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domingo, 4 de diciembre de 2011

¿De qué tenemos que alegrarnos en Navidad?

Muchos cristianos ya no tienen ni idea de lo que en realidad festejan el 24 de diciembre a la noche. El Acontecimiento más extraordinario de la Historia ha sido frecuentemente reducido a una excusa para la reunión familiar, comunicarse buenos deseos o hacerse mutuos regalos. Eso sin hablar del “merchandising” y el insufrible “cocacolero” Papá Noel.

 

 

Hace ya unos años se estrenó una “remake” de una película famosa de la década de los años ’40 que se llamaba “Milagro en la calle 34”. Tanto la primera como la versión más moderna de 1994 tuvieron mucho éxito. Además, sin demasiados ribetes cursis, apelaban a legítimos recursos sentimentales y alguna que otra lágrima se nos pudo haber escapado al verlas. Sin embargo… lo que a uno le llama la atención es la falsificación del espíritu navideño que uno puede comprobar en muchas de estas comedias familiares. ¿Cuál debería ser ese espíritu? Si hablamos del espíritu de algo, casi siempre nos queremos referir a lo esencial, al nudo de algo, lo más profundo. Algunos transforman esta fiesta en una especie de “jornada solidaria” por los que menos tienen. Y esto no estaría mal siempre y cuando tengamos claro el sentido profundo y último de esta fiesta cristiana.

 

¿Qué significa “Navidad”?

            Uno de los signos más patentes de la deformación que está sufriendo la Navidad en nuestras sociedades secularizadas son las tarjetas que uno recibe. ¡Estoy harto de recibir palomitas de Picasso o las tarjetitas de UNICEF que, con sus dibujos estilo “naíf”, muestran niñitos jugando en un parque! De Cristo y el cristianismo…nada.  Por su parte, con Papá Noel (cuya versión actual es un invento de la Coca-Cola en 1931) no nos va mucho mejor: “Santa Claus permite participar del ‘espíritu de la Navidad’ sin ponernos ante disyuntivas ético–religiosas ni, menos aún, hacernos entrar en contradicción con lo que somos o hacemos durante el resto del año.” (Rodríguez, 1997:118).

 

Y encima parece que en Navidad tenemos que estar alegres. ¿Alegres por qué, de qué? Y las respuestas podrían ser varias, pero ¿cuál tendría que ser el motivo real? ¿Porque se termina el año?, ¿porque es la hora del balance?, ¿porque nos vemos las caras con toda la familia, incluso después de haber cumplido con alguna ceremonia religiosa?, ¿por los regalos?, ¿por qué nos suscitamos mutuamente buenos sentimientos?  Sabemos que el espíritu navideño no puede consistir ni en los regalos, ni en los adornos, ni en el árbol, ni siquiera en armar un pesebre. También sostenemos que la mayoría de la gente sabe que esos no deben ser los motivos de nuestra alegría, pero sabemos que la mayoría no sabe cuál es el motivo real. Alguien más avispado podrá llegar a decir: “Festejamos el nacimiento del Niño Dios y la llegada de la salvación al mundo”. El problema es que tengo toda la sensación de quemuy pocos saben de qué nos viene a salvar. De hecho en la Universidad del Salvador hay alumnos que me preguntan: “¿Salvador de qué?”. En realidad muchos ni siquiera saben bien qué significa la palabra “Navidad”. Muy pocos sabrían contestar que “Navidad” significa en español “nacimiento de la vida” y que su declinación latina “nativitate” podría traducirse como “nacimiento de la vida para ti”. ¿De qué vida se habla aquí? De una nueva vida, de una promesa de salvación eterna, porque nuestra vida ahora sí, con Cristo, puede radicarse en el bien. Porque Jesús (que significa precisamente “Dios salva”) viene a salvarnos de una terrible situación de pecado, fruto de una misteriosa falta en el origen de los tiempos. Se trata de liberarnos de lo que los pensadores más lúcidos han caracterizado como la “condición humana”: una naturaleza herida y dañada en sus estructuras más íntimas, debilitada en su resistencia al mal. Es una impotencia objetiva, una incapacidad estructural, una esclavitud de la que el hombre no puede librarse por sí mismo, y, en consecuencia, no puede por sí mismo mantenerse en el bien sin caer tarde o temprano. A menos, claro, que… Dios venga a salvarnos. A menos que Dios nos capacite para el bien. Es lo que los teólogos han llamado con el nombre de gracia. Una fuerza sobrenatural que no es de este mundo y que nos capacita para el bien y para permanecer en él.

