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miércoles, 29 de febrero de 2012

Santa Misa solemne en Brighton (UK) en el 150 aniversario de la parroquia de Santa María Magdalena

 

Solemne Santa Misa en la Forma Extraordinaria del Rito Romano en la iglesia de Santa María Magdalena, en Brighton (Reino Unido), en conmemoración por el 150º aniversario desde su apertura. El celebrante fue el P. Ray Blake y actuaron como diácono y subdiácono el P. Tim Finigan y el P. Simon Heanes, respectivamente. Las fotos fueron tomadas por Dña. Amelia Shepherd. St Mary Magdalen Choir Brighton.

 

 

 

 

 

 

Fuente: http://catholicvs.blogspot.com

Miércoles de las Témporas de Cuaresma

 

 

Entonces algunos escribas y fariseos le dijeron: "Maestro, queremos que nos hagas ver un signo". Él les respondió: "Esta generación malvada y adúltera reclama un signo, pero no se le dará otro que el del profeta Jonás. Porque así como Jonás estuvo tres días y tres noches en el vientre del pez, así estará el Hijo del hombre en el seno de la tierra tres días y tres noches. El día del Juicio, los hombres de Nínive se levantarán contra esta generación y la condenarán, porque ellos se convirtieron por la predicación de Jonás, y aquí hay alguien que es más que Jonás. El día del Juicio, la Reina del Sur se levantará contra esta generación y la condenará, porque ella vino de los confines de la tierra para escuchar la sabiduría de Salomón, y aquí hay alguien que es más que Salomón. Cuando el espíritu impuro sale de un hombre, vaga por lugares desiertos en busca de reposo, y al no encontrarlo, piensa: "Volveré a mi casa, de donde salí". Cuando llega, la encuentra vacía, barrida y ordenada. Entonces va a buscar a otros siete espíritus peores que él; vienen y se instalan allí. Y al final, ese hombre se encuentra peor que al principio. Así sucederá con esta generación malvada". Todavía estaba hablando a la multitud, cuando su madre y sus hermanos, que estaban afuera, trataban de hablar con él. Alguien le dijo: "Tu madre y tus hermanos están ahí afuera y quieren hablarte". Jesús le respondió: "¿Quién es mi madre y quiénes son mis hermanos?" Y señalando con la mano a sus discípulos, agregó: "Estos son mi madre y mis hermanos. Porque todo el que hace la voluntad de mi Padre que está en el cielo, ese es mi hermano, mi hermana y mi madre" (Matt. 12, 38 - 50)

 

Lectura Oficio de Maitines.

Por tanto, al condenarse al pueblo judío, se manifiesta con evidencia el misterio de la Iglesia, la cual se reúne con los ninivitas desde todos los confines de la tierra por medio de la penitencia (Ion 3,5) y con la reina del Mediodía por el celo en recibir la sabiduría (1 Reg 10,1) para conocer las palabras del pacífico Salomón. Efectivamente, esta reina, formando de pueblos diversos y distantes un solo cuerpo, se ha adquirido un reino indivisible. Así este misterio es grande entendido de Cristo y de la Iglesia (Eph 5,32). Pero éste es todavía mayor, puesto que aquél había sido como una figura, y, sin embargo, ahora el misterio se ha cumplido en su realidad; entonces era la figura de Salomón, mientras que ahora es el mismo Cristo en su cuerpo. De dos modos, pues, se puede ser de la Iglesia, a saber: o por no haber pecado, o dejando de pecar, ya que la penitencia destruye el pecado y la sabiduría lo evita.
Este es el contenido del misterio: Por lo demás, el signo de Jonás, puesto como tipo de la pasión del Señor, nos atestigua la gravedad de los pecados cometidos por los judíos. Podemos, por tanto, darnos cuenta a la vez del oráculo de la majestad y de un signo de la bondad, pues el ejemplo de los ninivitas anuncia el castigo y al mismo tiempo ofrece el remedio. Por eso, aun los judíos pueden esperar el perdón si quieren hacer penitencia.

San Ambrosio, Tratado sobre el Evangelio de San Lucas, Obras Completas I, BAC, pp. 392 -393.

martes, 28 de febrero de 2012

Creadas dos parroquias personales para la Forma Extraordinaria en una sóla diócesis

 

forma extraordinaria

 

La agencia Kipa/Apic informa sobre la creación oficial en la diócesis de Chur, Suiza, de dos parroquias personales para los fieles ligados a la Forma Extraordinaria.
El comunicado oficial (PDF) ha sido dado a conocer con fecha Feb-27-2012 en el propio sitio de internet de la diócesis de Chur. En el comunicado se anuncia que con fecha Feb-22-2012 el obispo de Chur, Mons. Vitus Huonder, ha constituido como parroquias personales para la Forma Extraordinaria a la Parroquia de María Inmaculada en Oberarth, para los fieles de Suiza central, y la Parroquia de San Maximiliano Kolbe para los fieles del Cantón de Zurich.
En el comunicado se aclara que en realidad no es que se creen estas dos parroquias personales, sino que más bien es la oficialización de una situación pre-existente que no era muy clara, ya que existían con anterioridad dos centros en donde se celebraba la Santa Misa según la Forma Extraordinaria.
Más adelante se explica lo que es una parroquia personal y al final se hace alusión a que en otros lugares del planeta existen parroquias personales para la Forma Extraordinaria como las que se acaban de crear en Chur.
Es pues esta una actitud valiente de Mons. Huonder, quien desde que fue nombrado obispo de Chur ha contado con una amplia oposición de sus más inmediatos colaboradores y otras manzanas podridas del ultraprogresismo, una de ellas incluso solicitando su renuncia, ante lo cual Mons. Hounder solicitó ayuda en la Congregación para los Obispos, en vistas a solucionar la problematica. Incluso se publicó en el sitio Gloria TV un documento en apoyo a Mons. Hounder (ver aquí). Después de recibido en Roma, se supo que Mons. Hounder recibió un amplio respaldo no sólo por parte de la Cogregación para los Obispos sino del propio Santo Padre (ver aquí).
Suponemos que esta medida ha sido animada por el respaldo que obtuvo Mons Hounder en el Vaticano y también suponemos que toda esa caterva que le hace la guerra comenzará a quejarse y a criticar la medida.
Pregunta: ¿Cómo es que en una diócesis tan pequeña se puede crear simultaneamente dos parroquias personales para la Forma Extraordinaria y en las diócesis o arquidiócesis grandes sería impensable la creación de al menos una parroquia? Piénsese en sitios como por ej., Buenos Aires, Santiago, Carácas ó Saõ Paulo.

 

Fuente: http://secretummeummihi.blogspot.com

lunes, 27 de febrero de 2012

La Penitencia como virtud y como Sacramento

 

 

 

La palabra penitencia significa arrepentimiento, expiación y designa ora una virtud, ora un sacramento.


1º virtud de la penitencia: La penitencia es una virtud sobrenatural que lleva al pecador a detestar sus pecados y a castigarse a sí propio para reparar la injuria hecha a Dios.


El acto interno de esta virtud se llama contrición; los actos externos son las penas corporales que el penitente se inflige en satisfacción por los pecados cometidos.
Comprende, pues, esta virtud: 1º, el odio y la detestación de los pecados; 2º, el firme propósito de una vida mejor; 3º, la expiación de las culpas pasadas.
La penitencia es necesaria con necesidad de medio para obtener el perdón de los pecados. Jesucristo dijo: “Si no hacéis penitencia, todos pereceréis”. (Lc 13, 5)


¿En que difiere la virtud de la penitencia del sacramento?


a) La virtud de la penitencia ha sido necesaria en todos los tiempos para obtener el perdón de los pecados; el sacramento no es necesario sino después de su institución por Nuestro Señor Jesucristo, y no produce su efecto sino respecto de los pecados cometidos después del bautismo.
b) La virtud de la penitencia no es más que una parte del sacramento, que comprende, además, la confesión del penitente y la absolución del sacerdote.
c) La virtud de la penitencia puede existir sin el sacramento, pero el sacramento no puede existir sin la virtud de la penitencia.


2º Sacramento de la Penitencia: La Penitencia es un sacramento instituido por Nuestro Señor Jesucristo para perdonar los pecados cometidos después del bautismo.
Necesidad de este sacramento: El sacramento de la Penitencia es absolutamente necesario a aquellos que han cometido un pecado mortal después del bautismo. En caso de necesidad puede ser suplido por la contrición perfecta, unida al deseo de recibirlo.


Efectos del sacramento de la penitencia:


a) Borra todos los pecados cometidos después del Bautismo, por numerosos y enormes que sean;
b) Perdona la pena eterna y una parte más o menos grande de la pena temporal, según las disposiciones con que se le recibe;
c) Produce la gracia santificante o la aumenta;
d) Hace revivir las virtudes infusas y los méritos perdidos;
e) Nos da gracias sacramentales para fortalecernos contra las recaídas, perseverar en el bien y practicar las virtudes cristianas;
f) Da la paz a la conciencia y, a veces, un gran consuelo.
Lo primero que se necesita para obtener el perdón es la contrición, que es el dolor de haber ofendido a Dios y una detestación de los pecados cometidos, junto con el firme propósito de no volver a cometerlos.


¿Qué hay que hacer para tener la contrición? Hay que:


1) Pedirla a Dios con oraciones fervorosas;
2) Pensar en el cielo que nuestros pecados nos han hecho perder y en el infierno que nos han merecido;
3) Considerar que nuestros pecados son la causa de la pasión y muerte de Nuestro Señor Jesucristo;
4) Pensar, finalmente, que con nuestros pecados hemos ultrajado a un Dios infinitamente bueno e infinitamente digno de nuestro amor. Un hijo bien nacido se arrepiente de haber disgustado a su padre; así debemos nosotros arrepentirnos de haber causado pena a nuestro Padre Celestial.


Señales de una verdadera contrición: 1º, cambiar de vida; 2º, corregirse de sus faltas; 3º, evitar las ocasiones de ofender a Dios; 4º, trabajar en destruir los malos hábitos; 5º, poner los medios necesarios para vivir cristianamente.
Para concluir, diremos, que es sumamente útil hacer un acto de contrición todas las noches antes de acostarse, para estar prontos a comparecer ante Dios.

 

Fuente: A. Hillaire, La Religión demostrada

Visto en: http://arcadei.org/blog/

domingo, 26 de febrero de 2012

La Pasión de Cristo, la película

 

La-Pasion-De-Cristo

 

Para ver la Película de Mel Gibson, cliquee en la imagen.

sábado, 25 de febrero de 2012

+ Oración por el Papa +


Oh Jesús, Rey y Señor de la Iglesia: renuevo en tu presencia mi adhesión incondicional a tu vicario en la tierra, el Papa. En él Tú has querido mostrarnos el camino seguro y cierto que debemos seguir en medio de la desorientación, la inquietud y el desasosiego. Creo firmemente que, por medio de él, Tú nos gobiernas, enseñas, santificas, y bajo su cayado formamos la verdadera Iglesia: una, santa, católica y apostólica. Concédeme la gracia de amar, vivir y propagar como hijo fiel sus enseñanzas. Cuida su vida, ilumina su inteligencia, fortalece su espíritu, defiéndelo de las calumnias y de la maldad. Aplaca los vientos erosivos de la infidelidad y la desobediencia, y concédenos que, en torno a él, tu Iglesia se conserve unida, firme en el creer y en el obrar, y sea así el instrumento de tu redención. Amén.

