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martes, 16 de agosto de 2011

LA VIDA DE LA PATRIA

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¿Puede morir la patria como mueren los hombres,

en la noche de un día, en la siesta de un alba;

puede finar enferma, con las vísceras rotas

y el crujir de sus huesos partidos a mansalva?

¿Puede morir la patria decrépita, sin pulso,

el semblante sin rasgos de su estampa primera,

puede marcharse a grupas de aflicciones y llagas

como en un redomón que cruzó la tranquera?

¿Se nos ha muerto acaso de previsibles males

—por funeral apenas el cimbrar de un laúd—

o acabó fusilada con la venda en los ojos

en un lampo de sangre por los pagos del sud?

No sabré si es respuesta ver la piedra del Ande,

los viñedos, las dunas, el jarillal nevado,

las tejas y los talas compitiendo en la altura,

la calandria en su horqueta de pasto arrebolado.

No sabré si es respuesta tampoco aquel jinete,

domador del rocío sin buscar recompensa,

las millares de voces que aún cantan nuestras marchas,

esa ochava en San Telmo, por la calle Defensa.

Nunca sabré siquiera si es respuesta el acervo

de frailes y de fieles desgranando latines,

los libros que escribimos, la palabra empeñada,

las familias nutridas de cunas y maitines.

Nada sé si es respuesta, pero sé que estas cosas

están vivas, subsisten, residen, permanecen;

y estas cosas son patria, son la patria de siempre,

empeñada en quedarse cuando todos fenecen.

Son ónticas presencias que vencen el derrumbe,

son materia y son forma de argentinas aldeas,

el tiempo y el espacio del pequeño rebaño

mientras lleguen los cielos junto a las tierras nuevas.

La Ciudad será salva si algún justo la habita,

si el Ángel que la abraza no rinde su ballesta,

o un abril imprevisto nos cubra de banderas

la semántica antigua de la palabra gesta.

Pero si ha muerto y dicen, de muerte irreversible,

en la conjura roja del odio y la vesania,

te pedimos Dios Nuestro que nos la resucites

como hiciste hace siglos, una tarde, en Betania.

 

Antonio Caponnetto

Sermón del Cardenal Newman: Los riesgos de la Fe

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“Ellos le dicen: podemos”

(Mt 20, 22)

Estas palabras de los apóstoles Santiago y Juan son la respuesta a una

solemne pregunta que les dirige su divino Maestro. Con una noble ambición, no

contrastada con la Altísima sabiduría e ignorante aún de la más santa Verdad,

deseaban sentarse junto a Él en su trono de gloria. Sólo quedarían satisfechos con

el logro de aquel don singular que Él había venido a conceder a sus elegidos, por

cuya adquisición iba a morir poco después y que también nos ofrece a nosotros.

Le piden el don de la vida eterna y en respuesta no les dice que van a

poseerlo – aunque estaba reservado para ellos – sino que les recuerda lo que

deben arriesgar para lograrlo. “Podéis beber el cáliz que yo he de beber, y ser

bautizados con el bautismo con el que seré bautizado? Sí, podemos (Mc 10, 38-

39). Se nos enseña aquí la gran lección de que nuestro deber de cristianos consiste

en asumir riesgos por la vida eterna, como si no tuviéramos una certeza absoluta

acerca del éxito.

Sólo obtendrán el éxito y el premio eternos quienes perseveren hasta el fin.

El Señor ha empeñado Su palabra y no podemos dudar de que los siervos de

Cristo verán recompensados con creces en el último día los riesgos que asuman

por Dios, ya que Él devuelve sin falta mucho más de lo que le damos.

Pero quiero referirme ahora a las personas en particular, es decir, a cada

uno de nosotros. Nadie sabe con certeza si perseverará y, sin embargo, todos

tenemos que arriesgarnos si queremos tener alguna oportunidad de éxito.

Es muy cierto, por lo tanto, que todos hemos de aceptar riesgos por el cielo,

a pesar de no tener certeza sobre el resultado. Esto es lo que significa la palabra

riesgo, porque si un riesgo no implica nada de temor o peligro, expectación o

incertidumbre es un riesgo ficticio. En esto consiste la excelencia y la nobleza de

la fe. La razón primera por la que la fe destaca entre los demás dones y es tenida

por medio especial de justificación es precisamente que su presencia supone en

nosotros el valor de asumir un riesgo.

