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martes, 8 de noviembre de 2011

LAS DOS COLUMNAS: Sueño de San Juan Bosco

Memorias Biográficas de San Juan Bosco, Tomo VII, págs. 169-171


las dos columnas.



El 26 de mayo de 1862 Don Bosco había prometido a sus jóvenes que les narraría algo muy agradable en los últimos días del mes. El 30 de mayo, pues, por la noche les contó una parábola o semejanza según él quiso denominarla. He aquí sus palabras: «Os quiero contar un sueño. Es cierto que el que sueña no razona; con todo, yo que os contaría a Vosotros hasta mis pecados si no temiera que salieran huyendo asustados, o que se cayera la casa, se lo voy a contar para su bien espiritual. Este sueño lo tuve hace algunos días. Figúrense que están conmigo a la orilla del mar, o mejor, sobre un escollo aislado, desde el cual no ven más tierra que la que tienen debajo de los pies. En toda aquella superficie líquida se ve una multitud incontable de naves dispuestas en orden de batalla, cuyas proas terminan en un afilado  espolón de hierro a modo de lanza que hiere y  traspasa todo aquello contra lo cual llega a chocar. Dichas naves están armadas de cañones, cargadas de fusiles y de armas de diferentes clases; de material incendiario y también de libros (televisión, radio, internet, cine, teatro, prensa), y se dirigen contra otra embarcación mucho más grande y más alta, intentando clavarle el espolón, incendiarla o al menos  hacerle el mayor daño posible.
A esta majestuosa nave, provista de todo, hacen escolta numerosas navecillas que de ella reciben las órdenes, realizando las oportunas maniobras para defenderse de la flota enemiga. El viento le es adverso y la agitación del mar favorece a los enemigos. En medio de la inmensidad del mar se levantan, sobre las olas, dos robustas columnas, muy altas, poco distante la una de la otra. Sobre una de ellas campea la estatua de la Virgen Inmaculada, a cuyos pies se ve un amplio cartel con esta inscripción: Auxilium Christianorum. Sobre la otra columna, que es mucho más alta y más gruesa, hay una Hostia de tamaño proporcionado al pedestal y debajo de ella otro cartel con estas palabras: Salus credentium. El comandante supremo de la nave mayor, que es el Romano Pontífice, al apreciar el furor de los enemigos y la situación apurada en que se encuentran sus leales, piensa en convocar a su alrededor a los pilotos de las naves subalternas para celebrar consejo y decidir la conducta a seguir. Todos los pilotos suben a la nave capitaneada y se congregan alrededor del Papa. Celebran consejo; pero al comprobar que el viento arrecia cada vez más y que la tempestad es cada vez más violenta, son enviados a tomar nuevamente el mando de sus naves respectivas.
Restablecida por un momento la calma, el Papa reúne por segunda vez a los pilotos, mientras la nave capitana continúa su curso; pero la borrasca se torna nuevamente espantosa. El Pontífice empuña el timón y todos sus esfuerzos van encaminados a dirigir la nave hacia el espacio existente entre aquellas dos columnas, de cuya parte superior todo en redondo penden numerosas áncoras y gruesas argollas unidas a robustas  cadenas. Las naves enemigas dispónense todas a asaltarla, haciendo lo posible por detener su marcha y por hundirla. Unas con los escritos, otras con los libros, con materiales incendiarios de los que cuentan gran abundancia, materiales que intentan arrojar a bordo; otras con los cañones, con los fusiles, con los espolones: el combate se torna cada vez más encarnizado. Las proas enemigas chocan contra ella violentamente, pero sus esfuerzos y su ímpetu resultan inútiles. En vano reanudan el ataque y gastan energías y municiones: la gigantesca nave prosigue segura y serena su camino. A veces sucede que por efecto de las acometidas de que se le hace objeto, muestra en sus flancos una larga y profunda hendidura; pero apenas producido el daño, sopla un viento suave de las dos columnas y las vías de agua se cierran y las brechas desaparecen.
