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miércoles, 31 de octubre de 2012

Nuestra Señora se impone en Nueva York

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Así quedó intacta nuestra Señora, en un barrio de Nueva York, luego del paso del Huracán Sandy. La famosa imagen de la Virgen de los Rayos que aparece en la medalla milagrosa, con el mundo bajo sus pies... ¿Será que tanta devastación se hubiera podido evitar si se le hubiesen pedido las gracias que nos quería dar? ¿Será que por  eso la imagen no tiene ningún rayo, es decir, que a nuestra Señora, nadie la recordó ni nadie le pidió las gracias que venía a entregar y por eso ningún rayo se desprende de sus manos?


¡Cuánta oración y recogimiento hace falta en estos días!


 

 

Sigue la cita con que se presenta esta noticia piadosamente en los medios.
"Tras el fatal paso del huracán Sandy la comunidad de la zona de Breezy Point del barrio de Queens en Nueva York amaneció con un maravilloso portento ante sus propios ojos, La imagen de la Santísima Virgen que unos vecinos católicos conservaban en su jardín permaneció inamovible frente a la devastación de la mega tormenta, la cual desbarató todo a su paso más la Sagrada imagen permaneció perenne ante su amenaza."
"Recemos por los supervivientes de ésta tragedia,especialmente por los que murieron a causa de ésta calamidad rezando por el eterno descanso de sus almas un Ave María y un requiem. Que la siempre Virgen María guíe sus caminos por las sendas de la virtud y les consiga la anhelada restauración para iniciar una nueva vida luego de ésta fatídica tormenta."

martes, 30 de octubre de 2012

Card. Cañizares: «Celebro con el rito antiguo para hacer entender que es normal usarlo»

 

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El cardenal Cañizares explica por qué aceptó presidir en San Pedro la misa del sábado para los fieles del peregrinaje “Una cum Papa nostro”.

«He aceptado de buen grado celebrar la misa del próximo sábado para los peregrinos que vienen a agradecer al Papa por el don del motu proprio “Summorum Pontificum”: es una forma para hacer entender que es normal usal la forma extraordinaria del único rito romano...». El cardenal Antonio Cañizares Llovera, Prefecto de la Congregación para el Culto Divino, respondió de esta forma a la pregunta de Vatican Insider sobre el significado de la celebración del próximo sábado, 3 de noviembre (a las 15 horas), en el altar de la C’atedra de la Basílica de San Pedro. Hoy por la mañana, el vocero del peregrinaje “Una cum Papa nostro” anunció la presencia del arzobispo Augustine Di Noia, vicepresidente de la Pontificia Comisión Ecclesia Dei, en la ceremonia.

 

¿Cuál es el significado de este peregrinaje?

Agradecer a Dios y agradecer al Papa por el motu proprio de hace cinco años, que reconoce el valor de la liturgia celebrada según el Misal del Beato Juan XXIII, subrayando la continuidad de la tradición en el rito romano. Al reconocer la liturgia anterior, se comprende que con la reforma no se niega lo que se usaba anteriormente.

 

¿Por qué aceptó celebrar la misa para los peregrinos que siguen el rito preconciliar?

Acepté porque es una forma para hacer entender que es normal el uso del Misal de 1962: existen dos formas del mismo rito, pero es el mismo rito y, por ende, es normal que se use en la celebración. Ya he celebrado en diferentes ocasiones con el Misal del Beato Juan XXIII, y lo haré de buen grado tambi’en en esta ocasión. La Congregación, de la cual el Papa me ha llamado a ser Prefecto, no tiene nada en contra del uso de la liturgia antigua, aunque la verdadera tarea de nuestro dicasterio es la de la profundización del significado de la renovación litúrgica según las directrices de la Constitución Sacrosanctum Concilium y de seguir la estela del Concilio Vaticano II. Para ello hay que decir que incluso la forma extraordinaria del rito romano debe ser iluminada por la Constitución conciliar, que en los primeros diez párrafos detalla el verdadero espíritu de la liturgia, por lo que vale para todos los ritos.

 

¿Qué le parece, a cinco años de distancia, la aplicación del motu proprio “Summorum Pontificum”?

No conozco los detalles de lo que sucede en el mundo, sobre todo porque la competencia sobre este aspecto la tiene la Comisión Ecclesia Dei, pero creo que poco a poco se empieza a comprender que la liturgia es fundamental en la Iglesia y que nosotros debemos volver a dar vida al sentido del misterio y de lo sagrado en nuestras celebraciones. Además, me parece que a cinco años de distancia se puede comprender mejor que no se trata solo de algunos fieles que viven en la nostalgia del latín, sino que se trata de profundizar el sentido de la liturgia. Todos somos Iglesia, todos vivimos la misma Comunión. El Papa Benedicto XVI lo ha explicado muy bien, y en al primer aniversario del motu proprio recordó que nadie está de más en la Iglesia.

 

Fuente: Vatican Insider

lunes, 29 de octubre de 2012

Final del mes del Santo Rosario

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Estamos en el último día de octubre, el Mes del Santo Rosario. En la medida de lo posible, hemos meditado los aspectos más relevantes de esta oración. Esperamos, que los artículos de este mes les hayan sido útiles, y sean inspiración para honrar mejor a María Santísima, con el rezo del Santo Rosario. Si con ellos, hemos conseguido que alguien rece un misterio más del Santo Rosario, nos damos por satisfechos. Seguramente, Nuestra Señora, estará muy contenta con ello. Confiamos en que en estos días, no han cesado de resonar el clamor de millones de "Avemarías" ante el trono de Nuestra Reina y Madre.
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A todos ustedes, estimados amigos, nuevamente gracias, por considerar nuestras reflexiones, dignas de ser leídas. Gracias también por sus comentarios.
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A continuación transcribo el "Himno al Rosario". En este antiguo texto, muy olvidado en estos días, se expresa de una manera muy sencilla los beneficios del Santo Rosario. Quiera Dios, este canto, vuelva a entonarse en los templos nuevamente.

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Viva María
Viva el Rosario,
Viva Santo Domingo
Que lo ha fundado.
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El demonio a la oreja
te está diciendo:
no reces el Rosario
sigue durmiendo.
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Quien quiera bendiciones,
paz y alegría,
rezar debe el Rosario
todos los días.
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Para guardar los hijos
en la inocencia,
rezarás el Rosario
con reverencia.
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Si de casa los males
ahuyentar quieres,
templada en el Rosario
un arma tienes.
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La puerta del infierno
tiene cerrada
al alma que del Rosario,
siempre está armada.
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Los dieces del Rosario,
son escaleras
para subir al Cielo
las almas buenas.
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Labrador, si tú quieres
frutos del campo,
los obtendrás copiosos
con el Rosario.
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Devoto de María,
si gracias quieres,
rezarás el Rosario
y nunca peques.
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El Rosario a María
todos debemos:
rezarle cada día,
para ir al Cielo.
..

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Nichán Eduardo Guiridlian Guarino.

domingo, 28 de octubre de 2012

Mons. Baseotto celebró Misa Tradicional en La Plata

Festividad de Cristo Rey

 

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Hoy al mediodía en la Ciudad de La Plata, S.E.R. Mons. Antonio Baseotto celebró la Santa Misa según la forma extraordinaria del rito romano en la Parroquia de la Medalla Milagrosa ante una multitud de fieles que colmaron el templo, a quienes el Obispo cautivó con una estupenda homilía. Luego, Su Excelencia almorzó con los fieles en el salón parroquial. Estuvieron presentes varios sacerdotes y seminaristas del clero platense que participaron en el acolitado.

 

Juventutem Argentina

Solemnidad de Cristo Rey

 

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Último Domingo de Octubre: Festividad de Cristo Rey.


Jesucristo es Rey universal, por derecho de naturaleza en cuanto es Dios-hombre y por derecho de conquista en cuanto Redentor. Es Rey de las inteligencias y de los corazones, de los individuos y de todo el género humano, con poder legislativo, judicial y ejecutivo.


"15. Por otra parte, erraría gravemente el que negase a Cristo-Hombre el poder sobre todas las cosas humanas y temporales, puesto que el Padre le confiríó un derecho absolutísimo sobre las cosas creadas, de tal suerte que todas están sometidas a su arbitrio. Sin embargo de ello, mientras vivió sobre la tierra se abstuvo enteramente de ejercitar este poder, y así como entonces despreció la posesión y el cuidado de las cosas humanas, así también permitió, y sigue permitiendo, que los poseedores de ellas las utilicen."

 

"El es sólo quien da la prosperidad y la felicidad verdadera, así a los individuos como a las naciones: porque la felicidad de la nación no procede de distinta fuente que la felicidad de los ciudadanos, pues la nación no es otra cosa que el conjunto concorde de ciudadanos(30). No se nieguen, pues, los gobernantes de las naciones a dar por sí mismos y por el pueblo públicas muestras de veneración y de obediencia al imperio de Cristo si quieren conservar incólume su autoridad y hacer la felicidad y la fortuna de su patria. Lo que al comenzar nuestro pontificado escribíamos sobre el gran menoscabo que padecen la autoridad y el poder legítimos, no es menos oportuno y necesario en los presentes tiempos, a saber: «Desterrados Dios y Jesucristo —lamentábamos— de las leyes y de la gobernación de los pueblos, y derivada la autoridad, no de Dios, sino de los hombres, ha sucedido que... hasta los mismos fundamentos de autoridad han quedado arrancados, una vez suprimida la causa principal de que unos tengan el derecho de mandar y otros la obligación de obedecer. De lo cual no ha podido menos de seguirse una violenta conmoción de toda la humana sociedad privada de todo apoyo y fundamento sólido»(31)."


"17. En cambio, si los hombres, pública y privadamente, reconocen la regia potestad de Cristo, necesariamente vendrán a toda la sociedad civil increíbles beneficios, como justa libertad, tranquilidad y disciplina, paz y concordia. La regia dignidad de Nuestro Señor, así como hace sacra en cierto modo la autoridad humana de los jefes y gobernantes del Estado, así también ennoblece los deberes y la obediencia de los súbditos. Por eso el apóstol San Pablo, aunque ordenó a las casadas y a los siervos que reverenciasen a Cristo en la persona de sus maridos y señores, mas también les advirtió que no obedeciesen a éstos como a simples hombres, sino sólo como a representantes de Cristo, porque es indigno de hombres redimidos por Cristo servir a otros hombres: Rescatados habéis sido a gran costa; no queráis haceros siervos de los hombres(32)."

