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jueves, 9 de febrero de 2012

Sobre la oración

 

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“Pedid y se os dará; buscad, y hallaréis; llamad y os abrirán. Porque todo aquel que pide, recibe; y el que busca, halla; y al que llama se le abrirá.”

(Mt. 7 7-8)

 

“Y todo cuanto pidiereis en la oración, si tenéis fe, lo alcanzaréis.”

(Mt. 21, 22)

 

“Por tanto os aseguro que todas cuantas cosas pidiereis en la oración, tened fe de conseguirlas, y se os concederán.”

(Mc. 11, 24)

 

“Estad, pues, alerta, velad y orad, ya que no sabéis cuándo será el tiempo.”

(Mc. 13, 33)

 

“Así os digo yo: Pedid, y se os dará; buscad, y hallaréis; llamad, y se os abrirá. Porque todo aquel que pide, recibe; y quien busca, halla; y al que llama, se le abrirá.”

(Luc. 11, 9)

 

“Propúsoles también esta parábola, para hacer ver que conviene orar siempre y no desfallecer, diciendo: En cierta ciudad había un juez, que ni tenía temor de Dios, ni respeto a hombre alguno. Vivía en la misma ciudad una viuda, la cual se dirigía a él, diciendo: Hazme justicia de mi contrario. Mas el juez por mucho tiempo no quiso hacérsela. Pero después dijo para consigo: Aunque yo no temo a Dios, ni respeto a hombre alguno, con todo, porque no me deja en paz esta viuda, le haré justicia, para que al fin no venga a romperme la cabeza. Ved, añadió el Señor, lo que dijo ese juez inicuo. ¿Y Dios dejará de hacer justicia a sus escogidos que claman a él día y noche, y les hará esperar? Os aseguro que no tardará en vengarlos. Pero cuando viniere el Hijo del hombre, ¿os parece que hallará fe sobre la tierra?”

(Luc. 18, 1-8)

 

“Velad, pues, orando en todo tiempo, a fin de que merezcáis evitar todos estos males venideros, y comparecer ante el Hijo del hombre.”

(Luc. 21, 36)

 

“Y cuanto pidiereis al Padre en mi nombre, Yo lo haré, a fin de que el Padre sea glorificado en el Hijo. Si algo me pidiereis en mi nombre Yo lo haré. Si me amáis, observad mis mandamientos.”

(Jn. 14, 13)

 

 

San Agustín.

“Vete al Señor mismo, al mismo con quien la familia descansa, y llama con tu oración a su puerta, y pide, y vuelve a pedir. No será Él como el amigo de la parábola: se levantará y te socorrerá; no por aburrido de ti: está deseando dar; si ya llamaste a su puerta y no recibiste nada, sigue llamando que está deseando dar. Difiere darte lo que quiere darte para que más apetezcas lo diferido; que suele no apreciarse lo aprisa concedido”.

(Sermón 105).

“Vergüenza para la desidia humana. Tiene El más ganas de dar que nosotros de recibir; tiene más ganas El de hacernos misericordia que nosotros de vernos libres de nuestras miserias”.

(Sermón 105).

“La oración que sale con toda pureza de lo íntimo de la fe se eleva como el incienso desde el altar sagrado. Ningún otro aroma es más agradable a Dios que éste; este aroma debe ser ofrecido a él por los creyentes”.

(Coment. sobre el Salmo 140).

“Si la fe falta, la oración es imposible. Luego, cuando oremos, creamos y oremos para que no falte la fe. La fe produce la oración, y la oración produce a su vez la firmeza de la fe”.

(Incl. en Catena Aurea).

“Puede resultar extraño que nos exhorte a orar aquel que conoce nuestras necesidades antes de que se las expongamos, si no comprendemos que nuestro Dios y Señor no pretende que le descubramos nuestros deseos, pues él ciertamente no puede desconocerlos, sino que pretende que, por la oración, se acreciente nuestra capacidad de desear, para que así nos hagamos más capaces de recibir los dones que nos prepara. Sus dones, en efecto, son muy grandes y nuestra capacidad de recibir es pequeña e insignificante. Por eso, se nos dice: Dilatad vuestro corazón”.

(Carta 130, a Proba).

“Con objeto de mantener vivo este deseo de Dios, debemos, en ciertos momentos, apartar nuestra mente de las preocupaciones y quehaceres que de algún modo nos distraen de él, y amonestarnos a nosotros mismos con la oración vocal; no vaya a ocurrir que nuestro deseo comience a entibiarse y llegase a quedar totalmente frío, y, al no renovar con frecuencia el fervor, acabe por extinguirse del todo”.

(Carta 130, a Proba).

“Lejos de la oración las muchas palabras; pero no falte la oración continuada, si la intención persevera fervorosa. Hablar mucho en la oración es tratar una cosa necesaria con palabras superfluas: orar mucho es mover, con ejercicio continuado del corazón, a aquel a quien suplicamos, pues, de ordinario, este negocio se trata mejor con gemidos que con discursos, mejor con lágrimas que con palabras”.

(Carta 121 a Proba).

“Haz tú lo que puedas, pide lo que no puedes, y Dios te dará para que puedas”.

(Sermón 43, sobre la naturaleza y la gracia).

“Si vas discurriendo por todas las plegarias de la santa Escritura, creo que nada hallarás que no se encuentre y contenga en esta oración dominical (Padrenuestro)”.

(Carta 130, a Proba).

 

 

Santa Teresa de Jesús.

“Sin este cimiento fuerte (de la oración) todo edificio va falso”.

(Camino de perfección, 4, 5).

“No son menester fuerzas corporales para ella, sino sólo amar y costumbre; que el Señor da siempre oportunidad si queremos”.

(Vida, 7, 4).

“No es otra cosa oración mental, a mi parecer, sino tratar de amistad, estando muchas veces tratando a solas con quien sabemos nos ama”.

(Vida, 8, 2).

“Pensar y entender lo que hablamos y con quién hablamos y quién somos los que osamos hablar con tan gran Señor; pensar esto y otras cosas semejantes de lo poco que le habemos servido y lo mucho que estamos obligados a servir, es oración mental; no penséis que es otra algarabía ni os espante el nombre”.

(Camino de perfección, 25, 3).

“Toda la pretensión de quien comienza oración-y no se olvide que esto importa mucho-ha de ser trabajar y determinarse y disponerse, con cuantas diligencias pueda, a hacer su voluntad conforme a la de Dios (...). Quien más perfectamente tuviera esto, más recibirá del Señor, y más adelante estará en el camino”.

(Las Moradas, 11, 8).

 

 

Santa Teresa del Niño Jesús y la Santa Faz.

“Para mí, la oración es un impulso del corazón, una simple mirada dirigida al cielo, un grito de agradecimiento y de amor, tanto en medio de la tribulación como en medio de la alegría. En fin, es algo grande, algo sobrenatural que me dilata el alma y me une con Jesús”.

“¡Qué grande es, pues, el poder de la oración! Se diría que es una reina que en todo momento tiene entrada libre al rey y puede conseguir todo lo que pide”.

