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domingo, 28 de agosto de 2011

San Agustín

Doctor de la Iglesia, obispo de Hipona

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San Agustín es considerado el más grande de los Padres de la Iglesia, un gran filósofo y teólogo; la obra de este santo fue fundamental para el posterior desarrollo de la filosofía, la teología y el pensamiento en general en Occidente.

Agustín nació en Tagaste (Argelia) el 13 de noviembre del año 354. Su padre, Patricio, era pagano. Su madre, Santa Mónica, fue un modelo acabado de esposa y madre cristiana: sus virtudes ejemplares, su sufrimiento y su oración conseguirían, primero, la conversión de su marido, quien se bautizó a la hora de la muerte, y, después, la de sus hijos. Santa Mónica ejerció sobre Agustín una influencia decisiva. Éste nos ha dejado en sus Confesiones el mejor elogio de su madre. Sin embargo, como él mismo relata en dicha obra, la juventud de Agustín se distinguiría por una conducta de libertinaje, junto con una búsqueda incesante de la verdad.

 

San Agustín y Santa Mónica

Cursó estudios en su ciudad natal, Tagaste, y posteriormente en Manila y Cartago. A los 17 años se procuró una concubina, con la que tuvo un hijo. La lectura del Hortensio, de Cicerón, despertó en él la vocación filosófica. Fue maniqueo puritano desde los diecinueve años hasta los veintinueve.

Decepcionado por el maniqueísmo, que concebía al mundo como una oposición sostenida entre los principios del bien y del mal, fue a Roma en el año 383, abrió escuela de retórica y se entregó al escepticismo académico.

Al año siguiente ganó la cátedra de Retórica de Milán. En esta ciudad acudió a escuchar los sermones de San Ambrosio, quien influyó mucho en la vida de Agustín al hacerle cambiar de opinión sobre la Iglesia católica, la fe, la exégesis y la imagen de Dios.

Tuvo contacto con un círculo de neoplatónicos de la capital, uno de cuyos miembros le dio a leer las obras de Plotino y Porfirio, que determinaron su conversión intelectual.

La conversión del corazón sobrevino poco después, en septiembre de 386, de un modo inopinado. Al año siguiente, su madre, Santa Mónica, quien tanto influyera con su oración y sufrimiento en la conversión de su hijo, murió en Ostia, Italia. Su fiesta se celebra el día anterior a la de su hijo, el 27 de agosto.

Deseoso de ser útil a la Iglesia, Agustín volvió a su continente natal, África, y comenzó a planear una reforma de la vida cristiana. Tres años más tarde fue ordenado presbítero en Hipona para ayudar a su anciano obispo Valerio. Éste, en 396, le consagró obispo, y a su muerte el año siguiente Agustín le sucedió en la sede episcopal. Bajo su orientación la Iglesia africana, derrotada, recobró la iniciativa.

Agustín fue desarmando y desenmascarando las herejías que estaban más difundidas en la época. Los últimos años de su vida se vieron turbados por la guerra. Los vándalos sitiaron su ciudad y tres meses después, el 28 de agosto de 430, murió en pleno uso de sus facultades y de su actividad literaria.

Era de constitución fuerte y sana, como lo demuestran sus actividades, trabajos, viajes y serena ancianidad; sus enfermedades se debieron a constantes excesos de fatiga, ascesis y apostolado. La ilusión de su vida fue la verdad para todos los hombres. Pendiente de sus circunstancias, vivió luchando, aunque era de carácter sereno y apacible. Convirtió su pequeña diócesis en corazón de la cristiandad. Hoy sus restos mortales descansan en Pavía. Comúnmente es representado con traje de obispo o de monje, llevando en la mano un libro, un corazón o una iglesia.

Sus numerosas obras nos han llegado casi en su totalidad y en buen estado. En ellas trata muy diversos temas, desde los que hablan de su propia vida, como las Confesiones y los Soliloquios, hasta varias obras de tema moral y ascético, pasando por otras de carácter exegético y muchas apologéticas —entre ellas La Ciudad de Dios— y con argumentos contra el maniqueísmo y las principales herejías de su tiempo.

 

La vocación de San Agustín, su misión, consistió en recoger, coordinar, asimilar y transmitir dos culturas, la grecorromana y la judeocristiana. Lo realizó tan perfectamente, que se constituyó en genio de Europa. Marcó una nueva ruta al pensamiento y su influjo en la espiritualidad cristiana ha sido notable.