Disparan entretanto los cañones de los asaltantes, y al hacerlo revientan, se rompen los fusiles, lo mismo que las demás armas y espolones. Muchas naves se abren y se hunden en el mar. Entonces, los enemigos, encendidos de furor comienzan a luchar empleando el arma corta, las manos, los puños, las injurias, las blasfemias, maldiciones, y así continúa el combate. Cuando he aquí que el Papa cae herido gravemente. Inmediatamente los que le acompañan acuden a ayudarle y le levantan. El Pontífice es herido una segunda vez, cae nuevamente y muere. Un grito de victoria y de alegría resuena entre los enemigos; sobre las cubiertas de sus naves reina un júbilo indecible. Pero apenas muerto el Pontífice, otro ocupa el puesto vacante. Los pilotos reunidos lo han elegido  inmediatamente; de suerte que la noticia de la muerte del Papa llega con la de la elección de su sucesor. Los enemigos comienzan a desanimarse. El nuevo Pontífice, venciendo y superando todos los obstáculos, guía la nave hacia las dos columnas, y al llegar al espacio comprendido entre ambas, la amarra con una cadena que pende de la proa a un áncora de la columna que ostenta la Hostia; y con otra cadena que pende de la popa la sujeta de la parte opuesta a otra áncora colgada de la columna que sirve de pedestal a la Virgen Inmaculada. Entonces se produce una gran confusión.
Todas las naves que hasta aquel  momento habían luchado contra la embarcación capitaneada por el Papa, se dan a la huida, se dispersan, chocan entre sí y se destruyen mutuamente. Unas al hundirse procuran hundir a las demás. Otras navecillas que han combatido valerosamente a las órdenes del Papa, son las primeras en llegar a las columnas donde quedan amarradas. Otras naves, que por miedo al combate se habían retirado y que se encuentran muy distantes, continúan observando prudentemente los acontecimientos, hasta que, al desaparecer en los abismos del mar los restos de las naves destruidas, bogan aceleradamente hacia las dos columnas, llegando a las cuales se aseguran a los garfios pendientes de las mismas y allí permanecen tranquilas y seguras, en compañía de la nave capitana ocupada por el Papa. En el mar reina una calma absoluta. Al llegar a este punto del relato, San Juan Bosco preguntó a Beato Miguel Rúa: —¿Qué piensas de esta narración? Beato Miguel Rúa contestó: —Me parece que la nave del Papa es la Iglesia de la que es Cabeza: las otras naves representan a los hombres y el mar al mundo. Los que defienden a la embarcación del Pontífice son los leales a la Santa Sede; los otros, sus enemigos, que con toda suerte de armas intentan aniquilarla.
Las dos columnas salvadoras me parece que son la devoción a María Santísima y al Santísimo Sacramento de la Eucaristía. Beato Miguel Rúa no hizo referencia al Papa caído y muerto y San Juan Bosco nada dijo tampoco sobre este particular. Solamente añadió: —Has dicho bien. Solamente habría que corregir una expresión. Las naves de los enemigos son las persecuciones. Se preparan días difíciles para la Iglesia. Lo que hasta ahora ha sucedido es casi nada en comparación a lo que tiene que suceder. Los enemigos de la Iglesia están representados por las naves que intentan hundir la nave principal y aniquilarla si pudiesen. ¡Sólo quedan dos medios para salvarse en medio de tanto desconcierto! Devoción a María Santísima. Frecuencia de Sacramentos: Comunión frecuente, empleando todos los recursos para practicarlos nosotros y para hacerlos practicar a los demás siempre y en todo momento. ¡Buenas noches! Las conjeturas que hicieron los jóvenes sobre este sueño fueron muchísimas, especialmente en lo referente al Papa; pero Don Bosco no añadió ninguna otra explicación. Cuarenta y ocho años después —en A.D. 1907— el antiguo alumno, canónigo Don Juan Ma. Bourlot, recordaba perfectamente las palabras de San Juan Bosco. Hemos de concluir diciendo que César Chiala y  sus compañeros, consideraron este sueño como una verdadera visión o profecía.

