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jueves, 31 de mayo de 2012

Obispo de Verona administrará el sacramento de la Confirmación en la forma extraordinaria

 

 

 

Messa in Latino informa que el sábado 02 de junio, el Obispo de Verona, Mons. Giuseppe Zenti, administrará el sacramento de la Confirmación conforme el rito romano antiguo, en la Iglesia S. Fermo Minore di Brà (Verona) y asistirá pontificalmente a la Misa Cantada usus antiquior oficiada por  Mons. Gino Oliosi, Rector de Santa Toscana. El servicio litúrgico está a cargo de sacerdotes del ICRSS y el coro de las Hnas. Franciscanas de la Inmaculada.

 

 

 

 

Visto en Una Voce Córdoba (Argentina)

domingo, 27 de mayo de 2012

Un día histórico para Tucumán

Primera Misa Tradicional en Tucumán

Catedral-de-San-Miguel-de-Tucumán-de-noche

En el día de ayer se llevó a cabo la celebración de la Santa Misa según la Forma Extraordinaria del Rito Latino en la Iglesia Catedral de Tucumán, conforme al Motu Proprio Summorum Pontificum del Papa Benedicto XVI.Fray Guido Casillo

La Santa Misa fue celebrada por Fray Guido Casillo (OP), por solicitud de Mons. Zecca, Arzobispo de Tucumán, en respuesta al pedido de un grupo de fieles que la habrían requerido.

La Catedral estuvo colmada de fieles. Entre ellos algunos adultos que emocionados recordaban la Misa de siempre, aquella que frecuentaban todos los domingos en mejores tiempos. Pero tampoco faltaron jóvenes, de hecho fueron la mayoría. Paradójicamente, son ellos, quienes siente mayor interés por aprender el rito antiguo de la Misa.

Nos contaba un fiel que la ceremonia se vio un tanto opacada por la falla que tuvo uno de los micrófonos, lo que dificultó oír una parte de la celebración, aunque esperan que el imperfecto se encuentre solucionado para la próximas misas, que desde ahora se celebrarán todos los sábados en la Catedral de Tucumán.

En el sermón, Fray Guido destacó el valor que tiene la Santa Misa celebrada en esta forma, la importancia del canto gregoriano y el latín. Aclaró que la Misa no se celebra de espaldas al pueblo -como despectivamente nos dicen algunos- sino de cara a Dios. También subrayó la importancia y necesidad que han de tener los momentos de silencios contenidos en este rito.

Los fieles, colmados de piedad, comulgaron de rodillas (muchos por primera vez) y se retiraron en paz luego del “Ite missa est”

Deo gratias!

Fuente: Una Voce La Plata

sábado, 26 de mayo de 2012

PENTECOSTÉS

 

 

 

Exposición dogmática
Pascua y Pentecostés, con los 50 días intermedios, se consideraban como una sola fiesta continuada a que llamaban Cincuentenario1. Primero se celebraba el triunfo de Cristo; luego su entrada en la gloria, y por fin, en el día 50, el aniversario del nacimiento de la Iglesia. La Resurrección, la Ascensión y Pentecostés pertenecen al misterio pascual. «Pascua ha sido el comienzo de la gracia. Pentecostés su coronación» dice S. Agustín, pues en ella consuma el Espíritu Santo la obra por Cristo realizada. La Ascensión, puesta en el centro del tríptico pascual, sirve de lazo de unión a esas otras dos fiestas. Cristo, por virtud de su Resurrección, nos ha devuelto el derecho a la vida divina, y en Pentecostés
nos lo aplica, comunicándonos el «Espíritu vivificador». Mas para eso debe tomar primero posesión del reino que se ha conquistado: «El Espíritu Santo no había sido dado porque Jesús aún no había sido glorificado».
Y en efecto, la Ascensión del Salvador es el reconocimiento oficial de sus títulos de victoria, y constituye para su humanidad como la coronación de toda su obra redentora, y para la Iglesia el principio de su existencia y de su santidad. «La Ascensión, escribe Dom Guéranger, es el intermedio entre Pascua y Pentecostés. Por una parte consuma la Pascua, colocando al hombre-Dios vencedor de la muerte y jefe de sus fieles a la diestra del Padre; y por otra, determina la misión del Espíritu Santo a la tierra». «Nuestro hermoso misterio de la Ascensión es como el deslinde de los dos reinos divinos acá abajo; del reino visible del Hijo de Dios y del reino visible del Espíritu Santo».
Jesús dijo a sus Apóstoles: «Si Yo no me voy, el Paráclito no vendrá a vosotros; mas si me voy, Yo os le enviaré». El Verbo encarnado ha concluido ya su misión entre los hombres, y ahora va a inaugurar la suya el Espíritu Santo; porque Dios Padre no nos ha enviado solamente a su Hijo encarnado para reducirnos a su amistad, sino que también ha enviado al Espíritu Santo, que procede del Padre y del Hijo, y que apareció en este mundo bajo los signos visibles de lenguas de fuego y de un impetuoso viento. Vino al mundo para obrar nuestra santificación. «El Padre, dice S. Atanasio, lo hace todo por el Verbo en el Espíritu Santo»; y por eso, cuando el poder de Dios Padre se nos manifestó en la creación del mundo, leemos en el Génesis que el Espíritu de Dios se movía sobre las aguas, para prestarlas fecundidad (Bendición de la Pila).
Toda la obra de la salvación, y la santificación de las almas, se opera por la virtud del Espíritu Santo. Él fue asimismo quien habló por boca de los Profetas, y su virtud cubrió con su sombra a la Virgen María, para hacerla Madre de Jesús. Él es, por fin, el que en figura de paloma bajó sobre Cristo al ser bautizado; Él quien le condujo al desierto y le guió en toda su vida de apostolado.
Pero sobre todo ese Espíritu de santidad inaugura el imperio que en las almas va a ejercer el día de Pentecostés, al llenar a los Apóstoles de fortaleza y de luces sobrenaturales. En este Espíritu es bautizada la Iglesia en el Cenáculo, y su soplo vivificador viene a dar vida al cuerpo místico de Cristo, organizado por Jesús después de su Resurrección. Por eso había dicho el Salvador a sus discípulos al soplar sobre ellos: «Recibid el Espíritu Santo.».
Y esto mismo siguen haciendo los sacerdotes cuando administran el Bautismo2.
Este aniversario de la promulgación de la Ley mosaica sobre Sinaí venía a ser también para los cristianos el aniversario de la institución de la Ley nueva, en que se nos da «no ya el Espíritu de siervos, sino el de hijos adoptivos, el cual nos permite llamar a Dios Padre nuestro».
Pentecostés celebra no sólo el advenimiento del Espíritu Santo, sino también la entrada de la Iglesia en el mundo divino3, porque, como dice San Pablo, «por Cristo tenemos entrada en el Espíritu para el Padre».
Esta festividad nos recuerda nuestra divinización en el Espíritu Santo. Así como la vida corporal proviene de la unión del cuerpo con el alma, así la vida del alma resulta de la unión del alma con el Espíritu de Dios por la gracia santificante (S. Ireneo y Clemente Alejandrino). «El hombre recibe la gracia por el Espíritu Santo», escribe Santo Tomás4.
La gracia es la sobrenaturalización de todo nuestro ser y «cierta participación de la divinidad en la criatura racional» (id.). «Cristo se difunde en el alma por el Espíritu Santo»5, el cual tiene por misión consumar la formación de los Apóstoles y de la Iglesia. «Él os enseñará todas las cosas y os recordará todo cuanto Yo os llevo dicho».
De Él dimanará esa maravillosa fuerza doctrinal y mística, que en todos los siglos se echa de ver, y que estaba personificada en el Cenáculo por Pedro y por María.
El Espíritu Santo que inspiró a los Sagrados Escritores (Pet. 1, 21) garantiza también al Papa y a los Obispos agrupados en torno suyo el carisma de la infalibilidad doctrinal, mediante el cual podrá la Iglesia docente continuar la misión de Jesús, y Él es quien presta eficacia a los Sacramentos por Cristo instituidos. El Espíritu Santo suscita también fuera de la jerarquía almas fieles, que, como la Virgen María, se prestan con docilidad a su acción santificadora. Y esa santidad, triunfo del amor divino en los corazones, se atribuye precisamente a la tercera persona de la Santísima Trinidad, que es el amor personal del Padre y del Hijo. La voluntad, en efecto, es santa cuando sólo quiere el bien; de ahí que el Espíritu, que procede eternamente de la divina voluntad identificada con el bien, sea llamado Santo. Fundiendo nuestro querer con el de Dios, nos va poco a poco haciendo Santos.
Por eso el Credo, después de hablar del Espíritu Santo, menciona a la Iglesia santa, la Comunión de los Santos y la Resurrección de la carne que es fruto de la Santidad y su manifestación en nuestros cuerpos y, por fin, la vida eterna, o sea, la plenitud de la santidad en nuestras almas.
El torrente de vida divina invade como nunca nuestros corazones en estas fiestas de Pentecostés, que nos recuerdan la toma de posesión de la Iglesia por el Espíritu Santo, y que cada año van estableciendo de un modo más cumplido el reino de Dios en nuestras almas.