Tenía grandes cualidades humanas: inteligencia poderosa para la síntesis y el análisis, voluntad ardiente e indomable, sensibilidad tierna y viril, vitalidad exuberante, imaginación creadora, iniciativa inagotable, estilo encantador, sentido del humor y del ridículo.

Fue el primer filósofo que adaptó una teología racional a los tres problemas radicales de la existencia, la verdad, el ser y el bien; y casi el primer teólogo que confió en una filosofía crítica, frente a los dogmatismos y fideísmos ilusorios, considerando el entendimiento como revelación natural.

Hombre de una sola pieza, unificó su vida, sus obras y sus intenciones en un sistema vivo y dialéctico, a veces implícito. Teoría y práctica son en él dos formas de una sola postura, si bien es exagerado decir que sus teorías son generalizadoras de sus experiencias. Cada tesis tiene valor desde su fundamento, pero el fundamento florece en cada tesis. Su obra podría definirse como antropología teológica, y, en este sentido, podría hablarse de un humanismo cristiano: la condición humana es su punto de partida, incluso para demostrar la existencia de Dios.

La posteridad ha venerado siempre a este gran genio, y muchas ciencias humanas encuentran en su pensamiento muchas de sus bases y postulados de fondo. Se le ha reconocido el ser un pensador evolutivo, teológico y católico.

Santa Misa Tradicional

Domingo décimo primero después de Pentecostés

 

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“Effeta”, que significa: Abrios (Evangelio)

 
 

La liturgia de este día nos muestra cómo la oración confiada lo puede todo ante Dios. Las grandes empresas espirituales se han llevado a feliz término gracias a la oración perseverante y confiada.

Sigue la sagrada Liturgia leyendo en estos domingos los Libros de los Reyes, salvo si se ha llegado ya al mes de Agosto, en cuyo caso se lee la Sabiduría. En consonancia con esto podemos hoy traer a la memoria lo sucedido a Ezequías, rey de Judá.

El rey de Asiria, Senaquerib quiso apoderarse de Jerusalém, pero el ángel del Señor, merced a la férvida oración del piadoso rey Ezequías, exterminó a 185.000 soldados asirios, y Senaquerib retrocedió a marchas forzadas, perdiendo la vida en la retirada. Ya se lo había anunciado a Ezequías el gran profeta Isaías, su apoyo y consejero fidelísimo. Así que el reino de Juda tuvo cien años más que su hermano el de Israel.

Sucedió que Ezequías cayó enfermo, y estando ya para morir, conforme se lo avisó el mismo profeta, oró al Señor con grandes instancias y así pudo aplazar la muerte 15 años. No sólo esto, sino que logró del cielo una señal que le certificara de la verdad de la promesa profética, y fue que se detuviera la sombra del sol en el cuadrante de su palacio.

Por donde se ve cómo Dios, bondadoso, se pliega a la voluntad de los que le sirven: voluntatem timéntium se fáciet, y aún a sus santos caprichos. Caso entre todos clásico es el milagro de la virgen santa Escolástica, hermana de San Benito.

Lo mismo que Jesús hizo y dijo al obrar aquella maravillosa curación, hace y dice el sacerdote momentos antes de administrarnos el santo Bautismo, expulsando de nosotros al demonio mediante el exorcismo del Ritual, pronunciando la palabra de Jesús: “Efeta” (Abríos); abríos, oídos, para poder oír la palabra de vida eterna. También pone el sacerdote su dedo humedecido en saliva sobre los oídos y narices del catecúmeno, imitando en esto a Jesús, mientras pronuncia aquella enérgica palabra, y luego le da a gustar un poquito de sal, la sal de la sabiduría, para que el neófito pueda saborear la celestial sabiduría, que está escondida en la religión cristiana, aunque a los ojos carnales pudiera parecer una locura, como les parece una locura y desatino el misterio de la cruz.

Nota además San Gregorio “que si Cristo levantó los ojos y suspiró, no fue porque necesitara de todo eso, Él que daba lo mismo que pedía, si no para enseñarnos a suspirar hacia aquel Señor que reina en los cielos, a fin de que abra nuestros oídos por el don del Espíritu Santo, y que, por la saliva de su boca – o sea por la ciencia de la palabra divina – desate nuestra lengua, capacitándola

para predicar la verdad” (3º noct.).

