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sábado, 12 de noviembre de 2011

Demasiada confusión. Bertone cierra la curia con llave

 

 

Abrumado por las críticas al documento de "Iustitia et pax" sobre la crisis financiera mundial. El secretario de Estado lo desconoce. "L'Osservatore Romano" lo masacra. Desde ahora en adelante cada nuevo texto vaticano deberá tener la previa autorización del cardenal.

 

por Sandro Magister

ROMA. 10 de noviembre de 2011 – Justamente mientras en Cannes el G20 arribaba a sus débiles e inciertas conclusiones, ese mismo viernes 4 de noviembre, en el Vaticano, una pequeña cumbre convocada en la Secretaría de Estado buscaba poner remedio a un enésimo momento de confusión de la curia romana.
En el banco de los acusados estaba el documento obre la crisis financiera mundial difundido diez días antes por el Pontificio Consejo “Justicia y Paz”. Un documento que había desconcertado a muchos, fuera y dentro del Vaticano.
El secretario de Estado, el cardenal Tarcisio Bertone, lamentaba no haber sabido nada hasta el final. Y precisamente por esto había reunido a esa cumbre en la Secretaría de Estado.
La conclusión de la cumbre ha sido trasmitir a todas las oficinas de la curia romana esta orden taxativa: no hacer salir más de allí en adelante nada escrito que no tenga el control preventivo y la autorización de la Secretaría de Estado.
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Ciertamente, que Bertone y los suyos han visto ese documento sólo luego de su publicación es algo que también asombra.
En efecto, ya el 19 de octubre, con cinco días de anticipación, la sala de prensa vaticana – que está en directa dependencia de la Secretaría de Estado – había dado el anuncio de la conferencia de prensa para presentar el documento, en la que tomaron la palabra el cardenal Peter Kodwo Appiah Turkson, presidente del Pontificio Consejo “Justicia y Paz”, y monseñor Mario Toso, secretario del mismo.
Toso, salesiano como Bertone y su amigo íntimo desde hace mucho tiempo, fue buscado para este cargo justamente por el cardenal secretario de Estado.
En cuanto al texto del documento, la sala de prensa vaticana había avisado que ya estaba listo en cuatro idiomas y habría sido entregado a los periodistas acreditados tres horas antes que fuese hecho público.
El 22 de octubre, un posterior aviso agregaba el nombre del profesor Leonardo Becchetti a la tarjeta de los presentadores.
Becchetti, docente de Economía en la Universidad de Roma Tor Vergata y experto de microcrédito y de comercio igual y solidario, es considerado el principal divulgador del documento.
Y en efecto, el 24 de octubre, en la conferencia de prensa para la presentación del documento, su intervención fue la más específica, orientada en particular a reclamar la introducción de una tasa para las transacciones financieras, llamada en forma diferenciada "Impuesto Tobin" (por el nombre de su creador) o también "Impuesto Robin Hood".
En el G20 de Cannes la hipótesis de esta tasa ha despuntado en alguna alusión retórica de Barack Obama y de Nicolas Sarkozy, pero no ha tenido ningún otro tratamiento concreto.
Otra aseveración del documento vaticano, según el cual la economía europea estaría en riesgo de inflación más que de deflación, ha sido puesto en entredicho el 1 de noviembre por la decisión del nuevo gobernador del Banco Central europeo, Mario Draghi, quien ha rebajado la tasa de descuento del euro, más que elevarlo como se hace siempre cuando la inflación es un peligro real.
En cuanto al objetivo principal del documento, nada menos que un gobierno único mundial de la política y de la economía, ha salido del G20 de Cannes literalmente destrozado. No sólo porque de una utopía semejante no ha hablado nadie, ni siquiera vagamente, sino porque lo poco que se ha decidido en concreto ha ido en dirección contraria. El desorden mundial es hoy mayor que antes y tiene su déficit más grave en la acrecentada incapacidad de los gobiernos europeos de asegurar una "gobernanza" del continente.
Es de poco consuelo para el documento vaticano haber sido acercado a los puntos de vista de los indignados de "Ocupar Wall Street". O de haber encontrado eco en un artículo de barricada del primado anglicano Rowan Williams, publicado el 2 de noviembre en el "Financial Times", a favor del "Impuesto Robin Hood".
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Pero más que estos pésimos votos, lo que ha irritado mayormente a muchos estimables lectores del documento del Pontificio Consejo “Justicia y Paz” es que está en contradicción clamorosa con la encíclica "Caritas in Veritate", de Benedicto XVI.
En la encíclica, de ninguna manera el papa Joseph Ratzinger invoca una "autoridad pública con competencia universal" en la política y en la economía, una especie de gran Leviatán que no se entiende cómo ha de ser entronizado ni por quién, lo cual es querido por el documento del 24 de octubre.
En "Caritas in Veritate" el Papa habla más propiamente de "gobernanza" (es decir, de reglamentación, en latín "moderamen") de la globalización, a través de instituciones subsidiarias y estratificadas. Esto no tiene nada que ver con un gobierno monocrático del mundo.
Cuando luego se desciende en el análisis y en las propuestas específicas, ha sorprendido también la fuerte brecha entre lo que escribe el documento del Pontificio Consejo “Justicia y Paz” y cuanto se sostiene desde hace mucho tiempo en "L'Osservatore Romano", en los editoriales de su comentarista económico, Ettore Gotti Tedeschi, presidente del Instituto para las Obras de Religión, el banco vaticano, y también querido en este cargo por el cardenal Bertone.
Por ejemplo, no hay una sola línea, en el documento, que atribuya la crisis mundial de la economía y de las finanzas al colapso de la natalidad y al consiguiente cada vez más costoso envejecimiento de la población.
Era fácil prever que Gotti Tedeschi no permanecería en silencio. En efecto, el 4 de noviembre – el mismo día de la cumbre convocada por Bertone en la Secretaría de Estado – se publicó en "L'Osservatore Romano" un editorial de su autoría que suena como un repudio total del documento del Pontificio Consejo “Justicia y Paz”.
Lo presentamos aquí inmediatamente a continuación. Al leerlo surge la sospecha que su redacción inicial quizás era todavía más destructiva...

