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jueves, 23 de febrero de 2012

Dolor del Papa por el desastre ferroviario de Buenos Aires

2012-02-23 Radio Vaticana


(RV).- El Papa se ha sentido profundamente afligido por la tragedia ferroviaria de Buenos Aires, en que un tren no frenó en la estación de Once, causando la muerte de al menos 50 personas mientras, más de 675 [Nota Juventutem: las últimas informaciones indican 703 heridos al menos] resultaron heridas. Benedicto XVI expresa su cercanía a las familias de las víctimas, asegurando su propia oración mediante un telegrama, firmado por el Cardenal Secretario de Estado Tarcisio Bertone y enviado al Cardenal Jorge Mario Bergoglio, Arzobispo de la capital argentina. 

En el texto del telegrama leemos: “El Santo Padre Benedicto XVI, profundamente afligido al conocer la dolorosa noticia del accidente de tren ocurrido en la estación porteña de Once, en Buenos Aires, y que ha causado numerosas víctimas, ofrece fervientes sufragios al Todopoderoso por el eterno descanso de los fallecidos”. 


El Cardenal Tarcisio Bertone ruega también al Cardenal Bergoglio que transmita el sentido pésame del Papa a los familiares que lloran tan sensible pérdida, junto con expresiones de afecto, solidaridad y consuelo a los heridos y afectados por el trágico suceso. 


Y añade que “como signo de esperanza en el Señor resucitado, el Sucesor de Pedro imparte, en estos momentos de tristeza, una especial bendición apostólica”. El Cardenal Secretario de Estado de Su Santidad, a la vez que se uno a los sentimientos del Sumo Pontífice, manifiesta, al Cardenal argentino su fraterna estima en Cristo. (María Fernanda Bernasconi – RV).


Fuente: www.news.va


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Desde Juventutem Argentina nos unimos a la oración del Papa pidiendo por el eterno descanso de los difuntos, la pronta recuperación de los cientos de heridos y el consuelo de los familiares y amigos de las víctimas de este terrible accidente.


Encuentran Biblia de más de 1500 años de antigüedad

 

 

 

UNA BIBLIA DE 1500 AÑOS, ENCONTRADA EN LA SALA DE SEGURIDAD DE LA CORTE DE JUSTICIA DE ANKARA


El Vaticano demanda hacer investigación en la biblia con permiso.
Decomisada en el año 2000 por los contrabandistas en la provincia sureña turca de Antalya, una Biblia de 1500 años de antigüedad, aparentemente se ha olvidado en la sala de seguridad del Palacio de Justicia de Ankara, se ha hallado en Turquía.
La biblia, que fue escrita en el idioma arameo y el alfabeto asirio, y por la cual Jesucristo transmitió sus primeros consejos, fue llevada al Museo de Etnografía de Ankara, capital de Turquía, bajo la supervisión policial.
Se pronostica que sea alrededor de 25 millones de dólares el coste de la Biblia que resultó que quedó escondida desde hacía ocho años en la sala de seguridad de la Corte de Justicia de Ankara.
El Vaticano solicitó hacer análisis e investigación sobre la Biblia con permiso de las autoridades turcas.
Resulta que la Biblia conservó su estructura histórica y lleva varias huellas del período al que pertenece.
La policía turca inició una investigación para revelar si la Biblia fue copiada con anterioridad.
Se sostiene que incluso la fotocopia de la Biblia se pueda vender a precio de 2 millones de dólares .

 

Fuente: http://secretummeummihi.blogspot.com/

EL TIEMPO DE CUARESMA

Preparación próxima a la Redención

 

1. Origen y vicisitudes de la Cuaresma. La Cuaresma es hoy un período litúrgico de cuarenta días, destinados a preparar la digna celebración de la Pasión, Muerte y Resurrección de Nuestro Señor Jesucristo. Por lo mismo, es un tiempo de mayor penitencia y recogimiento, y en que con más ahinco ha de procurarse la compunción del corazón.

Por más que los liturgistas no están aún acordes acerca de la fecha precisa en que se estableció en la Iglesia la Cuaresma, si viviendo todavía los apóstoles o bastante después, todos sabemos que hay una Cuaresma de origen bíblico; pues en la Biblia constan expresamente las de Moisés, Elías y Jesucristo. ¿La practicarían como observancia eclesiástica los apóstoles y los primitivos cristianos? San Jerónimo, San León Magno y otros santos Padres pretenden que sí, y su opinión por cierto es muy probable, aunque no se apoya en ningún documento escrito. Verdad es que San Ireneo, en el siglo II, y la "Didascalia", en el III, hablan de ayunos preparatorios para la Cuaresma; pero los ayunos de aquél son nada más que de contados días, y los de éste de sola la Semana Santa.

El primer documento conocido que menciona la Cuaresma propiamente dicha, es el canon 5 del concilio ecuménico de Nicea, celebrado en 325. A partir de esa fecha, abundan los testimonios en los escritos y concilios de Oriente, y desde el año 340, también en Occidente.

Pero lo que ni en Oriente ni en Occidente se descubre claramente, en aquellos primeros siglos, es el comienzo y término de la Cuaresma. Combinándola de muy distinta manera las diversas iglesias, incluyendo unas en ella la Semana Santa, y excluyéndola otras. En una cosa, empero, convenían todas: en el número de ayunos, que solía ser para los fieles, de treinta y seis días. En el siglo V se unificó, por fin, la duración; y en el VII, un Papa posterior a San Gregorio Magno completó los cuatro días de ayuno que faltaban a la Cuaresma, prescribiéndolo como obligatorio desde el miércoles de ceniza, que por eso se llamó caput jejunii o "principio del ayuno".

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2. Prácticas cuaresmales. Lo que Moisés, Elías y Jesucristo practicaron con más rigor en sus respectivas cuaresmas, fué el ayuno y la oración, los que, por lo mismo, sirvieron de base para la Cuaresma cristiana, a la cual agregó la Iglesia la práctica de la limosna y obras de caridad.