Demos en este día nuevas gracias a Dios, nuestro Señor, el cual nos asoció mediante el bautismo a

la resurrección de su Hijo benditísimo, devolviéndonos la vida perdida por el pecado, y curándonos de un modo aún más portentoso que el empleado en la curación del rey Ezequías.

Que todos aclamen a Dios (Alel.), el cual, en la abundancia de su bondad, derrama sobre nosotros sus misericordias, rebasando a todos nuestros merecimientos, y aún a nuestros mismos deseos (Or.), distribuyendo copiosamente sobre nosotros los frutos sabrosísimos del Espíritu Santo (Com.).


 

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Se los invita a oír la Santa Misa celebrada según la forma extraordinaria del Rito Latino, el próximo Domingo 28 de Agosto en:

 

  • LA PLATA: Santuario de la Medalla Milagrosa, ubicada en calle 75 entre 6 y 7. Todos los Domingos a las 12 horas. Celebra el Padre Brian Moore.
  • CORDOBA: Capilla de la Santísima Trinidad, ubicada junto a la estación de colectivos. Todos los Domingos a las 10 horas. Organiza Una Voce y celebra el Fray Rafael Rossi OP.
  • MAR DEL PLATA: Capilla Stella Maris, Base Naval de Mar del Plata, todos los Domingos a las 12 horas (excepto el primer Domingo de cada mes que se rezara en la Capilla Divino Rostro también a las 12hs). Rezada por el R.P. Capellán Jorge Rotella.
  • SANTA FE: Convento Santo Domingo, ubicado entre las calles 9 de Julio y 3 de Febrero, centro histórico de Santa Fe de la Vera Cruz. Todos los Domingos 11,15 horas. Celebra P. Daniel María Rossi OP.

 

Foederatio Internationalis Juventutem

Condena del Milenismo

 

Otra cosa que es forzoso aclarar.

 

Hallamos en muchos autores, incluso “serios”, el aserto d que “el milenismo ha sido condenado”. O “lo será”. O “debe serlo”. Es falso.

El milenismo carnal o “kilialismo” SI: ha sido condenado. ¿Dónde?

No hay ningún decreto Conciliar o Pontifical condenatorio dél, que nosotros sepamos. En la recopilación del Denzinger se nombra ciertamente a Kerinthos, pero no como milenista sino como negador de la divinidad de Cristo -como muchos judíos actuales, Kerinthos parece haber aceptado a Cristo como Mesías o Profeta, pero no como Hijo de Dios- en la condena a los Ebionitas (“Ebionem, Cerinthum, Marcionem, Paulum Samosatenum, Photinum… qui… Jesu Christum Dóminum Nostrum verum Deum ese negaverunt…) en el Decreto para los Jacobitas del Concilio de Florencia, 1483, Denz. 720.

Los que hubieren leído los 12 tomos del Mansi, si acaso han hallado la condena expresa del milenismo carnal, haríanos favor nos la indicando.

Pero el Kilialismo Kerenthiano está seguramente condenado en los escritos de los Santos Padres; en lo que llaman “el magisterio ordinario”. Ni una sola línea de las que escribió Kerinthos nos ha llegado; lo cual puede explicar la ausencia de condena expresa y formal. No conocemos propriis términis la herejía de Kerinthos.

Los santos padres se desencadenan contra ella, algunos con verdadera furia; por su afirmación de que habría bodas después de la resurrección (entre resurgidos); contra la afirmación del Evangelio; Lc. XX, 27.

El milenismo espiritual por el contrario no ha sido condenado, ni jamás lo será: la Iglesia no va a serruchar la rama donde está sentada; es decir, la Tradición.

Hubo hace poco dos decretos disciplinares para la América del Sur de una sacra Congregación Romana en que se prohíbe enseñar como “peligroso” (sin condenarlo como “erróneo”) una especie de milenismo. ¿Qué especie?

Aquel que sostiene que “Cristo reinara corporalmente en la tierra”, dice el primer decreto informativo al arzobispo de Chile; “visiblemente”, corrige el 2° decreto, extendido a toda la América del Sur (11-VII-1940 y 28-VII-1944).

La corrección del adverbio “corporáliter” sustituido por “visibíliter” es fácil de comprender. El alegorista que redactó el primer decreto no advirtió quizá que sin querer se condenaba a sí mismo. En efecto, los alegoristas o antimilenistas sostienen como hemos visto que el profetizado Reino de Cristo en el universo mundo es este de ahora, es la Iglesia actual tal cual. ¿Y cómo reina ahora Cristo en este reino? Reina desde el Santísimo Sacramento. ¿Está allí corporáliter? Sí.

