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viernes, 30 de noviembre de 2012

San Pablo no fue “neo-con”

 

 

 

 

Hay en los primeros años de la vida de la Iglesia católica un suceso que ha pasado a la historia con el nombre de Incidente de Antioquia porque fue en aquella ciudad de Siria donde los dos Apóstoles, Pedro y Pablo, protagonizaron un enfrentamiento público del que, además, el segundo dejó constancia escrita en su carta a los Gálatas II, 11-21.

 

El problema venía de atrás y sus raíces son perfectamente comprensibles si tenemos en cuenta la composición étnico-religiosa de la primera cristiandad. En su mayoría se trataba de judíos convertidos, en no pocos casos del fariseísmo, y apegados, por tanto, a las prácticas de la Ley mosaica, cuyo cumplimiento estricto pretendían se impusiera a los conversos procedentes del paganismo, también llamados gentiles, como condición sine qua non para formar parte del nuevo pueblo de los redimidos.

La exigencia en cuestión era tan comprensible, por las razones étnicas citadas, como disparatada. No sólo por la repugnancia que a los gentiles inspiraba la circuncisión sino –sobre todo– porque se ponía en cuestión la suficiencia de la Obra de Cristo para la salvación de la humanidad toda vez que ésta era inalcanzable para quien no uniera la observancia de los preceptos de Moisés a los del Redentor.

Por eso, desde un principio las mentes más lúcidas y autorizadas se opusieron a ella rotundamente. San Pedro –el mismo que había bautizado al incircunciso centurión Cornelio [Act. X]– en su discurso del primer Concilio de Jerusalén dirigiéndose a los partidarios de imponer a todo convertido la ley mosaica concluirá así:

“…¿por qué tentáis a Dios queriendo imponer sobre el cuello de los discípulos un yugo que ni nuestros padres ni nosotros fuimos capaces de soportar? Pero por la gracia del Señor Jesucristo creemos ser salvos nosotros, lo mismo que ellos” [Act. XV, 10-11] .

 

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Sin embargo en un momento posterior al Concilio, según el sentir general de los historiadores, y en un lugar distinto, precisamente Antioquia, iba a mostrar Pedro una conducta en desacuerdo con lo que él mismo había enseñado y practicado.

Aquella era la ciudad en que por vez primera se había denominado “cristianos” a los seguidores del Crucificado [Act. XI, 26], en lo que algunos autores ven un indicio del espíritu universal de dicha comunidad. Pero, al llegar grupo de los llamados “partidarios de la circuncisión” comenzó el Jefe del Colegio Apostólico a apartarse del trato, y especialmente de la mesa, de los cristianos antioquenos procedentes del paganismo y, por tanto, no circuncisos.

Esta conducta de Pedro no implica necesariamente por su parte un desfallecimiento en su fe en la suficiencia de la Obra de Cristo pero sí una debilidad ante la presión de un grupo influyente al que quiso complacer de esta manera. Esto, ciertamente escandalizó a los conversos de la comunidad antioquena, y provocó la violenta reacción –y alguno de los párrafos más elocuentes- de su compañero de Colegio Apostólico Pablo de Tarso.

El relato de Gálatas II, 11-21 es bien explícito:

“…en su misma cara le resistí (a Pedro), porque se había hecho reprensible. Pues antes de venir algunos de los de Santiago, él comía con los gentiles; pero, en cuanto aquellos llegaron,  se retraía y apartaba, por miedo a los de la circuncisión…”Y más adelante le increpa: “¿por qué obligas a los gentiles a judaizar?… si por la Ley (de Moisés) se obtiene la justicia, en vano murió Cristo”

Y por toda la conducta posterior de los dos protagonistas del incidente público podemos no afirmar pero sí suponer con fundamento que la reacción, al menos la definitiva, del interpelado Pedro ante la voz airada de Pablo no fue muy distinta de la que algunos años antes provocó en él otro sonido que, aun siendo de origen animal, se hundió en lo más íntimo de su alma pues le hizo ver de nuevo que había fallado a su Señor.

En ambas ocasiones la reacción de San Pedro nos le hace tan cercano y amable como para inspirarnos la necesaria devoción a su persona y a su función en la Iglesia sin las que un católico no puede ser tal:

“Los tiempos posteriores han sido más sensibles y angustiosos en la cuestión de la autoridad. Pero en un principio no fue así. ¿No había dicho el divino Maestro: “El que de vosotros es el mayor, hágase servidor de todos…No os dejéis llamar doctores y maestros: uno es vuestro Maestro: Cristo”…Nadie en Antioquia lo tuvo por una indigna humillación de San Pedro” [J. Holzner, San Pablo, Barcelona, Herder 1986,  156].

Y el resultado providencial del incidente fue la drástica superación de la amenaza que pesaba sobre la primera comunidad cristiana: quedar reducida a la condición de una secta judaica.

 

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Trasponer tal cual lo sucedido entonces a nuestro tiempo sería caer en un anacronismo “del sentimiento y del juicio”[Ibid.]. Pero tampoco es justo caer en el extremo contrario y olvidar que esto no sólo sucedió de hecho sino que además se escribió para enseñanza y consuelo de las generaciones cristianas.

Digan lo que digan los componentes de la vasta gama de los llamados católicos neo-conservadores, el ser hijo sincero de la Iglesia de Cristo no exige aprobar el beso papal al Corán, el nombramiento de Müller para la Congregación de la Doctrina de la Fe o la inclusión de un “hijo de la Viuda” entre los miembros de la Pontificia Academia de la Ciencia.

Al menos, visto lo visto, no creemos que San Pablo lo hubiera aprobado.

 

Fuente: Tradición Digital.