“No hemos rechazado el texto que nos fue presentado por la Santa Sede”, asegura Fellay.

 

¿Hacia una conciliación entre la FSSPX y el Vaticano?

GIACOMO GALEAZZI
CIUDAD DEL VATICANO

 

La FSSPX no han rechazado la oferta del Vaticano, palabra de Bernard Fellay. El superior de la fraternidad de San Pío X ha intervenido para detener las fugas de noticias sobre una posible rotura con el Vaticano en las negociaciones para la regularización canónica de la fraternidad.  "No hemos rechazado el texto que nos fue presentado por la Santa Sede", asegura Fellay.

Si la pacificación se hiciera realidad, el superior de la fraternidad de San Pío X, llevaría de vuelta a casa un grupo de 200 seminaristas y 450 sacerdotes. Y en un periodo de escasez de vocaciones, no sería una cosa de poco. Tras la reunión de los superiores de la FSSPX que tuvo lugar en Albano a primeros de octubre, "han salido a la luz diversos comentarios relacionados con la respuesta que Monseñor Bernard Fellay tendría que dar a las propuestas presentadas por Roma el 14 de septiembre de 2011", cuando el sucesor del arzobispo Lefebvre se reunió en Vaticano con la cúpula de la Congregación para la Doctrina de la Fe. Al día de hoy, nada hace pensar que los tradicionalistas católicos no vayan a volver a entrar en el seno de Roma.

También porque en el peor de los casos, sólo una pequeña parte de la FSSPX no aceptaría la propuesta de Roma, una parte minoritaria que permanecería de todos modos fuera del retorno. El paso que ha puesto en marcha el proceso fue el Motu Proprio "Summorum Pontificum" la tarjeta de visita con la que Benedicto XVI hizo patente su voluntad de no traicionar al pasado, sobre todo en el terreno litúrgico. Porque la liturgia es la Iglesia, y el modo en el cual reza deja ver aquello en lo que cree. Bernard Fellay desde 1994, es (y lo seguirá siendo hasta el 2018) superior general de la Fraternidad de San Pío X. Fue consagrado obispo por Lefebvre en 1988 y ascendió en pocos años hasta la cumbre de la Fraternidad. Él, a Lefebvre, lo vio morir después de una semana de coma inconsciente. Fellay encabeza las filas del pensamiento más moderado de la FSSPX. Lo contrario que monseñor Richard Williamson, que en cambio, representa la parte más intransigente de la Fraternidad. "Se recuerda- sigue diciendo la nota que ha sido difundida en el día de hoy- que sólo la casa general de la Fraternidad de San Pío X tiene permitido publicar un comunicado oficial o un comentario autorizado sobre este tema".

Tras la reunión de Albano la FSSPX comunicaron que la cúpula estudiaría el "preámbulo doctrinal" presentado por la Santa Sede para "para presentar, en un lapso de tiempo razonable, una respuesta a las propuestas romanas". El contenido del "preámbulo" sigue siendo reservado. El alemán, don Niklaus Pfluger, primer asistente de Fellay, precisó en una entrevista reciente, que "el texto propuesto admite correcciones por nuestra parte".

Durante estos días, además, el superior del distrito británico de la FSSPX, Paul Morgan, ha revelado en una carta a sus fieles algunos detalles del encuentro en la Curia Romana, acusando a Roma de "no reconocer la ruptura entre las enseñanzas de la tradición y las del Concilio Vaticano II", y a las propuestas del Vaticano de contener "todos los elementos que la sociedad ha siempre rechazado". Respecto a la unión de Albano, "los presentes se mostraron de acuerdo en considerar claramente inaceptable el preámbulo doctrinal y en que no ha llegado el momento de alcanzar ningún tipo de acuerdo práctico en la medida en que las cuestiones doctrinales no se han resuelto todavía". Una fuga de noticias a la que el superior Fellay ha tenido que remediar con el comunicado de hoy.

Si la liturgia es el núcleo central del disentimiento de la FSSPX respecto a Roma, las divergencias parecen tener una fuerza mayor que el  Motu Proprio «Summorum Pontificum» no puede resolver por sí solo. La FSSPX solicitan una revisión directa de los textos conciliares y no sólo para denunciar su hermenéutica incorrecta, a partir de la declaración«Dignitatis Humanae» dedicada a la libertad religiosa. En ella, a juicio de la fraternidad de San Pío X, la Iglesia se coloca en un estado de sujeción respecto a la autoridad civil que le tiene que garantizar el derecho a la libertad de expresión. Para la FSSPX, en cambio, tendría que ser lo contrario: corresponde al Estado someterse a la fe católica y reconocerla como religión de Estado.

