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sábado, 10 de marzo de 2012

TERCER DOMINGO DE CUARESMA

 

tercer domingo de cuaresma

 

TERCER DOMINGO DE CUARESMA

ESTACIÓN EN SAN LORENZO EXTRA MUROS

I Clase - Ornamentos morados

 

La Iglesia, en los oficios nocturnos, lee la historia del Patriarca José.
¡Qué modelo tan consumado de caridad y de pureza, de esas dos
excelsas virtudes cristianas harto más difíciles de practicar que ahora,
cuando tenemos de ellas tantos y tan preclaros ejemplos como nos han
dado los Santos del Antiguo y Nuevo Testamento y sobre todo Jesús,
divino modelo de predestinados! ¿Qué género de disculpa tendremos, los
cristianos, si, estando obligados a mayor perfección en virtud de nuestro
bautismo, nos quedamos tan atrás en el camino del propio vencimiento?
El cielo, que esperamos con fundadísima esperanza, lo tenemos figurado
en la promoción de José a los cargos más honrosos y elevados del Egipto,
después de haber sufrido mil géneros de penalidades en los años de cárcel,
que inocente sufrió con entera resignación.
Acicate poderoso para el cristiano, que en este mundo ha de vivir como
pobre desterrado, que suspira sin cesar por su patria. La ve allá lejos, pero
no le es dado visitarla tan pronto. ¿Quién hubiera jamás pensado que de la
envidia de los hermanos de José había Dios de sacar tan gran partido?
Pero, además, tenemos en el Patriarca José una de las figuras más
expresivas de Cristo y de su Iglesia. Jesús es, a no dudarlo, el perfecto
dechado de pureza virginal. Hoy precisamente nos le muestra el Evangelio
expulsando a un demonio impuro.
Esto mismo hace a diario la Iglesia en las almas de los bautizados por
medio de la predicación y de los santos Sacramentos. Hácelo sobre todo
en este santo tiempo de Cuaresma por medio de la Confesión y del
Bautismo. ¿Qué otra cosa si no, son los exorcismos, tan frecuentes en el
rito bautismal, en que llega el sacerdote hasta a imitar los gestos del
Salvador cuando arrojaba a los demonios de los cuerpos de los infelices
posesos? Antes del rito bautismal, dice el sacerdote, soplando sobre la cara
del infante: “Sal, espíritu inmundo, de este niño; y cede el lugar al Espíritu
Santo Consolador y no te atrevas a violar de nuevo esta morada”.
Insistiendo en la necesidad de la pureza, dícenos en la Epístola el
Apóstol que “la fornicación y toda impureza no deben ni mentarse entre
los cristianos, tanto es lo que desdice de la santidad de su vocación; sin
contar que ningún fornicario ni impúdico tendrá parte en la herencia del
cielo”.
Sabemos cuál es el arma adecuada contra la carne y sus bajas tendencias:

la que el Patriarca José empleó, es decir la fuga; la que emplearon y
aconsejan a una todos los Santos y Doctores, conociendo como conocen
las aviesas tendencias de nuestra decaída naturaleza.
También Jesús fue vendido como José, y entregado a sus perseguidores
por sus mismos hermanos, o sea por los Judíos, y hasta por uno de sus más
íntimos amigos.
“Una fiera pésima devoró” a Jesús y le dio muerte afrentosa de Cruz.
Mas por eso precisamente Dios le ensalzó después y dióle el mando de
todos los pueblos, hasta los últimos confines de la tierra. Entonces
devolvió Jesús bien por mal a los que quisieron aprovecharse del precio de
su sangre vertida en el madero de la Cruz por salvar a los hombres, a los
mismos verdugos que le atormentaban.
Asimismo, Jesús, en las fiestas pascuales, distribuirá entre sus fieles los
tesoros amontonados en sus graneros, al distribuir gratis el Pan celestial
por medio de sus sacerdotes. Precede una graciosa amnistía, sin más
condiciones que el arrepentimiento sincero, la humilde confesión y el
propósito firme de no volver a pecar.


El párroco celebra hoy la misa por sus feligreses.