 

 

Fragmentos de la Encíclica Quas Primas sobre la Festividad de Cristo Rey

Mons. Buenanueva: “el futuro de la fe no pasa por su mimetización con el espíritu del tiempo”

 

 

Dios ha hablado al hombre. Y lo ha hecho humanamente, con palabras humanas. Esa es la escandalosa pretensión del cristianismo. La pretensión de Jesús.
En Jesús, un judío del siglo I, Dios se ha dado a conocer definitivamente al hombre. Dios ha pronunciado una palabra, ha confiado su Verbo. Es lo que los cristianos llamamos: la Encarnación. Este judío es Dios hecho hombre.
En su intención primera, esta palabra no busca informar o ilustrar la inteligencia. Lo hará, claro que sí. Y en un grado supremo. "Se cree para entender", repetirá buena parte de la tradición teológica cristiana. La fe es amiga de la inteligencia.
Sin embargo, esa palabra busca lo más humano del hombre. Se trata de una palabra de amistad, ofrecida como quien tiende la mano, esperando ser correspondido.
Es una palabra, por tanto, que puede ser también rechazada. "Vino a los suyos, y los suyos no la recibieron", escribe San Juan en su evangelio.
Un rechazo comprensible, pues si lo que el cristianismo pretende es verdadero, todo lo humano debe girar en torno a este judío llamado Jesús. Una pretensión insoportable.
Sin embargo, lo más sorprendente es que esta palabra sigue siendo escuchada y acogida como tal. Sigue habiendo hombres y mujeres que fundan sus vidas sobre esa palabra. Sigue llevando luz a las conciencias. Sigue convenciendo.
El término "fe" indica precisamente la acogida de esa palabra de amistad. Es una palabra esencial, breve, concisa, casi imperceptible. Es también frágil, pues indica una de las cosas más delicadas del corazón humano: su entregarse confiadamente a Alguien, a quien se lo juzga confiable.
Dios ha hablado, y su palabra no es un discurso sino una persona y un acontecimiento. Esa persona es Jesús el Cristo. El acontecimiento: su pasión, muerte y resurrección.
El mensaje es claro y directo: cada ser humano ha sido amado por Dios con un amor infinito, personal y originalísimo.
Por eso, la palabra "fe" indica un nuevo modo de ser y de vivir. Quien dice "creo en Dios" está indicando con ello su modo de pararse frente a la totalidad de la vida.
Al cumplirse cincuenta años del inicio del Concilio Vaticano II, la Iglesia está viviendo el Año de la Fe. Culminará en noviembre de 2013. ¿Su finalidad? Redescubrir la belleza de la fe cristiana en Dios y comunicarla en toda su noble sencillez al mundo.
Yo lo podría sintetizar así: creer en Jesucristo y anunciar su Evangelio con alegría.
Ese fue, por otra parte, el cometido del Concilio. Para eso lo quiso Juan XXIII. Eso buscaron Pablo VI y los padres conciliares. En esa intención hay que leer también la labor del beato Juan Pablo II.
Por eso, el Concilio puso en el centro de la vida eclesial la Palabra de Dios, la liturgia sacramental y el misterio mismo de Cristo como luz para el hombre contemporáneo.
Quiso una Iglesia más transparente del misterio de Dios revelado en Jesucristo. Porque Cristo es la verdadera luz del mundo, no la Iglesia.
En el inmediato posconcilio, en cambio, se puso el acento en una reforma más bien sociológica de la Iglesia. El Concilio se interpretó como una ruptura y, por lo mismo, se puso en marcha la utopía de una Iglesia distinta.
Algunos siguen insistiendo hoy en las bien conocidas (y aburridas) recetas del progresismo teológico: la fe reducida a frío moralismo y la Iglesia convertida en una agencia del cambio social.
El genuino Concilio (espíritu y letra) va en otra dirección. No una ruptura, sino una reforma en la continuidad de la única y misma Iglesia de Cristo. Lo han comprendido bien las nuevas generaciones, mejor capacitadas para interpretar correctamente su magisterio. Pasada la tormenta, la real recepción del Concilio está recién en marcha.
Quienes así lo han captado están ofreciendo realmente una perspectiva de futuro a la Iglesia. Experimentan que el futuro de la fe no pasa por su mimetización con el espíritu del tiempo, una modernización que la haga un fragmento más del mundo, irrelevante e insignificante.
A mí, como obispo católico, poco me interesa una Iglesia más moderna. Ya hemos perdido demasiado tiempo en eso. Me quita el sueño el anuncio del Evangelio: Dios en el corazón del hombre.
La verdadera reforma de la Iglesia tiene que ver con Dios y con la fe en Dios, por la que uno se deja provocar por el único Acontecimiento capaz de transformar la condición humana: el encuentro con Cristo, el Dios hecho hombre. Lo demás es añadidura.

 

Por Sergio O. Buenanueva

Obispo auxiliar de Mendoza

Fuente: Diario Los Andes

viernes, 26 de octubre de 2012

Cardenal Cañizares: «es inédito en toda la historia de la humanidad vivir de espaldas a Dios»

 

Cardenal Cañizares

 

El prefecto de la Congregación para el Culto Divino y Disciplina de los Sacramentos de la Iglesia católica, el cardenal español Antonio Cañizares, dijo hoy que «es inédito en toda la historia de la humanidad vivir de espaldas a Dios, no creer en Él, no ponerlo en el centro de la vida». El prelado compareció en la sala de prensa del Vaticano ante periodistas de lengua española para explicar el discurrir del Sínodos de Obispos y aseguró que «es necesario poner a la Iglesia en estado de misión».

 

(Efe) Para el cardenal, la problemática de la descristianización, de problemas sociales, económicos, morales, tiene como raíz «el debilitamiento de la fe».

«No da lo mismo creer que no creer. Reconocer a Dios que no reconocerlo. Hoy la urgencia es la realidad de Dios», dijo el purpurado, quien añadió que la sociedad vive «como si no existiera» y ello tiene repercusión moral porque «el ser hombre se vive de otra manera si se cree en Dios o no».

Sobre la nueva evangelización, tema que abordan 262 obispos desde el día 7 hasta el 28 de octubre, refirió que es la misma que hizo Jesús en su día y que «el gran cambio del mundo será reconocer a Dios en el centro de la vida».

El cardenal Cañizares hizo alusión a las grandes revoluciones del siglo XX «que han sido para negar a Dios», como la de Rusia en 1917 o el nazismo.

El prelado subrayó que no hay una nueva evangelización sin la liturgia, «donde se nos hace presente Dios» e hizo hincapié en la importancia de la Eucaristía, «fuente y cumbre de la evangelización».

E instó a vivir el Evangelio de Jesucristo no reducido a una vida privada: «se trata de anunciar el Evangelio; como dijo Jesús: 'Levántate y anda!'. Es lo que tiene que hacer la Iglesia».

Sobre el anunciado viaje de una delegación de la Santa Sede a Siria, posiblemente tras el Sínodo, afirmó que se trata «de un testimonio de evangelización directa».

«Jesús no trae violencia, no trae exclusión, trae paz y amor y ello conlleva el cese de toda violencia», concluyó.

 

Fuente: InfoCatólica

jueves, 25 de octubre de 2012

Invitación homenaje a don Rubén Calderón Bouchet

 

 

El 4 de septiembre de 2012, a los 94 años, murió don Rubén Calderón Bouchet, ilustre filósofo e historiador y profesor emérito de la Universidad Nacional de Cuyo.

El Instituto de Filosofía Práctica tiene fundadas razones para querer recordarlo, ya que además de haber sido uno de los más sabios y brillantes intelectuales argentinos, unió a ello un catolicismo ejemplar y batallador y una larga amistad con nuestro fundador, el Dr. Guido Soaje Ramos.

Por tal motivo queremos invitar a usted al homenaje que le haremos en nuestra sede, el próximo jueves 1° de noviembre a las 19.15 horas, oportunidad en que hablará el Dr. Juan Fernando Segovia, quien fue su discípulo y amigo y tuvo a su cargo el discurso central al celebrar don Rubén Calderón Bouchet su 90° cumpleaños, en la ciudad de Mendoza.

Para la mejor organización del acto le solicitamos tenga a bien confirmar su asistencia con razonable anticipación.

 

Saludamos a usted muy atentamente.

www.argentinidad.org.ar

Ponencia del R.P. Sáenz como motivo de la entrega del Doctorado honoris causa de la UCALP

 

 

Doctor Honoris Causa al Padre Alfredo Saénz

 

 

 

LA MISIÓN DEL INTELECTUAL CATÓLICO HOY

 

