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viernes, 10 de febrero de 2012

+ Del respeto con que se debe oir la Santa Misa +


"Así como los fieles, - dice el Santo Concilio de Trento -, no pueden hacer nada más santo ni más divino que este adorable Sacrificio, en el cual la Víctima vivificante es diariamente inmolada por el sacerdote, es evidente, que debe ser ofrecida con suma pureza de intención y con la mayor devoción." Estas palabras son dirigidas no sólo a los fieles, sino también al celebrante.
El historiador José refiere que, en el templo de Salomón, setecientos sacerdotes y levitas estaban empleados diariamente en inmolar las víctimas, purificarlas y quemarlas sobre el altar, y que esto se hacía en medio de un profundo silencio y respeto. Sin embargo, estos sacrificios no eran más que una figura. ¡ Con cuánto más fervor, silencio y atención debemos asistir al verdadero Sacrificio!
Los primeros cristianos nos han dado admirables ejemplos a este respecto. Según el testimonio de San Juan Crisóstomo, al entrar en la iglesia besaban humildemente el umbral, y durante la Misa estaban con tal recogimiento, que se hubiera creído estar en un desierto." Observaban exactamente el precepto ya citado de Santiago: " Cuando el Rey de los reyes, Nuestro Señor Jesucristo, viene a inmolarse y a darse en alimento a los fieles, todos deben permanecer en silencio, temor, recogimiento y en olvido completo de las cosas terrestres." San Martín de Tours se sujetaba estrictamente a estas recomendaciones. Jamás se sentaba en la iglesia, permanecía siempre arrodillado o de pie, y oraba poseído de un santo temor. Alguien le preguntó la razón de su actitud. "¿Cómo no he de temer, respondió, estando en presencia del Señor?" Con sentimientos análogos, exclamaba David: "Penetrado de vuestro temor, os adoro en vuestro templo."
Dios podría decirnos como dijo en otro tiempo a Moisés: "Quitad los zapatos de vuestros pies, porque el lugar que pisáis es tierra santa."¡Cuánto más santas son nuestras iglesias, consagradas con tanta pompa, unciones y oraciones, y santificadas diariamente por la oblación del santo Sacrificio! David, el elegido de Dios, se acercaba temblando al arca de la alianza; nosotros debemos también sobrecogernos de terror al entrar en la iglesia, donde se celebra el santo Sacrificio. Dios ha dicho: "Temblad al aparecer en mi santuario y en mi lugar santo." Recordad también el grito de Jacob: "¡Cuán terrible es este lugar! Es en verdad la casa de Dios y la puerta del Cielo!"
Considerad, pues, el pecado que cometen tantos cristianos que se conducen en la iglesias y durante la Misa con tan poco respeto, como si estuvieran en la calle o en sus casas. En algunos llega su temeridad a tal punto, que mientras los ángeles prosternados adoran a su Señor, ellos miran a uno y otro lado, ocupándose de los que entran y salen, pensando y hablando sin pudor y sin necesidad. Cristo podría decirles asimismo como a los mercaderes del templo: "Mi casa es una casa de oración, y vosotros habéis hecho de ella una cueva de ladrones."
"Las iglesias cristianas - dice Cornélio a Lápide -, son verdaderamente la casa de Dios, puesto que Jesucristo reside allí de una manera corporal en el Santísimo Sacramento." Si el mismo Jesús arrojó a latigazos a los mercaderes profanadores, ¿cómo tratará a esos indignos cristianos?
Todos, sin excepción, necesitamos hacer grandes esfuerzos para no apartar nuestra imaginación del santo Sacrificio. ¿Qué será, pues, si no procuramos no distraernos con la vista? Esto sería, en verdad, buscar las distracciones, y acaso transformar en pecado grave lo que hubiera sido una falta leve.
Si la simple curiosidad es ya una falta, ¿qué diremos de las palabras inútiles, puesto que es más fácil guardar la lengua que los ojos? Además de la ofensa a Dios, esa charla escandaliza al prójimo, y se le molesta en su oración. Tal vez diréis que es preciso responder cuando alguien os interroga. No está prohibido responder a una pregunta útil ni decir una palabra necesaria; lo que está prohibido responder a una pregunta útil ni decir una palabra necesaria; lo que está prohibido es hablar de cosas inútiles, cuchichear, hacer observaciones sobre el prójimo, saludarse como si estuviera en la calle, en fin, toda irreverencia. El Señor nos lo advierte de la siguiente manera: "Los hombres darán cuenta en el día del juicio de toda palabra ociosa." Sí, ciertamente; así como toda palabra buena está escrita en el libro de vuestros méritos, así también las palabras inútiles lo están en el libro de vuestros pecados.
San Juan el limosnero no soportaba que se hablase en la iglesia. A uno que lo hacía, le condujo a la puerta y le dijo: "Si has venido aquí por Dios, emplea tu espíritu y tu lengua en orar; más si has venido a charlar, has de saber que la "casa de mi Padre es casa de oración", y tú no debes convertirla en una sala de conversación."