 

Propio del día para imprimir

EL ÚLTIMO PROGRESO DE LOS TIEMPOS MODERNOS: LA PALABRA VIOLADA

Por Fr. Mario José Petit de Murat O. P.

 

 

 

I

Tengamos por cierto que hemos ido a la deriva. Muchas han sido “las lluvias, ríos y vientos” que la apostasía de Europa desató contra el Hijo del hombre desde el Renacimiento hasta nuestros días; como consecuencia se ha venido abajo con grande ruina todo lo que del cristianismo se intentara edificar sobre las arenas de la mediocridad, las tibiezas o los descuidos (1).

Es notorio que los tiempos renacentistas y posrenacentistas están especificados por la reincidencia en el pecado, no en el individual, el cual se desgrana en cualquier rincón del mundo a cada instante, sino en el de la sociedad humana, pronunciando esta vez contra Dios no sólo Creador sino también encarnado y Salvador.

En consecuencia, el demonio y la nueva iniquidad disponen de mayor experiencia para su astucia y, así, la malicia ha progresado bastante sobre las antiguas tácticas.

En efecto, la rebeldía moderna ha añadido una perfección capital a la iniquidad. Trataremos de esbozar, siquiera, lo que este enunciado entraña:

Nuestra época se mueve dentro del ámbito de un mal teológico; la anima la peor malicia, la de una apostasía.

Si queremos lograr, no ya el género sino también la especie de dicho mal, hallamos que no se trata de una apostasía cualquiera, la que apartara, por ejemplo, de la noticia que la razón o alguna tradición cierta y remota pudiera dar de Dios.

Lo que la civilización actual intenta negar es la encarnación del Verbo, además de todo el orden sobrenatural y temporal originado por El en la tierra.

Si frente a este hecho recordamos que la medida de un mal está dada por el bien que niega (2), se entenderá que nos encontramos en la hora actual, ante un abismo idéntico a la nada; pues si se niega el Verbo eterno ¿qué nos queda de Dios y de las cosas?

Si se niega la Encarnación –la cual revela la decisión divina de asumir todo lo auténticamente humano- ¿qué puede quedarnos del hombre? Sobre todo: ¿en qué se convertirá el verbo humano si existe la resolución inflexible de emplearlo en contra del Verbo divino, a costa de desgarrarlo en los nexos con su fuente, analogía y ejemplaridad suprema, que es ese mismo verbo?

Ciertamente, la Edad Moderna ha obtenido al fin, tras su labor tenaz de agnosticismo y subjetivismo, corromper la palabra en sí.

El lenguaje del hombre en todo tiempo, ha nombrado también conceptos, deseos y acciones inicuas; incluso cosas concretas dedicadas a la iniquidad (meretriz, Baal).

Se pudo también mentir, pero se mentía con cosas reales que no eran tal como se las nombraba más en sus circunstancias que en su ser mismo; sin embargo, permanecía inviolada la relación del signo verbal con la cosa significada.

Se decía “paz” y cualquiera entendía que se iba a dar una real tranquilidad en el orden concretamente existente; cuando un rey asirio ambicionaba dominar a otro monarca, enviaba una embajada comunicándole que le arrancaría los ojos y le cortaría las manos si llegaba a resistir y no rendirle vasallaje.

En cambio hoy se dice “hombre” y se piensa que se puede estar nombrando a un animal sin mas; asimismo, si un gobernante llega a pronunciar la palabra “paz” el vecino entiende que se esta preparando para la guerra, y cuando un país quiere apoderarse del mundo entero, oprime, destruye y aniquila en nombre del amor que profesa a la fraternal convivencia de los pueblos.

Notemos que no se trata de una transformación etimológica, por la cual numerosos vocablos han derivado apartándose de su contenido original; v. gr. persona, villano.

En este caso la mutación es operada por el consenso de todo un pueblo, cuyo genio verbal fluye tanto como las cosas en la realidad móvil del tiempo.