Confrontados a una situación inédita, el católico de hoy, sobre todo el
intelectual católico, tiene una misión inédita y debe, por consiguiente, dar una
respuesta inédita. Antes de abocarnos al contenido de tal respuesta, no dejará de
ser útil un sucinto análisis histórico de las distintas etapas de la cultura, para
considerar la diversidad de reacciones que caracterizaron a los católicos.
Es indudable que la Edad Media conoció una admirable Weltanschauung,
una cosmovisión muy esplendorosa del mundo. Durante esa época, el orden
natural y el orden sobrenatural eran, sí, órdenes distintos, pero en modo alguno
divorciados. Así como en Cristo la naturaleza humana y la divina se unen en la
Persona divina sin dejar de distinguirse, así lo temporal se unió con lo eterno, lo
carnal con lo espiritual, lo visible con lo invisible, sin perder cada ámbito su límite
de autonomía.
El mundo ofreció entonces un espectáculo cultural verdaderamente
arquitectónico, catedralicio. La filosofía, por ejemplo, asumiendo todo lo que era
valedero en el pensamiento tradicional de Platón, Aristóteles, Plotino, etc., lo
injertó en el cosmos de la revelación. Al fin y al cabo aquella tradición no había
sido sino una suerte de “preparación evangélica”, como la calificaron lo Padres de
la Iglesia. ¿Acaso no decía Clemente de Alejandría: Quién es Platón sino Moisés
que habla en griego, como queriendo afirmar que la verdad natural era coherente
con la sobrenatural, ya que ambas tenían, en última instancia, a Dios por autor? La
arquitectura medieval, concretada tan maravillosamente en las catedrales,
románicas y góticas, al tiempo que enseñaba al pueblo a orar en la belleza,
insuflaba una nostalgia de la Belleza sustancial. La música, sea la del órgano, sea
la de las voces humanas, esa música que rebotaba de arco en arco, llenando los
recintos sagrados, no era sino la parte humana de un concierto que reunía los
ángeles y los hombres, eco de la armonía trinitaria. La política conoció asimismo
en aquélla época uno de sus picos históricos, pudiendo verse en la imagen de San
Luis, rey de Francia, la encarnación del gobernante católico, aquel en quien la fe
era algo penetrante, algo que imbuía todo el orden temporal cuyo encargo había
recibido, en última instancia, del Emperador celeste, de quien era vicario en el
orden temporal. La literatura, en sus diversas expresiones, desde los cantares de
gesta hasta la Divina Comedia, constituía, en cierto modo, una especie de
prolongación de la Sagrada Escritura, en el sentido de que seguía exponiendo el
plan de Dios a través de las letras.
En fin, un orden temporal empapado de sacralidad. El papel del intelectual
católico de entonces no era sino concretar esa visión temporal y trascendente en el
marco de las instituciones, que tanto lo ayudaban para dicho cometido.
Con la aparición del Evo moderno poco a poco, las cosas van a ir
cambiando, pero en una dirección muy determinada, progresiva y disolvente. La
filosofía comienza a abrir caminos desconocidos, adentrando al hombre en una
interioridad cada vez más enclaustrada, en un distanciamiento creciente entre la
realidad conocida y el sujeto cognoscente, hasta quedar este último encerrado en
una total inmanencia; ruptura total del ser y del conocer. El artista, inspirando sus
principios en la nueva filosofía, pretendió emular en cierta manera la actividad
creadora de Dios, pero no con el espíritu de humildad intelectual que había
caracterizado al período medieval, sino con un ímpetu de soberbia y autonomía
evidentes; en un largo proceso que comienza, sintomáticamente, con la
representación de un hombre desmesurado en su musculatura, como nos legó el
por otro lado admirable Renacimiento, llegamos a la destrucción plástica del
hombre en Picasso y su ulterior arbitraria reconstrucción, con total independencia
del Arquetipo supremo, a cuya imagen y semejanza había sido hecho. La música
se lanzó también a un proceso de exaltación del hombre; buscando más
“expresarse” que expresar la armonía divina, acabó por destruirse a sí misma,
reduciéndose a no ser sino puro ritmo, estruendoso ruido, sin contenido, sin
armonía, sin serenidad.
La política olvidó sus instancias superiores, la autoridad se desvinculó del
poder divino como de su fuente, y se lanzó por las vías de un maquiavelismo
creciente hasta llegar a la masificación contemporánea o al esclavismo comunista.
La literatura cortó amarras de las Sagradas Letras, desembocando en sus últimas
etapas de una poesía sin sentido y una novelística pornográfica.
Por supuesto que sería injusto decir que, desde el Renacimiento hasta acá,
no ha habido aciertos filosóficos, ni arte ni belleza. Baste para probar lo contrario
el admirable Mozart, el sin par Shakespeare, el inmortal Rodin. Lo que queremos
decir es que, como lo ha explicado admirablemente Berdiaeff, paso a paso el
hombre ha ido transitando del estado orgánico al estado mecánico, es decir se ha
ido des-ligando, des-vinculando, abandonando sus ligazones, para hacer, como el
hijo pródigo, la experiencia de la libertad. El resultado: apacentar puercos. Porque
la buscada “libertad” no era sino un espejismo. Cuando el hombre decidió romper
sus lazos naturales y sobrenaturales, no conquistó la libertad sino que se volvió
servil, esclavo. Cuando el hombre cae de Dios, decía S.Agustín, cae también de sí
mismo. El conjunto de estos hombres “emancipados” constituyen el mundo
moderno. Lo que el Magisterio Eclesiástico ha dado en llamar “mundo moderno”,
más que una designación cronológica, es una cualificación axiológica para
designar a un mundo independiente de Dios y de la verdad. Aquella unión de lo
divino y de lo humano, que tan bien caracterizó a la Edad Media, ha desaparecido.
Subsiste lo divino, sí, pero acosado, restringido a lugares y tiempos determinados,
en una palabra, marginado; subsiste lo humano, sí, pero exaltado, emancipado,
hecho absoluto. La unión hipostática se ha roto. Lo que Dios había unido, el
hombre lo ha desunido.
Si pasamos ahora a la consideración de lo acaecido en nuestra Patria durante
la última centuria, en relación con la materia que nos ocupa, debemos señalar que,
si bien hemos sufrido las consecuencias de ese pasado decadente, sin embargo se
han producido reacciones verdaderamente inteligentes. Entre ellas, no podríamos
dejar de nombrar los Cursos de Cultura Católica, donde se intentó dar una
respuesta integral a los problemas de nuestro tiempo. El pensamiento de
Chesterton, Belloc, el primer Maritain, de Koninck, Garrigou-Lagrange, inspiró
ese grupo, integrado por lo mejor de la inteligencia argentina de aquel tiempo, no
por pequeño menos influyente. Citemos a Casares, Pico, Bernárdez, Ballester
Peña, así como las revistas de gran nivel en las que colaboraron, como Criterio,
Ortodoxia, Sol y Luna. Pensamos que esa generación supo dar una respuesta más
adecuada al mundo moderno que la que ofreciera la generación anterior, la de
Estrada, Goyena y Felix Frías, valiente en sus batallas, pero algo teñida de
liberalismo de la época. La reacción de los Cursos fue de veras integral, sin
concesión alguna al adversario, sin temor alguno a la impopularidad.
Además de los Cursos, y luego de su desaparición, se podría señalar otros
intentos de nuclear el pensamiento católico argentino. Por ejemplo, los congresos
del Instituto de Promoción Social Argentina, el brillante Primer Congreso Mundial
de Filosofía Cristiana (iniciativa del Dr. Alberto Caturelli) que sin duda marcó un
punto de referencia inolvidable para el que algún día escriba la historia del
catolicismo en nuestra Patria; también organizaciones como la UCA, que inició
Mons. Derisi, el Ateneo de Cuyo, OIKOS, el Instituto de Filosofía Práctica y
revistas varias.
A pesar de estos y otros intentos, sin embargo pareciera haber prevalecido
en no pocos ambientes católicos, una falsa apertura al mundo, mediante la cual
algunos buscaron hacer “simpática” la fe. El católico, en vez de iluminar las
tinieblas de nuestra Patria, renunciaba a ser luz y se ponía en el furgón de cola de
un tren que parece correr hacia su ruina. El católico, en vez de convertir al mundo,
se abría indebidamente al mundo, no para salvarlo sino, si se me permite un dura
expresión, para ser salvado por el mundo, ya socialista, ya demoliberal.
Quisiéramos señalar también otra falsa actitud de algunos católicos. Por el
deseo de dar vitalidad a la fe católica, anhelo loable como el que más,
pretendieron propagar un catolicismo divorciado de la doctrina. Lo que importaba
no era tanto la doctrina cuanto a la vida, o, como se decía con frecuencia, “la
vivencia”. Y así se fueron formando diversos grupos de católicos que agotaban su
actividad en encuentros, intercambios de experiencias, ruidosas manifestaciones
masivas, sin profundizar su fe. Un sacerdote brasileño, experto en grupos
juveniles, autor de libros y discos para jóvenes, el P.Zezinho, tras una larga
experiencia en esta actitud pastoral, constató dolorido que sus jóvenes: “le habían
dado a Cristo el corazón pero no le dieron la cabeza”.
Ninguna de estas soluciones es aceptable. Todas estas corrientes -las
tercermundistas, las vivencialistas- en última instancia, aceptan el mundo
contentándose con agregarse “un suplemento de espíritu”. No es esa la tarea. Tras
discernir lo que en el mundo es salvable, y lo q en el mundo es irrescatable, como
sería lo informado por “el espíritu del mundo”, el mundo mundano, si se me
permite la reiteración, es menester llevar a cabo aquello que el Concilio Vaticano
II llama “la consagración del mundo”. Pero antes de bautizar el mundo
contemporáneo es menester exorcizarlo de todos sus demonios, porque como dice
el mismo Concilio, es deber de los laicos coordinar “sus fuerzas para sanear las
estructuras y los ambientes del mundo, cuando incitan al pecado” (Lumen gentium
36). Pero, como dijimos, tras exorcizar hay que consagrar, ya que, según dice el
mismo Concilio: “Es obligación de toda la Iglesia trabajar para que los hombres se
capaciten a fin de establecer rectamente todo el orden temporal y ordenarlo hacia
Dios por Jesucristo…para instaurar en Cristo el orden de las realidades
temporales” (Apostolicam Actuositatem 7).
Luego de estas ideas introductorias, tratemos de exponer ahora la labor, que
a nuestro juicio debe desarrollar en las actuales circunstancias el que quiere
“iluminar” al mundo, la misión del intelectual católico. Porque se trata de una
función “iluminatoria”. Parece propio de la inteligencia iluminar donde imperan
las tinieblas. Y si esta función ha sido siempre necesaria, hoy lo es más que nunca
ya que las tinieblas se han espesado. En el fondo no es otra cosa que una
participación en la tarea iluminante de Aquel que dijo: “Yo soy la luz”, “he venido
a traer la luz del mundo”. La luz sobrenatural, pero también, en cierto modo, la
natural. Donde hay luz, allí en última instancia está Cristo, la luz del mundo.
¿Y cuáles son los ámbitos que el intelectual católico deberá iluminar con su
presencia y, sobre todo, con su sabiduría?
Ante todo el ámbito de la filosofía. En el campo de la filosofía, el proceso
de decadencia al que antes hemos aludido, se ha hecho más evidente que en
ningún otro terreno. El intelectual católico deberá conocer lo mejor posible las
distintas corrientes filosóficas que, partiendo de Descartes, han culminado en el
marxismo y el Nuevo Orden Mundial globalista. Pero deberá conocer mucho
mejor aún la filosofía perenne, que encuentra una magnífica concreción en el
pensamiento de S.Tomás. Tal será su punto de referencia, que le permitirá
pronunciar un “juicio” sobre toda filosofía que se aparte del recto camino hacia el
ser. Nada más lejos del eclecticismo que esta posición. Sabemos bien que en la
universidad el joven se forma en el conocimiento de las diversas filosofías, no
asignándoles más valor que el de su aparición cronológica. El filósofo cristiano no
puede ser un mero espectador del devenir filosófico, ni un coqueteador de las
filosofías en boga; debe ser un enamorado del ser, del ser natural y del Ser
sobrenatural. Su oficio no consistirá sólo en “conocer” diversas filosofías sino
“juzgarlas” desde el punto de vista inconmovible de la verdad no solo conocida
sino saboreada. Su oficio no consistirá tampoco en una repetición mecánica de la
ortodoxia escolástica, sino que valiéndose de la vigencia perenne de sus
principios, sabrá iluminar la realidad del hombre de hoy y responder a sus
acuciantes problemas. Es más importante saber responder las objeciones de
Marcuse o de Gramsci que las de Durando o de Abelardo.
Otra rama de la cultura la constituye el mundo del derecho. Las épocas de
plenitud cultural supieron distinguir el derecho divino, el derecho natural y el
derecho positivo. Tras negarse el derecho divino, los hombres pretendieron
establecer justicia en base al derecho natural y positivo. En un paso ulterior sólo
quedó el derecho positivo, ya que se afirmó lisa y llanamente la inexistencia de
todo derecho anclado en la naturaleza humana. Hoy asistimos a la negación del
mismo derecho positivo. Sólo queda el derecho del más fuerte. El papel del jurista
católico es pues ingente en medio de la sociedad, debiendo remontar de manera
inversa los jalones de la destrucción. Será menester recrear todo el derecho
positivo, anclándolo en el derecho natural, y éste entendiéndolo como
participación en el hombre del derecho divino. Sólo así la sociedad volverá a
encontrar la jurisprudencia que merece.
El intelectual católico deberá asimismo iluminar el campo de las ciencias.
Campo especialmente privilegiado por los enemigos de Cristo y de la Iglesia. No
en vano numerosos exponentes del proceso destructivo proclaman un
“materialismo científico”. Será preciso volver a ubicar este campo del
conocimiento en su verdadero lugar, en dependencia de Aquel que es el comienzo
y el fin de toda ley física, de toda propiedad química. Einstein, nada menos, llegó
a sostener que “la ciencia sin la religión está renga, y la religión sin la ciencia es
ciega…Yo no estoy interesado en este o en otro fenómeno, ni en el espectro de un
elemento químico. Quiero conocer el pensamiento de Dios; lo demás es un
detalle”. Si el universo canta la gloria de su Creador, si este mundo, con sus leyes
admirables es, al decir de S, Agustín, “el gran poema del inefable modulador”,
tocará al científico católico hacer cantar a la ciencia un cántico siempre nuevo.
Los descubrimientos científicos ya no constituirán pretendidos argumentos contra
la fe, sino un trampolín hacia Dios, en continuidad con la visión que nos ofrece la
Sagrada Escritura despertando en nosotros la admiración por el orden, la
hermosura y la sabiduría que resplandecen en la creación.
Otro campo que el intelectual católico tendrá que iluminar es de la política.
Este ámbito de la actividad humana –y cuán humana- está evidentemente herido.
La expresión misma ha acabado por convertirse en sinónimo de acomodo, de
latrocinio, de inmoralidad. Pero en sí la política tiene toda la nobleza que
corresponde a una de las más elevadas actividades del hombre, e incluso puede dar
ocasión de practicar lo que Pío XI llamaba “la caridad política”; nos atreveríamos
a decir que, bien entendida es una de las forma más altas de caridad que el
cristiano puede ejercitar en el orden temporal. Caridad política porque el
gobernante católico, al procurar a sus súbditos el bienestar temporal, pone en
cierta manera las bases naturales de su destino trascendente, y así el ciudadano, sin
enzarzarse en los bienes de la tierra, no pierde de vista su fin esjatológico. Es
evidente que el hombre puede salvarse aun cuando viva bajo un régimen de terror,
bajo el régimen del Anticristo. Pero en ese caso su salvación se hará
extremadamente difícil, altamente heroica. En cambio, cuando un gobierno se
aboca a la consecución del bien común, no sólo cuida directamente de la felicidad
terrena de sus súbditos, sino que de algún modo facilita, aun cuando
indirectamente, su salvación eterna. Iluminar, pues este campo tan entenebrecido,
explicar lo que se ha llamado “la concepción católica de la política” es otro de los
objetos de especulación del intelectual católico.
Un ámbito privilegiado para la actuación del católico militante es sin duda
el de la educación. El hecho de que los enemigos de Cristo, de la Iglesia y de la
Patria dediquen tener tantos esfuerzos a este menester nos muestra, por la astucia
que tan bien caracteriza a los perversos, la importancia del mismo. Urge una
investigación teórica y concreta acerca de lo que es la educación, sus fines, sus
medios, lo que debe ser un colegio, una universidad. Gracias a Dios en los últimos
decenios se han escrito notables libros sobre el tema, obras que honran el nivel
alcanzado por la cultura católica argentina. Sin embargo se trata de un trabajo
nunca terminado. El Santo Padre, y en América Hispana el documento de Puebla,
exhortan una y otra vez a lo que denominan “la evangelización de la cultura”. Más
importante quizá que la toma del poder –anhelo que los que se dedican a la
política deben tener como sustancial- es la toma de la cultura. Entendemos esta
palabra en un sentido amplio, incluyendo los medios de comunicación, que quieras
que no van haciendo el modo de pensar de los argentinos. Creemos que en este
ramo se necesita, como quizás en ningún otro, espíritu e imaginación creadores.
Hay que hacer buenos colegios, buenas Universidades, buenas revistas de cultura,
grupos de sólida formación.
Interesa asimismo atender al campo del arte. Bajo este nombre encerramos
todo lo que comúnmente se entiende por “bellas artes”, la música, la literatura, la
pintura, la arquitectura, la escultura, es decir aquellas manifestaciones humanas
que dicen tener relación con lo que a veces se denomina “estética”. He aquí otro
campo ambicionado por el enemigo. Las artes, que de por sí no deberían ser sino
el esplendor de la verdad, se han visto trágicamente heridas y bastardeadas.
Asistimos al espectáculo de una pintura que encierra al hombre en su subjetividad,
lo oniriza, lo destruye. Conocemos una literatura que no sólo atenta contra la
belleza del idioma sino también contra la verdad ética y a fortiori la metafísica.
Llegan asimismo cotidianamente a nuestros oídos los sonidos de una música
desfalleciente. Porque no hay que olvidar que la música hace al hombre. Los
diversos tipos de música hacen los distintos tipos de hombre: el hombre sensual, el
hombre materialista, el hombre superficial, el hombre erótico, el hombre virtuoso.
Hoy, más que nunca, hoy cuando la música parece rendir culto a la fealdad, al
ruido ensordecedor que hace prácticamente imposible todo intento de vida interior,
se impone la aparición de músicos católicos, capaces de transmitir no sólo el
sentido de las armonías sensibles, sino también el sentido de las verdades
profundas, sobre todo las que dicen relación con el misterio, y esto no sólo en el
ámbito de la música profana sino también en el herido mundo de la música sacra.
Necesitamos la aparición de músicos, de pintores, de escultores marcados por la
impronta católica, que está hecha de fidelidad al ser y a la gracia. A través de ellos
el arte logrará irradiar, a través de lo sensible, el esplendor de la verdad.
Finalmente, y sin pretender agotar todos los ramos donde debe desplegar sus
talentos el intelectual católico, no podemos dejar de referirnos a la investigación
de la historia. Y en ello nos detendremos algo más que en los otros campos,
porque lo consideramos de especial relevancia. Solamente la memoria fiel del
pasado hace posible el análisis atendible del presente y la prospectiva seria del
futuro. De ahí que, si en algo debe ejercitarse la tarea iluminante del intelectual
católico, lo es en el ámbito de la interpretación de la historia. Cuántas veces nos
hemos encontrado con personas que al considerar los problemas de nuestro
tiempo, lo hacen como si se tratase de problemas de fresca data, de problemas que
acaban de aparecer, y cuyas soluciones les parece estar consiguientemente al
alcance de las manos. Y así erran en los remedios. Si queremos que nuestra época
se nos haga inteligible, es absolutamente necesario que la ubiquemos sobre el
talón de fondo de la historia universal, en ese amplio abanico que corre del
Génesis al Apocalipsis. Los problemas de nuestro tiempo no acaban de nacer,
tienen a sus espaldas un largo período de gestación, a veces de siglos. En este
sentido, cuán provechoso será al militante católico la lectura de los análisis
históricos de Berdiaeff, de Gonzaga de Reynold, de Belloc, de Solzhenitsyn, y
entre nosotros, de Diaz Araujo y Caturelli. Allí vamos a encontrar la explicación
de ese gran proceso de apostasía, abierto a fines de la Edad Media, proceso que
comenzó por la negación de la Iglesia con el protestantismo, siguió con la
negación de Cristo en el deísmo racionalista, y culminó con el rechazo de Dios
mismo en el marxismo ateo. Los problemas de hoy no han nacido, pues, aquí y
ahora, sino que son los colofones, los coletazos de un largo proceso histórico. De
ahí la necesidad de que el intelectual católico tenga bien estructurada en su mente
lo que se ha dado en llamar la “la filosofía de la historia”, aunque más habría que
denominarla “teología de la historia”. Para esta visión global nada mejor que la
meditación de la inmortal obra de S.Agustín “De Civitate Dei” donde el Santo
Doctor desarrolla el devenir histórico a la luz del conflicto teológico entre dos
ciudades, la Ciudad de Dios y la Ciudad de Satán, la radicada en el amor de Dios
hasta el desprecio de sí, y la fundada en el amor de sí hasta el desprecio de Dios.
En esa obra, el Doctor de Hipona nos ofrece las claves de la historia. Pero se trata
de una obra inconclusa, por las limitaciones insuperables del gran maestro, ya que,
naturalmente, sólo podía analizar el curso de la historia hasta el siglo que vivió.
Toca a nosotros proseguir su tarea, siempre de acuerdo a las claves que él nos ha
ofrecido, pero aplicándolas a los nuevos acontecimientos que se vayan
sucediendo.
Hemos recorrido así, diversos ámbitos donde debe refractarse el trabajo
esclarecedor de quien quiere ser dirigente católico en el campo de la inteligencia.
La amplitud de la tarea puede suscitar cierto temor. Advertimos que el
mundo de la cultura va por otro lado, que la verdad no es aceptada por la multitud.
Y el complejo mayoritario –de la mitad más uno-, saliendo del cauce en donde ha
cristalizado, que es el de la política electoral, amenaza con invadir también el
campo de los defensores de la verdad. Hoy se va propagando, peligrosamente, una
suerte de escepticismo doctrinal. Se habla de “mi verdad”, de “tu verdad”, cada
uno tiene “su verdad”. El querer afirmar no “mi” verdad ni “tu” verdad sino “la”
verdad es condenarse al ostracismo. Pero no tememos la soledad: la verdad nunca
está sola. La verdad está con el ser, y por tanto con la verdadera universalidad.
Cristo tuvo razón, aun cuando la mitad más uno prefiriese a Barrabás. Nada es
más pernicioso para un intelectual católico que el deseo de quedar bien con el
mundo, diluyendo inconsideradamente la verdad, retaceando la verdad, aunque lo
haga con la intención de que ésta sea aceptada. “No os hagáis semejantes al
mundo, enseña Juan Pablo II, no tratéis de haceros semejantes al mundo. Lo que
debéis hacer es tratar de hacer al mundo semejante a la Palabra Eterna” (disc. al
IV Cap. General de la Pía Sociedad de San Pablo, 31/3/1980). En última instancia,
a la larga, nada atrae tanto como la integralidad de la verdad, la verdad sin
ambages.
Más aún, el intelectual católico deberá estar dispuesto a arrostrar la
animadversión. S. Agustín, ese acuñador de frases inmortales, lo dijo de manera
incisiva: “la verdad engendra el odio”. Es cierto que Cristo, por su gesta redentora,
ha sido amado como nadie lo ha sido en la historia. Pero, al mismo tiempo, al
concentrar en sí, encarnándola, la plenitud de la verdad –“Yo soy la verdad”-
concentró también sobre sí el odio del mundo, del espíritu del mundo, que no sólo
lo llevó a la cruz sino que lo sigue persiguiendo hasta el fin de los siglos. Y no
sólo a Él sino a todos los que quieren afirmar en alto la verdad; lo persigue a Él en
ellos. Persigue el mundo a los que defienden la verdad porque los ve distintos, y su
misma presencia ya constituye una especie de reproche implícito al mundo.
Citemos también aquí unas esclarecedoras consignas de Juan Pablo II: “Aprended
a pensar, a hablar y a actuar según los principios de la claridad evangélica: Sí, si;
no, no. Aprended a llamar blanco a lo blanco, y negro a lo negro; mal al mal, y
bien al bien. Aprended a llamar pecado al pecado, y no lo llaméis liberación o
progreso, aun cuando toda la moda y la propaganda fuesen contrarias a ello” (disc.
a universitarios de Roma, 26/3/1981).
Quizás la gran misión del intelectual católico de nuestro tiempo sea
mantener íntegro, en medio de un ambiente caótico y subversivo, el patrimonio de
la tradición, la acción de entregar algo en este caso, la antorcha de la cultura a la
próxima generación. No de otra manera obraron los católicos más clarividentes
cuando en los siglos oscuros acaeció la invasión de los bárbaros. Hoy nuevas
oleadas de barbarie se lanzan sobre los restos de la civilización cristiana. Como
otrora en los monasterios, mantengamos viva la llama de la cultura, aun cuando
sea en pequeños cenáculos o grupos de formación, para que puedan conocerla
nuestros hijos y a su vez transmitirla.
En una palabra, se trata de rehacer la Cristiandad, no volviendo, como es
obvio, a los aspectos anecdóticos de la Edad Media, pero sí a los principios que la
gestaron. Se trata de que Cristo reine en la universalidad del orden temporal.
Todos los filones de la cultura deben expresar o reflejar a Cristo, la Realeza de
Cristo. Que la filosofía refleje a Cristo en cuanto sabiduría encarnada; que las
ciencias reflejen a Cristo, perfección de la exactitud; que la historia refleje a
Cristo, Señor de los espacios y de los tiempos; que la política refleje a Cristo,
Soberano de las sociedades y Rey de las naciones; que la educación refleje a
Cristo, supremo Pedagogo; que las artes reflejen a Cristo, la belleza encarnada.
Filosofía, ciencias, historia, política, educación, arte, tantas maneras de reflejar a
Cristo verdad, a Cristo exactitud, a Cristo Señor de la historia, a Cristo soberano, a
Cristo maestro, a Cristo el más hermoso de los hijos de lo hombres.
Aperite portas Redemptori! exclamaba Juan Pablo II. Contribuyamos a que
no quede una sola puerta cerrada, al menos en este mundo de la cultura en que nos
toca actuar. Para que un día sea realmente verdadero aquello de que Cristo ha
llegado a ser todo en todos.


