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lunes, 26 de septiembre de 2011

La Facultad de Medicina de la Universidad Nacional de Tucumán se manifestó pro vida


Tucumán, Argentina
LA FACULTAD DE MEDICINA DE LA UNT APUESTA A LA VIDA
El Consejo Directivo de la Facultad de Medicina de la Universidad Nacional de Tucumán manifestó su enérgico rechazo a la despenalización del aborto, “apuestan a la vida como solución y no a la muerte como salida”.
El 23 de septiembre, el Decano, Prof. Dr. Demetrio Mateo Martínez, el Vicedecano Prof. Dr. José Antonio Remis y el Coordinador General de Comunicación Institucional, Dr. Walter Rómulo Sigler; hicieron llegar a docentes, no docentes, egresados y estudiantes de las distintas unidades académicas dependientes de esa alta Casa de estudios, la declaración pública que reproducimos a continuación:
DECLARACIÓN PÚBLICA
 Los firmantes, en legítima representación de una institución que por su naturaleza intrínseca defiende la vida y aún a riesgo de no interpretar la totalidad del pensamiento de esta comunidad educativa, expresamos:
 Que esta institución apuesta a la vida humana como valor supremo sin la cual cualquier otro derecho, valor o privilegio, resulta secundario.
 Que seguimos con genuino interés la discusión existente en ámbitos nacionales, respecto de la despenalización del aborto, la cual toma estado parlamentario.
 Que como personas de bien nos duele tanto las muertes maternas, como la de los niños nacidos o por nacer.
 Por lo expresado, reiteramos, apostamos a la vida como solución y no a la muerte como salida, considerando que el conjunto de la sociedad debiera ponderar no sólo las 100 muertes maternas anuales, sino también los 500.000 abortos-homicidios que se producen en Argentina en un año. Finalmente, consideramos en nuestro deber moral, expresar públicamente nuestra posición acerca de una cuestión que cala hondo en el seno de la sociedad a la que esta Casa se debe.
 Honorable Consejo Directivo y Gabinete del Decanato
Facultad de Medicina, Universidad Nacional de Tucumán
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NOTIVIDAAño XI, Nº 775, 25 de septiembre de 2011
Editores: Lic. Mónica del Río y Pbro. Dr. Juan C. Sanahuja
Página web: www.notivida.org
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Modestia en el vestir




El fin primario del vestido es guardar la modestia.
Cuando nuestros primeros padres tuvieron la inmensa desgracia de perder la hermosa vestidura de la inocencia original, llenos de vergüenza y confusión trataron de cubrirse con hojas de higuera.
Dios se compadeció de ellos; les hizo unas túnicas de pieles y los vistió.
En todos los países civilizados el vestido se considera como uno de los elementos de primera necesidad.
Ahora bien, si el fin primario del vestido es la modestia, la consecuencia lógica es, que lo primero que se debe tener en cuenta en el uso de los vestidos es la modestia; y todo lo que es contrario a la modestia debe ser desechado, aunque sea de moda.
La virtud de la modestia hace al que la guarda agradable a Dios, y también a los hombres de recto criterio.
Cuando la moda no induce a nada que sea contrario a la modestia, no hay inconveniente en seguirla.
Pero, muchas veces las modas son ridículas, antihigiénicas e inmorales.
Toda persona seria debe detestar tales modas.

Modas antihigiénicas
Cuando la moda no pasa de ridícula, ridiculez sólo será seguirla.
Pero rara vez las modas se limitan a la ridiculez, sino que a menudo son antihigiénicas.
Según afirman los médicos, las modas son causa de muchas enfermedades.
Pero, a más de antihigiénicas, son contrarias a la verdadera belleza; puesto que en vez de aumentar la hermosura natural del cuerpo, la destruyen con enfermedades y vejez prematura.

Modas inmorales
Por modas inmorales entendemos aquellas especialmente que tienden a despertar las bajas pasiones de los espectadores.
Una mujer inmodestamente vestida, es un poderoso auxiliar que tiene el demonio para conseguir la perdición de las almas.
El escándalo es un pecado horrendo.
N. S. Jesucristo dijo: ¡Ay de aquel por quien viene el escándalo! Mejor fuera que le colgasen a su cuello una piedra de molino y le anegasen en lo profundo del mar.
Señoras y Señoritas: imitad a la Santísima Virgen, que es el modelo más perfecto de toda mujer, sea cual fuere su estado.
Sed modestas en todas partes, especialmente en el Templo, que es la casa de Dios.
No hagáis caso del qué dirán, si no seguís la moda; pero sí haced mucho caso de lo que dirá Dios, que infaliblemente os ha de juzgar.
Recordad siempre que la verdadera hermosura la constituye la virtud, la cual os hará dichosas en el tiempo y en la eternidad.