Exposición histórica
Jesús, antes de subir a los cielos, había encargado a sus Apóstoles no se alejasen de Jerusalén, sino que esperasen allí la promesa del Padre, o sea, la efusión del Espíritu Santo.
De ahí que al volver los 120 discípulos del monte de los Olivos, «recluidos en el Cenáculo, perseveraron todos juntos en oración con las mujeres y María la Madre de Jesús».
Después de esta novena, la más solemne de todas, tuyo lugar el suceso milagroso que coincidió por especial providencia el día mismo de la Pentecostés Judía, para la cual hallábanse reunidos en Jerusalén millares de Judíos nacionales y extranjeros que afluían a celebrar «ese día muy grande y santísimo» (Lev. 23, 21), aniversario de la promulgación de la Ley sobre el Sinaí; por donde muchos de ellos fueron testigos de la bajada del Espíritu Santo.
Eran como las nueve de la mañana, cuando «de repente sobrevino un estruendo del cielo como de un recio vendaval. Y se les aparecieron lenguas repartidas como de fuego que reposaron sobre cada uno de ellos. Y viéronse todos llenos del Espíritu Santo, comenzando a hablar en otras lenguas, a impulsos del Espíritu Santo».
«Revestida así la Iglesia por la virtud de lo alto», comienza ya en Jerusalén la empresa de evangelización que Jesús le encomendara. Pedro, cabeza del Apostolado, empieza por hablar a la multitud y, convertido ya en «pescador de hombres», la primera vez que echa las redes da casi tres mil neófitos a la Iglesia naciente.
Esas lenguas de fuego simbolizan la ley de amor, que será propagada por el don de lenguas, y que, al encender los corazones, los alumbrará y purificará.Los días que siguieron, reúnense los Doce Apóstoles en el Templo, en el pórtico de Salomón, y, a imitación del divino Maestro, predican el Evangelio y sanan enfermos, «creciendo pronto el número de varones y de mujeres que creyeron en el Señor»6. Luego, desparramándose los Apóstoles por Judea, anunciaron a Cristo y llevaron el Espíritu Santo a los Samaritanos7 y en seguida a los Gentiles.


