostés su coronación” dice San Agustín, pues en ella consuma el Espíritu Santo la obra por Cristo realizada. La Ascensión, puesta en el centro del tríptico pascual, sirve de lazo de unión a esas otras dos fiestas. Cristo, por virtud de su Resurrección, nos ha devuelto el derecho a la vida divina, y en Pentecostés nos lo aplica, comunicándonos el “Espíritu vivificador”. Mas para eso debe tomar primero posesión del reino que se ha conquistado: “El Espíritu Santo no había sido dado porque Jesús aún no había sido glorificado”

Y en efecto, la Ascensión del Salvador es el reconocimiento oficial de sus títulos de victoria, y constituye para su humanidad como la coronación de toda su obra redentora, y para la Iglesia el principio de su existencia y de su santidad. “La Ascensión, escribe Dom Guéranguer, es el intermedio entre Pascua y Pentecostés. Por una parte consuma la Pascua, colocando al hombre-Dios vencedor de la muerte y jefe de sus fieles a la diestra del Padre; y por otra, determina la misión del Espíritu Santo a la tierra”. “Nuestro hermoso misterio de la Ascensión es como el deslinde de los dos reinos dividido acá abajo; del reino visible del Hijo de Dios y del reino visible del Espíritu Santo.”

Jesús dijo a sus Apóstoles: “Si Yo no me voy, el Paráclito no vendrá a vosotros; mas si me voy, Yo os le enviaré.” El Verbo encarnado ha concluído ya su misión entre los hombres, y ahora va a inaugurar la suya el Espíritu Santo; porque Dios Padre no nos ha enviado solamente a su Hijo encarnado para reducirnos a su amistad, sino que también  ha enviado al Espíritu anto, que procede del Padre y del Hijo, y que apareció en este mundo bajo los signos visibles de lenguas de fuego y de un impetuoso viento. Vino al mundo para obrar nuestra santificación.

“El Padre, dice San Atanasio, lo hace todo por el Verbo en el Espíritu Santo”; y por eso, cuando el poder de Dios Padre se nos manifestó en la creación del mundo, leemos en el Génesis que el Espíritu de Dios se movía sobre las aguas, para prestarlas fecundidad (Bendición de la pila).

Toda la obra de la salvación, y la santificación de las almas, se opera por la virtud del Espíritu Santo. Él fue asimismo quien habló por boca de los Profetas, y su virtud cubrió con su sombra a la Virgen María, para hacerla Madre de Jesús. Él es, por fin, el que en figura de paloma bajó sobre Cristo al ser bautizado; Él quien le condujo al desierto y le guió en toda su vida de apostolado.

Pero sobre todo ese Espíritu de santidad inaugura el imperio que en las almas va a ejercer el día de Pentecostés, al llenar a los Apóstoles de fortaleza y de luces sobrenaturales. “En este Espíritu es bautizada la Iglesia en el Cenáculo, y su soplo vivificador viene a dar vida al cuerpo místico de Cristo, organizado por Jesús después de su Resurrección. Por eso había dicho el Salvador a sus discípulos al soplar sobre ellos: “Recibid el Espíritu Santo.”

Y esto mismo siguen haciendo los sacerdotes cuando administran el Bautismo.

Este aniversario de la promulgación de la Ley mosaica sobre el Sinaí venía a ser también para los cristianos el aniversario de la institución de la Ley nueva, en que se nos da “no ya el espíritu de siervos, sino el de hijos adoptivos, el cual nos permite llamar a Dios Padre nuestro“.

Pentecostés celebra no sólo el advenimiento del Espíritu Santo, sino también la entrada de la Iglesia en el mundo divino, porque como dice San Pablo, “por Cristo tenemos entrada en el Espíritu para el Padre”.

Esta festividad nos recuerda nuestra divinización en el Espíritu Santo. Así como la vida corporal proviene de la unión del cuerpo con el alma, así la vida del alma resulta de la unión del alma con el Espíritu de Dios por la gracia santificante” (San Ireneo y Clem. Alejandrino). ” El hombre recibe la gracia por el Espíritu Santo”, escribe Santo Tomás.

La gracia es la sobrenaturalización de todo nuestro ser y “cierta participación de la divinidad en la criatura racional” “Cristo se difunde en el alma por el Espíritu Santo”, el cual tiene por misión consumar la formación de los Apóstoles y de la Iglesia. “Él os enseñará todas las cosas y os recordará todo cuanto Yo os llevo dicho”.

