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sábado, 31 de diciembre de 2011

Homilía de la Congregación para el Clero: Solemnidad de la Virgen María Madre de Dios

 

 

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El ligamen entre el Nacimiento del Señor y la Maternidad divina de María Santísima está claramente expresada en uno de los doce anatemas de san Cirilo de Alejandría, recogidos por el Concilio de Éfeso, que en el año 431 definió como dogma de fe que María de Nazaret es la Madre de Dios: “Si alguno no confiesa que Dios es según verdad el Emmanuel, y que por eso la santa Virgen es Madre de Dios (pues dio a luz carnalmente al Verbo de Dios hecho carne), sea anatema”.

 

Hace pocos días hemos adorado la presencia del Verbo encarnado en el humilde pesebre de Belén. Ahora la Iglesia nos invita a dirigir la mirada llena de asombro a la otra persona magnífica del pesebre que es la Madre de Jesús, Dios hecho carne.

 

En tiempos recientes, la devoción a la Madre de Dios se ha debilitado en ciertos sectores de la Iglesia. Algunos han tenido temor de que honrando demasiado a María, de alguna manera se habría podido provocar una separación de la adoración a Cristo. Por eso les pareció necesario radicalizar el cristocentrismo, subrayando unilateralmente la unicidad de la mediación salvífica de Cristo, en desmedro de las mediaciones participadas de los Santos, de los Ángeles y de la misma Madre de Dios. Obrando así, se ha olvidado el antiguo adagio: ad Jesum per Mariam.

 

La Madre nos acompaña siempre hacia su Hijo y nunca nos aleja de Él. El Concilio Ecuménico Vaticano II lo ha dicho con estas palabras: ”Todo el influjo salvífico de la Bienaventurada Virgen en favor de los hombres no es exigido por ninguna ley, sino que nace del divino beneplácito y de la superabundancia de los méritos de Cristo, se apoya en su mediación, de ella depende totalmente y de la misma saca toda su virtud; y lejos de impedirla, fomenta la unión inmediata de los creyentes con Cristo”.

 

Se debe reconocer que el papel de María no es un obstáculo, sino de completo respeto al reconocimiento de Cristo en la fe. La Madre de Dios, con su pureza virginal, representa y defiende también la pureza de la doctrina cristiana. En el Breviario y en la Forma Extraordinaria  del Rito Romano se encuentra la hermosa antífona mariana «Gaude, Maria Virgo, cunctas haereses tu sola interemisti in universo mundo – Alégrate, Virgen María, tú sola has destruido todas las herejías del mundo entero».

 

Esta antífona ha sido comentada por el famoso biblista Ignace de la Potterie en ests términos: «No es que María haya hecho en su vida algo contra las herejías, sino que el reconocimiento cierto de María en los dogmas marianos es baluarte de la verdadera fe. Tambien el Cardenal Ratzinger, en su libro-entrevista con Vittorio Messori (Informe sobre la fe), subraya que María “triunfa sobre todas las herejías”: si se da a María el lugar que le corresponde en la ininterrumpida Tradición y en el dogma, se llega al centro de la cristología de la Iglesia. Los primeros dogmas, que se refieren a la virginidad perpetua y a la maternidad divina, y también los últimos (Inmaculada Concepción y Asunsión corporal al Cielo), son la base segura para la fe cristiana en la encarnación del Hijo de Dios. Pero también la fe en el Dios vivo, que puede intervenir en el mundo y en la materia, así como la fe en las realidades últimas (resurrección de la carne y, en consecuencia, la transfiguración del mismo mundo material) está confesada implícitamente en el reconocimiento de los dogmas marianos. También por esto se espera que se concretará el “proyecto de reintroducir, ojalá que en la fiesta de la Asunción corporal de María al Cielo, el 15 de agosto, la bella antífona separada de la reforma litúrgica”

 

No es posible ser cristocéntrico si no se es fuertemente mariano. En este día la Iglesia reza especialmemnte por la paz. Y es justamente a la siempre Virgen Madre de Dios a quienes se dirigen los fieles para obtener del Señor, a través de su intercesión, el don de la paz, para la Iglesia y para el mundo.

 

Piacenza2zSu Eminencia, Cardenal Mauro Piacenza: prefecto de la Congregación para el Clero

Tres pensamientos para el último día del año

Cada vez que el calendario nos trae, inexorablemente, esta fecha del 31 de diciembre, no pueden menos de preocupar al hombre pensador, y más todavía al fiel cristiano, estos tres graves pensamientos:

-El tiempo pasa,

-La muerte se acerca,

-La eternidad nos espera.


Efectivamente:


a) El tiempo pasa. - El presente año ha pasado como un soplo, y como él pasarán todos los que nos restan vivir, sean pocos, sean muchos; sean felices, sean desgraciados.

