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martes, 29 de noviembre de 2011

Fellay anuncia una respuesta inminente al Preámbulo doctrinal: «No es un texto definitivo»

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El superior general de la FSSPX explica en una entrevista que aprovechará la posibilidad de «modificaciones» prevista por la Santa Sede.

 

El sitio web oficial de la Fraternidad Sacerdotal San Pío X (FSSPX) reproduce con fecha 28 de noviembre una entrevista con el superior general, Bernard Fellay. El obispo suizo expone en ella la posición de su congregación sobre el Preámbulo Doctrinal que le entregó el cardenal William Levada el pasado 14 de septiembre.
Fellay defiende la extrema discreción que están manteniendo ambas partes sobre su contenido como algo "normal en todo asunto importante, porquegarantiza su seriedad".
Aunque no detalla el contenido del Preámbulo, monseñor Fellay sí dice que va acompañado de una nota donde "se indica que puede recibir aclaraciones y modificaciones". "No es un texto definitivo", añade: "En breve responderemos a este documento indicando con franqueza las posiciones doctrinales que nos parece indispensable sostener. Nuestra preocupación constante desde el inicio de nuestras conversaciones con la Santa Sede -y nuestros interlocutores lo saben bien- ha sidopresentar con total lealtad la posición tradicional".
El superior general de la FSSPX afirma también que "el texto -incluso en su estado actual, que necesita numerosas aclaraciones- puede suscitar laoposición de los progresistas, que no admiten ni siquiera la idea de una discusión sobre el Concilio".
La clave: el Concilio
"Es verdad", continúa monseñor Fellay, "que no podemos avalar este Preámbulo Doctrinal, que sin embargo prevé un margen para una ´legítima discusión´ sobre ciertos puntos del Concilio. ¿Hasta dónde llega ese margen? La propuesta que haré estos días a las autoridades romanas y su respuesta nos permitirán evaluar qué posibilidades se nos permiten. Sea cual sea el resultado de estas conversaciones, el documento final que sea aceptado o rechazado se hará público".
Fellay insiste en que el debate es "esencialmente doctrinal y se refiere principalmente al Concilio", pero recuerda que ese debate está también fuera de la FSSPX, y cita los recientes libros del teólogo Brunero Gherardini (Vaticano II: una explicación pendiente)sobre el alcance de los documentos conciliares, y del historiador Roberto de Mattei sobre las influencias que se ejercieron en el aula conciliar, que han abierto esa cuestión a fondo en Italia, con gran calado en la curia romana.
Estos trabajos "demuestran que la Fraternidad no está sola en ver los problemas doctrinales que plantea el Concilio", y que "la adhesión al Concilio es problemática".
El estatuto canónico
"Las precisiones que obtengamos o no obtengamos tendrán el mérito no despreciable de mostrar mejor dónde están las dificultades y dónde las soluciones. Éste es el espíritu que ha guiado constantemente nuestras conversaciones teológicas de estos dos últimos años", continúa Fellay, quien reitera que la aceptación o no de ese Preámbulo "condicionará la obtención o no de un estatuto canónico". En efecto, añade, la posición de siempre de la FSSPX es que dejar de lado las cuestiones doctrinales para conseguir un estatuto canónico "nos expondría a ver esas mismas divergencias resurgir inevitablemente, convirtiendo el estatuto canónico en algo, más que precario, invivible".
Monseñor Fellay señala como ejemplo "las interpretaciones evolutivas" que se han dado sobre los puntos más problemáticos: "Es imposible adherirse de forma estable a una doctrina en movimiento". Frente a eso, recuerda la vigencia del Credo como "profesión de fe católica".
La crisis de la Iglesia mengua los efectivos
En cuanto a la crisis de la Iglesia, monseñor Fellay afirma que, "salvo un milagro, no puede tener una solución instantánea", y añade: "Querer que Dios otorgue la victoria sin pedir a los soldados dar la batalla, es una forma de deserción. Querer el fin de la crisis sin verse afectado o implicado, no es amar verdaderamente a la Iglesia. La Providencia no nos dispensa de cumplir nuestro deber de estado allá donde nos ha situado, ni de asumir nuestras responsabilidades ni de responder a las gracias que nos ha concedido".
Como datos de esa crisis, cita la falta de sacerdotes y la sobredimensión de algunas estructuras eclesiásticas, al tiempo que los efectivos para atenderlas descienden cada vez más: "Los obispos y sacerdotes jóvenes que heredan esta situación son cada vez más conscientes de la esterilidad de cincuenta años de apertura al mundo moderno... Se preguntan si la Iglesia podía adaptarse al mundo sin adoptar su espíritu. Estos obispos y estos sacerdotes se plantean estas cuestiones, y nos las plantean a nosotros... discretamente. Nosotros les respondemos que hay que saber si, ante tal penuria, la Tradición católica es una simple opción, o si es una solución necesaria. Responder que es una opción es minimizar o negar la crisis en la Iglesia, contentarse con medidas que ya han demostrado su ineficacia".
Por último, monseñor Fellay aborda la oposición de algunos obispos a Roma, "sorda pero eficaz ante el Motu Proprio sobre la misa tridentina", y que se extendería también a ellos, y pide al Papa que si hay una solución canónica para la FSSPX "ponga los medios para hacerla realmente eficaz"
Una respuesta de fe
Al tiempo que llama a una cruzada de oración del rosario "con la meditación profunda de sus misterios" para salir de esa crisis, Fellay apunta que "no estamos en una situación normal que nos permitiría contentarnos con una mediocridad rutinaria". La solución de la crisis no vendrá de la "astucia política" o la "negociación diplomática", sino de una "mirada de fe", más allá de "aspiraciones demasiado humanas" y de "miedos demasiado naturales", para "poder servir verdaderamente a la Iglesia".