De Él dimanará esa maravillosa fuerza doctrinal y mística, que en todos los siglos se echa de ver,  y que estaba personificada en el Cenáculo por Pedro y por María.

El Espíritu Santo que inspiró a los Sagrados Escritores, garantiza también al Papa y a los Obispos agrupados en torno suyo el carisma de la infabilidad doctrinal, mediante el cual podrá la Iglesia docente continuar la misión de Jesús, y Él es quien presta eficacia a los Sacramentos por Cristo instituídos.

El Espíritu Santo suscita también fuera da la jerarquía almas fieles, que, como la Virgen María, se prestan con docilidad a su acción santificadora. Y esa santidad, triunfo del amor divino en los corazones, se atribuye precisamente a la tercera persona de la Santísima Trinidad, que es el amor personal del Padre y del Hijo.

La voluntad, en efecto , es santa cuando sólo quiere el bien; de ahí que el Espíritu, que procede eternamente de la divina voluntad identificada con el bien, sea llamado Santo. Fundiendo nuestro querer con el de Dios, nos va poco a poco haciendo Santos.

Por eso el Credo, después de hablar del Espíritu Santo, menciona a la Iglesia santa, la Comunión de los Santos y la Resurrección de la carne que es fruto de la Santidad y su manifestación en nuestros cuerpos  y, por fin, la vida eterna, o sea, la plenitud de la santidad en nuestras almas.

El torrente de vida divina invade como nunca nuestros corazones en estas fiestas de Pentecostés, que nos recuerdan la toma de posesión de la Iglesia por el Espíritu Santo,  y que cada año van estableciendo de un modo más cumplido el reino de Dios de nuestras almas.

 

Exposición histórica:

Jesús, antes de subir a los cielos, había encargado a sus Apóstoles no se alejasen de Jerusalén, sino que esperasen allí la promesa del Padre, o sea, la efusión de Espíritu Santo.

De ahí que al volver los 120 discípulos del monte de los Olivos, “recluídos en el Cenáculo, perseveraron todos juntos en oración con las mujeres y María la Madre de Jesús”.

Después de esta novena, la más solemne de todas, tuvo lugar el suceso milagroso que coincidió por especial providencia el día mismo de la Pentecostés Judía, para la cual hallábanse reunidos millares de judios nacionales y extranjeros que afluían a celebrar “ese día muy grande y santísimo” (Lev. 23, 21), aniversario de la  promulgación de la Ley sobre el Sinaí; por donde muchos de ellos fueron testigos de la bajada del Espíritu Santo.

Eran como las nueve de la mañana, cuando “de repente sobrevino un estruendo del cielo como de un recio vendaval. Y se les aparecieron lenguas repartidas somo de fuego que reposaron sobre cada uno de ellos. Y viéronse todos llenos del Espíritu Santo, comenzando a hablar en otras lenguas, e impulsos del Espíritu Santo”.

“Revestida así la Iglesia por la virtud de lo alto”, comienza ya en Jerusalén la empresa de evagelización que Jesús le encomendara. Pedro, cabeza del Apostolado, empieza por hablar a la multitud y, covertido ya en “pescador de hombres”, la primera vez que echa las redes da casi tres mil neófitos a la Iglesia naciente.

Esas lenguas de fuego simbolizan la ley del amor, que será propagada por el don de lenguas, y que, al encender los corazones, los alumbrará y purificará.

Los días que siguieron, reúnense los Doce Apóstoles en el Templo, en el pórtico de Salomón, y, a imitación del divino Maestro, predican el Evangelio y sanan enfermos, “creciendo pronto el número de varones y mujeres que creyeron en el Señor”. Luego, desparramándose los Apóstoles por Judea, anunciaron a Cristo y llevaron el Espíritu Santo a los Samaritanos y en seguida a los Gentiles”.

 

Exposición litúrgica:

El día cincuenta después de bajar el Ángel Exterminador y del paso del Mar Rojo, acampaba el pueblo Hebreo a la falda del Sinaí, y Dios le daba solemnemente su Ley. Por donde las fiestas de Pascua y de Pentecostés, que recuerdan ese doble acontecimiento, eran las más importantes de todo el año.