“Algunas veces, cuando mi espíritu se encuentra en una sequedad tan grande que me es imposible formar un solo pensamiento para unirme a Dios, rezo muy despacio un “padrenuestro”, y luego la salutación angélica. Estas oraciones, así rezadas, me encantan, alimentan mi alma mucho más que si las recitara precipitadamente un centenar de veces”.

“Comprendo muy bien que San Pedro cayera. El pobre San Pedro confiaba en sí mismo, en vez de confiar únicamente en la fuerza de Dios. Y saco la conclusión de que si yo dijera: “Dios mío, tú sabes que te amo demasiado para detenerme en un solo pensamiento contra la fe”, mis tentaciones se harían más violentas y ciertamente sucumbiría a ellas. Estoy convencida de que si San Pedro hubiese dicho humildemente a Jesús: “Por favor, concédeme fuerzas para seguirte hasta la muerte”, las habría obtenido inmediatamente”.

 

 

Santo Tomás de Aquino.

“Después del bautismo, le es imprescindible al cristiano la continua oración: pues si es verdad que por el bautismo se borran todos los pecados, no lo es menos que en las mismas entrañas del alma nos queda el fómite del pecado, y por defuera el mundo y el demonio nos persiguen a todas horas...Por tanto: del mismo modo que las plantas necesitan del agua para no secarse, necesitamos nosotros de la oración para no perdernos...Un religioso sin oración, es como un soldado sin armas en el campo de batalla.

Nosotros para poder salvarnos, tenemos que luchar y vencer, según aquello de San Pablo: “El que combate en la palestra o en los juegos públicos, no es coronado si no lidiare según las leyes” (2 Tm.2, 5). Pero para luchar y vencer, necesitamos la gracia de Dios, y sin ella no podemos resistir a tantos y tan poderosos enemigos…Pero como resulta que Dios solamente da la gracia a los que se la piden; por tanto, sin oración no puede haber victoria ni puede haber salvación.”

(Antología de textos sobre la oración, Codesal)

 

 

San Alfonso María de Ligorio.

“La vida de todos los Santos ha sido una vida de oración y de plegarias, y todas las gracias, merced a las cuales lograron santificarse, obtuviéronlas con sus oraciones. Si queremos, pues, salvarnos y santificarnos, debemos estar de continuo a las puertas de la Divina Misericordia pidiendo de limosna con fervorosas súplicas cuanto nos sea necesario para ello. ¿Necesitamos humildad? Pidámosla, y seremos humildes. ¿Necesitamos paciencia? Pidámosla, y seremos sufridos. ¿Deseamos amor divino? Pidámoslo, y lo alcanzaremos. Pedid, y se os dará –es la promesa que Dios nos tiene hecha y a la cual no puede faltar.

Para inspirarnos todavía mayor confianza en la oración o plegaria, Jesucristo nos ha empeñado su divina palabra de que todas las gracias y mercedes que pidamos a su Padre Celestial en nombre suyo, o por su amor, o por sus méritos, nos serán indefectiblemente otorgadas: De verdad, de verdad os digo: si algo pidiereis al padre en Mi Nombre, os lo concederá (Jn. 16,23). Y, en otro lugar, el Señor se expresa así: Si algo me pidiereis en Mi Nombre, conviene a saber, por mis meritos, Yo lo haré (Jn. 14,14). En efecto, es de fe que Jesucristo, siendo como es Hijo de Dios, tiene el mismo poder que su Padre Celestial”.

(Dios es Amor)

“Sin oración, según los planes ordinarios de la providencia, inútiles serán las meditaciones, nuestros propósitos y nuestras promesas. Si no rezamos seremos infieles a las gracias recibidas de Dios y a las promesas que hemos hecho en nuestro corazón. La razón de esto es que para hacer en esta vida el bien, para vencer las tentaciones, para ejercitarnos en la virtud, en una sola palabra, para observar totalmente los mandamientos de Dios, no bastan las gracias recibidas ni las consideraciones y propósitos que hemos hecho, se necesita sobre todo la ayuda actual de Dios y esta ayuda actual no la concede Dios Nuestro Señor sino al que reza y persevera en la oración. Lo probaremos más adelante. Las gracias recibidas, las meditaciones que hemos concebido sirven para que en los peligros y tentaciones sepamos rezar y con la oración obtengamos el socorro divino que nos Preserva del pecado, mas si en esos grandes peligros no rezamos, estamos perdidos sin remedio”.

(“El gran medio de la oración”)

 

 

San Pío de Pietrelcina.

“Reza, espera y no te preocupes. La preocupación es inútil. Dios es misericordioso y escuchará tu oración…La oración es la mejor arma que tenemos. Es la llave al corazón de Dios. Debes hablarle a Jesús, no sólo con tus labios sino con tu corazón. En realidad, en algunas ocasiones debes hablarle sólo con el corazón”.

 

 

Sor Lucía de Fátima.

“Alejarse de la oración es alejarse de Dios. El diablo es demasiado astuto y busca nuestros puntos débiles a fin de atacarnos. Si nosotros no estamos aplicados y atentos para obtener de Dios la fuerza, caeremos, pues nuestro tiempo es muy malo y nosotros somos débiles. Sólo la fuerza de Dios puede mantenernos en pie”.

 

 

R. P. Ludovico María Barrielle, C.P.C.R.

“¿Tienen tentaciones? ¡Recen! En ese momento, les advierto, no es raro que el demonio tenga una especie de capricho e intensifique su tentación:

-¡Es inútil! Te poseeré una vez más…Cede y te dejaré tranquilo. Es imposible que te me resistas. ¡Tú lo sabes bien!

No se dejen impresionar. ¡El diablo es un embustero! Es Jesús quien lo dice en el Evangelio de San Juan. Ustedes intensifiquen sus oraciones, que así acabará el demonio por dejarlos. Si los tienta toda la noche, ustedes recen toda la noche. Y si los hace caer, estén decididos a continuar rezando. En caso de necesidad agreguen pequeñas penitencias, arrójenle agua bendita, invoquen a la Santísima Virgen, “María, Terror del demonio”, a San José, a San Miguel Arcángel, etc. En ese momento, cuando el caer les parece inevitable, súbitamente, la tentación pasa. Ya no sienten nada…¿Qué sucedió? El demonio, que no le gusta ser vencido, viéndolos decididos a rezar, se va sin decir nada.

 

 

¡Crean en la oración! ¡Amigos míos, crean en la oración! Jamás insistiremos lo suficiente al respecto. ¡Crean en la oración! Un cristiano jamás dice: “No hay nada que hacer”. Siempre queda el gran remedio de la oración que todo lo puede. Toda la omnipotencia de Dios se pone así en nuestras manos. En el Evangelio se ve que Nuestro Señor tuvo un gran cuidado, el de enseñar a los suyos a orar, pero sobre todo a darles la virtud de la fe en la oración. “Pedid y se os dará; golpead y se os abrirá; buscad y encontraréis”. Y Él lo ha dicho de diferentes maneras: “Todo el que pide, obtiene; y al que toca se le abre; y el que busca encuentra” (capítulos VII de San Mateos, XI de San Marcos, XI de San Lucas y ss. De San Juan).