¿Qué se ha hecho de las penas y de los dolores? ¿qué de las alegrías locas y de los placeres de este año transcurrido?

Ni las penas ni las alegrías pasadas pueden ya volver. De ellas sólo queda el mérito de haber sufrido o gozado con conciencia pura y con alteza de miras, o, al revés, la responsabilidad de haberlo perdido todo por falta de espíritu cristiano.

El tiempo pasa para todos, este año ha pasado para todos, nadie ha podido detener el reloj. ¡Cómo hubiese deseado el gozador de la vida, el pecador disoluto, que no hubiesen pasado sus horas de placer, sus días y sus noches de miel! Sin embargo, pasaron para no volver.

Ha pasado este año corriendo, volando; pero no ha pasado en vano. Muchos desearían que hubiese pasado sin dejar huella, como el vuelo del pájaro; que lo pasado, como dicen, quedara pisado, mas no es así. Todo el pasado queda sujeto al juicio de Dios.


b) La muerte se acerca. - La muerte galopa y se acerca de día en día para cada uno. A muchos, a innumerables, los ha alcanzado en este último año, y los ha alcanzado sorpresivamente. A muchos que hemos conocido sanos y alegres, en pocos minutos, o en pocas horas o en breves días, los hemos visto desaparecer.

Ni la edad, ni el bienestar, ni la dignidad, ni la ciencia, ni el vicio, ni la virtud respeta la muerte inexorable. Todos tenemos nuestro día señalado, como lo tuvieron los que nos han precedido este mismo año y los años anteriores. Desaparecieron en un abrir y cerrar de ojos, y de muchos de ellos no queda ni el recuerdo.

¡Tanto afán por vivir, para vivir tan poco y tan tristemente! ¡Tanto cuidar del cuerpo y del vestido y del negocio y de la honra, para perderlo todo tan presto y tan sin remedio! ¡Tanto alardear de las riquezas, de la hermosura, de las simpatías, de la influencia, para quedar de súbito reducido a un cajón de podredumbre!


c) La eternidad nos espera. - Nada sería que el tiempo pasara y que la muerte se acercara, si con ello todo se acabara. Mas no es así. Al morir, el hombre no muere del todo: perece la materia, pero el espíritu perdura. El cuerpo vuelve al polvo del sepulcro, de donde brotó; pero el alma retorna a Dios, que la creó.

Todo lo de aquí es pasajero, todo fenece; sólo el alma sobrevive en este general cataclismo. Por eso el hombre, aunque muere, no muere para siempre, sólo cambia de vida: de la vida temporal pasa a la eterna, del tiempo a la eternidad.

¡La eternidad! ¡Qué realidad terrible! Muchos la niegan, porque les convendría que no existiese; así sus vicios no tendrían ninguna sanción ultraterrena. Otros muchos, los más, no piensan en ella, porque no la comprenden. Mas ni por negarla ni por desconocerla, la eternidad deja de existir y de esperarnos.

Nada fuera que la eternidad existiese, si ésta fuese para todos bienaventurada y feliz. Pero no es así. Hay dos eternidades: la eternidad del cielo, para premio, y la eternidad del infierno, para castigo. Hay, pues, un premio eterno y un castigo eterno. Así lo ha dispuesto Dios, y nada ni nadie podrán hacer que no sea así.

Sí, pues, te espera una eternidad feliz ¡oh cristiano!, después de los sufrimientos de esta breve vida, ¿por qué no los soportas con resignación y con una santa esperanza? Y sí, a ti también te espera la eternidad, pero una eternidad desgraciada, ¡oh pecador y gozador de la vida!, ¿por qué prefieres un placer sucio y fugaz a una eterna dicha?

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Noche vieja": así se ha dado en llamar - por lo menos aquí en América- a la última noche del año, que es la de hoy. En ella se estilan diferentes formas de despedidad al año que se va y de saludos de bienvenida al que llega. Mientras sólo sea disfrutar en familia con turrones y champán, disparar al aire cohetes multicolores y sonar pitos y sirenas, bien está; pero no está bien, sino muy mal, organizar bailes y saraos casi carnacalescos, empeñándose en conservar y aun en dar mayor arraigo a costumbres paganas, que el cristianismo siempre ha luchado por extirpar.

Para reparar estas profanaciones, muchas almas buenas santifican esta noche asistiendo a misa y comulgando, o bien pasando largo rato en adoración ante Jesús Sacramentado. ¡Todo es necesario para aplacar a Dios y para que su justa ira no descargue los merecidos castigos sobre el mundo pecador!

*Tomado del "Misal diario para América", del Padre Andrés Azcárate O.S.B.



¡FELIZ Y SANTO 2012 LES DESEA JUVENTUTEM ARGENTINA!