Seiscientos años después se señalaba la fiesta Pascual por la Muerte y la Resurrección de Cristo y la de Pentecostés por la venida del Espíritu Santo sobre los Apóstoles.

Entrambas pasaron a ser cristianas siendo las más antiguas de todo el Ciclo litúrgico, que a ellas debe su origen. Se las llama Pascua blanca y Pascua roja.

Pentecostés es la fiesta más grande del año después de Resurrección. De ahí que tenga vigilia y octava privilegiada. En ella se leen los Actos de los Apóstoles, porque es la época de la fundación de la Iglesia que en ella vemos historiada.

En la misa del día de Pentecostés y en la de su Octava, la Antigua Ley y la Nueva, las Escrituras y la Tradición, los Profetas, los Apóstoles y los Padres de la Iglesia hacen eco a la palabra del Maestro en el Evangelio. Todas esas partes se vienen a juntar como se  juntan las piedrecitas de un vistoso mosico, presentando ante los ojos del alma un bellísimo cuadro, que sintetiza la acción del Espíritu Santo en el mundo a través del los siglos.

Y para poner todavía más de resalto esta obra primorosa, la liturgia la encuadra en medio del aparato externo de sus sagradas ceremonias y simbólicos ritos.

Al sacerdote se le ve revestido de ornamentos encarnados, que nos recuerdan las lenguas de fuego y simbolizan el testimonio de la sangre qeu se habrá de dar al Evangelio, por la virtud del Espíritu Santo.

Antiguamente, en ciertas iglesias se hacía caer de lo alto de la bóveda una lluvia de flores, mientras se cantaba el Veni Sancte Spiritus, y hasta se soltaba una paloma, que revoloteaba por encima de los fieles. De ahí el nombre típico de Pascua de las rosas, dado en el siglo XIII a Pentecostés. A veces también, para añadir  todavía otro rasgo más de imitación escénica, se tocaba la trompeta durante la Secuencia, recordando la trompeta del Sinaí, o bien el gran ruído en medio del cual bajó el Espíritu Santo sobre los Apóstoles.

El cristiano respira ese ambiente especial que caracteriza al Tiempo de Pentecostés y recibe una nueva efusión del Espíritu divino. Y para que nada le distraiga del pensamiento de este misterio, la liturgia lo sigue celebrando durante ocho días, excluyendo en ellos toda otra fiesta.

La intención bien definida de la Iglesia  es que en estos días leamos y meditemos en cosas relacionadas con el misterio de Pentecostés, empleando para nuestra piedad individual las fórmulas litúrgicas.

¿Qué más hermosa preparación a la Comunión, que mejor acción de gracias podrá darse que la del atento rezo de la Secuencia de Pentecostés? Es también tiempo muy a propósito para leer los Hechos de los Apóstoles.

El tiempo Pascual que había empezado el Sábado Santo, expira con la Hora Nona del Sábado después de Pentecostés.

 

Misal Diario por DOM  Gaspar Lefebvre.  Traducción y adaptación Germán Prado

Homilía de Mons. Marino (nuevo Obispo de Mar del Plata) en su despedida del Seminario San José de La Plata.

MI ESPÍRITU SE ESTREMECE DE GOZO EN DIOS, MI SALVADOR

Mons Antonio Marino

 

El canto de la Santísima Virgen María que acabamos de escuchar, surge de lo más profundo de su corazón, en respuesta a las inusuales palabras de bienvenida y alabanza que le dirige su pariente Isabel. Ésta, en efecto, luego de recibir el saludo de María, siente que el niño que lleva en su seno salta de alegría, y entonces “llena del Espíritu Santo” (Lc 1, 41) la proclama “bendita entre todas las mujeres” a causa del “fruto de su vientre” (Lc 1, 42) y “feliz” a causa de su fe (Lc 1, 45).

Entre las muchas resonancias que despiertan el relato de la Visitación y el poema de acción de gracias de la Virgen, sólo elijo algunas para facilitar nuestra contemplación y mover nuestra devoción.

Las palabras de Isabel al saludar a María y varios detalles de la narración guardan notable semejanza con la escena que encontramos en el Segundo Libro de Samuel, donde se habla de la traslación del Arca de la Alianza desde Hebrón hasta Jerusalén, ciudad que bajo David, reconocido como rey por las doce tribus, será la capital del reino unido.