“¿Qué padre, entre vosotros, si su hijo le pide pan, le dará una piedra? ¿Si le pide pescado, en lugar de pescado le dará una serpiente? ¿O si pide un huevo, le dará un escorpión? Si pues vosotros, aunque malos, sabéis dar buenas cosas a vuestros hijos, ¿cuánto más el Padre dará desde el cielo el Espíritu Santo a quienes se lo pidan?” (Lucas, XI).

 

Y Jesús va todavía más allá en este particular. Nosotros jamás nos habríamos atrevido a llegar hasta allá. Recuerden la parábola del amigo inoportuno: a medianoche, recibe a su amigo que no había comido nada después de la vigilia. Todos los comercios estaban cerrados. Va a tocar a la puerta de su vecino: “Préstenme un pan”. “No, que estamos dormidos”. “No, no están dormidos”. “Que sí, ¡déjanos dormir!” Y continúa llamando a la puerta. Por fin el vecino abre la ventana. “¡Ahí tienes el pan, déjanos dormir!” Y Jesús nos dice: “Haced vosotros así con vuestro Padre celestial”. Adviertan que nosotros jamás nos habríamos atrevido a decir eso, nosotros no, y El lo ha dicho. Y podríamos continuar. A cada instante nos encontramos en el Evangelio esta lección; hasta la última noche, después de la Cena, Jesús les hace el siguiente reproche: “Hasta ahora no habéis pedido nada. Pedid y recibiréis. Todo lo que pidiéreis a mi Padre en nombre Mío, os lo concederá”.

¡Creamos en la eficacia de la oración!

Ustedes conocen la frase de San Alfonso, que deberíamos dejar grabada en las mentes de nuestros niños: “El que reza se salva, el que no reza ¡se condena!” ¿A cuáles de sus hijos encontrarán ustedes en el cielo? A los que rezaron. ¿Cómo puede ser que, con la bondad infinita de Dios, haya quien se condene? ¡Es porque no quieren rezar!

 

 

El que reza se salva, el que no reza se condena. Y San Alfonso añade, en esa joya que es su Pequeño Tratado de la Oración: “Todos los santos están en el cielo porque rezaron mucho. Serían menos santos si hubieran rezado menos, y no estarían en el cielo si no hubieran rezado…”

Recen aún si se encontraran en el fondo del océano y allá nadie se acordara de ustedes. ¡Oren!...No sé cómo lo haría Dios pero yo sé que El vendría en su auxilio. Dije esto en un retiro en Chabeuil y al salir de la capilla, uno de los ejercitantes me dijo: “Padre, eso que usted dice es verdad. ¡Me sucedió a mí!” Y me explicó cómo, sumergido en un lago de Auvernia (no sabía nadar y sus compañeros creían que se había ahogado), tuvo la idea de rezar a la Santísima Virgen. En ese momento, tuvo una sensación de frío bajo los pies, ¡era una piedra! Se llenó de valor y agitó las piernas como pudo y estos movimientos ocasionaron que en la superficie se moviera el agua. Sus compañeros que se encontraban ahí, regresaron…y lo rescataron. ¡Es cierto!

 

 

Sobre este particular, permítanme una confidencia en sentido inverso. Yo he tenido las penas más grandes que un sacerdote puede tener en la tierra. He estado íntimamente relacionado a la apostasía de un número considerablemente grande de hermanos: seminaristas, religiosos y…¡sacerdotes! Bien, hay algo que puedo decir, todos (con algunas excepciones) habían dejado de rezar. Algunos habían dejado de rezar por celo…las almas requieren atención, etc. Otros, por pereza, negligencia, desánimo o vergüenza…¡Todos habían dejado de rezar! En ese momento el demonio los endureció y la catástrofe llegó. “Nemo repente fit pessimus”, como dice San Bernardo, “nadie se hace malo de repente”. Pero lo primero que siempre hace el demonio es lograr que alguien deje de rezar. No más oraciones, lecturas espirituales, rosarios, exámenes, breviario, acciones de gracias, visitas al Santísimo Sacramento, confesiones…misas (incluso el sacrilegio, y esto es muy peligroso), no más devoción a María, etc. En esos momentos están maduros para la catástrofe.

 

 

San Alfonso recomienda, ya que Dios acoge todas las oraciones, pedir todos los días la gracia de rezar siempre. Esa es la razón, entre otras, de que la devoción a María haya salvado a tantos pecadores. La menor oración, Dios la escucha. “Si quis tristetur oret”, dice Santiago, “si alguien está triste, ¡que rece!”Hoc genus demoniorum non icitur, ieiunio et orationes”, dice Jesús hablando del joven lunático, “a este género de demonios –el de la impureza en particular, no los ahuyenta sino el ayuno y la oración” y muchas veces estas palabras de Jesús: “Vigilate et orate”, “vigilad y orad”.

(“Reglas para el discernimiento de los espíritus, tomadas del Libro de Ejercicios Espirituales de San Ignacio de Loyola”, Ediciones Fundación San Pío X).

 

 

Toma de Encuentro en el Bosque.

Publicado por STAT VERITAS

Continuidad litúrgica

 

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La página, de obligada lectura, The New Liturgical Movement, muestra en su última entrada una foto del manuscrito St Gall 339, en la que aparece parte de la Santa Misa celebrada el pasado domingo, festividad de Septuagésima.

 

 

 

 

La peculiaridad es que ese manuscrito es del año 1.000. Si comparamos la dicha Misa con la celebrada el pasado domingo, se puede comprobar fácilmente que es la misma. Ciertamente hay pequeños cambios en la interpretación del canto, no así en el texto.

 

 

 

 

Hoy celebramos la misma Misa que celebraron esos católicos que estaban entrando en el año 1.000.


¿No es maravilloso?

Laus tibi Dómine, Rex ætérnæ glóriæ

 

Fuente: http://siervodelaverdad.blogspot.com

Santa Apolonia, 9 de Febrero

 

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Feliz Día de Santa Apolonia, Patrona de la Odontología!!
Santa Apolonia, Virgen y Mártir
Murió en Alexandria (Egipto) en 249 AD

 

 

Según la tradición, los padres de Apolonia no tenían descendencia a pesar de sus constantes oraciones a sus dioses. Finalmente la futura madre le pidió a la Virgen Santísima que interceda por ellos. Cuando la joven Apolonia conoció las circunstancias de su nacimiento, se hizo cristiana. 

San Dionisio, obispo de Alejandría, fue testigo de la muerte de Apolonia quien era para entonces una diaconesa de edad avanzada. La describió en una carta a Fabio que fue preservada por Eusebio, obispo de Antioquía. 

Estalló una persecución de los cristianos por el populacho pagano de Alejandría en el último año del reino del emperador Felipe. Los cristianos eran arrastrados fuera de sus casas y asesinados, sus propiedades saqueadas.  La persecución comenzó cuando un poeta de Alejandría profetizó desastre por la presencia de los cristianos a los que consideraba impíos por no adorar a los dioses.

