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lunes, 6 de febrero de 2012

Monseñor Héctor Aguer recomienda volver a estudiar el Catecismo en el Año de la Fe

 

aguer recortada

 

El arzobispo de la Plata, aseguró en el espacio televisivo semanal que ocupa en el programa Claves para un Mundo Mejor, que se transmite por América TV, que «Hay una tendencia cultural que dice que lo que importa en el caso de la fe es lo que sentimos», pero «lo que sentimos es algo secundario que viene después» y «lo que importa es que nos adhiramos a Cristo, a la persona de Cristo, a la verdad de Cristo, a los contenidos que la Iglesia nos trasmite en su nombre y de allí, entonces, vayamos intentando reflejarlos en nuestra conducta».

 

(Aica) En el marco del Año Internacional de la Fe que celebra la Iglesia Mons. Aguer afirmó que “se trata de ir afianzando convicciones porque la fe es cosa de la inteligencia y de la voluntad. Juega mucho la razón de la fe. Como que es libre, no es un sentimiento irracional, tenemos que adherir a aquello que vemos que es bueno”.

El prelado argentindo señaló que “el beato cardenal Newman decía que creemos porque nos damos cuenta de que es bueno creer y para eso nos ayuda este estudio de los contenidos de nuestra fe. Así que esta es una buena ocasión como para recomendarles, una vez más, volver al Catecismo de la Iglesia Católica".

El arzobispo platense recordó “que este año se cumplen dos décadas de la publicación del Catecismo de la Iglesia Católica y la conmemoración es una oportunidad adecuada para que recordemos la utilidad que tiene este texto” pues “el Catecismo contiene una síntesis, un resumen de todas las verdades de la fe. Esto es muy importante porquela fe no es un mero sentimiento o una emoción religiosa, sino que es una adhesión personal y por tanto de la inteligencia y de la voluntad a Dios y a lo que Dios nos ha revelado en Cristo, aquello mismo que la Iglesia nos trasmite para que nosotros creamos”.

Tras explicar que el texto contiene cuatro partes, propuso también el “Compendio del Catecismo” que publicó Benedicto VXI en 2005, que “nos ofrece definiciones bien concisas de las verdades de la fe, de los sacramentos, de los preceptos de la Iglesia, del camino de la vida cristiana, de la oración, con citas de los Santos Padres, de los teólogos y los doctores de la Iglesia, de los santos aun de los más actuales y de otros autores”.

Monseñor Aguer destacó también que el año pasado se presentó el “Youcat” o Catecismo Joven de la Iglesia Católica, pensado para los jóvenes cuya idea surgió de las Jornadas Mundiales de la Juventud con la intención de que los “chicos y chicas que son la esperanza de la Iglesia del mañana y de la humanidad, en buena medida, tengan también una síntesis de las verdades de la fe”.

“El Papa en el prólogo de este “Youcat” o Catecismo Joven explica que el joven cristiano tiene que conocer con precisión los contenidos de su fe así como el especialista en computación conoce perfectamente el sistema que está empleando o los sistemas que maneja. Así también como un músico tiene que conocer a la perfección la partitura que ejecuta. Los ejemplos son notables porque muestran muy bien la necesidad de que nuestra fe tenga contenido”, indicó el arzobispo de La Plata.

 

Visto en InfoCatólica

+ Los ornamentos de la Misa +


Fotografía: Una Voce San Juan

Los ornamentos con que el sacerdote se reviste pueden recordarnos las insignias con que nuestro Sumo Pontífice fue revestido en el día de su pasión y crueltísima muerte, por este orden; en el amito podemos ver el velo de ignominia con que los sayones cubrieron el rostro adorado del Salvador.
El alba nos recuerda la vestidura blanca con que Herodes vistió al Señor por irrisión y burla. El síngulo, manípulo y estola pueden simbolizarnos los cordeles, sogas y ataduras, con que fue aprisionado Jesús cuando le prendieron, los látigos nudosos y emplomados con que le azotaron.
En la casulla podemos representarnos el manto de púrpura que, por burla, pusieron los soldados al Señor en el pretorio de Pilatos.
El altar y el ara consagrada, representan el monte Calvario y la piedra donde se fijó la cruz. Los corporales y palia nos recuerdan el sudario y Sábana Santa en que fue envuelto el cuerpo del Salvador. Con el cáliz y la patena nos simbolizamos el sepulcro del Señor y la losa con que éste se cerró.
La hostia y el vino, son la materia que, por la transubstanciación se han de convertir en el cuerpo y sangre de Nuestro Señor Jesucristo; y en las velas, podemos ver la luz de la fe con la cual se descubren los ocultos misterios del Santo Sacrificio de la Misa.
Tomado del devocionario: "Camino de la Gloria", ramillete de prácticas piadosas para niños y niñas.

