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sábado, 20 de agosto de 2011

¡Oh Señor misericordia y perdón!

 

Dibujo

 

¡Oh Señor misericordia para mi y para todos! ,gusanos indignos somos que nos revolcamos en fango y nos devoramos entre nosotros,misericordia y perdón padre eterno, misericordia y perdón, donde el gusano de ellos no muere, y el fuego nunca se apaga (MC 9,46)


En la vida de San Bruno, fundador de los cartujos, se encuentra un hecho estudiado muy a fondo, por los doctísimos bolandistas, y que presenta a la critica más formal, todos los caracteres históricos, de la autenticidad. Un hecho acontecido en Paris, en pleno día, en presencia de muchos miles de testigos, cuyos detalles han sido recogidos por sus contemporáneos y que ha dado origen a una gran orden religiosa.


Acababa de fallecer un célebre doctor de la universidad de Paris, llamado Reimond Diocre, dejando universal admiración entre todos sus alumnos, corría el año 1082, uno de los más sabios doctores de esos tiempos conocido por todo Europa por su ciencia, su talento y sus virtudes, llamado Bruno, hallábase en Paris con cuatro compañeros, y se hizo un deber asistir a las exequias del ilustre difunto. El cuerpo se había depositado en la gran sala de la cancillería cerca de la Iglesia de Nuestra Señora y una inmensa multitud rodeaba respetuosamente la cama, en la que costumbre de aquella época estaba cubierto el difunto con un simple velo.
En el momento en que se leía una de las lecciones del oficio de difuntos, que dice así: “respóndeme cuan grandes y numerosas son tus iniquidades”; la cuarta lectura de maitines de la misa de difuntos. Sale de debajo del fúnebre velo, una voz sepulcral y todos los concurrentes, escuchan claramente estas palabras:


-“Por justo juicio de Dios he sido acusado”.


Acuden inmediatamente, levantan el paño mortuorio, y el pobre difunto estaba allí inmóvil, helado, completamente muerto. Continuose la ceremonia por un momento interrumpida, hallándose aterrorizados y llenos de temor todos los concurrentes, se vuelve a comenzar el oficio, y se llega de nuevo a la referida lección, “respóndeme” y a plena vista de todos, el muerto se levanta y con robusta y acentuada voz dice:


-“Por justo juicio de Dios he sido juzgado”. Y vuelve a caer.


El terror del auditorio llega hacia su colmo, dos médicos justifican nuevamente su muerte. El cadáver sigue rígido, frio, no se tuvo ya valor para continuar y se aplazo el oficio, hasta el día siguiente. Las autoridades eclesiásticas no sabían que resolver, unos decían, “es un condenado es indigno de las oraciones de la Iglesia”, otros decían “no, todo esto en duda es espantoso, pero en fin, no seremos todos acusados, primero y después juzgados por justo juicio de Dios como dijo el muerto”. El obispo fue de este parecer. Y al día siguiente, a la misma hora volvía a comenzar la fúnebre ceremonia hallándose presente como en la víspera Bruno y sus compañeros. Toda la universidad, todo Paris, había acudido a la Iglesia de nuestro Señor, vuelve pues a comenzar el oficio, a la misma lección respóndeme.


El cuerpo del doctor Raimond se levanta de su asiento y con un acento indescriptible que hiela de espanto a todos los concurrentes exclama:

 

-“Por justo juicio de Dios, he sido condenado” y volvió a caer inmóvil.


Esta vez no quedaba duda alguna, el terrible prodigio justificado hasta la evidencia no admitía replica, por orden obispo y previa sesión, se despojo al cadáver de las insignias de sus dignidades y fue llevado al sitio donde se vacían el estiércol o la basura.


Al salir de la gran sala de la cancillería, Bruno, San Bruno, que contaría entonces con cuarenta y cinco años de edad, se decidió irrevocablemente a dejar el mundo. Y se fue con sus compañeros a buscar en las soledades de la gran cartuja, un retiro donde pudiese asegurar su salvación, y preparase así despacio para los justos juicios de Dios.

 


Conclusión y súplicas:
Verdaderamente he aquí un condenado que volvió del infierno, no para salir de él, sino para dar de él un irrecusable testimonio.
¡Oh Dios mío! Si yo hubiera muerto en aquella ocasión, ¿dónde estaría ahora? Te doy gracias por haberme esperado y por todo ese tiempo en que debiera haberme hallado en el infierno, desde aquel instante en que te ofendí.
Dame luz y conocimiento del gran mal que hice al perder voluntariamente tu gracia... Perdóname, Jesús mío, que yo me arrepiento de todo corazón y sobre todos los males de haber menospreciado tu bondad infinita.
Espero que me hayas perdonado... Ayúdame, Salvador mío, para que no vuelva a perderte jamás... ¡Ah Señor! Si volviese a ofenderte después de haber recibido de Vos tantas luces y gracias, ¿no sería digno de un infierno sólo creado para mí? ¡No lo permitas, por los merecimientos de la Sangre que por mí derramaste!
Dame la santa perseverancia; dame tu amor. Te amo, y no quiero dejar de amarte Ya¬más. Ten, Dios mío, misericordia de mí, por el amor de Jesucristo tu amado hijo.

 

Foederatio Internationalis Juventutem