NOTA DE JUVENTUTEM: EL ARTICULO HA SIDO RETOCADO EN EL USO DE LOS TERMINOS POR SER CONSIDERADO AGRESIVO, MANTENIENDO SIN MODIFICACION LO ESENCIAL DEL MENSAJE.

FUENTE: Vatican Insider

Monseñor Arancedo reemplazará al Cardenal Bergoglio

 

 

El arzobispo de Santa Fe, monseñor José María Arancedo, fue elegido esta tarde como nuevo presidente de la Conferencia Episcopal por el período 2011-2014, en reemplazo del cardenal Jorge Bergoglio.
Arancedo será secundado en las vicepresidencias por el obispo Virginio Bressanelli, de Neuquén, y por el arzobispo Mario Cargnellio, de Salta.


La designación fue realizada en el marco de la 102 Asamblea Plenaria que sesiona en la casa de ejercicio El Cenáculo, de Pilar.

El Papa aceptó la renuncia de obispo argentino cuestionado por supuestos "abusos litúrgicos"

 

 

Se trata de monseñor Marcelo Melani, de la diocésis de Neuquén.
08/11/2011 09:55 | Agencia DyN


El papa Benedicto XVI aceptó hoy la renuncia anticipada de monseñor Marcelo Melani, quien estaba en la mira del Vaticano por supuestos "abusos litúrgicos" e "impresiones teológicas", por lo cual ya tenía un obispo coadjutor, Virginio Bressanelli, que asumirá ahora el gobierno pastoral de la diócesis de Neuquén.
Bressanelli, de 69 años, co-gobernaba esa jurisdicción eclesiástica patagónica desde febrero pasado, cuando la Santa Sede decidió "intervenirla" a fin de cerrar de modo "no traumático" el conflicto suscitado con Melani.
La aceptación de la renuncia de Melani, a quien le faltaban todavía dos años para cumplir los 75 años que marca como límite el Código Canónico, fue anunciada hoy simultáneamente en Roma y en Buenos Aires, donde lo hizo el nuncio apostólico, Adriano Bernardini, a través de la agencia católica Aica.
Fuentes eclesiásticas dijeron a DyN que la designación de Bressanelli buscó ya en febrero pasado evitar un cambio brusco de timón y que no se produzcan choques con el clero neuquino, que en su mayoría apoyaba a Melani.


Denuncia
El escándalo se desató en mayo de 2009, cuando trascendió que el Vaticano le sugirió a Melani "revisar" las prácticas litúrgicas, tanto propias como las de gran parte de los sacerdotes neuquinos, en el marco de la visita "ad límina" que efectuó al Papa y los dicasterios romanos.
También se dijo que el prefecto de la Congregación para los Obispos, Giovanni Battista Re, recomendó a Melani renunciar a su cargo en la diócesis. Se trató, precisaron entonces las fuentes, de un pedido extraoficial y personal del purpurado vaticano, ya que el único que puede pedírsela es el Papa.
Las advertencias del purpurado vaticano estaban basadas en dos denuncias anónimas llegadas a Roma, que acusaban a Melani de permitir "abusos litúrgicos", como vestir camisas de manga corta o no utilizar alba y estola durante las celebraciones eucarísticas, e "imprecisiones teológicas", como una falta diferenciación entre jerarquía y feligresía. Ambas consideradas faltas "graves" en la Iglesia.


Respaldo
Pero tras el episodio, Melani recibió el total apoyo de los sacerdotes neuquinos, encabezados por Rubén Capitanio, de Centenario, y también de los fieles.
Muchos en la provincia creen que los tradicionalistas locales y del Vaticano apuntaron contra el prelado neuquino por continuar con la línea progresista y de fuerte compromiso social y con los derechos humanos que impuso Jaime de Nevares durante sus 30 años (1961-1991) al frente de la diócesis, y siguieron Miguel Hesayne y Agustín Radrizzani.