Los adornos costosos

Algunas personas ricas llevan encima anillos, collares, etc., una inmensa fortuna, tal que sus intereses bastarían para mantener a muchas familias pobres.
¡Oh si tales personas vieran la miseria que reina en muchos hogares, y recordaran que todos los hombres somos hermanos!
¡Ay! ¡qué cuenta tan terrible tendrán que dar a Dios, los que tan mal gastan su dinero, para adornar el cuerpo que tan pronto ha de ser pasto de gusanos polvo y ceniza, y no se acuerdan de los pobres, a quienes tienen grande obligación de socorrer!
¿No vale más el alma que el cuerpo?
¿Por qué en vez de adornar vuestro cuerpo no adornáis vuestra alma, hermoseándola con actos de virtud, que son más preciosos que el oro, las perlas y los diamantes?

Apocalypto, de Mel Gibson

 

Mel Gibson haciendo indicaciones a los actores en la filmación

 

Vapuleada en todo el mundo, como era de esperarse por la cáfila de críticos progresistas, indigenistas y zurdos afines, en febrero de 2006 se estrenó en Buenos Aires la película Apocalypto, de Mel Gibson.
No bien se ilumina la pantalla, el espectador ya tiene plena certeza de que se ha topado con una obra incómoda; una frase del filósofo e historiador estadounidense Will Durant (1885-1988) explica descarnadamente las intenciones del director: «Una gran civilización no es conquistada desde afuera hasta que no se ha destruido a sí misma desde adentro». En efecto, Apocalypto nos ubica frente al último acto del Imperio Maya, que se viene abajo no sólo por las guerras, las plagas, la hambruna o la sequía: el demonio mismo se ha hecho señor de las almas, y bajo la figura del dios Kukulcán, versión maya de la Serpiente Emplumada, ordena aplacar su sed de cadáveres mediante los más horrendos sacrificios humanos. Ruedan cabezas desde lo alto de las pirámides truncadas, se descuajan corazones palpitantes sobre el altar del templo, el hedor de la sangre es celebrado con rugidos por la hirviente multitud. Cabe aquí una breve aclaración para los lectores más jóvenes, rehenes del Pensamiento Único y amamantados mentira tras mentira por las leyendas negras del sistema educativo y por tiernas películas como Danza con lobos (1990) o la idílica Pocahontas (1995): el marco histórico de Apocalypto, que acabo de describir, no es un invento de Gibson y su coguionista, Farhad Safinia. Cualquier estudioso de las civilizaciones precolombinas sabe de sobra que las cosmogonías de muchos de estos pueblos eran enormemente perversas y sanguinarias, que los vencidos eran sometidos a las prácticas más espantosas. Hecha esta conveniente digresión, volvamos al punto de partida de la película.
Una fuerza de invasión al mando del sádico guerrero Lobo Cero viene destruyendo todo a su paso, y le ha llegado la hora a la pacífica tribu de Garra de Jaguar, el protagonista de la historia. Después de haber devastado cada rincón, Lobo Cero y su tropa llevan secuestrados a los sobrevivientes, quienes en la gran ciudad serán vendidos como esclavos o asesinados bajo los puñales de los hechiceros. Pero una intervención milagrosa le permite al héroe escapar… y así comienza una de las más intensas persecuciones de la historia del cine, una tortuosa travesía entre la selva y sus peligros: Garra de Jaguar debe salvar su propia vida para regresar a su aldea y rescatar a su familia, que él había logrado ocultar antes de que se lo llevaran. Vemos que la historia, gloriosamente lineal y más y más vertiginosa a cada escena, sigue esa directriz narrativa, alma de las narraciones clásicas, que es la travesía del héroe: un hombre es arrancado de su pueblo, recibe una misión, desciende a los infiernos y luego vuelve a su gente para conducirla y empezar de nuevo. Prototipo del director viril, Mel Gibson se siente a sus anchas con las posibilidades expresivas que brinda un tema semejante. Piénsese en Corazón valiente (a pesar de algunas torceduras históricas), que estrenó en 1995. Y, sobre todo y por supuesto, en La Pasión de Cristo (2004), en la que narra la hazaña más excelsa de la historia humana.
            Pero ya lo decía el profesor Genta: hoy los mandamases no necesitan héroes sino masas. La sola presencia del héroe perturba, es un reproche implícito y contundente a los patanes, a los tibios y a los cobardes. En estos tiempos antiheroicos, el tema del héroe es, pues, un asunto contrarrevolucionario, católico por excelencia: viene a recordarnos que aún quedan muchas cosas por las cuales es necesario jugarse entero, hasta dar incluso la vida misma. “Yo soy Garra de Jaguar —declara en un momento el protagonista, desafiante—, hijo de Cielo de Pedernal. Mi padre cazó en esta selva antes de mí. Yo soy Garra de Jaguar. Yo soy un cazador. Esta es mi selva. Y mis hijos cazarán con sus hijos después que yo me haya ido”. Nada más políticamente incorrecto, desde ya, que defender con orgullo la pertenencia a la patria —aunque esta sea una selva infecta— y a la propia familia. Para colmo, Mel Gibson —a quien las críticas y el qué dirán le importan menos que el bien común a un senador— fue claro al explicar que su nueva creación cinematográfica es una parábola de la civilización moderna, que contiene dentro de su “progreso” los gérmenes de la destrucción y avanza día a día hacia el desastre. Y es así. Muy pronto se verá que los principales problemas del “mundo libre” no son el terrorismo y sus bombas: es la vida regalada, el antinatalismo, el pacifismo dialoguista, el renegar de las virtudes que hicieron a Occidente lo que fue. La lujuria, y no los bárbaros, fue la principal caída del Imperio Romano. Como reza el epígrafe de Apocalypto, la destrucción —humo de Satanás mediante— viene de adentro.