P. ALFREDO SÁENZ

Solemnidad de Jesucristo Rey del Universo

 

 

Fray Marco A. F.

 

 

 

“Es necesario que Cristo reine…” (I Cor 15,25)

 

Con la solemnidad de Cristo Rey culminamos el año litúrgico, esa luminosa peregrinación en la fe y el amor, en donde la Iglesia nos enseña el “sublime conocimiento de Cristo Jesús” (Flp 3, 8) , un conocimiento por su Palabra de Vida actualizada en la liturgia. Conocimiento de Corazón a corazón en el Sacramento del Amor en donde actualizamos y somos incorporados y configurados con todo el Misterio de Cristo. El año litúrgico nos permite sumergirnos en los Misterios de Cristo para poder hacer de ellos nuestros Misterios, en el conocimiento interno que busca apropiarse de sus sentimientos: todo el año litúrgico nos permite conocer lo que hay en Cristo Jesús. (cfr Flp 2, 5)

         La Fiesta de Cristo Rey es como el broche de oro y el compendio de toda la vida de Jesús. Todo su Misterio es Realeza, así lo contempla la liturgia: desde el anuncio del ángel a María y el deseo de todas las naciones que tienden al Rey prometido, pasando por el pesebre y los dones regios de los magos, hasta llegar al Misterio real por excelencia que es “su Hora”, la hora del Siervo que se abaja, que es coronado de espinas, que proclama la Verdad de su realeza ante Pilatos, que atrae a todo el cosmos hacia sí desde su Trono de gracia y amor en la Cruz. “Regnavit a ligno Deus” nuestro Dios reinará salvando desde el patíbulo. El mensaje del Reino no es algo accesorio en Jesús, sino que el Reino es El mismo: Reino de santidad y de gracia, Reino de justicia, de amor y de paz, como lo canta hoy el prefacio. “Jesús es el Reino de Dios en persona: el hombre en el cual Dios está en medio de nosotros, y a través del cual podemos tocar a Dios, acercarnos a Dios. Donde esto acontece, el mundo se salva” (Joseph Ratzinger)

La Realeza de Jesús no sólo sintetiza su vida desde el pesebre hasta la cruz sino que nos permite abrirnos a la esperanza gozosa de su última venida, hacia el “Aleluya” sin fin de las Bodas del Cordero. Contemplar a Cristo Rey nos abre a la serena esperanza de que “Dios no fracasa” y de que la última palabra de nuestra historia, nuestra tan triste y desolada historia humana,  no culmina en el vacío sino en el triunfo del Amor. Ese triunfo silencioso que brota del Rey Crucificado y que quiere envolver en su luz y gracia a toda la realidad humana: lo más hondo del corazón, la familia, la cultura, el sano esparcimiento, la política.