Trayectoria
Melani nació en Florencia, Italia, el 15 de setiembre de 1938 y fue ordenado sacerdote para la Sociedad Salesiana de Don Bosco el 21 de marzo de 1970. Fue obispo de Viedma desde el 28 de junio de 1995 hasta el 9 de enero de 2002, cuando fue trasladado a Neuquén. En la Conferencia Episcopal Argentina preside la Comisión Episcopal de Pastoral Aborigen y es miembro de la Comisión Episcopal de Pastoral Social.
En tanto, Bressanelli nació en la ciudad de Beravebú, Santa Fe, el 1 de mayo de 1942, y ordenado sacerdote el 17 de diciembre de 1966 en Roma, en el Instituto de Sacerdotes del Sagrado Corazón de Jesús (Dehonianos). Fue elegido obispo de Comodoro Rivadavia el 19 de febrero de 2005 y ordenado obispo el 13 de mayo de 2005. En la Conferencia Episcopal Argentina preside la Comisión Episcopal de Vida Consagrada.
La diócesis de Neuquén se creó el 10 de abril de 1961 y cuenta hoy con 53 parroquias, 197 iglesias y capillas, 58 sacerdotes, 13 diáconos permanentes y 92 monjas, además de 20 centros educativos católicos.

 

Fuente: SECRETUM MEUM MIHI

Catequesis del Papa: "El hombre en oración (VII)"



BENEDICTO XVI

AUDIENCIA GENERAL

Plaza de San Pedro
Miércoles 22 de junio de 2011


Queridos hermanos y hermanas:

En las catequesis anteriores nos centramos en algunas figuras del Antiguo Testamento particularmente significativas para nuestra reflexión sobre la oración. Hablé de Abraham, que intercede por las ciudades extranjeras; de Jacob, que en la lucha nocturna recibe la bendición; de Moisés, que invoca el perdón para su pueblo; y de Elías, que reza por la conversión de Israel. Con la catequesis de hoy quiero iniciar una nueva etapa del camino: en vez de comentar episodios particulares de personajes en oración, entraremos en el «libro de oración» por excelencia, el libro de los Salmos. En las próximas catequesis leeremos y meditaremos algunos de los Salmos más bellos y más arraigados en la tradición orante de la Iglesia. Hoy quiero introducirlos hablando del libro de los Salmos en su conjunto.

El Salterio se presenta como un «formulario» de oraciones, una selección de ciento cincuenta Salmos que la tradición bíblica da al pueblo de los creyentes para que se convierta en su oración, en nuestra oración, en nuestro modo de dirigirnos a Dios y de relacionarnos con él. En este libro encuentra expresión toda la experiencia humana con sus múltiples facetas, y toda la gama de los sentimientos que acompañan la existencia del hombre. En los Salmos se entrelazan y se expresan alegría y sufrimiento, deseo de Dios y percepción de la propia indignidad, felicidad y sentido de abandono, confianza en Dios y dolorosa soledad, plenitud de vida y miedo a morir. Toda la realidad del creyente confluye en estas oraciones, que el pueblo de Israel primero y la Iglesia después asumieron como mediación privilegiada de la relación con el único Dios y respuesta adecuada a su revelación en la historia. En cuanto oraciones, los Salmos son manifestaciones del espíritu y de la fe, en las que todos nos podemos reconocer y en las que se comunica la experiencia de particular cercanía a Dios a la que están llamados todos los hombres. Y toda la complejidad de la existencia humana se concentra en la complejidad de las distintas formas literarias de los diversos Salmos: himnos, lamentaciones, súplicas individuales y colectivas, cantos de acción de gracias, salmos penitenciales y otros géneros que se pueden encontrar en estas composiciones poéticas.

No obstante esta multiplicidad expresiva, se pueden identificar dos grandes ámbitos que sintetizan la oración del Salterio: la súplica, vinculada a la lamentación, y la alabanza, dos dimensiones relacionadas y casi inseparables. Porque la súplica está animada por la certeza de que Dios responderá, y esto abre a la alabanza y a la acción de gracias; y la alabanza y la acción de gracias surgen de la experiencia de una salvación recibida, que supone una necesidad de ayuda expresada en la súplica.