viernes, 24 de febrero de 2012

+ En la Santa Misa, renueva Jesucristo su Oración +



San Juan, el discípulo tan amado, dice: "Tenemos por abogado cerca del Padre a Jesucristo, el Justo por excelencia, y Él es la víctima de propiciación por nuestros pecados. ¿No es una promesa consoladora para nuestra salud que el mismo Hijo de Dios, el Juez de vivos y muertos, sea nuestro abogado?
Mas, ¿dónde y cuándo desempeña Nuestro Señor este oficio? La Iglesia nos enseña que, no sólo en el cielo, sino también en la tierra. "Cada vez que el santo Sacrificio es ofrecido, dice el sabio Suárez, Nuestro Señor ora por aquél que lo ofrece, y por cuya intención es ofrecido." Ora por el sacerdote, por los que asisten, y por aquellos por quienes el sacerdote y los asistentes ruegan. He aquí como describe San Lorenzo Justiniano esta oración: "Cuando Cristo es inmolado en el altar, implora la misericordia a su Padre, y le muestra sus llagas sagradas, para preservar a los hombres de la condenación eterna."
Este celo del Sagrado Corazón por nuestra salud, es revelado por San lucas: "Habiéndose ido Jesús a la montaña para orar, pasó allí toda la noche."
En otra parte dice: " De día ensañaba en el templo, y de noche se retiraba a la montaña llamada de los Olivos." También dice: "Se fue, según acostumbrada, a la montaña de los Olivos, para orar allí."
Con estos testimonios tenéis una prueba evidente de que el Salvador tenía la costumbre de ir a esa montaña para pasar la noche en oración. Ahora bien; ¿por quién oraba? San Ambrosio nos contesta: "Nuestro Señor no oraba por Él, sino por nosostros." Así. pues, fue por vosotros, por mí y por todos los hombres, por quienes pasó esas vigilias. Preveía la pérdida de muchas almas, a pesar de la muerte cruel que estaba resuelto a sufrir, y ese espectáculo arrancaba lágrimas a sus ojos y suspiros as su corazón misericordioso. Estas ardientes súplicas repite el Salvador en cada Misa, como en resumen. Al mismo tiempo, muestra a su Padre las lágrimas que ha derramado, enumera los suspiros que han salido de su corazón y las noches que así ha pasado. Todo esto lo ofrece por la salud del mundo entero, pero más particularmente por aquellos que asisten a la Santa Misa. ¡Cuánta no será la eficacia de semejante intercesión en los labios del Santo de los Santos! ¡Cuánto no deben esperar las almas, en favor de las cuales sube hasta Dios!
Lo que aumenta el poder de la oración de Jesús, es que su virtud está unida a la del sacrificio.
En las Revelaciones de Santa Gertrudis se lee que, a la elevación de la Hostia, la santa vio a Nuestro Señor elevar con sus propias manos su corazón sagrado bajo la forma de un cáliz de oro que ofrecía a Dios. Ella lo vió también inmolarse a sí mismo por la Iglesia, de una manera que excede a todo entendimiento. Queriendo confirmar esta revelación, Nuestro Señor dijo a Santa Mechtilde, la hermana de Santa Gertrudis: " Sólo yo sé y comprendo perfectamente, cómoi me sacrifico en el altar por la salud de los fieles, lo cual ni los querubines, ni los serafines, ni ninguna potencia celestial puede concebir por completo."
Fijáos, además, en que Nuestro Señor no se ofrece en el altar con la majestad que tiene en el cielo, sino con una humildad incomparable. Está presente, no sólo en la Hostia entera, sino en la más pequeña partícula; y así encubierto, aparece tan poco digno de atención y respeto, que es el caso de aplicarle las palabras de David: "No soy un hombre, sno un gusano de tierra, un objeto de burla para los hombres." Para eterna vergüenza de los cristianos, esta profecía se cumple a la letra con demasiada frecuencia: Jesús es despreciado, le negamos los honores debidos a su Divinidad, y es una rareza cuando se le reconoce y se le adora en el Sacramento de su amor.
Del abismo de su humildad, su voz se eleva tan poderosa al cielo, que atraviesa las nubes y el espacio, y llega al trono de la misericordia.
Cuando Jonás anunció al rey de Nínive que su ciudad sería destruída después de cuarenta días, el monarca se quitó las vestiduras reales, puso ceniza en su cabeza, se cubrió con un saco, y ordenó a todo el pueblo que implorara la misericordia divina. Con su humildad y penitencia consiguió la revocación de la terrible sentencia, y la ciudad fue perdonada. Si ese rey pagano obtuvo así el perdón de una ciudad entera, ¿ cuánto más no conseguiría Jesucristo, que tanto se humilla en la Santa Misa, donde abandonando su trono de gloria se reviste con las pobres aparaiencias del pan y del vino, e implora la misericordia de Dios? "Padre mío, considerad cuánto me he humillado para obtener vuestra compasión. Los pecadores se han levantado contra vos llenos de orgullo, yo me humillo en presencia vuestra; ellos os han irritado con sus ofensas, yo quiero desarmaros a fuerza de humildad.
Ellos han merecido vuestro justo castigo, que mis ruegos os aplaquen. Por amor hacia mí, apiadáos de ellos y no los castiguéis según merecen sus iniquidades. No los entreguéis en manos de Satanás, pues me pertenecen, y habiéndolos rescatado al precio de mi sangre, no permitáis que perezcan. ¡ Oh Padre santísimo! imploro sobre todo vuestra misericordia en favor de los pecadores aquí presentes. Por ellos ofrezco en este momento mis sufrimientos y mi vida. En virtud de esta sangre y de esta muerte, preservadlos de la muerte eterna."
¡Oh Salvador Jesús! ¿De qué mejor manera podemos corresponder al amor que tenéis a nuestras almas, que asistiendo a la Santa Misa con verdadera devoción? Cuando Nuestro Señor fue suspendido en la cruz, recomendó a su Padre los fieles que estaban al pie del sagrado madero, y les aplicó muy especialmente los frutos de su Pasión. En la Misa, ora también por los que a ella asisten, sobre todo, por aquellos que imploran su mediación. Ruega por ellos con tanto ardor, como rogó por sus enemigos en el momento de su muerte. ¡Cuán poderosa oración! y ¡cuánto alienta nuestra esperanza para la vida bienaventurada, puesto que vemos al mismo Hijo de Dios tomar en sus manos los intereses de nuestra salvación!
Si la Santísima Virgen se os apareciera y os dijese: "Hijo mío, no temas nada: no cesaré de rogar por ti a mi Hijo, hasta que me haya asegurado tu felicidad eterna;" enajenado de alegría, exclamaríais desde lo más profundo de vuestro corazón: Ahora estoy consolado, mi salvación es segura. Ciertamente que tendríais razón de fiaros en la promesa, con María; pero ¿ por qué no tendríais aún mayor confianza en la poderosa intercesión del Hijo de Dios, quien, no sólo os promete su socorro, sino que ora por vosotros en cada Misa que oís, y por decirlo así, apacigua la justicia de Dios, apartando de vosotros el castigo que merecéis por vuestros pecados? A la voz de su oración van unidas sus lágrimas, sus llagas, su sangre y sus suspiros, que son otras tantas fuentes inagotables de donde brotan ríos de gracias y bendiciones.
Os quejáis a menudo de vuestra falta de fervor en vuestras oraciones. Escuchad cuán afectuosamente os invita: "Venid a mí todos los que estáis fatigados y cargados, y yo os aliviaré." Es decir; venid a mí todos los que no podéis orar devotamente, y yo oraré por vosotros. ¿Por qué no satisfacéis los deseos del Salvador? ¿ Por qué no asistís con más empeño a la Santa Misa?
En vuestras penas os dirigís a vuestros amigos, les comunicáis vuestros sufrimientos, les pedís una oración, y tenéis confianza en su intercesión, a pesar de no poderse comparar con la mediación omnipotente de Jesucristo. Os encontráis en una extrema desolación, y en un peligro inminente de condenaros eternamente. "Señor, preguntáis al Maestro, ¿ quién podrá salvarme?" Jesús os responde: "Lo que es imposible para los hombres, es posible para Dios."
Puesto que sabéis por la misma boca del Salvador que tiene los medios de aseguraros la felicidad eterna, rogadle diariamente que os la conceda. Pero, me diréis, una pobre criatura como yo, es indigana de las oraciones de Jesús. Alejad de vosotros esta triste idea; estad ciertos, al contrario, que os dirigís a Él, Él intercederá por vosotros. Diré aún más: es su deber, como lo afirma San Pablo con estas palabras "Todo pontífice está establecido para las alamas, en las cosas que se relacionan con Dios, con el objeto de ofrecer dones y sacrificios por los pecados del pueblo." Jesucristo es Pontífice, ejerce su sacerdocio en la Santa Misa; es, pues, su misión orar por el pueblo y ofrecer el sacrificio por él. No sólo lo ofrece por todos en general, sino también por cada uno en particular; y de la misma manera que sufrió por todos y cada uno, se interesa por todos los miembros de la Iglesia, así como por toda la Iglesia universal.
Ahora comprenderéis el poder y la eficacia de la oración de Jesús en el santo altar. Unid vuestras súplicas a las suyas, y así adquirirán una fuerza inmensa. "Las oraciones que van unidas al santo Sacrificio, dice un piadoso autor, dejan muy atrás a todas las otras, aun aquellas que duran muchas horas, aun las extáticas, a causa de los méritos de la Pasión de Jesucristo, que en la celebración de este augusto Sacrificio se comunican por una admirable efusión de gracias." Fonerus, que es el que así habla, confirma su opinión con la siguiente comparación: Así como la cabeza excede en dignidad a las demás partes del cuerpo, así la oración del Salvador, que es nuestra cabeza, tiene un valor que la pone infinitamente por encima de las oraciones de todos los cristianos, que no son más que los miembros de su cuerpo místico.
Así como una moneda de cobre adquiere valor al caer en el oro que está en fusión, así la oración de un hombre, unida a la de Jesucristo, adquiere carácter de alta nobleza. O por mejor decir, una oración mediana hecha en la Misa, vale más que una oración fervorosa hecha en otro lugar. aquellos que pudiendo asistir a la Misa, prefieren hacer otros ejercicios de piedad, se perjudican mucho, porque alejándose del sacrificio y de la oración del Salvador, se privan de una infinidad de gracias y méritos.
Tomado del libro: "Explicación de la Santa Misa", por el R.P. Martín de Cochem, capuchino. Traducido por María de Jesús Haghenbeck de Rincón Gallardo

jueves, 23 de febrero de 2012

Dolor del Papa por el desastre ferroviario de Buenos Aires

2012-02-23 Radio Vaticana


(RV).- El Papa se ha sentido profundamente afligido por la tragedia ferroviaria de Buenos Aires, en que un tren no frenó en la estación de Once, causando la muerte de al menos 50 personas mientras, más de 675 [Nota Juventutem: las últimas informaciones indican 703 heridos al menos] resultaron heridas. Benedicto XVI expresa su cercanía a las familias de las víctimas, asegurando su propia oración mediante un telegrama, firmado por el Cardenal Secretario de Estado Tarcisio Bertone y enviado al Cardenal Jorge Mario Bergoglio, Arzobispo de la capital argentina. 

En el texto del telegrama leemos: “El Santo Padre Benedicto XVI, profundamente afligido al conocer la dolorosa noticia del accidente de tren ocurrido en la estación porteña de Once, en Buenos Aires, y que ha causado numerosas víctimas, ofrece fervientes sufragios al Todopoderoso por el eterno descanso de los fallecidos”. 


El Cardenal Tarcisio Bertone ruega también al Cardenal Bergoglio que transmita el sentido pésame del Papa a los familiares que lloran tan sensible pérdida, junto con expresiones de afecto, solidaridad y consuelo a los heridos y afectados por el trágico suceso. 


Y añade que “como signo de esperanza en el Señor resucitado, el Sucesor de Pedro imparte, en estos momentos de tristeza, una especial bendición apostólica”. El Cardenal Secretario de Estado de Su Santidad, a la vez que se uno a los sentimientos del Sumo Pontífice, manifiesta, al Cardenal argentino su fraterna estima en Cristo. (María Fernanda Bernasconi – RV).


Fuente: www.news.va


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Desde Juventutem Argentina nos unimos a la oración del Papa pidiendo por el eterno descanso de los difuntos, la pronta recuperación de los cientos de heridos y el consuelo de los familiares y amigos de las víctimas de este terrible accidente.


Encuentran Biblia de más de 1500 años de antigüedad

 

 

 

UNA BIBLIA DE 1500 AÑOS, ENCONTRADA EN LA SALA DE SEGURIDAD DE LA CORTE DE JUSTICIA DE ANKARA


El Vaticano demanda hacer investigación en la biblia con permiso.
Decomisada en el año 2000 por los contrabandistas en la provincia sureña turca de Antalya, una Biblia de 1500 años de antigüedad, aparentemente se ha olvidado en la sala de seguridad del Palacio de Justicia de Ankara, se ha hallado en Turquía.
La biblia, que fue escrita en el idioma arameo y el alfabeto asirio, y por la cual Jesucristo transmitió sus primeros consejos, fue llevada al Museo de Etnografía de Ankara, capital de Turquía, bajo la supervisión policial.
Se pronostica que sea alrededor de 25 millones de dólares el coste de la Biblia que resultó que quedó escondida desde hacía ocho años en la sala de seguridad de la Corte de Justicia de Ankara.
El Vaticano solicitó hacer análisis e investigación sobre la Biblia con permiso de las autoridades turcas.
Resulta que la Biblia conservó su estructura histórica y lleva varias huellas del período al que pertenece.
La policía turca inició una investigación para revelar si la Biblia fue copiada con anterioridad.
Se sostiene que incluso la fotocopia de la Biblia se pueda vender a precio de 2 millones de dólares .

 

Fuente: http://secretummeummihi.blogspot.com/

EL TIEMPO DE CUARESMA

Preparación próxima a la Redención

 

1. Origen y vicisitudes de la Cuaresma. La Cuaresma es hoy un período litúrgico de cuarenta días, destinados a preparar la digna celebración de la Pasión, Muerte y Resurrección de Nuestro Señor Jesucristo. Por lo mismo, es un tiempo de mayor penitencia y recogimiento, y en que con más ahinco ha de procurarse la compunción del corazón.

Por más que los liturgistas no están aún acordes acerca de la fecha precisa en que se estableció en la Iglesia la Cuaresma, si viviendo todavía los apóstoles o bastante después, todos sabemos que hay una Cuaresma de origen bíblico; pues en la Biblia constan expresamente las de Moisés, Elías y Jesucristo. ¿La practicarían como observancia eclesiástica los apóstoles y los primitivos cristianos? San Jerónimo, San León Magno y otros santos Padres pretenden que sí, y su opinión por cierto es muy probable, aunque no se apoya en ningún documento escrito. Verdad es que San Ireneo, en el siglo II, y la "Didascalia", en el III, hablan de ayunos preparatorios para la Cuaresma; pero los ayunos de aquél son nada más que de contados días, y los de éste de sola la Semana Santa.

El primer documento conocido que menciona la Cuaresma propiamente dicha, es el canon 5 del concilio ecuménico de Nicea, celebrado en 325. A partir de esa fecha, abundan los testimonios en los escritos y concilios de Oriente, y desde el año 340, también en Occidente.

Pero lo que ni en Oriente ni en Occidente se descubre claramente, en aquellos primeros siglos, es el comienzo y término de la Cuaresma. Combinándola de muy distinta manera las diversas iglesias, incluyendo unas en ella la Semana Santa, y excluyéndola otras. En una cosa, empero, convenían todas: en el número de ayunos, que solía ser para los fieles, de treinta y seis días. En el siglo V se unificó, por fin, la duración; y en el VII, un Papa posterior a San Gregorio Magno completó los cuatro días de ayuno que faltaban a la Cuaresma, prescribiéndolo como obligatorio desde el miércoles de ceniza, que por eso se llamó caput jejunii o "principio del ayuno".

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2. Prácticas cuaresmales. Lo que Moisés, Elías y Jesucristo practicaron con más rigor en sus respectivas cuaresmas, fué el ayuno y la oración, los que, por lo mismo, sirvieron de base para la Cuaresma cristiana, a la cual agregó la Iglesia la práctica de la limosna y obras de caridad.

La ley del ayuno la observaban los antiguos con sumo rigor. No contentos con cercenar la cantidad de alimento, privábanse totalmente de carnes, huevos, lacticinios, pescado, vino y todo aquello que el uso común considerábalo como un regalo. Hacían sólo una comida diaria, después de la Misa "estacional" y Vísperas, que terminaban al declinar la tarde; y esa única comida solamente consistía en pan, legumbres y agua, y, a las veces, una cucharada de miel. Con la particularidad que ninguno se eximía del ayuno ni aun los jornaleros, ni los ancianos, ni los mismos niños de más de doce años de edad, tan sólo para los enfermos hacíase una excepción, que habían de refrendar el médico y el sacerdote. A estas penitencias añadían otras privaciones, tales como la continencia conyugal, la supresión de las bodas y festines, del ejercicio judicial, de los juegos, recreos públicos, caza, deportes, etcétera. De este modo se santificaba la Cuaresma no ya solamente en el templo como ahora, sino también en los hogares, y hasta en los tribunales, en los casinos, en los hoteles, en los teatros y en los circos. Es decir, que el espíritu de Cuaresma informaba la vida de toda la sociedad cristiana.

Actualmente la observancia íntegra del ayuno y abstinencia cuaresmal ha quedado confinada a algunas órdenes religiosas, ya que el derecho común tan sólo manda ayunar con abstinencia el miércoles de ceniza y de témporas, y los viernes y sábados de Cuaresma, y sin abstinencia, todos los demás días (2).

De hecho, estos mismos ayunos cuaresmales están reducidos en muchos países casi a la nada, merced a los indultos, bulas y privilegios particulares; habiendo llegado a tanto la condescendencia de la Iglesia, en cuanto al modo de observarlos, que en ellos ha permitido leche, huevos, pescado, vino y otros géneros de regalos, además de autorizar una comida fuerte, un desayuno, aunque leve, y una ligera colación.
La oración cuaresmal por excelencia era y es la Santa Misa, precedida antiguamente de la procesión estacional. Ahora es digno complemento, por la tarde, el ejercicio del Viacrucis.
La limosna practicábase en la Iglesia con ocasión de la colecta de la Misa y otras particulares que se hacían en favor del clero, viudas, huérfanos y menesterosos, con quienes también ejercitaban a porfía otras obras de caridad.