 

Fuente: http://chiesa.espresso.repubblica.it/articolo/1350080?sp=y

La Eucaristía, corazón de la Iglesia y de su misión


Homilía de monseñor Héctor Aguer, arzobispo de La Plata,
en la Solemnidad de Corpus Christi (Iglesia Catedral, 25 de junio de 2011)

Corpus Christi es una de las fiestas más bellas del calendario católico. Nuestra ubicación sureña nos impide muchas veces gozar del clima adecuado para la expansión al aire libre; la procesión puede verse amenazada por el frío y la lluvia. En el hemisferio norte, en cambio, es fácil asociar la solemnidad con el florecimiento de la vida, con la madurez de la creación que culmina en Cristo resucitado, presente para siempre entre nosotros. Según el ordenamiento litúrgico, la fiesta del Cuerpo y la Sangre del Señor sigue a la cincuentena pascual cumplida en Pentecostés y a la conmemoración de la Trinidad; en esta secuencia de celebraciones se encierra un profundo significado. El sacramento del sacrificio y de la presencia eucarística de Jesús es el memorial de su muerte y resurrección, hecho posible para la Iglesia por la efusión del Espíritu Santo; es el testimonio perenne del amor de Dios, que nos comunica la vida de la Trinidad y nos introduce en su inefable trato. Es una fiesta de alegría, como toda fiesta, pero más que muchas otras: sit laus plena, sit sonora, sit iucunda, sit decora mentis iubilatio; así nos invita la Iglesia, con palabras de Santo Tomás de Aquino, al júbilo del alma, a una intensa alegría espiritual que inspire nuestra alabanza.
Hemos escuchado en el Evangelio la declaración de Jesús que constituye el argumento mismo de la celebración de hoy: Yo soy el pan vivo bajado del cielo; el que coma de este pan vivirá eternamente, y el pan que yo daré es mi carne para la vida del mundo (Jn. 6, 51). En esta sentencia hay una alusión al maná, la misteriosa comida que alimentó a los israelitas durante su marcha hacia la tierra prometida. Los judíos acababan de reclamarle a Jesús un signo que lo acreditase como Mesías y habían mencionado precisamente el episodio ocurrido en la travesía del desierto; según una creencia muy difundida, el maná sería el alimento de la era mesiánica. La primera lectura, en consonancia con la proclamación evangélica, nos ha presentado el recuerdo que recoge el Deuteronomio (8, 2-3) de la protección providencial ejercida por Dios sobre su pueblo y concretada en el don milagroso de ese pan que procede de la palabra divina. Según las descripciones bíblicas el maná caía como lluvia, con la apariencia de granos finos y blandos con gusto a miel. En el Evangelio de San Juan, la vida de Jesús parece insertada en el marco del éxodo de Israel y como cumplimiento del mismo. Él es el Verbo que al hacerse carne planta su carpa entre nosotros y así se manifiesta como presencia de la gloria de Dios; es luego la serpiente de bronce elevada para curar a quienes la contemplan; es el maná verdadero dado por el Padre para nutrir a su pueblo, la fuente del agua viva que brota de la roca y quita toda sed, la columna de luz que señala el camino, el cordero pascual cuya sangre lava y santifica. Aquellas realidades de la antigua alianza eran figuras proféticas, imágenes umbrátiles de Cristo y de las realidades definitivas de la alianza nueva y eterna.
Jesús es el pan vivo bajado del cielo; es el Padre quien lo envía y nos lo da; pero resulta que Jesús mismo es el donante y el pan es su carne entregada para la vida del mundo. En estas expresiones se revela su muerte redentora. Carne designa al mismo Jesús en su condición mortal; ha descendido del cielo en su encarnación, se ha hecho carne para asimilarse a nosotros y por su muerte se convirtió en pan de vida para el mundo. En el don eucarístico se contiene el darsede Jesús, su entrega por la redención de todos los hombres. Para es una es una palabra clave en el cristianismo, que ilustra el sentido del misterio pascual de Cristo y la vocación del