La ley del ayuno la observaban los antiguos con sumo rigor. No contentos con cercenar la cantidad de alimento, privábanse totalmente de carnes, huevos, lacticinios, pescado, vino y todo aquello que el uso común considerábalo como un regalo. Hacían sólo una comida diaria, después de la Misa "estacional" y Vísperas, que terminaban al declinar la tarde; y esa única comida solamente consistía en pan, legumbres y agua, y, a las veces, una cucharada de miel. Con la particularidad que ninguno se eximía del ayuno ni aun los jornaleros, ni los ancianos, ni los mismos niños de más de doce años de edad, tan sólo para los enfermos hacíase una excepción, que habían de refrendar el médico y el sacerdote. A estas penitencias añadían otras privaciones, tales como la continencia conyugal, la supresión de las bodas y festines, del ejercicio judicial, de los juegos, recreos públicos, caza, deportes, etcétera. De este modo se santificaba la Cuaresma no ya solamente en el templo como ahora, sino también en los hogares, y hasta en los tribunales, en los casinos, en los hoteles, en los teatros y en los circos. Es decir, que el espíritu de Cuaresma informaba la vida de toda la sociedad cristiana.

Actualmente la observancia íntegra del ayuno y abstinencia cuaresmal ha quedado confinada a algunas órdenes religiosas, ya que el derecho común tan sólo manda ayunar con abstinencia el miércoles de ceniza y de témporas, y los viernes y sábados de Cuaresma, y sin abstinencia, todos los demás días (2).

De hecho, estos mismos ayunos cuaresmales están reducidos en muchos países casi a la nada, merced a los indultos, bulas y privilegios particulares; habiendo llegado a tanto la condescendencia de la Iglesia, en cuanto al modo de observarlos, que en ellos ha permitido leche, huevos, pescado, vino y otros géneros de regalos, además de autorizar una comida fuerte, un desayuno, aunque leve, y una ligera colación.
La oración cuaresmal por excelencia era y es la Santa Misa, precedida antiguamente de la procesión estacional. Ahora es digno complemento, por la tarde, el ejercicio del Viacrucis.
La limosna practicábase en la Iglesia con ocasión de la colecta de la Misa y otras particulares que se hacían en favor del clero, viudas, huérfanos y menesterosos, con quienes también ejercitaban a porfía otras obras de caridad.

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3. Aspecto exterior del templo. La ley de la abstinencia cuaresmal diríase que hasta a los tem plos materiales alcanza, pues a ellos también les impone la ley litúrgica sus privaciones, con las que se fomenta la compunción y el recogimiento.

Los templos, en efecto, vénse privados durante los oficios cuaresmales del alegre aleluya, del himno angélico Gloria in excelsis, de la festiva despedida Ite missa est, de los acordes del órgano, de las flores, iluminaciones y demás elementos de adorno, y del uso, fuera de las festividades de los Santos, de otros ornamentos que los morados, de cuyo color se cubren también, desde el domingo de Pasión, los crucifijos y las imágenes. Tal es el aspecto severo del templo o como si dijéramos el continente exterior de la liturgia en tiempo de Cuaresma, el que acentúa todavía más los cantos graves y melancólicos del repertorio gregoriano y el frecuente arrodillarse para los rezos corales.

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4. El alma de la liturgia Cuaresmal. Si, empero, sondeamos el alma de la liturgia cuaresmal a la luz de los Evangelios, de sus epístolas, oraciones, antífonas y demás textos de su rica literatura, la vemos embargada de los más variados sentimientos de arrepentimiento, de confianza, de ternura, de compasión, de pena, de temor.

El Breviario de Cuaresma, con sus homilías y sermones con sus himnos, sus capítulos y sus responsorios, a cual más expresivos y piadosos, pone en juego los más delicados recursos de nuestra madre la Iglesia, para conmover los corazones de sus hijos; pero con eso y todo, todavía le supera el Misal. Aquí encontramos cuadros indescriptibles: conversiones y absoluciones de pecadores, como la Samaritana, la Magdalena, la adúltera, el Hijo pródigo, los Ninivitas, multitud de curaciones y milagros del Salvador; rasgos generosos de desprendimiento, como el de la viuda de Sarepta; difuntos resucitados y madres y hermanos consolados; a José, víctima de la envidia de sus hermanos, y a Jesús, vendido por uno de sus íntimos, amenazas y voces de trueno y vaticinios terroríficos de los antiguos profetas para los pecadores obstinados y, en cambio, palabras dulces y persuasivas del Divino Maestro llamándolos a penitencia; ríos de lágrimas que cuestan a la Iglesia los cristianos impenitentes, y gozos inenarrables que suscita en el cielo su conversión; quejas de los sacerdotes en vista de la indiferencia de muchos, y tiernos clamores del pueblo fiel pidiendo al Señor perdón y misericordia.

Si penetramos todavía más hondamente en el corazón de la liturgia cuaresmal, descubrimos, además, tres grandes preocupaciones que embargan a la Iglesia:
la trama y desarrollo de la Pasión del Señor;
la preparación de los catecúmenos; y
la reconciliación de los penitentes públicos.

No hay día ni casi oficio en que no se manifieste de algún modo esta triple preocupación, y es menester estar de ello advertidos para interpretar ciertos pasajes y aun ciertos ritos especiales que, aunque muy hermosos, parecerían, sin eso, intempestivos.

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5. La Misa "estacional". Una de las particularidades más características de la liturgia cuaresmal antigua era la Misa "estacional". Tenía lugar todos los días, al atardecer, después de la hora de nona. Durante todo el día, el pueblo y el clero dedicábanse a sus ocupaciones habituales, pero cuando el cuadrante solar del Fórum marcaba la hora de nona, los fieles de toda la ciudad de Roma se dirigían a la porfía hacia la iglesia estacional, a la que a menudo el mismo Papa acudía para ofrecer el Santo Sacrificio. Ordinariamente, la colecta o reunión efectuábase en una de las basílicas vecinas, donde esperaban la llegada del Sumo Pontífice y de su séquito. Una vez éstos en la basílica, revestíase el Papa de sus ornamentos y subía al altar para rezar la colecta u oración de toda la asamblea, terminada la cual iban todos en proce sión a la iglesia "estacional", al son de las letanías y precedidos por la Cruz procesional. Allí el Papa celebraba la Misa del día, en la que todos los asistentes ofrecían y comulgaban. Era ya la puesta de sol cuando el pueblo volvía a sus casas, satisfecho de haber ofrecido a Dios el sacrificio vespertino como coronamiento de una jornada laboriosa, santificada por la oración, por la penitencia y por el trabajo (2).