Exposición litúrgica
El día cincuenta después de bajar el Ángel Exterminador y del paso del mar Rojo, acampaba el pueblo Hebreo a la falda del Sinaí, y Dios le daba solemnemente su Ley. Por donde las fiestas de Pascua y de Pentecostés, que recuerdan ese doble acontecimiento, eran las más importantes de todo el año.
Seiscientos años después se señalaba la fiesta Pascual por la Muerte y la Resurrección de Cristo y la de Pentecostés por la venida del Espíritu Santo sobre los Apóstoles.
Entrambas pasaron a ser cristianas siendo las más antiguas de todo el Ciclo litúrgico, que a ellas debe su origen. Se las llama Pascua blanca y Pascua roja.Pentecostés es la fiesta más grande del año después de Resurrección. De ahí que tenga vigilia y octava privilegiada. En ella se leen los Actos de los Apóstoles, porque es la época de la fundación de la Iglesia que en ellos vemos historiada.
En la misa del día de Pentecostés y en la de su Octava, la Antigua Ley y la Nueva, las Escrituras y la Tradición, los Profetas, los Apóstoles y los Padres de la Iglesia hacen eco a la palabra del Maestro en el Evangelio. Todas esas partes se vienen a juntar como se juntan las piedrecitas de un vistoso mosaico, presentando ante los ojos del alma un bellísimo cuadro, que sintetiza la acción del Espíritu Santo en el mundo a través de los siglos.
Y para poner todavía más de resalto esa obra primorosa, la liturgia la encuadra en medio del aparato externo de sus sagradas ceremonias y simbólicos ritos.
Al sacerdote se le ve revestido de ornamentos encarnados, que nos recuerdan las lenguas de fuego y simbolizan el testimonio de la sangre que se habrá de dar al Evangelio, por la virtud del Espíritu Santo.
Antiguamente, en ciertas iglesias se hacía caer de lo alto de la bóveda una lluvia de flores, mientras se cantaba el Veni Sancte Spiritus, y hasta se soltaba una paloma, que revoloteaba por encima de los fieles. De ahí el nombre típico de Pascua de las rosas, dado en el siglo XIII a Pentecostés. A veces también, para añadir todavía otro rasgo más de imitación escénica, se tocaba la trompeta durante la Secuencia, recordando la trompeta del Sinaí, o bien el gran ruido en medio del cual bajó el Espíritu Santo sobre los Apóstoles.
El cristiano respira ese ambiente especial que caracteriza al Tiempo de Pentecostés y recibe una nueva efusión del Espíritu divino. Y para que nada le distraiga del pensamiento de este misterio, la liturgia lo sigue celebrando durante 8 días, excluyendo en ellos toda otra fiesta.
La intención bien definida de la Iglesia es que en estos días leamos y meditemos en cosas relacionadas con el misterio de Pentecostés, empleando para nuestra piedad individual las fórmulas litúrgicas.
¿Qué más hermosa preparación a la Comunión, qué mejor acción de gracias podrá darse que la del atento rezo de la Secuencia de Pentecostés? Es también tiempo muy a propósito para leer los Hechos de los Apóstoles.
El Tiempo Pascual que había empezado el Sábado Santo, expira con la Hora de Nona del Sábado después de Pentecostés.


Tomado del Misal Diario y Vesperal por Dom Gaspar Lefebvre, O.S.B.

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1. La palabra Pentecostés tomada de la lengua griega significa 50.2. Sobre el altar del bautisterio se solía colgar antiguamente una paloma de oro o de plata, imagen del Espíritu Santo, el cual se posó sobre Jesús en el día de su bautismo. En las paredes se veía representada la creación y al Espíritu de Dios fecundando las aguas.3. «El que no renazca en el Espíritu Santo no puede entrar en el reino de
Dios» (Joan. 3).4. Summa 1a 2ae Q. 112.5. San Gregorio, Comentario al Cantar de los Cantares.6. Epístola del Miércoles de Pentecostés.7. Epístola del Martes y Jueves
de Pentecostés.8. Epístola del Lunes de Pentecostés.

jueves, 24 de mayo de 2012

+ Domingo de Pentecostés +

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Celebraremos el próximo domingo  la Santísima Fiesta de Pentecostés. La Santa Madre Iglesia, a lo largo de los siglos, ha celebrado esta solemnidad, como una Segunda Pascua. Sin embargo, el Misterio de este día, parece no haber tenido el alcance y la repercusión social, como el que tiene la Navidad en primer lugar, y la Pascua después.El común de los cristianos, seguramente no recuerdan el sentido de esta Fiesta.
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El libro de los Actos o Hechos de los Apóstoles, nos narra con majestuosa sencillez la Venida del Espíritu Santo sobre el Colegio Apostólico y los primeros cristianos, cincuenta días después de la Resurrección del Salvador. "Et repleti sunt omnes Spiritu Sancto" (Ac 2, 4) A la vista de todos, la tercera persona de la Trinidad, se manifiesta en forma de llamas de fuego que se posan sobre cada uno de ellos. Este milagro, es el signo externo de lo que sucedía en sus almas. El mismo Dios, los convierte en sus templos vivientes.
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Inmediatamente, el Espíritu Santo, los impulsa a predicar. Prodigiosamente, hasta los extranjeros pueden comprender sus palabras, que llenos de asombro, tratan de interpretar este signo. Es así que el Apóstol Pedro alza su voz, para explicar lo sucedido a la luz de las Escrituras.
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La Iglesia ha reconocido el inicio de su existencia, en este acontecimiento extraordinario. Tres aspectos, que son característicos de la Iglesia, se observan claramente en el texto. La reunión todos en un mismo lugar, que no es ni más ni menos que la Asamblea o Eclessia; la vocación misionera, reflejada en aquel impulso que lleva a los primeros cristianos a predicar; y la autoridad apostólica, manifestada en el discurso de San Pedro.
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En Pentecostés, la Iglesia, se muestra a la humanidad entera, y le reclama por boca de San Pedro, sus derechos de Madre y Maestra de los Pueblos. Será ella la única portadora y depositaria del Mensaje de salvación. Fiel al mandato de su Divino Esposo, a lo largo de los siglos, la Iglesia vive un "Eterno Pentecostés". Desde los viajes de San Pablo, pasando por los escritos de San Agustín y Santo Tomás, la Evangelización de América, hasta el Magisterio de los Pontífices, todo ha tenido como fin hacer partícipes de la Redención de Cristo a toda la Humanidad.
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Esta labor Misionera, sin embargo, no es obra humana, sino de Dios. Es el Espíritu Santo que impulsa a la Iglesia y la hace fecunda. Así como, por obra del Espíritu Santo, el Redentor vino al mundo por medio de Santa María; todas las naciones conocerán a Jesucristo por medio de la Iglesia, que como la Virgen, es Templo del Espíritu Santo.
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Renovemos pues en esta Fiesta de Pentecostés, nuestro amor por la Santa Iglesia, nuestra Madre. Por medio de ella hemos conocido a Jesucristo. Ella, otorgándonos la gracia bautismal, nos abrió las puertas del Cielo. Por ella, permanecemos firmes en la Verdadera Fe. Es el mismo Cristo, presente en ella por el Espíritu Santo, quien nos guía en la persona del Papa y de los obispos en comunión con él.
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Es este un día de profunda Acción de Gracias a la Trinidad Santísima, por habernos otorgado la gracia de ser hijos de la Santa Iglesia Católica.
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¡Veni Sancte Spiritus!
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Nichán Eduardo Guiridlian Guarino
contacto@juventutem.com.ar

lunes, 21 de mayo de 2012

Domingo Infra-Octava de la Ascensión, P. Castellani

por el Padre Leonardo Castellani (1967)

 

Promesa del Espíritu Santo. El odio del mundo.