En la súplica, el que ora se lamenta y describe su situación de angustia, de peligro, de desolación o, como en los Salmos penitenciales, confiesa su culpa, su pecado, pidiendo ser perdonado. Expone al Señor su estado de necesidad confiando en ser escuchado, y esto implica un reconocimiento de Dios como bueno, deseoso del bien y «amante de la vida» (cf. Sb 11, 26), dispuesto a ayudar, salvar y perdonar. Así, por ejemplo, reza el salmista en el Salmo 31: «A ti, Señor, me acojo: no quede yo nunca defraudado. (...) Sácame de la red que me han tendido, porque tú eres mi amparo» (vv. 2.5). Así pues, ya en la lamentación puede surgir algo de la alabanza, que se anuncia en la esperanza de la intervención divina y después se hace explícita cuando la salvación divina se convierte en realidad. De modo análogo, en los Salmos de acción de gracias y de alabanza, haciendo memoria del don recibido o contemplando la grandeza de la misericordia de Dios, se reconoce también la propia pequeñez y la necesidad de ser salvados, que está en la base de la súplica. Así se confiesa a Dios la propia condición de criatura inevitablemente marcada por la muerte, pero portadora de un deseo radical de vida. Por eso el salmista exclama en el Salmo 86: «Te alabaré de todo corazón, Dios mío; daré gloria a tu nombre por siempre, por tu gran piedad para conmigo, porque me salvaste del abismo profundo» (vv. 12-13). De ese modo, en la oración de los Salmos, la súplica y la alabanza se entrelazan y se funden en un único canto que celebra la gracia eterna del Señor que se inclina hacia nuestra fragilidad.

Precisamente para permitir al pueblo de los creyentes unirse a este canto, el libro del Salterio fue dado a
Israel y a la Iglesia. Los Salmos, de hecho, enseñan a orar. En ellos la Palabra de Dios se convierte en palabra de oración —y son las palabras del salmista inspirado— que se convierte también en palabra del orante que reza los Salmos. Es esta la belleza y la particularidad de este libro bíblico: las oraciones contenidas en él, a diferencia de otras oraciones que encontramos en la Sagrada Escritura, no se insertan en una trama narrativa que especifica su sentido y su función. Los Salmos se dan al creyente precisamente como texto de oración, que tiene como único fin convertirse en la oración de quien los asume y con ellos se dirige a Dios.

Dado que son Palabra de Dios, quien reza los Salmos habla a Dios con las mismas palabras que Dios nos ha dado, se dirige a él con las palabras que él mismo nos da. Así, al rezar los Salmos se aprende a orar. Son una escuela de oración.

Algo análogo sucede cuando un niño comienza a hablar: aprende a expresar sus propias sensaciones, emociones y necesidades con palabras que no le pertenecen de modo innato, sino que aprende de sus padres y de los que viven con él. Lo que el niño quiere expresar es su propia vivencia, pero el medio expresivo es de otros; y él poco a poco se apropia de ese medio; las palabras recibidas de sus padres se convierten en sus palabras y a través de ellas aprende también un modo de pensar y de sentir, accede a todo un mundo de conceptos, y crece en él, se relaciona con la realidad, con los hombres y con Dios. La lengua de sus padres, por último, se convierte en su lengua, habla con palabras recibidas de otros que ya se han convertido en sus palabras. Lo mismo sucede con la oración de los Salmos. Se nos dan para que aprendamos a dirigirnos a Dios, a comunicarnos con él, a hablarle de nosotros con sus palabras, a encontrar un lenguaje para el encuentro con Dios. Y, a través de esas palabras, será posible también conocer y acoger los criterios de su actuar, acercarse al misterio de sus pensamientos y de sus caminos (cf. Is 55, 8-9), para crecer cada vez más en la fe y en el amor. Como nuestras palabras no son sólo palabras, sino que nos enseñan un mundo real y conceptual, así también estas oraciones nos enseñan el corazón de Dios, por lo que no sólo podemos hablar con Dios, sino que también podemos aprender quién es Dios y, aprendiendo cómo hablar con él, aprendemos el ser hombre, el ser nosotros mismos.