Todo aquel que trabaja en la búsqueda de la Verdad y del Amor, en la búsqueda de humanizar, iluminar y sanear este mundo, está trabajando para que Cristo reine…ya que sólo donde Cristo Reina el rostro del hombre puede ser curado de tantas lepras que deforman su dignidad de imagen de Dios y representante suyo, lugarteniente suyo en la creación. Sólo Jesucristo acogido, escuchado y vivido, celebrado y adorado puede devolver al hombre la plenitud de su sentido y de su esperanza, sólo Jesucristo corona al hombre de gloria y dignidad. Sólo donde reina Jesucristo florece el “Evangelio de la Vida” y el amor humano se convierte en hermoso, sólo donde reina Jesucristo el trabajo es cooperación con el Creador, es desarrollo de los dones de Dios hasta trasformarlos en Eucaristía: el mundo ofrecido en Jesús Rey como oblación de Amor al Padre. Ser cristiano significa que debo ser instrumento vivo de su Realeza,  que debo orar cada día por la venida de su Reino y que mi amor lo debe seguir a El, al Rey Eterno, en el humilde ofrecimiento de llevar la cruz cotidiana siguiendo sus pasos. Los seguidores del Rey “aprenden que deben entregarse a sí mismos: un don menor que éste es poco para este Rey. Ya no se preguntarán: ¿Para qué me sirve esto? Se preguntarán más bien:¿Cómo puedo contribuir a que Dios esté presente en el mundo? Tienen que aprender a perderse a sí mismos y, precisamente así, a encontrarse.” (Benedicto XVI)

Cristo reina en la Cruz desde la entrega humilde y obediente de su vida, de esa manera nos enseña el camino de su Divina Realeza: “Lo veo Crucificado y lo llamo Rey” (San Cirilo de Alejandría)

 

Cristo es el Rey-Pastor, el Rey-Cordero, el Siervo Rey:

 

Es la perspectiva de la profecía de Ezequiel: Dios mismo, en su Hijo amado, viene a buscar a sus ovejitas perdidas, heridas, viene a cargar sobre sí el destino de ellas, viene a cargar sobre sí a sus ovejas llevando en sus hombros heridos la realeza de la Cruz. El báculo de la Cruz  es el cayado que sosiega, por medio de las cuales las defiende, las guía, las cura y las hace apacentar en las aguas frescas que brotan “del pecho de su amor muy lastimado” (San Juan de la Cruz Poema del Pastorcito).

Cristo Rey es el Pastor Bueno y hermoso, es el Pastor de la misericordia que no sólo busca, dirige y guía a sus ovejitas-todos ellos verbos regios- sino que como único Rey verdadero nos representa en la Cruz ante el Padre incluyéndonos en su obediencia amorosa, ante el abismo de la muerte, la peor de las muertes. Cristo Rey es, en la solidaridad de su abajamiento, el Buen Pastor que desciende hasta los abismos más hondos para llamarme y encontrarme y cargarme con amor. En la acción de cargar sobre sí a la oveja herida, toda la humanidad pecadora y en esa humanidad a mí mismo que soy ante su amor único, el Pastor Rey, el Rey amado y hermoso, el Rey que con sus silbos me despierta a mí dormido en el pecado, es Aquel que por su oveja se deja traspasar, herir, es Aquel que voluntariamente se adelanta a la muerte para destruirla con su Muerte redentora de Amor. El Rey Pastor se nos hace Cordero Inmolado, Cordero Inocente que quita y lleva sobre sí todo el peso del mundo. Es el Rey y es el Siervo sufriente: “En cuanto Rey es Siervo, y en cuanto Siervo de Dios es Rey. Su crucifixión es Realeza, su Realeza es el Don de Sí mismo a los hombres” (Joseph Ratzinger)

De  esa manera hace suyo el universo por doble título: todo fue creado por El y para El. Todo es recreado, redimido y conquistado por El, en El y para El. Por eso la Iglesia exclama gozosa ante su Pastor Rey, ante el Cordero Inmolado que nos compra con su Sangre: “somos suyos a El pertenecemos, somos su Pueblo y ovejas de su rebaño

 

      El Rey es el Justo Juez, Aquel que nos examinará en el Amor:

 

         El Evangelio de la solemnidad se puede sintetizar en las conocidas palabras del Doctor místico: “En la tarde de la vida te examinarán en el Amor”. En el ocaso de nuestras vidas y en el ocaso de la historia sólo permanecerá lo que se haya fundado en este Amor de Cristo. En primer lugar lo que nos asombra de este Evangelio es el Rey amado y hermoso que se abaja, nuevamente el tema de la Realeza como Servicio, como lavar los pies, pero este abajamiento es identificación. El Hijo de Dios en su encarnación, en su consagración regia en el seno de María, cuando es el heredero de todas las naciones y de todo el cosmos[1] realiza el principal acto de su realeza que es el unirse con todo hombre y su destino. El Hijo de Dios en su encarnación se ha unido a todo hombre[2], pero su Rostro real resplandece sobre todo en el hambriento no sólo de pan, sino de verdad, de consuelo, de presencia, en síntesis del amor de Dios; en el enfermo, en el despreciado, en el forastero, en el aprisionado en tantos sistemas injustos e inhumanos: ¡hay mayor inhumanidad que tratar de quitar al hombre su vocación a ser hijo de Dios!. Estos hermanos pequeños, necesitados, solos e indefensos, estos hermanos sedientos y hambrientos de un sentido, de una esperanza, de un gesto de ternura son Sacramentos del Rey.  En ellos Cristo Rey espera el vaso de agua fresca de nuestro amor. En ellos tiene sed de nuestro amor.

         En la tarde del mundo sólo queda el amor…síntesis del mensaje salvador del Rey, el móvil y el fin de toda la obra de la salvación. Aunque Rey glorioso, Jesús no se olvida que se ha hecho nuestro hermano; se eleva en su Trono en el Seno del Padre y se abaja no sólo para mirar al pobre y al humilde sino para hacerse pobre y humilde. “Por esto la Caridad con los pobres nos hace amigos del Rey Eterno”. (San Ignacio de Loyola)  Allí en la Caridad, en el saber “ver” el Rostro sufriente pero  regio de Jesús y en el adelantarnos para servirlo está la clave, la fuerza transformadora para que, en esta triste sociedad laicista y fríamente consumista, se reconozca el Reinado de Cristo que como germen oculto, silencioso pero vivificante, pueda transformar los agostados desiertos de este mundo en un anticipo del Jardín de Dios. Donde se vive y se entrega esta caridad regia todo florece.

         Esta Transformación comienza en el propio corazón, en la conversión profunda de criterios, de mentalidad, se trata de conocerlo y seguirlo a El. Dejemos que en nuestra vida se realice, por la gracia, el triunfo de Su Amor. Por esto digamos al Pastor Bueno y Hermoso, al Rey hecho Siervo por Amor, al Justo Juez que me espera en sus pobres: “Tuyos somos y tuyos queremos ser, y para vivir más estrechamente unidos a Ti, hoy renovamos nuestra consagración a Tu Sagrado Corazón…” (Consagración a Cristo Rey promulgada por Pío XI)

 

P. Marco Antonio OP

miércoles, 24 de octubre de 2012

El Papa reorganiza las competencias de la Curia, con la mirada puesta en los seminarios

 

Presentamos traducción de La Buhardilla de Jerónimo sobre esta noticia del vaticanista Andrea Tornielli en la que hace referencia a próximos cambios en las competencias de la Curia Romana, que concentrarían en la Congregación para el Clero, guiada por el Cardenal Mauro Piacenza, la responsabilidad sobre los seminarios del mundo.

 

El anuncio, dado un poco en silencio por el cardenal Gianfranco Ravasi por medio de una entrevista en L’Osservatore Romano, de la unificación de la Comisión para los Bienes Culturales de la Iglesia con el Pontificio Consejo para la Cultura, no será un caso aislado. Otros cambios, de hecho, están en vista. En la mañana del pasado jueves 18 de octubre Benedicto XVI se ha encontrado con los cardenales Zenon Grocholewski y Mauro Piacenza, respectivamente Prefectos de las Congregaciones para la Educación Católica y para el Clero, junto al arzobispo Rino Fisichella, Presidente del Pontificio Consejo para la Nueva Evangelización.

El objetivo de la pequeña cumbre era discutir y establecer una transferencia de competencias que involucra a los tres dicasterios vaticanos. El más significativo concierne al paso de la competencia sobre los seminarios de Educación Católica a Clero. Hoy es la Congregación guiada por Grocholewski la que se ocupa tanto de las universidades católicas como de la formación en los seminarios. El proyecto de transferir esta competencia al dicasterio guiado por el cardenal Piacenza tiene una larga historia, y una indicación en este sentido por parte de Benedicto XVI había llegado ya en el 2008. Pero luego ha habido dificultades y discusiones internas, y así la decisión al respecto había sido “congelada”.

En Italia la separación entre quien forma a los sacerdotes desde el punto de vista humano, espiritual y pastoral dentro de los seminarios, y quien se ocupa de su formación intelectual en las facultades teológicas y en los ateneos pontificios, es un dato de hecho. Mientras en muchos otros países, donde hay un inferior número de facultades teológicas, los profesores viven en los seminarios y los roles a veces se superponen. La reorganización en estudio debería, por lo tanto, asignar al dicasterio que se ocupa del clero la competencia sobre la formación interna en los seminarios.

Pero si el “ministerio” vaticano para los sacerdotes podría ahora ganar una competencia, perdería otra.  De hecho, está previsto que la catequesis, hasta ahora una de las materias de las que se ocupa la Congregación para el Clero, pase al recientemente creado dicasterio para la Nueva Evangelización, instituido por Benedicto XVI y guiado por el arzobispo Fisichella. La catequesis y la difusión de las enseñanzas del Catecismo de la Iglesia Católica, el texto publicado en 1992 a cargo del entonces cardenal Joseph Ratzinger que acoge las enseñanzas del Concilio Vaticano II, es un elemento fundamental para la transmisión de la fe y la nueva evangelización. Y, por lo tanto, el nuevo Pontificio Consejo se ocupará de esto directamente.