+La Corona de Adviento+

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Algunos de ustedes recordarán los párrafos siguientes publicados el año pasado. En estos días me han llegado varias preguntas sobre el tema. Es esta una tradición que por fortuna a vuelto a resurgir en los últimos años, pero a pesar de ello, no siempre se cuenta con una catequesis que permita comprender acabadamente este signo. Por ello que me parece prudente reiterar esta publicación, con unos ligeros retoques.
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El Adviento es un tiempo de preparación con una doble característica: recuerda la primera venida del Hijo de Dios y preanuncia su segunda venida en la gloria. Es tiempo de espera activa, de deseo, de oración, de evangelización, de alegría.

.Entre las tradiciones que la piedad popular ha unido al Adviento, encontramos el Árbol de Navidad, el Pesebre, las procesiones de Adviento, la Novena de Navidad o de Aguinaldo, y la Corona de Adviento.

.A esta última dedicamos este artículo. Ella es fruto,de la tradición católica y del anhelo de los cristianos de solemnizar sus rezos durante este tiempo de "espera", en el que la oración debe intensificarse. Cercanos ya al inicio del Adviento, el próximo domingo, es mi deseo recordar esta antigua costumbre, de tal modo, que los que lo deseen, puedan armar una corona en sus hogares. De este modo, podrán tener un "signo externo", que en la intimidad de sus casas acompañe su oración, en consonancia con la liturgia de la Iglesia.

.La Corona de Adviento consiste en una corona de ramos verdes, adornada con cintas, flores y frutos de la estación, sobre la cuál se colocan cuatro cirios. Estos cirios representan los cuatro domingos del Tiempo de Adviento y se van encendiendo uno cada domingo. Pueden ser de cualquier color, sin embargo tradicionalmente son tres de color morado o violeta (los que corresponden a los domingos primero, segundo y cuarto) y uno de color rosa (el correspondiente al tercero). Esta distribución y el color es reflejo de la liturgia de este tiempo, en el que se utilizan los ornamentos morados.

.El color rosa corresponde al tercer Domingo de Adviento o Domingo de Gaudete. Para este día, el Misal prescribe los ornamentos rosados, que reflejan el "Gozo" que impregna la liturgia de este Domingo. Sin embargo, por razones prácticas o por no disponer de los ornamentos rosados, pueden usarse los morados. Mismo criterio puede aplicarse para la vela de la corona.

.Refiriéndose a la Corona de Adviento, el Directorio de piedad popular y liturgia dice:" La colocación de cuatro cirios sobre una corona de ramos verdes, se ha convertido en un símbolo del Adviento en los hogares cristianos.

.La Corona de Adviento, cuyas cuatro luces se encienden progresivamente, domingo tras domingo hasta la solemnidad de Navidad, es memoria de las diversas etapas de la historia de la salvación antes de Cristo y símbolo de la luz profética que iba iluminando la noche de la espera, hasta el amanecer del Sol de Justicia (cfr. Mal 3, 20; Lc 1, 78)."


Los lectores se preguntarán como hacer que la Corona de Adviento, no se convierta en un signo "vacío". La respuesta es simple: este signo externo debe ir acompañado de la oración. ¿Cómo hacerlo? Pues bien, no hay un formulario establecido o una "liturgia" especial para encender los cirios.

.¿Que podemos hacer entonces? Antes que nada, el primer domingo de Adviento se puede pedir a un sacerdote que bendiga la corona o al menos, llevar a bendecir los cirios. En segundo lugar, es importante acompañar el encendido de cada vela con una oración. Para la "inauguración" de la Corona, sería más que oportuno colocar una imagen de la Virgen, junto a la cuál haya una vela de la que tomar la lumbre para encender la vela de la Corona, el primer Domingo. Posteriormente la vela de la Virgen, puede retirarse y dejar durante todo el Adviento la imagen de la Virgen. También puede ponerse cerca la imagen de San José.


.De mil maneras, se puede asociar el signo de la Corona a la oración. Una primera opción, muy sencilla, es acompañarla con el rezo del Avemaría o recitando la jaculatoria: "Ven Señor Jesús". Otra puede ser, hacer la lectura del Evangelio del Domingo correspondiente, a lo que puede agregarse la Oración Colecta de la Misa. Esto puede ser repetido todos los días de la semana con las lecturas y oraciones de los días correspondientes. En los últimos días, puede hacerse la Novena de Navidad.

.Un dato importante: las velas se encienden sólo para acompañar la oración y no se dejan ardiendo para que se consuman. La idea es que a medida que se acerca la Navidad haya más luz en la Corona. Por ello, la oración no debe ser muy larga, para conservar las velas hasta el fin del Adviento. Así, por ejemplo, si queremos rezar el Rosario junto a la Corona, será oportuno encender los cirios que correspondan solo en una parte de él, por ejemplo al final, durante la Salve o el Angleus.

.Otro aspecto a tener en cuenta es ir encendiendo los cirios por orden. Es decir, el primer Domingo se encenderá el primero, que puede volver a encenderse durante la primera semana. El segundo domingo se encenderá la primera vela, y con la luz de esta la segunda: así habrá dos velas encendidas. Lo mismo vale para los restantes días.

En la Noche Buena, podemos dejar encendidas las cuatro velas hasta que se consuman, y con esa luz, encender una vela blanca junto al Pesebre o la imagen del Niño Jesús, a las 12. Este acto, sería oportuno acompañarlo con una pequeña oración o un canto.

Explica el Bendicional Romano: La "Corona de Adviento" o "Corona de las luces de adviento", es un signo que expresa la alegría del tiempo de preparación a la Navidad. Por medio de la bendición de la corona se subraya su significado religioso.

.La luz indica el camino, aleja el miedo y favorece la comunión. La luz es un símbolo de Jesucristo, luz del mundo. El encender, semana tras semana, los cuatro cirios de la corona muestra la ascensión gradual hacia la plenitud de la luz de Navidad. El color verde de la corona significa la vida y la esperanza.

