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jueves, 22 de diciembre de 2011

Cuando Pío X obtuvo el agradecimiento de los turcos

 

La Civiltá Cattolica recuerda la forma en la que el Papa Sarto se opuso a una cruzada antislámica en Libia en 1911, condenando el uso instrumental de la religión con fines coloniales.

Libia. Una postal de 1911 que retrata a la infanteria italiana

En un mundo mediático en el que las noticias se «queman» en pocas horas y en el que, a menudo, falta la investigación del pasado, los pasajes que La Civiltá Cattolica ofrece sobre la historia de la Iglesia son más que preciosos, porque ayudan a desmentir los prejuicios y las leyendas negras. Es el caso del último ensayo breve escrito para el próximo número de la acreditada revista de los jesuitas por el historiador padre Juan Sale. El artículo está dedicado a la expedición italiana en Libia de 1911.

Sale observa que «en las guerras coloniales de los siglos xix y xx, conducidas por las mayores potencias europeas, el elemento religioso fue con frecuencia utilizado como instrumento para convencer a las poblaciones indígenas sobre la utilidad y la necesidad histórica de la empresa, destinada, se decía, a importar en esos países la civilización y la cultura occidental, y los beneficios económicos y sociales vinculados con la misma». En octubre de 1911, los italianos llegaron a Libia «con la convicción de que serían recibidos por la población indígena como liberadores y “civilizadores”».

Esa que debía ser solo una «excursión dominical» acabó por transformarse, en cambio, en una difícil y costosa empresa militar que duró más de veinte años, debido a la resistencia arábigo-líbica. El 13 de octubre, después del desembarco del cuerpo de la expedición, el general Caneva emitió, en el modo más solemne y oficial, una proclamación dirigida a los árabes de Tripolitania y de Cirenaica, «en el nombre de Dios clemente y misericordioso».

El mensaje afirmaba que las tropas italianas habían sido enviadas no para someter a las poblaciones libias, «sino para restituirles sus derechos, castigar a los usurpadores, liberarlas y hacerlas dueñas de sí»; que el ejército italiano había recibido el encargo de poner fin al dominio turco para restituir a los libios la libertad y sus derechos; que los libios habrían sido gobernados por sus jefes y según sus leyes; que la religión islámica y los usos y tradiciones locales habrían sido enteramente respetados. El texto estaba enriquecido —escribe el padre Sale— por la cita de dos aleyas coránicas: «Recordad que Dios ha dicho en el libro: A aquellos que no traigan la guerra religiosa ni os echen de vuestros países, vosotros debéis hacer el bien y protegerlos, porque Dios ama a los benefactores y a los protectores».

«El elemento religioso que el enemigo intentó utilizar para pacificar a los libios —escribe al respecto el historiador Habib Wadaa al-Hesnaw— fue, en cambio, uno de los elementos más importantes de su movimiento de oposición contra la invasión y los llevó a unirse a los turcos en un único bloque, formando un frente islámico unido para enfrentar a las fuerzas cristianas de invasión». Cada libio que combatía contra el invasor italiano se convertía en un mujadehin, es decir, en un defensor de la causa de Alá.

El mensaje del general Caneva fue criticado por L'Osservatore Romano y por La Civiltà Cattolica, que lo publicaron completo y lo comentaron. Con tono «irónico y provocador», observa el padre Sale, el periódico vaticano escribía: «Los lectores, al leer esos párrafos que emanan creencia en Dios y en la Providencia divina, inspirados en sentimientos de justicia, de honestidad política y de sentimientos humanitarios, rebosantes de santos propósitos y de promesas, sentirán seguramente una sensación de profunda satisfacción, esa sensación que hemos sentido nosotros mismos al leerlos».

De hecho, el texto había sido redactado por un Gobierno, el del reino de Italia, que «en materia religiosa no podía ciertamente llamarse tierno ni tolerante con la Iglesia católica». El periódico vaticano aprovechó, entonces, la ocasión para denunciar sin medias tintas la política religiosa que llevaban a cabo los gobiernos liberales. Y para señalar «la hipocresía y la ambigüedad del mensaje, en el que era evidente que la religión y las cosas sagradas habían sido objeto de intercambio político, o peor, instrumentalizadas para obtener de los nativos consenso, obediencia a una ocupación impuesta por la fuerza».