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3. Aspecto exterior del templo. La ley de la abstinencia cuaresmal diríase que hasta a los tem plos materiales alcanza, pues a ellos también les impone la ley litúrgica sus privaciones, con las que se fomenta la compunción y el recogimiento.

Los templos, en efecto, vénse privados durante los oficios cuaresmales del alegre aleluya, del himno angélico Gloria in excelsis, de la festiva despedida Ite missa est, de los acordes del órgano, de las flores, iluminaciones y demás elementos de adorno, y del uso, fuera de las festividades de los Santos, de otros ornamentos que los morados, de cuyo color se cubren también, desde el domingo de Pasión, los crucifijos y las imágenes. Tal es el aspecto severo del templo o como si dijéramos el continente exterior de la liturgia en tiempo de Cuaresma, el que acentúa todavía más los cantos graves y melancólicos del repertorio gregoriano y el frecuente arrodillarse para los rezos corales.

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4. El alma de la liturgia Cuaresmal. Si, empero, sondeamos el alma de la liturgia cuaresmal a la luz de los Evangelios, de sus epístolas, oraciones, antífonas y demás textos de su rica literatura, la vemos embargada de los más variados sentimientos de arrepentimiento, de confianza, de ternura, de compasión, de pena, de temor.

El Breviario de Cuaresma, con sus homilías y sermones con sus himnos, sus capítulos y sus responsorios, a cual más expresivos y piadosos, pone en juego los más delicados recursos de nuestra madre la Iglesia, para conmover los corazones de sus hijos; pero con eso y todo, todavía le supera el Misal. Aquí encontramos cuadros indescriptibles: conversiones y absoluciones de pecadores, como la Samaritana, la Magdalena, la adúltera, el Hijo pródigo, los Ninivitas, multitud de curaciones y milagros del Salvador; rasgos generosos de desprendimiento, como el de la viuda de Sarepta; difuntos resucitados y madres y hermanos consolados; a José, víctima de la envidia de sus hermanos, y a Jesús, vendido por uno de sus íntimos, amenazas y voces de trueno y vaticinios terroríficos de los antiguos profetas para los pecadores obstinados y, en cambio, palabras dulces y persuasivas del Divino Maestro llamándolos a penitencia; ríos de lágrimas que cuestan a la Iglesia los cristianos impenitentes, y gozos inenarrables que suscita en el cielo su conversión; quejas de los sacerdotes en vista de la indiferencia de muchos, y tiernos clamores del pueblo fiel pidiendo al Señor perdón y misericordia.

Si penetramos todavía más hondamente en el corazón de la liturgia cuaresmal, descubrimos, además, tres grandes preocupaciones que embargan a la Iglesia:
la trama y desarrollo de la Pasión del Señor;
la preparación de los catecúmenos; y
la reconciliación de los penitentes públicos.

No hay día ni casi oficio en que no se manifieste de algún modo esta triple preocupación, y es menester estar de ello advertidos para interpretar ciertos pasajes y aun ciertos ritos especiales que, aunque muy hermosos, parecerían, sin eso, intempestivos.

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5. La Misa "estacional". Una de las particularidades más características de la liturgia cuaresmal antigua era la Misa "estacional". Tenía lugar todos los días, al atardecer, después de la hora de nona. Durante todo el día, el pueblo y el clero dedicábanse a sus ocupaciones habituales, pero cuando el cuadrante solar del Fórum marcaba la hora de nona, los fieles de toda la ciudad de Roma se dirigían a la porfía hacia la iglesia estacional, a la que a menudo el mismo Papa acudía para ofrecer el Santo Sacrificio. Ordinariamente, la colecta o reunión efectuábase en una de las basílicas vecinas, donde esperaban la llegada del Sumo Pontífice y de su séquito. Una vez éstos en la basílica, revestíase el Papa de sus ornamentos y subía al altar para rezar la colecta u oración de toda la asamblea, terminada la cual iban todos en proce sión a la iglesia "estacional", al son de las letanías y precedidos por la Cruz procesional. Allí el Papa celebraba la Misa del día, en la que todos los asistentes ofrecían y comulgaban. Era ya la puesta de sol cuando el pueblo volvía a sus casas, satisfecho de haber ofrecido a Dios el sacrificio vespertino como coronamiento de una jornada laboriosa, santificada por la oración, por la penitencia y por el trabajo (2).

Esta Misa "estacional" era la única que antiguamente había en cada población: por eso la celebraba el Pontífice con asistencia del clero y del pueblo. Como los de Cuaresma eran todos días de ayuno riguroso, todos esperaban en ayunas la hora de la Misa, para poder comulgar en ella. Después hacían su única comida, y los monjes completaban el oficio canónico cantando en sus monasterios las Vísperas. He aquí la razón de cantar Vísperas por la mañana antes de la comida, todos los días de Cuaresma, excepto los domingos, que no son de ayuno.
Un momento antes de la comunión, un subdiácono anunciaba al pueblo el lugar de la estación del día siguiente en estos términos: "Mañana, la estación será en la iglesia de San N." Y la schola respondía: "A Dios gracias". En seguida de la comunión y de la oración colecta, decía el celebrante la colecta super pópulum, que entonces reemplazaba a la bendición final. Estas fórmulas de despedida que antiguamente estaban en uso en todas las liturgias, ano orientales, y que llevaban a veces consigo la imposición de las manos del obispo, sólo las ha conservado nuestro misal en las ferias de Cuaresma, por el carácter solemne y epicospal que éstas tenían(3).
Cuando el Papa no intervenía en la fiesta estacional, un acólito iba, después de la Misa, a su palacio, y le llevaba por devoción un poco de algodón mojado en la lámpara del santuario. Al llegar, le pedía la bendición, la cual recibida, decíale: "Hoy tuvo lugar la estación en San N., y te saluda." El Papa le respondía: "peo gratias", y después de besar respetuosamente el algodón, entregábaselo a su cubiculario, quien lo guardaba con cuidado para meterlo, al morir el Papa, en la almohadilla fúnebre (4).

En el actual Misal Romano se indica todavía, al principio de la Misa correspondiente, la basílica o iglesia "estacional" de cada día, lo que muchas veces será útil tener en cuenta para explicarse el uso de ciertos textos y su verdadero significado en aquel día determinado (5).

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6. Los domingos de Cuaresma. Descontando el de Pasión y el de Ramos, que habremos de estudiar aparte, son cuatro los domingos de Cuaresma, siendo él primero el de más categoría y el cuarto, o de Laetare el más popular.

El I domingo ha tomado entre los latinos el nombre de "invocabit" de la primera palabra del Introito de la Misa, y entre los griegos se le llama la fiesta de la ortodoxia, por señalar el aniversario del restablecimiento de las santas imágenes en el siglo IX.

En la Edad Media llamósele el domingo de las Antorchas, porque los jóvenes, que se habían desenfrenado en los jolgorios de Carnaval, presentábanse ese día en la iglesia con una tea encendida para pedir una penitencia al sacerdote, a fin de reparar sus pasados excesos, de los que eran absueltos el Jueves Santo en la reconciliación general. También es conocido con el nombre de domingo de la Tentación, por referir el Evangelio de la Misa la triple tentación del Señor en el desierto.

El II domingo, hasta el siglo IX, fué de los llamados "domingos vacantes" o libres de "estación", a causa de haberlo precedido con las suyas las IV témporas y estar el público cansado. Después del siglo IX, empero, señalósele ya su estación, como a los demás.

El III domingo era el de los "escrutinios", porque en él, o comenzaba el examen de los catecúmenos que habían de recibir el bautismo la vigilia de Pascua, o bien se les citaba para el miércoles siguiente.

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7. El domingo "Laetare". El IV domingo, llamado Laetare (del introito), de los "cinco panes" (del Evangelio), y de la "rosa de oro" (de la bendición de la misma), es de los más celebrados del año litúrgico. Por coincidir en la mitad de Cuaresma y suponer la Iglesia que los cristianos han vivido hasta aquí embargados, como ella, de una santa tristeza, la liturgia de este domingo se propone renovar en los ayunadores cuaresmales la alegría y la esperanza que todavía han menester hasta llegar al triunfo pascual.

A ese fin, además de elegir textos muy hermosos y muy adecuados para infundir alientos, permite en el templo las flores de adorno, el uso del órgano y hasta de ornamentos de color rosa; todo lo cual causa la impresión de ser éste un día de asueto litúrgico, podríamos decir, y de respiro espiritual. La Iglesia se alegra hoy intensamente, pero con moderación todavía, como quien está dispuesta a reanudar en seguida las penitencias y las meditaciones dolorosas.

El rito característico de este domingo es la bendición de la rosa de oro, que efectúa en Roma el mismo soberano Pontífice. Data de hacia el siglo X, y viene a ser como un anuncio poético de la proximidad de la Pascua florida.

Antiguamente la ceremonia se celebraba en el palacio de Letrán, residencia habitual de los Papas, desde donde el Pontífice, montado a caballo y con la tiara, y acompañado por el Sacro Colegio y el público de la ciudad, llevaba la rosa bendita a la iglesia "estacional", que lo era Santa Cruz de Jerusalén.
Hoy se hace todo en el Vaticano, por lo que la ceremonia no suscita ya tanto el entusiasmo popular, si bien su eco resuena en todo el mundo, merced a las informaciones de los diarios.
Además de bendecirla, el Papa unge la rosa de oro con el Santo Crisma y la espolvorea con polvos olorosos, conforme al uso tradicional. Al fin la regala a algún alto personaje del mundo católico, a alguna ciudad, etcétera, a quien quiere honrar; y por eso "dícese que su bendición sustituyó a la de las llaves de oro y plata, con limaduras de la cadena de San Pedro, que los soberanos Pontífices enviaban antiguamente a los príncipes cristianos, en pago de haberle proporcionado ellos reliquias de los apóstoles" (6).
Místicamente, representa esta rosa a Jesucristo resucitado, como lo explican los varios discursos pronunciados por los Papas en la ceremonia (7). El origen de la ceremonia quizá derive de la fiesta bizantina de la media cuaresma, aunque también puede ser que provenga de que antiguamente se solemnizaba en Roma el principio del ayuno preparatorio para Pascua, que abarcaba entonces 3 semanas (8).

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8. Las ferias más notables de Cuaresma. Aparte del miércoles, viernes y sábado de las IV témporas de Cuaresma, de que hablaremos en su lugar, son dignas de especial mención, entre las ferias cuaresmales, el miércoles de la III y IV semana, por ser días de escrutinio, y el jueves de la III, que es como jalón de media Cuaresma.

Empezamos por advertir que todas las ferias de Cuaresma tienen, en el Breviario, su homilía propia, y en el Misal su misa correspondiente, lo que constituye un caudal riquísimo y variadísimo de doctrina y de piedad. Los jueves, al principio, eran días alitúrgicos (sin reuniones litúrgicas)

y por lo mismo carecían de misa propia, pero bajo el Papa Gregorio II (715 31), se les fijó también a ellos su misa, utilizando los elementos ya existentes.

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El MIÉRCOLES DE LA III SEMANA comenzaba el escrutinio o examen de los catecúmenos que deseaban ser admitidos al bautismo en la vigilia de Pascua.

Empezábase por anotar sus nombres y separar en dos grupos los hombres y las mujeres. Luego se rezaba por ellos, y ellos mismos también eran invitados a rezar; se les leía algún pasaje de la Biblia en vista de su instrucción; se les exorcizaba, se les imponían las manos, se les signaba, etcétera, y se les despedía del templo antes del Evangelio. Al ofertorio, los padrinos y madrinas presentaban al Papa las oblaciones por sus futuros ahijados, cuyos nombres se leían públicamente durante el Canon. Esto mismo se practicaba en los demás escrutinios.

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El JUEVES DE LA III SEMANA señala propiamente la mitad de los ayunos cuaresmales, no de la Cuaresma misma, la cual promedia justamente el domingo IV, como ya lo hemos notado. Esta circunstancia hizo que esta feria tuviese entre los antiguos un carácter medio festivo y alentador, contribuyendo a ello no poco el recuerdo de los santos médicos Cosme y Damián, cuya basílica era la designada para la Misa estacional.

Los textos de la Misa aluden casi todos a la salud y bienestar corporal, que la Iglesia pide a Dios para sus hijos, por intercesión de San Cosme y San Damián, para que terminen valerosamente el ayuno cuaresmal. Eran esos Santos dos médicos sirios, que, por ejercer su profesión gratuitamente, eran conocidos con el sobrenombre de anargyros (sin plata), y constaba que curaban a los enfermos no tanto por su pericia profesional, como por virtud divina. Su culto fué siempre muy popular,.y más desde que el Papa Félix IV les dedicó, en el siglo VI, la Basílica de la Vía Sacra, convertida pronto en un centro de peregrinación para enfermos y dolientes.

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EL MIÉRCOLES DE LA IV SEMANA era el día del gran escrutinio, el cual se celebraba en la majestuosa Basílica de San Pedro.

Los ritos especiales de este escrutinio eran: las oraciones, lecturas y exorcismos de costumbre; la lectura, por primera vez, y explicación del principio de cada uno de los cuatro Evangelios, la recitación, también por primera vez, del Símbolo de la fe, en latín y en griego, en atención a los catecúmenos de ambas lenguas, y su explicación por el sacerdote; ítem del Pater noster, petición tras petición. Continuaba luego la Misa, y los catecúmenos se retiraban al recibir la orden del diácono. Al conjunto de estos ritos se le denominaba apertio aurium (acto de abrir los oídos), porque por primera vez escuchaban estos textos sagrados, hasta entonces desconocidos. Restos de este tercer escrutinio son, en la Misa actual, la oración, la lección y el gradual, que preceden a la epístola ordinaria de este día.

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NOTAS
(1)
“Código de Der. Can.", can. 1252, 2 y 3.
(2)En la Argentina el Indulto Apostólico reduce los ayunos con abstinencia al Miércoles de Ceniza y a todos los Viernes, y los ayunos sin abstinencia a los Miércoles y al Jueves Santo.
(3) Card. Schuster: ab. cit., val. III, c. I.
(4) Card. Schnster: ob.cit.
(5) Card. Schuster: ob..cit.
(6) Para ello ninguna guía mejor que el "Liber Sacramentorum" del Card. Schuster.
(7) Molien: "La Priere de l'Eglise", I, p. 304.
(8) Cf. "Année Lit." (Careme) de Dom Guéranger.
(9) Cf. Schuster: "Liber Sacramentorum", val. III, p. 117. Dom Krebs: "Les Quest. Iit. et Parois" (Abril y Junio 1926).