La alteración que hoy padece la palabra es muy distinta; está sujeta a una doble intención que la violenta en el nexo del signo con lo significado. Al uno se lo mantiene suspendido en su significación primera, mientras se socava lo segundo con la contrariedad misma de lo que se significa; el vocablo justicia, por ejemplo, continúa sugiriendo la verdadera justicia, en cambio, por los caminos del derecho positivo puro se ha logrado inocularle subrepticiamente una significación de absoluto subjetivismo que comporta la activa violación diabólica de aquella.

 

II

¿Podremos pesar la magnitud de esta perversión?

La palabra humana constituye la última perfección de las cosas sensibles (3).

Cuando nombra a una de ellas, la define, manifiesta su peso y medida ópticos y, por último, le señala su lugar en el orden del universo con respecto de las causas y dentro de las concertadas multitudes de las criaturas.

Por eso se puede afirmar que el logos humano corona con una epifanía del ser al mundo sensible.

El modo de operar que la racionalidad añade a la inteligencia existe ante todo por causa de la esencia del ser corpóreo (4).

Éste –que no es sólo fenómeno ni, mucho menos, sólo materia– llama a esa peculiar inteligencia como a su término; allí completa su ciclo, pues un ser que no se consuma en inteligencia, es un ser incipiente, o bien, frustrado.

El ser físico se desgrana en miríadas de accidentes parciales y sucesivos. La materia “quanta” no admite una actualización –y por ende una manifestación- simultánea de todas las perfecciones contenidas en la virtualidad entitativa de una forma sustancial “recepta”. Por esto la cosa sensible no es verbo de sí, nunca se pronuncia aquí y ahora en una plenitud actual.

En cambio, la inteligencia racional es potencia activa con respecto del ser; la única capaz, en la realidad sensible, de abstraerlo de la materia y poseerlo tal como es en sí, en su potencia primordial, depurado de las oscuridades que la causalidad coartante de la materia le imprime. Sabemos que ser e inteligibilidad son términos convertibles.

El entendimiento humano tiene la propiedad de nombrar como suya a la esencia que fiel y pasivamente recibe de parte de la cosa. Esa fusión de lo inmutable de la realidad sensible con la inteligencia se llama intelección, de la cual procede una representación formal intelectual en que la esencia conocida es expresada; ésta es la species expressa, la idea: el verbum mentis.

El entendimiento posible, con dicha respuesta activa conmensurada por la objetividad de la esencia aprehendida, se convierte en entendimiento actual y la cosa, a su vez, en inteligencia. El verbum mentis así obtenido por el primer acto de la intelección, es perfectible; el movimiento concatenado del raciocinio adquiere, luego, mediante el método y el análisis, precisiones que la simple aprehensión del ser, masiva, no puede aportar al concepto; si la argumentación ha sido suficiente, logra al fin discernir, entre la multitud de datos, las notas esenciales y formales.

La inteligencia, entonces, con su acto más perfecto, el juicio, se ajusta a la cosa, afirmando lo que es o negando lo que no es, hasta el punto de consumar la unión más íntima que pueda darse entre dos cosas realmente distintas –la inteligencia y la realidad- y, a la vez, transformadas la una en la otra. Desposorio, éste, necesario; primer misterio donde toda cosa halla su reposo y se despliega en gloria. Ser y verbo: última y mutua perfección; tope final, pues no puede haber cosa más deseable, fruto más jugoso, que el ser y la manifestación del ser en el verbo. Es cuando se convierte en mirada de su rostro; luz interior donde las cosas ríen y trazan sendas de alas hacia el Principio inmutable.

Pero los caminos del conocimiento de lo sensible no paran en el verbum mentis ni en el juicio: se traducen en signo.

Los dos principios esenciales del hilemorfismo, fundidos eminentemente en la unidad de la esencia humana, racional, se llaman mutua y constantemente en todas las zonas del operar del hombre. Pues así como la forma sustancial recepta tiene una habitudo esencial hacia la materia, así también la species expressa tiene su vocación igualmente esencial por la realidad sensible y, con movimiento natural, retorna hacia ella, para signarla de alguna manera. Ése es un síntoma: el verbum mentis normalmente logrado siempre signa de alguna manera a la materia; si no presenta esa tendencia se ha frustrado, derramándose en las arenas del conceptualismo.