A este respecto, es significativo el título que la tradición judía ha dado al Salterio. Se llama tehillîm,un término hebreo que quiere decir «alabanzas», de la raíz verbal que encontramos en la expresión «Halleluyah», es decir, literalmente «alabad al Señor». Este libro de oraciones, por tanto, aunque es multiforme y complejo, con sus diversos géneros literarios y con su articulación entre alabanza y súplica, es en definitiva un libro de alabanzas, que enseña a dar gracias, a celebrar la grandeza del don de Dios, a reconocer la belleza de sus obras y a glorificar su santo Nombre. Esta es la respuesta más adecuada ante la manifestación del Señor y la experiencia de su bondad. Enseñándonos a rezar, los Salmos nos enseñan que también en la desolación, también en el dolor, la presencia de Dios permanece, es fuente de maravilla y de consuelo. Se puede llorar, suplicar, interceder, lamentarse, pero con la conciencia de que estamos caminando hacia la luz, donde la alabanza podrá ser definitiva. Como nos enseña el Salmo 36: «En ti está la fuente de la vida y tu luz nos hace ver la luz» (Sal 36, 10).

Pero, además de este título general del libro, la tradición judía ha puesto en muchos Salmos títulos específicos, atribuyéndolos, en su gran mayoría, al rey David. Figura de notable talla humana y teológica, David es un personaje complejo, que atravesó las más diversas experiencias fundamentales de la vida. Joven pastor del rebaño paterno, pasando por alternas y a veces dramáticas vicisitudes, se convierte en rey de Israel, en pastor del pueblo de Dios. Hombre de paz, combatió muchas guerras; incansable y tenaz buscador de Dios, traicionó su amor, y esto es característico: siempre buscó a Dios, aunque pecó gravemente muchas veces; humilde penitente, acogió el perdón divino, incluso el castigo divino, y aceptó un destino marcado por el dolor. David fue un rey, a pesar de todas sus debilidades, «según el corazón de Dios» (cf. 1 S 13, 14), es decir, un orante apasionado, un hombre que sabía lo que quiere decir suplicar y alabar. La relación de los Salmos con este insigne rey de Israel es, por tanto, importante, porque él es una figura mesiánica, ungido del Señor, en el que de algún modo se vislumbra el misterio de Cristo.

Igualmente importantes y significativos son el modo y la frecuencia con que las palabras de los Salmos son retomadas en el Nuevo Testamento, asumiendo y destacando el valor profético sugerido por la relación del Salterio con la figura mesiánica de David. En el Señor Jesús, que en su vida terrena oró con los Salmos, encuentran su definitivo cumplimiento y revelan su sentido más pleno y profundo. Las oraciones del Salterio, con las que se habla a Dios, nos hablan de él, nos hablan del Hijo, imagen del Dios invisible (cf. Col 1, 15), que nos revela plenamente el rostro del Padre. El cristiano, por tanto, al rezar los Salmos, ora al Padre en Cristo y con Cristo, asumiendo estos cantos en una perspectiva nueva, que tiene en el misterio pascual su última clave de interpretación. Así el horizonte del orante se abre a realidades inesperadas, todo Salmo adquiere una luz nueva en Cristo y el Salterio puede brillar en toda su infinita riqueza.

Queridos hermanos y hermanas, tomemos, por tanto, en nuestras manos este libro santo; dejémonos que Dios nos enseñe a dirigirnos a él; hagamos del Salterio una guía que nos ayude y nos acompañe diariamente en el camino de la oración. Y pidamos también nosotros, como los discípulos de Jesús, «Señor, enséñanos a orar» (Lc 11, 1), abriendo el corazón a acoger la oración del Maestro, en el que todas las oraciones llegan a
su plenitud. Así, siendo hijos en el Hijo, podremos hablar a Dios, llamándolo «Padre nuestro». Gracias.




Saludos

Saludo cordialmente a los peregrinos de lengua española, en particular a los grupos provenientes de España, Colombia, Venezuela y otros países latinoamericanos. Os invito a que aprendáis de los Salmos a hablar con Dios y, repitiendo la súplica de los apóstoles, Señor, enséñanos a orar, abráis el corazón para acoger la plegaria del Maestro, en la que toda oración llega a su culmen. Muchas gracias.