Esta Misa "estacional" era la única que antiguamente había en cada población: por eso la celebraba el Pontífice con asistencia del clero y del pueblo. Como los de Cuaresma eran todos días de ayuno riguroso, todos esperaban en ayunas la hora de la Misa, para poder comulgar en ella. Después hacían su única comida, y los monjes completaban el oficio canónico cantando en sus monasterios las Vísperas. He aquí la razón de cantar Vísperas por la mañana antes de la comida, todos los días de Cuaresma, excepto los domingos, que no son de ayuno.
Un momento antes de la comunión, un subdiácono anunciaba al pueblo el lugar de la estación del día siguiente en estos términos: "Mañana, la estación será en la iglesia de San N." Y la schola respondía: "A Dios gracias". En seguida de la comunión y de la oración colecta, decía el celebrante la colecta super pópulum, que entonces reemplazaba a la bendición final. Estas fórmulas de despedida que antiguamente estaban en uso en todas las liturgias, ano orientales, y que llevaban a veces consigo la imposición de las manos del obispo, sólo las ha conservado nuestro misal en las ferias de Cuaresma, por el carácter solemne y epicospal que éstas tenían(3).
Cuando el Papa no intervenía en la fiesta estacional, un acólito iba, después de la Misa, a su palacio, y le llevaba por devoción un poco de algodón mojado en la lámpara del santuario. Al llegar, le pedía la bendición, la cual recibida, decíale: "Hoy tuvo lugar la estación en San N., y te saluda." El Papa le respondía: "peo gratias", y después de besar respetuosamente el algodón, entregábaselo a su cubiculario, quien lo guardaba con cuidado para meterlo, al morir el Papa, en la almohadilla fúnebre (4).

En el actual Misal Romano se indica todavía, al principio de la Misa correspondiente, la basílica o iglesia "estacional" de cada día, lo que muchas veces será útil tener en cuenta para explicarse el uso de ciertos textos y su verdadero significado en aquel día determinado (5).

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6. Los domingos de Cuaresma. Descontando el de Pasión y el de Ramos, que habremos de estudiar aparte, son cuatro los domingos de Cuaresma, siendo él primero el de más categoría y el cuarto, o de Laetare el más popular.

El I domingo ha tomado entre los latinos el nombre de "invocabit" de la primera palabra del Introito de la Misa, y entre los griegos se le llama la fiesta de la ortodoxia, por señalar el aniversario del restablecimiento de las santas imágenes en el siglo IX.

En la Edad Media llamósele el domingo de las Antorchas, porque los jóvenes, que se habían desenfrenado en los jolgorios de Carnaval, presentábanse ese día en la iglesia con una tea encendida para pedir una penitencia al sacerdote, a fin de reparar sus pasados excesos, de los que eran absueltos el Jueves Santo en la reconciliación general. También es conocido con el nombre de domingo de la Tentación, por referir el Evangelio de la Misa la triple tentación del Señor en el desierto.

El II domingo, hasta el siglo IX, fué de los llamados "domingos vacantes" o libres de "estación", a causa de haberlo precedido con las suyas las IV témporas y estar el público cansado. Después del siglo IX, empero, señalósele ya su estación, como a los demás.

El III domingo era el de los "escrutinios", porque en él, o comenzaba el examen de los catecúmenos que habían de recibir el bautismo la vigilia de Pascua, o bien se les citaba para el miércoles siguiente.

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7. El domingo "Laetare". El IV domingo, llamado Laetare (del introito), de los "cinco panes" (del Evangelio), y de la "rosa de oro" (de la bendición de la misma), es de los más celebrados del año litúrgico. Por coincidir en la mitad de Cuaresma y suponer la Iglesia que los cristianos han vivido hasta aquí embargados, como ella, de una santa tristeza, la liturgia de este domingo se propone renovar en los ayunadores cuaresmales la alegría y la esperanza que todavía han menester hasta llegar al triunfo pascual.

A ese fin, además de elegir textos muy hermosos y muy adecuados para infundir alientos, permite en el templo las flores de adorno, el uso del órgano y hasta de ornamentos de color rosa; todo lo cual causa la impresión de ser éste un día de asueto litúrgico, podríamos decir, y de respiro espiritual. La Iglesia se alegra hoy intensamente, pero con moderación todavía, como quien está dispuesta a reanudar en seguida las penitencias y las meditaciones dolorosas.

El rito característico de este domingo es la bendición de la rosa de oro, que efectúa en Roma el mismo soberano Pontífice. Data de hacia el siglo X, y viene a ser como un anuncio poético de la proximidad de la Pascua florida.

Antiguamente la ceremonia se celebraba en el palacio de Letrán, residencia habitual de los Papas, desde donde el Pontífice, montado a caballo y con la tiara, y acompañado por el Sacro Colegio y el público de la ciudad, llevaba la rosa bendita a la iglesia "estacional", que lo era Santa Cruz de Jerusalén.
Hoy se hace todo en el Vaticano, por lo que la ceremonia no suscita ya tanto el entusiasmo popular, si bien su eco resuena en todo el mundo, merced a las informaciones de los diarios.
Además de bendecirla, el Papa unge la rosa de oro con el Santo Crisma y la espolvorea con polvos olorosos, conforme al uso tradicional. Al fin la regala a algún alto personaje del mundo católico, a alguna ciudad, etcétera, a quien quiere honrar; y por eso "dícese que su bendición sustituyó a la de las llaves de oro y plata, con limaduras de la cadena de San Pedro, que los soberanos Pontífices enviaban antiguamente a los príncipes cristianos, en pago de haberle proporcionado ellos reliquias de los apóstoles" (6).
Místicamente, representa esta rosa a Jesucristo resucitado, como lo explican los varios discursos pronunciados por los Papas en la ceremonia (7). El origen de la ceremonia quizá derive de la fiesta bizantina de la media cuaresma, aunque también puede ser que provenga de que antiguamente se solemnizaba en Roma el principio del ayuno preparatorio para Pascua, que abarcaba entonces 3 semanas (8).

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8. Las ferias más notables de Cuaresma. Aparte del miércoles, viernes y sábado de las IV témporas de Cuaresma, de que hablaremos en su lugar, son dignas de especial mención, entre las ferias cuaresmales, el miércoles de la III y IV semana, por ser días de escrutinio, y el jueves de la III, que es como jalón de media Cuaresma.

Empezamos por advertir que todas las ferias de Cuaresma tienen, en el Breviario, su homilía propia, y en el Misal su misa correspondiente, lo que constituye un caudal riquísimo y variadísimo de doctrina y de piedad. Los jueves, al principio, eran días alitúrgicos (sin reuniones litúrgicas)

y por lo mismo carecían de misa propia, pero bajo el Papa Gregorio II (715 31), se les fijó también a ellos su misa, utilizando los elementos ya existentes.