 

 

Fuente: http://www.religionenlibertad.com

Catequesis del Papa: "El hombre en oración (X)"


BENEDICTO XVI

AUDIENCIA GENERAL

Castelgandolfo
Miércoles 17 de agosto de 2011


Queridos hermanos y hermanas:

Estamos aún en la luz de la fiesta de la Asunción de la Virgen, que, como he dicho, es una fiesta de esperanza. María ha llegado al Paraíso y este es nuestro destino: todos nosotros podemos llegar al Paraíso.

La cuestión es cómo. María ya ha llegado. Ella —dice el Evangelio— es «la que creyó que se cumpliría lo que le había dicho el Señor» (cf. Lc 1, 45). Por tanto, María creyó, se abandonó a Dios, entró con su voluntad en la voluntad del Señor y así estaba precisamente en el camino directísimo, en la senda hacia el Paraíso. Creer, abandonarse al Señor, entrar en su voluntad: esta es la dirección esencial.

Hoy no quiero hablar sobre la totalidad de este camino de la fe, sino sólo sobre un pequeño aspecto de la vida de oración, que es la vida de contacto con Dios, es decir, sobre la meditación. Y ¿qué es la meditación? Quiere decir: «hacer memoria» de lo que Dios hizo, no olvidar sus numerosos beneficios (cf. Sal 103, 2b). A menudo vemos sólo las cosas negativas; debemos retener en nuestra memoria también las cosas positivas, los dones que Dios nos ha hecho; estar atentos a los signos positivos que vienen de Dios y hacer memoria de ellos. Así pues, hablamos de un tipo de oración que en la tradición cristiana se llama «oración mental».

Nosotros conocemos de ordinario la oración con palabras; naturalmente también la mente y el corazón deben estar presentes en esta oración, pero hoy hablamos de una meditación que no se hace con palabras, sino que es una toma de contacto de nuestra mente con el corazón de Dios. Y María aquí es un modelo muy real. El evangelista san Lucas repite varias veces que María, «por su parte, conservaba todas estas cosas, meditándolas en su corazón» (2, 19; cf. 2, 51b). Las custodia y no las olvida. Está atenta a todo lo que el Señor le ha dicho y hecho, y medita, es decir, toma contacto con diversas cosas, las profundiza en su corazón.