La primera víctima fue un anciano venerable llamado Metras o Metrius, a quien trataron de obligar a proferir blasfemias contra Dios. Cuando se negó, lo azotaron, le clavaron astillas de caña en los ojos, y lo mataron a pedradas. 

La siguiente persona que aprehendieron fue a una mujer cristiana, llamada Quinta, a quien llevaron a uno de sus templos para forzarla a adorar al ídolo.  Ella se dirigió al falso dios con palabras de desprecio que exasperaron tanto al pueblo que la arrastraron por los talones por encima del empedrado, la azotaron y le dieron muerte a pedradas.  Por esos días, los alborotadores habían llegado al colmo de su furor. Los cristianos no ofrecían resistencia, sino que se daban a la fuga, abandonando todas sus pertenencias, sin quejarse, porque sus corazones estaban despegados de la tierra. Su constancia era tan general, que San Dionisio no supo de ninguno que hubiera renunciado a Cristo. 

Se apoderaron de Apolonia y la golpearon en la cara, le tiraron todos los dientes, y después, prendiendo una gran hoguera fuera de la ciudad, la amenazaron con arrojarla dentro si no pronunciaba ciertas palabras impías.  Les rogó que le dieran unos momentos de tregua, como si fuera a considerar su posición. Entonces, para dar testimonio de que su sacrificio era perfectamente voluntario, tan pronto como la dejaron libre, se lanzó dentro de las llamas.

Luego descargaron su furia sobre un santo hombre llamado Serapión y lo atormentaron en su propia casa; después lo tiraron de cabeza desde la azotea.

En la mayoría de las regiones de la Iglesia occidental se encuentran iglesias y altares dedicados en honor de Santa Apolonia, pero no se la venera en ninguna iglesia oriental, aun cuando sufrió en Alejandría. 

San Agustín explica por que razón anticipó su muerte.  El santo supone que obró por una dirección particular del Espíritu Santo, porque de otra manera no sería lícito hacerlo; nadie puede apresurar su propio fin. 

Se la invoca contra el dolor de muelas y todas las enfermedades dentales, y se la presenta con un par de pinzas que sostienen un diente o si no, suele distinguirse por un diente de oro pendiente de su collar.

Santa Apolonia intercede por nosotros, para que no cedamos ante el paganismo actual que nos arrastra y nos quiere seducir.  Que tu ejemplo y el de los otros mártires nos de fuerza para ser fieles a nuestro Señor Jesucristo. Amén.

 

www.corazones.org

Papa propone ejercitar la caridad durante el tiempo de Cuaresma

 

Benedicto XVI

Queridos hermanos y hermanas

 

La Cuaresma nos ofrece una vez más la oportunidad de reflexionar sobre el corazón de la vida cristiana: la caridad. En efecto, este es un tiempo propicio para que, con la ayuda de la Palabra de Dios y de los Sacramentos, renovemos nuestro camino de fe, tanto personal como comunitario. Se trata de un itinerario marcado por la oración y el compartir, por el silencio y el ayuno, en espera de vivir la alegría pascual.

Este año deseo proponer algunas reflexiones a la luz de un breve texto bíblico tomado de la Carta a los Hebreos: «Fijémonos los unos en los otros para estímulo de la caridad y las buenas obras» (10,24). Esta frase forma parte de una perícopa en la que el escritor sagrado exhorta a confiar en Jesucristo como sumo sacerdote, que nos obtuvo el perdón y el acceso a Dios. El fruto de acoger a Cristo es una vida que se despliega según las tres virtudes teologales: se trata de acercarse al Señor «con corazón sincero y llenos de fe» (v. 22), de mantenernos firmes «en la esperanza que profesamos» (v. 23), con una atención constante para realizar junto con los hermanos «la caridad y las buenas obras» (v. 24). Asimismo, se afirma que para sostener esta conducta evangélica es importante participar en los encuentros litúrgicos y de oración de la comunidad, mirando a la meta escatológica: la comunión plena en Dios (v. 25). Me detengo en el versículo 24, que, en pocas palabras, ofrece una enseñanza preciosa y siempre actual sobre tres aspectos de la vida cristiana: la atención al otro, la reciprocidad y la santidad personal.

 

1. “Fijémonos”: la responsabilidad para con el hermano.

El primer elemento es la invitación a «fijarse»: el verbo griego usado es katanoein, que significa observar bien, estar atentos, mirar conscientemente, darse cuenta de una realidad. Lo encontramos en el Evangelio, cuando Jesús invita a los discípulos a «fijarse» en los pájaros del cielo, que no se afanan y son objeto de la solícita y atenta providencia divina (cf. Lc 12,24), y a «reparar» en la viga que hay en nuestro propio ojo antes de mirar la brizna en el ojo del hermano (cf. Lc 6,41). Lo encontramos también en otro pasaje de la misma Carta a los Hebreos, como invitación a «fijarse en Jesús» (cf. 3,1), el Apóstol y Sumo Sacerdote de nuestra fe. Por tanto, el verbo que abre nuestra exhortación invita a fijar la mirada en el otro, ante todo en Jesús, y a estar atentos los unos a los otros, a no mostrarse extraños, indiferentes a la suerte de los hermanos. Sin embargo, con frecuencia prevalece la actitud contraria: la indiferencia o el desinterés, que nacen del egoísmo, encubierto bajo la apariencia del respeto por la «esfera privada». También hoy resuena con fuerza la voz del Señor que nos llama a cada uno de nosotros a hacernos cargo del otro. Hoy Dios nos sigue pidiendo que seamos «guardianes» de nuestros hermanos (cf. Gn 4,9), que entablemos relaciones caracterizadas por el cuidado reciproco, por la atención al bien del otro y a todo su bien. El gran mandamiento del amor al prójimo exige y urge a tomar conciencia de que tenemos una responsabilidad respecto a quien, como yo, es criatura e hijo de Dios: el hecho de ser hermanos en humanidad y, en muchos casos, también en la fe, debe llevarnos a ver en el otro a un verdadero alter ego, a quien el Señor ama infinitamente. Si cultivamos esta mirada de fraternidad, la solidaridad, la justicia, así como la misericordia y la compasión, brotarán naturalmente de nuestro corazón. El Siervo de Dios Pablo VI afirmaba que el mundo actual sufre especialmente de una falta de fraternidad: «El mundo está enfermo. Su mal está menos en la dilapidación de los recursos y en el acaparamiento por parte de algunos que en la falta de fraternidad entre los hombres y entre los pueblos» (Carta. enc. Populorum progressio [26 de marzo de 1967], n. 66).