San Pablo lo dice en el capítulo 11 de la Epístola a los Hebreos, que

comienza con una definición de la fe, y describe después algunos ejemplos, como

si quisiera evitar todo posible malentendido. Después de citar la frase “el justo

vivirá por la fe” (Ha 2, 4), para indicar que está hablando de lo mismo que

entiende en su epístola a los Romanos por la fe justificante, continúa: “Fe es la

sustancia – es decir, la percepción – de las cosas que se esperan, la evidencia – es

decir, el fundamento de la prueba – de lo que no se ve” (Hb 11,1).

Pertenece a su esencia misma hacer presente lo invisible, actuar sobre su

mera posibilidad como si realmente ya se poseyera, arriesgarse por ello y poner

en juego por ese futuro la comodidad presente, el bienestar y otros bienes

semejantes. Por eso dice con gran sentido el Apóstol en otra epístola: “Si

solamente para esta vida tenemos puesta nuestra esperanza en Cristo, somos los

más desgraciados de los hombres” (1 Co 15, 19). Si los muertos no resucitan,

hemos cometido un solemne error de cálculo en la elección del modo de vivir y

estamos completamente equivocados.

Esta doctrina nos interesa y afecta vivamente a todos. Lo hace ver san Pablo

en su epístola a los Hebreos con el ejemplo de los antiguos santos, que

renunciaron a su seguridad presente en aras de la futura. Abraham “se puso en

camino sin saber adónde iba”. Tanto él como los restantes patriarcas murieron

“sin haber conseguido el objeto de las promesas, aunque viéndolas y saludándolas

desde lejos y confesándose extraños y forasteros sobre la tierra” (Hb 11, 13).

Así fue la fe de los patriarcas, y en nuestro texto, los jóvenes Apóstoles, con

una sencillez ingenua pero generosa, proclaman lo mismo. Aunque no se daban

cuenta plenamente del significado de su afirmación, sus palabras expresaban lo

que se escondía en su corazón, y fueron proféticas de su conducta futura. Se

comprometen como inconscientemente y Alguien más fuerte que ellos les toma la

palabra y, por así decirlo, los hace cautivos con astucia. Pero lo que importa es

que su inocente compromiso fue ofrecido de todo corazón, aunque no sabían bien

lo que prometían, y fue aceptado. “Podéis beber el cáliz que yo he de beber, y ser

bautizados con el bautismo con el que seré bautizado? Dícenle: Sí, podemos”. Es

respuesta, aunque sin prometerles el cielo, les contestó el Señor benévolamente:

“Beberéis el cáliz que yo voy a beber y seréis bautizados con el bautismo con que

yo voy a ser bautizado”. (Mc 10, 38-39).

El Señor parece actuar de igual manera con San Pablo. Acepta su protesta de

servicio, pero le advierte que todavía entiende poco. El celoso apóstol deseaba

seguir a su Señor inmediatamente, pero Él le contesta: “Adonde yo voy no puedes

seguirme ahora; me seguirás más tarde” (Jn 13, 16). Y en otro momento le pide

cumplir lo prometido: “Tú sígueme”, a la vez que le explica: “En verdad, en verdad

te digo que cuando eras joven tú mismo te ceñías e ibas adonde querías; pero

cuando seas viejo extenderás tus manos y otro te ceñirá y te llevará adonde tú no

quieras” (Jn 21, 18-22).

Así fueron los riesgos que asumieron los Apóstoles, en la fe y en la

incertidumbre. En un pasaje del Evangelio de san Lucas, nuestro Salvador nos

recuerda a todos la necesidad de hacer lo mismo. “Quién de vosotros – dice - ,

queriendo edificar una torre, no se sienta primero a calcular los gastos, y ver si

tiene para acabarla? No sea que, habiendo puesto los cimientos y no pudiendo

terminar, todos los que lo vean se burlen de él y digan: este comenzó a edificar y

no pudo terminar”. Y luego añade: “De igual manera, cualquiera de vosotros que

no renuncie a todos sus bienes no puede ser mi discípulo” (Lc 14, 28-33),

advirtiéndonos así del sacrificio completo que debemos hacer. Le damos todo lo

que somos y Él nos pide esto o aquello, o nos permite usar algo por el tiempo que

Él disponga. El caso del joven rico, que se marchó triste cuando nuestro Señor le

invitó a dejarlo todo y seguirle, es el ejemplo contrario de un hombre que no tuvo

fe suficiente en Su palabra para arriesgar este mundo por el otro.