La corona de Adviento es, pues, un símbolo de la esperanza que la la luz y la vida triunfarán sobre las tinieblas y la muerte. Porque el Hijo de Dios se ha hecho hombre por nosotros, y con su muerte nos ha dado verdadera vida.



A continuación reproducimos el rito de bendición de las velas, tomado del Rituale Romanum, para uso del sacerdote o diácono al momento de bendecirlas.
Benedictio candelarum

V. Auditorium nostrum in nómine Dómini. R. Qui fecit caelum et terram.
V. Dominus vobíscum. R. Et cum spíritu tuo.
Oremus
Domine Jesu Christe, Fili Dei vivi, bene + dic candélas istas supplicatiónibus nostris: infúnde eis, Dómine, per virtútem sanctae Cru + cis, benedictiónem caelestem, qui eas ad repelléndas ténebras humáno géneri tribuísti; talénque benedictionem signáculo sactae Cru + cis accípiant, ut quibuscúmque locis accénsae, sive pósite fúerint, discédant príncipes tenebrárum, et contremíscant, et fugiant pávidi cum ómnibus minístris suis ab habitatiónibus illis, nec praesúmant ámplius inquietare, aut molestáre serviéntes tibi omnipoténti Deo: Qui vivis et regnas in saécula saeculórum. R. Amen.
(El aspergantur aqua benedícta)



Nichán Eduardo Guiridlian Guarino
contacto@juventutem.com.ar

jueves, 29 de noviembre de 2012

Ponencia del Subsecretario de la Congregación para el Culto Divino

 

ferrer

 

El sitio de internet de la Federación Mundial de las Obras Eucarísticas de la Iglesia ofrece una muy interesante ponencia de Mons. Juan Miguel Ferrer Grenesche, Subsecretario de la Congregación para el Culto Divino y Disciplina de los Sacramentos, con ocasión del 50° aniversario de la Federación Mundial de las Obras Eucarísticas de la Iglesia, Valencia, España, Nov-24-2012. De ella citamos un pequeño fragmento (énfasis originales).  

 

En lo más estrictamente litúrgico y pastoral se verificó una “coagulación” litúrgica en la Misa. Toda la vida de piedad se centró en la celebración eucarística. Desaparecen en tantos lugares las adoraciones eucarísticas, las novenas y sermones autónomos. Todo pasó a celebrarse con la Misa. Y se produjo, en muchas comunidades cristianas, casi un olvido de otras formas de culto eucarístico. Es cierto que en 1973 (21 junio) se publicó el ritual de la Comunión y el Culto eucarístico fuera de la Misa, con interesantes aportaciones sobre la adoración eucarística fuera de la Misa y sobre la organización de los congresos eucarísticos. Pero también es cierto que en estos años de controversia doctrinal en torno al Augusto Sacramento, con tantas clarificaciones doctrinales de los Papas, tanto el nuevo Misal (1970) como este Ritual eliminan diversos gestos y signos de adoración presentes en la liturgia desde las controversias eucarísticas medievales: 1º se reduce mucho en la Misa la posición de los fieles de “estar de rodillas” (y en algunas comunidades llega, arbitrariamente, a suprimirse del todo), 2º se suprime ante la custodia lagenuflexión doble y en la Misa se reducen también mucho las genuflexiones del sacerdote y de los ministros del altar (llegando en algunos casos a desaparecer, contra norma, todas las genuflexiones reemplazadas, en el mejor de los casos, por inclinaciones profundas, o no tan profundas); y en el momento de comulgar se comienza por tolerar la comunión “de pié”, (hasta eliminar casi universalmente los comulgatorios), para pasar luego a eliminar la comunión “de rodillas”, sustituida por un signo de veneración poco explicado, genuflexión o inclinación previas, (que terminan por ser prácticamente ignoradas), y, finalmente se pasa a autorizar la comunión “en la mano”, con una forma antigua, respetuosa y cuidada, pero que se va imponiendo hasta obligar a los fieles a comulgar de este modo, en algunos momentos (caso de los decretos ilegítimos de varias Conferencias Episcopales con ocasión del la misteriosa epidemia de “gripe A”, no hace tanto tiempo), y descuidando en muchos casos el modo, que se convierte en rutinario y poco reverente, en no algunos casos, (esto sin tocar el tema de los abusos de una Eucaristía no distribuida, sino “tomada” –autoservicio- que se han dado y aun se dan en ciertas comunidades). Todo esto, lo “normal” y lo “abusivo”, no deja de ser extraño y ajeno al común actuar de la Iglesia, que siempre venía reforzando en la liturgia las oraciones y gestos que podían defender la fe frente a los errores doctrinales que amenazaban al pueblo cristiano, aquí, en este caso, fue todo lo contrario.

 

Para seguir leyendo el documento completo click aquí.

 

Visto en Secretum Meum Mihi

miércoles, 28 de noviembre de 2012

EL TIEMPO DE ADVIENTO

Preparación de la Encarnación

1. Significado del Adviento.

—"En el sagrado tiempo de Adviento la Iglesia despierta en nuestra conciencia el recuerdo de los pecados que tristemente cometimos; nos exhorta a que, reprimiendo los malos deseos y castigando voluntariamente nuestro cuerpo, nos recojamos dentro de nosotros mismos con piadosas meditaciones, y con ardientes deseos nos movamos a convertirnos a Dios, que es el único que puede, con su gracia, librarnos de la mancha del pecado y de los males, que son sus consecuencias."

 

2. Origen y razón de ser del Adviento. El Adviento (del latín: adventus, "advenimiento", "llegada"), es un tiempo de preparación para el Nacimiento de Jesucristo, en Belén, y representa los cuatro mil y más años que estuvieron los antiguos aguardando y suspirando por la venida del Mesías.

La institución del Adviento como tiempo preparatorio para Navidad, data, en España, de fines del siglo IV, según consta por un canon del concilio de Zaragoza celebrado el año 380, y en el resto de Occidente, de principios o mediados del siglo V.