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El MIÉRCOLES DE LA III SEMANA comenzaba el escrutinio o examen de los catecúmenos que deseaban ser admitidos al bautismo en la vigilia de Pascua.

Empezábase por anotar sus nombres y separar en dos grupos los hombres y las mujeres. Luego se rezaba por ellos, y ellos mismos también eran invitados a rezar; se les leía algún pasaje de la Biblia en vista de su instrucción; se les exorcizaba, se les imponían las manos, se les signaba, etcétera, y se les despedía del templo antes del Evangelio. Al ofertorio, los padrinos y madrinas presentaban al Papa las oblaciones por sus futuros ahijados, cuyos nombres se leían públicamente durante el Canon. Esto mismo se practicaba en los demás escrutinios.

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El JUEVES DE LA III SEMANA señala propiamente la mitad de los ayunos cuaresmales, no de la Cuaresma misma, la cual promedia justamente el domingo IV, como ya lo hemos notado. Esta circunstancia hizo que esta feria tuviese entre los antiguos un carácter medio festivo y alentador, contribuyendo a ello no poco el recuerdo de los santos médicos Cosme y Damián, cuya basílica era la designada para la Misa estacional.

Los textos de la Misa aluden casi todos a la salud y bienestar corporal, que la Iglesia pide a Dios para sus hijos, por intercesión de San Cosme y San Damián, para que terminen valerosamente el ayuno cuaresmal. Eran esos Santos dos médicos sirios, que, por ejercer su profesión gratuitamente, eran conocidos con el sobrenombre de anargyros (sin plata), y constaba que curaban a los enfermos no tanto por su pericia profesional, como por virtud divina. Su culto fué siempre muy popular,.y más desde que el Papa Félix IV les dedicó, en el siglo VI, la Basílica de la Vía Sacra, convertida pronto en un centro de peregrinación para enfermos y dolientes.

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EL MIÉRCOLES DE LA IV SEMANA era el día del gran escrutinio, el cual se celebraba en la majestuosa Basílica de San Pedro.

Los ritos especiales de este escrutinio eran: las oraciones, lecturas y exorcismos de costumbre; la lectura, por primera vez, y explicación del principio de cada uno de los cuatro Evangelios, la recitación, también por primera vez, del Símbolo de la fe, en latín y en griego, en atención a los catecúmenos de ambas lenguas, y su explicación por el sacerdote; ítem del Pater noster, petición tras petición. Continuaba luego la Misa, y los catecúmenos se retiraban al recibir la orden del diácono. Al conjunto de estos ritos se le denominaba apertio aurium (acto de abrir los oídos), porque por primera vez escuchaban estos textos sagrados, hasta entonces desconocidos. Restos de este tercer escrutinio son, en la Misa actual, la oración, la lección y el gradual, que preceden a la epístola ordinaria de este día.

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NOTAS
(1)
“Código de Der. Can.", can. 1252, 2 y 3.
(2)En la Argentina el Indulto Apostólico reduce los ayunos con abstinencia al Miércoles de Ceniza y a todos los Viernes, y los ayunos sin abstinencia a los Miércoles y al Jueves Santo.
(3) Card. Schuster: ab. cit., val. III, c. I.
(4) Card. Schnster: ob.cit.
(5) Card. Schuster: ob..cit.
(6) Para ello ninguna guía mejor que el "Liber Sacramentorum" del Card. Schuster.
(7) Molien: "La Priere de l'Eglise", I, p. 304.
(8) Cf. "Année Lit." (Careme) de Dom Guéranger.
(9) Cf. Schuster: "Liber Sacramentorum", val. III, p. 117. Dom Krebs: "Les Quest. Iit. et Parois" (Abril y Junio 1926).

EXTRAÍDO DE: R.P. ANDRÉS AZCÁRATE; La Flor de la Liturgia; Buenos Aires, Abadía San Benito, 6ta. Ed., 1951; pág.486-497

LOS SIETE SALMOS PENITENCIALES

 

Los siete Salmos penitenciales o salmos de confesión, que antiguamente se rezaban durante el tiempo de cuaresma, es el nombre con el que se designan en la numeración de la Septuaginta y de la Vulgata los salmos 6, 31, 37, 50, 101, 129 y 142. Todos estos salmos fueron escritos por el Rey David expresando la contricción que sentía por los pecados cometidos, y el deseo de enmendar su vida (de ahí el título de "Penitenciales").

El Rey David compuso los Siete Salmos Penitenciales como expresión de su arrepentimiento por los pecados cometidos en el pasado.

 

 

Originalmente el nombre de salmo penitencial fue dado por la Iglesia primitiva al salmo 50, el Miserere, que era recitado al final del servicio matutino. A comienzos del siglo V, San Agustín de Hiponaaplicó el nombre de salmos penitenciales a cuatro de ellos. En el comentario de Casiodoro, siglo VII, aparece la lista actual.

Septem Psalmi Pœnitentiales (Ps 6, 31, 37, 50, 101, 129 et 142)

 

 

Psalmus 6 (Domine, ne in furore tuo arguas me)

Domine, ne in furore tuo arguas me:

* neque in ira tua corripias me.

Miserere mei, Domine, quoniam infirmus sum:

* sana me, Domine, quoniam conturbata sunt ossa mea.

Et anima mea turbata est valde:

* et tu Domine usquequo?

Convertere, Domine, et eripe animam meam:

* salvum me fac propter misericordiam tuam.

Quoniam non est in morte qui memor sit tui:

* in inferno autem quis confitebitur tibi.

Laboravi in gemitu meo, lavabo per singulas noctes lectum meum:

* in lacrimis meis stratum meum rigabo.

Turbatus est a furore oculus meus:

* inveteravi inter omnes inimicos meos.

Discedite a me, omnes qui operamini iniquitatem:

* quoniam exaudivit Dominus vocem fletus mei.

Exaudivit Dominus deprecationem meam:

* Dominus orationem meam suscepit.

Erubescant et conturbentur vehementer omnes inimici mei:

* convertantur, et erubescant valde velociter.

Gloria Patri, et Filio:
* et Spiritui Sancto.
Sicut erat in principio, et nunc, et semper:
* et in sæcula sæculorum. Amen.

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Psalmus 31 (Beati quorum remissæ sunt iniquitates)

Beati, quorum remissæ sunt iniquitates:

* et quorum tecta sunt peccata.