Si, por lo tanto, la fe es esencial para la vida cristiana, es nuestro deber poner

en juego lo que tenemos por lo que no tenemos, fiados en la palabra de Cristo; y

hemos de hacerlo noble y generosamente, sin precipitación ni ligereza, pero sin

saber todo el alcance de lo que hacemos ni todo lo que vamos a ganar; sin saber

tampoco cuál será nuestro premio ni hasta dónde llegarán los sacrificios que se

nos pidan; apoyados completamente en el Señor, esperando en Él, confiando en

que cumplirá su promesa y nos hará capaces de cumplir nuestra palabra, y

procediendo sin preocupación ni ansiedad respecto al futuro.

Cuanto acabo de decir hasta ahora resulta – creo – patente e indiscutible a la

mayoría. Ahora bien, si paso a sacar las consecuencias prácticas que se siguen

inmediatamente de todo esto habrá quienes se retraerán en su corazón, aunque

no lo manifiesten externamente.

A los ministros de Cristo se nos permite predicar con todas libertad mientras

nos limitamos a afirmar verdades generales. Pero en el momento en que los

oyentes se sienten implicados en lo que decimos, en cuanto ven que hay que

ponerlo en práctica, entonces se paran en seco, se cierran, inician una especie de

retirada, y dicen que no ven esto o no admiten aquello; no son capaces de decir

por qué estas conclusiones no se derivan de lo que sí aceptan – lo que se les ha

mostrado - , pero insisten en que lo uno no se sigue de lo otro, se afanan en

buscar excusas y dicen que llevamos las cosas demasiado lejos, que somos

extravagantes, que tenemos que condicionar o modificar lo que afirmamos, que

no tenemos en cuenta los tiempos en que vivimos y otras observaciones por el

estilo.

Ellos lo ven así; se ha dicho con razón que “donde hay voluntad hay

camino”, porque no hay verdad, por arrolladoramente clara que sea, de la que los

hombres no puedan escapar cerrando sus ojos. No hay deber, por urgente que

sea, contra el que no puedan hallarse diez mil buenas excusas. Dicen que llevamos

las cosas “demasiado lejos” justamente cuando se las ponemos cerca.

Esta triste enfermedad de quienes se llaman cristianos se ejemplifica en el

tema que estamos considerando. ¿Quién no admite que la fe consiste en aceptar

riegos sin ver el futuro, fiados sólo en la palabra de Cristo? Sin embargo, pongo

muy en duda que los bautizados – incluidos los mejores – arriesguen algo por la

Verdad cristiana.

Pensadlo un momento. Que cada uno de los que me escucháis se pregunte a

sí mismo qué ha comprometido en la verdad de las promesas de Cristo. ¿Sería

una brizna peor su situación si – por suponer un imposible – esas promesas

fallaran? Sabemos bien lo que supone tener algo en juego en empresas de este

mundo. Arriesgamos nuestra propiedad en proyectos que prometen una ganancia,

proyectos que nos inspiran confianza y seguridad. Bien: ¿qué hemos arriesgado

por Cristo? ¿Qué le hemos dado por el hecho de creer en sus promesas?

El Apóstol declara que él y sus hermanos serían infinitamente desgraciados

si los muertos no resucitasen. ¿Podemos nosotros aplicárnoslo en alguna medida?

Pensamos tal vez ahora poseer alguna esperanza de lograr el cielo. Es una

esperanza que sin duda perderíamos; ¿pero en qué iríamos a peor respecto a

nuestra condición presente?

Un comerciante que ha invertido bienes en un negocio que fracasa no sólo

pierde la perspectiva de una ganancia, sino también algo de lo suyo que arriesgó

con la esperanza de un lucro. ¿Qué hemos arriesgado nosotros? Este es el punto

central.

Da miedo pensar lo que pasaría si nos examináramos con toda sinceridad:

descubriríamos que no tomamos ninguna decisión, no hacemos nada, ni dejamos

de hacer nada, ni evitamos nada, ni elegimos nada, ni abandonamos nada, ni

perseguimos nada, que no decidiríamos, haríamos, dejaríamos de hacer,

evitaríamos, elegiríamos o abandonaríamos si Cristo no hubiese muerto y no se

nos hubiera prometido el cielo.

Realmente asusta pensar que la mayoría de los que se llaman cristianos –

no importa lo que digan o crean sentir, el entendimiento y el amor que profesen

tener -, harían exactamente lo mismo que hacen, ni mucho mejor ni mucho peor,

si pensaran que el Cristianismo es pura fábula.