Había que corregir rápidamente eso.

Está pues prohibido enseñar en Sudamérica que Cristo reinarávisiblemente desde un trono en Jerusalén sobre todas las naciones; presumiblemente con su Ministro de Agricultura, de Trabajo y Previsión y hasta de Guerra si se ofrece.

Muy bien prohibido. Teología a la Fulton Sheen. “Teología para negros”, llama a esta fabula Ramón Doll. Con perdón de los negros.

Ningún Santo Padre milenista -y hay muchos, como hemos visto- o quier escritor actual serio, ha descripto así el Reino de Cristo. Simplemente no añaden nada de su cosecha, que sería temeridad, a lo que el Evangelista y los Profetas dicen; y ellos no dicen tal cosa.

Uno es libre de imaginar como quiera o pueda el futuro Reino; pero no de “enseñar” sus propias imaginaciones.

Yo no enseño “ni huno ni hotro, ch’amigo”: ni a Kerinthos ni a San Ireneo: tengo otras cosas que enseñar. (Con pesar me veo obligado a hablar de mí, porque una persona que enseña, y por cierto con (cierta) autoridad, me ha difamado enseñando autoritativamente que soy milenista.)

Quisiera ser San Ireneo de Lyon. No me da el cuero para tanto. No tengo talento suficiente para zanjar un problema tan difícil. Lo que en mi fuero interno para mí tengo, eso es cosa entre Dios y yo; que no le incumbe nada al desaprensivo difamador.

Dije arriba que la Iglesia NUNCA CONDENARA el milenismo espiritual; y he aquí mis razones:

La Iglesia enseña que las dos fuentes de la doctrina revelada son la Escritura y la TRADICION. La tradición de la Iglesia Primitiva (la más importante de todas) durante cuatro siglos por lo menos ha sido milenista. Aunque fuese una tradición “dudosa” (como dicen y no parece) la Iglesia Romana no se arriesgaría a condenarla; incluso por simple “política”; quiero decir, buen gobierno. Condenarla sería como guadañarse los pies queriendo guadañar la cizaña.

Los Protestantes niegan la Tradición como fuente autoritativa. Cuando estallo el gran movimiento de la Reforma, dos doctores protestantes, Dellaeus y Dedóminis, argumentaron contra la Tradición diciendo: la Tradición primitiva se equivocó, pues sostuvo el milenismo, el cual es falso, según la Iglesia romana deste tiempo. Si la Iglesia romana condenara el milenismo espiritual haría bueno el argumento de Dellaeus. Y ya no se podría saber seguro cuál cosa es “tradición” y cuál no era tradición.

Y tampoco se podría saber cierto cómo interpretar la Escritura; porque si todo el Cap. XX del Apokalipsi es “mishdrash”, o sea, puro mito o alegoría ¿por qué no lo será todo el Apokalipsi? ¿Y por qué no toda la Escritura, si vamos a eso? ¿Por qué no la resurrección de Cristo? ¿Por qué no su nacimiento partenogénico? Eso dicen hoy día los “Teólogos” modernistas y protestantes liberales. Dicen que son solamente símbolos o metáforas, no realidades.

Un último punto curioso deseo brevemente relevar: muchos de los actuales alegoristas, si no todos, son en el fondo milenistas carnales. En efecto, negando el postparusáico Reino de Cristo, se ven obligados a reponer el cumplimiento de las profesias en un futurogran triunfo temporal de la Iglesia antes de la Segunda Venida; o sea, en una “Nueva edad Media” (ver Berdiaeff y también R. H. Benson en “The Dawn of All”) con el Papa como Monarca Temporal Universal, comandando ejércitos de alegres “jocistas” en bicicleta y camiseta sport… Coinciden con el sueño de la Sinagoga antes de la Primera Venida.

Coinciden también helás con la extraña visión de milenismo ateo de Carlos Marx; no menos que con las barrocas promesas de la muy extendida secta protestante judaizante llamada en Norteamérica “la Nueva Dispensación”. Son todos pájaros de la misma pluma.

Lo último de lo último que debieran (o no debieran) hacer, es tacharme a mí de “milenarista” como dicen ellos.

 

(Todo este último apartado: Condena del Milenismo, es nota del Traductor#)

Tomado de la obra de: Alcañiz S. J. – Castellani, “La Iglesia patrística y la Parusía”,