Beatus vir, cui non imputavit Dominus peccatum:

* nec est in spiritu eius dolus.

Quoniam tacui, inveteraverunt ossa mea:

* dum clamarem tota die.

Quoniam die ac nocte gravata est super me manus tua:

* conversus sum in ærumna mea, dum configitur spina.

Delictum meum cognitum tibi feci:

* et iniustitiam meam non abscondi.

Dixi: confitebor adversum me iniustitiam meam Domino:

* et tu remisisti impietatem peccati mei.

Pro hac orabit ad te omnis sanctus:

* in tempore opportuno.

Verumtamen in diluvio aquarum multarum:

* ad eum non approximabunt.

Tu es refugium meum a tribulatione, quæ circumdedit me:

* exsultatio mea, erue me a circumdantibus me.

Intellectum tibi dabo, et instruam te in via hac, qua gradieris:

* firmabo super te oculos meos.

Nolite fieri sicut equus, et mulus:

* quibus non est intellectus.

In camo, et fræno maxillas eorum constringe:

* qui non approximant ad te.

Multa flagella peccatoris:

* sperantem autem in Domino misericordia circumdabit.

Lætamini in Domino, et exsultate, iusti:

* et gloriamini omnes recti corde.

Gloria Patri, et Filio:
* et Spiritui Sancto.
Sicut erat in principio, et nunc, et semper:
* et in sæcula sæculorum. Amen.

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Psalmus 37 (Domine, ne in furore tuo arguas me)

Domine, ne in furore tuo arguas me:

* neque in ira tua corripias me.

Quoniam sagittæ tuæ infixæ sunt mihi:

* et confirmasti super me manum tuam.

Non est sanitas in carne mea a facie iræ tuæ:

* non est pax ossibus meis a facie peccatorum meorum.

Quoniam iniquitates meæ supergressæ sunt caput meum:

* sicut onus grave gravatæ sunt super me.

Putruerunt, et corruptæ sunt cicatrices meæ:

* a facie insipientiæ meæ.

Miser factus sum et curvatus sum usque ad finem:

* tota die contristatus ingrediebar.

Quoniam lumbi mei impleti sunt illusionibus:

* et non est sanitas in carne mea.

Afflictus sum, et humiliatus sum nimis:

* rugiebam a gemitu cordis mei.

Domine, ante te omne desiderium meum:

* et gemitus meus a te non est absconditus.

Cor meum conturbatum est, dereliquit me virtus mea:

* et lumen oculorum meorum, et ipsum non est mecum.

Amici mei, et proximi mei:

* adversum me appropinquaverunt, et steterunt.

Et qui iuxta me erant, de longe steterunt:

* et vim faciebant, qui quærebant animam meam.

Et qui inquirebant mala mihi, locuti sunt vanitates:

* et dolos tota die meditabantur.

Ego autem tamquam surdus non audiebam:

* et sicut mutus non aperiens os suum.

Et factus sum sicut homo non audiens:

* et non habens in ore suo redargutiones.

Quoniam in te, Domine, speravi:

* tu exaudies me, Domine Deus meus.

Quia dixi: nequando supergaudeant mihi inimici mei:

* et dum commoventur pedes mei, super me magna locuti sunt

Quoniam ego in flagella paratus sum:

* et dolor meus in conspectu meo semper.

Quoniam iniquitatem meam annuntiabo:

* et cogitabo pro peccato meo.

Inimici autem mei vivunt, et confirmati sunt super me:

* et multiplicati sunt qui oderunt me inique.

Qui retribuunt mala pro bonis, detrahebant mihi:

* quoniam sequebar bonitatem.

Ne derelinquas me, Domine Deus meus:

* ne discesseris a me.

Intende in adiutorium meum:

* Domine, Deus salutis meæ.

Gloria Patri, et Filio:
* et Spiritui Sancto.
Sicut erat in principio, et nunc, et semper:
* et in sæcula sæculorum. Amen.

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Psalmus 50 (Miserere)

Miserere mei, Deus:

* secundum magnam misericordiam tuam.

Et secundum multitudinem miserationum tuarum:

* dele iniquitatem meam.

Amplius lava me ab iniquitate mea:

* et a peccato meo munda me.

Quoniam iniquitatem meam ego cognosco:

* et peccatum meum contra me est semper.

Tibi soli peccavi, et malum coram te feci:

* ut iustificeris in sermonibus tuis et vincas cum iudicaris.

Ecce enim in iniquitatibus conceptus sum:

* et in peccatis concepit me mater mea.

Ecce enim veritatem dilexisti:

* incerta, et occulta sapientiæ tuæ manifestasti mihi.

Asperges me hyssopo, et mundabor:

* lavabis me et super nivem dealbabor.

Auditui meo dabis gaudium, et lætitiam:

* exultabunt ossa humiliata.

Averte faciem tuam a peccatis meis:

* et omnes iniquitates meas dele.

Cor mundum crea in me, Deus:

* et spiritum rectum innova in visceribus meis.

Ne proiicias me a facie tua:

* et Spiritum Sanctum tuum ne auferas a me.

Redde mihi lætitiam salutaris tui:

* et spiritu principali confirma me.

Docebo iniquos vias tuas:

* et impii ad te convertentur.

Libera me de sanguinibus, Deus, Deus salutis meæ:

* exultabit lingua mea iustitiam tuam.

Domine, labia mea aperies:

* et os meum annuntiabit laudem tuam.

Quoniam si voluisses sacrificium, dedissem utique:

* holocaustis non delectaberis.

Sacrificium Deo spiritus contribulatus:

* cor contritum, et humiliatum, Deus, non despicies.

Benigne fac, Domine, in bona voluntate tua Sion:

* ut ædificentur muri Ierusalem.

Tunc acceptabis sacrificium iustitiæ, oblationes et holocausta:

* tunc imponent super altare tuum vitulos.

Gloria Patri, et Filio:
* et Spiritui Sancto.
Sicut erat in principio, et nunc, et semper:
* et in sæcula sæculorum. Amen.

+

Psalmus 101 (Domine, exaudi orationem meam)

Domine, exaudi orationem meam:

* et clamor meus ad te veniat.

Non avertas faciem tuam a me:

* in quacumque die tribulor, inclina ad me aurem tuam.

In quacumque die invocavero te:

* velociter exaudi me.

Quia defecerunt sicut fumus dies mei:

* et ossa mea sicut cremium aruerunt.