Cuando son jóvenes satisfacen sus gustoso, al menos, van tras las cosas de

la tierra. Con el paso el tiempo se dedican a un buen negocio o a cualquier otro

modo de hacer dinero. Luego se casan y establecen, y dado que sus intereses

coinciden con sus deseos, parecen – y ellos mismos se creen – ser hombres

respetables e inclinados a la religión. Maduran apegados a las cosas que de hecho

les rodean, comienzan a sentir celo contra el vicio y el error y buscan estar en paz

con los demás.

Conducta en sí misma muy correcta y digna de alabanza, sin duda. He de

decir, sin embargo, que no tiene necesariamente mucho que ver con la religión. No

hay nada en ella que indique la presencia de un principio religioso. No hay nada

que esas personas dejaran de hacer, aunque no obtuvieran ningún provecho,

excepto el que ya obtienen: ahora ganan algo, satisfacen sus aspiraciones, se

comportan ordenada y pacíficamente porque hacerlo así redunda en su propio

interés y gusto. Pero no arriesgan nada, no ponen en juego ni sacrifican ni

abandonan cosa alguna por su fe en la Palabra de Cristo.

San Bernabé, por ejemplo, poseía una propiedad en Chipre y la entregó para

los pobres de Cristo. Fue un sacrificio coherente. Hizo algo que no hubiera hecho

a menos que el Evangelio fuera verdadero. Es evidente que si el Evangelio hubiera

resultado ser una fábula, su conducta habría sido un disparate, él habría cometido

un gran error y sufrido una pérdida. Sería como un comerciante cuyos barcos han

naufragado o cuyas sucursales están en bancarrota.

El hombre confía en el hombre y considera bueno el crédito de sus vecinos,

pero los cristianos no arriesgan demasiado sobre las palabras de su Salvador,

cuando en realidad es lo único importante que deben hacer. El mismo Cristo nos

dice: “haceos amigos con las riquezas injustas, para que cuando lleguen a faltar os

reciban en las eternas moradas” (Lc 16, 9); es decir, adquirid un interés en el

mundo futuro con la riqueza que el mundo de ahora usa inadecuadamente,

alimentad al hambriento, vestid al desnudo, aliviad al enfermo y esa riqueza se

convertirá en “bolsas que no se deterioran, un tesoro que no os fallará en los

cielos” (Lc 12, 33). Por eso son las limosnas un riesgo coherente y una

demostración de fe.

También hace un sacrificio el hombre que, cuando sus perspectivas terrenas

son alentadoras, renuncia a las promesas de la riqueza o del prestigio, con el fin

de estar más cerca de Cristo, obtener un lugar en su templo y aumentar las

oportunidades de oración y alabanza. El que, llevado de un noble impulso hacia la

perfección, aparta el deseo de comodidad terrena y vive, como Daniel y san Pablo,

con apreturas y trabajos, pero con un corazón sereno, arriesga también algo

apoyado en la certeza del mundo futuro.

El que, después de caer en pecado, se arrepiente de palabra y de obra, toma

alguna carga sobre sus hombros, se somete a penitencia, se muestra severo con su

carne, se niega algunos gustos inocentes y se expone a una humillación pública,

demuestra asimismo que su fe es la sustancia de las cosas que se esperan y la

garantía de lo que no ve. También ama el sacrificio quien pide a Dios no tener

esos bienes que persigue la mayoría de los hombres, quien se abraza a cosas que

de suyo rehúye el corazón. Ama el sacrificio quien, cuando la Voluntad de Dios

parece tender hacia lo que la gente llama malo, consigue decir en su corazón –

aunque le cueste-: “hágase Tu voluntad”.

Si ante un panorama de riquezas alguien ruega honestamente a Dios no ser

nunca rico; si teniendo posibilidades de alcanzar una alta posición social alguien

pide en serio no alcanzarla; si teniendo amigos o parientes, alguien acepta de todo

corazón la eventualidad de perderlos y dice: “tómalos, Señor, si es Tu voluntad; a

Ti te los entrego, en Tus manos los dejo”, alegrándose de que el Señor le tome la

palabra; ese también arriesga, y se hace agradable a Dios.

Un cristiano así verá que el Señor le toma sus palabras al pie de la letra,

aunque tal vez no entienda del todo lo que dice; pero es aceptado por Dios porque

habla en serio y arriesga mucho. Corazones generosos como Santiago y Juan, o

Pedro, hablan frecuentemente con gran seguridad de lo que harían por Cristo. Lo

dicen con toda sinceridad aunque con cierta inconsistencia; pero por su

sinceridad y como premio, se les toma la palabra, aunque no sepan todavía lo

sería que es.