 

La verdadera alegría.

            Así que éste es el verdadero motivo de nuestra alegría. Porque aquellos que nacimos enemigos de Dios, podemos volver a la amistad con él, porque los que estamos enfermos, podemos ser sanados, porque los que nacimos esclavos podemos ser liberados, porque los sometidos a la muerte, podemos resucitar con él. Por esto tenemos que estar alegres en Navidad. Porque Dios no nos ha abandonado a la muerte y a nuestras miserias. Porque Dios se ha metido en la historia humana de la manera más inaudita. Porque no es un cínico y frío observador. No somos parte de un experimento cósmico, pequeñas hormiguitas controladas por una prescindente e inhumana divinidad. Al contrario, el cristianismo es la más brutal confirmación del amor de Dios por su creatura humana. Esto debe ser el motivo de nuestra alegría más auténtica y profunda.

 

Cómo Hollywood falsifica las cosas.

            ¿Y la nueva versión de “Milagro en la calle 34” qué tiene que ver con todo esto? Todo y nada. Todo porque pretende hablar del “espíritu navideño” y nada porque no tiene nada que ver con lo que acabamos de reflexionar. Empezando por la absoluta falta de mención a Cristo y lo cristiano (solo unas vagas y confusas referencias a “la Iglesia”) y terminando con el diálogo más importante entre Papá Noel y uno de los protagonistas principales, la señora Walker, que culmina en esta frase totalmente contraria al verdadero espíritu navideño. Hablando de sí mismo “Santa Claus” le dice: “Soy un símbolo de la capacidad humana para suprimir el egoísmo y las tendencias hostiles que controlan la mayor parte de nuestras vidas”. Nada más equivocado. No hay tal capacidad humana. No hay tal capacidad para salvarnos de nosotros mismos. Si el Evangelio quiere decir “Buena Noticia”, “Buena Nueva”, es porque previamente hay una Mala Noticia. Y esta es la de que el hombre no puede salvarse de su condición humana y de su miseria por sí mismo. Todos los totalitarismos y naturalismos lo han intentado y han fracasado miserablemente. La reacción del hombre autosuficiente de hoy frente al auténtico espíritu cristiano de la Navidad se parece a la de un joven atlético de 20 años al que se le dijera: “¡Te regalamos un transplante de corazón! Pero tenés que hacértelo ahora”. Su mirada, mezcla de asombro y terror, nos hablaría de su total rechazo. El hombre moderno se cree capaz de sanarse o sencillamente se considera sano. “Ningún Niño Dios tiene que venir a curarme de nada. En todo caso para eso tengo al psicoanálisis o a la new age”. Por eso, quizás, por haber olvidado o ignorado el verdadero sentido de esta fiesta, muchos se sorprenden a sí mismos hallándose tristes en Navidad. Y no entienden lo que les pasa.

Pablo Marini, revista “Tigris”, Diciembre de 2005.

Publicado por STAT VERITAS

¿Benedicto XVI aceptará las peticiones de la FSSPX?

 

 

 

 

Yo veo dos lecturas fundamentalmente opuestas de la entrevista concedida por Monseñor Fellay, superior de la Fraternidad de San Pío X, a propósito de las negociaciones que se están llevando a cabo con Roma. Unos consideran que juzga inadmisible, en la actual situación, el "Preámbulo doctrinal" que le fue entregado el pasado 14 de septiembre como base de un acuerdo marco para un eventual reingreso en la Iglesia católica. Otros piensan que modificará -como por otra parte ha pedido la Santa Sede- este documento de trabajo, para proseguir la negociación según el método convenido, y alcanzar, poco a poco, un acuerdo.

 

Yo me abstengo absolutamente de opinar en un sentido u otro. Por ahora, todo dependerá verdaderamente de la respuesta romana a la respuesta de Monseñor Fellay.

 

Y nada indica que la Santa Sede no le vaya a satisfacer, visto que hasta ahora, por voluntad de Benedicto XVI, todas sus peticiones han sido concedidas (revocación de las excomuniones, aceptación de la misa según el rito antiguo, confrontación teológica sobre el Concilio Vaticano II). ¡Y a qué precio! ¿Es necesario recordar los daños causados por el asunto Williamson? En este sentido, en un cierto modo, Benedicto XVI que quiere la reconciliación, ya no tiene nada que perder.

