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jueves, 15 de diciembre de 2011

Catequesis del Papa "escuela de oración"




BENEDICTO XVI
AUDIENCIA GENERAL

Sala Pablo VI
Miércoles 14 de septiembre de 2011


Queridos hermanos y hermanas:


En la catequesis de hoy quiero afrontar un Salmo con fuertes implicaciones cristológicas, que continuamente aparece en los relatos de la pasión de Jesús, con su doble dimensión de humillación y de gloria, de muerte y de vida. Es el Salmo 22, según la tradición judía, 21 según la tradición greco-latina, una oración triste y conmovedora, de una profundidad humana y una riqueza teológica que hacen que sea uno de los Salmos más rezados y estudiados de todo el Salterio. Se trata de una larga composición poética, y nosotros nos detendremos en particular en la primera parte, centrada en el lamento, para profundizar algunas dimensiones significativas de la oración de súplica a Dios.

Este Salmo presenta la figura de un inocente perseguido y circundado por los adversarios que quieren su muerte; y él recurre a Dios en un lamento doloroso que, en la certeza de la fe, se abre misteriosamente a la alabanza. En su oración se alternan la realidad angustiosa del presente y la memoria consoladora del pasado, en una sufrida toma de conciencia de la propia situación desesperada que, sin embargo, no quiere renunciar a la esperanza. Su grito inicial es un llamamiento dirigido a un Dios que parece lejano, que no responde y parece haberlo abandonado:


«Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado? A pesar de mis gritos, mi oración no te alcanza. Dios mío, de día te grito, y no me respondes; de noche, y no me haces caso» (vv. 2-3).

Dios calla, y este silencio lacera el ánimo del orante, que llama incesantemente, pero sin encontrar respuesta. Los días y las noches se suceden en una búsqueda incansable de una palabra, de una ayuda que no llega; Dios parece tan distante, olvidadizo, tan ausente. La oración pide escucha y respuesta, solicita un contacto, busca una relación que pueda dar consuelo y salvación. Pero si Dios no responde, el grito de ayuda se pierde en el vacío y la soledad llega a ser insostenible. Sin embargo, el orante de nuestro Salmo tres veces, en su grito, llama al Señor «mi» Dios, en un extremo acto de confianza y de fe. No obstante toda apariencia, el salmista no puede creer que el vínculo con el Señor se haya interrumpido totalmente; y mientras pregunta el por qué de un supuesto abandono incomprensible, afirma que «su» Dios no lo puede abandonar.

Como es sabido, el grito inicial del Salmo, «Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?», es citado por los evangelios de san Mateo y de san Marcos como el grito lanzado por Jesús moribundo en la cruz (cf. Mt 27, 46; Mc 15, 34). Ello expresa toda la desolación del Mesías, Hijo de Dios, que está afrontando el drama de la muerte, una realidad totalmente contrapuesta al Señor de la vida. Abandonado por casi todos los suyos, traicionado y negado por los discípulos, circundado por quien lo insulta, Jesús está bajo el peso aplastante de una misión que debe pasar por la humillación y la aniquilación. Por ello grita al Padre, y su sufrimiento asume las sufridas palabras del Salmo. Pero su grito no es un grito desesperado, como no lo era el grito del salmista, en cuya súplica recorre un camino atormentado, desembocando al final en una perspectiva de alabanza, en la confianza de la victoria divina. Puesto que en la costumbre judía citar el comienzo de un Salmo implicaba una referencia a todo el poema, la oración desgarradora de Jesús, incluso manteniendo su tono de sufrimiento indecible, se abre a la certeza de la gloria. «¿No era necesario que el Mesías padeciera esto y entrara así en su gloria?», dirá el Resucitado a los discípulos de Emaús (Lc 24, 26). En su Pasión, en obediencia al Padre, el Señor Jesús pasa por el abandono y la muerte para alcanzar la vida y donarla a todos los creyentes.

A este grito inicial de súplica, en nuestro Salmo 22, responde, en doloroso contraste, el recuerdo del pasado:


«En ti confiaban nuestros padres, confiaban, y los ponías a salvo; a ti gritaban, y quedaban libres, en ti confiaban, y no los defraudaste» (vv. 5-6).