Vino entonces como a reafirmar la doctrina de los concilios de Éfeso y Calcedonia, proclamando el dogma de las dos naturalezas, divina y humana, en la persona de Jesucristo, contra la herejía cristológica de Nestorio y Eutiques, y a dar mayor relieve en la Liturgia al misterio de la Encarnación y al de la Maternidad de la Virgen.

Hoy día comienza el Adviento el domingo más cercano a la fiesta de San Andrés (30 de noviembre), o sea, entre el 27 de noviembre y el 3 de diciembre, y abarca, por lo tanto, tres semanas completas y parte de la cuarta.

Al principio varió su duración según las liturgias y los países, notándose una tendencia casi general a equiparar el Adviento con la Cuaresma, en el tiempo y aun casi en el rigor. En las Galias y en España, por ejemplo, y en rito ambrosiano, empezaba el Adviento el día de San Martín (11 de noviembre), y se prescribían como obligatorios para los fieles, dos, tres y hasta cuatro ayunos semanales y casi diarios para los monjes. La disciplina actual sólo prescribe el ayuno con abstinencia el miércoles, viernes y sábado de las IV témporas, y la Vigilia de Navidad , y en muchos países, en virtud de Bulas e Indultos particulares tan sólo sobrevive el último. Asimismo, para semejarlo todavía más con la Cuaresma, en los últimos días se cubrían las imágenes y altares, igual que en Pasión.

Por asociación de ideas, a la primera venida de Jesucristo a la tierra, en carne mortal, une la Iglesia el pensamiento de la segunda, al fin del mundo; y, en consecuencia, el Adviento viene a resultar una preparación a ese doble advenimiento del Redentor.

En este concepto tiene este período litúrgico una puerta que mira al pasado y otra al porvenir; de un lado, tiene por perspectiva los millares de años durante los cuales la humanidad esperaba a su Redentor, de otro los siglos que han de transcurrir hasta la hora del cataclismo postrero, en el que ha de zozobrar nuestro planeta" . Cada uno de estos dos advenimientos sugiere a la Liturgia ideas y sentimientos peculiares, que ella expresa con soberana elocuencia e inflamados acentos. Para preparar el primero traduce las ansias y suspiros cada vez más crecientes de las generaciones del Antiguo Testamento, y para prevenir el segundo, alude de vez en cuando al juicio final o alguna de sus circunstancias.

Pero, además de prepararnos el Adviento para el nacimiento histórico de Jesucristo y para el Juicio Final, nos revela cada año al Cristo de la promesa, es decir, al Cristo de los Patriarcas y de los Profetas, al Deseado de los collados eternos, y estrecha nuestras relaciones íntimas con el Cristo místico, cuya venida y completo reinado en las almas prepara también .

El Cristo de la Promesa es el que llena toda la historia y todos los libros del A. Testamento, Aquél en quien creían, a quien esperaban y a quien, sin conocer, amaban todos los justos de Israel. Aludiendo tan a menudo a Él, la liturgia de Adviento nos pone en comunicación de fe, de esperanza y de amor con todas las generaciones creyentes que nos han precedido, y nos persuade de que somos de la descendencia espiritual de Abrahán y herederos legítimos de la Sinagoga.

El Cristo místico es el Cristo viviendo en las almas y reproduciendo en ellas los fenómenos de su vida divina, haciendo de los cristianos otros cristos. Cada Adviento tiende a producir en nosotros un acrecentamiento nuevo de este Cristo místico.

 

3. Carácter del Adviento. Considerado a través de la Liturgia, el Adviento, por lo mismo que recoge las ansias e inquietudes de las pasadas generaciones y los entusiasmos y regocijos de las nuevas ante la venida del Salvador, es una mezcla de luz y de sombra, de alegría y de tristeza, de angustiosa incertidumbre y de seguro bienestar. Y este doble aspecto se descubre a cada paso en los textos de la Misa y del Oficio, y también en algunos detalles exteriores de la Liturgia.

La tristeza está más bien dibujada en algunos rasgos exteriores del culto, como son: el empleo en los domingos y ferias de Adviento, de los ornamentos morados, y de las casullas plegadas, o planetas, en lugar de majestuosas dalmáticas; la supresión de los floreros, del órgano, del "Gloria in excelsis", del "Te Deum", del "Ite missa est", y de las bodas solemnes.

Todos estos son indicios indudablemente, de alerta preocupación y tristeza, comunes al Adviento y a la Cuaresma, pero el objeto de uno y otro período litúrgico los diferencia radicalmente, como bien lo manifiesta el uso diario, en Adviento, del festivo aleluya, nunca permitido en Cuaresma. El carácter de penitencia, que algunos recalcan por demás, le vino al Adviento, en el siglo VII, de la influencia del ayuno monástico, no de su propia esencia y espíritu. Pues de suyo lo repetimos—, es una temporada de recogimiento y de santa y confiada expectación.

 

4. Etapas del Adviento. Desde el Papa Nicolás I, en el siglo IX, el Adviento consta de cuatro semanas, cuyos domingos son "estacionales". Cada dominica tiene su Misa y Oficio propios y hermosísimos, y señala un notable avance hacia el venturoso suceso de Belén. La silueta del Redentor se va perfilando de semana en semana, y adquiriendo nuevos matices y relieves, hasta que, al fin, se le ve aparecer en carne mortal. Paralelamente se va proclamando cada vez más alto la virginal Maternidad de María.

El más célebre de estos domingos es el III, llamado "Gaudete" (alégrate) por la primera palabra del Intróito, y porque traduce a maravilla el espíritu de la liturgia en este día, que es de extraordinaria alegría.