 

En el Evangelio de hoy, tomado siempre del Sermón de Despedida, Cristo predice a sus Apóstoles la persecución inevitable. Ya antes les había dicho: “No es el Discípulo mayor que el Maestro: si a mí me ha perseguido, a vosotros os perseguirán”. Esta predicción de Cristo se cumplió en toda la historia de la Iglesia, de diferentes maneras.

Este es el trago más áspero del Cristianismo: no sólo habemos de llevar nuestra cruz sino que sobre ella cargarán desde afuera.

Por eso Cristo antes de hacer el hórrido anuncio apuntala sus ánimos fuertemente: justamente “Paráclito”, el nombre del Espíritu Santo, significa en griego “puntual”; la Vulgata traduce “el Consolador”. Cinco veces les promete el Espíritu Santo en este discurso; y como consecuencia de su venida y morada en nosotros, la eficacia de nuestras oraciones y el “gozo que nadie os podrá quitar”. Todo eso era necesario y más aún; mas todo es actúa solamente en la fe y en la esperanza; no basta haber sido bautizado.

Cristo describe la persecución en sus dos extremos: extremo inferior: os excomulgarán, o sea, “os echarán de las sinagogas” – “absque synagogis facient vos”, como hicieron ya con el Ciegonato y sus padres; extremo último: “os darán la muerte y creerán hacer con eso servicio a Dios”, como hicieron con el mismo Cristo: “Nosotros tenemos Ley y según nuestra Ley debe morir porque se ha hecho Hijo de Dios”. Estos días me leyeron un párrafo del Cardenal Bea acerca de los que mataron a Cristo: dice que no el pueblo judío, sino algunos funcionarios judíos mataron a Cristo; pero esos mismos no pueden llamarse “deicidas” porque no sabían lo que era Cristo, pero debían saber; otra cosa sería hacer agravio a Cristo; o sea, pensar que todo un Dios se hizo hombre con el fin de revelarse a los hombres; y no fue capaz de probar que era Dios; ni siquiera a los que lo rodeaban y eran los jefes religiosos de la religión verdadera. No: lo que siempre ha creído y enseñado la Iglesia es que los fariseos, y sus secuaces –una parte del pueblo judío- asesinaron al Mesías; y si ignoraron que lo era, esa fue “ignorancia culpable” y por tanto, el delito es imputable. – “No saben lo que están haciendo” – dijo Cristo en la cruz. Sí, pero antes dijo: “Padre perdónalos”; y si pide un perdón, hay un delito; y por cierto un delito enorme. El Cardenal se queda con el “No saben lo que hacen”; y se deja el “Perdónalos” porque para él no hay nada que perdonar. Los judíos todavía no lo han crucificado.

Esta pregunta me hizo un muchacho en Santa Fe; estuve hablando con unos treinta muchachos durante tres horas: y se me encogía el corazón al pensar lo que les espera: “no saben lo que les espera”, pensaba yo al oír sus palabras llenas de optimismo. Pensar que estos jóvenes inteligentes, sanos, puros, fervorosos y bien intencionados, van a entrar en el ambiente helado del mundo y se les van a marchitar y deshojar todas las ilusiones que tienen ahora como es propio de jóvenes; e incluso que ante el choque, muchos defeccionarán, encogerán los cuernos como el caracol o se esconderán como la ostra.

Están ellos en una situación nueva. Yo nací y crecí en un ambiente cristiano, aunque tibio: Dios, Jesucristo, la Virgen, los Santos, los Ángeles, oír Misa y rezar el Rosario; el Papa es el representante de Cristo; y el P. Olessio, o los jesuitas de Santa Fe son los representantes del Papa; y no pueden equivocarse. Sufrí las tentaciones comunes del Demonio, el mundo y la carne; pero no esta cruel tentación contra la fe que se levanta ahora, y parece estar en cuarto creciente.

La Iglesia siempre ha tenido persecuciones; eran o declaradas o encubiertas, con hierro o con trampas; o bien las dos cosas, como la del Emperador Juliano el Apóstata; pero nunca han estado dentro mismo de la Iglesia: o bien han estado poco tiempo, hasta que la herejía descubierta era condenada y la rama seca era limpiamente serruchada del tronco vivo. Ahora muchos dicen (sacerdotes incluso) que ellos los progresistas o postconciliares son los verdaderos cristianos y los demás son chanfaina; y los otros llamados integristas o preconciliares dicen lo mismo de los otros; y averígüese Ud. si puede. Entre las dos posiciones existe toda clase de grados intermedios; no existe un tajo seco. ¿Se hará el tajo seco? No lo sé. Cerca del trono pontificio están el Cardenal Bea y el Cardenal Ottaviani; no se pueden ver ni en pintura; los dos son Cardenales.

Bien, el Espíritu Santo sabe. Así como Dios me protegió a mí, protegerá a éstos, si se llaman a seguro. Todas las generaciones humanas y todas las épocas de la historia están a igual distancia de Dios. El que ora por su fe, jamás será desoído. El profeta David dice: “Loado sea Dios que no apartó de mí ni mi oración ni su misericordia”; o sea, que mientras dure la oración no se retirará la misericordia, sobre todo en el tiempo de la persecución. “Cuando os veáis perseguidos alegraos y regocijaos; porque vuestra recompensa es grande en el cielo”.

Estos muchachos, la mayoría universitarios, algunos recibidos, no me hicieron una sola pregunta sobre política, ni yo a ellos: hicieron preguntas religiosas o filosóficas, y por cierto con gran discreción y entendimiento. Y al final habló el que los dirige, un profesor muy talentoso y modesto; y les hizo prácticamente el sermoncito que he hecho ahora. Les dijo en resumen que no esperaran el éxito inmediato de sus esfuerzos y trabajos; que a lo mejor lo que siembren ahora fructificará dentro de dos o tres generaciones –o nunca: porque “uno siembra, otro riega, y después viene otro y recoge” –dice San Pablo; y Dios no nos pide que venzamos sino que no seamos vencidos. Que se hiciesen desde ahora duros ante la posible persecución: los escupitajos no me mojan, los insultos no me turban, la calumnia no me derrota; el dinero y los honores no me fascinan, y el Ángel de la Guarda me defenderá de todos los demonios.