La atención al otro conlleva desear el bien para él o para ella en todos los aspectos: físico, moral y espiritual. La cultura contemporánea parece haber perdido el sentido del bien y del mal, por lo que es necesario reafirmar con fuerza que el bien existe y vence, porque Dios es «bueno y hace el bien» (Sal 119,68). El bien es lo que suscita, protege y promueve la vida, la fraternidad y la comunión. La responsabilidad para con el prójimo significa, por tanto, querer y hacer el bien del otro, deseando que también él se abra a la lógica del bien; interesarse por el hermano significa abrir los ojos a sus necesidades. La Sagrada Escritura nos pone en guardia ante el peligro de tener el corazón endurecido por una especie de «anestesia espiritual» que nos deja ciegos ante los sufrimientos de los demás. El evangelista Lucas refiere dos parábolas de Jesús, en las cuales se indican dos ejemplos de esta situación que puede crearse en el corazón del hombre. En la parábola del buen Samaritano, el sacerdote y el levita «dieron un rodeo», con indiferencia, delante del hombre al cual los salteadores habían despojado y dado una paliza (cf. Lc 10,30-32), y en la del rico epulón, ese hombre saturado de bienes no se percata de la condición del pobre Lázaro, que muere de hambre delante de su puerta (cf. Lc 16,19). En ambos casos se trata de lo contrario de «fijarse», de mirar con amor y compasión. ¿Qué es lo que impide esta mirada humana y amorosa hacia el hermano? Con frecuencia son la riqueza material y la saciedad, pero también el anteponer los propios intereses y las propias preocupaciones a todo lo demás. Nunca debemos ser incapaces de «tener misericordia» para con quien sufre; nuestras cosas y nuestros problemas nunca deben absorber nuestro corazón hasta el punto de hacernos sordos al grito del pobre. En cambio, precisamente la humildad de corazón y la experiencia personal del sufrimiento pueden ser la fuente de un despertar interior a la compasión y a la empatía: «El justo reconoce los derechos del pobre, el malvado es incapaz de conocerlos» (Pr 29,7). Se comprende así la bienaventuranza de «los que lloran» (Mt 5,4), es decir, de quienes son capaces de salir de sí mismos para conmoverse por el dolor de los demás. El encuentro con el otro y el hecho de abrir el corazón a su necesidad son ocasión de salvación y de bienaventuranza.

El «fijarse» en el hermano comprende además la solicitud por su bien espiritual. Y aquí deseo recordar un aspecto de la vida cristiana que a mi parecer ha caído en el olvido: la corrección fraterna con vistas a la salvación eterna. Hoy somos generalmente muy sensibles al aspecto del cuidado y la caridad en relación al bien físico y material de los demás, pero callamos casi por completo respecto a la responsabilidad espiritual para con los hermanos. No era así en la Iglesia de los primeros tiempos y en las comunidades verdaderamente maduras en la fe, en las que las personas no sólo se interesaban por la salud corporal del hermano, sino también por la de su alma, por su destino último. En la Sagrada Escritura leemos: «Reprende al sabio y te amará. Da consejos al sabio y se hará más sabio todavía; enseña al justo y crecerá su doctrina» (Pr 9,8ss). Cristo mismo nos manda reprender al hermano que está cometiendo un pecado (cf. Mt 18,15). El verbo usado para definir la corrección fraterna —elenchein— es el mismo que indica la misión profética, propia de los cristianos, que denuncian una generación que se entrega al mal (cf. Ef 5,11). La tradición de la Iglesia enumera entre las obras de misericordia espiritual la de «corregir al que se equivoca». Es importante recuperar esta dimensión de la caridad cristiana. Frente al mal no hay que callar. Pienso aquí en la actitud de aquellos cristianos que, por respeto humano o por simple comodidad, se adecuan a la mentalidad común, en lugar de poner en guardia a sus hermanos acerca de los modos de pensar y de actuar que contradicen la verdad y no siguen el camino del bien. Sin embargo, lo que anima la reprensión cristiana nunca es un espíritu de condena o recriminación; lo que la mueve es siempre el amor y la misericordia, y brota de la verdadera solicitud por el bien del hermano. El apóstol Pablo afirma: «Si alguno es sorprendido en alguna falta, vosotros, los espirituales, corregidle con espíritu de mansedumbre, y cuídate de ti mismo, pues también tú puedes ser tentado» (Ga 6,1). En nuestro mundo impregnado de individualismo, es necesario que se redescubra la importancia de la corrección fraterna, para caminar juntos hacia la santidad. Incluso «el justo cae siete veces» (Pr 24,16), dice la Escritura, y todos somos débiles y caemos (cf. 1 Jn 1,8). Por lo tanto, es un gran servicio ayudar y dejarse ayudar a leer con verdad dentro de uno mismo, para mejorar nuestra vida y caminar cada vez más rectamente por los caminos del Señor. Siempre es necesaria una mirada que ame y corrija, que conozca y reconozca, que discierna y perdone (cf. Lc 22,61), como ha hecho y hace Dios con cada uno de nosotros.

 

2. “Los unos en los otros”: el don de la reciprocidad.

Este ser «guardianes» de los demás contrasta con una mentalidad que, al reducir la vida sólo a la dimensión terrena, no la considera en perspectiva escatológica y acepta cualquier decisión moral en nombre de la libertad individual. Una sociedad como la actual puede llegar a ser sorda, tanto ante los sufrimientos físicos, como ante las exigencias espirituales y morales de la vida. En la comunidad cristiana no debe ser así. El apóstol Pablo invita a buscar lo que «fomente la paz y la mutua edificación» (Rm 14,19), tratando de «agradar a su prójimo para el bien, buscando su edificación» (ib. 15,2), sin buscar el propio beneficio «sino el de la mayoría, para que se salven» (1 Co 10,33). Esta corrección y exhortación mutua, con espíritu de humildad y de caridad, debe formar parte de la vida de la comunidad cristiana.

Los discípulos del Señor, unidos a Cristo mediante la Eucaristía, viven en una comunión que los vincula los unos a los otros como miembros de un solo cuerpo. Esto significa que el otro me pertenece, su vida, su salvación, tienen que ver con mi vida y mi salvación. Aquí tocamos un elemento muy profundo de la comunión: nuestra existencia está relacionada con la de los demás, tanto en el bien como en el mal; tanto el pecado como las obras de caridad tienen también una dimensión social. En la Iglesia, cuerpo místico de Cristo, se verifica esta reciprocidad: la comunidad no cesa de hacer penitencia y de invocar perdón por los pecados de sus hijos, pero al mismo tiempo se alegra, y continuamente se llena de júbilo por los testimonios de virtud y de caridad, que se multiplican. «Que todos los miembros se preocupen los unos de los otros» (1 Co 12,25), afirma san Pablo, porque formamos un solo cuerpo. La caridad para con los hermanos, una de cuyas expresiones es la limosna —una típica práctica cuaresmal junto con la oración y el ayuno—, radica en esta pertenencia común. Todo cristiano puede expresar en la preocupación concreta por los más pobres su participación del único cuerpo que es la Iglesia. La atención a los demás en la reciprocidad es también reconocer el bien que el Señor realiza en ellos y agradecer con ellos los prodigios de gracia que el Dios bueno y todopoderoso sigue realizando en sus hijos. Cuando un cristiano se percata de la acción del Espíritu Santo en el otro, no puede por menos que alegrarse y glorificar al Padre que está en los cielos (cf. Mt 5,16).