En él suspende la Iglesia todas las manifestaciones exteriores de luto, vistiendo a sus ministros de color rosa y de dalmáticas, engalanando con flores los altares y tañendo el órgano. En las etapas del Adviento, señala este domingo el punto culminante del progresivo ascenso a Belén. Con ser el equivalente al domingo "Laetare", IV de Cuaresma, no suscita en los fieles tanta alegría como aquél; pero es porque tampoco se hace sentir tanto su ausencia, ya que la tristeza de Adviento es muy moderada y obedece a muy distintas causas, como hemos dicho.

Como a medio camino del Adviento, interpónense las IV Témporas (miércoles, viernes y sábado de la III Semana), que son las que con sus ayunos y abstinencias imprimen a la temporada un cierto tinte de austeridad y penitencia.

Eran éstas las Témporas más importantes del año y las únicas en que, en la antigüedad, se celebraban las Ordenaciones. El miércoles era muy célebre en la Edad Media por su Evangelio "Missus est", que inmortalizó San Bernardo con sus cuatro popularísimos sermones sobre las alabanzas de María. En él se proclamaban ante el pueblo los candidatos para las Ordenaciones.

Pero la más amena y alentadora de todas es la etapa última, que abarca del 17 al 25, y que, con su repertorio de antífonas propias, a cada cual más vibrante, nos pone al Salvador ocho días antes de nacer, casi al alcance de la mano: "Ecee veniet, dice, Ecce jam venit, De Sion veniet, Egredietur Dóminus, Constantes estofe", etc., y con la fiesta de la Expectación, al menos en España 5, nos en vuelve anticipadamente en un ambiente de cuna.

 

5. Las "Antífonas O".—Entre las Antífonas que, del 18 al 26 de diciembre, resuenan en los Oficios del Adviento, las más solemnes y más célebres son las llamadas "Grandes Antífonas", o "Antífonas O", por empezar todas con esa exclamación. Son como las últimas explosiones de las fervientes plegarias de Adviento, y los últimos y más apremiantes llamamientos de la Iglesia al suspirado Mesías.

Según Amalario de Metz, estas Antífonas son de origen romano, y probablemente datan del siglo VII. Fueron, en un principio, siete, ocho, nueve, y a veces, hasta diez y más ; pero desde Pío V se fijó en siete su número. En cada una llámase al Mesías con un nombre distinto: Sabiduría, Adonai, Oriente, Rey, Emmanuel (Dios con nosotros). Han sido vaciadas todas en un mismo molde literario y traducidas a una misma melodía musical, siendo, bajo ambos aspectos, composiciones clásicas. En las catedrales y monasterios, entónenlas cada día un canónigo o un monje distinto, revestido de pluvial y entre ciriales y repiques de campanas.

Antiguamente, al menos en las abadías, después del Abad y del Prior las entonaban por su orden: el monje jardinero, el mayordomo, el tesorero, el preboste y el bibliotecario, en atención a la afinidad que creían hallar entre cada uno de esos títulos y sus respectivos cargos. Servíanse de viejos cantorales, iluminados con miniaturas y perfiles simbólicos. Todo este aparato y el significado mismo de las Antífonas, llevaban a las Vísperas de estos días numerosos fieles, que mezclaban sus voces con las del clero y así disponían progresivamente sus corazones para las alegrías de Navidad.

Algún liturgista hace notar que las letras iniciales de estas Antífonas, invertidas, forman un ingenioso acróstico de dos palabras: ERO CRAS (estaré mañana), que es como la respuesta atenta del Divino Emanuel a esos siete llamamientos de la Iglesia.

 

Hélo aquí:

 

ES> E mmanuel... veni!     V
TA> R ex... veni!              E
RE> O riens... veni!          N
MA> C alvis... veni!          V
ÑA> R adix... veni!           E
       A donai... veni!         N
NA> S apientia... veni!

 

6. La Vigilia de Navidad. El Adviento se clausura el 24 de diciembre con una solemne Vigilia que en la Liturgia, lo mismo que en la vida hogareña y social, es como el alboreo de la Pascua, la sonrisa inicial del Divino Infante, y el primer repique del interminable campaneo que ha de estallar en la "Misa del Gallo", al oír cantar a los Ángeles: "¡Gloria a Dios en las alturas, y en la tierra paz a los hombres de buena voluntad!".

Esta Vigilia es posterior a la fiesta de Navidad. A diferencia de todas las demás Vigilias, ésta es de alegría y de alborozo; no obstante que, por no infringir las leyes litúrgicas, no se usa todavía en la Misa "Gloria" ni los ornamentos blancos, y persiste la obligación del ayuno .

En el Oficio de Prima, en los coros de las catedrales y de los monasterios, se canta hoy con pompa inusitada la Kalenda o anuncio de la Navidad, según el Martirologio. El cantor, revestido de pluvial morado y entre ciriales encendidos, inciensa el libro, y comienza el cómputo en recto tono, pero muy solemne, hasta llegar al anuncio mismo del Nacimiento del Señor, en que sube de tono y cambia de melodía.

Reza así el anuncio: "En el año 5199 de la Creación del "mundo, cuando al principio creó Dios el cielo y la tierra; " en el 2957 del diluvio; en el 2015 del nacimiento de "Abrahán; en 1510 de Moisés y de la salida del pueblo " de Israel de Egipto, en el 1032 de la unción del rey " David, en la semana 65 de la profecía de Daniel; en " la Olimpíada 194; en el año 752 de la fundación de " Roma, en el 42 del imperio de Octavio Augusto; estando "todo el orbe en paz; en la sexta edad del mundo: Jesucristo crista, Dios eterno e Hijo del eterno Padre, queriendo " consagrar al mundo con su misericordiosísimo Advenimiento miento, concebido por el Espíritu Santo, y pasados nueve "meses después de su concepción, nació hecho Hombre, de " la Virgen María, en Belén de Judá." (Se arrodillan todos los circunstantes, y prosigue el cantor en tono más agudo): "Navidad de N. Señor Jesucristo según la carne". (Y continúa el acólito el anuncio de los Santos del día siguiente, empezando por Santa Anastasia, de la que en la Misa de la "aurora" ha de hacerse mañana conmemoración).