Fue el que habló mejor: es irlandés o hijo de irlandés; o sea, de una raza que sabe lo que es sufrir persecución por causa de la santidad –por amor de la justicia, dijo Cristo- que es el nombre de la santidad en los Evangelios. Ya tienen ellos alguna experiencia deso.

sábado, 19 de mayo de 2012

XVII JORNADAS DE FORMACIÓN DEL LITORAL ARGENTINO

 

“Lucidez y Coraje”

 

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"Deseamos que este año suscite en todo creyente la aspiración a confesar la fe con plenitud y renovada convicción, con confianza y esperanza. Será también una ocasión propicia para intensificar la celebración de la fe en la liturgia, y de modo particular en la Eucaristía, que es «la cumbre a la que tiende la acción de la Iglesia y también la fuente de donde mana toda su fuerza». Al mismo tiempo, esperamos que el testimonio de vida de los creyentes sea cada vez más creíble. Redescubrir los contenidos de la fe profesada, celebrada, vivida y rezada, y reflexionar sobre el mismo acto con el que se cree, es un compromiso que todo creyente debe de hacer propio, sobre todo en este año"

 

"Confiemos a la Madre de Dios, proclamada “bienaventurada porque ha creído" (Lc 1,45), este tiempo de gracia".

"Motu proprio Porta fidei" -

Benedicto XVI

18 - 19 - 20 de agosto de 2012

VER PROGRAMA AQUÍ

GRUPO UNIVERSITARIO HERNANDARIAS

viernes, 11 de mayo de 2012

+ Nuestra Señora de Fátima +


Recordaremos, el próximo 13 de mayo, un nuevo aniversario de la primera aparición de Nuestra Señora, en Fátima. Todos conocemos y hemos leído la crónica de las apariciones relatadas por Sor Lucía, una de las videntes.


El mensaje de Fátima puede resumirse en tres palabras: oración, conversión y penitencia. La Virgen viene del Cielo, a recordarnos a nosotros, sus hijos pecadores, que debemos vivir cristianamente. Sus palabras a los tres niños, no son más que un eco de aquellas que recoge el Evangelio: ¨hagan todo lo que él les diga¨.


¡Qué gran misericordia la de Nuestro Señor! Tanto desea que todos los hombres se salven, que les envía a su propia Madre, de una manera extraordinaria, para que vuelva a recordarles lo que Él padeció para salvarnos. Llega al punto, de permitir que los pastorcitos contemplen los horrores del infierno, para que ellos mismos confirmen la doctrina de los Novísimos. A tanto se humilla el Señor, que quiere volver a reafirmar, lo que ya sabemos por la Fe.


Y es María Santísima la enviada. Será ella la encargada de tratar de reconciliar nuevamente a los pecadores con su Hijo, ni más ni menos porque ha sido Ella quien ha intercedido ante la Trinidad, para evitar el peso de la justicia que está apunto de caer sobre la humanidad extraviada.


Entre todas las frases que Nuestra Señora ha dicho en Fátima, hay una que siempre me ha impresionado. En su aparición del 13 de octubre la Virgen, tomando un aspecto muy triste dijo: ¨¡Qué no ofendan más a Nuestro Señor que ya está muy ofendido!¨
Pienso en esta frase, pronunciada por María en 1917, hace más de 90 años. No puedo dejar de avergonzarme, al observar el mundo actual y mirar para atrás en el tiempo, constatando de que no sólo nada cambió, sino que todo está peor.


¡Qué poco hemos cambiado los hombres! No pensemos ya en quienes no son cristianos, sino simplemente en nosotros. Tan ocupados estamos en las cosas de este mundo, tan ¨metidos en ellas¨, que dejamos poco espacio para Dios. Si bien tal vez no le abandonamos del todo, nos olvidamos de Él y de su Santa Ley. ¿Por qué? Porque rezamos poco. ¡Si al menos comenzáramos por rezar un poco más!


Es hora de volver a tomar el Santo Rosario, y llenar de avemarías nuestra jornada. Debemos rogar a Dios por la reforma de las costumbres, pedir por la conversión de aquellos que están tan lejos de Dios, de su Iglesia.


El Santo Rosario es el obsequio que Santa María ha dado a sus hijos para asistirlos y protegerlos contra Satanás y para llevarlos al Cielo. Gracias a esta práctica la Cristiandad se ha visto librada de herejías, guerras y calamidades.


Volvamos pues a rezar con más insistencia el Rosario, y veamos como finalmente el Corazón Inmaculado de María triunfará. Que reine pues en nuestras almas, en nuestras familias, en la Iglesia, en las Naciones y en el Mundo entero.