A esa causa se debe la abundancia ontológica que entraña todo vocablo: se descarga sobre él alguna plenitud esencial, la poseída por la idea que lo promueve.

En consecuencia, la palabra veraz alumbra el existir de las cosas temporales con abreviadas plenitudes. Aquí –en la realidad- la cosa entrega su ser en sucesión de accidentes; allá –en la palabra- lo ofrece entero y patente en el instante iluminante del signo. La manifestación es mayor en éste, en aquella, la carga entitativa.

Cuando se posee la palabra de esa manera, la realidad se corona con la epifanía de su propio fondo ontológico. Se producen entonces los grandes momentos de la poesía y las culturas típicas de envuelven con el halo de artes plétoras, henchidas de sentido. En cambio si se las concibe como un puro signo ad placitum, es violentada lo mismo que el violín en las manos de un Paganini o el piano en las de un Liszt. Este último trato es sintomático: el vigor vital de un pueblo ha muerto cuando su propio verbo le resulta un conjunto de términos convencionales. Las palabras, quebradas en sus relaciones transcendentales con las esencias, flotan sobre las olas del naufragio, como formas yertas, esquilmadas por los comerciantes y los periódicos.

La verdad es que el ser de un vocablo es pura estructura significativa, y tanto, que incluso su poca materia está, toda ella, embebida de intencionalidad, no arbitraria sino arraigada por sutiles analogías en las esencias mismas de las cosas (5).

El espíritu humano llega al prodigio artístico del lenguaje porque es obra del genio de un pueblo, no de un individuo; y brota de allí, gracias a esa abnegación de todo lo particular, como la expresión más equivalente a la índole espiritual de ese pueblo.

Cuando uno de ellos, por el asombro, recibe al desnudo en sus entrañas el impacto del misterio del Cosmos, produce su idioma.

Momento feliz de deslumbramiento y de juego donde el hombre liba las esencias y todo un pueblo es poeta que gesta con cada palabra una obra maestra y con las relaciones sutiles de los vocablos, otra mayor, más memorable.

 

III

La incursión llevada a cabo en el nexo del vocablo humano con la idea que lo origina, nos ha permitido descubrir la presencia analógica de ésta en la fonética de aquel, de manera que el sólo pronunciar la palabra justicia anuncia a la inteligencia un esbozo de la verdadera justicia. Si expresamos esta conclusión a la inversa, es decir, negativamente, podemos afirmar que por mucho que varíe el lenguaje, nunca en una misma lengua, el término cama llegara a significar caminar.

Pues bien, el triunfo de la iniquidad moderna, su carcajada final frente al Verbo sangrante (6) consiste en que ha logrado clavar su aguijón en las junturas mismas del concepto con su vocablo. Este último ha sido robado para violarlo e imponerle el feto de una significación precisamente contraria, que desde dentro le devora su propio ser significante; se explota su sentido original para inocular en la mentalidad de los pueblos la idea adversa a lo que él necesaria e inmediatamente sugiere.

Basta traer a colación los términos justicia, libertas y liberalismo para entender hasta qué punto es perversa la corrupción introducida hoy en el lenguaje.

Nombra el primero la voluntad perpetua y constante de dar a cada uno lo suyo; el segundo, la responsabilidad de determinarse a sí mismo en el orden operativo y en el mar casi infinito de los medios hacia el único fin –el sumo Bien- que conforma esencial y exhaustivamente a la naturaleza humana; el tercero, a aquel que comunica sus propios bienes con el prójimo, sin olvidar la justicia.