 

Fuente: Vatican Insider

Traducción: La Buhardilla de Jerónimo

martes, 23 de octubre de 2012

+ El Santo Rosario y las Almas del Purgatorio +

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Llegamos al final del Mes del Santo Rosario, y estamos muy cerca de la Conmemoración de los Fieles Difuntos. Previendo esta circunstancia, he pospuesto estas reflexiones, para este día.
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Un aspecto digno de destacar del Santo Rosario, es su valor expiatorio. Esto es así, primeramente por las oraciones que lo componen, y en segundo lugar, por las indulgencias con las que los Pontífices lo han enriquecido a lo largo de los siglos.
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En cada "Avemaría" le decimos a María Santísima "ruega por nosotros pecadores ahora y en la hora de nuestra muerte". He aquí expresado claramente el gran anhelo de los cristianos: la salvación del alma. Nadie mejor que Santa María, para acompañarnos es ese momento decisivo de nuestra vida, para que con su intercesión nos conduzca la Patria Celestial. No solo será su auxilio un consuelo en el sufrir, sino una garantía de nuestra salvación. Que grande será María, que el mismo Cristo quiso que estuviese a su lado, en el momento de su muerte redentora.
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En el momento de la muerte, será ella, que vio con sus propios ojos la Santa Pasión del Señor, quien recuerde al Justo Juez, su Sacrificio Redentor. A esto asociará sus propios méritos. Y para completar su alegato, ofrendará a su Hijo, sus ruegos y oraciones por el alma juzgada. No puede esperarse otra cosa que alcanzar misericordia. De aquí se desprende la confianza que los cristianos de todos los tiempos han puesto de María Santísima, para asegurar su salvación.
Al final del rezo del Santo Rosario, es costumbre antigua recitar las letanías. En ellas invocamos a María, al menos en tres oportunidades, con títulos que afirman esta confianza en ella como intercesora por la Iglesia Purgante.
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En primer lugar, la invocamos como "Mater Ecclesiae" (Madre de la Iglesia). Así como nuestra Señora es Madre de Jesús, verdadero Dios y verdadero Hombre; lo mismo sucede con la Iglesia. Su maternidad se extiende a la Iglesia Triunfante, Purgante y Militante. Toda madre ama a sus hijos por igual, sin embargo, suele asistir con especial atención a aquel que es más débil o que sufre más. Es de esperarse que María Santísima tenga una cierta predilección por las Benditas Almas del Purgatorio. La tradición nos enseña, que el menor de los sufrimientos del purgatorio, es infinitamente superior al mayor de los dolores de este mundo. Con excepción de los condenados, nadie sufre más que un alma del purgatorio. En este orden de ideas, podríamos concluir, sin temor a equivocarnos, que en la oración de Nuestra Señora, sus hijos purgantes son su prioridad.
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No podía ser de otro modo, pues según la doctrina, las "animas" no pueden rogar por sí mismas. Esto las hace dependientes de la caridad de otros, para alcanzar la dicha del Cielo. Y quien más querrá tener cerca a estas almas que su propia Madre.
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En relación directa con esta idea, más adelante en la oración, nos referimos a la Virgen como Iauna Coeli (Puerta del Cielo). Por medio de María se "abierto" el Cielo para que Dios habite entre nosotros. Por medio de ella, se abre ahora, para que los hombres vivan junto a El. La oración de María, es en verdad, el medio mas seguro para llegar al Cielo.
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De este modo, al llamar a María Refugium Peccatorum (Refugio de los Pecadores). El pecado es la razón por la cuál, nuestros hermanos difuntos expían sus pecados en el purgatorio. Para ellos Santa María es su refugio, quien con su oración mitigará la justicia de Dios. Será la abogada de estas almas, a quien el Justo Juez, nada niega.
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Podemos afirmar, que el Rosario de María Santísima, medio de salvación para los vivos y alivio de los difuntos. Con el hacemos memoria de los meritos de la vida de Nuestro Señor y su Santa Madre, por los que fuimos redimidos.
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Confiemos en estos días las almas del purgatorio, a la intercesión de María Santísima. Apliquemos las indulgencias del Rosario en favor de nuestros hermanos que están expiando sus pecados.
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Nichán Eduardo Guiridlian Guarino
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domingo, 21 de octubre de 2012

+ Regresa el Fanón Papal +




Una especie de pequeña muceta que utiliza solamente el papa y que le cubre los hombros de dos piezas de seda blanca ornamentada con franjas estrechas de color rojo y dorado. Las piezas son casi circulares, pero no iguales en tamaño y la más pequeña descansa sobre la más larga. Una apertura redonda se deja a fin de que permita pasar la cabeza, esta apertura tiene un corte vertical. La parte frontal del fanón está ornamentada con pequeñas cruces en oro. Es como un amito, pero no se coloca por debajo, sino arriba del alba. El papa porta el fanon solamente cuando celebra la Misa Papal. Luego que el diácono ha vestido al papa con el usual amito, alba, el cingulum y sub-cinctorium, además de la cruz pectoral, abre el fanón y coloca la parte superior de la pieza, hacia la parte de atrás de la cabeza del papa. Ahora viste al papa con la estola, tunicela, dalmática, y casulla, y luego coloca hacia abajo, la parte del fanón que ha sido colocada sobre la cabeza del pontifice, de manera que queda la pieza frontal sobrre la tunicela, dalmática y casulla. Finalmente arregla el fanón de tal forma que cubre los hombros del papa como un collar.

Su uso en el siglo VIII puede ser probado. Se llamaba anabolagium, pero aún no estaba destinada al uso exclusivo del papa. Esta exclusividad no apareció hasta que otros eclesiásticos en Roma principiaron a colocar la vestimenta bajo el alba en lugar de cubrirla, es decir cuando se comenzó a hacer común entre los clérigos el uso del fanón a manera de amito ordinario entre los Siglos X y XII. Ya a principios del siglo XII, el fanón sólo podía ser utilizado por el papa, tal y como se hace evidente en lo que expresado por Inocencio III (1198-1216). La costumbre actual de que el papa tiene además del fanón, lleva un amito bajo el alba, no aparece, en lo más antiguo, sino hasta el final de la Edad Media. Ya en las postrimerías de la Edad Media fue hecho de seda blanca. La ornamentación favorita consistió en estrechas franjas de oro y de otro color especialmente el rojo, bordado en la seda. Hasta el Siglo XV, el fanón fue tuvo una forma de cuadrado, la actual forma a manera de collar parece haber surgido aproximadamente en el Siglo XVI o aún más tarde.



El Fanon papal es, quizás, el mas importante a recuperar ya que representa o la iglesia triunfante, militante y purgante o también la triple función papal de Sumo Sacerdote, Maestro y Regente; estos últimos títulos son también los que corresponden en significado a la conocida Tiara. Consiste en una doble esclavina con rayas blancas y rojas (los colores papales o de la Santa Sede, pero no del Estado Vaticano, que son blanco y amarillo), con una cruz bordada en la parte 
posterior, que se colocaba sobre la casulla.


En la ceremonia de canonización de esta mañana, el Santo Padre Benedicto XVI ha vestido por primera vez en su Pontificado este paramento papal. Hasta el día de hoy, el Beato Juan Pablo II había sido el último que lo utilizó, en una sola ocasión, durante una Misa en la Basílica de Santa 
Cecilia en Roma, al inicio de su pontificado.


Fuente consultada "Ceremonia y Rúbrica de la Iglesia española"

+ El Rosario, según San Alfonso María de Ligorio +

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Tomado de "Las Glorias de María", de San Alfonso María de Ligorio, obispo y Doctor de la Iglesia.
"La devoción al santo rosario fue revelada a santo Domingo por la Madre de Dios cuando, afligido el santo y lamentándose con nuestra Señora del gran daño que hacían a la Iglesia los herejes albigenses, le dijo la Virgen: Esta tierra será siempre estéril si no le cae la lluvia. Entendió santo Domingo que esta lluvia era la devoción del rosario que él debía propagar. El santo lo predicó por todas partes. De hecho, esta devoción fue abrazada por todos los católicos, de manera que no hay otra que más practiquen los cristianos de todas las clases sociales como ésta del santo rosario..
¿Qué no han intentado los herejes modernos, Calvino, Bucero y otros, para desacreditar la devoción del rosario? Pero es notorio el gran fruto que ha traído a la tierra esta nobilísima devoción. ¡Cuántos por medio de él se han librado de los pecados! ¡Cuántos han llegado a tener vida santa! ¡Cuántos han logrado una buena muerte y se han salvado! Hay muchos libros que tratan de esto..
Basta saber que esta devoción ha sido aprobada por la santa Iglesia y los sumos pontífices la han enriquecido con indulgencias. Para ganarlas es menester que mientras se reza se mediten los misterios correspondientes. Si alguno no los supiera, bastará con que medite algún paso de la vida o de la pasión del Señor..
Es necesario también rezar el rosario con devoción. Dijo la Virgen a la beata Eulalia que le agradaba más una parte rezada con pausa y devoción, que los quince misterios con precipitación y sin fervor. Por eso está muy bien rezarlo de rodillas y ante alguna imagen de María, y al principio hacer un acto de amor a Jesús y María pidiéndoles alguna gracia. Y es mejor rezarlo acompañado de otros que solo.".

sábado, 20 de octubre de 2012

Conferencia de Mons. Ferrer (Audio)

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Conferencia sobre la “Formación de la Sagrada Liturgia en los seminarios” disertada por el Subsecretario de la Congregación para el Culto Divino y la Disciplina de los Sacramentos, Mons. Juan Miguel Ferrer Grenesche a los Seminaristas del Seminario Mayor San José de La Plata, Argentina.

 

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Juventutem Argentina

viernes, 19 de octubre de 2012

HACIA LA SANTIDAD DE LA INTELIGENCIA

 

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Integrar la actividad intelectual a la vida es algo que no se hace solo.
Nos imaginamos de buen grado que nos basta elegir los estudios a los cuales nos parece conveniente dedicarnos y ordenar el tiempo que debemos consagrarles: durante ese tiempo se tratará solamente de una técnica intelectual, de un  arte de conducir nuestras  facultades de conocimiento y no de una virtud moral. La virtud se nos presenta entonces como algo exterior al estudio. Ella es ―prudencia‖. Es decir, que para este estudio debemos utilizar sabiamente el tiempo
de que disponemos y nuestras demás posibilidades, según nuestras vocaciones, en nuestras situaciones concretas. ¿Qué más queremos? Santo Tomás nos sorprende cuando coloca una virtud moral presidiendo el estudio.
Nuestro asombro crece al constatar que él considera a esta virtud como una forma de templanza: no solamente desea que demos una sabia medida a nuestras tendencias espontáneas en los actos de conocimiento, piensa además que en éstos el acento debe colocarse sobre un freno. Pero, si la moral o la espiritualidad (es todo uno) tiene algo que ver en ellos, ¿no es más bien en un sentido opuesto?
Sabemos muy bien cómo debemos sacudir nuestra pereza, estimularnos a fin de afrontar las dificultades, renovar sin cesar nuestro esfuerzo de atención, vencer las tentaciones de facilidad: la de registrar simplemente las nociones y la del funcionamiento rutinario de nuestra razón; es difícil aplicarnos y hacerlo para penetrar realmente lo que está en causa. Dicho de otra manera, si hay una
virtud del estudio en sí mismo, parece que tendría que ser una especie  de coraje. Ahora bien, no contento con querer que efectivamente haya una, santo Tomás hace de ella precisamente un freno de la curiosidad ¿No es extraño? Desde el momento que uno permanece sabiamente en los límites que corresponden al estudio, ¿puede equivocarse al querer conocer cada vez más? Todos los grandes espíritus estimulan nuestro espíritu. San Agustín nos grita: Intellectum valde ama, ―Desea
mucho comprender‖, y: ―Busca como quien debe encontrar; encuentra como quien debe buscar todavía‖. El mismo  santo Tomás murió antes de los cincuenta años agotado por el exceso de trabajo.
Todo se aclarará si comprendemos radicalmente la malicia de la curiosidad. Entonces veremos cuánta moderación hace falta para integrar el estudio a la vida y que es esa misma moderación la que debe presidir este estudio.

 

 

 

I. EL VICIO DE LA CURIOSIDAD


La curiosidad, el más radical de los vicios

 

Lo que nos ocupa, es nada menos que la opción más radical que solicita al hombre: ¿en su vida dará él la primacía real a la inteligencia o al amor? La pregunta es tan grave que debemos ver bien cómo se plantea en su última profundidad y la malicia de la curiosidad nos va a ocupar la mayor parte de este artículo.
Cuando uno la profundiza, la cuestión, en apariencia anodina, de la sobriedad, toma de pronto una apariencia inesperada: vemos surgir allí el riesgo de conceder, en la vida, la primacía a lo imaginario. Las cuestiones de la templanza en la comida y la sexualidad están dominadas por el riesgo –célebre– de dar la primacía a los sentidos. Ahora bien, la libido sciendi es más radical en el hombre y sin duda le es más funesta, cuando está desordenada, que la exaltación de su imaginación, sus concupiscencias sensuales y aún su temor a la muerte.