 

3. “Para estímulo de la caridad y las buenas obras”: caminar juntos en la santidad.

Esta expresión de la Carta a los Hebreos (10, 24) nos lleva a considerar la llamada universal a la santidad, el camino constante en la vida espiritual, a aspirar a los carismas superiores y a una caridad cada vez más alta y fecunda (cf. 1 Co 12,31-13,13). La atención recíproca tiene como finalidad animarse mutuamente a un amor efectivo cada vez mayor, «como la luz del alba, que va en aumento hasta llegar a pleno día» (Pr 4,18), en espera de vivir el día sin ocaso en Dios. El tiempo que se nos ha dado en nuestra vida es precioso para descubrir y realizar buenas obras en el amor de Dios. Así la Iglesia misma crece y se desarrolla para llegar a la madurez de la plenitud de Cristo (cf. Ef 4,13). En esta perspectiva dinámica de crecimiento se sitúa nuestra exhortación a animarnos recíprocamente para alcanzar la plenitud del amor y de las buenas obras.

Lamentablemente, siempre está presente la tentación de la tibieza, de sofocar el Espíritu, de negarse a «comerciar con los talentos» que se nos ha dado para nuestro bien y el de los demás (cf. Mt 25,25ss). Todos hemos recibido riquezas espirituales o materiales útiles para el cumplimiento del plan divino, para el bien de la Iglesia y la salvación personal (cf. Lc 12,21b; 1 Tm 6,18). Los maestros de espiritualidad recuerdan que, en la vida de fe, quien no avanza, retrocede. Queridos hermanos y hermanas, aceptemos la invitación, siempre actual, de aspirar a un «alto grado de la vida cristiana» (Juan Pablo II, Carta ap. Novo millennio ineunte [6 de enero de 2001], n. 31). Al reconocer y proclamar beatos y santos a algunos cristianos ejemplares, la sabiduría de la Iglesia tiene también por objeto suscitar el deseo de imitar sus virtudes. San Pablo exhorta: «Que cada cual estime a los otros más que a sí mismo» (Rm 12,10).

Ante un mundo que exige de los cristianos un testimonio renovado de amor y fidelidad al Señor, todos han de sentir la urgencia de ponerse a competir en la caridad, en el servicio y en las buenas obras (cf. Hb 6,10). Esta llamada es especialmente intensa en el tiempo santo de preparación a la Pascua. Con mis mejores deseos de una santa y fecunda Cuaresma, os encomiendo a la intercesión de la Santísima Virgen María y de corazón imparto a todos la Bendición Apostólica.

Queridos hermanos y hermanas

La Cuaresma nos ofrece una vez más la oportunidad de reflexionar sobre el corazón de la vida cristiana: la caridad. En efecto, este es un tiempo propicio para que, con la ayuda de la Palabra de Dios y de los Sacramentos, renovemos nuestro camino de fe, tanto personal como comunitario. Se trata de un itinerario marcado por la oración y el compartir, por el silencio y el ayuno, en espera de vivir la alegría pascual.Este año deseo proponer algunas reflexiones a la luz de un breve texto bíblico tomado de la Carta a los Hebreos: «Fijémonos los unos en los otros para estímulo de la caridad y las buenas obras» (10,24). Esta frase forma parte de una perícopa en la que el escritor sagrado exhorta a confiar en Jesucristo como sumo sacerdote, que nos obtuvo el perdón y el acceso a Dios. El fruto de acoger a Cristo es una vida que se despliega según las tres virtudes teologales: se trata de acercarse al Señor «con corazón sincero y llenos de fe» (v. 22), de mantenernos firmes «en la esperanza que profesamos» (v. 23), con una atención constante para realizar junto con los hermanos «la caridad y las buenas obras» (v. 24). Asimismo, se afirma que para sostener esta conducta evangélica es importante participar en los encuentros litúrgicos y de oración de la comunidad, mirando a la meta escatológica: la comunión plena en Dios (v. 25). Me detengo en el versículo 24, que, en pocas palabras, ofrece una enseñanza preciosa y siempre actual sobre tres aspectos de la vida cristiana: la atención al otro, la reciprocidad y la santidad personal.

 

http://www.obispadozaratecampana.org

Excomulgan a un Sacerdote de la Renovación Carismática en Brasil

 

Obispo de Ilhéus declarar la excomunión del Padre Nildemar Andrade Santos de la Renovación Carismática y Teología de la liberación.

 

Dom Mauro Montagnoli (izquierda) y el P. Nildemar (derecha).

 

Dom Mauro Montagnoli (izquierda) y el P. Nildemar (derecha).

 

 

En los últimos días fue lanzada una "nota de clarificación" de Don Mauro Montagnoli, obispo de Ilhéus, Bahía (Brasil), en la excomunión del Padre Nildemar Andrade Santos, quien abandonó la Iglesia para unirse a la Iglesia Anglicana.

En el documento, los términos que se utilizan son el cisma y la excomunión, ahora olvidados en el vocabulario de la Iglesia, así como pasajes de las Escrituras que rara vez se recuerdan.

el Padre Nildemar, que era conocido por sus "misas carismáticas", fue suspendido a partir de 2011 . Las razones, según el Diario Tribuna de la región : las ambiciones políticas y las cuentas bancarias. El Padre soñaba con ser alcalde de las islas, y fue cortejado por varios partidos, incluso antes de las elecciones de 2008. Terminó en el PSL siendo candidato para el Consejo. El sacerdote fue trasladado finalmente a la Catedral de San Sebastián a Ipiaú, donde se encontró acusado de desviar 70 mil dólares.

 

 

Fratres en Unum.com

Traducción: Google Translate

LIBRO RECOMENDADO: La Reforma de la Liturgia Romana, de Klaus Gamber

 

 

 

 

PREFACIO

A la edición francesa de Klaus Gamber

(Por el Cardenal Oddi)

“La liturgia comprende una parte inmutable, de institución divina, y otras partes sujetas a variaciones, que pueden variar a lo largo de los tiempos, y desde luego deben variar si se han introducido elementos que se corresponden mal con la propia naturaleza de la liturgia” (Concilio Vaticano II, Constitución sobre la liturgia, nº 21).

Tras más de veinte años de post-concilio, la publicación en lengua francesa de los estudios científicos de Mons. Klaus Gamber es un acontecimiento de primera importancia.

Una reforma, por perfecta que se haga, no está jamás exenta de la crítica. ¿No ha llegado el momento de ocuparse de los escritos de ese gran sabio y, con él, preguntarse si estos últimos años no han visto introducirse en la oración de la Iglesia “elementos que se corresponden mal con la propia naturaleza de la liturgia” y consecuentemente deberían ser modificados?

Una cuestión que no dejará indiferente a ningún hijo de la Iglesia.