Para el moderno, por el contrario, la justicia significa la facultad de exigir derechos propios, absolutos y subjetivamente instituidos, frente a los de los otros, también absolutos y subjetivamente instituidos. La libertad es la facultad omnímoda del hombre concebido como principio de sí mismo, con el absurdo consiguiente de que su acción es tal que plasma su existencia en esencia y finalidad ulteriores a esa existencia. El vocablo liberal, por último, es quizás el que padece mayor violencia interior; tanto cuanto por sí designa a aquel que sirve el bien desde las precisiones de la justicia, en la boca del moderno, sea vulgo, sea pensador de este siglo, nombra al más hosco detractor y destructor de la verdad y del Bien que jamás haya existido; al apasionado amante de las tolerancias que puedan liquidar todo lo que el Verbo divino haya construido en los hombres, ya en la recóndita mansión del alma y la mente, ya en la complexión social y en las disciplinas humanas. En resumen, llámase liberal a aquella mentalidad tan baja, que considera amplitud de criterio su repugnancia al misterio y su sistemática liquidación de todo lo grande que la plana inteligencia del mediocre no puede entender; la cual sobre todo, eriza sus libertades y forma cordón policial nada más que en derredor de Cristo y su Sangre; en cambio, toda pirueta hacia la negación de los perennes valores divinos y, también, humanos, cuenta con su sonrisa de bonachón.

 

IV

¿Y las consecuencias del pésimo delito?

No esperemos hallar flores de impunidad sobre el sepulcro de la palabra violada.

Corre el frío de la muerte por la médula del alma cuando se piensa que la mentira anida en el interior del lenguaje del hombre moderno.

Las consecuencias son inabarcables. Por el género donde se desarrolla ese mal, sus efectos son inmediatamente deletéreos de lo humano. Aunque éstos se irradien, incalculables, en todo sentido, se pueden condensar en una sentencia aún inaudita: el hombre no es. Su lugar está ocupado por el hervidero de su gigantesca descomposición.

Las cosas todas, también el hombre, dependen, esencialmente, de la verdad ontológica (7). Por consiguiente aquella mentira que, en la intencionalidad del hombre, impida la posesión de la verdad ontológica, veda también al hombre la posesión de toda realidad. Así las intenciones y el operar humano quedan desamparados de la presencia de lo real; en una palabra, su operar estará vacío de realidad. Sus obras son, entonces, obras de maldición, repudiadas por la densidad óptica del universo.

Estamos en medio de niños que han escuchado la palabra mancillada por la contradicción interna, desde su cuna. El material plástico, el signo típico de la mentira moderna, hoy ablanda sus juguetes, la vajilla de su mesa, todos los ídolos que admiran. Porque este mundo ha perdido por completo el contacto con el caudal óptico que transita la materia, llega a llamar material plástico al material más miserable; al despojado de toda plasticidad. Por eso nuestros niños, cuando les toca el turno de inmolarse a los torbellinos vacíos de una civilización más perversa que la de Cartago, llaman amor a una pasión obstinada que destruye lo amado, y libertad a la potestad de contraerse hacia su mundo que los asfixia.

La confusión ha impregnado, como aceite derramado, los sentidos más recónditos del verbo humano, hasta el punto de desposeerlo de sus repercusiones cargadas de sugerencias y analogías. Tratamos palabras profanadas y muertas. Por eso hoy se da el hecho diametralmente opuesto al del nacimiento de un idioma. Éstos nacen en momentos frescos, en albas poéticas, de fervoroso encuentro del hombre con el universo. En cambio nosotros estamos viviendo días desprovistos de venas esenciales; tiempos opacos terriblemente mudos: la poesía y la filosofía ha muerto. No disponemos de signos veraces. La confusión ha engendrado, al fin, un lenguaje; el propio de la ramera y el mercader, soberanos del mundo actual.

La misma Teología no deja de padecer la letal infección de algunas herejías o una residual sedimentación de todas ellas en cuanto los teólogos divulgadores intentan modernizarla.

La confusión inoculada es tal que hablamos palabras mentirosas aunque no queramos: se dice “hombre de Dios” y se concibe una criatura aniquilada; en cambio, se pronuncia “Humanista” y se piensa en un hombre bien afianzado en la realidad; y lo que en otro tiempo se llamaba lisa y llanamente pecado original, en la actualidad se denomina “Humanismo”; porque así se nombra a la sustancia de aquél, rediviva hoy.

El dedicarse a la exaltación de las potencias, derechos, recursos del hombre y de las cosas en sí, dejando en segundo plano lo principal, la necesaria subordinación de todos ellos a la trascendencia de Dios, lleva ese nombre desde el Renacimiento hasta nuestros días, con el fin de que se pueda desarrollar a sus anchas, recibiendo incluso los servicios de más de una mentalidad que dice, por otra parte, no reconocer otro Señor que el Cristo y su Iglesia.