«Los italianos creyentes —continuaba irónicamente L'Osservatore Romano— sabrán al menos de ahora en adelante adónde podrán ir para respirar un poco de aire sano, para ver a la sombra de la bandera nacional el nombre santo de Dios, pronunciado y reverenciado oficialmente por las autoridades públicas, respetadas y protegidas las cosas y las personas sagradas, garantizado el decoro de sus mujeres». También La Civiltà Cattolica había comentado al respecto con dureza: «El Gobierno, al tomar posesión de Trípoli, quiso dar una prueba de cómo hace uso de la religión como un instrumento para sus fines políticos, para los cuales se sirve de cualquier medio del modo en que se alía con cualquier partido». «El abuso —concluía la revista de los jesuitas— que se hace del nombre de Dios y de la Providencia es evidente».

En los días siguientes, estallaría la polémica. Así, la Santa Sede sintió el deber de hacer algo, para evitar equívocos, sobre todo en ámbito católico, y también con motivo de un Te Deum cantado el 17 de octubre de 1911 en la iglesia católica de Trípoli, ante la presencia de las autoridades militares y civiles italianas. Al día siguiente, L'Osservatore Romano «respondió con un breve pero conciso editorial a las insinuaciones del diputado de izquierda, afirmando que la empresa tripolina era “un asunto absolutamente político, del que la religión… permanece perfectamente ajena”».

Durante la polémica hubo hombres de la Iglesia y periódicos católicos (en particular, los del «grupo Grosoli», en buena parte financiados por el Banco di Roma, que tenía intereses en Libia) que se «dejaron llevar con afirmaciones no del todo oportunas, describiendo la guerra en curso como una empresa contra el enemigo mortal del cristianismo, es decir, el “peligro turco”». Pío X, documenta el padre Sale, quiso personalmente una intervención aclaratoria. La Secretaría de Estado redactó una nota que fue publicada en L'Osservatore Romano el 21 de octubre, en primera página.

«No pocos periódicos —recita la nota vaticana— que desean militar en el campo católico y muchos oradores eclesiásticos y laicos que discurren sobre el conflicto ítalo-turco se expresan de modo que hacen imaginar casi una guerra santa, emprendida en nombre y con el apoyo de la Religión y de la Iglesia. Estamos autorizados a declarar que la Santa Sede no solo no asume responsabilidad alguna por tales interpretaciones, sino que, debiendo permanecer fuera del actual conflicto, no puede aprobarlas y las rechaza». La nota habría sido enviada a los obispos que habían manifestado su acuerdo con la empresa bélica italiana.

El 22 de octubre, el periódico vaticano intervino nuevamente, con una referencia a los cristianos que vivían en esos países, dejando entrever una vez más el realismo que distinguía a la Santa Sede: «Existen miles y miles de cristianos de todas las naciones, comenzando por los italianos, que tienen todo el interés de no suscitar sospechas y ser perseguidos por el odio a su cualidad de cristianos, y por lo tanto, no se le debe atribuir al actual conflicto el carácter de una guerra religiosa».

Estos hechos, concluye el padre Sale, muestran cómo Pío X «desaprobó en modo enérgico y claro el uso de la religión para fines exclusivamente políticos. Además, él no deseaba, como resulta evidente en la nota del 21 de 1911, que la guerra colonial italiana (así como aquellas emprendidas por las demás “naciones católicas”) fuese percibida como una guerra de religión, es decir, como una nueva cruzada entre musulmanes y cristianos». Una línea comprendida por los turcos, al punto que un grupo parlamentario del mundo otomano con sede en el barrio europeo de Gálata hizo llegar al Papa «un telegrama de agradecimiento por la actitud en favor de la paz por él asumida en la guerra ítalo-turca en curso». La actitud del papa Sarto fue, escribe el historiador jesuita, «de gran importancia desde el punto de vista histórico y moral, porque influyó sobre la posición que la Santa Sede asumiría posteriormente, con ocasión de los conflictos entre Estados. Al igual que Pío X, se expresarán, si bien en situaciones históricas muy diferentes, Benedicto XV y Pío XII durante el primer y segundo conflicto mundial».

 

Fuente: Vatican Insider

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