 

Apocalypto, fotograma del filme.

Templo de los sacrificios humanos ofrecidos al dios sol Kukulcan.

 

            Pero esa especie de gramscismo al revés instilado por Mel Gibson —y que, como si esto fuera poco, hizo estallar las boleterías en la primera semana de su estreno en USA— no podía quedar impune. Vuelve la inútil campaña que en su momento se montó contra La Pasión… y cuyo fin era defenestrar el trabajo de un equipo de artistas con el coraje suficiente como para anunciar en este mundo cristofóbico a Cristo —a un Cristo real, alejado de esos simpáticos rubiecitos de ojos azules a que el cine nos había acostumbrado. Y vuelve, la felonía a-crítica, en formato nuevo. Formato roussoniano esta vez, de la mano del mito del Buen Salvaje. Sería impensable citar siquiera una mínima parte de las pullas que los medios han desparramado sobre esta perla: en dichas diatribas pululan hasta el hartazgo expresiones como “ofensiva”, “racista”, “excesiva”, “brutal”, “extrema violencia”, “baño de sangre”. Pero, nobleza obliga: tanto se ha esforzado últimamente nuestro espónsor Página/12 en promocionar a Cabildo que no podíamos dejar de retribuirle al pasquín tanta gentileza. En las líneas iniciales de su crítica a Apocalypto, un tal Luciano Monteagudo aventura lo siguiente: “Un director de cine que glorifica la violencia más brutal, que se solaza con la sangre, que se regodea con las armas y con el repetido martirio de la carne, que se fascina con los gritos de guerra y con las escenas de masas, que hace un culto de la virilidad, de la fuerza física y de los testículos, ese director no puede ser otra cosa que un fascista” —“fascista”: apareció la palabra mágica, la clave de oro que le abre las puertas de gabinetes, redacciones y ministerios a quien la profiera—. Que yo sepa, nadie osó jamás acusar de “fascista” a Steven Spielberg cuando en Indiana Jones y el templo de la perdición (1984) muestra con lujo de detalles cómo el gurú de los tuggies le arranca su corazón a un hombre a mano limpia. Tampoco nadie acusa de fascista a Julio Cortázar cuando para su cuento “La noche boca arriba” se vale del mismo marco histórico que Mel Gibson muestra en su película. En cuanto al “regodeo con las armas”, ¿acaso algún medio tildó de “fascista” a Hugo Chávez cuando en 2005 le compró a Rusia cuarenta helicópteros y cien mil fusiles de asalto AK-47? ¡Qué orgulloso se lo veía al mucamo de Fidel portando su fusil de asalto frente a las cámaras!
            Entendámoslo de una vez: lo que les molesta a los mercaderes, a los depredadores ideológicos y al zurdaje no es el baño de sangre ni las masitas ni los testículos. Lo que no pueden perdonarle a Mel Gibson es la aparición salvífica, en el final de la película, de la Cruz y la Espada. Es el duro mentís que le arroja en la cara al indigenismo, esa recreación ficticia del pasado indígena, esa herramienta del odio a España y a la Santa Iglesia que la envió en misión, lo que no pueden soportar. Es el crudo recordatorio de qué sucede en una nación no bautizada cuando se la deja librada a las consecuencias del pecado original, a la tendencia al mal. Es la dura profecía de lo que puede sucederle a un mundo apóstata, a una sociedad des-bautizada, a una Unión Europea que en su Constitución no menciona siquiera en una línea el nombre de Cristo. Es por eso que no pueden ver a Gibson. Otra que testículos. Ya lo dijo Hugo Verdera en su conferencia “Antonio Gramsci y el cambio de sentido común”, dictada el año pasado en el IX Encuentro de Formación Católica organizado en Luján por el Círculo de Formación San Bernardo de Claraval: “Es la pasión de Cristo lo que molesta, no la de Mel Gibson”. Parafraseándolo, podemos decir que no es el Apocalypto de Gibson lo que molesta. Lo que molesta es el Apocalipsis bíblico y el regreso del Mesías; la esperanza de “un cielo nuevo y una tierra nueva donde habitará la justicia” (2Pedro 3, 13), que Apocalypto figura al sugerir, en su último plano, la búsqueda de un “nuevo comienzo”.