Así pues, la que «creyó» en el anuncio del ángel y se convirtió en instrumento para que la Palabra eterna del Altísimo pudiera encarnarse, también acogió en su corazón el admirable prodigio de aquel nacimiento humano-divino, lo meditó, se detuvo a reflexionar sobre lo que Dios estaba realizando en ella, para acoger la voluntad divina en su vida y corresponder a ella. El misterio de la encarnación del Hijo de Dios y de la maternidad de María es tan grande que requiere un proceso de interiorización, no es sólo algo físico que Dios obra en ella, sino algo que exige una interiorización por parte de María, que trata de profundizar su comprensión, interpretar su sentido, entender sus consecuencias e implicaciones. Así, día tras día, en el silencio de la vida ordinaria, María siguió conservando en su corazón los sucesivos acontecimientos admirables de los que había sido testigo, hasta la prueba extrema de la cruz y la gloria de la Resurrección. María vivió plenamente su existencia, sus deberes diarios, su misión de madre, pero supo mantener en sí misma un espacio interior para reflexionar sobre la palabra y sobre la voluntad de Dios, sobre lo que acontecía en ella, sobre los misterios de la vida de su Hijo.

En nuestro tiempo estamos absorbidos por numerosas actividades y compromisos, preocupaciones y problemas; a menudo se tiende a llenar todos los espacios del día, sin tener un momento para detenerse a reflexionar y alimentar la vida espiritual, el contacto con Dios. María nos enseña que es necesario encontrar en nuestras jornadas, con todas las actividades, momentos para recogernos en silencio y meditar sobre lo que el Señor nos quiere enseñar, sobre cómo está presente y actúa en nuestra vida: ser capaces de detenernos un momento y de meditar. San Agustín compara la meditación sobre los misterios de Dios a la asimilación del alimento y usa un verbo recurrente en toda la tradición cristiana: «rumiar»; los misterios de Dios deben resonar continuamente en nosotros mismos para que nos resulten familiares, guíen nuestra vida, nos nutran como sucede con el alimento necesario para sostenernos. Y san Buenaventura, refiriéndose a las palabras de la Sagrada Escritura dice que «es necesario rumiarlas para que podamos fijarlas con ardiente aplicación del alma» (Coll. In Hex, ed. Quaracchi 1934, p. 218). Así pues, meditar quiere decir crear en nosotros una actitud de recogimiento, de silencio interior, para reflexionar, asimilar los misterios de nuestra fe y lo que Dios obra en nosotros; y no sólo las cosas que van y vienen. Podemos hacer esta «rumia» de varias maneras, por ejemplo tomando un breve pasaje de la Sagrada Escritura, sobre todo los Evangelios, los Hechos de los Apóstoles, las Cartas de los apóstoles, o una página de un autor de espiritualidad que nos acerca y hace más presentes las realidades de Dios en nuestra actualidad; o tal vez, siguiendo el consejo del confesor o del director espiritual, leer y reflexionar sobre lo que se ha leído, deteniéndose en ello, tratando de comprenderlo, de entender qué me dice a mí, qué me dice hoy, de abrir nuestra alma a lo que el Señor quiere decirnos y enseñarnos. También el santo Rosario es una oración de meditación: repitiendo el Avemaría se nos invita a volver a pensar y reflexionar sobre el Misterio que hemos proclamado. Pero podemos detenernos también en alguna experiencia espiritual intensa, en palabras que nos han quedado grabadas al participar en la Eucaristía dominical. Por lo tanto, como veis, hay muchos modos de meditar y así tomar contacto con Dios y de acercarnos a Dios y, de esta manera, estar en camino hacia el Paraíso.

Queridos amigos, la constancia en dar tiempo a Dios es un elemento fundamental para el crecimiento espiritual; será el Señor quien nos dará el gusto de sus misterios, de sus palabras, de su presencia y su acción; sentir cuán hermoso es cuando Dios habla con nosotros nos hará comprender de modo más profundo lo que quiere de nosotros. En definitiva, este es precisamente el objetivo de la meditación: abandonarnos cada vez más en las manos de Dios, con confianza y amor, seguros de que sólo haciendo su voluntad al final somos
verdaderamente felices.



Saludos

Saludo cordialmente a los peregrinos de lengua española, venidos de España, México y otros países Latinoamericanos. Que vuestra oración me sostenga y acompañe en el viaje apostólico que mañana emprendo a España. Muchas gracias y que Dios os bendiga.

(En italiano)
Mañana, como sabéis, me dirigiré a Madrid, donde tendré la alegría de encontrarme con numerosos jóvenes que han acudido allí para la XXVI Jornada mundial de la juventud. Os pido que os unáis espiritualmente con la oración a este importante acontecimiento eclesial.