 

Nada más radical, porque nada es más íntimo al espíritu y nada hay tampoco a lo cual el espíritu esté más inclinado naturalmente. La autosuficiencia es la tentación propia del espíritu, porque éste está hecho para darse razón de lo que concibe.  Tomarse por norma absoluta le es, pues, un movimiento natural, decidiendo por sí mismo y sin otra instancia, los fines y los caminos para alcanzarlos. El pecado  principal, el de Adán, fue hacerse ―árbitro del bien y del mal (Gn 3,5), ―volverse el principio de su propia conciencia moral..., decidir sobre su bien y su mal en función de sus deseos y sus gustos... hacer de la escala de sus deseos la escala de sus valores. Ahora bien,
este pecado ha retornado a su raíz intelectual; la malicia por excelencia, que es comportarse como causa primera y fin último de sí mismo, no deja de incitar a la inteligencia a ejercer sin ninguna norma superior la posesión de sí misma: la disposición de su mirada, el desarrollo de su discurso.
―El pecado de conocimiento‖ es por eso uno de los mitos eternos de la humanidad: Psyjé quiere ver a Eros dormido, enciende su lámpara, y una gota de aceite cae sobre el amante divino que se despierta y desaparece para no volver. Orfeo, después de haber arrancado a Eurídice al dios de los muertos, se vuelve para verla y la pierde para siempre. La mujer de Lot se da vuelta para ver arder las ciudades malditas y se transforma en estatua de sal. El único árbol del que estaba prohibido comer en el paraíso es el de la Ciencia.

 

La Revelación ilumina este enigma inquietante. La ―ciencia‖ culpable y nefasta –y falsa ya en sí misma, según la exigencia plena del espíritu– es la del ―Bien y del Mal‖ o dicho de otro modo, como lo hemos recordado, la que procede de la pretensión de decidir a su gusto sobre el Bien y el Mal. En sí mismo, el conocimiento no es malo. Pero para que se vuelva benéfico y para  que sea espiritualmente recto es necesario que se desenvuelva bajo la atracción del fin que Dios asigna al destino espiritual. Como se ha dicho admirablemente, ―para toda la Biblia, conocer es entrar en una
gran corriente de vida y de amor que ha brotado del corazón de Dios y que conduce a él. Cuando se trata de realidades espirituales o del significado profundo de cualquier cosa, no se  tiene su sentido,  como significación ―según la Verdad total‖, sino cuando se va en su  sentido,  como dinamismo orientado: este  sentido va, de hecho, a Dios. Es necesario ―hacer la Verdad para reconocer la luz y para acogerla. El insensato es el que habla de Dios y de todo lo que se relaciona con Dios, fuera del sentido de Dios.

 

 

Darle su sentido al saber


Por supuesto, los conocimientos que provienen ―del orden de los cuerpos‖, como dice Pascal, lo que constatan nuestros sentidos, las comparaciones que hacemos entre estas constataciones, sus combinaciones indefinidas, los razonamientos que ordenan las nociones, en todo esto, por supuesto, la inteligencia tiene todo lo necesario para desarrollar un prodigioso saber, desbordando la capacidad de miles de cerebros y construyendo una poderosa civilización técnica. Pero, ¿le da su sentido, según el destino real del hombre?...
En esta empresa, los errores que se cometen solamente a nivel ―del orden de los cuerpos son poca cosa en relación al carácter doblemente insensato de este conocimiento. En primer lugar, en sí mismo, este saber no es más que un  tener. Se  adquieren nociones. Simple como es, el espíritu debería integrarlas a su ser, y esta integración dado que está destinada al infinito, no tendría razón de ser sino en virtud del sentido de ese destino, en el movimiento del don de sí a la Verdad. Por el

contrario, si pone su fin en el interés de esas cosas cuyas nociones adquiere, su apertura infinita no tiene otro efecto que el de hacerle multiplicar indefinidamente la búsqueda de nuevas nociones; las mira una y otra vez, y otras más, con la avidez insaciable de un mirón. Fuera de la luz que viene de la Verdad, que es de hecho el Bien infinito, el Amor eterno, fuera del movimiento del amor que responde a esa animación, la curiosidad presenta entonces esta primera perversión de ser esencial e
indefinidamente posesiva, de ser una forma de la  concupiscencia de los ojos. Sin duda, el simple análisis fenomenológico dará cuenta de ello; la fe da de entrada la ultima  palabra al corazón simple. Agreguemos que en esto, como en todo, pero aquí en el principio mismo, poseer es ser poseído: la persona se exilia de sí, se ausenta de la ―verdadera vida‖ en la multitud de las cosas.

 

A esta forma viciosa de la curiosidad le sigue otra: en este régimen, la mirada espiritual no se dispone más que para aquellas nociones que la cautivan, colocadas, por otra parte por la razón en el estado que le convienen para que pueda pasar de una a otra, discurrir sobre ellas, abstrayéndolas de su sentido profundo, vital. La inteligencia usa solamente del poder que tiene de poner en marcha su función propiamente  racional de abstracción, de juicio y de razonamiento, fuera del sentido
verdaderamente espiritual de las realidades en causa. Ella deja que este sentido se embote, y aun se obnubile completamente. Los éxitos sorprendentes que obtienen las ciencias cuyos objetos son susceptibles de medida y en sus aplicaciones técnicas, la incitan a correr por ese camino, amplio como el universo, pero donde todo la distrae tanto de las alturas del espíritu como de las profundidades del drama humano, de lo que san Pablo llama ―la miseria presente‖ (1 Cor 7,26).
Cuando las realidades espirituales vuelven a aparecer en  el espíritu, éste solamente las puede concebir de aquel modo y le parecen irreales y absurdas. Esta es la razón principal por la que la fe se pierde en un mundo donde todo tiende a reducirse al régimen de las racionalizaciones. Régimen ciertamente inevitable, pero en el cual le corresponde al espíritu guardar su consistencia y su apertura en virtud de su orientación, en lugar de dejarse cautivar por lo que Kierkegaard llama ―lo
interesante, –la ―vanidad, según la Biblia: los intereses que no están dirigidos al fin eterno, que perecerán con lo perecedero.

Cuando uno reflexiona sobre estas dos perversiones que entraña el hecho de que en la vida se dé una primacía real de la inteligencia sobre el amor, nos preguntamos si no es una lógica muy profunda la que hace surgir, a propósito de esta curiosidad, bajo la pluma de santo Tomás, un principio que había dejado implícito a lo largo de sus tratados sobre la fortaleza y la templanza:
―Para que el hombre llegue a ser virtuoso, debe cuidarse de las cosas a las cuales más lo inclina la naturaleza‖ –sobreentendiendo, evidentemente, en la medida en que la inclinación es desordenada. La pereza para aprender, las dificultades que hay que vencer provienen de las condiciones a las que está sometido el espíritu por su condición encarnada, mientras que el exceso en la libido sciendi es una inclinación propia del mismo espíritu. Esta es la razón profunda por la cual la virtud que
debe presidir el estudio es más bien una templanza que una forma de coraje.
Esta inclinación natural, por fastidiosa que sea, puede no ser moralmente culpable. Es una de esas disposiciones malas, innatas y luego inveteradas, que gravan la voluntad por efecto del pecado original y de las influencias sufridas. Solamente se vuelve culpable cuando se cede más o menos a ella, ―mortal‖ cuando uno pone realmente su fin ultimo en el saber. En cualquier saber, por otra parte: no solamente en un estudio de las cosas perecederas que uno no refiere a Dios, sino también
en aquellas cosas de Dios  –Sagrada Escritura, teología– que se dejan en estado ―temático puramente nocional, que no se vivifican con el sentido de Dios.

 

 

“La ciencia infla”


Por supuesto, el orgullo y la vanagloria son fácilmente de la partida. El orgullo porque es la malicia radical; la vanagloria porque el saber con el que uno se  satisface –en el sentido etimológico de esta palabra, que significa que uno hace bastante– es esencialmente un tener que se infla de suficiencia. Así hay que decir a menudo que la ―ciencia infla, scientia inflat (1 Cor 8,1).
Pero, por frecuente que sea esta hinchazón, su evidencia es tan grosera que debería hacerla evitar.
Ella no está en la naturaleza misma del conocimiento, muy por el contrario. Es la traición del mismo. No hay ningún saber que por naturaleza no vuelva modesto, tan pequeño se es delante de cualquier verdad, y la estudiosidad aparece como una especie de humildad. Lo vemos en todos los sabios, por lo menos en la línea de su competencia propia, en el estricto ejercicio de esa competencia –porque ¡qué revanchas se toma también en ellos la vanagloria! En la línea misma del
estudio, la tarea de la virtud no es refrenar el orgullo o esa vanagloria, sino más bien esta curiosidad, que yo he oído definir tan bien por el P. Quelquejeu: ―El modo de ser de aquél que busca poseer alguna cosa sin ser, que no es capaz de permanecer en el ser.
Esta curiosidad viciosa resuena en múltiples desórdenes. Siguiendo a santo Tomás anotemos:
  — la desvergüenza de la inteligencia que se entrega a estudios por los cuales se experimenta atractivo mientras que se descuidan los que requieren la vocación, el estado;
  la preferencia que por sobre la sabiduría se concede a la seducción de los maestros falaces y de los medios intelectuales que perturban el juicio, desarrollando una mentalidad sofística o materialista. (Tendría que caer de su peso que el espíritu, en forma proporcional a su poder, que vamos a evocar inmediatamente, debe aprovechar los estímulos y las luces que pueden llegarle aún de las fuentes más detestables, pero con la condición de que haga su obra de discriminación; el vicio
que estigmatizamos es el de una enfeudación a maestros o a tendencias, a sistemas de pensamiento cuya inspiración es falsa; así, por ejemplo, uno debe aprovechar la crítica de Marx y todos sus aportes positivos, pero no se puede ser seriamente marxista y cristiano);

  la presunción que lleva a emprender estudios demasiado elevados para los pocos dones intelectuales que uno ha recibido;
  — la excitación de la sensibilidad,  ávida de experimentarlo todo y de gozar de todo: ella disipa el sentido espiritual en el juego de las imágenes; es inútil, ¿no es cierto? insistir sobre la frecuencia de esta desviación en nuestra civilización del ―audio-visual‖, y del turismo apresurado, donde la multitud de impresiones sensibles aparta del verdadero conocimiento que ella debería informar.

 

 

Actualidad del riesgo de la intemperancia intelectual

Agreguemos el gusto por las afirmaciones aventuradas, tanto más perentorias cuanto más aventuradas son. Hoy, se las llama a menudo ―búsquedas‖, sobre todo cuando arruinan las certezas de principio en virtud de las cuales las búsquedas necesarias podrían ser serias y fructuosas. La mayoría de las veces, proceden de resentimientos contra las caricaturas de la verdad que se han podido recibir de maestros mediocres, o contra la manera tonta en la que uno mismo ha creído, en una etapa superada de su formación, comprender las verdades que ahora se contestan. En la inmensa adolescencia de un mundo que  no puede integrar los descubrimientos, los inventos, las concepciones nuevas en las que abunda, estas deformaciones del conocimiento son inevitables, forzosamente numerosas, y pueden ser desastrosas. Es necesario velar sin cesar para no incurrir en ellas y caer bajo su maleficio. Nuestra civilizaciónnos incita a ellas por todas partes al estar totalmente bajo el régimen de la publicidad y de las evidencias inmediatas. La publicidad constituye el clima psicológico de la vanagloria, que cuenta entre sus ―hijas‖, como lo ha visto muy bien san
Gregorio, a la jactancia, la disputa, la obstinación, el afán de las novedades. Las evidencias inmediatas hacen que se pierda el gusto de las realidades espirituales: ese vacío interior, que es la forma más insidiosa de la antigua  acedia, se compensa con la ―diversión‖ (en el sentido pascaliano), de la manera más desastrosa para el progreso en la verdad. Santo Tomás describe sus efectos, comentando la enumeración que hace de ella san Isidoro de Sevilla. (Esperemos que este no sea en absoluto nuestro retrato).