Este anuncio de la Navidad del Señor, tan solemne y tan grandioso, se parece bastante al que hace el diácono el Sábado Santo, en el canto "Exúltet", de la Pascua de Resurrección. ¡Lástima que a la casi totalidad de los cristianos se les pase hoy completamente desapercibido!

Al atardecer tienen lugar las primeras Vísperas de Navidad, donde el Salvador aparece como Rey pacífico y magnífico, que viene a tomar posesión de la tierra. "Levantad vuestras cabezas —dice la 5a Antífona—, y ved que se acerca vuestra redención". Sólo falta ya empezar los Maitines de Noche Buena, cuyo Invitatorio dice textualmente: "Nos ha nacido Cristo: venid, adorémosle".

 

Tomado de "La Flor de la Liturgia" del R. P. Azcárate, 5ª Edición 1945, Monasterio de San Benito.

 

Fuente: STAT VERITAS

martes, 27 de noviembre de 2012

+ Nuestra Señora de la Medalla Milagrosa +

Era el 27 de noviembre de 1830, que caía el sábado anterior el primer domingo de Adviento. Yo tenía la convicción de que vería de nuevo a la SS. Virgen y que la vería "más hermosa que nunca"; yo vivía con esta esperanza. A las cinco y media de la tarde, algunos minutos después del primer punto de la meditación, durante el gran silencio, me pareció escuchar ruido del lado de la tribuna, cerca del cuadro de San José, como el roce de un vestido de seda.
Primer cuadro: La Virgen con el globo
Habiendo mirado hacia ese costado, vi a la SS. Virgen a la altura del cuadro de San José. La SS. Virgen estaba de pie, era de estatura mediana; tenía un vestido cerrado de seda aurora, hecho según se dice "a la virgen", mangas lisas; un velo blanco le cubría la cabeza y le caía por ambos lados hasta sus pies; debajo del velo vi sus cabellos lisos, divididos por la mitad, ligeramente apoyado sobre sus cabellos tenía un encaje de tres centímetros, sin fruncido, su cara estaba bastante descubierta. Sus pies se apoyaban sobre la mitad de un globo blanco o al menos no me pareció sino la mitad, tenía también bajo sus pies una serpiente de color verdoso con manchas amarillentas. Con sus manos sostenía un globo de oro, con una pequeña cruz encima, que representaba al mundo; sus manos estaban a la altura del pecho, de manera elegante; sus ojos miraban hacia el Cielo. Su aspecto era extraordinariamente hermoso, no lo podría describir.

De pronto vi anillos en sus dedos, tres en cada dedo; el más grande cerca de la mano, uno de mediano tamaño en el medio y uno más pequeño en la extremidad y cada uno estaba recubierto de piedras preciosas de tamaño proporcionado. Rayos de luz, unos más hermosos que otros salían de las piedras preciosas; las piedras más grandes emitían rayos más amplios, las pequeñas, más pequeños; los rayos iban siempre prologándose de tal forma que toda la parte baja estaba cubierta por ellos y yo no veía más sus pies.

Esta fase fue silenciosa; preparaba la siguiente. El globo desapareció, la Virgen va a cambiar de actitud, a bajar la mirada y teniendo los dedos siempre guarnecidos de anillos con piedras preciosas destellantes, va a hablar a Sor Catalina.

Segundo cuadro: El anverso de la Medalla.


En ese momento en que yo la contemplaba, la SS. Virgen bajó sus ojos mirándome. Una voz se hizo escuchar y me dijo estas palabras:
- Este globo representa al mundo entero, especialmente a Francia... y a cada persona en particular.
Aquí yo no sé expresar lo que experimenté lo que vi.
- La hermosura y el brillo de los rayos tan bellos... son el símbolo de las gracias que yo derramo sobre los que me las piden, haciéndome comprender cuán generosa se mostraba hacia las personas que se las pedían, cuánta alegría experimenta concediéndoselas... Estos diamantes de los que no salen rayos, son las gracias que dejan de pedirme.
En este momento o yo estaba o no estaba, no sé... yo gozaba. Se formó un cuadro alrededor de la SS. Virgen, algo ovalado, en el que se leían estas palabras escritas en semicírculo, comenzando a la altura de la mano derecha, pasando por encima de la cabeza de la SS. Virgen y terminando a la altura de la mano izquierda: ¡Oh María sin pecado concebida, rogad por nosotros que recurrimos a Vos!, escritas en caracteres de oro. Entonces oí una voz que me dijo:

- Haz acuñar una medalla según este modelo, las personas que la llevaren en el cuello recibirán grandes gracias; las gracias serán abundantes para las personas que la llevaren con confianza.

Tercer cuadro: El reverso de la Medalla.

En aquel instante me pareció que el cuadro se daba vuelta. Vi sobre el reverso de la Medalla la letra M, coronada con una cruz, apoyada sobre una barra y, debajo de la letra M los sagrados Corazones de Jesús y de María, que yo distinguí, porque uno estaba rodeado de una corona de espinas y el otro, traspasado por una espada.
Inquieta por saber que sería necesario poner en el reverso de la Medalla, después de mucha oración, un día, en la meditación, me pareció escuchar una voz que me decía:
- La letra M y los dos corazones dicen lo suficiente.
Las notas de la Vidente no mencionan las doce estrellas que rodeaban el monograma de María y los dos corazones. Sin embargo han figurado siempre en el reverso de la medalla. Es moralmente seguro que este detalle ha sido dado de viva voz por la Santa en el momento de las apariciones o un poco más tarde.