EXTRAÍDO DE: R.P. ANDRÉS AZCÁRATE; La Flor de la Liturgia; Buenos Aires, Abadía San Benito, 6ta. Ed., 1951; pág.486-497

LOS SIETE SALMOS PENITENCIALES

 

Los siete Salmos penitenciales o salmos de confesión, que antiguamente se rezaban durante el tiempo de cuaresma, es el nombre con el que se designan en la numeración de la Septuaginta y de la Vulgata los salmos 6, 31, 37, 50, 101, 129 y 142. Todos estos salmos fueron escritos por el Rey David expresando la contricción que sentía por los pecados cometidos, y el deseo de enmendar su vida (de ahí el título de "Penitenciales").

El Rey David compuso los Siete Salmos Penitenciales como expresión de su arrepentimiento por los pecados cometidos en el pasado.

 

 

Originalmente el nombre de salmo penitencial fue dado por la Iglesia primitiva al salmo 50, el Miserere, que era recitado al final del servicio matutino. A comienzos del siglo V, San Agustín de Hiponaaplicó el nombre de salmos penitenciales a cuatro de ellos. En el comentario de Casiodoro, siglo VII, aparece la lista actual.

Septem Psalmi Pœnitentiales (Ps 6, 31, 37, 50, 101, 129 et 142)

 

 

Psalmus 6 (Domine, ne in furore tuo arguas me)

Domine, ne in furore tuo arguas me:

* neque in ira tua corripias me.

Miserere mei, Domine, quoniam infirmus sum:

* sana me, Domine, quoniam conturbata sunt ossa mea.

Et anima mea turbata est valde:

* et tu Domine usquequo?

Convertere, Domine, et eripe animam meam:

* salvum me fac propter misericordiam tuam.

Quoniam non est in morte qui memor sit tui:

* in inferno autem quis confitebitur tibi.

Laboravi in gemitu meo, lavabo per singulas noctes lectum meum:

* in lacrimis meis stratum meum rigabo.

Turbatus est a furore oculus meus:

* inveteravi inter omnes inimicos meos.

Discedite a me, omnes qui operamini iniquitatem:

* quoniam exaudivit Dominus vocem fletus mei.

Exaudivit Dominus deprecationem meam:

* Dominus orationem meam suscepit.

Erubescant et conturbentur vehementer omnes inimici mei:

* convertantur, et erubescant valde velociter.

Gloria Patri, et Filio:
* et Spiritui Sancto.
Sicut erat in principio, et nunc, et semper:
* et in sæcula sæculorum. Amen.

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Psalmus 31 (Beati quorum remissæ sunt iniquitates)

Beati, quorum remissæ sunt iniquitates:

* et quorum tecta sunt peccata.

Beatus vir, cui non imputavit Dominus peccatum:

* nec est in spiritu eius dolus.

Quoniam tacui, inveteraverunt ossa mea:

* dum clamarem tota die.

Quoniam die ac nocte gravata est super me manus tua:

* conversus sum in ærumna mea, dum configitur spina.

Delictum meum cognitum tibi feci:

* et iniustitiam meam non abscondi.

Dixi: confitebor adversum me iniustitiam meam Domino:

* et tu remisisti impietatem peccati mei.

Pro hac orabit ad te omnis sanctus:

* in tempore opportuno.

Verumtamen in diluvio aquarum multarum:

* ad eum non approximabunt.

Tu es refugium meum a tribulatione, quæ circumdedit me:

* exsultatio mea, erue me a circumdantibus me.

Intellectum tibi dabo, et instruam te in via hac, qua gradieris:

* firmabo super te oculos meos.

Nolite fieri sicut equus, et mulus:

* quibus non est intellectus.

In camo, et fræno maxillas eorum constringe:

* qui non approximant ad te.

Multa flagella peccatoris:

* sperantem autem in Domino misericordia circumdabit.

Lætamini in Domino, et exsultate, iusti:

* et gloriamini omnes recti corde.

Gloria Patri, et Filio:
* et Spiritui Sancto.
Sicut erat in principio, et nunc, et semper:
* et in sæcula sæculorum. Amen.

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Psalmus 37 (Domine, ne in furore tuo arguas me)

Domine, ne in furore tuo arguas me:

* neque in ira tua corripias me.

Quoniam sagittæ tuæ infixæ sunt mihi:

* et confirmasti super me manum tuam.

Non est sanitas in carne mea a facie iræ tuæ:

* non est pax ossibus meis a facie peccatorum meorum.

Quoniam iniquitates meæ supergressæ sunt caput meum:

* sicut onus grave gravatæ sunt super me.

Putruerunt, et corruptæ sunt cicatrices meæ:

* a facie insipientiæ meæ.

Miser factus sum et curvatus sum usque ad finem:

* tota die contristatus ingrediebar.

Quoniam lumbi mei impleti sunt illusionibus:

* et non est sanitas in carne mea.

Afflictus sum, et humiliatus sum nimis:

* rugiebam a gemitu cordis mei.

Domine, ante te omne desiderium meum:

* et gemitus meus a te non est absconditus.

Cor meum conturbatum est, dereliquit me virtus mea:

* et lumen oculorum meorum, et ipsum non est mecum.

Amici mei, et proximi mei:

* adversum me appropinquaverunt, et steterunt.

Et qui iuxta me erant, de longe steterunt:

* et vim faciebant, qui quærebant animam meam.

Et qui inquirebant mala mihi, locuti sunt vanitates:

* et dolos tota die meditabantur.

Ego autem tamquam surdus non audiebam:

* et sicut mutus non aperiens os suum.

Et factus sum sicut homo non audiens:

* et non habens in ore suo redargutiones.

Quoniam in te, Domine, speravi:

* tu exaudies me, Domine Deus meus.

Quia dixi: nequando supergaudeant mihi inimici mei:

* et dum commoventur pedes mei, super me magna locuti sunt

Quoniam ego in flagella paratus sum:

* et dolor meus in conspectu meo semper.

Quoniam iniquitatem meam annuntiabo:

* et cogitabo pro peccato meo.

Inimici autem mei vivunt, et confirmati sunt super me:

* et multiplicati sunt qui oderunt me inique.

Qui retribuunt mala pro bonis, detrahebant mihi:

* quoniam sequebar bonitatem.

Ne derelinquas me, Domine Deus meus:

* ne discesseris a me.

Intende in adiutorium meum:

* Domine, Deus salutis meæ.

Gloria Patri, et Filio:
* et Spiritui Sancto.
Sicut erat in principio, et nunc, et semper:
* et in sæcula sæculorum. Amen.

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Psalmus 50 (Miserere)

Miserere mei, Deus:

* secundum magnam misericordiam tuam.

Et secundum multitudinem miserationum tuarum:

* dele iniquitatem meam.

Amplius lava me ab iniquitate mea:

* et a peccato meo munda me.

Quoniam iniquitatem meam ego cognosco:

* et peccatum meum contra me est semper.

Tibi soli peccavi, et malum coram te feci:

* ut iustificeris in sermonibus tuis et vincas cum iudicaris.

Ecce enim in iniquitatibus conceptus sum:

* et in peccatis concepit me mater mea.

Ecce enim veritatem dilexisti:

* incerta, et occulta sapientiæ tuæ manifestasti mihi.

Asperges me hyssopo, et mundabor:

* lavabis me et super nivem dealbabor.

Auditui meo dabis gaudium, et lætitiam:

* exultabunt ossa humiliata.

Averte faciem tuam a peccatis meis:

* et omnes iniquitates meas dele.

Cor mundum crea in me, Deus:

* et spiritum rectum innova in visceribus meis.

Ne proiicias me a facie tua:

* et Spiritum Sanctum tuum ne auferas a me.

Redde mihi lætitiam salutaris tui:

* et spiritu principali confirma me.

Docebo iniquos vias tuas:

* et impii ad te convertentur.

Libera me de sanguinibus, Deus, Deus salutis meæ:

* exultabit lingua mea iustitiam tuam.

Domine, labia mea aperies:

* et os meum annuntiabit laudem tuam.

Quoniam si voluisses sacrificium, dedissem utique:

* holocaustis non delectaberis.

Sacrificium Deo spiritus contribulatus:

* cor contritum, et humiliatum, Deus, non despicies.

Benigne fac, Domine, in bona voluntate tua Sion:

* ut ædificentur muri Ierusalem.

Tunc acceptabis sacrificium iustitiæ, oblationes et holocausta:

* tunc imponent super altare tuum vitulos.

Gloria Patri, et Filio:
* et Spiritui Sancto.
Sicut erat in principio, et nunc, et semper:
* et in sæcula sæculorum. Amen.

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Psalmus 101 (Domine, exaudi orationem meam)

Domine, exaudi orationem meam:

* et clamor meus ad te veniat.

Non avertas faciem tuam a me:

* in quacumque die tribulor, inclina ad me aurem tuam.

In quacumque die invocavero te:

* velociter exaudi me.

Quia defecerunt sicut fumus dies mei:

* et ossa mea sicut cremium aruerunt.

Percussum est ut fœnum, et aruit cor meum:

* quia oblitus sum comedere panem meum.

A voce gemitus mei:

* adhæsit os meum carni meæ.

Similis factus sum pellicano solitudinis:

* factus sum sicut nycticorax in domicilio.

Vigilavi:

* et factus sum sicut passer solitarius in tecto.

Tota die exprobrabant mihi inimici mei:

* et qui laudabant me, adversum me iurabant.

Quia cinerem tamquam panem manducabam:

* et potum meum cum fletu miscebam.

A facie iræ et indignationis tuæ:

* quia elevans allisisti me.

Dies mei sicut umbra declinaverunt:

* et ego sicut fœnum arui.

Tu autem, Domine, in æternum permanes:

* et memoriale tuum in generationem et generationem.

Tu exsurgens misereberis Sion:

* quia tempus miserendi eius, quia venit tempus.

Quoniam placuerunt servis tuis lapides eius:

* et terræ eius miserebuntur.

Et timebunt Gentes nomen tuum, Domine:

* et omnes reges terræ gloriam tuam.

Quia ædificavit Dominus Sion:

* et videbitur in gloria sua.

Respexit in orationem humilium:

* et non sprevit precem eorum.

Scribantur hæc in generatione altera:

* et populus, qui creabitur, laudabit Dominum.

Quia prospexit de excelso sancto suo:

* Dominus de cælo in terram aspexit.

Ut audiret gemitum compeditorum:

* ut solveret filios interemptorum.

Ut annuntiet in Sion nomen Domini:

* et laudem suam in Ierusalem.

In conveniendo populos in unum:

* et reges ut serviant Domino.

Respondit ei in via virtutis suæ:

* paucitatem dierum meorum nuntia mihi.

Ne revoces me in dimidio dierum meorum:

* in generationem et generationem anni tui.

Initio tu, Domine, terram fundasti:

* et opera manuum tuarum sunt cœli.

Ipsi peribunt, tu autem permanes:

* et omnes sicut vestimentum veterascent.

Et sicut opertorium mutabis eos, et mutabuntur:

* tu autem idem ipse es, et anni tui non deficient.

Filii servorum tuorum habitabunt:

* et semen eorum in sæculum dirigetur.

Gloria Patri, et Filio:
* et Spiritui Sancto.
Sicut erat in principio, et nunc, et semper:
* et in sæcula sæculorum. Amen.

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Psalmus 129 (De profundis clamavi ad te, Domine)

De profundis clamavi ad te, Domine:

* Domine, exaudi vocem meam.

Fiant aures tuæ intendentes:

* in vocem deprecationis meæ.

Si iniquitates observaveris, Domine:

* Domine, quis sustinebit?

Quia apud te propitiatio est:

* propter legem tuam sustinui te, Domine.

Sustinuit anima mea in verbum eius:

* speravit anima mea in Domino.

A custodia matutina usque ad noctem:

* speret Isræl in Domino.

Quia apud Dominum misericordia:

* et copiosa apud eum redemptio.

Et ipse redimet Isræl:

* ex omnibus iniquitatibus eius.

Gloria Patri, et Filio:
* et Spiritui Sancto.
Sicut erat in principio, et nunc, et semper:
* et in sæcula sæculorum. Amen.

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Psalmus 142 (Domine, exaudi orationem meam)

Domine, exaudi orationem meam, auribus percipe obsecrationem meam in veritate tua:

* exaudi me in tua iustitia.

Et non intres in iudicium cum servo tuo:

* quia non iustificabitur in conspectu tuo omnis vivens.

Quia persecutus est inimicus animam meam:

* humiliavit in terra vitam meam.

Collocavit me in obscuris sicut mortuos sæculi:

* et anxiatus est super me spiritus meus, in me turbatum est cor meum.

Memor fui dierum antiquorum, meditatus sum in omnibus operibus tuis:

* in factis manuum tuarum meditabar.

Expandi manus meas ad te:

* anima mea sicut terra sine aqua tibi.

Velociter exaudi me, Domine:

* defecit spiritus meus.

Non avertas faciem tuam a me:

* et similis ero descendentibus in lacum.

Auditam fac mihi mane misericordiam tuam:

* quia in te speravi.

Notam fac mihi viam, in qua ambulem:

* quia ad te levavi animam meam.

Eripe me de inimicis meis, Domine, ad te confugi:

* doce me facere voluntatem tuam, quia Deus meus es tu.

Spiritus tuus bonus deducet me in terram rectam:

* propter nomen tuum, Domine, vivificabis me in æquitate tua.

Educes de tribulatione animam meam:

* et in misericordia tua disperdes inimicos meos.

Et perdes omnes, qui tribulant animam meam:

* quoniam ego servus tuus sum.

Gloria Patri, et Filio:
* et Spiritui Sancto.
Sicut erat in principio, et nunc, et semper:
* et in sæcula sæculorum. Amen.

 

Fuente: http://caballerodelainmaculada.blogspot.com

Mensaje del Santo Padre para la Cuaresma 2012


MENSAJE DEL SANTO PADRE
BENEDICTO XVI
PARA LA CUARESMA 201
2


«Fijémonos los unos en los otros
para estímulo de la caridad y las buenas obras»
 (Hb 10, 24)


Queridos hermanos y hermanas


La Cuaresma nos ofrece una vez más la oportunidad de reflexionar sobre el corazón de la vida cristiana: la caridad. En efecto, este es un tiempo propicio para que, con la ayuda de la Palabra de Dios y de los Sacramentos, renovemos nuestro camino de fe, tanto personal como comunitario. Se trata de un itinerario marcado por la oración y el compartir, por el silencio y el ayuno, en espera de vivir la alegría pascual.
Este año deseo proponer algunas reflexiones a la luz de un breve texto bíblico tomado de la Carta a los Hebreos«Fijémonos los unos en los otros para estímulo de la caridad y las buenas obras» (10,24).

Esta frase forma parte de una perícopa en la que el escritor sagrado exhorta a confiar en Jesucristo como sumo sacerdote, que nos obtuvo el perdón y el acceso a Dios. El fruto de acoger a Cristo es una vida que se despliega según las tres virtudes teologales: se trata de acercarse al Señor «con corazón sincero y llenos de fe» (v. 22), de mantenernos firmes «en laesperanza que profesamos» (v. 23), con una atención constante para realizar junto con los hermanos «la caridad y las buenas obras» (v. 24). Asimismo, se afirma que para sostener esta conducta evangélica es importante participar en los encuentros litúrgicos y de oración de la comunidad, mirando a la meta escatológica: la comunión plena en Dios (v. 25). Me detengo en el versículo 24, que, en pocas palabras, ofrece una enseñanza preciosa y siempre actual sobre tres aspectos de la vida cristiana: la atención al otro, la reciprocidad y la santidad personal.