Nichán Eduardo Guiridlian Guarino


miércoles, 9 de mayo de 2012

Visión de la agonía en el Huerto de los Olivos

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"Vi  que ante el alma de Jesús pasaban interminables series de imágenes con los escándalos de todos los siglos hasta nuestro tiempo y más allá, hasta el fin del mundo; con todas las formas de errores morbosos, orgullosas mentiras, entusiasmos fanáticos, falsos profetas, dureza de corazón y malicia de los herejes. Pasaron todos los apóstatas, autojustificadores, herejes y reformadores con apariencia de santos. Seductores y seducidos se burlaban de Él  y le atormentaban exhibiendo su oscuridad como si no le hubieran golpeado cómodamente en la cruz y no hubieran desgarrado y troceado la túnica inconsútil de su Iglesia.
Cada uno quería tener un Salvador distinto del que se había entregado por amor. Incontables humanos le maltrataban, se mofaban y renegaban de Él [...] cuando les tendía la mano salvadora la evitaban y volvían al abismo que los sumergía. Vio infinidad de humanos  que no osaban renegar abiertamente, pero que se alejaban blandamente, asqueados de las llagas de su Iglesia que ellos mismos habían ayudado a causar, y pasaban de largo como el levita ante el pobre que había caído en manos de los asesinos; y vió cómo se alejaban de su Esposa llagada como unos hijos cobardes y sin fe que abandonaran a su madre cuando, al llegar la noche, irrumpen ladrones y asesinos a los que unos cambios desordenados han abierto la puerta.
[...] Los vio como un rebaño extraviado, vendido a los lobos, al que los mercenarios habían llevado a malos pastos, pero que no quería entrar en el establo del buen Pastor que da la vida por sus ovejas. Los vio errar sin patria en el desierto, sin querer ver la ciudad que Él tenía puesta en lo alto del monte para que no pudiera quedar escondida […]  sin querer ver la casa de su Esposa erigida sobre roca su Iglesia, a la que Él había prometido que estaría a su lado hasta el fin de los siglos y que las puertas del infierno no prevalecerían contra ella. No querían entrar por la puerta estrecha por no inclinar el cuello, y vio que seguían a unos que no habían querido entrar por la puerta sino por otra parte, que edificaban en la arena mudables chozas de muchas clases sin altar ni sacrificio, pero que tenían veletas en el techo y según ellas mudaban de doctrina. Por eso estaban  en contradicción unos con otros, no se entendían, y no tenían postura fija. Vio cuán a menudo destruían sus chozas y después lanzaban  los escombros contra la piedra angular de la Iglesia, que permanecía impávida.
Vio que muchos de ellos, aunque reinaban las tinieblas en sus chozas, no acudían a la luz puesta en el candelero en la casa de la Esposa, sino que erraban por fuera con los ojos cerrados entorno a los jardines de la Iglesia, viviendo sólo de los perfumes que exhalaban […] No querían entrar en el jardín porque temían las espinas del seto; y el Señor los vio satisfechos de sí mismos, pasar hambre sin trigo, pasar sed sin vino y que, ofuscados por su propia luz, decían que la Iglesia del Verbo humanado era invisible.
[…] Satanás le arrancaba violentamente ante sus Ojos, para ahogarlos, una multitud de hombres que había redimido con su Sangre y que incluso estaban ungidos con su Sacramento. Jesús vio y se compungió  ante toda la ingratitud y toda la corrupción de la Cristiandad primitiva, la posterior, la actual y la futura[…] Cristo, el Hijo del Hombre, juntaba y retorcía las manos, caía de rodillas una y otra vez como abrumado y su voluntad humana libraba un combate tan terrible contra su repugnancia a sufrir indeciblemente por una raza tan ingrata, que un sudor de gruesas gotas de sangre caía a chorros de su Cuerpo al suelo.
[…] veía yo que Satanás se movía, dentro o al lado, con distinta forma de horror según la clase de crimen. Aparecía como un gran hombre oscuro, o como un tigre, una zorra, un lobo, un dragón, o una serpiente, pero tales figuras de animal no eran completamente él mismo, sino solo el rasgo principal  de su naturaleza, mezclado con otras formas horrendas. No eran como una criatura completa, sino sólo formas del demonio, formas de abominación, discordia, contradicción y pecado […].
Al principio no veía mucho a la serpiente, pero al final la vi aparecer. Era gigantesca, tenía un poder terrible y llevaba una corona en la cabeza. La serpiente traía de todas partes innumerables legiones de todos los tiempos y razas a que oprimieran a Jesús. Estas legiones armadas con instrumentos, armas y todos los medios posibles de martirio, luchaban en algún momento entre ellas mismas, pero luego todos se volvían con terrible furia contra el Salvador […] Hacían burla de Jesús, le escupían, insultaban, le tiraban cosas, vertían inmundicias, le golpeaban, le pinchaban, le abofeteaban […].
[…] Vi que la serpiente, que estaba en medio de estas legiones y las empujaba continuamente, daba coletazos con su cola y ahogaba, destrozaba y devoraba a todos  a los que derribaba o abrazaba.
Aquí tuve conocimiento de que la multitud de legiones que devoraban a Jesús eran el inmenso número de los que maltrataban de múltiples modos a Jesucristo en el misterio del Santísimo Sacramento, al Salvador, sustancialmente presente en Carne y Sangre, Cuerpo y Alma bajo la forma de pan y de vino […] prenda viva de su presencia personal ininterrumpida en la Iglesia Católica. […]
Entre estos enemigos vi toda clase de seres humanos […] Ciegos que no querían ver la verdad; paralíticos que no querían seguirla por pereza; sordos que no querían oír sus avisos y amenazas; mudos que ni una sola vez quisieron luchar por ella con la espada de la palabra; niños perdidos por causa de sus padres o maestros mundanos y olvidados de Dios, alimentados de deseos terrestres, llenos de vana sabiduría y alejados de las cosas divinas. Los niños me afligían más porque Jesús los amaba mucho, y entre ellos vi sobre todo a muchos monaguillos maleducados, irreverentes y con malas inclinaciones que no honraban a Jesucristo en las ceremonias sagradas. Sus culpas recaían en parte sobre maestros y curas imprudentes.
Pero vi también con espanto que muchos sacerdotes de alto y bajo rango, incluso algunos que se tenían por piadosos y creyentes, contribuían a maltratar a Jesucristo en el Santísimo Sacramento. Sólo mencionaré una clase entre las muchas que vi con tanta infelicidad: vi que muchos sacerdotes que creían, adoraban y enseñaban la presencia de Dios vivo en el Santísimo Sacramento no se aplicaban especialmente, y descuidaban y desatendían el palacio, el trono, la tienda, el sitio y el adorno regio del Rey de Cielos y Tierra, es decir, la iglesia, el altar, el sagrario, el cáliz, la custodia del Dios vivo, todos los vasos, objetos, ornamentos, ropas litúrgicas y todo el servicio y adorno de su casa. Todo estaba indecoroso, todo estaba perdido y estropeado del polvo, el orín, el moho y la inmundicia de muchos años. El culto del Dios vivo se había vuelto descuidado y chapucero, y donde no estaba profanado interiormente por lo menos estaba deshonrado exteriormente.
Pero todo eso no era causa de auténtica pobreza, sino siempre por insensibilidad, negligencia, descuido, inclinación a vanidades marginales y mundanas y también a menudo por egoísmo y muerte interior, pues esas negligencias las vi también en iglesias ricas o acomodadas. […]
Vi que estas figuras horribles contra el Santísimo Sacramento se acrecían con innumerables jerarcas eclesiásticos a los que faltaba sentido de la justicia para partir siquiera lo suyo con el Salvador presente en el altar, que sin embargo se daba a Sí mismo por entero y se había quedado por ellos en el Santísimo Sacramento […]
Como consecuencia de esta negligencia, vi a los sacerdotes despreciados, las iglesias abandonadas, los sagrarios profanados, y los débiles escandalizados, y pronto la impureza y la negligencia se extendieron también  a las almas de la comunidad; lo mismo tenían sucio el sagrario en el altar, tampoco tenían limpio el sagrario de su corazón para recibir en su interior al Dios vivo.
Vi que todas estas incomprensibles jerarquías eclesiásticas impulsaban una actividad frenética para adular con halagos y complacer las extravagancias y propósitos mundanos de los príncipes y señores de este mundo, pero el Rey del Cielo y la Tierra yacía como Lázaro a la puerta, y anhelaba en vano unas migajas de amor que no se le daban […]
[…] Vi a todos los irreverentes servidores de la Iglesia de todos los siglos,sacerdotes indignos, pecadores y frívolos en la Santa Misa, que distribuían el Santísimo Sacramento a turbas que lo recibían indigna y caprichosamente.
Finalmente vi que todos los que estaban separados de la Iglesia, embrutecido y encolerizados en la incredulidad, la superstición, la herejía, la oscuridad y la falsa ciencia mundana, se aliaban en grandes ejércitos contra la Iglesia, se desencadenaban y la atacaban, mientras la serpiente iba en medio de ellos empujándolos y estrangulándolos".