Percussum est ut fœnum, et aruit cor meum:

* quia oblitus sum comedere panem meum.

A voce gemitus mei:

* adhæsit os meum carni meæ.

Similis factus sum pellicano solitudinis:

* factus sum sicut nycticorax in domicilio.

Vigilavi:

* et factus sum sicut passer solitarius in tecto.

Tota die exprobrabant mihi inimici mei:

* et qui laudabant me, adversum me iurabant.

Quia cinerem tamquam panem manducabam:

* et potum meum cum fletu miscebam.

A facie iræ et indignationis tuæ:

* quia elevans allisisti me.

Dies mei sicut umbra declinaverunt:

* et ego sicut fœnum arui.

Tu autem, Domine, in æternum permanes:

* et memoriale tuum in generationem et generationem.

Tu exsurgens misereberis Sion:

* quia tempus miserendi eius, quia venit tempus.

Quoniam placuerunt servis tuis lapides eius:

* et terræ eius miserebuntur.

Et timebunt Gentes nomen tuum, Domine:

* et omnes reges terræ gloriam tuam.

Quia ædificavit Dominus Sion:

* et videbitur in gloria sua.

Respexit in orationem humilium:

* et non sprevit precem eorum.

Scribantur hæc in generatione altera:

* et populus, qui creabitur, laudabit Dominum.

Quia prospexit de excelso sancto suo:

* Dominus de cælo in terram aspexit.

Ut audiret gemitum compeditorum:

* ut solveret filios interemptorum.

Ut annuntiet in Sion nomen Domini:

* et laudem suam in Ierusalem.

In conveniendo populos in unum:

* et reges ut serviant Domino.

Respondit ei in via virtutis suæ:

* paucitatem dierum meorum nuntia mihi.

Ne revoces me in dimidio dierum meorum:

* in generationem et generationem anni tui.

Initio tu, Domine, terram fundasti:

* et opera manuum tuarum sunt cœli.

Ipsi peribunt, tu autem permanes:

* et omnes sicut vestimentum veterascent.

Et sicut opertorium mutabis eos, et mutabuntur:

* tu autem idem ipse es, et anni tui non deficient.

Filii servorum tuorum habitabunt:

* et semen eorum in sæculum dirigetur.

Gloria Patri, et Filio:
* et Spiritui Sancto.
Sicut erat in principio, et nunc, et semper:
* et in sæcula sæculorum. Amen.

+

Psalmus 129 (De profundis clamavi ad te, Domine)

De profundis clamavi ad te, Domine:

* Domine, exaudi vocem meam.

Fiant aures tuæ intendentes:

* in vocem deprecationis meæ.

Si iniquitates observaveris, Domine:

* Domine, quis sustinebit?

Quia apud te propitiatio est:

* propter legem tuam sustinui te, Domine.

Sustinuit anima mea in verbum eius:

* speravit anima mea in Domino.

A custodia matutina usque ad noctem:

* speret Isræl in Domino.

Quia apud Dominum misericordia:

* et copiosa apud eum redemptio.

Et ipse redimet Isræl:

* ex omnibus iniquitatibus eius.

Gloria Patri, et Filio:
* et Spiritui Sancto.
Sicut erat in principio, et nunc, et semper:
* et in sæcula sæculorum. Amen.

+

Psalmus 142 (Domine, exaudi orationem meam)

Domine, exaudi orationem meam, auribus percipe obsecrationem meam in veritate tua:

* exaudi me in tua iustitia.

Et non intres in iudicium cum servo tuo:

* quia non iustificabitur in conspectu tuo omnis vivens.

Quia persecutus est inimicus animam meam:

* humiliavit in terra vitam meam.

Collocavit me in obscuris sicut mortuos sæculi:

* et anxiatus est super me spiritus meus, in me turbatum est cor meum.

Memor fui dierum antiquorum, meditatus sum in omnibus operibus tuis:

* in factis manuum tuarum meditabar.

Expandi manus meas ad te:

* anima mea sicut terra sine aqua tibi.

Velociter exaudi me, Domine:

* defecit spiritus meus.

Non avertas faciem tuam a me:

* et similis ero descendentibus in lacum.

Auditam fac mihi mane misericordiam tuam:

* quia in te speravi.

Notam fac mihi viam, in qua ambulem:

* quia ad te levavi animam meam.

Eripe me de inimicis meis, Domine, ad te confugi:

* doce me facere voluntatem tuam, quia Deus meus es tu.

Spiritus tuus bonus deducet me in terram rectam:

* propter nomen tuum, Domine, vivificabis me in æquitate tua.

Educes de tribulatione animam meam:

* et in misericordia tua disperdes inimicos meos.

Et perdes omnes, qui tribulant animam meam:

* quoniam ego servus tuus sum.

Gloria Patri, et Filio:
* et Spiritui Sancto.
Sicut erat in principio, et nunc, et semper:
* et in sæcula sæculorum. Amen.

 

Fuente: http://caballerodelainmaculada.blogspot.com

Mensaje del Santo Padre para la Cuaresma 2012


MENSAJE DEL SANTO PADRE
BENEDICTO XVI
PARA LA CUARESMA 201
2


«Fijémonos los unos en los otros
para estímulo de la caridad y las buenas obras»
 (Hb 10, 24)


Queridos hermanos y hermanas


La Cuaresma nos ofrece una vez más la oportunidad de reflexionar sobre el corazón de la vida cristiana: la caridad. En efecto, este es un tiempo propicio para que, con la ayuda de la Palabra de Dios y de los Sacramentos, renovemos nuestro camino de fe, tanto personal como comunitario. Se trata de un itinerario marcado por la oración y el compartir, por el silencio y el ayuno, en espera de vivir la alegría pascual.
Este año deseo proponer algunas reflexiones a la luz de un breve texto bíblico tomado de la Carta a los Hebreos«Fijémonos los unos en los otros para estímulo de la caridad y las buenas obras» (10,24).

Esta frase forma parte de una perícopa en la que el escritor sagrado exhorta a confiar en Jesucristo como sumo sacerdote, que nos obtuvo el perdón y el acceso a Dios. El fruto de acoger a Cristo es una vida que se despliega según las tres virtudes teologales: se trata de acercarse al Señor «con corazón sincero y llenos de fe» (v. 22), de mantenernos firmes «en laesperanza que profesamos» (v. 23), con una atención constante para realizar junto con los hermanos «la caridad y las buenas obras» (v. 24). Asimismo, se afirma que para sostener esta conducta evangélica es importante participar en los encuentros litúrgicos y de oración de la comunidad, mirando a la meta escatológica: la comunión plena en Dios (v. 25). Me detengo en el versículo 24, que, en pocas palabras, ofrece una enseñanza preciosa y siempre actual sobre tres aspectos de la vida cristiana: la atención al otro, la reciprocidad y la santidad personal.