cristiano de unirse a la existencia entregada de su Señor en la cruz. El pan que yo daré es mi carne para la vida del mundo: este anuncio se ve cumplido en la Eucaristía, sacrificio en el que Jesús nos es dado y comunión por la que nos asume en el don. La objeción de los que escuchaban el discurso sobre el Pan de Vida en la sinagoga de Cafarnaún expresa una duda, una tentación, un rechazo que se ha verificado en toda época y que guarda una terrible actualidad. Al decir ¿cómo este hombre puede darnos a comer su carne? aquellos galileos estaban negándose a aceptar que la muerte de Jesús sea fuente de vida para todos los hombres; no admitían que la salvación universal pueda provenir de la entrega que un hombre hace de sí. Como duda, tentación o rechazo, aquella objeción reaparece en el relativismo y en el confuso pluralismo religioso que se extiende en la cultura contemporánea. La Iglesia, y nosotros con ella, creemos firmemente que la voluntad salvífica universal de Dios Uno y Trino es ofrecida y cumplida una vez para siempre en el misterio de la encarnación, muerte y resurrección del Hijo de Dios. Jesucristo tiene, para el género humano y su historia, un significado y un valor singular y único, sólo de él propio, exclusivo, universal y absoluto (Declar. Dominus Iesus, 14 s.). Esta verdad de nuestra fe resplandece en la gloria velada y humilde de la Eucaristía. La Eucaristía es el corazón de la Iglesia y del mundo.
El Evangelio que hemos escuchado (Jn. 6, 51-58) contiene aún otras enseñanzas. La vida eterna es una realidad presente en aquel que se alimenta de la comida eucarística; es la vida divina que en la resurrección de Jesús triunfó de la muerte y por eso asegura a los comensales, como promesa y esperanza, la resurrección final. La carne del hombre está llamada a la salvación; la realidad de la resurrección del Señor, la realidad de su presencia en el sacramento de su pascua y la realidad de la resurrección de la carne son tres verdades inseparables e íntimamente vinculadas entre sí en las que se manifiesta la Vida de Dios. Además, la comunión eucarística, al hacernos vivir por Cristo y de él, nos introduce y ubica en una situación espiritual de mutua inmanencia con el Señor; permanecemos en él y él en nosotros. El verbo permanecer, usado en este sentido, se encuentra en varios de los discursos de Jesús recogidos en el cuarto Evangelio. Expresa el fruto del don eucarístico y también una tarea impuesta al discípulo: el Señor nos exhorta a permanecer en él, a permanecer fieles a su palabra y a que sus palabras permanezcan en nosotros, a permanecer en su amor cumpliendo sus mandamientos. La figura, con su resonancia local y temporal originaria –quedarse en un lugar, demorarse allí– indica un sereno y gustoso arraigo, la plenitud y saciedad de quien ha llegado a la meta y ya no piensa, ni quiere, ni puede buscar otro polo, otro puerto, otra dicha. El permanecer tiene algo, mucho, de eternidad.
El breve pasaje de la primera Carta a los Corintios (10, 16-17) que también se ha leído contiene una advertencia para no interpretar en un sentido estrechamente individualista la gracia eucarística. Ya que hay un solo pan –nos dice el Apóstol– todos nosotros, aunque somos muchos, formamos un solo Cuerpo, porque participamos de ese único pan. Sin duda, es efecto propio de la Eucaristía la transformación del hombre en Dios, una riqueza íntimamente personal para cada uno; pero ese don se verifica como inserción en el todo eclesial, como perfeccionamiento de la agregación a la Iglesia otorgada por el bautismo. Santo Tomás, recogiendo el pensamiento de los Santos Padres, sostiene que mediante la Eucaristía es fabricada la Iglesia, que la res sacramenti de la Eucaristía, es decir, su gracia específica y final, es la unidad del Cuerpo místico. De la comunión de cada uno con Cristo resulta un único Cristo, el Cristo total que es la Iglesia. Los dos efectos, el personal y el social, comunitario, son inseparables porque la Eucaristía es el sacramento del amor y la argamasa con la que se edifica la Iglesia es la caridad. A la luz de esta verdad católica se comprende la relación que existe entre el sacramento eucarístico y la misión eclesial. Detengámonos un momento a contemplarla.