Por Marcelo Di Marco (Revista “Cabildo”, N° 62)

 

 

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Sobre la Sacratísima Comunión (IV)






4º.- De la manera de comulgar

643.- ¿Cómo hemos de estar en el acto de recibir la Sagrada Comunión? - En el acto de recibir la Sagrada Comunión hemos de estar arrodillados, tener la cabeza medianamente levantada, los ojos modestos y vueltos a la Sagrada Hostia, la boca suficientemente abierta y la lengua un poco fuera sobre el labio.

644.- ¿Cómo hay que tener la bandeja de la Comunión? - La bandeja de la Comunión hay que tenerla de manera que recoja la Sagrada Hostia, si por ventura viniese a caer.

645.- ¿Cuándo hemos de tragar la Sagrada Hostia? - Hemos de tragar la Sagrada Hostia lo antes posible y abstenernos de escupir por algún tiempo.

646.- ¿Qué hay que hacer si la Sagrada Hostia se pega al paladar? - Si la Sagrada Hostia se pega al paladar, ha de despegarse con la lengua, y jamás con los dedos.







5º.- Del precepto de la Comunión

647.- ¿Cuándo hay obligación de comulgar? - Hay obligación de comulgar todos los años por Pascua florida o de Resurrección y, además, en peligro de muerte.

648.- ¿A qué edad empieza a obligar el precepto de la Comunión pascual? - El precepto de la Comunión pascual empieza a obligar a la edad de la discreción, esto es, luego que se tiene uso de razón.

649.- ¿Pecan los que, siendo por la edad capaces de ser admitidos a la Comunión, no comulgan? - Pecan los que, siendo por la edad capaces de ser admitidos a la comunión, no comulgan, o porque no quieren o porque no están instruidos por su culpa. Pecan, además, los padres y los que hacen sus veces, si por culpa de ellos difiere el niño la Comunión, y de ello tendrán que dar a Dios rigurosa cuenta.

650.- ¿Es bueno y provechoso comulgar a menudo? - Es cosa excelentísima comulgar a menudo, siempre que se haga con las debidas disposiciones.

651.- ¿Con qué frecuencia podemos comulgar? - Podemos comulgar con la mayor frecuencia que nos aconseje un pío y docto confesor.