Septuagésima, tiempo de conversión

 

Dgo de Septuagésima - un denario 01 (02)

 

“Señor, me acerco a Ti con vivos deseos de aprender la fidelidad a tus llamadas”
El tiempo de Septuagésima es algo así como el vestíbulo de la cuaresma, el tiempo clásico de la reforma espiritual; por eso la liturgia de este domingo* nos presenta lo que ha de ser nuestro programa si queremos disponernos a una seria y renovada conversión, que nos dé la posibilidad de resucitar después con Cristo en la próxima Pascua.
La colecta de la misa, recordándonos que somos pecadores, nos sugiere pensamientos de profunda humildad: “Ya que justamente somos castigados por nuestros pecados, seamos libertados de ellos por tu misericordia”. Siempre el primer paso hacia la conversión será el reconocer humildemente que la necesitamos. El tibio debe convertirse en fervoroso, el fervoroso en perfecto y éste debe llegar al heroísmo de las virtudes. ¿Quién puede decir que ya no tiene que hacer ningún progreso en la virtud y en la santidad? Cada paso adelante equivale a una nueva conversión a Dios, conversio ad Deum.
San Pablo en su epístola nos estimula a este continuo trabajo espiritual (I Cor. 9,24-27; 10,1-5): para llegar a la santidad y a la gloria del cielo no hay que cansarse nunca de correr y de combatir, como los jugadores que luchan y se fatigan en la liza “para conquistar una corona perecedera, mientras la nuestra será inmarcesible. Yo, por mi parte –dice el Apóstol- corro no como al azar, y lucho no como el que azota el aire; sino que castigo mi cuerpo y lo reduzco a servidumbre”. He aquí el primer punto del programa: lucha generosa para vencernos a nosotros mismos, para vencer el mal y conquistar el bien; abnegación del propio yo mediante la humildad, abnegación del propio cuerpo mediante la mortificación física. El premio será únicamente para quien se esfuerce y luche: corramos, pues, también nosotros para que podamos arrebatar el premio.
Bendice, oh Señor, este nuevo período litúrgico, y haz que, penetrando su espíritu, me prepare con tu ayuda a una seria reforma de mi vida espiritual. Concédeme humildad sincera para reconocer mis miserias y para mirarme tal cual soy delante de ti, sin dejarme engañar por la falsa luz que procede de mi amor propio y que pretende hacerme pasar por mejor de lo que soy. No me desanimaré cuando, puesto en tu presencia, considere mi miseria: “En medio de mis tribulaciones te invoco, oh Dios mío, Y Tú escuchas mi voz desde tu templo santo... Tú eres mi fortaleza, oh Señor, mi apoyo, mi refugio y mi libertador. Tú eres nuestro amparo en las necesidades y tribulaciones; esperen en Ti cuantos te conocen, porque no abandonas a los que te buscan. Desde lo profundo clamo a Ti, Señor; Señor, escucha mi voz. Si consideras, Señor las iniquidades todas, ¿qué quedará en pie? Mas en Ti se halla la clemencia; por tu ley he confiado en Ti, Señor” (Cfr. Misa del Domingo de Septuagésima*)
*Misa del Domingo de Septuagésima: según la Forma Extraordinaria del Rito Romano (Misa Tridentina). Coincide con el antepenúltimo domingo antes del Miércoles de Ceniza.

 

Fuente: Cfr. P. Gabriel de Santa María Magdalena, O.C.D., Intimidad Divina

Visto en: http://arcadei.org/blog/