Debemos oir la Misa de rodillas y con el mayor respeto. San Pablo dice en su célebre texto: "Que al nombre de Jesús toda rodilla se doble en el Cielo, en la tierra y en los infiernos." Procuremos estar en esa humilde postura, sobre todo, cuando el Salvador está realmente presente en el altar, y en particular, desde la Consagración después de la Comunión. Muchos hombres tienen la mala costumbre de permanecer de pie toda la Misa; apenas si se inclinan cuando la Elevación, y en seguida se enderezan como si Jesús no estuviera allí.
Si no les es posible arrodillarse durante toda la Misa, repito, que lo hagan a lo menos desde la Consagración hasta que pase la Comunión. Si lo repito, es porque es muy importante que se grave en vuestra mente. En algunas ciudades, las mujeres se sientan tan pronto como pasa la Elevación. Si estas estuviesen delante de los grandes de la tierra o en alguna reunión mundana, no les faltaría la fuerza, sin embargo, para tenerse, en posturas más molestas que la de arrodillarse, y no se les haría pesada la duración.
La piadosa emperatriz Leonor, esposa de Leopoldo I, asistía a la Santa Misa siempre de rodillas. Cuando le aconsejaban que cuidara de su salud y que se sentara en un sillón, decía: "Todos se inclinan ante mi que soy una pobre pecadora; ninguno de los de mi corte se atrevería a sentarse en mi presencia; ¿ podría yo tener la audacia de hacerlo delante de mi Dios y mi Creador?"
Las madres que tienen hijos pequeños no deben llevarlos a la Misa, porque con sus llantos o el ruído que hacen distraen al sacerdote en el altar y a los fieles; en cuanto a los niños de más edad, que sean capaces de estar tranquilos, es por el contrario, conveniente el llevarlos, para enseñarles desde su tierna edad el respeto y devoción que deben tener en la iglesia.
En cuanto a las gentes que llevan perros a la iglesia, no podré reprobárselo bastante, proque esto, no sólo es inconveniente, sino muy reprensible.
Es una vergüenza para los católicos estar en sus iglesias como ni los protestantes, ni los judíos, ni aun los paganos se permitirían en sus templos. Es una vergüenza, digo, ver a las mujeres y a las jóvenes ataviadas, como si fueran a un baile o al teatro.
San Juan Crisóstomo reprendía así a una de éstas jóvenes: "¿Sois acaso una novia que va a casarse, o bien váis a la iglesia para lucir vuestra hermosura y vuestro lujo? Si venís para pedir a Dios perdón ¿ a qué tanta elegancia? Si venís al lugar santo a implorar misericordia ¿para qué ese lujo?"
La coquetería y el lujo no están en armonía con el recato y la pureza de pensamientos que deben existir siempre en una joven. Llevar vestidos trasparentes es una falta todavía más grave, pues si suelen inspirar pensamientos ilícitos aun a personas justas, considerad qué desorden no producirán en los corazones ligeros o impuros. Las personas ataviadas con demasiado esmero son siempre perjudiciales en la iglesia, por ser causa de miradas curiosas, de pensamientos de envidia, y porque distraen la atención de los hombres haciéndoles llevar sus miradas hacia ellas, en lugar de dirigirlas al altar, en donde únicamente deberían tener fija toda su atención y su pensamiento.
El que es causa de pecado, se hace igualmente culpable , y es castigado con una pena análoga a la que recibe aquél que le comete.
Pero principalmente durante la Santa Misa es cuando más deben evitar ser causa de miradas curiosas y atrevidas; porque allí el pecado es mucho más grave, en razón del lugar sagrado en el que se comete, y por ser causa del mal empleo de momentos preciosos que sólo pertenecen a Dios, a quien, no olvidéis, tenéis que dar estrecha cuenta de todas esas faltas.
Terminaré suplicando a todas las personas que tengan en sus manos este libro, que tanto bien hace al alma; que no lo abandonen, sino que por el contrario, lo lean con frecuencia. De esta manera sentirán aumentar su fervor por la Santa Misa, a la que desearán asistir más a menudo y con más devoción. Han visto ya la excelencia de la obra y lo grande de la recompensa; pero lo sabrán todavía mejor a la hora de la muerte y en la eternidad cuando los indiferentes y los tibios reconocerán el daño que se han causado sin poder repararlo con su arrepentimiento demasiado tardío. Ruego a Dios, por Jesucristo su Hijo, Nuestro Señor, y por la virtud del Espíritu Santo, ilumine el entendimiento e inflame la voluntad de mis lectores para que puedan aprovecharse de mi trabajo y hagan que yo, pobre pecador, participe de sus oraciones.
A su vez la indigna traductora os dirige la misma súplica. Acordáos de ella y de los suyos alguna vez en el santo Sacrificio, y así le pagaréis largamente el trabajo que se ha tomado para haceros conocer una obra tan útil y tan consoladora.
Tomado del libro: "Explicación de la Santa Misa", por el R.P. Martín de Cochem, capuchino. Traducido por María de Jesús Haghenbeck de Rincón Gallardo