Catecismo Mayor de San Pío X

Vigilia de oración con los jóvenes en la Feria de Friburgo de Brisgovia


Vigilia de oración con los jóvenes en la Feria de Friburgo de Brisgovia. Homilía de S.S. Benedicto XVI
(24 de septiembre de 2011)


Queridos jóvenes amigos:

He pensado con gozo todo el día en esta noche, en la que estaría aquí con vosotros, unidos en la oración. Algunos habéis participado tal vez en la Jornada Mundial de la Juventud, donde experimentamos esa atmósfera especial de tranquilidad, de profunda comunión y de alegría interior que caracteriza una vigilia nocturna de oración. Espero que también nosotros podamos tener esa misma experiencia en este momento: que el Señor nos toque y nos haga testigos gozosos, que oran juntos y se hacen responsables los unos de los otros, no solamente esta noche, sino también durante toda la vida.

En todas las iglesias, en las catedrales y conventos, en cualquier lugar donde se reúnen los fieles para celebrar la Vigilia pascual, la más santa de todas las noches, ésta se inaugura encendiendo el cirio pascual, cuya luz se trasmite a todos los participantes. Una pequeña llama irradia en muchas luces e ilumina la casa de Dios en tinieblas. En este maravilloso rito litúrgico, que hemos imitado en está vigilia de oración, se nos revela mediante signos más elocuentes que las palabras el misterio de nuestra fe cristiana. Jesús, que dice de sí mismo: "Yo soy la luz del mundo" (Jn 8, 12), hace brillar nuestra vida, para que se cumpla lo que acabamos de escuchar en el Evangelio: "Vosotros sois la luz del mundo" (Mt 5, 14). No son nuestros esfuerzos humanos o el progreso técnico de nuestro tiempo los que aportan luz al mundo. Una y otra vez, debemos experimentar que nuestro esfuerzo por un orden mejor y más justo tiene sus límites. El sufrimiento de los inocentes y, más aún, la muerte de cualquier hombre, producen una oscuridad impenetrable que, quizás, con nuevas experiencias, se esclarece de momento, como un rayo en la noche. Pero, al final, queda una oscuridad angustiosa.

Puede haber en nuestro entorno tiniebla y oscuridad y, sin embargo, vemos una luz: una pequeña llama, minúscula, que es más fuerte de la oscuridad, en apariencia poderosa e insuperable. Cristo, resucitado de entre los muertos, brilla en el mundo, y lo hace de la forma más clara, precisamente allí donde según el juicio humano todo parece sombrío y sin esperanza. Él ha vencido a la muerte, vive, y la fe en Él, como una pequeña luz, penetra todo lo que es oscuridad y zozobra. Ciertamente, quien cree en Jesús no siempre ve solamente el sol en la vida, casi como si pudiera ahorrarse sufrimientos y dificultades; ahora bien, tiene siempre una luz clara que le muestra el camino hacia la vida en abundancia (cf. Jn 10, 10). Los ojos de los que creen en Cristo vislumbran aun en la noche más oscura una luz, y ven ya la claridad de un nuevo día.

La luz no se queda sola. A su alrededor se encienden otras luces. Bajo sus rayos se delinean los contornos del ambiente, de forma que podemos orientarnos. No vivimos solos en el mundo. Precisamente en las cosas importantes de la vida tenemos necesidad de otras personas. Así, en particular, no estamos solos en la fe, somos eslabones de la gran cadena de los creyentes. Ninguno llega a creer si no está sostenido por la fe de los otros y, por otra parte, con mi fe, contribuyo a confirmar a los demás en la suya. Nos ayudamos recíprocamente a ser ejemplos los unos para los otros, compartimos con los otros lo que es nuestro, nuestros pensamientos, nuestras acciones y nuestro afecto. Y nos ayudamos mutuamente a orientarnos, a discernir nuestro puesto en sociedad.

Queridos amigos, "Yo soy la luz del mundo – vosotros sois la luz del mundo", dice el Señor. Es algo misterioso y grandioso que Jesús diga lo mismo de sí y de cada uno de nosotros, es decir, "ser luz". Si creemos que Él es el Hijo de Dios, que ha sanado los enfermos y resucitado los muertos, más aún, que Él ha resucitado del sepulcro y vive verdaderamente, entonces comprendemos que Él es la luz, la fuente de toda las luces de este mundo. Nosotros, en cambio, una y otra vez experimentamos el fracaso de nuestros esfuerzos y el error personal a pesar de nuestra mejor intención. Por lo que se ve, el mundo en que vivimos, no obstante los progresos técnicos nunca llega en definitiva a ser mejor. Sigue habiendo guerras, terror, hambre y enfermedades, pobreza extrema y represión sin piedad. E incluso aquellos que en la historia se han creído "portadores de luz", pero sin haber sido iluminados por Cristo, única luz verdadera, no han creado ciertamente paraíso terrenal alguno, sino que, por el contrario, han instaurado dictaduras y sistemas totalitarios, en los que se ha sofocado hasta la más pequeña chispa de humanidad.