Aquel Dios que al salmista parece hoy tan lejano, es, sin embargo, el Señor misericordioso que Israel siempre experimentó en su historia. El pueblo al cual pertenece el orante fue objeto del amor de Dios y puede testimoniar su fidelidad. Comenzando por los patriarcas, luego en Egipto y en la larga peregrinación por el desierto, en la permanencia en la tierra prometida en contacto con poblaciones agresivas y enemigas, hasta la oscuridad del exilio, toda la historia bíblica fue una historia de clamores de ayuda por parte del pueblo y de respuestas salvíficas por parte de Dios. Y el salmista hace referencia a la fe inquebrantable de sus padres, que «confiaron» —por tres veces se repite esta palabra— sin quedar nunca decepcionados.
Ahora, sin embargo, parece que esta cadena de invocaciones confiadas y respuestas divinas se haya interrumpido; la situación del salmista parece desmentir toda la historia de la salvación, haciendo todavía más dolorosa la realidad presente.

Pero Dios no se puede retractar, y es entonces que la oración vuelve a describir la triste situación del orante, para inducir al Señor a tener piedad e intervenir, come siempre había hecho en el pasado. El salmista se define «gusano, no un hombre, vergüenza de la gente, desprecio del pueblo» (v. 7), se burlan, se mofan de él (cf. v. 8), y herido precisamente en la fe: «Acudió al Señor, que lo ponga a salvo; que lo libre si tanto lo quiere» (v. 9), dicen. Bajo los golpes socarrones de la ironía y del desprecio, parece que el perseguido casi pierde los propios rasgos humanos, como el siervo sufriente esbozado en el Libro de Isaías (cf. Is 52, 14; 53, 2b-3). Y como el justo oprimido delLibro de la Sabiduría (cf. 2, 12-20), como Jesús en el Calvario (cf. Mt 27, 39-43), el salmista ve puesta en tela de juicio la relación con su Señor, con relieve cruel y sarcástico de aquello que lo está haciendo sufrir: el silencio de Dios, su ausencia aparente. Sin embargo, Dios ha estado presente en la existencia del orante con una cercanía y una ternura incuestionables. El salmista recuerda al Señor: «Tú eres quien me sacó del vientre, me tenías confiado en los pechos de mi madre; desde el seno pasé a tus manos» (vv. 10-11a). El Señor es el Dios de la vida, que hace nacer y acoge al neonato, y lo cuida con afecto de padre. Y si antes se había hecho memoria de la fidelidad de Dios en la historia del pueblo, ahora el orante evoca de nuevo la propia historia personal de relación con el Señor, remontándose al momento particularmente significativo del comienzo de su vida. Y ahí, no obstante la desolación del presente, el salmista reconoce una cercanía y un amor divinos tan radicales que puede ahora exclamar, en una confesión llena de fe y generadora de esperanza: «desde el vientre materno tú eres mi Dios» (v. 11b). El lamento se convierte ahora en súplica afligida: «No te quedes lejos, que el peligro está cerca y nadie me socorre» (v. 12). La única cercanía que percibe el salmista y que le asusta es la de los enemigos. Por lo tanto, es necesario que Dios se haga cercano y lo socorra, porque los enemigos circundan al orante, lo acorralan, y son como toros poderosos, como leones que abren de par en par la boca para rugir y devorar (cf. vv. 13-14). La angustia altera la percepción del peligro, agrandándolo. Los adversarios se presentan invencibles, se han convertido en animales feroces y peligrosísimos, mientras que el salmista es como un pequeño gusano, impotente, sin defensa alguna. Pero estas imágenes usadas en el Salmo sirven también para decir que cuando el hombre se hace brutal y agrede al hermano, algo de animalesco toma la delantera en él, parece perder toda apariencia humana; la violencia siempre tiene en sí algo de bestial y sólo la intervención salvífica de Dios puede restituir al hombre su humanidad. Ahora, para el salmista, objeto de una agresión tan feroz, parece que ya no hay salvación, y la muerte empieza a posesionarse de él: «Estoy como agua derramada, tengo los huesos descoyuntados [...] mi garganta está seca como una teja, la lengua se me pega al paladar [...] se reparten mi ropa, echan a suerte mi túnica» (vv. 15.16.19). Con imágenes dramáticas, que volvemos a encontrar en los relatos de la pasión de Cristo, se describe el desmoronamiento del cuerpo del condenado, la aridez insoportable que atormenta al moribundo y que encuentra eco en la petición de Jesús «Tengo sed» (cf. Jn 19, 28), para llegar al gesto definitivo de los verdugos que, como los soldados al pie de la cruz, se repartían las vestiduras de la víctima, considerada ya muerta (cf. Mt 27, 35; Mc 15, 24; Lc 23, 34; Jn 19, 23-24).