“Dícenle: podemos”, y el compromiso queda anotado en el cielo. Este es l

caso de todos nosotros en muchos momentos. Primero, en la Confirmación,

cuando prometemos lo que fue prometido en lugar nuestro en el Bautismo,

aunque sin ser capaces de entender todo lo que prometemos y confiados en que

Dios lo manifestará gradualmente y nos dará la fuerza oportuna cuando llegue el

momento. Asimismo los que reciben las Sagradas Órdenes prometen lo que

todavía no disciernen completamente, se comprometen en una medida que en

parte ignoran, se apartan de las cosas de la tierra de un modo cuya hondura no

perciben, y quizás se dan cuenta luego que deben cortar su mano derecha,

sacrificar el deseo de los ojos y la agitación de sus corazones al pie de la cruz,

aunque entonces creían en su sencillez que se limitaban a escoger la vida cómoda

“de hombres tranquilos que habitan en tiendas”.

Las circunstancias influyen de muchas maneras en que una persona tome

un camino u otro para el servicio de la religión. No sabe adónde se la lleva; no ve

el final del camino; sólo sabe que es bueno hacer lo que en ese momento hace, y

oye un susurro en su interior que le asegura – como les ocurrió a los dos santos

hermanos – que sea cual sea la entrega que le exijan sus palabras de ahora, en el

futuro, con la gracia de Dios, estará a la altura de las circunstancias.

Aquellos santos Apóstoles dijeron: “podemos” y recibieron la fuerza para

hacer y sufrir tal como habían afirmado. Santiago fue capaz de mantenerse firme

hasta la muerte, que fue muerte de un mártir en Jerusalén mediante la espada. Su

hermano Juan tuvo que padecer más aún, hasta morir el último de los Apóstoles –

Santiago murió el primero - . San Juan tuvo que soportar el dolor de perder a su

hermano y luego a los demás Apóstoles, así como largos años de soledad,

destierro y debilidad. Experimentó el padecimiento de quedar solo cuando los que

amaba habían dejado este mundo. Tuvo que vivir a solas con sus pensamientos,

sin personas íntimas, acompañado únicamente por quienes pertenecían a una

generación más joven. Su amante Señor le exigió como prenda de su fe todo lo

que sus ojos amaban y todo lo que su corazón tenía por familiar y próximo.

Fue como un hombre que va a trasladar sus bienes a un lejano país y los va

enviando poco a poco, en lotes, antes de emprender viaje, hasta que su casa

queda vacía.

San Juan envió por delante a sus amigos mientras él permanecía detrás,

para que hubiera en el cielo quienes le recordaran, se ocuparan de él y le

recibieran cuando el Señor le llamara. Envió también por delante otras muestras

aún más voluntarias y arriesgadas de su fe: una existencia abnegada, una ardiente

defensa de la verdad, ayunos y oraciones, trabajos de amor, una vida virginal,

ultrajes de los paganos, persecución y destierro.

Bien podía decir un santo tan grande al final de sus días: “Ven, Señor Jesús”

(1 Co 16, 22), como los que, cansados de la noche, esperan la mañana. Todos sus

pensamientos, deseos y esperanzas se centraban en el mundo invisible, y la

muerte le devolvió la visión de lo que había adorado y amado, lo que había sido

objeto de su trato desde muchos años antes. ¡Cómo revivirán los recuerdos y

cómo reaparecerían pensamientos familiares largamente enterrados, al verse en

presencia de lo que había perdido! ¡Imposible imaginar la inmensa felicidad del

que ve devuelto todo lo que dio en prenda y, además, se encuentra con un pago

generosísimo por todos los riesgos que asumió!

¡Lástima, hermanos míos, que no poseamos este elevado y desprendido

espíritu en cantidades mucho mayores! ¿Cómo es posible que nos contentemos

con el actual estado de cosas; que nos empeñemos en vivir para nosotros y

disfrutar de esta vida? ¿Cómo es posible que nos pongamos tantas excusas

cuando alguien nos descubre la necesidad de algo mejor y nos urge el deber de

llevar la Cruz del Señor, si resulta que podemos ganar su Corona?

Repito la pregunta: ¿qué riesgos, qué inseguridades hemos aceptado por la

palabra de Cristo? Porque Él dice expresamente: “Todo aquel que haya dejado

casas, hermanos, hermanas, padre, madre, hijos o hacienda por mi nombre,

recibirá el ciento por uno y heredará la vida eterna. Y muchos primeros serán

últimos y muchos últimos, primeros” ( Mt 19, 29-30)

21 de Febrero de 1836

Parochial and Plain Sermons IV, n° 20.