 

Silvio Cardenal Oddi

El Año de la Fe y la Sagrada Liturgia

 

 

 

Presentamos nuestra (Buhardilla de Jerónimo) traducción de un interesante artículo publicado en el blog “Salvem a Liturgia” sobre la relación entre el próximo Año de la Fe, fuertemente querido por Benedicto XVI, y la Sagrada Liturgia, una de los máximas preocupaciones del actual pontificado.

 

***

 

El Santo Padre proclamó recientemente un Año de la Fe, que comenzará el 11 de octubre de 2012 – 50º aniversario de la apertura del Concilio Ecuménico Vaticano II y 20º aniversario de la publicación del Catecismo de la Iglesia Católica – y culminará en la Solemnidad de Nuestro Señor Jesucristo, Rey del Universo (24 de noviembre de 2013). Se trata de “una invitación a una auténtica y renovada conversión al Señor, único Salvador del mundo” (Carta apostólica Porta Fidei, n. 6), con un énfasis muy fuerte en la catequesis y en la nueva evangelización, como se puede entender por la propuesta del Santo Padre.

 

La elección de la fecha de inicio no es una mera coincidencia, sino más bien “una ocasión propicia para comprender que los textos dejados en herencia por los Padres conciliares, según las palabras del beato Juan Pablo II, «no pierden su valor ni su esplendor. Es necesario leerlos de manera apropiada y que sean conocidos y asimilados como textos cualificados y normativos del Magisterio, dentro de la Tradición de la Iglesia»” (Ibíd., n. 5). Y el Sumo Pontífice recuerda una vez más las palabras del célebre discurso en que comentó, por primera vez como Papa, la cuestión de la hermenéutica del Concilio, de ruptura o continuidad: “Yo también deseo reafirmar con fuerza lo que dije a propósito del Concilio pocos meses después de mi elección como Sucesor de Pedro: «Si lo leemos y acogemos guiados por una hermenéutica correcta, puede ser y llegar a ser cada vez más una gran fuerza para la renovación siempre necesaria de la Iglesia»”

 

¿Qué tiene que ver el Año de la Fe con la Liturgia? ¡Todo! Lex orandi, lex credendi. Y la forma en que se llevan cabo la mayoría de nuestras celebraciones litúrgicas parece indicar al mundo que nuestra fe en nada se distingue de otras “opciones” disponibles en el “mercado” de las religiones, de las sectas y de la auto-ayuda. Pero si realmente creemos en que el Verbo de Dios se hizo carne y habitó entre nosotros, ofreciéndose a sí mismo en sacrificio a Dios Altísimo para rescatarnos de las tinieblas del pecado, y que este sacrificio es perpetuado en el tiempo de forma incruenta por medio del Santo Sacrificio del Altar, es esto lo que nuestras celebraciones litúrgicas – y en especial la Santa Misa – precisan decir. Pienso que es esto lo que el Santo Padre quiso decir al afirmar que “sin la liturgia y los sacramentos, la profesión de fe no tendría eficacia, pues carecería de la gracia que sostiene el testimonio de los cristianos” (Porta fidei, n. 11). Después de todo, ¿de qué sirve decir “yo creo” si no hay una coherencia de vida, tanto en la vida secular como en la vida espiritual? ¿Cómo decir “yo creo” y rezar como si no se creyese o como si no hiciese la diferencia?

 

El Santo Padre nos indica el camino. Conocer y asimilar los textos del Concilio Vaticano II. Y aquí entra la Constitución conciliar Sacrosanctum Concilium sobre la Sagrada Liturgia. El primer documento en ser aprobado por los padres conciliares y ciertamente el primero en ser ignorado en cuanto a su aplicación práctica. Que el Concilio Vaticano II quiso una reforma litúrgica todo el mundo lo sabe: después de todo, es casi uno de los dos únicos puntos del documento que se comentan. Curiosamente, estas personas que se dicen aplicadoras de la reforma litúrgica son las mismas que dicen por ahí que el Concilio abolió el latín, que el Concilio quiso el fin de la celebración orientada (versus Deum, ad orientem).

 

No es nada de eso lo que el Concilio quiso decir en lo referente a la Sagrada Liturgia porque no fue para eso que los 2147 padres conciliares dieron su placet cuando aprobaron el documento. El Papa Benedicto, en el mismo discurso citado anteriormente, califica como peligrosa la hermenéutica de la discontinuidad, que “afirma que los textos del Concilio como tales no serían aún la verdadera expresión del espíritu del Concilio”. Siguiendo la clave hermenéutica del Papa, lo que quiso de hecho el Concilio fue, por sólo citar dos ejemplos:

 

- la conservación del uso del latín en los ritos latinos, dejando más espacio para la lengua vernácula, especialmente en las lecturas y moniciones, en algunas oraciones y cantos (Sacrosanctum Concilium, n. 36);

 

- la primacía del canto gregoriano en la acción litúrgica, como canto propio de la liturgia romana, si bien no se excluyen otros géneros de música sacra, como la polifonía (Sacrosanctum Concilium, n. 116).

Complementando el Motu proprio que promulgó el Año de la Fe, en el pasado 6 de enero, Solemnidad de la Epifanía del Señor, la Congregación para la Doctrina de la Fe publicó la “Nota con indicaciones pastorales para el Año de la Fe”. Algunos puntos que destaco, por estar relacionados directa o indirectamente con la Sagrada Liturgia y la re-sacralización litúrgica que va siendo promovida por el Santo Padre a lo largo de su pontificado:

 

III. En el ámbito diocesano

1. Se auspicia una celebración de apertura del Año de la fe y de su solemne conclusión en el ámbito de cada Iglesia particular, para «confesar la fe en el Señor Resucitado en nuestras catedrales e iglesias de todo el mundo».

2. Será oportuno organizar en cada diócesis una jornada sobre el Catecismo de la Iglesia Católica, invitando a tomar parte en ella sobre todo a sacerdotes, personas consagradas y catequistas. En esta ocasión, por ejemplo, las eparquías católicas orientales podrán tener un encuentro con los sacerdotes para dar testimonio de su específica sensibilidad y tradición litúrgicas en la única fe en Cristo; así, las Iglesias particulares jóvenes de las tierras de misión podrán ser invitadas a ofrecer un testimonio renovado de la alegría de la fe que las distingue.

5. Será oportuno verificar la recepción del Concilio Vaticano II y del Catecismo de la Iglesia Católica en la vida y misión de cada Iglesia particular, especialmente en el ámbito catequístico. En tal sentido, se espera un renovado compromiso de parte de los departamentos de catequesis de las diócesis, que sostenidos por las comisiones para la catequesis de las Conferencias Episcopales, tienen el deber de ocuparse de la formación de los catequistas en lo relativo a los contenidos de la fe.

6. La formación permanente del clero podrá concentrarse, particularmente en este Año de la fe, en los documentos del Concilio Vaticano II y el Catecismo de la Iglesia Católica, tratando, por ejemplo, temas como “el anuncio de Cristo resucitado”, “la Iglesia sacramento de salvación”, “la misión evangelizadora en el mundo de hoy”, “fe e incredulidad”, “fe, ecumenismo y diálogo interreligioso”, “fe y vida eterna”, “hermenéutica de la reforma en la continuidad” y “el Catecismo en la atención pastoral ordinaria”.