He aquí entonces, imperiosa, de nuevo la petición de ayuda: «Pero tú, Señor, no te quedes lejos; fuerza mía, ven corriendo a ayudarme [...] Sálvame» (vv. 20.22a). Este es un grito que abre los cielos, porque proclama una fe, una certeza que va más allá de toda duda, de toda oscuridad y de toda desolación. Y el lamento se transforma, deja lugar a la alabanza en la acogida de la salvación: «Tú me has dado respuesta. Contaré tu fama a mis hermanos, en medio de la asamblea te alabaré» (vv. 22c-23). De esta forma, el Salmo se abre a la acción de gracias, al gran himno final que implica a todo el pueblo, los fieles del Señor, la asamblea litúrgica, las generaciones futuras (cf. vv. 24-32). El Señor acudió en su ayuda, salvó al pobre y le mostró su rostro de misericordia. Muerte y vida se entrecruzaron en un misterio inseparable, y la vida ha triunfado, el Dios de la salvación se mostró Señor invencible, que todos los confines de la tierra celebrarán y ante el cual se postrarán todas las familias de los pueblos. Es la victoria de la fe, que puede transformar la muerte en don de la vida, el abismo del dolor en fuente de esperanza.

Hermanos y hermanas queridísimos, este Salmo nos ha llevado al Gólgota, a los pies de la cruz de Jesús, para revivir su pasión y compartir la alegría fecunda de la resurrección. Dejémonos, por tanto, invadir por la luz del misterio pascual incluso en la aparente ausencia de Dios, también en el silencio de Dios, y, como los discípulos de Emaús, aprendamos a discernir la realidad verdadera más allá de las apariencias, reconociendo el camino de la exaltación precisamente en la humillación, y la manifestación plena de la vida en la muerte, en la cruz. De este modo, volviendo a poner toda nuestra confianza y nuestra esperanza en Dios Padre, en el momento de la angustia también nosotros le podremos rezar con fe, y nuestro grito de ayuda se transformará en canto de alabanza. Gracias.



Saludos

Saludo a los peregrinos de lengua española, en particular a los oficiales de la Policía Nacional, de Colombia, al grupo de la Academia de Carabineros, de Chile, a los alumnos y profesores del Bachillerato Humanista Moderno de Salta, Argentina, así como a los demás fieles venidos de España, México, Venezuela y otros países latinoamericanos. Dejémonos invadir por la luz del misterio pascual y, como los discípulos de Emaús, aprendamos a discernir la realidad más allá de las apariencias, reconociendo en la cruz la manifestación plena de la vida. Muchas gracias.

CONVOCAN A DEFENDER LAS CATEDRALES DE BUENOS AIRES, LA PLATA, ROSARIO, MAR DEL PLATA Y CHUBUT EL 17/12/11 ANTE INTENTOS DE PROFANACIÓN

 

 

El Demonio y Judas Iscariote

 

 

Por Emilio Nazar Kasbo

 

 

Numerosos grupos católicos convocan a defender la Catedral de la ciudad de Buenos Aires, pero también en Chubut, Rosario, La Plata y Mar del Plata, ante las agresiones que se producirán el día 17 de diciembre próximo.

La convocatoria es a pararse frente a las Catedrales de dichas ciudades, impidiendo el paso de quienes busquen la profanación de los Templos, mientras dure el intento de dañar y profanar cada Catedral.

Por tal motivo, diversos grupos han emitido el siguiente comunicado, que a continuación transcribimos:

 

 

Se convoca a TODOS LOS CATÓLICOS COHERENTES a acudir en defensa de la Santa Iglesia. El día sábado 17 de diciembre de 2011 desde las 9 de la mañana, un grupo de ateos bajo el nombre de "Apostasia colectiva" planea ATACAR la Catedral Metropolitana en horas de la mañana, con el fin de profanar el Templo.