1. “Fijémonos”: la responsabilidad para con el hermano.

El primer elemento es la invitación a «fijarse»: el verbo griego usado es katanoein, que significa observar bien, estar atentos, mirar conscientemente, darse cuenta de una realidad. Lo encontramos en el Evangelio, cuando Jesús invita a los discípulos a «fijarse» en los pájaros del cielo, que no se afanan y son objeto de la solícita y atenta providencia divina (cf. Lc 12,24), y a «reparar» en la viga que hay en nuestro propio ojo antes de mirar la brizna en el ojo del hermano (cf. Lc 6,41). Lo encontramos también en otro pasaje de la misma Carta a los Hebreos, como invitación a «fijarse en Jesús» (cf. 3,1), el Apóstol y Sumo Sacerdote de nuestra fe. Por tanto, el verbo que abre nuestra exhortación invita a fijar la mirada en el otro, ante todo en Jesús, y a estar atentos los unos a los otros, a no mostrarse extraños, indiferentes a la suerte de los hermanos. Sin embargo, con frecuencia prevalece la actitud contraria: la indiferencia o el desinterés, que nacen del egoísmo, encubierto bajo la apariencia del respeto por la «esfera privada». También hoy resuena con fuerza la voz del Señor que nos llama a cada uno de nosotros a hacernos cargo del otro. Hoy Dios nos sigue pidiendo que seamos «guardianes» de nuestros hermanos (cf. Gn 4,9), que entablemos relaciones caracterizadas por el cuidado reciproco, por la atención al bien del otro y a todo su bien. El gran mandamiento del amor al prójimo exige y urge a tomar conciencia de que tenemos una responsabilidad respecto a quien, como yo, es criatura e hijo de Dios: el hecho de ser hermanos en humanidad y, en muchos casos, también en la fe, debe llevarnos a ver en el otro a un verdaderoalter ego, a quien el Señor ama infinitamente. Si cultivamos esta mirada de fraternidad, la solidaridad, la justicia, así como la misericordia y la compasión, brotarán naturalmente de nuestro corazón. El Siervo de Dios Pablo VI afirmaba que el mundo actual sufre especialmente de una falta de fraternidad: «El mundo está enfermo. Su mal está menos en la dilapidación de los recursos y en el acaparamiento por parte de algunos que en la falta de fraternidad entre los hombres y entre los pueblos» (Carta. enc. Populorum progressio [26 de marzo de 1967], n. 66).

La atención al otro conlleva desear el bien para él o para ella en todos los aspectos: físico, moral y espiritual.
La cultura contemporánea parece haber perdido el sentido del bien y del mal, por lo que es necesario reafirmar con fuerza que el bien existe y vence, porque Dios es «bueno y hace el bien» (Sal 119,68). El bien es lo que suscita, protege y promueve la vida, la fraternidad y la comunión. La responsabilidad para con el prójimo significa, por tanto, querer y hacer el bien del otro, deseando que también él se abra a la lógica del bien; interesarse por el hermano significa abrir los ojos a sus necesidades. La Sagrada Escritura nos pone en guardia ante el peligro de tener el corazón endurecido por una especie de «anestesia espiritual» que nos deja ciegos ante los sufrimientos de los demás. El evangelista Lucas refiere dos parábolas de Jesús, en las cuales se indican dos ejemplos de esta situación que puede crearse en el corazón del hombre. En la parábola del buen Samaritano, el sacerdote y el levita «dieron un rodeo», con indiferencia, delante del hombre al cual los salteadores habían despojado y dado una paliza (cf. Lc 10,30-32), y en la del rico epulón, ese hombre saturado de bienes no se percata de la condición del pobre Lázaro, que muere de hambre delante de su puerta (cf. Lc 16,19). En ambos casos se trata de lo contrario de «fijarse», de mirar con amor y compasión. ¿Qué es lo que impide esta mirada humana y amorosa hacia el hermano? Con frecuencia son la riqueza material y la saciedad, pero también el anteponer los propios intereses y las propias preocupaciones a todo lo demás. Nunca debemos ser incapaces de «tener misericordia» para con quien sufre; nuestras cosas y nuestros problemas nunca deben absorber nuestro corazón hasta el punto de hacernos sordos al grito del pobre. En cambio, precisamente la humildad de corazón y la experiencia personal del sufrimiento pueden ser la fuente de un despertar interior a la compasión y a la empatía: «El justo reconoce los derechos del pobre, el malvado es incapaz de conocerlos» (Pr 29,7). Se comprende así la bienaventuranza de «los que lloran» (Mt5,4), es decir, de quienes son capaces de salir de sí mismos para conmoverse por el dolor de los demás.

El encuentro con el otro y el hecho de abrir el corazón a su necesidad son ocasión de salvación y de bienaventuranza.
El «fijarse» en el hermano comprende además la solicitud por su bien espiritual. Y aquí deseo recordar un aspecto de la vida cristiana que a mi parecer ha caído en el olvido: la corrección fraterna con vistas a la salvación eterna. Hoy somos generalmente muy sensibles al aspecto del cuidado y la caridad en relación al bien físico y material de los demás, pero callamos casi por completo respecto a la responsabilidad espiritual para con los hermanos. No era así en la Iglesia de los primeros tiempos y en las comunidades verdaderamente maduras en la fe, en las que las personas no sólo se interesaban por la salud corporal del hermano, sino también por la de su alma, por su destino último. En la Sagrada Escritura leemos: «Reprende al sabio y te amará. Da consejos al sabio y se hará más sabio todavía; enseña al justo y crecerá su doctrina» (Pr 9,8ss). Cristo mismo nos manda reprender al hermano que está cometiendo un pecado (cf. Mt 18,15).