 

IV. En el ámbito de las parroquias/comunidades/asociaciones/movimientos

2. El Año de la fe «será también una ocasión propicia para intensificar la celebración de la fe en la liturgia, y de modo particular en la Eucaristía». En la Eucaristía, misterio de la fe y fuente de la nueva evangelización, la fe de la Iglesia es proclamada, celebrada y fortalecida. Todos los fieles están invitados a participar de ella en forma consciente, activa y fructuosa, para ser auténticos testigos del Señor.

3. Los sacerdotes podrán dedicar mayor atención al estudio de los documentos del Concilio Vaticano II y del Catecismo de la Iglesia Católica, recogiendo sus frutos para la pastoral parroquial –catequesis, predicación, preparación a los sacramentos, etc.– y proponiendo ciclos de homilías sobre la fe o algunos de sus aspectos específicos, como por ejemplo, “el encuentro con Cristo”, “los contenidos fundamentales del Credo” y “la fe y la Iglesia”.

Finalizo, siguiendo las indicaciones de la Nota pastoral, con un llamado a todos los clérigos y a los laicos que, de alguna manera, trabajan con la liturgia, en grupos pastorales o de acólitos: leamos la Sacrosanctum Concilium para que sus 130 puntos sean realmente recibidos y aplicados, y para que la forma ordinaria del Rito Romano sea celebrada con toda la dignidad y el celo que merece el Santo Sacrificio.

“Estoy convencido de que la crisis en la Iglesia, que actualmente atravesamos, se debe, fundamentalmente, a la decadencia de la liturgia, que a veces es concebida de una manera etsi Deus non daretur [como si Dios no existiera], como si en ella ya no importara si Dios existe, nos habla y nos escucha. Pero si en la liturgia no aparece ya la comunión de la fe, la unidad universal de la Iglesia y de su historia, el misterio del Cristo viviente, ¿dónde hace acto de presencia la Iglesia con su sustancia espiritual? Entonces la comunidad se celebra sólo a sí misma, que es algo que no vale la pena, y dado que la comunidad en sí misma no tiene subsistencia, sino que en cuanto unidad, tiene origen por la fe del Señor mismo, se hace inevitable en estas condiciones que se llegue a la disolución en partidos de todo tipo, a la contraposición partidaria en una Iglesia que se desgarra a sí misma. Por eso tenemos necesidad de un nuevo movimiento litúrgico que haga revivir la verdadera herencia del concilio Vaticano II” (Cardenal Joseph Ratzinger, “Mi vida. Recuerdos”).

 

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Fuente: Salvem a Liturgia!

Traducción: La Buhardilla de Jerónimo

¿Qué es la Liturgia Católica?

 

20120208-113120

 

 

El primer deber del hombre es adorar a Dios, rendirle el culto de adoración, de alabanza, de acción de gracias que le es debido. Dar culto de adoración a Dios significa reconocer a Dios como nuestro Creador y Señor. El nos hizo, de El dependemos. Le damos también gracias por todos los beneficios que recibimos de El. Le pedimos perdón por nuestras faltas y pecados y finalmente le pedimos también lo que necesitamos para nuestra vida y salvación eterna. En concreto estos son los cuatro fines de la Santa Misa.

Este culto no es solamente personal, individual, sino y sobre todo es un culto público, ordenado y prescrito por la Iglesia, bajo la moción del Espíritu Santo.

De este culto oficial se ocupa la Liturgia. La palabra Liturgia viene del griego leiton ergon que significa obra o ministerio público. En la Iglesia, “La Liturgia es por lo tanto, el culto público y oficial que la Iglesia Católica rinde a Dios y al mismo tiempo santifica a los fieles”. (1).

El padre Gregorio Martínez de Antoñana escribe: “La Liturgia, en sentido general objetivo, es lo mismo que el culto público de la Iglesia, y puede definirse: el conjunto de acciones, de fórmulas y de cosas con que, según las disposiciones de la Iglesia Católica, se da culto público a Dios” (2).

Como la Iglesia es el Cuerpo místico de Nuestro Señor Jesucristo, quien por medio de ella continúa su función sacerdotal a través de los siglos, en un sentido más teológico y completo puede definirse la Liturgia con el Papa Pío XII: “Es todo el culto público del Cuerpo místico de Jesucristo o sea de la Cabeza y de sus miembros”. Y más brevemente: “Es el ejercicio del sacerdocio de Jesucristo por la Iglesia” (3). La liturgia es la teología hecha oración.

Pertenecen a la Liturgia: el Santo Sacrificio de la Misa, que es su alma y su centro; el oficio divino, que gira y desarrolla en torno a la Misa. El oficio divino se llama también el Breviario libro que contiene las oraciones oficiales de la Iglesia que cada subdiácono, diacono, sacerdote, obispo y Papa hace ocho veces al día por la Iglesia y todos sus hijos.

Pertenecen también a la Liturgia los Sacramentos, Sacramentales (bendiciones); y todos los ritos y ceremonias, símbolos y vestiduras, vasos y lugares sagrados y aún los cantos y melodías que la Iglesia usa para llevar a cabo este culto público y solemne.

La Liturgia es la vida misma de la Iglesia, del Cuerpo Místico de Cristo. Por eso tiene un poder para la santificación de las almas verdaderamente admirable. Mediante la liturgia católica suben al cielo la adoración, acción de gracias, petición de perdón y de ayuda de parte de los fieles y mediante esta misma liturgia descienden sobre los hombres la misericordia, ayuda, protección de Dios sobre los fieles católicos y su Santa Madre Iglesia.

La liturgia es el medio más poderoso que tiene la Iglesia para convertir las almas; santificarlas y protegerlas; La Liturgia es el medio más poderoso para comunicar la fe católica en el Sacrificio de Cristo renovado sobre el altar con la misma eficacia. Por esta razón desde los primeros siglos se dijo Lex orandi, lex credendi- la ley de la oración, es decir, la manera de rezar, nos dice la ley de la creencia; es decir, la manera de rezar, de dar culto a Dios demuestra lo que creemos.

Durante siglos, la fe católica fue comunicada mediante la liturgia, en la cual están concentradas todas las verdades del Credo católico. En la historia de la Iglesia encontramos los constructores y los destructores de la Liturgia. Cambiar, modificar la Liturgia de la Misa, por ejemplo, puede tener consecuencias incalculables sobre la fe del pueblo y de los sacerdotes; destruir su fe, corromper su moral y precipitarlos en la decadencia y apostasía. Los pueblos protestantes nos dan el ejemplo. Habiendo cambiado su Liturgia, cambió su fe y los hicieron herejes y actualmente ateos en muchos lugares. En el siglo XVI, en Inglaterra, el sacerdote hereje Tomás Cranmer cambió la Liturgia de la Misa del latín al ingles; después de unos años se perdió la fe católica.

 

Padre Michel Boniface

 

http://exurgedomine.wordpress.com/