Tanto el Arca como María se trasladan a la región montañosa de Judá (2Sam 6, 2; Lc 1, 39).  “¿Cómo va a entrar en mi casa el Arca del Señor?” (2Sam 6, 9) exclamaba David. “¿Quién soy yo para que la madre de mi Señor venga a visitarme?” (Lc 1, 43) se pregunta Isabel. David saltaba de alegría en presencia del Arca (Lc 6, 14); aquí, ante la “Madre del Señor” (cf. Lc 1, 43) salta de alegría el niño oculto en el seno de Isabel. Puesto que David se juzgaba indigno y temeroso de recibir en su tienda el Arca del Señor, ésta se hospedó en la tienda de su lugarteniente Obededóm, donde permaneció tres meses y su casa se llenó de bendiciones (2Sam 6, 9-12). Y “María permaneció con Isabel unos tres meses” (Lc 1, 56).

Saludemos, por tanto, en María al “Arca de la Alianza”, como con admirable acierto e intuición la invocan las Letanías lauretanas. Su seno, en efecto, se ha convertido en un arca o un templo donde habita el que es la “alianza del pueblo”, aquél con cuya sangre se habría de sellar la “nueva alianza”. Desde su consentimiento a la voluntad divina en la Anunciación, se ha convertido en un sagrario viviente. Ella es la “Madre de mi Señor” (Lc 1, 43). Exultemos también nosotros con el gozo de María y de Isabel y sintamos que, aquella que es bien pobre y procede del pueblo más llano, viene a visitarnos con su única riqueza: su Hijo Jesús, el Salvador de los hombres.

Ella es figura de la Iglesia de todos los tiempos, peregrina en la historia, llevando a Cristo, y con él, al que es causa de la verdadera alegría, camino seguro de la salvación. Con ella se inicia el gran camino del que habla siempre San Lucas en su Evangelio y en el libro de los Hechos de los Apóstoles. El Hijo del Altísimo comienza su viaje desde el cielo hacia la tierra. Desde Nazaret hacia Belén y luego Jerusalén. Y desde Jerusalén el viaje es continuado por la Iglesia hacia Judea, Samaría y hasta los confines de la tierra (Hch 1, 8).

El camino de la Iglesia, lo mismo que el de María, se hace siempre “sin demora” (Lc 1, 39), con prontitud, superando las pruebas con la agilidad que dan la fe y el amor, acortando las distancias con el aliento de la esperanza, saltando por encima de las dificultades con la fuerza expansiva y contagiosa que viene de lo alto por el don del Espíritu Santo.

La Virgen preñada del Hijo del Altísimo, instruida por el ángel de la Anunciación, saludada por Isabel que se sintió llena del gozo del Espíritu Santo, entonará también ella su canto de alabanza bajo la moción del mismo Espíritu que la volvió virgen fecunda.  En el Magnificat se resume la historia de la salvación, que es la historia del amor misericordioso de Dios hacia su pueblo. Ella canta la misericordia de Dios que “se extiende de generación en generación sobre aquellos que le temen” (Lc 1, 50) y afirma que “socorrió a Israel, su servidor, acordándose de su misericordia” (Lc 1, 54).

También en esto se anticipa a la Iglesia naciente, que se prolonga en la Iglesia de hoy y en la de mañana hasta el fin de la historia. Es, en efecto, oficio de la Iglesia esposa la correspondencia a la gracia inmerecida con el desborde de nuestra acción de gracias. Como decía el apóstol San Pablo en su Carta a los Efesios: “Cuando se reúnan, reciten salmos, himnos y cantos espirituales, cantando y celebrando al Señor de todo corazón” (Ef 5, 19). Vivimos haciendo memoria de los beneficios del amor misericordioso de Dios. No otra cosa es nuestra Eucaristía cotidiana.

No intento ahora dar cuenta de la riqueza desbordante de este canto sencillo y sublime. Sus palabras despiertan en cada oyente, iluminado por una fe que busca su perfección en el amor, ecos propios según la fineza receptiva de su alma.

Hoy este poema me brinda las mejores palabras posibles para agradecer con todas mis fuerzas al Dios de las misericordias por el don inmerecido del episcopado. Hace ocho años, en la catedral de esta querida arquidiócesis, descendía el Espíritu del Señor para marcarme nuevamente con su sello llevando a plenitud la gracia del sacerdocio y del orden sagrado.