Beata ANA CATALINA EMERICH, La amarga Pasión de Cristo, ed.Vozdepapel, Madrid 2010, págs.69-74

martes, 8 de mayo de 2012

+ Aparición del Arcángel San Miguel +




La devoción y el culto a San Miguel, se remontan al Antiguo Testamento, era él el patrono del Templo, de allí que hoy lo sea de la Iglesia Universal.

La fiesta del 8 de mayo, hace memoria de una de las más famosas apariciones del Santo Arcángel, a quien desde los primeros tiempos, los cristianos han invocado con insistencia.

El rito tridentino celebra dos fiestas en su honor, y pide su intercesión en cuatro oportunidades durante la celebración de la Santa Misa. A estas, se agrega, en las Misas rezadas, una oración especial prescrita y redactada por el Papa León XIII.

Sin dudas, que el pueblo fiel conservó entre sus normas de piedad, el invocar al Santo Arcángel, merced a las tantas oportunidades en que la liturgia lo honraba. Después de la reforma del Concilio Vaticano II, el culto a San Miguel se ha ido olvidando.

Es por ello que desde aquí, no dejaremos de insistir y promover esta devoción. Quienes recurrimos a él asiduamente, podemos dar testimonio de haber experimentado su auxilio. No pedir la valiosa intercesión del Defensor de la Iglesia, resulta un verdadero despropósito. Que pena, que tantos sacerdotes olviden instar al pueblo a honrar a San Miguel. En estos tiempos, tan adversos para la Iglesia, él sería un valioso protector contra el maldito, que no deja de hostigar a la Esposa de Cristo. Sería bueno que los martes, al menos, se pidiera la intercesión del Arcángel. La piedad popular ha dedicado ese día de la semana para honrar a los Santos Ángeles.

Para quienes quieran rezar a San Miguel, existen algunas oraciones que pueden ser útiles. La primera y más conocida es el Santae Michael Arcángele, del Papa León XIII, que puede encontrarse en cualquier Misal o devocionario. Otra oración es la que se encuentra en el Ritual Romano, al principio de del rito de exorcismo. También se puede rezar la Coronilla de San Miguel.

Al final de este artículo trascribimos un breve oración en forma de verso, que podrá aprenderse con facilidad y puede ser recitada en cualquier momento y durante las más variadas ocupaciones.

Escribe el Padre Azcárate en su libro La flor de la liturgia: ¨La devoción a los Ángeles, y aún el culto privado a los mismos, son tan antiguos como la Iglesia.

El Arcángel San Miguel, fue el primero y, hasta el siglo IX, casi el único festejado. Mejor dicho sus fiestas eran comunes a todos los Ángeles, como todavía sucede hoy con las existentes. Tal es el carácter de las dos más celebradas hoy: la del 8 de mayo, que recuerda la aparición en el Monte Gárgano, y la del 29 de septiembre, que festeja la dedicación de una iglesia en la Vía Salaria, en Roma. Esta última es la fiesta clásica del Arcángel y la que celebra la iglesia universal, bajo el rito de primera clase.
Preséntasenos San Miguel, en estas fiestas como el Príncipe de la Milicia celestial, glorioso caballero del Altísimo y Defensor de la Iglesia universal, y como Ángel de la plegaria y de la adoración, que monta la guardia delante del altar y quema allí inciensos y perfumes en áureos turíbulos.¨



Bendito seas Miguel
que con ardor inaudito,
de quien como Dios al grito,
destronaste a Luzbel.


Desde tu alto dosel,
protege a la Iglesia Santa,
que angustiada a ti levanta,
suplicante su clamor.

Hiere a Satán y al error,
que hoy de nuevo,
se levanta.