 

¡También es sabido- es una paradoja en esta búsqueda del acuerdo- que Roma expresa un desacuerdo casi total respecto al tema del Concilio Vaticano II! Ha sido debidamente constatado, diría incluso científicamente constatado, tras las famosas discusiones teológicas entre expertos de las dos partes a propósito del objeto de la ruptura, el Concilio Vaticano II.

 

Este es el punto que desde fuera cuesta trabajo entender. Muchos piensan que este desacuerdo, del cual en la entrevista Monseñor Fellay da una imagen precisa, representa un punto de ruptura; sin embargo  para Roma representa un punto de partida. El "preámbulo teológico", le fue propuesto a Monseñor Fellay con conocimiento de causa, en base a este desacuerdo.

Aquí inicia la parte verdaderamente seria, histórica.

 

Si Roma va en la dirección de las nuevas demandas de Monseñor Fellay - y la Santa Sede que no es un principiante en materia de negociaciones - se expone proponiendo este método progresivo de elaboración de un texto en común, entonces el cambio de dirección sobre" la hermenéutica " de la continuidad respecto al Concilio Vaticano II, realizado por Benedicto XVI, dejará de ser una intención para convertirse en un acto fundamental del pontificado y de la Iglesia Católica.

 

No es que la Iglesia Católica vaya a dar marcha atrás respecto al Concilio Vaticano II como Monseñor Fellay desearía, pero relativizaría el alcance de algunos de sus contenidos. Y esto en el marco de una "discusión legítima" –un concepto clave y nuevo que ha aparecido gracias a las recientes negociaciones con Ecône.

Con otras palabras, esto marcaría ya no "la victoria de los integristas sobre los progresistas", sino el final de una cierta "sacralización" del Concilio Vaticano II en la Iglesia Católica y el inicio de una reconciliación –que será larga- con su pasado reciente y su "tradición". En cualquier caso, exactamente el objetivo de Benedicto XVI.

Los Lefebvrianos, tienen todavía que entrar en esta inteligencia histórica del actual Papa.

 

Es favorable para ellos como para ningún otro miembro potencialmente elegible del actual colegio cardenalicio. Una ocasión como esta no se presentará ante ellos de nuevo. Si no regresan, la noción de "cisma" rechazada por losLefebvrianos, retomará de modo inevitable con el tiempo una cierta importancia incluso siendo canónicamente discutible en la teoría. Antes o después, efectivamente, será necesaria una nueva ordenación de obispos sin la aprobación de Roma.

La entrevista de Monseñor Fellay indica que es consciente de lo que está en juego. Del mismo modo que es consciente de que la misión que se ha atribuido, de resistir en nombre de la "tradición" dentro o fuera de la Iglesia ha ganado no sólo en cuanto a credibilidad, sino también en cuanto... realidad. Tanto si se está a favor o en contra, como si se permanece indiferente, hay que reconocerlo como un hecho objetivo.

Desde luego esta batalla no tiene que ver con toda la Iglesia Católica, a menudo en Roma se la califica como "francesa".Pero simboliza la evolución actual de la Iglesia, y en este sentido no es banal ni anecdótica.

Para darse cuenta de ello, será suficiente el impacto que tendrá el anuncio, positivo o negativo del resultado de estas discusiones:

Negativo, será interpretado como uno de los mayores fracasos del pontificado, será visto desde luego, como el fracaso más evidente del pontificado.

Positivo, será interpretado como el mayor cambio de dirección de la Iglesia Católica de inicios del siglo XXI.

 

Desde este punto de vista, el margen de maniobra y de influencia que preocupa tanto a los Lefebvrianos en caso de que vuelvan al seno de la Iglesia Católica, sería, evidentemente, más importante dentro de la Iglesia que fuera de ella.

Porque también hay que darse cuenta de las consecuencias que acarrearía un rechazo: ¿Cual sería la credibilidad en el futuro de este movimiento, que ha recibido tanto del Papa por anticipado, pagando éste con su propia reputación, si al final volviera a cerrar las puertas? Con ese aislamiento, soberbio en el sentido latino, correría el riesgo de perder toda su audiencia que sin embargo es la razón de la existencia de los Lefebvrianos ya que tienen la ambición de dar testimonio a su alrededor y en la Iglesia de una cierta manera "de ser católicos".

 

Los protagonistas de esta negociación lo saben. Sin pronunciarme sobre la cuestión, me parece, de todos modos, demasiado pronto para pensar que esté resultando un fracaso. Pero soy muy consciente de que el eventual acuerdo se alcanzará en el último minuto.

Fuente: El blog del vaticanista de "Le Figaro"