Llegados a este punto, no debemos silenciar el hecho de que el mal existe. Lo vemos en tantos lugares del mundo; pero lo vemos también, y esto nos asusta, en nuestra vida. Sí, en nuestro propio corazón existe la inclinación al mal, el egoísmo, la envidia, la agresividad. Quizás, con una cierta autodisciplina, esto puede ser de algún modo controlable. Pero es más difícil con formas de mal más bien oscuras, que pueden envolvernos como una niebla difusa, como la pereza, la lentitud en querer y hacer el bien. En la historia, algunos finos observadores han señalado frecuentemente que el daño a la Iglesia no lo provocan sus adversarios, sino los cristianos mediocres. ¿Cómo puede entonces decir Cristo que los cristianos, y también aquellos cristianos débiles y frecuentemente mediocres, son la luz del mundo? Quizás lo entendiéramos si Él gritase: ¡Convertíos! ¡Sed la luz del mundo! ¡Cambiad vuestra vida, hacedla clara y resplandeciente! ¿No debemos quizás quedar sorprendidos de que el Señor no nos dirija una llamada de atención, sino que afirme que somos la luz del mundo, que somos luminosos y que brillamos en la oscuridad?

Queridos amigos, el apóstol san Pablo, se atreve a llamar "santos" en muchas de sus cartas a sus contemporáneos, los miembros de las comunidades locales. Con ello, se subraya que todo bautizado es santificado por Dios, incluso antes de poder hacer obras buenas y actos concretos. En el Bautismo, el Señor enciende por decirlo así una luz en nuestra vida, una luz que el catecismo llama la gracia santificante. Quien conserva dicha luz, quien vive en la gracia, es ciertamente santo.

Queridos amigos, tantas veces, se ha caricaturizado la imagen de los santos y se los ha presentado de modo distorsionado, como si ser santos significase estar fuera de la realidad, ingenuos y sin alegría. A menudo, se piensa que un santo sea aquel que lleva a cabo acciones ascéticas y morales de altísimo nivel y que precisamente por ello se puede venerar, pero nunca imitar en la propia vida. Qué equivocada y decepcionante es esta opinión. No existe algún santo, excepto la bienaventurada Virgen María, que no haya conocido el pecado y que nunca haya caído en él. Queridos amigos, Cristo no se interesa tanto por las veces que vaciláis o caéis en la vida, sino por las veces que os levantáis. No exige acciones extraordinarias, quiere, en cambio, que su luz brille en vosotros. No os llama porque sois buenos y perfectos, sino porque Él es bueno y quiere haceros amigos suyos. Sí, vosotros sois la luz del mundo, porque Jesús es vuestra luz. Vosotros sois cristianos, no porque hayáis cosas especiales y extraordinarias, sino porque Él, Cristo, es vuestra vida. Sois santos porque su gracia actúa en vosotros.

Queridos amigos, esta noche, en la que estamos reunidos en oración en torno al único Señor, entrevemos la verdad de la Palabra de Cristo, según la cual no se puede ocultar una ciudad puesta en lo alto de un monte. Esta asamblea brilla en los diversos sentidos de la palabra: en la claridad de innumerables luces, en el esplendor de tantos jóvenes que creen en Cristo. Una vela puede dar luz solamente si la llama la consume. Sería inservible si su cera no alimentase el fuego. Permitid que Cristo arda en vosotros, aun cuando ello comporte a veces sacrificio y renuncia. No temáis perder algo y quedaros al final, por así decirlo, con las manos vacías. Tened la valentía de usar vuestros talentos y dones al servicio del Reino de Dios y de entregaros vosotros mismos, como la cera de la vela, para que el Señor ilumine la oscuridad a través de vosotros. Tened la osadía de ser santos brillantes, en cuyos ojos y corazones reluzca el amor de Cristo, llevando así luz al mundo. Confío que vosotros y tantos otros jóvenes aquí en Alemania sean llamas de esperanza que no queden ocultas. "Vosotros sois la luz del mundo". Amén.