1. “Fijémonos”: la responsabilidad para con el hermano.

El primer elemento es la invitación a «fijarse»: el verbo griego usado es katanoein, que significa observar bien, estar atentos, mirar conscientemente, darse cuenta de una realidad. Lo encontramos en el Evangelio, cuando Jesús invita a los discípulos a «fijarse» en los pájaros del cielo, que no se afanan y son objeto de la solícita y atenta providencia divina (cf. Lc 12,24), y a «reparar» en la viga que hay en nuestro propio ojo antes de mirar la brizna en el ojo del hermano (cf. Lc 6,41). Lo encontramos también en otro pasaje de la misma Carta a los Hebreos, como invitación a «fijarse en Jesús» (cf. 3,1), el Apóstol y Sumo Sacerdote de nuestra fe. Por tanto, el verbo que abre nuestra exhortación invita a fijar la mirada en el otro, ante todo en Jesús, y a estar atentos los unos a los otros, a no mostrarse extraños, indiferentes a la suerte de los hermanos. Sin embargo, con frecuencia prevalece la actitud contraria: la indiferencia o el desinterés, que nacen del egoísmo, encubierto bajo la apariencia del respeto por la «esfera privada». También hoy resuena con fuerza la voz del Señor que nos llama a cada uno de nosotros a hacernos cargo del otro. Hoy Dios nos sigue pidiendo que seamos «guardianes» de nuestros hermanos (cf. Gn 4,9), que entablemos relaciones caracterizadas por el cuidado reciproco, por la atención al bien del otro y a todo su bien. El gran mandamiento del amor al prójimo exige y urge a tomar conciencia de que tenemos una responsabilidad respecto a quien, como yo, es criatura e hijo de Dios: el hecho de ser hermanos en humanidad y, en muchos casos, también en la fe, debe llevarnos a ver en el otro a un verdaderoalter ego, a quien el Señor ama infinitamente. Si cultivamos esta mirada de fraternidad, la solidaridad, la justicia, así como la misericordia y la compasión, brotarán naturalmente de nuestro corazón. El Siervo de Dios Pablo VI afirmaba que el mundo actual sufre especialmente de una falta de fraternidad: «El mundo está enfermo. Su mal está menos en la dilapidación de los recursos y en el acaparamiento por parte de algunos que en la falta de fraternidad entre los hombres y entre los pueblos» (Carta. enc. Populorum progressio [26 de marzo de 1967], n. 66).

La atención al otro conlleva desear el bien para él o para ella en todos los aspectos: físico, moral y espiritual.
La cultura contemporánea parece haber perdido el sentido del bien y del mal, por lo que es necesario reafirmar con fuerza que el bien existe y vence, porque Dios es «bueno y hace el bien» (Sal 119,68). El bien es lo que suscita, protege y promueve la vida, la fraternidad y la comunión. La responsabilidad para con el prójimo significa, por tanto, querer y hacer el bien del otro, deseando que también él se abra a la lógica del bien; interesarse por el hermano significa abrir los ojos a sus necesidades. La Sagrada Escritura nos pone en guardia ante el peligro de tener el corazón endurecido por una especie de «anestesia espiritual» que nos deja ciegos ante los sufrimientos de los demás. El evangelista Lucas refiere dos parábolas de Jesús, en las cuales se indican dos ejemplos de esta situación que puede crearse en el corazón del hombre. En la parábola del buen Samaritano, el sacerdote y el levita «dieron un rodeo», con indiferencia, delante del hombre al cual los salteadores habían despojado y dado una paliza (cf. Lc 10,30-32), y en la del rico epulón, ese hombre saturado de bienes no se percata de la condición del pobre Lázaro, que muere de hambre delante de su puerta (cf. Lc 16,19). En ambos casos se trata de lo contrario de «fijarse», de mirar con amor y compasión. ¿Qué es lo que impide esta mirada humana y amorosa hacia el hermano? Con frecuencia son la riqueza material y la saciedad, pero también el anteponer los propios intereses y las propias preocupaciones a todo lo demás. Nunca debemos ser incapaces de «tener misericordia» para con quien sufre; nuestras cosas y nuestros problemas nunca deben absorber nuestro corazón hasta el punto de hacernos sordos al grito del pobre. En cambio, precisamente la humildad de corazón y la experiencia personal del sufrimiento pueden ser la fuente de un despertar interior a la compasión y a la empatía: «El justo reconoce los derechos del pobre, el malvado es incapaz de conocerlos» (Pr 29,7). Se comprende así la bienaventuranza de «los que lloran» (Mt5,4), es decir, de quienes son capaces de salir de sí mismos para conmoverse por el dolor de los demás.

El encuentro con el otro y el hecho de abrir el corazón a su necesidad son ocasión de salvación y de bienaventuranza.
El «fijarse» en el hermano comprende además la solicitud por su bien espiritual. Y aquí deseo recordar un aspecto de la vida cristiana que a mi parecer ha caído en el olvido: la corrección fraterna con vistas a la salvación eterna. Hoy somos generalmente muy sensibles al aspecto del cuidado y la caridad en relación al bien físico y material de los demás, pero callamos casi por completo respecto a la responsabilidad espiritual para con los hermanos. No era así en la Iglesia de los primeros tiempos y en las comunidades verdaderamente maduras en la fe, en las que las personas no sólo se interesaban por la salud corporal del hermano, sino también por la de su alma, por su destino último. En la Sagrada Escritura leemos: «Reprende al sabio y te amará. Da consejos al sabio y se hará más sabio todavía; enseña al justo y crecerá su doctrina» (Pr 9,8ss). Cristo mismo nos manda reprender al hermano que está cometiendo un pecado (cf. Mt 18,15).

El verbo usado para definir la corrección fraterna —elenchein—es el mismo que indica la misión profética, propia de los cristianos, que denuncian una generación que se entrega al mal (cf. Ef 5,11). La tradición de la Iglesia enumera entre las obras de misericordia espiritual la de «corregir al que se equivoca». Es importante recuperar esta dimensión de la caridad cristiana. Frente al mal no hay que callar. Pienso aquí en la actitud de aquellos cristianos que, por respeto humano o por simple comodidad, se adecúan a la mentalidad común, en lugar de poner en guardia a sus hermanos acerca de los modos de pensar y de actuar que contradicen la verdad y no siguen el camino del bien. Sin embargo, lo que anima la reprensión cristiana nunca es un espíritu de condena o recriminación; lo que la mueve es siempre el amor y la misericordia, y brota de la verdadera solicitud por el bien del hermano. El apóstol Pablo afirma: «Si alguno es sorprendido en alguna falta, vosotros, los espirituales, corregidle con espíritu de mansedumbre, y cuídate de ti mismo, pues también tú puedes ser tentado» (Ga 6,1). En nuestro mundo impregnado de individualismo, es necesario que se redescubra la importancia de la corrección fraterna, para caminar juntos hacia la santidad. Incluso «el justo cae siete veces» (Pr 24,16), dice la Escritura, y todos somos débiles y caemos (cf. 1 Jn 1,8). Por lo tanto, es un gran servicio ayudar y dejarse ayudar a leer con verdad dentro de uno mismo, para mejorar nuestra vida y caminar cada vez más rectamente por los caminos del Señor. Siempre es necesaria una mirada que ame y corrija, que conozca y reconozca, que discierna y perdone (cf. Lc 22,61), como ha hecho y hace Dios con cada uno de nosotros.




2. “Los unos en los otros”: el don de la reciprocidad.

Este ser «guardianes» de los demás contrasta con una mentalidad que, al reducir la vida sólo a la dimensión terrena, no la considera en perspectiva escatológica y acepta cualquier decisión moral en nombre de la libertad individual. Una sociedad como la actual puede llegar a ser sorda, tanto ante los sufrimientos físicos, como ante las exigencias espirituales y morales de la vida. En la comunidad cristiana no debe ser así. El apóstol Pablo invita a buscar lo que «fomente la paz y la mutua edificación» (Rm 14,19), tratando de «agradar a su prójimo para el bien, buscando su edificación» (ib. 15,2), sin buscar el propio beneficio «sino el de la mayoría, para que se salven» (1 Co 10,33). Esta corrección y exhortación mutua, con espíritu de humildad y de caridad, debe formar parte de la vida de la comunidad cristiana.

Los discípulos del Señor, unidos a Cristo mediante la Eucaristía, viven en una comunión que los vincula los unos a los otros como miembros de un solo cuerpo. Esto significa que el otro me pertenece, su vida, su salvación, tienen que ver con mi vida y mi salvación. Aquí tocamos un elemento muy profundo de la comunión: nuestra existencia está relacionada con la de los demás, tanto en el bien como en el mal; tanto el pecado como las obras de caridad tienen también una dimensión social. En la Iglesia, cuerpo místico de Cristo, se verifica esta reciprocidad: la comunidad no cesa de hacer penitencia y de invocar perdón por los pecados de sus hijos, pero al mismo tiempo se alegra, y continuamente se llena de júbilo por los testimonios de virtud y de caridad, que se multiplican. «Que todos los miembros se preocupen los unos de los otros» (1 Co 12,25), afirma san Pablo, porque formamos un solo cuerpo. La caridad para con los hermanos, una de cuyas expresiones es la limosna —una típica práctica cuaresmal junto con la oración y el ayuno—, radica en esta pertenencia común. Todo cristiano puede expresar en la preocupación concreta por los más pobres su participación del único cuerpo que es la Iglesia. La atención a los demás en la reciprocidad es también reconocer el bien que el Señor realiza en ellos y agradecer con ellos los prodigios de gracia que el Dios bueno y todopoderoso sigue realizando en sus hijos. Cuando un cristiano se percata de la acción del Espíritu Santo en el otro, no puede por menos que alegrarse y glorificar al Padre que está en los cielos (cf. Mt 5,16).




3. “Para estímulo de la caridad y las buenas obras”: caminar juntos en la santidad.

Esta expresión de la Carta a los Hebreos (10, 24) nos lleva a considerar la llamada universal a la santidad, el camino constante en la vida espiritual, a aspirar a los carismas superiores y a una caridad cada vez más alta y fecunda (cf. 1 Co 12,31-13,13). La atención recíproca tiene como finalidad animarse mutuamente a un amor efectivo cada vez mayor, «como la luz del alba, que va en aumento hasta llegar a pleno día» (Pr 4,18), en espera de vivir el día sin ocaso en Dios. El tiempo que se nos ha dado en nuestra vida es precioso para descubrir y realizar buenas obras en el amor de Dios. Así la Iglesia misma crece y se desarrolla para llegar a la madurez de la plenitud de Cristo (cf. Ef 4,13). En esta perspectiva dinámica de crecimiento se sitúa nuestra exhortación a animarnos recíprocamente para alcanzar la plenitud del amor y de las buenas obras.

Lamentablemente, siempre está presente la tentación de la tibieza, de sofocar el Espíritu, de negarse a «comerciar con los talentos» que se nos ha dado para nuestro bien y el de los demás (cf. Mt25,25ss). Todos hemos recibido riquezas espirituales o materiales útiles para el cumplimiento del plan divino, para el bien de la Iglesia y la salvación personal (cf. Lc 12,21b; 1 Tm 6,18). Los maestros de espiritualidad recuerdan que, en la vida de fe, quien no avanza, retrocede. Queridos hermanos y hermanas, aceptemos la invitación, siempre actual, de aspirar a un «alto grado de la vida cristiana» (Juan Pablo II, Carta ap. Novo millennio ineunte [6 de enero de 2001], n. 31). Al reconocer y proclamar beatos y santos a algunos cristianos ejemplares, la sabiduría de la Iglesia tiene también por objeto suscitar el deseo de imitar sus virtudes. San Pablo exhorta: «Que cada cual estime a los otros más que a sí mismo» (Rm 12,10).
Ante un mundo que exige de los cristianos un testimonio renovado de amor y fidelidad al Señor, todos han de sentir la urgencia de ponerse a competir en la caridad, en el servicio y en las buenas obras (cf. Hb 6,10). Esta llamada es especialmente intensa en el tiempo santo de preparación a la Pascua. Con mis mejores deseos de una santa y fecunda Cuaresma, os encomiendo a la intercesión de la Santísima Virgen María y de corazón imparto a todos la Bendición Apostólica.

Vaticano, 3 de noviembre de 2011



BENEDICTUS PP. XVI

miércoles, 22 de febrero de 2012

Todas las cenizas, la ceniza

Por Diego de Jesús (2004)

Una reflexión, al inicio de la Cuaresma, sobre las fortalezas de la Iglesia, sobre la fe y sobre el significado profundo del catolicismo en esta fecha.