El fundamento del edificio espiritual: la humildad

 

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La humildad es la raíz y el fundamento de todas las virtudes, como la soberbia es la raíz de todos los pecados. San Bernardo la define: “una virtud o hábito adquirido, por el cual el hombre se desprecia a sí mismo y desea ser despreciado por los otros”. En otros términos, es una disposición habitual del alma, por la cual el hombre, no viendo en sí como cosa propia sino el pecado y la inclinación al pecado, se desprecia a sí mismo, para no ver y no estimar más que a Dios, fuente de todos los bienes; contento y aún deseoso, de ser despreciado y olvidado de los hombres para que solo Dios sea alabado.
Para saber si tenemos humildad hemos de aplicar la regla de N. S. Jesucristo: “Se conoce el árbol por sus frutos” (Mt 12, 33). Por esto debemos examinar nuestros pensamientos, palabras y obras.
Pensamientos: si piensas menos en lo que Dios piensa de ti que en lo que piensan los hombres; si te preocupa más el deseo de agradar a los hombres que el temor de desagradar a Dios; si aspiras a puestos elevados sólo para adquirir renombre, no eres humilde.
Palabras: si crees que eres humilde porque algunas veces hablas mal de ti y dices ser inútil para diferentes cosas, pero al mismo tiempo murmuras y te quejas de los que hablan mal de ti, o de tus obras o proyectos o cuando eres humillado, no eres humilde.
Obras: si, aunque sean buenas y estén bien hechas según los hombres, buscas en ellas tu propia gloria, no eres humilde.
Muchas personas se imaginan que la humildad es una cosa violenta y que no tiene fundamento en la razón, pero, en realidad, procede de las más puras nociones de la verdad y justicia; sin el desorden introducido en nuestra inteligencia por el pecado original, todos nosotros seríamos naturalmente humildes.
Otros creen que por humildad no debemos ocultar nuestros defectos, ni mirar por mantener nuestra honra y derechos, ni preocuparnos la estima y respeto de nuestros subordinados, ni la reputación de saber y habilidad en el manejo de los negocios; todo esto es un error. Nada de ello es contrario a la humildad cuando los intereses de la gloria de Dios o el bien de las almas lo piden.
Otros, en fin, se persuaden de que la palabra humildad es sinónimo de pusilanimidad; que el hombre humilde no es apto para concebir y emprender grandes cosas ni acciones extraordinarias, pero esto no es verdad. Cuando el soberbio retrocede ante las dificultades o el temor de un mal resultado o de alguna crítica, el humilde, sin detenerse en todos esos cálculos y esas aprensiones, va resueltamente adelante desde que conoce que la empresa es según la voluntad de Dios.
No te ocupes, pues, en recordar las buenas acciones de tu vida pasada, no te detengas en los pensamientos de vana complacencia; oponles el recuerdo de tus pecados. Rechaza las tentaciones de soberbia con actos interiores de humildad. Sin motivos graves no hables de ti mismo, ni bien ni mal. No te excuses cuando se te reprenda. No trates de dominar en la conversación ni trates de imponer tu opinión. En tu porte exterior y en el andar, evita todo lo que parezca afectación, jactancia, singularidad, pretensiones.
Para finalizar recordemos que la humildad se adquiere por las humillaciones o por los actos de humildad.
Pidamos la ayuda de María Santísima que alabó a Dios por las cosas grandes que había obrado en ella, mirando la humildad de su sierva.

Fuente: Bruno Vercruysse, S.J., Manual de sólida piedad, tomo I, Ed. Difusión, Buenos Aires, 1945.

 

Fuente: http://arcadei.org/blog/