Tercera Aparición

El P. Aladel, confesor de Sor Catalina, recibió con indiferencia, hasta se puede decir con severidad, las comunicaciones de su penitente. Le prohibió aún darles fe. Pero la obediencia de la Santa, atestiguada por su mismo Director, no tenía el poder de borrar de su mente el recuerdo de lo que ella había visto. El pensamiento de María y lo que Ella pedía no la dejaban, ni tampoco una íntima convicción de que la volvería a ver.
En efecto, en el curso del mes de diciembre de 1830, Catalina fue favorecida con una nueva aparición, exactamente parecida a la del 27 de noviembre, y en el mismo momento, durante la oración de la tarde. Hubo sin embargo una diferencia notable. La SS. Virgen se apareció no a la altura del cuadro de San José, como la vez anterior, sino cerca y detrás del Tabernáculo.
Sor Catalina debía tener la certeza de que no se había equivocado en el momento de la visión del 27 de noviembre. Recibió nuevamente la orden de hacer acuñar una medalla según el modelo que veía. Termina el relato de esta aparición con estas palabras:
Decirle lo que sentí en el momento en que la SS. Virgen ofrecía el globo a Nuestro Señor, es imposible expresarlo, como también lo que experimenté mientras la contemplaba. Una voz se hizo escuchar en el fondo de mi corazón y me dijo: Estos rayos son el símbolo de las gracias que la SS. Virgen consigue para quienes se las piden

María insistió de una manera muy especial sobre el simbolismo del globo que Ella tenía en sus manos:
- Hija mía, este globo representa el mundo entero, particularmente a Francia y a cada persona en particular. Fíjese bien (dirigiéndose a su Confesor): el mundo entero, particularmente Francia y a cada persona en particular.
Por eso, Sor Catalina acaba su relato con esta exclamación:
¡Oh que hermoso será escuchar decir: María es la Reina del Universo y particularmente de Francia! Los niños gritarán: María es la Reina de cada persona en particular.

Sillón donde se sentó Nuestra Señora en su primera aparación a Santa Catalina, y que se conserva en la Capilla de las apariciones, en julio de 1930.

lunes, 26 de noviembre de 2012

+ La obligatoriedad de la vestidura eclesiástica +

.

Aunque aquí se manifiestan las razones para llevar los trajes clericales, el autor de estas líneas manifiesta la más completa comprensión hacia sus hermanos sacerdotes que no llevan esas vestiduras. Entiendo que mis ideas son difíciles de aceptar por todos aquellos que han sido formados desde el principio en seminarios en los que la idea esencial era de que lo importante es la cercanía con la gente y que, por tanto, todo signo de distinción conlleva separación, alejamiento y, por tanto, un mal cumplimiento del ministerio de ayuda al prójimo.

En este escrito, hablo de los argumentos a favor de los hábitos eclesiásticos, pero no me cuesta entender las razones contrarias a estos argumentos. Yo sostengo la postura aquí expuesta, simplemente porque que entre unas razones y otras, me convencen más las razones a favor del hábito eclesiástico. Pero no juzgo a los que portan ropas seculares habiendo tomado sobre sí un estado clerical. No juzgo, ni lo más mínimo, a los que se revisten de ropas laicales estando consagrados dentro del estado eclesiástico.

Creedme los que leéis estas líneas, no juzgo, no pienso mal, no digo en mi interior: qué sacerdote es éste tan mundano, qué secularizado está, que poco espiritual, qué desobediente. Si alguna vez he sentido la tentación de pensar eso –tentación-, me he contenido. Y si he consentido, me he arrepentido. Por el contrario, siempre pienso que cuando veo a alguien así, que ha sido formado en otra mentalidad. Ni juzgo, ni critico. Quede eso bien claro. He conocido a infinidad de buenos sacerdotes que no vestían de un modo clerical, sino como laicos. Y no sólo sacerdotes buenos, sino también inmejorables, verdaderos hombres de Dios, hombres santos que vistieron como laicos. Indudablemente, el modo en que hemos sido educados influye mucho el resto de nuestra vida.

Habiendo dejado claros mis pensamientos acerca de no juzgar, ante la pregunta si es obligatorio para los clérigos vestir de un modo eclesiástico: la respuesta es sí.

La ley de la Iglesia lo ordena. Y lo ordena con la autoridad recibida de Cristo. Cada clérigo debe vestir de acuerdo a las normas emanadas por su conferencia episcopal.

Pero independientemente de lo que diga la letra de las normas dados por cada conferencia episcopal, el espíritu de la ley universal, el espíritu de la norma dada desde hace más de un milenio, es que los clérigos vistan de un modo diferente al de los laicos.

La cuestión de cómo viste un clérigo no es una recomendación, sino que es una cuestión de obediencia al sentir de la Iglesia.

La razón esencial de esta norma, eso no hay que olvidarlo, es espiritual. Bueno también es recordar que, aun admitiéndose otras opciones aprobadas por la jerarquía, lo específico del traje clerical ha sido siempre el que se tratara de una túnica talar, en recuerdo de la túnica de Nuestro Señor Jesucristo y de sus Doce Apóstoles.

Padre José Antonio Fortea

domingo, 25 de noviembre de 2012

Cardenales, qué, cómo y porqué

 

 

 

A propósito de la creación -sí creación- de seis cardenales el pasado viernes:

 

¿Qué es un cardenal?

Los cardenales son los principales colaboradores del Papa y los encargados de elegir pontífice en el periodo de Sede Vacante. La palabra deriva del latín ‘cardo’ que significa bisagra, o punto de apoyo.

Son nombrados directamente por voluntad del Papa y no por especiales méritos. Por eso se utiliza el verbo ‘crear’ y no ‘nombrar’, como con el resto de cargos.

 

¿Qué es un consistorio?