La mano izquierda aferra la derecha, cuyo temblor es ingobernable. Cada tanto se seca la boca con un pañuelo. En vano intenta pararse. Su rostro muestra cansancio, fatiga, y el rigor propio del Parkinson. Las casi nueve décadas de vida intensa le surcan el rostro. El anciano indefenso con sus ojos brillosos mira fijo al hombre erguido que avanza a paso firme hasta él y que, con voz más firme aún, de pie, le expresa con potencia, sin remilgues ni atenuantes: “¡Conviértete y cree en el Evangelio!” El anciano baja levemente la cabeza y el hombre de la voz potente unta su pulgar en un cuenco lleno de ceniza y le traza la señal de la cruz sobre la frente, recordándole que del polvo vino y que al polvo volverá. El viejito, con voz temblorosa, murmura un convencido “amén”.
Podría tratarse de un malhechor llevado a la plaza pública para ser ajusticiado. Podría ser una prostituta de la antigüedad, un hereje medieval o un dictador posmoderno. Pero no. Es el jefe de una religión que ha hecho de la conciencia del propio pecado y de la necesidad del perdón de Dios, un culto. Es Juan Pablo II, presidiendo el Miércoles de Ceniza, abriendo la Cuaresma, ese tiempo de cambios, tiempo de revisiones y balances, tiempo intenso que se toman los cristianos cada año para reconocer la propia culpa y mendigar el perdón.
Toda la Gloria de Bernini se torna hojarasca ante esta escena. Sólo luce en este día el esplendor de la ceniza. El oro gris de la traición confesada. Las plateadas cenizas de la verdad; las doradas cenizas de la humildad. Las ramas de olivo con que se vitoreó ¡Hosanna! al Rey de la Gloria, ahora no son más que polvo. Y el líder de este culto agacha su anciana cabeza y en su delgado “amén” reverberan todas las traiciones con que la Iglesia de todos los tiempos faltó al Evangelio.
En medio de un mundo que ha hecho de la seguridad y la autoafirmación el vano intento por arañar felicidad, he aquí una religión literalmente parada sobre el cimiento de un Pedro inseguro y cobarde, un Pedro que niega a su Señor y llora su traición. Y Jesús, que sabe cómo permanece o se corroe la cosa humana, sabe que la religión que ha fundado tiene garantida su perdurabilidad: Pedro, tu no eres más que polvo, pero polvo pasado por las lágrimas; por eso eres roca. Sobre tus lágrimas, sobre tu llorada traición edificaré mi Iglesia, y ningún poder de este mundo podrá contra la fuerza de esta invencible debilidad.
“Al príncipe le asombró cómo aquel sacristán, que recogiendo limosnas entre los fieles había rozado sin darse cuenta a Katiusha, no comprendiera que todo cuanto había en esa iglesia y en el mundo entero existía sólo para ella y que se podía despreciar cualquier cosa menos a ella, porque ella era el centro de todo. Era para ella que brillaba el oro del iconostasio y ardían los cirios de los candelabros, para ella eran las jubilosas melodías: “¡Es la Pascua del Señor, alégrense todos los hombres!” Ya no es Roma, sino una aldea rusa del siglo XIX. Es la mañana de Pascua. Afuera nieva a rabiar. Adentro, todo es júbilo y fiesta por la victoria de Cristo sobre el pecado y la muerte. Katiusha es prostituta y sus ojos negros parecen recoger como en un cuenco toda la luz de esa liturgia.
Katiusha es la protagonista de Resurrección, la magnífica novela del gran Tolstoi. Katiusha es, como pocas imágenes de este mundo podrían igualar, figura exquisita de la Iglesia, figura exquisita del cristiano.
Ni Lutero hablando de la Roma babilónica ni los medios actuales hablando de los errores históricos o actuales de la Iglesia han descubierto la pólvora. Mucho antes que unos y otros, fue ella misma, a poco de ser fundada, la que se aseguró su título nobiliario más caro: yo soy la “Casta Meretrix”, “la Prostituta arrepentida”, “la Ramera purificada”. Y vestida de ceniza, lleva dos mil años surcando con lágrimas de arrepentimiento un río que atraviesa la historia del Hombre, cuyas aguas cantan la canción más bella: felices los miserables que saben pedir perdón, pues de ellos es la Misericordia y la Compasión. El “título” en latín es muy preciso: no es la que antes fuera prostituta y ahora, la toda pura. No. Ella es, en superpuesto misterio, la purísima ramera, la santa pecadora, la castísima mujer que a todos se regala.
No hay cristianismo fuera de esta ramera. No hay cristianismo fuera de estas doradas cenizas. Rajab, prostituta del Antiguo Testamento, es su mejor sombra y figura: sólo los que permanecieran en su casa serían salvados. Rajab significa “Amplitud” (el adjetivo “católico” significa parecido). Y es de esta meretriz que desciende Cristo. Vaya religión cuyo Dios hecho carne desciende de prostitutas (además de Rajab: Tamar y Betsabé), como se encargan de anotar los evangelistas y cuya vida misma se teje entre ellas: Magdalena con sus siete demonios, la Pecadora que le seca los pies con sus impuros cabellos, la Samaritana con sus seis maridos, la Adúltera a punto de ser apedreada, y entre medio, un Jesús cuya delicia es comer con borrachos, corruptos y pecadores, y que, desde esa mesa, anuncia o denuncia al mundo de los “puros” que las prostitutas entrarán antes que ellos a un Reino celestial previsto no para exitosos y triunfadores sino para las cenizas del pecado doradas por las lágrimas.
¿Sabe por qué no voy a Misa, padre? Porque me revienta la falsedad: conozco a muchos de ellos y no son lo que se dice ‘trigo limpio’. ¿Por qué tomas a mal que un hospital esté lleno de enfermos? ¿Y si la Iglesia no fuera para los buenos sino para los malos? ¿Y si se tratara de un Refugio para pecadores y marginales? ¿Y si la Comunión no fuera premio al buen comportamiento sino remedio al mal comportamiento? ¿Y si se aceptara en el concierto de las religiones que hubiera una en que su Fundador no hubiera venido para los justos sino para los que no acertamos en hacer bien las cosas?
“...apenas la luz de ceniza y olivo que flota sobre el río me dejaba distinguir las formas, ya su silueta delgada se inscribía en el Pont des Arts, detenida en el pretil de hierro, inclinada sobre el agua. Y era tan natural cruzar la calle, subir los peldaños del puente, entrar en su delgada cintura y acercarme a la Maga que me sonreía sin sorpresa, convencida como yo que un encuentro casual era lo menos casual en nuestras vidas...” Así empieza -si en verdad empieza en algún lado- el legendario Rayuela de Cortázar. También ella es prostituta, bien prostituta. También ella es portadora de una magia que salva, de una sabia brutalidad, de un armónico desorden, de límpida impureza, mezcla única de madre, amante, confidente y esposa.
Vaya curiosidad para historiadores de la religión: este credo ha sobrevivido a sus detractores más agudos y a sus enemigos más astutos, pues ninguno de ellos se percató de que las armas que empleaban para atacar, lejos de ser palos en la rueda eran brazos de palanca para una fe que se alimenta y vive de su debilidad, de su conciencia de errar, de tropezar, de equivocar.
Vaya torpeza la de aquellos que incluso hoy intentan apagar el fuego de la Iglesia vociferando sus desaciertos, sus errores y pecados, sin darse cuenta de que esa palada de ceniza no apaga, sino que enardece la dos veces milenaria convicción de que nuestra debilidad es nuestra fortaleza y que donde abunda nuestro pecado sobreabunda la gracia de un Dios, cuya “debilidad” es inclinarse con ternura sobre el corazón del miserable. Si el mundo cree que donde hubo fuego quedan cenizas, nosotros sabemos que donde hay cenizas, brota el fuego, pues estas cenizas son inflamables, como llameante es el agua de las arrepentidas lágrimas...
El mismo Cortázar tiene un bello cuento llamado “Todos los fuegos, el fuego”. Narra en superpuesto relato dos historias de la bajeza humana que terminan en llamas. Lo mismo da un anfiteatro del imperio romano, que un departamento actual de París. La ira, el rencor, la traición, son siempre iguales, y terminan siempre en la autodestrucción. Y ciertamente, en el fragmento está el todo. En cada llama, arde todo el infierno. Pero no menos, en cada ceniza, en cada frente ungida de polvo y lágrimas, luce la nostalgia de todos los hombres, el hombre, por empezar de nuevo, por salir del pozo, por volver a la luz. Ecce Homo: he ahí, hombre, tu mayor dignidad: saber golpearte el pecho; saber decir “perdón”; saber volver a empezar.
Y tú, pobrísima Iglesia, no temas a los que hablan mal de ti (o mejor: a los que hablan de tu maldad): te hacen un gran bien. Pues la verdad te hace libre, y la ceniza, hermosa. Y si hay calumnia, vaya a cuenta del pecado oculto que nadie te enrostra. Vístete con la belleza del arrepentimiento y el mundo te creerá. Sólo tus lágrimas te hacen creíble. Como sólo quien se refugia en casa de la Prostituta, se hace salvable (Josué 2,19). Qué bello es, Madre mía, a la hora de la aurora, cruzar una vez más la calle, y a la tenue luz de ceniza de olivo, encontrarte inclinada sobre el río y nunca, nunca Madre, notar sorpresa en tu sonriente rostro, de que yo, viniendo de tan lejos te tome de la cintura y me esconda en tu regazo, casi como si nos hubiéramos dado cita en aquel puente.
Y el anciano revestido de ceniza, levanta como puede sus débiles brazos y grita en nombre de todos los hombres aquella antiquísima súplica de la Iglesia primitiva: ¡Concédeme las lágrimas y el gozo de volver! Y cada lágrima es todo el río, como cada fragmento de pecado agota su misterio; como cada hostia es todo Cristo y todas las cenizas, la ceniza.

martes, 21 de febrero de 2012

Constitución sobre importancia del latín cumple 50 años

2012-02-21 Radio Vaticana
(RV).- La Facultad de Literatura Cristiana y Clásica de la Universidad Pontificia Salesiana celebra el próximo jueves el 50 aniversario de la Constitución Apostólica ‘Veterum Sapientia’, del beato Juan XXIII, un documento pontificio sobre la importancia del latín en la formación de los seminaristas y en la vida de los sacerdotes. Para esta ocasión la Universidad salesiana organiza en Roma una Jornada de estudio presidida por el cardenal Zenon Grocholewski y centrada fundamentalmente en evidenciar el papel de la cultura clásica contextual y al servicio de las culturas actuales y las realidades eclesiales.


Para leer la Constitución Apostólica Veterum Sapientia, click aquí (latín) o aquí (no oficial español).

EL PODER FORMATIVO DE LA MÚSICA SACRA

 

 

 

       I-Canto Litúrgico

Si tomamos estas palabras en su significado ordinario, es facil establecer el significado de "canto litúrgico". Así como decimos altar litúrgico, vestiduras litúrgicas, cáliz litúrgico, etc., para indicar que estos objetos varios corresponden en materia, forma, y consagración con los requerimientos de los usos litúrgicos en los cuales ellos son usados, así mismo un canto, si su estilo, composición, y ejecución prueban ser adecuados para uso litúrgico, puede apropiadamente ser llamado canto litúrgico. Todo recibe su especificación del propósito al cual este sirve, y por ser de mayor o menor aptitud para servir tales propósitos; sin embargo, es necesario dedicarse a hacer un mejor análisis para descrubrir las muchas maneras posibles en las que las palabras "canto litúrgico" pueden ser aplicadas. En el sentido estricto de la palabra, la palabra "canto" significa una melodía ejecutada solamente por la voz humana, bien sea bajo la forma de un canto en un solo tono o en armonía. En un sentido mas amplio de la palabra también incluye aquellos cantos que están acompañados por instrumentos; pero la porción de honor siempre es retenida por la parte vocal. En un sentido mas amplio pero incorrecto, la palabra "canto" también es aplicada a la música instrumental, puesto que sus cadencias imitan la inflexión de la voz humana, ese primero y mas perfecto de los instrumentos, la obra de Dios Mismo. Y por lo tanto, luego de la introducción del órgano en las iglesias, cuando este comenzó a alternar con los cantantes de música sacra, encontramos a escritores medievales usando deliberadamente la frase "cantant organa" y mas aún "cantare in organis".

Ahora, considerando que la Iglesia permite en sus servicios litúrgicos no solamente a la voz humana, pero un acompañamiento de estos por el órgano u otros instrumentos, e incluso órgano e instrumentos sin la voz humana, es en este sentido que nosotros le vamos a usar, canto litúrgico significa música litúrgica, o, para emplear una frase mas usual, música sacra.

Por consiguiente podemos considerar que la música sacra incluye cuatro elementos distintos pero subordinados: (1) canto simple, (2) canto armonizado, (3) uno u otros de estos acompañados por un organos u otros instrumentos, (4) órgano e instrumentos solamente. En que estos elementos están subordinados uno al otro tenemos que determinarlo dependiendo de la mayor o menor propiedad con que el adjetivo "litúrgico" les sea aplicado. Debemos comenzar con algunas observaciones generales, y por eliminación alcanzar el fin que tenemos a la vista.

(1) Música sacra es música en el servicio de adoración. Esta es una definición generica y básica de todo ese tipo de música, y es una definición obvia y directa. Cuando la adoración del Dios verdadero es en cuestión, el hombre debe empeñarse siempre en ofrecerle lo mejor de lo suyo, y en la manera que sea la menos desmerecida por la Divinidad. Desde esta idea basica brotan dos cualidades que la música sacra debe tener, y que están sentadas en el documento papal "Motu Proprio," 22 November, 1903, es decir que música sacra debe ser verdadero arte, y al mismo tiempo arte santo. En consecuencia no podemos defender como música aquella que carezca de arte, por razon de su pobreza de concepción, o su ruptura de todas las leyes músicales de composición, o cualquier música, no importando cuan artística ella pueda ser, la cual es dada a usos profanos, tal como bailes, teatro, y objetos similares, dirigidas albeit ever so honestamente a entretener ("Motu Proprio," II, 5). Tales composiciones, aunque sean el trabajo del mejor de los maestros y sean bellísimas en si mismas, aunque superen en encanto a la música sacra de tradición, debe siempre permanecer indigna del templo, y como tal are to be got rid of as contrary to the basic principle, mediante el cual todo hombre razonable debe ser guiado, que los medios deben ser adaptados al fin a alcanzar.

(2) Tomando un paso mas adelante en nuestro argumento debe tenerse en mente que no estamos aqui lidiando con adoración de Dios en general, pero con su adoración como es practicada en la verdadera Iglesia de Jesucristo, la Igelsia Católica. Por lo tanto para nosotros la música sacra primordialmente significa música al servicio del culto Católico. Este culto se ha construído así mismo y ha sido mantenido deliberadamente aparte de cualquier otra forma de culto; contiene su propio sacrifico, su propio altar, sus ritos propios, y es dirigida en todo por la soberana autoridad de la Iglesia. Por ello, ninguna música, no importa cuanto sea empleadad en cultos que no sean Católicos, nunca pueden, por esta razon, ser vistos como sagrados y litúrgicos. A veces nos encontramos con individuos que nos recuerdan de la música de los Hebreos, y que buscan con ello justificar todo tipo de gozo en la Iglesia (cantos, música instrumental, música y sonidos ensordecedores), aún llegando tan lejos como para alegar "omnis spiritus laudet Dominum" como si ese verso debería excusarlo todo, y todo lo que sus "espiritus" individuales sugieren, sin importar que tan nuevo e inusual. Si tal criterio fuese admitido, hay muchos otros elementos del rito Hebreo que tendríamos que aceptar, pero que la Iglesia ha rechazado desde hace mucho tiempo por considerarla como impropio del sacrificio del Nuevo Testameto y del espiritu de la Nueva Ley (cf. St. Thomas, II-II, Q. xci, a. 2, ad 4um). La misma observación se aplican a la música utilizada en el rito Protestánte. No importa cuan seria y solemne, aún cuando ella pertenezca al estilo de música que la Iglesia reconoce como sacra y litúrgica, ella nunca debe ser usada como patron o modelo, al menos exclusivamente para la música sacra de la Iglesia Católica. La calurosa y solemne dignidad del culto Católico no tiene nada en comun con la palida fragilidad de los servicios Protestántes. Por tanto, nuestra opción debe ser siempre y exclusivamente guiada por la naturaleza especifica de culto Católico, y por las reglas dadas por los Padres de la Iglesia, los concilios, las congregaciones, y el papa, y que han sido compendidas en ese admirable codigo de la música sacra, el "Motu Proprio" del Papa Pio X.