La comodidad moderna tampoco carece de nombre encubridor de los efectos que produce en las regiones del alma. Ella relaja las energías del cuerpo y del espíritu hasta el punto de quitar al hombre toda aptitud de esfuerzo; de esta manera sume a la inteligencia y a la voluntad en marasmo que le impide, como al paralítico de la piscina Probática (8), levantarse y andar, esforzado, en pos de las gracias hasta alcanzar las aguas vivas interiores de la verdadera caridad. A esa parálisis del espíritu, por cierto alarmante, se la llama “camino de abandono”; y al no saber orar se lo clasifica como “oración de quietud” (9).

Pero es en el vocablo Dios donde se ha arremolinado con más saña la intención de corromper el lenguaje. La apostasía moderna, como resultado final de la multiformidad de sus manifestaciones (verdadera cabeza de Medusa), ha logrado, para nombrar al Señor de cielos y tierra, la palabra deshecha en el mayor grado de equivocidad posible. La libre interpretación de los datos revelados se ha afirmado con tanta insolencia, que cuando se dice Dios, hasta el común de los católicos, entiende un ser infinitamente pasivo del hombre, susceptible de ser modificado de manera incondicionada por las convicciones, el temperamento e inclinaciones particulares de cada individuo.

Gracias al trabajo de erosión de las herejías modernas, el Nombre Santo es hoy un puro equívoco; cuando un israelita, un masón, un ateo materialista, un católico “tolerante” y un “testigo de Jehová” se reúnen para planificar “la ciudad polivalente”, si alguno de ellos llega a pronunciar de paso la palabra Dios, todos los otros sonríen benévolos, porque cada uno, a propósito del nombre vacío, ha podido pensar cualquier cosa o, lo que es más perfecto, no ha pensado en nada.

Al final de cuentas no sabemos en cuántos que dicen vivir, la Verdad que da vida, es idea muerta.

 

V

El mentiroso, para convencer, recurre a la locuacidad; de allí pasa a la gesticulación y llega, por último, al paroxismo si tiene que pedir socorro porque su mujer ha ingerido veneno o su casa se incendia. Así está le hombre: se resuelve en paroxismo de radio, periódicos, propaganda y televisión. Todos vociferan, pero es en vano: nadie cree a nadie. Se busca más producir efectos que impresionen por algún momento el apetito, no pronunciar palabras que pesen tanto como la verdad. Aunque se quisiera, no se las encuentra, pues cualquiera de ellas lleva latente en sí misma, su contradicción.

Todo hombre siente hastío por el verbo humano menoscabado, rehollado. La época, al perderlo, muestra al desnudo su valor y necesidad. Siempre pasa así: el hombre aprecia un bien sólo cuando lo pierde; mientras lo posee abusa de él; y hoy se ve hasta qué punto fueron incalificables las torpezas cometidas con la palabra por el Iluminismo y el Romanticismo; por el Humanismo decadente de nuestros días.

Los espíritus cultivados que aún existen, perciben el silencio muerto de la alta ausencia, del verbo desflorado, y callan.

Se vocifera para convencer a alguien, pero más valdría callar: el hombre moderno, así nombre sus propios ojos, es un sordomudo dotado de gritos vacíos, lanzados contra un Universo intacto que se le ha clausurado; contra el otro hombre que está como un esquema remoto, desdibujado por la muchedumbre que lo connota, obsesiva, días y noche.

Si dice blanco, al instante puede decir negro sin que nadie se conmueva; cuanto más habrá alguno que lo comente de paso levantando los hombros; una indignación apoplética se encenderá, en cambio, en el único caso de que el negro en el lugar del blanco llegue a perjudicar algún negocio. Este estado de cosas se debe a que cuando dijeron mono y se entendió hombre no hubo quien lavara la afrenta inferida a la inteligencia, sino que asintieron sonriendo, pues tal vez, aunque a costa de una última humillación, había llegado la hora de liberarse de Dios. Pero tanta fue la euforia, que no notaron que allí también está el Señor. Queriendo desatarse de Él, lo único que hicieron fue dejar la zona de su misericordia para entrar en la de su justicia, ya que renegando de su condición de hijos del Altísimo, de inmediato obtuvieron, en eso mismo, el castigo, pues quedaron aherrojados, nada menos que en las convicciones de sus mentes, al animal más asqueroso de la escala zoológica.