“El nombramiento de los cardenales es una tarea exclusiva del Papa. No hay ninguna cosa que lo delimite. Naturalmente hay cargos que según la tradición son ocupados por cardenales, como en mi caso, la basílica de San Pablo Extramuros”.

Cuando llega el día, la basílica de San Pedro se viste con sus mejores galas para recibir a los nuevos cardenales. A la ceremonia asiste la gran mayoría del colegio cardenalicio, para dar la bienvenida a sus nuevos integrantes.

 

Consistorio 2012: Las tres clases de cardenales

“Los cardenales están divididos en tres grupos. El primero son los cardenales obispos, que son tan sólo seis. Los cardenales presbíteros son el segundo grupo, la segunda categoría, por decirlo de alguna manera y la tercera, los cardenales diáconos”.

 

Consistorio cardenalicio: Texto integral de la alocución del Papa

 

Fuente: Tradición Digital

Pío XII y la Capa Magna de los Cardenales

 

capa magna

Ayer por la mañana, Benedicto XVI celebró su quinto Consistorio y creó seis nuevos cardenales. Ninguno de ellos es europeo.

Esta circunstancia me hacer recordar un breve documento de Pío XII, publicado hace 60 años, el 30 de noviembre de 1952. Se trata del motu proprio “Valde solliciti”. Con aquel texto, el Papa Pacelli simplificó el atuendo cardenalicio y, sobre todo, pidió a los purpurados que redujeran la cola de la capa cardenalicia (que entonces medía unos 12 metros) y estableció, además, que a partir de entonces se usara alrededor del brazo.

«El Papa corta la cola a los cardenales», dijeron los titulares de los periódicos. Es interesante ver cuáles fueron los motivos del Pontífice para justificar la reducción del fasto y del lujo en la vestimenta. El Papa pedía que los padres cardenales fueran admirados por su preocupación por las necesidades de la gente y no por las dimensiones desmesuradas de la capa.

Esas reglas nunca fueron abolidas, aunque el sucesor de Pío XII, el beato Juan XXIII, concedió a los cardenales que usaran de nuevo la cola, aunque no con las medidas de antes. Lo que sorprende es que en esta especie de “revival” tradicionalista no solo se hayan desempolvado las “magnas capas” y su exhibición, sino que se hubieran fabricado nuevas sin tomar en consideración las observaciones de sentido común que había indicado el Papa Pacelli. En estas imágenes, un obispo hace su solemne ingreso en una Iglesia de Washington, en donde está por celebrar una misa con su enorme capa. En la red se pueden encontrar muchas imágenes y muy elocuentes al respecto.

No tengo nada en contra de las capas ni en contra de los que animan a usarlas con frecuencia, aunque personalmente no las considero indispensables para la Nueva Evangelización, sobre todo porque no se trata de paramentos litúrgicos (pero la mía es solo una opinión). Ya me estoy imaginando las objeciones de los que recuerdan los abusos litúrgicos y el descuido de la vestimenta post-conciliar (en contra de los cuales, las capas serían una reacción saludable). Lo que me pregunto es por qué hay muchos tradicionalistas más tradicionales que la tradición que no se acontentan con el resurgimiento de prendas con sabor renacentista, pero que, al mismo tiempo, parecen ignorar las leyes establecidas al respecto por la autoridad eclesiástica.

 

Post scriptum
Un muy querido amigo tradicionalista me dijo: «Con todos los abusos que se dan en el Novus Ordo, ¿qué importan tres metros de más o de menos en la cola de la “magna capa”?».

ANDREA TORNIELLI
CIUDAD DEL VATICANO

Distribución del Salterio del Breviario Romano

Distribución del Salterio del Breviario Romano
Hora
Domingo
Lunes
Martes
Miércoles
Jueves
Viernes
Sábado
Maitines
1
2
3
8
9
1
9
2
9
3
9
4
10
13
14
16
17
1
17
2
17
3
19
20
29
341
34
2
34
3
36
1
36
2
36
3
37
1
37
2
38
441
44
2
45
47
48
1
48
2
49
1 491
49
2 492
50  49
3
61
65
1
65
2
67
1
67
2
67
3
68
1
68
2
68
3
771
77
2
77
3
77
4
77
5
77
6
78
80
82
1041
104
2
104
3
105
1
105
2
105
3
106
1
106
2
106
3
Laudes I
92
99
62
Dan 3, 57-88 y 56.
148
46
5
28
David
116
95
42
66
Tobías
134
96
64
100
Judith
145
97
89
35
Jerem.
146
98
142
84
Isaías
147
149
91
63
Eccles.
150
Laudes II
50
117
62
Dan 3, 52-57.
148
50
5
28
Isaías
116
50
42
66
Ezequías
134
50
64
100
Ana
145
50
89
35
Moisés
146
50
142
84
Habacuc
147
50
91
63
Moisés
150
Prima
117 (53)
118
1
118
2
23
18
1
18
2
241
24
2
24
3
25
51
52
22
71
1
71
2
211
21
2
21
3
931
93
2
107
Tercia
1183
118
4
118
5
261
26
2
27
391
39
2
39
3
53
54
1
54
2
721
72
2
72
3
791
79
2
81
1011
101
2
101
3
Sexta
1186
118
7
118
8
301
30
2
30
3
40
41
1
41
2
55
56
57
731
73
2
73
3
831
83
2
86
1031
103
2
103
3
Nona
1189
118
10
118
11
31
32
1
32
2
431
43
2
43
3
581
58
2
59
74
75
1
75
2
881
88
2
88
3
1081
108
2
108
3
Vísperas
109
110
111
112
113
114
115
119
120
121
122
123
124
125
126
127
128
129
130
131
132
135
1
135
2
136
137
1381
138
2
139
140
141
1431
143
2
144
1
144
2
144
3
Completas
4
90
133
6
7
1
7
2
11
12
15
331
33
2
60
69
70
1
70
2
761
76
2
85
87
102
1
102
2