En vísperas de partir para una nueva misión, como obispo diocesano de Mar del Plata, siento la necesidad de dar gracias por el camino recorrido, donde siempre he podido comprobar que el Señor hace “grandes cosas”, normalmente en el silencio y en lo oculto de los corazones, para luego culminar en la discreción de los gestos.

Junto a Mons. Aguer he compartido este camino y quiero agradecerle lo aprendido en este oficio. Ya he tenido oportunidad de expresarme sobre mi trayectoria arquidiocesana. Deseo ahora detenerme en este Seminario “San José”. Fue mi domicilio y procuré ser sólo huésped. Pero Dios tenía otros planes y también el arzobispo.

La necesidad y la obediencia me llevaron a una activa colaboración institucional, siempre en el respeto de los roles de los dos rectores que he conocido. Aprovecho aquí para expresar mi agradecimiento a Mons. Fernando Cavaller y al P. Gabriel Delgado por la cordialidad de sus atenciones para conmigo. Tanto el Rector como los superiores me han honrado con sus gestos, sus consultas y sus confidencias. Ellos han estado siempre en mi oración.

Las clases me dieron la ocasión de trasmitir mis convicciones acerca de la importancia decisiva de la formación intelectual en orden a alcanzar una sólida espiritualidad sacerdotal y fundar la pastoral sobre bases firmes y objetivas.

La escucha atenta de seminaristas de muy diversa procedencia ocuparon una parte muy significativa de mi tiempo. Sabe Dios la sinceridad y perseverancia de mi oración por todos ellos. Los seminaristas en su conjunto, sin distingos, estuvieron siempre en mi oración, consciente de que aquí se juega en gran medida el futuro de la Iglesia.

Cada día jueves presidía la Eucaristía procurando dar a entender que ella ocupa el centro de la vida de la Iglesia, de su espiritualidad y de su pastoral. Mi predicación en la Misa comunitaria, ha intentado iniciar a los seminaristas en el amor a la Palabra de Dios y en la necesaria conexión de la Escritura con la Tradición viviente de la Iglesia y con el sacramento eucarístico, conforme a la enseñanza de San Ireneo: “Para nosotros, la creencia concuerda con la Eucaristía, y la Eucaristía, a su vez, confirma la creencia” (A.H. libro IV, c.18, 4-5).

Pero mi comunidad eucarística más habitual era el pequeño grupo de Hermanas de la Inmaculada, cuyo elemento más estable ha sido la Hermana Margarita. Su amor al Seminario, y a los seminaristas en particular, es cosa de evidencia inmediata. Un alma muy simple, una vida de oración, una existencia entregada al amor de Cristo y de la Iglesia en lo oculto de su propio taller de Nazaret.

Hago mención de los tres Padres que son casi sinónimo de esta casa: Mons. Ponferrada, Mons. Ciliberto y Mons. Levoratti. Ejemplo de fidelidad, de competencia científica, de vida laboriosa y entregada a su vocación eclesial. Merecedores de todo elogio y respeto.

Menciono aparte a un gran amigo, un verdadero sabio, Mons. Miguel Barriola, quien desde hace unos años enriquece el Seminario y lo prestigia. La amistad con él, antigua y renovada, es verdadera comunión de cosas divinas y humanas.

En forma genérica menciono a todos los que conforman la comunidad del Seminario, los profesores –a quienes agradezco su presencia–, los directores espirituales, los empleados, los amigos del Seminario que con tanto desinterés nos han ayudado. Como en un cuerpo, cada miembro tiene una función insustituible y a cada uno agradezco los numerosos servicios prestados a mi persona y a esta institución.

No será posible para mí olvidar este paso. Lo vivido fue intenso y por todo doy gracias. Por mis errores u omisiones pido perdón. Por lo sembrado me llevo una esperanza.

A la caridad de ustedes encomiendo el próximo tramo de mi camino, más comprometido, por cierto, y por eso más necesitado del socorro oportuno de la oración de la Iglesia.

Con las palabras de la Virgen deseo cerrar mi homilía: “Engrandece mi alma al Señor y mi espíritu se alegra en Dios mi Salvador”.

 

Mons. Antonio Marino, obispo electo de Mar del Plata