En consecuencia, el mundo está infectado de demonios y el síntoma de que el hombre dice una palabra y se entiende, por lo menos, dos cosas distintas, manifiesta que ha llegado el turno de aquel que se complace en reducirlo a la condición de un sordomudo. El otro indicio del endemoniado del Evangelio también abunda en los dramas de los individuos y de los pueblos; así andan, cayendo unas veces en el fuego y otras en el agua (10).

Según el Señor Jesús tal género de espíritu inmundo es echado fuera sólo con la oración y el ayuno. Siendo, en este caso la palabra la ultrajada, el ayuno que cabe es el silencio.

Cuando el hombre calla, Dios habla; y ¡cuánto tumulto y blasfemia, afrenta y llaga tiene que acallar el hombre para que Dios hable!

Únicamente el silencio lava al alma en las aguas de las esencias, las causas, la Trinidad desbordante. Y sólo allí la palabra llagada reposa y rehace su transparencia significativa como el vino cuando el mosto se asienta.

¿Habrá almas capaces de hundirse en la noche del silencio; de levantar bajo la desplegada mansión de la Voz, las altas cimas del hombre, las que presencian el Orden? El bautizado en su centro, hace suyo el arcano escondido desde la fundación del mundo: el Verbo está en la carne y en la llaga de la carne. Más, habiendo entrado en las llagas, buscándonos, sin embargo calla en la casa de Herodes, el Usurpador; ausenta su mirada y su voz ante el padre de este siglo.

Sólo los capaces de borrar en sus corazones la gritería del mercado con las luces del desierto, tendrán poder contra los demonios que se resulten en vaciedad y blasfemia al mundo moderno. Si ese linaje del Espíritu ya no se levanta desde el bautismo y el llanto de la Iglesia, peor para este siglo: sobrevendrá un silencio de cenizas lívidas durante tiempos únicamente conocidos por el Padre. Luego, la multitud de las aguas que brotan de su Trono encenderá una vez más el alba y, desde hierbas nuevas, ascenderá hasta el corazón de que Es, fue y será, el hilo del canto glorificante: El de la palabra que nombra y ordena en el Verbo, las trémulas criaturas de la Tierra.

 

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NOTAS:

1- S. Mat. VII, 26, 27 – “Y todo aquel que escucha éstas, mis palabras, y no las cumple, se asemeja a un hombre estulto que edifica su casa sobre la arena: Y cayó la lluvia y llegaron los ríos y soplaron los vientos e hicieron irrupción en esa casa; con lo cual cayó y su ruina fue grande”

2- Un mal se encuentra en el mismo género del bien que niega, porque no es otra cosa que la privación de una perfección debida; toda privación no puede tener otra medida y género, en sentido negativo, que la medida y género que pertenece, en sentido positivo, al bien del cual carece. Por eso se dice que la corrupción de lo óptimo es pésima, ya que la descomposición de una brizna se percibe apenas; en cambio, resulta notable la corrupción de un organismo superior. Pasando al espíritu, más aún: la iniquidad de Judas está conmensurada por la existencia de Jesús; si Éste no hubiera existido, aquel tampoco lo podría haber negado.