(3) Finalmente, la frase "culto Católico" debe aqui ser tomada en su cualidad formal de culto publico, el culto de una sociedad u organismo social, impuesta por Ley Divina y sujeta a una autoridad suprema la cual, por derechos Divinos adquiridos, la regula, la guarda, y que a traves de ministros completamente apegados a la ley la ejerce para el honor de Dios y el bienestar de la comunidad. Esto es lo que es conocido como "culto litúrgico", por tanto hecha en todo su estilo por la liturgia de la Iglesia. La liturgia ha sido aptamente definida como "ese culto en la cual la Iglesia Católica, a traves de sus ministerios legitimos que actuan en acuerdo con reglas bien establecidas, publicamente ejerce con el fin de rendir digno omenaje a Dios". Con esto queda claro que los actos y oraciones realizadas por los feligreces para satisfaccer sus devociones privadas no forman parte del culto litúrgico, aún cuando sean realizadas por los feligreces como un solo cuerpo, bien sea en publico o en lugares de culto publico, y aún cuando sean conducidos por un sacerdote u otro ¿. Tales devociones no siendo oficialmente legisladas, no forman parte de la culto publico de la Iglesia como organiso social. Cualquiera puede ver la diferencia entre un cuerpo de la feligresía en procesión al visitar un templo famoso de la Virgen María, y la procesión litúrgica Rogation Days y de Corpus Christi. Tales funciones populares no solamente son toleradas, sino también bendecidas y acogidas por las autoridades de la Iglesia, por ser de inmenso beneficio espiritual para los fieles, sin embargo no son sancionados como litúrgicos, y son generalmente conocidos como funciones extra litugicas. La principales son las Devociones al Rosario, Las Estaciones de la Cruz, Las tres horas de Agonía, La Hora de la Desolación, La Hora del Santisimo Sacramento, El mes de María, las novenas en preparación para fiestas solemnes, y otras como ellas. Lo dicho es para probar que la música sacra puede adecuadamente ser descrita como música al servicio de la liturgia, y que la música sacra y la música litúrgica son un ya la misma cosa. El Papa Pio X ha admirablemente establecido la relación entre la liturgia de la Iglesia y la música ella emplea. "Ella sirve para aumentar el decor et splendor de las ceremonias eclesiaticas", no como algo accidental que puede o no estar presente, tal cual como las decoraciones en un edificio, la exhibición de luces, el numero de ministerios, pero "como una parte integrante de la litrugia solemne", tanto que estas funciones litúrgicas no pueden tener lugar si el canto falta. Mas aún, "desde que el oficio principal de la música sacra es vestir con melodía apropiadas el texto litúrgico presentado para el entendimiento de las gentes, por lo que su fin principal es darle mayor peso al texto, de tal manera que la feligrasía pueda mas facilmente ser movida a la devoción, y lograr mejor disposición a recibir los frutos de la gracia que fluye desde la celebración misma de los sagrados misterios" ("Motu Proprio," I, 1).

De estas enseñanzas sigue que:

(a) Ningun tipo de música puede correctamente ser considerada como litúrgica, la cual no sea exigida por la función litúrgica, o la cual no sea parte integral de la misma, pero que es solo admitida como una adición discreta para llenar un espacio, si podemos usar la expresión, los intervalos silenciosos de la liturgia donde ho haya un texto designado para ser cantado.

Bajo este encabezado vendrían los motetes los cuales el "Motu Proprio" (III, 8) permite ser cantado luefo del Ofertorio y el Benedictus. Ahora, viendo que estos cantos son ejecutados durante la liturgia solemne, a ellos sigue que ellos deberían poseer todas las cualidades de la música sacra de tal manera que sean adecuadas con el resto de la función sacra.

(b) Entre los varios elementos admitidos en la música sacra, el mas litúrgico en el sentido estricto de la palabra es aquel que mas directamente que cualquier otro se une así mismo con el texto sacro y parece como el mas indispensable de todos. La ejecución el órgano como modo de preludio o durante intervalos solo puede ser llamado litúrgico en un sentido bien amplio, debido a que este bajo ningun concepto es necesario, ni tampoco acompaña ningun texto del canto. Pero un canto acompañado por el órgano e instrumentos puede muy apropiadamente ser conocido como litúrgico.Organos e instrumentos son permitidos, sin embargo, solo para apoyar al canto, y no pueden nunca por si mismos ser considerados como parte integral del acto litúrgico. De hecho, su inclusión ha sido relativamente reciente, Y ellos aún son excluidos de las funciones papales. La música vocal es el estilo mas correcto de música litrugica, desde que ella por si sola ha sido siempre reconocida como la música propia de la Iglesia, ella por si sola entra en contacto directo con el significado el texto litúrgico, viste al texto con melodía, y le expone al entendimiento de las gentes. Ahora bien, considerando que la música vocal puede ser bien sea ejecutada de manera sencilla o polifonica, la verdadera música litrugica, música toda ella es indispensable en la celebración de la liturgia soleme, es el canto sencillo, y por lo tanto, en la Iglesia Católica, es el canto Gregoriano. Finalmente, desde que el canto Gregoriano es el canto solemne prescrito para el celebrante y sus asistentes, nunca es del todo legal substituirle con una melodía diferente en composición por aquella dadas en los libros litúrgicos de la Iglesia, a ello sigue que el canto Gregoriano es el solo canto, el canto par excellence de la Iglesia Romana, como ha sido establecido en el "Motu Proprio" (II, 3). El contiene en el grado mas alto las cualidades que el Papa Pio X ha enumerado como caracteristicas de la música sacra: verdadero arte, santidad, universalidad, por lo tanto el ha propuesto al canto Gregoriano como el modo supremo de música sacra, justificando la siguiente ley general. Mientras mas una composición asemeje Gregoriana en tono, inspiración, y la impresión ella deje, lo mas la misma se acerca a ser sacra y litúrgica, mientras mas ella difiere de la misma, lo menos digna o merecedora es de ser empleada en la Iglesia. Puesto que Gregoriano es el canto litúrgico par excellence tde la Iglesia Romana, es igualmente cierto que el canto transmitido por tradición en otras Iglesias es autorizado a ser considerado como verdaderamente litúrgico, por ejemplo, el canto Ambrosiano en la Iglesia Ambrosiana, el canto Mozarabico en la Iglesia Mozarabica, y el canto Griego en la Iglesia Griega.

Para cerrar la linea de pensamiento que hemos estado siguiendo, unas cuantas observaciones mas son llamadas a colación.

(a) La música que acompaña a funciones no litúrgicas del rito Católico es usualmente y con ecxactitud titulada música extra litúrgica. De hecho, la legislación que affecta a la liturgia no se aplica ipso facto para legitimizar por igual las funciones extra litúrgicas. Y consecuentemente la mayor o menor prohibición rigida de ciertas cosas durante los oficios solemnes de la Iglesia no necesariamente prohibe tales cosas en devociones como el Via Crucis, el Mes de María, etc. Para dar un ejemplo, cantar el lengua vernacula esta prohibido como parte de las funciones litúrgicas. Como ha sido ya señalado, la música en las funciones litúrgicas es una integrante y no una pura parte ornamentalde esta, mientras que en funciones extra litúrgicas es de un todo secundario y accidental, nunca impuesto por la ceremonia, y su principal propósito es el de entretener devotamente a la feligresía en la Iglesia o para proporcionarles una relajación espiritual placentera luego de la prolongada tensión de un sermon, o cualquiera otra oración que ellos hayan estado recitando juntos. Por lo tanto el estilo de música extra litúrgica es suceptible a una mayor libertad, sin embargo entre tales limites demandados por el respecto a la casa de Dios y la santidad de las oraciones que ellos acompañan. Como regla general debe ser aclarado que debido a que las ceremonias extra litúrgicas deberían tomar parte lo mas posible de lo externo, así como del espiritu interior de aquellas litúrgicas, evitando lo que sea contrario a la santidad, solemnidad, y nobleza del acto ritual de acuerdo a lo deseado por la Iglesia, por lo que una verdadera música extra litúrgica debe en lo absoluto excluir todo lo que sea profano y teatral, asumiendo en lo posible el caracter, sin los extremos severos de la música litúrgica.

(b) Todo lo que sea música no apropiada para funciones litúrgicas o extra litúrgicas debe ser relegado o proscrito de las iglesias. Pero esa música no debe por esa razon ser llamada profana. Hay una distincción que debe ser hecha.

Hay un estilo de música que pertenece al teatro y a la danza, y ella tiene como meta darle placer y deleite a los sentidos. Esta es música profana que se distingue de la música sacra. Pero hay otro estilo de música, grave, y serias, sin embago no sagrada porque no es usada en el rito, toda vía tomando parte de alguna de las cualidades de la música sacra, y tomando sus ideas e inspiración de cosas que tienen que ver con religión y rito. Tal es la música de lo que es conocido como oratorios sagrados, y otras composiciones de caracter religioso, en los cuales las palabras son tomadas de la Biblia o en algunos casos de la liturgia misma. A esta clase pertenecen las santas "Misas" de Bach, Haydn, Beethoven, y otros autores clasicos, el "Requiem" de Verdi, el "Stabat Mater" de Rossini, etc, todas ellas obras de altos meritos músicales, pero que, debido a sus medio y duración extaordinaria, nunca pueden ser recibidos dentro de la Iglesia. Ellas son apropiadas, como los oratorios, a recrear religiosa y artisticamente audiencias en grandes conciertos músicales. A modo de distinción especial, la música de esta naturaleza es usualmente llamada o designada música religiosa.

DE SANTI, La música a servigio del culto in Civiltà Cattolica (September, 1888), 652-671; IDEM, La Música a servigio del culto Cattolico, ibid. (October, 1888), 169-183; IDEM, La música a servigio della liturgia, ibid. (December, 1888), 670-688; GEVAERT, Les Origines du Canto Liturgique de l'église Latine (Ghent, 1890); GASTOUÉ, Les origines du Canto Romain (Paris, 1907); WYATT, St. Gregory and the Gregorian Music (London, 1904).

ANGELO DE SANTI
Transcribed by Alphonsus Maria Arata Nunobe
Dedicated to Rev. Fr. Theodor Geppert, S.J.Traducido por Jazmir Hernandez de Fajardo

 

 

 

II-PODER FORMATIVO DE LA MÚSICA

ALFONSO LÓPEZ-QUINTÁS
En HUMANITAS Nro.27
La Música tiene una capacidad formativa extraordinaria cuando se ahonda en su sentido más profundo y se la practica de modo creativo. El intérprete y el oyente han de recibir activamente las posibilidades que cada obra les ofrece. Esa forma de recepción activa de posibilidades es la quintaesencia de la creatividad. La música promociona de modo especial la capacidad creadora de quienes la cultivan por cuanto –a una con la danza y el teatro, artes “temporales”– tiene que ser re-creada una y otra vez para gozar de existenciareal, no sólo virtual. Por esta profunda razón insta a que se la asuma de modo activo. Todo valor pide ser realizado. El valor propio de la música acrecienta esta solicitud de modo especialmente enérgico.

Por hallarnos en el área cultural de Occidente y ser pedagógicamente recomendable, limitaremos nuestro análisis a la música tonal. Abordar otras formas de composición exigiría otro espacio. A modo de orientación, indicaré algunos aspectos de la música que pueden jugar un papel formativo relevante por cuanto colaboran a profundizar en los temas clave que surgen a lo largo delproceso formativo.
1. La música nos acostumbra a pensar, sentir y actuar de modo “relacional”. Un sonido a solas no tiene valor musical. Lo adquiere al entrar en relación con otro. A solas, el do y el sol no presentan interés estético. El intervalo do-sol encierra ya un gran interés. Tomados individualmente, lo sonidos que integran la escala tienen un significado: responden a un determinado número de vibraciones y ostentan una altura determinada. Pero no presentan un sentido musical. Este pende de su relación mutua. Vinculados entre sí, forman un hogar expresivo, rebosante de posibilidades. Este hogar tiene dos ejes básicos. En el hogar familiar, los ejes que impulsan y ordenan el movimiento de quienes lo componen son el padre y la madre. El padre impulsa; la madre acoge, aúna. En el hogar musical, los ejes vienen dados por la tónica y la dominante (do y sol, re y la, por ejemplo[1]). Cuando una melodía se teje en torno a ellos, muestra una especial serenidad, un espíritu confiado. Si se aleja, adquiere cierto carácter inquietante. Como modelo de sosiego en el dolor y en la exultación pensemos en el Requiem gregoriano y en el Sanctus de la Misa en IV tono.
Los cuatro elementos básicos de la música –ritmo, melodía, armonía y timbre– poseen valor musical merced a la relación mutua de diversos elementos expresivos. El ritmo, por ejemplo, nace de una repetición de sonidos, pero tal repetición sólo encierra valor estético cuando no es puramente mecánica, sino que funda un ámbito expresivo. Las cuatro notas del tema masculino del primer tiempo de la Quinta Sinfonía de Beethoven unen su poder expresivo para crear un ámbito de apelación, una especie de llamada o aldabonazo. Ese carácter de ámbito (o “fuente de posibilidades”) les permite a estas notas unirse a otras y formar frases musicales. Esta intervinculación de elementos expresivos da lugar a las diferentes partes de las formas musicales (exposición, desarrollo, etc.). De este modo relacional se “componen” las obras. Es magnífico descubrir cómo de una célula musical brevísima se deriva una obra extensa. La Appassionata de Beethoven arranca de las tres notas iniciales (do, la,fa) y se nutre constantemente de ellas.
Encierra el mayor interés formativo, al interpretar música o sencillamente oírla, que se sienta su carácter relacional y el inmenso poder expresivo que genera la interrelación de sus diversos elementos. Estará, con ello, afirmando en su interior una idea decisiva en la vida humana: las formas de unión valiosas encierran una fecundidad insospechada. Recuérdese la frase de M. Buber: “El que dice a otro no tiene nada, no posee nada. Pero está en relación”[2]. El alumno que, a través de su experiencia musical, haya adquirido una idea muy positiva de la relación se percatará enseguida de que estar en relación, o mejor: estar creando relaciones presenta un valor muy superior al hecho de tener y poseer realidades objetivas.
La música es relacional por esencia y consiste en entreverar ámbitos expresivos. De ahí su capacidad para fomentar en el hombre la vida espiritual, que es vida de interrelación creadora[3]. Nada ilógico que la práctica de la música haya ido ligada desde antiguo a todo género de celebraciones humanas, entre las que descuellan los ritos religiosos[4].