ES NUESTRO DEBER acudir al llamado de nuestra Madre Iglesia.

SE RUEGA MÁXIMA DIFUSIÓN

 

A su vez, el grupo “Apostasía Colectiva en Argentina”, según informó en su propio comunicado, tiene la adhesión de las siguientes organizaciones: “Asociación Civil Ateos de Mar del Plata / HIJOS Mar Del Plata / Colectivo de Varones Antipatriarcales / Argatea / CAEL – Coalición Argentina por un Estado Laico / RIMA – Red Informativa de Mujeres Argentinas / Federación 7 Argentina GLBT / Asoc. Madres de Plaza de Mayo”.

 

 

¿Qué harán?

El grupo afirma en su comunicado: “Apostasía Colectiva en Argentina 17 de Diciembre 2011 …realizaremos una presentación colectiva a la Iglesia Católica donde le haremos llegar nuestras solicitudes de apostasía. Esta acción, que tendrá lugar simultáneamente en Buenos Aires, Chubut, Rosario, La Plata y Mar del Plata entre otras ciudades de la República Argentina y en varios países de Latinoamérica, se lleva a cabo desde el año 2009, y desde entonces miles de personas han decidido renunciar colectiva e individualmente a la iglesia católica”.

Cabe destacar que en sí, la apostasía es un acto de la inteligencia y voluntad humana desviada de Dios, que se dirige a repudiarlo y a preferirse a sí misma o al mismo Lucifer, guiada por el diabólico “non serviam”.

Así, pretenden fundar una sociedad sin Dios, que será indefectiblemente contra el hombre.

Tal acto de repudio, mantenido hasta el último momento de la vida (que nadie sabe cuándo será, y que vendrá como un ladrón), condenará el alma del apóstata a una vida perdurable sin Dios, que es Amor, es decir, vivirá por los Siglos de los Siglos sin Amor, y en la perpetuo dolor por conocer que su situación será no sólo justa sino misericordiosa por parte de Dios a quien en vida han repudiado.

La apostasía es un acto intelectual y volitivo, no un papel o una declaración, y que depende de la misma persona que la elige, afrontando sus consecuencias.

 

 

¿Qué pretenden?

Afirman además: “resistimos a todo discurso y operación de dominación sobre nuestros cuerpos, nuestros pensares y sentires y nuestras prácticas cotidianas de liberación, nos oponemos a su poder pastoral y el poder simbólico de nuestro radical: ¡No en mi Nombre!

Ni Dios ni la Iglesia Católica obliga a las personas a salvar su alma, a vivir en Gracia de Dios, o a ganar la Bienaventuranza.

Quienes redactaron el comunicado de prensa, se declaran como un desierto a la Palabra de Dios, un terreno infértil donde la semilla jamás podrá germinar, tal como San Juan Bautista se definía, se convertía en una voz en el desierto, una voz a la que nadie oye. ¿Para quién predicaba entonces? La respuesta es simple: para Dios, para ese Dios Persona, que es el Amor Infinito, a Quien los apóstatas declaran no amar.

El eufemismo del “poder pastoral” de la Iglesia Católica, se refiere específicamente a la Evangelización y la prédica de la Tradición Católica. ¿Por qué no existen estos grupos entre los islámicos? Es necesario aclarar que el apóstata del mahometanismo es condenado a muerte, y cualquier persona lo puede ejecutar… ¿Acaso se quejan de eso?

Si no se sigue a Dios ¿a quién hay que seguir? ¿A un apóstata que afirma con fuerza dogmática que Dios no existe? Y si Dios no existe ¿hay que hacer lo que a uno le venga en gana? Si se rechaza a Dios, que es la Vida fuente de la vida, sólo queda la muerte y la cultura de la muerte.

La virtud de la humildad y de la aceptación de la Palabra de Dios es llamada por ellos “operación de dominación”, que se enfrentan a sus “prácticas cotidianas de liberación”.

¿Qué liberación practican los apóstatas? ¿Cómo piensan liberarse de la muerte y de sus consecuencias?

 

 

¿Qué es la apostasía colectiva?