No hay que considerar a la Eucaristía una especie de instrumento para acercar a la gente, no es misionera o misional en ese sentido. Recordemos que en el orden dinámico de la evangelización la Eucaristía es un punto de llegada antes que un comienzo absoluto. Es el centro misterioso del Cristianismo en el que Dios sale de sí para unirse a nosotros, en el que se edifica la comunidad de los fieles que comparten la fe, la esperanza, el amor. Es el corazón de la Iglesia, en el que late la vida de Dios, en el que se gesta incesantemente el impulso de su crecimiento y expansión. Por otra parte, la misión no es propaganda, proselitismo; surge de lo profundo de la vida eclesial. No bastan los grandes proyectos misioneros, la cuidadosa organización y la abundancia de recursos; son éstos requisitos buenos, necesarios quizá, pero insuficientes. De la Eucaristía, de la fe y la vida eucarísticas de las comunidades cristianas procede la inspiración, el fervor, la fortaleza, el arrojo de la misión. Las dos realidades se condicionan recíprocamente, de tal modo que podemos también cuestionarnos: Si en una diócesis, en una parroquia, en una institución o movimiento de Iglesia, en una escuela católica, no existe un vivo interés, una preocupación ardiente por la misión, una pasión misionera, ¿dónde está su vida eucarística?, ¿en qué grado de intensidad y cumplimiento se encuentra? Si no hay vida eucarística rebosante, no hay comunidad vigorosa, llena de Espíritu Santo y de mucha fe; no participará, por tanto, de la misión en la que está empeñada la Iglesia toda. En sus orígenes la Iglesia se expandió vertiginosamente porque todos se reunían asiduamente para escuchar la enseñanza de los apóstoles y participar en la vida común, en la fracción del pan y en las oraciones (Hech. 2, 42). Todos eran, al comienzo, muy pocos. A veces se esboza una disculpa que resulta más bien una excusa: que la comunidad es numéricamente pequeña, que no hay misioneros bien preparados, que no hay respuesta a las invitaciones a participar. Lo que importa es que esos pocos, esa pequeña comunidad sea fervorosa en su amor eucarístico, en su espíritu de adoración, en la alabanza y la súplica; la calidez de su compromiso misionero, la fortaleza que le da su confianza, se impondrá a los obstáculos e irá derritiendo el hielo de los indiferentes y alejados; irá creciendo y contagiando su fervor.
Como en los años anteriores, nos disponemos en la arquidiócesis a cumplir otro paso de la misión permanente. Busquemos en la Eucaristía el fundamento y la inspiración que potencie con ardimiento nuestros esfuerzos: más vida eucarística personal, comuniones mejor preparadas, visitas asiduas al Santísimo, más horas de adoración comunitaria en las parroquias, que los alumnos de nuestros colegios se inicien en la adoración y cobren gusto de ella. Que a partir de esteCorpus Christi se renueve incesantemente nuestra fe en la presencia real del Señor en el sacramento. Hace dos años, en un día como hoy, decía Benedicto XVI:No hay que dar por descontada nuestra fe. Hoy existe el peligro de una secularización que se infiltra incluso dentro de la Iglesia y que puede traducirse en un culto eucarístico formal y vacío, en celebraciones sin la participación del corazón que se expresa en la veneración y respeto de la liturgia. Siempre es fuerte la tentación de reducir la oración a momentos superficiales y apresurados, dejándose arrastrar por las actividades y por las preocupaciones terrenales.
Que el Espíritu Santo, por la intercesión de la Virgen Santísima, recree en nosotros el asombro eucarístico y confirme la decisión misionera.