2. La música nos enseña a no quedarnos en las impresiones primeras, vibrar con el todo y captar la vinculación de palabra y silencio. Merced a su carácter relacional, en la música todo vibra con todo: un tema con otro, una frase con otra, un tiempo con otro. Mozart reveló a su padre Leopoldo que, al terminar de componer una obra, la veía “toda de golpe”. Esta visión sinóptica constituía para él un “banquete”, según propia expresión[5]. Hay que conseguir que quien aprende sienta vibrar toda una obra en el acorde inicial. Piénsese en el de la sonata “Patética” de Beethoven. Ese acorde sombrío en do menor nos revela toda la obra, aunque no la obra toda. Entramos en relación de presencia con ella, nos encontramos desde el primer momento. Pero luego debemos captar el valor expresivo de cada uno de los temas y vincularlos entre sí. Conviene para ello que el alumno se haga cargo de los temas principales antes de oír la obra, a fin de que pueda seguir con nitidez la marcha de cada uno de ellos, sus transformaciones y desarrollos, sus luchas con los demás, sus entreveramientos... Esta forma “holista” de oír las obras que anuda las partes entre sí y con el todo e interpreta cada pormenor con el impulso que procede del conjunto es posibilitada por el lenguaje musical mismo, que, merced a su condición relacional, lleva en sí el poder y la necesidad de crear vínculos.
De aquí se deriva que el lenguaje musical de calidad sea silencioso. El silencio auténtico no es la mera falta de sonidos, sino la capacidad de atender simultáneamente a diversos aspectos de la realidad. El silencio es un campo de resonancia. Se dice una palabra, y en ella vibran diversas realidades que van unidas con la realidad aludida directamente. Es cierto que los sonidos musicales emergen del silencio, entendido ahora como ausencia de ruido. Piden que se haga silencio. No resaltan sino en un ámbito de silencio y recogimiento, visto como cese de la agitación extrovertida. Pero encierra todavía un valor educativo mayor subrayar que el sonido musical debe ser en sí mismo silencioso, lo mismo que sucede con las palabras auténticas. Cuando tocas una melodía o un acorde, o los oyes, debes hacerlo desde el recogimiento necesario para sentirlos vibrar con otros acordes y otras melodías. Cada pormenor de una obra cobra su auténtico sentido cuando se lo ve inserto activamente en el conjunto[6].
3. La flexibilidad de mente que vamos adquiriendo nos permite descubrir que podemos ser a la vez “autónomos” y “heterónomos”, libres y atenidos a normas. El buen intérprete obedece a la partitura, que es la que encauza su actividad artística, y, al hacerlo, se siente plenamente libre, con un tipo de libertad creativa. No puede salirse de ese cauce, debe limitar su “libertad de maniobra”, pero esa limitación es la que hace posible su auténtica libertad como intérprete.
La experiencia de aprendizaje de una obra musical presenta un gran valor formativo por cuanto nos revela cómo se articula internamente un proceso creador. El intérprete coloca sobre el atril del piano la partitura de una obra que desconoce. Esta se halla lejos de él; cerca está solo la partitura. Empieza a re-crear sobre el teclado las formas musicales. Lo hace de forma tanteante, a impulsos de la obra misma que desea conocer. Es sorprendente y fecundísimo: va buscando algo en virtud de la fuerza que irradia aquello mismo que todavía no conoce del todo. Llega un momento en que la obra le indica que su poder expresivo se halla patente de modo luminoso. El intérprete se mueve ya con absoluta libertad por las avenidas de la obra. Podríamos decir que la domina. La domina porque se deja dominar por ella. Pero aquí recibimos la primera gran lección: en este nivel de creatividad nadie domina a nadie. El artista configura la obra en cuanto se deja configurar por ella. Cuando se vive creativamente, no interesa dominar y poseer, sino enriquecerse mutuamente. Es una experiencia reversible de plenificación. En ella cobra conciencia el intérprete de que no se basta a sí mismo, ya que para ser creativo debe recibir las posibilidades que le otorgan las partituras y los instrumentos. Pero también éstos adquieren todo su sentido al ser asumidos activamente por el intérprete. En esa experiencia de configuración mutua, la obra se le hace presente al que la está configurando. Éste mira la partitura, pero ya no la ve. Lo que tiene ante su atención es la obra plenamente configurada. Toca el piano con sus dedos, pero ya no repara en él. Con lo que se halla en contacto verdaderamente es con la obra. Piano y partitura se hacen transparentescuando la creatividad es perfecta. Siguen ahí ejerciendo su función, pero no se interponen entre la obra y el artista. Son el lugar en el que la obra se hace presente al intérprete. Al ser asumida por éste como algo propio, deja de serle distante, externa y extraña para convertirse en íntima, aun siendo distinta[7].
Una realidad es íntima cuando crea con nosotros un campo de juego común, una relación de encuentro. En este campo se supera la escisión entre el fuera y el dentro, lo exterior y lo interior. Por eso el intérprete, al obedecer a la partitura, no se entrega a algo ajeno, no se enajena o aliena; gana su plena libertad creadora y su total identidad como artista. Se ajusta a un cauce que le viene marcado desde fuera, por alguien distinto de él y en principio distante y ajeno. Pero ese cauce se ha convertido en su voz interior. Al ajustarse a él, sigue el impulso que le viene dictado por su propia musicalidad. Es por tantoautónomo (se rige por una ley propia), aún siendo heterónomo (ya que tal criterio le vino sugerido desde fuera). Aquí se alumbra una clave de orientación decisiva: Puedo actuar en virtud de criterios que me fueron sugeridos de fuera y no ser “heterónomo”, como puedo dedicarme por amor a cuidar a las personas que me rodean y no estar “des-centrado”. Mi verdadero centro es el estado de apertura a los demás. Mi auténtico criterio de acción es el que me impulsa interiormente hacia la realización de algo valioso. No importa el origen de tal criterio, norma o cauce de acción. Lo decisivo es su capacidad de promocionarme hacia modos de actuación sumamente eficaces y valiosos.
4. A la luz del análisis de la experiencia musical puede edificarse toda una doctrina ética. Los grandes filósofos contemporáneos Louis Lavelle y Gabriel Marcel lo muestran brillantemente en algunas de sus obras. En Cinco grandes tareas de la filosofía actual[8] muestro cómo la experiencia musical nos permite comprender la descripción que hace Lavelle de la experiencia ética y la metafísica. La vida ética llega a madurez cuando el hombre es capaz de sacar pleno partido a las realidades materiales e incluso a las corpóreas sin fusionarse con ellas, antes tornándolas “transparentes”, uniendo la máxima eficacia y la máxima discreción. El hombre éticamente maduro elige siempre en virtud del ideal; pone en juego los medios necesarios para conseguirlo, pero no los convierte en metas; hace que el ideal se realice merced a ellos y aparezca en ellos como al trasluz. En este caso ejercen función “mediacional”, no “mediatizadora”. Esta distinción luminosa queda patente en la experiencia de interpretación musical[9].
5. La experiencia de interpretación musical nos revela la posibilidad de ser a la par: a) dependientes de otras realidades y creativos, b) independientes y solidarios.

a) El intérprete sabe muy bien que sin él no existiría realmente la obra, que en la partitura se halla en estado virtual y necesita ser puesta en acto. Pero nadie más consciente que él de que su actividad creativa pende de la obra. Cuando se canta una obra polifónica, las diversas voces entran y salen del edificio sonoro que ellas mismas están construyendo. Lo hacen con la libertad y el gozo que uno siente al relacionarse con su propio hogar. Pero lo curioso y lo enigmático es que ellas están creando ese hogar y al mismo tiempo se sienten amparadas por él, impulsadas, acogidas, nutridas musicalmente.
Algo muy afín sucede en nuestra relación con las instituciones: familia, colegio, club, Iglesia... Las configuramos sus miembros, pero ellas nos forman en buena medida a nosotros. Aquí vemos cómo la música clarifica la experiencia básica de la vida creativa del hombre: Yo me pongo a disposición de algo que pende de mí para existir, pero al mismo tiempo se me presenta como superior a lo que yo soy y a cuanto puedo dar de mí. Marcel lo describe con toda precisión: “La música, en su verdad, me ha aparecido siempre como una llamada irresistible de aquello que en el hombre supera al hombre, pero también lo funda”[10]. Marcel supo expresar con fuerza inigualable que en la música participamos de una fuente de energía que nos viene dada pero necesita de nosotros para tomar cuerpo sensible. En la experiencia musical de calidad sentimos algo poderoso, fuertemente expresivo, que nos invita a participar de su energía y nos llena interiormente si respondemos a tal apelación. Pregúntale a Mozart si existe la música. “Por supuesto, te contestará. Es mi vida, mi ideal, mi impulso, mi razón de ser...”. “Pero la música la creas tú”, puedes argüirle. “De ningún modo; –te corregirá él– ella me crea a mí como músico. Yo configuro obras, pero no creo la música. Tengo ‘musicalidad’, sentido para la música, pero la música me viene dada. Es distinta de mí, superior a mí. Yo participo de ella, y mis obras son fruto de este vínculo nutricio”. Lo que Mozart afirma aquí de “la música”, Marcel lo aplica además al “ser”, y elabora toda su metafísica desde el horizonte que le abrió la experiencia musical.
b) Cada voz en la polifonía y cada grupo instrumental en la orquesta gozan de total independencia respecto a los demás. Nadie puede inmiscuirse en la tarea de los otros. Pero cada uno, al iniciar su labor re-creadora de la obra con total independencia, vibra con los demás, atempera su volumen, ajusta su ritmo. El fruto de esta unión de total solidaridad y total independencia es una perfecta armonía, fuente de belleza y de bondad. Una interpretación musical de calidad es un modelo perfecto de convivencia familiar y social.
Como ser individual, debo preocuparme por mi suerte, por la buena marcha de mi salud y de mis proyectos, pero con la misma intensidad he de atender a las necesidades de los demás, que son otros tantos centros de iniciativa, llamados a crear conmigo un campo de armonía, belleza y vitalidad. Todos estamos llamados a realizarnos, pero esta realización se da al crear en común algo valioso, que pende de nosotros en buena medida y al mismo tiempo nos enriquece y nos permite darle una forma de existencia concreta. La experiencia de interpretación musical nos hace ver y sentir con toda nitidez que, si el compañero de juego baja de nivel, pierde energía o calidad, queda dañado el efecto de conjunto. Estamos todos en el mismo barco, entregados a la tarea de desarrollarnos como personas, y toda persona sólo crece comunitariamente, fundando vida de comunidad. El otro no es nunca en la música el enemigo, el usurpador de la propia personalidad, el que achica nuestro ámbito de vida. Al contrario, es el polo necesario para que podamos instaurar encuentro, vida comunitaria, campos de juego, de auténtica libertad y de realización plena. En la música sentimos la necesidad imperiosa de los otros para realizarnos como músicos, y agradecemos que existan y que accedan a colaborar con nosotros. “No hay soledad. Hay luz entre todos. Soy vuestro”, escribió certeramente Jorge Guillén. Y G. Poulet comenta: “Yo soy, pero soy por la gracia del aire y de la luz, por la revelación de un mundo cuya admirable esfericidad se concentra en mí, como se redondea en torno a mí mi deseo de abrazar la esfera. Yo me descubro como el punto mediano de las cosas. Ellas culminan en mí, como yo me dilato en ellas”[11]. Esta vinculación fecunda del yo y su entorno se vive con intensidad en la experiencia musical.
Cuando aprendemos el arte, típicamente musical, de vivir relacionalmente, tan atentos al cultivo del propio yo como vertidos al cuidado de los otros, adquirimos un maravilloso equilibrio interior.

 

 

Conclusión

Un poder formativo semejante al de la música, podemos descubrirlo en las demás artes y en todas las disciplinas que son objeto de estudio académico. Las distintas áreas de conocimiento, estudiadas a la luz que desprende la reflexión filosófica auténtica, contribuyen desde diversas vertientes a configurar una imagen del hombre tan rica de matices que suscita nuestra admiración[12]. Esta reacción de asombro ante lo que somos y lo que debemos llegar a ser nos pone en camino de una realización personal plena, pues en casos normales suele darse la correspondencia entre teoría y práctica que destacó el gran Schelling: “El hombre se torna más grande en la medida en que se conoce a sí mismo y a su propia fuerza. Proveed al hombre de la conciencia de lo que efectivamente es y aprenderá inmediatamente a ser lo que debe; respetadlo teóricamente y el respeto práctico será una consecuencia inmediata”.

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[1] Sobre la importancia de la “quinta” o “dominante” y su relación con el sentimiento musical, entendido en todo su alcance, véase la luminosa conferencia pronunciada en las “Conversaciones de Ginebra” por el gran director de orquesta y esteta musical E. Ansermet: “La experiencia musical y el mundo de hoy”. Cf. Cassou y otros: Coloquios sobre arte contemporáneo, Guadarrama, Madrid 1958, págs. 77-139 (Écrits sur la musique, A la Baconnière, Neuchâtel 1971, págs. 39-71). Una amplia y profunda exposición de su pensamiento se halla en la obra Les fondements de la musique dans la conscience humaine, 2 vols., À la Baconnière, Neuchâtel 1981. El reciente libro de E. Schadel, profesor de la Universidad de Bamberg (Alemania), Musik als Trinitätssymbol. Einführung in die harmonikale metaphysik (Peter Lang, Francfort 1995) ofrece una solidísima explicación del carácter relacional de la música. Su lectura confirma, e incluso amplía en diversos aspectos, lo que afirmo en estas páginas sobre el poder formativo de la experiencia musical.
[2] Cf. Ich und Du, en Schriften über das dialogische Prinzip, L. Schneider, Heidelberg 1954, p. 8; Yo y tú, Caparrós, Madrid21995, p. 8.
[3] Por eso va vinculada radicalmente a la palabra, como supo destacar genialmente F. Ebner. Cf. Mi obra El poder del diálogo y del encuentro, BAC, Madrid 1997, págs. 3-91. Sobre la relación entre vida espiritual, vida interior, vida reflexiva y vida religiosa, cf. El encuentro y la plenitud de vida espiritual, Madrid 1990, págs. 245-266.
[4] Algunos testimonios muy expresivos del papel promotor de vida espiritual que desempeña la música sacra pueden verse enCuatro filósofos en busca de Dios, Rialp, Madrid, 1999, págs. 231-266.
[5] Cf. “Auszüge aus Mozartbriefen”, en Das Musikleben, Maguncia, I (1948). Sobre el carácter relacional de la belleza, Cf. El triángulo hermenéutico. Introducción a una teoría de los ámbitos, Madrid 1971, págs. 185-223.
[6] Sobre los diversos modos de palabra y silencio, y la relación de complementariedad que media entre la palabra auténtica y el silencio auténtico, cf. Estética de la creatividad, Rialp, Madrid 1998, págs. 321-384; Inteligencia creativa, págs. 193-207.
[7] Una amplia descripción de esta experiencia de interpretación musical puede verse en Inteligencia creativa, págs. 105-111; La experiencia estética y su poder formativo, Verbo Divino, Estella 1990, págs. 80-84.
[8] Gredos, Madrid 1977, págs. 161-167.
[9] Un pensamiento afín lo encontramos en G. Marcel. Cf. O. cit., págs. 168-180; La experiencia estética y su poder formativo, págs. 73-96.
[10] Cf. L'esthétique musicale de Gabriel Marcel, Aubier, Paris 1980, p. 112. Véanse otros textos en La experiencia estética y su poder formativo, p. 77.
[11] Cf. Les métamorphoses du cercle, Plon, Paris 1961, p. 518.
[12] Una exposición pormenorizada de este sugestivo tema puede verse en mi obra Cómo lograr una formación integral, San Pablo, Madrid, 1997.