Definen su orientación del siguiente modo: “La apostasía colectiva es un acto de repudio público a la manipulación ideológica y material de la Iglesia Católica en la vida ciudadana. Es una forma de manifestar el desacuerdo con su política social, sexual y económica dejando en claro que NO nos representa ni queremos que reciba, del Presupuesto del Estado Nacional, subsidios ni privilegios en nuestro nombre.

Por ello, amparados en la ley de Habeas Data (Ley 25.326 de Protección de Datos Personales de la República Argentina) exigimos la rectificación y/o supresión de nuestros datos personales de sus registros, invocando el art. 18 de la Declaración Universal de los Derechos Humanos y el art. 18 del Pacto Internacional de Derechos Civiles y Políticos, que garantizan la libertad de conciencia y de religión.”

Esto que expresan, implica confundir el Sacramento con un registro del mismo, ya que el Sacramento no se borra. La relación de una persona con Dios no se elimina borrando el nombre de un papel, del mismo modo que la Historia en sus hechos concretos no se puede anular.

La Iglesia Católica sólo manifiesta en su Magisterio cómo es el deber ser de la sociedad, conforme la Doctrina Social de la Iglesia Católica, y defiende a los ciudadanos en su condición de católicos. Los católicos somos ciudadanos, aunque ciertos grupúsculos pretendan negarnos tal condición.

Pretenden que no hay pecado, y por tanto no hay de qué confesarse, ni modo de solucionar las ofensas a Dios (a quien niegan). Y si no hay pecado, los apóstatas se consideran los “perfectos”, frente a los católicos en la Iglesia, que está formada por pecadores arrepentidos. Los “perfectos” no van a la Iglesia, porque la Iglesia Católica es para los que reconocen sus defectos, pecados e imperfecciones. Esos “perfectos” son los que creen estar autorizados a arrojar “la primera piedra”.

El objetivo de este grupo es la destrucción total de la Iglesia Católica. En ello, se constituyen como un grupo injustamente discriminatorio por materia de la Fe religiosa. Nadie les impide que se proclamen (o sean) agnósticos, apóstatas, degenerados, delincuentes, y que llamen a quienes practican tales conductas como “personas de bien” y “de honor”. Es todo una cuestión de conciencia. La Iglesia Católica señala el camino para salvar el alma enseñado por Cristo mismo como Dios nacido hombre en la Historia, pero no obliga a nadie a seguirlo.

 

 

¿Qué quieren?

En su comunicado consignan: “Exigimos y reclamamos: Derogación De Los Concordatos Del Vaticano Con El Estado Argentino; Derogación De Las Leyes: 21.540, 21.950, 22.162, Decreto 1991/80, Sancionadas Durante La Ultima Dictadura Militar, que otorgan sueldos y beneficios a Obispos y Arzobispos, asimilando remuneraciones mensuales equivalentes al 80 % del salario de un Juez de Primera Instancia: $ 14 Mil Pesos por mes. Derogación del Artículo 2 de la Constitución Nacional. Retiro de Símbolos Religiosos de espacios y oficinas públicas. Exigimos y reclamamos un Estado laico, separado de la Iglesia Católica”.

En definitiva, lo que buscan no es un Estado “separado”, sino un Estado que persiga a la Iglesia, que destruya todo vestigio público de la Fe que fundó la Patria.

Sólo los materialistas centrarían su misión evangelizadora en el dinero.

Olvidan la confiscación de los bienes de la Iglesia Católica efectuada por el primer Presidente de la Argentina, Bernardino Rivadavia. Tal vez los apóstatas busquen reeditar tal injusticia, de donde surgió la obligación de compensación del Estado por todos los bienes usurpados sin indemnización.

Por otra parte, el art. 2 de la Constitución Nacional es el único e incompleto artículo en que se menciona a Dios, fuera del juramento obviable por los presidentes desde la reforma de 1994.

Odio es su motor. El odio los guía. Tras abandonar a Dios, no tienen más remedio que atacar al ser humano hasta justificar sus peores deformaciones espirituales.

En vez de seguir a Jesucristo, quieren seguir a Judas Iscariote en su traición.

Apóstatas: no se preocupen. Dios les dará lo que Ustedes explícitamente están pidiendo, porque la Gracia es un Don, y el rechazo de esa Gracia es pura responsabilidad de quien decide rechazarla.

 

 

 

 

 

Fuente: Diario Pregón de La Plata