 

II. LA VIRTUD GENERAL DE LA ESTUDIOSIDAD

 

 

Comprendemos pues, que el estudio exige esencialmente refrenar la  curiosidad  malsana, que ésta puede arruinar todo el edificio espiritual y, en consecuencia, que la virtud de la  estudiosidad tendrá un papel primordial. Tendrá mucho que hacer y material abundante. Nuestro primer asombro es sustituido ahora por el de ver esas realidades tan desconocidas. Antes, uno se contentaba con ―santificar el estudio‖ con algunas oraciones. Hoy reina el optimismo que alienta toda avidez de la inteligencia y de la imaginación. Se impone toda una rectificación espiritual en el arte de saber.
El mejor camino para reflexionar sobre ello es, sin duda, después de haber visto las cosas en profundidad, considerarlas en toda su amplitud. El estudio propiamente dicho, la ocupación gracias a la cual uno adquiere metódicamente una ciencia o un arte, no es más que el caso privilegiado de lo que designa en general la palabra latina studium, aplicación atenta y viva del espíritu a todo lo que debe conocer, aunque no se trate más que de las medidas que debe tomar para hacer un trabajo manual.
Corremos el riesgo de confundir esta actividad de conocimiento, diversificada indefinidamente en el transcurso de la vida en informaciones, reflexiones, atención a mil cosas, con la de la virtud de la prudencia en su primer paso, que es aconsejarnos con nosotros mismos y con los que pueden esclarecernos. El entrecruzamiento, de seguro, es estrecho, pero cuando se trata de decidir lo que se debe hacer, la búsqueda de los conocimientos debe estar polarizada por la singularidad del caso,
mientras que aquí tenemos en vista la aplicación a todo lo que nos interesa, independientemente de lo que requiere una acción determinada, nos interrogamos acerca de toda curiosidad virtuosa.
¿De dónde le viene la medida? Evidentemente del fin que se persigue. Es necesario que el fin de toda nuestra actividad de conocimiento (ver una hermosa película, hacer un viaje, leer un libro, comprender el funcionamiento de una máquina) esté de acuerdo, de la manera más orgánica, con la persona que se entrega a ella. Reconocemos aquí la distinción clásica que se debe hacer entre el fin de una obra –por ejemplo, construir este armazón para techar esta casa– y el fin del que hace la obra –el carpintero trabaja para ganarse la vida–: finis operis y finis operantis. Es precisamente por el lado del fin, en el dinamismo vital que él orienta, que se encontrará el principio de integración de las operaciones de conocimiento, que es un problema tan grave. Es muy grave porque la  verdad sólo dirige al espíritu, mientras que la vida humana está dirigida por el bien. Esto no significa que la verdad y el bien no se identifiquen en lo absoluto y que toda verdad no sea un bien para el espíritu.
Pero, además de que la imperfección propia de cada espíritu humano lo obliga a disponer las verdades en serie, a no ocuparse seriamente sino de las que puede asimilar, de manera que no todas ellas son buenas para él, en lo concreto, el bien de la persona total, según su vocación, en su situación, no es una abstracción, es una ―verdad de la vida‖, principio último del valor humano de los actos de puro conocimiento como de todos los otros actos. Se buscaría en vano reglas
impersonales para moralizar la curiosidad; no las encontraremos ni en los objetos de conocimiento, ni en el modo del mismo. Las vocaciones son muy diversas. Hay que saber cuál es el sentido de la vida humana, el de  tal  vida. Si se lo ignora, nada pondrá remedio a los males que hemos observando. Por el contrario, si se descubre ese sentido, si éste asegura su imperio, una conciencia leal discernirá poco a poco la naturaleza y la gravedad de las desviaciones que ella ni sospechaba, y las direcciones en las cuales se deben orientar sus intereses y las grandes constantes que deben
presidir esos programas de vida que hay que establecer y que la variación de las  circunstancias obligan a revisar más o menos. El carácter convencional de lo que se dice en general y la arbitrariedad con que se aplica a los casos personales, son demasiado evidentes a aquellos a quienes tratamos de predicar. Lo que más falta es precisamente lo más decisivo: el despertar al sentido personal de la vida, y luego, en la vida, la fidelidad a ese impulso, orientado con vigor y rectitud. El solo constituye, en un mismo movimiento, la grandeza y la modestia de una vida. Su grandeza,
porque no hay ninguna vida humana cuya significación no sea de una grandeza infinita; su modestia, en la medida que la conciencia de esa grandeza lleva consigo la de carecer de ella y también la de la pequeñez de las cosas que hay que hacer con grandeza. Si reconsideramos con este espíritu, una tras otra, las desviaciones de la funesta curiosidad, ellas aparecen como algo ilógico en una vida realmente orientada en su sentido, según su  vocación. En principio, entonces, esta vida debe reabsorberlas progresivamente.
Al final, la estudiosidad ya no tendría sin duda un objeto propio en tanto que virtud moral. Su papel de templanza sería inútil debido a esa reabsorción. Su papel de fortaleza, de valor, de estímulo para sobrepasar las dificultades del conocimiento, estaría asegurado por la misma curiosidad, convertida en virtud, esa ardiente curiosidad que merecen los objetos de este conocimiento. ¿Qué pasiones están en juego en la curiosidad, puesto que es buena? Distinguimos en ella todas las que se
dirigen al bien: radicalmente el amor a la verdad y luego el  deseo de saber, reforzado contra las dificultades por la  esperanza y la  audacia y finalmente dilatado por la  alegría en la verdad alcanzada. Los que han llegado a ser espirituales no necesitan más motor que estas mismas pasiones para aplicar el espíritu al conocimiento. Es tan importante representarse este maravilloso concierto –sí: tenerlo ya presente en el corazón, en estado de tendencia efectiva– como estar advertido de la malicia y los males de la curiosidad en su agitación indiscreta.

 

 

III. LA ESTUDIOSIDAD PROPIAMENTE DICHA

 

En estas perspectivas, vemos fácilmente que la calificación  moral corresponderá al estudio propiamente dicho, es decir, a la aplicación metódica, regulada técnicamente, del espíritu que adquiere una competencia en un sector determinado del conocimiento..
Dado que el estudio es una actividad técnica, con el tecnicismo del pensamiento, dado que, como lo recordábamos, sólo la verdad dirige al espíritu, la moralidad propia del estudio será poner al espíritu en las condiciones de poder reconocer puramente su  bien en la  verdad que persigue con aplicación, y un bien que se refiere vitalmente a su bien pleno. Que la virtud moral de la estudiosidad sea el freno de la curiosidad desviada, quiere decir, en el fondo, que para que nuestro estudio tenga su rectitud moral, nos basta superar lo que lo saca de eje con respecto al sentido de nuestra vida total; sólo entonces, pero ahora con toda simplicidad, el camino está abierto, no tiene más que marchar según sus propias leyes: entonces será moral sin preocuparse de su moralidad.
Se desconoce de tal modo la malicia y los males que acarrea la curiosidad malsana que debemos ponernos en guardia con respecto a ella, como lo hemos hecho, y cada uno de nosotros precisamente en las formas particulares que tiene de ceder a ella en los estudios a los cuales se entrega. Pero si estamos sobre aviso, si nos cuidamos continuamente de ella, si en nuestros estudios estamos animados de una mística de templanza, no será defendiéndonos contra los males que hemos advertido cómo ejerceremos mejor la función de freno con respecto a ellos: si cumplimos verdaderamente las condiciones que acabamos de mencionar y esto es muy fácil– los dos principios más eficaces para que nuestro estudio se integre a nuestra vida y adquiera valor moral, serán la orientación efectiva de nuestra vida en el  sentido de nuestra vocación y la técnica misma del estudio. Había pues algo exacto en nuestro primer sentimiento: que no hay necesidad de una virtud especial de la estudiosidad. Pero esto es así solamente gracias a una rectificación general y profunda.

 

 

El tecnicismo del estudio, factor de santidad

Esta técnica, que varía indefinidamente de un estudio a otro y que, se sobreentiende, no es moral por naturaleza, no solamente exige,  existencialmente, de quien la aplica como corresponde una singular virtud y se convierte, en las vocaciones intelectuales, en el ejercicio privilegiado de todas las virtudes, sino que además no hay vida que, en su totalidad, no saque provecho de ella. Me parece que este beneficio se experimenta precisamente gracias al  temple que recibe el alma,
obligada a identificar en ella fortaleza y templanza, en la exactitud de la aplicación a los objetos de interés en la intensa lucidez de la atención.
En cuanto a la exactitud, no tenemos más que observar lo que significa en una vida la honestidad intelectual: qué disciplina personal exige para no pretender más que aquellas verdades a las cuales se tiene derecho, a las cuales se les da toda la seriedad que requieren; los esfuerzos que cuesta esta honestidad, tan rara por lo demás, y luego los riesgos que supone para aquel que se atreve a ver lo que ve. El es ―llevado a donde no quería ir‖ (Jn 21,18). Por poco que se aplique a los datos actuales de cualquier cuestión, los factores en causa sobre los menores puntos parecen tan
contradictorios que no puede ser honesto sin encontrarse muy pronto tironeado por los dos extremos. La grandeza ha sido siempre la presencia simultánea en los extremos, con la moderación que se esfuerza por ―llenar lo que queda entre los dos‖: en el mundo de hoy son tales los extremos a los que uno por honestidad intelectual está obligado a dirigirse al mismo tiempo, que muy pronto ella resulta trágica.
En cuanto a la atención, ella requiere la paciencia. El P. Chenu ha dicho, hace ya mucho tiempo: ―Hay que conservar la paciencia intelectual en la impaciencia del amor‖. Cada uno de nosotros ha hecho la experiencia expresada por Simone Weil: ―Hay algo en nuestra alma que rechaza la verdadera atención mucho más violentamente de lo que la carne rechaza la fatiga. Simone Weil describiendo esa atención verdadera constataba sobre todo en ella una negación de sí ante la verdad,
aún más, una paciencia, lo que constituye una fortaleza, pero reteniendo su precipitación, lo que constituye una forma de templanza, velando para no creerse ―prematuramente colmada‖ y para ―desasirse y retomarse como se inspira y se expira‖. Ella asignaba al estudio, a cualquier estudio, en toda vida, este fin: la educación de la atención receptiva, disponible, en vista de la calidad de la oración y del verdadero encuentro con el prójimo.

 

Estas pocas anotaciones bastarían para hacer sentir que, si la técnica intelectual es un factor de santidad, lo es en virtud del impulso vital que le aplica quien va en el sentido querido por Dios.
Necesitaríamos ahora disponer de tiempo para reconsiderar, una tras otra, las diversas formas de curiosidad malsana y veríamos que no solamente se reabsorben, sino que la fidelidad generosa a la vocación exalta la inteligencia en todas sus líneas, en favor de la primacía real que asegura al amor.
Esto será fácil de verificar. Por supuesto, el impulso de todo el ser debe, a la vez, abrir hacia la sabiduría todo saber y respetar lo que cada dominio tiene de específico. Y por supuesto también, no produce sus beneficiosos efectos sino cuando es una santa ―violencia‖, un ―hambre y sed‖, cuando consagra al Reino de Dios la misma pasión que los ambiciosos de aquí abajo consagran a lograr su éxito, por el cual se equipan de conocimientos y de cualificaciones. Esta hambre y sed de santidad torna ―vehemente‖ la aplicación del espíritu. No ya por sombrío ―deber de estado‖,
como se dice, o como se decía antes, sino por la connaturalidad viva que asegura el amor, desde lo más íntimo del corazón a lo más profundo de las realidades a las cuales lo llama el Dios de amor.
Durante el tiempo del estudio, esta connaturalidad, renovada indefinidamente, facilita la concentración de toda la savia de la vida sobre los objetos de la atención. Evidentemente es el amor el que desarrolla las principales cualidades del discípulo que santo Tomás, en su clase inaugural como maestro de teología, caracterizaba así: ―La humildad, para someterse a la disciplina; el recto sentido para juzgar bien; la fecundidad del espíritu, gracias a la cual le basta oír pocas cosas para evocar muchas‖. La sabiduría en la que el sentido espiritual, la ratio superior, despertada por el amor, abre el saber, es indefinidamente interrogativa. El impulso vital nos dilata porque, conforme a la voluntad de Dios, es la atracción del fin eterno. Confiere a nuestra curiosidad libertad en el andar y hasta jovialidad. Gracias a él, en todos los elementos de la vida se identifican estudio y juego. Esta dilatación del corazón llama al espíritu, y el saber respira la alegría de la verdad, tiende, por austero que pueda ser, hacia el ―alegre saber‖ y la ―sobria ebriedad.
De este modo la vida de grandeza y de moderación alcanza, por el estudio, una de sus más bellas cimas.

 

PIE-R. REGAMEY, OP

Francia

 

Traducción: Hna M. Eugenia Suárez, osb
Abadía de Santa Escolástica, Argentina