El verbo usado para definir la corrección fraterna —elenchein—es el mismo que indica la misión profética, propia de los cristianos, que denuncian una generación que se entrega al mal (cf. Ef 5,11). La tradición de la Iglesia enumera entre las obras de misericordia espiritual la de «corregir al que se equivoca». Es importante recuperar esta dimensión de la caridad cristiana. Frente al mal no hay que callar. Pienso aquí en la actitud de aquellos cristianos que, por respeto humano o por simple comodidad, se adecúan a la mentalidad común, en lugar de poner en guardia a sus hermanos acerca de los modos de pensar y de actuar que contradicen la verdad y no siguen el camino del bien. Sin embargo, lo que anima la reprensión cristiana nunca es un espíritu de condena o recriminación; lo que la mueve es siempre el amor y la misericordia, y brota de la verdadera solicitud por el bien del hermano. El apóstol Pablo afirma: «Si alguno es sorprendido en alguna falta, vosotros, los espirituales, corregidle con espíritu de mansedumbre, y cuídate de ti mismo, pues también tú puedes ser tentado» (Ga 6,1). En nuestro mundo impregnado de individualismo, es necesario que se redescubra la importancia de la corrección fraterna, para caminar juntos hacia la santidad. Incluso «el justo cae siete veces» (Pr 24,16), dice la Escritura, y todos somos débiles y caemos (cf. 1 Jn 1,8). Por lo tanto, es un gran servicio ayudar y dejarse ayudar a leer con verdad dentro de uno mismo, para mejorar nuestra vida y caminar cada vez más rectamente por los caminos del Señor. Siempre es necesaria una mirada que ame y corrija, que conozca y reconozca, que discierna y perdone (cf. Lc 22,61), como ha hecho y hace Dios con cada uno de nosotros.




2. “Los unos en los otros”: el don de la reciprocidad.

Este ser «guardianes» de los demás contrasta con una mentalidad que, al reducir la vida sólo a la dimensión terrena, no la considera en perspectiva escatológica y acepta cualquier decisión moral en nombre de la libertad individual. Una sociedad como la actual puede llegar a ser sorda, tanto ante los sufrimientos físicos, como ante las exigencias espirituales y morales de la vida. En la comunidad cristiana no debe ser así. El apóstol Pablo invita a buscar lo que «fomente la paz y la mutua edificación» (Rm 14,19), tratando de «agradar a su prójimo para el bien, buscando su edificación» (ib. 15,2), sin buscar el propio beneficio «sino el de la mayoría, para que se salven» (1 Co 10,33). Esta corrección y exhortación mutua, con espíritu de humildad y de caridad, debe formar parte de la vida de la comunidad cristiana.

Los discípulos del Señor, unidos a Cristo mediante la Eucaristía, viven en una comunión que los vincula los unos a los otros como miembros de un solo cuerpo. Esto significa que el otro me pertenece, su vida, su salvación, tienen que ver con mi vida y mi salvación. Aquí tocamos un elemento muy profundo de la comunión: nuestra existencia está relacionada con la de los demás, tanto en el bien como en el mal; tanto el pecado como las obras de caridad tienen también una dimensión social. En la Iglesia, cuerpo místico de Cristo, se verifica esta reciprocidad: la comunidad no cesa de hacer penitencia y de invocar perdón por los pecados de sus hijos, pero al mismo tiempo se alegra, y continuamente se llena de júbilo por los testimonios de virtud y de caridad, que se multiplican. «Que todos los miembros se preocupen los unos de los otros» (1 Co 12,25), afirma san Pablo, porque formamos un solo cuerpo. La caridad para con los hermanos, una de cuyas expresiones es la limosna —una típica práctica cuaresmal junto con la oración y el ayuno—, radica en esta pertenencia común. Todo cristiano puede expresar en la preocupación concreta por los más pobres su participación del único cuerpo que es la Iglesia. La atención a los demás en la reciprocidad es también reconocer el bien que el Señor realiza en ellos y agradecer con ellos los prodigios de gracia que el Dios bueno y todopoderoso sigue realizando en sus hijos. Cuando un cristiano se percata de la acción del Espíritu Santo en el otro, no puede por menos que alegrarse y glorificar al Padre que está en los cielos (cf. Mt 5,16).




3. “Para estímulo de la caridad y las buenas obras”: caminar juntos en la santidad.

Esta expresión de la Carta a los Hebreos (10, 24) nos lleva a considerar la llamada universal a la santidad, el camino constante en la vida espiritual, a aspirar a los carismas superiores y a una caridad cada vez más alta y fecunda (cf. 1 Co 12,31-13,13). La atención recíproca tiene como finalidad animarse mutuamente a un amor efectivo cada vez mayor, «como la luz del alba, que va en aumento hasta llegar a pleno día» (Pr 4,18), en espera de vivir el día sin ocaso en Dios. El tiempo que se nos ha dado en nuestra vida es precioso para descubrir y realizar buenas obras en el amor de Dios. Así la Iglesia misma crece y se desarrolla para llegar a la madurez de la plenitud de Cristo (cf. Ef 4,13). En esta perspectiva dinámica de crecimiento se sitúa nuestra exhortación a animarnos recíprocamente para alcanzar la plenitud del amor y de las buenas obras.

Lamentablemente, siempre está presente la tentación de la tibieza, de sofocar el Espíritu, de negarse a «comerciar con los talentos» que se nos ha dado para nuestro bien y el de los demás (cf. Mt25,25ss). Todos hemos recibido riquezas espirituales o materiales útiles para el cumplimiento del plan divino, para el bien de la Iglesia y la salvación personal (cf. Lc 12,21b; 1 Tm 6,18). Los maestros de espiritualidad recuerdan que, en la vida de fe, quien no avanza, retrocede. Queridos hermanos y hermanas, aceptemos la invitación, siempre actual, de aspirar a un «alto grado de la vida cristiana» (Juan Pablo II, Carta ap. Novo millennio ineunte [6 de enero de 2001], n. 31). Al reconocer y proclamar beatos y santos a algunos cristianos ejemplares, la sabiduría de la Iglesia tiene también por objeto suscitar el deseo de imitar sus virtudes. San Pablo exhorta: «Que cada cual estime a los otros más que a sí mismo» (Rm 12,10).
Ante un mundo que exige de los cristianos un testimonio renovado de amor y fidelidad al Señor, todos han de sentir la urgencia de ponerse a competir en la caridad, en el servicio y en las buenas obras (cf. Hb 6,10). Esta llamada es especialmente intensa en el tiempo santo de preparación a la Pascua. Con mis mejores deseos de una santa y fecunda Cuaresma, os encomiendo a la intercesión de la Santísima Virgen María y de corazón imparto a todos la Bendición Apostólica.

Vaticano, 3 de noviembre de 2011



BENEDICTUS PP. XVI