Mons. Héctor Aguer, arzobispo de La Plata

Playmobil cristiano

Por Andrea Tornielli

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El fin de semana pasado fui con mi familia a Londres, para visitar a mi hija que acaba de empezar la universidad en Inglaterra. El sábado por la tarde me tocó cumplir una promesa que le había hecho a mi hijo más chico: lo llevé a ver Hamleys, la tienda de juguetes más famosa de Londres: siete pisos y 40 mil productos, con empleados que muestran el funcionamiento de las novedades y que te dejan ver cómo funcionan.

 

La tiena estaba repleta de personas y era difícil moverse. Los que me conocen saben que no adoro ir de compras, y mucho menos ir detrás de mis familiares mientras hacen sus compras, sobre todo si uno se encuentra en una marea de gente, tal y como sucedió el fin de semana pasado en el centro de Londres.

 

Sin embargo, dos cosas me sorprendieron durante la visita a Hamleys. La primera fue la entrada de unos padres que empujaban una silla de ruedas, en la que había un muchachito que habrá tenido unos 10 años. Estaba completamente calvo, se veía que sufría y que estaba muy enfermo. Su presencia fue como un gancho al estómago, por lo menos para mí. En el templo de la diversión, la conciencia de la realidad de la vida, del sufrimiento de los inocentes y del significado que el dolor encierra en sí mismo.

 

La segunda cosa que me impresionó fue un pequeño y agradable descubrimiento. Y aparantemente sin relación con la primera. En el piso dedicado a las construcciones, en las estanterías en las que están expuestos los muñequitos de Playmobil, había un pequeño espacio dedicado a la navidad, con un mini.pesebre Playmobil (al que le tomé una foto con el móvil). Hay que decir que Hamleys todavía no tenía la decoración navideña (porque el tema era el de Halloween) y la presencia de este pequeño, pero significativo detalle cristiano me sorprendió.

 

Siempre estamos listos (y con razón) para denunciar la pérdida de algunas señales tradicionales relacionadas con nuestras raíces cristianas, o la oposición que estas señales encuentran en los lugares públicos. Hay que tomar nota de que, a veces, sorprendentemente, estas señales surgen en donde menos te lo esperas, como en el caso del templo de la diversión de Hamleys, en el donde se puede ver el pesebre Playmobil que, con los muñequitos, representa el misterio del Dios hecho hombre, es más, hecho niño, un niño «totalmente dependiente de los cuidados de un padre y una madre», que es «nuestro todo», como tuvo a bien decir el beato Juan Pablo II en Belén en marzo del año 2000.

 

Fuente: Vatican Insider

Renovación en Indianápolis

 

 

La Parroquia del Santo Rosario, en Indianápolis, EE.UU., renovada recientemente conforme a una hermenéutica de continuidad. Restaurado el comulgatorio. Es una de las iglesias en las que se celebran ambas formas del Rito Romano.

The Deacon´s Bench

 

Fuente: Acción Litúrgica