Nichán Eduardo Guiridlian Guarino

sábado, 5 de mayo de 2012

+ Mes de María +


La tradición de la Iglesia dedica el mes de mayo a honrar mejor a María Santísima, Madre de Dios y Reina del Mundo. Es una costumbre inmemorial, obsequiar a Nuestra Señora con oraciones, penitencias y actos de devoción durante todo este mes.
Mayo es el mes de floración en el hemisferio norte, por lo cual, la piedad popular lo ha consagrado, como una manera de ofrecer la belleza de las flores, a la criatura más perfecta y hermosa que Dios ha puesto en esta tierra.
Sería muy bueno que nos propongamos acompañar a Santa María cada uno de los 31 días de este mes y pedir su piadosa intercesión en nuestras necesidades y las de nuestros familiares y amigos. A la vez, será una forma de agradecer a la Virgen por la valiosa protección que nos brinda.
Son muchas las maneras de hacerlo, todo dependerá del tiempo que dispongamos, y de la voluntad que tengamos. Queremos sugerirles algunos actos de piedad y devoción.
Lo que primero podríamos hacer es poner una imagen de Santa María en algún lugar digno de nuestra casa y adornarla con algunas flores o algún cirio encendido y dejarla allí durante todo el mes. De este modo, cada vez que pasemos frente a ella, en medio de nuestras ocupaciones, podremos decir una breve jaculatoria.
En segundo lugar, podemos rezar cada día el Santo Rosario, el Regina Coeli, o agregar a nuestras oraciones de la mañana y la noche una Salve al comenzar y al finalizar. También podemos hacer el propósito de visitar cada día en la iglesia, una imagen de la Virgen o también asistir a la Santa Misa, cada sábado y en cada una de las fiestas marianas de este mes. Otro modo de honrar a Santa María, puede ser ofrecerle diariamente, alguna mortificación en desagravio a su Corazón Inmaculado.
No será necesario aplicar todos estos consejos, sino tomar uno o algunos, según nos permitan nuestras obligaciones de estado. No se trata de hacer todo, sino de agregar ¨algo más¨ a nuestra piedad mariana durante estos días.
Este mes será propicio para pedir a Nuestra Señora, Mediadora de todas las Gracias, por las intenciones del Papa, por los que se hayan encomendado a nuestra oración, por aquella necesidad espiritual o material que nos preocupa.
Por nuestra parte, desde esta página, nos comprometemos a recordarles con un artículo, cada una de las fiestas marianas de este mes, de tal manera que sirva como ayuda para obsequiar mejor a María Santísima, que es Reina y Madre de Juventutem.
A continuación, las avisamos todas (según el calendario tradicional): de tal manera que cada uno pueda prepararlas con una novena o triduo, si lo desea. Este puede ser otro modo de solemnizar este mes.
8 de mayo: Coronación de Nuestra Señora de Luján; Nuestra Señora, Salud de los Enfermos(coinciden con la Aparición de San Miguel)
9 de mayo: Nuestra Señora de Luján (sábado anterior al IV Domingo después de Pascua)
11 de mayo: Nuestra Señora de Aparecida.
13 de mayo: Nuestra Señora de Fátima.
24 de mayo: María Auxiliadora.
Santa María Madre de la Luz (Miércoles de la octava de Ascensión)
María Reina de los Apóstoles ( Fiesta movible, sábado anterior a Pentecostés)
31 de mayo: Santa María Reina. (Este año coincide con Pentecostés)
Bendita sea la Excelsa Madre de Dios, María Santísima.
Nichán Eduardo Guiridlian Guarino
contacto@juventutem.com.ar

martes, 1 de mayo de 2012

Fiesta de San José Obrero

 

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Esta fiesta fue instituida por Pío XII el 1 de mayo de 1955, para que -como dijo el mismo Pío XII a los obreros reunidos aquel día en la Plaza de San Pedro - "el humilde obrero de Nazaret, además de encarnar delante de Dios y de la Iglesia la dignidad del obrero manual, sea también el próvido guardián de vosotros y de vuestras familias". - Fiesta: 1 de mayo.
San José, descendiente de reyes, entre los que se cuenta David, el más famoso y popular de los héroes de Israel, pertenece también a otra dinastía, que permaneciendo a través de los siglos, se extiende por todo el mundo. Es la de aquellos hombres que con su trabajo manual van haciendo realidad lo que antes era sólo pura idea, y de los que el cuerpo social no puede prescindir en absoluto. Pues si bien es cierto que a la sociedad le son necesarios los intelectuales para idear, no lo es menos que, para realizar, le son del todo imprescindibles los obreros. De lo contrario, ¿cómo podría disfrutar la colectividad del bienestar, si le faltasen manos para ejecutar lo que la cabeza ha pensado? Y los obreros son estas manos que, aun a través de servicios humildes, influyen grandemente en el desarrollo de la vida social. Indudablemente que José también dejaría sentir, en la vida de su pequeña ciudad, la benéfica influencia social de su trabajo.
Sólo Nazaret -la ciudad humilde y desacreditada, hasta el punto que la gente se preguntaba: "¿De Nazaret puede salir alguna cosa buena?"- es la que podría explicarnos toda la trascendencia de la labor desarrollada por José en su pequeño taller de carpintero, mientras Jesús, a su lado, "crecía en sabiduría, en estatura y en gracia delante de Dios y de los hombres".
En efecto, allí, en aquel pequeño poblado situado en las últimas estribaciones de los montes de Galilea, residió aquella familia excelsa, cuando pasado ya el peligro había podido volver de su destierro en Egipto. Y allí es donde José, viviendo en parte en un taller de carpintero y en parte en una casita semiexcavada en la ladera del monte, desarrolla su función de cabeza de familia. Como todo obrero, debe mantener a los suyos con el trabajo de sus manos: toda su fortuna está radicada en su brazo, y la reputación de que goza está integrada por su probidad ejemplar y por el prestigio alcanzado en el ejercicio de su oficio.
Es este oficio el que le hace ocupar un lugar imprescindible en el pueblo, y a través del mismo influye en la vida de aquella pequeña comunidad. Todos le conocen y a él deben acudir cuando necesitan que la madera sea transformada en objetos útiles para sus necesidades. Seguramente que su vida no sería fácil; las herramientas, con toda su tosquedad primitiva, exigirían de José una destreza capaz de superar todas las deficiencias de medios técnicos; sus manos encallecidas estarían acostumbradas al trabajo rudo y a los golpes, imposibles de evitar a veces. Habiendo de alternar constantemente con la gente por quien trabajaba, tendría un trato sencillo, asequible para todos. Su taller se nos antoja que debía de ser un punto de reunión para los hombres -al menos algunos- de Nazaret, que al terminar la jornada se encontrarían allí para charlar de sus cosas.
José, el varón justo, está totalmente compenetrado con sus conciudadanos. Éstos aprecian, en su justo valor, a aquel carpintero sencillo y eficiente. Aun después de muerto, cuando Jesús ya se ha lanzado a predicar la Buena Nueva, le recordarán con afecto: "¿Acaso no es éste el hijo de José, el carpintero?", se preguntaban los que habían oído a Jesús, maravillados de su sabiduría. Y, efectivamente, era el mismo Jesús; pero José ya no estaba allí. Él ya había cumplido su misión, dando al mundo su testimonio de buen obrero. Por eso la Iglesia ha querido ofrecer a todos los obreros este espectáculo de santidad, proclamándole solemnemente Patrón de los mismos, para que en adelante el casto esposo de María, el trabajador humilde, silencioso y justo de Nazaret, sea para todos los obreros del mundo, especial protector ante Dios, y escudo para tutela y defensa en las penalidades y en los riesgos del trabajo.

Fuente: Multimedios.org
Autor: José Gros y Raguer