Por eso, es grave la falacia de los filósofos de la Historia que quieren juzgar la Era moderna por leyes inferidas del estudio de los ciclos paganos. Nuestros tiempos de ninguna manera podrán ser paganos, pues estamos frente a un planteo del Bien radicalmente distinto a aquel que animó a las civilizaciones precristianas. Nuestros pueblos al querer serlo se ven abocados a la tarea previa de oponerse a la presencia de Dios injertada en lo humano y en la tierra con una especial voluntad de asunción; han de raer, ante todo, del mundo moderno, no cosas accidentales, sino las esencias recapituladas en Cristo por la labor de la Iglesia. Es fácil entender que semejante esfuerzo reviste un sentido de suicidio, el más trágico que ha podido ocurrir a la Historia humana. Para destruir la estructura cristiana en las cosas asumidas por Cristo, es necesario destruir las esencias de ellas. Ese es el signo de la soberanía absoluta del Salvador; cuando obra, lo hace en el lugar donde sólo Dios puede operar; su acción sigue el orden del ser: primero lo esencial, luego lo accidental y lo operativo.

3- Nótese lo arduo de la cuestión que la palabra humana propone a la Filosofía. Aún no se ha estudiado su eficacia. Se la ha clasificado entre los signos “ad placitum” sin mayores distinciones, en realidad la palabra y otros signos, imponen la verdad de que, entre el signo formal y el “ad placitum” se extienden grados en que el uno participa de las propiedades del otro. El poder de la palabra, en los tiempos actuales, para infundir la confusión en la profunda intimidad de la mente, revela una eficacia desconocida hasta este momento.

4- Santo Tomás, Sum. Theol., I, q. LV, a. 2, c.: “Y esto mismo se echa de ver en el modo de ser de las sustancias. Las espirituales inferiores, o sea las almas, tienen un ser afín al de los cuerpos en cuanto que son formas de los cuerpos: Por esta razón su mismo modo de ser les impone que obtengan de los cuerpos y por los cuerpos su perfección intelectual: de otra manera su unión sustancial con los cuerpos, sería vana.” Si la inteligencia humana, mediante su modo de ser racional, recibe de los cuerpos lo inteligible, de manera adecuada, es con el fin de que tenga el modo de operar proporcionado a ellos y sea también, recíprocamente, la inteligencia adecuada de los cuerpos.

5- Entre los hebreos –pueblo compenetrado de la carga de realidad que trae consigo el signo hablado- el vocablo “dabar” significa simultáneamente “cosa” y “palabra”.

6- “Agraden al cielo con sus bocas y la lengua de ellos lame la tierra” Salmo LXXIII-9 (N. Trad.)

7- La verdad ontológica causa y conmensura las esencias de las cosas concretas; éstas son en el orden de lo real lo que aquella es en el orden de las ideas seminales del Creador. Las cosas existen por la conformidad de ellas con la Inteligencia indefectible que las origina. Por eso negar o afrentar la verdad ontológica como lo ha hecho la filosofía moderna y la mentalidad contemporánea, no logra modificar la realidad sino negarla y afrentarla. El fruto no puede ser más desolador: el hombre queda privado, no de un bien particular o de un sistema de ideas sustituible por otro sistema de ideas, sino del peso real de las cosas mismas.

8- S. Juan, V-1-9

9- No se impugna en este lugar “el caminito del santo abandono” de Santa Teresa del Niño Jesús y la Santa Faz, el cual continúa sin duda, las prácticas heroicas de los mayores santos. Contiene un ascetismo vigoroso y constante, semejante al de los Padres del yermo, sostenido por el más puro ejercicio de las virtudes teologales. “El abandono a la gracia”, mencionado, es el remedo del camino teresiano, pues el afán de adaptar las disciplinas cristianas al mundo moderno y a la mentalidad vulgar, no podía dar otro resultado: todo se ha aflojado y reducido al mínimo hasta el punto de considerar abandono en las manos de Dios, a la incuria espiritual, a la ausencia de todo esfuerzo personal. Se descansa en el “ex opere operato” de los Sacramentos, olvidando que éstos producen sus efectos en la medida de las disposiciones favorables e intensivas que encuentren en el sujeto. Otro tanto se puede decir de la “oración de quietud” de Santa Teresa de Ávila.

10- San Marcos, IX-13-28

La Cuaresma en el Año Litúrgico

 

 

 

 

 

Nunca ponderaremos lo suficiente la relevancia que el Año Litúrgico tiene en la vida de la Iglesia.Como la sucesión de las estaciones estimula y regula la renovación vital del mundo físico, la contemplación y vivencia de los sucesivos tiempos litúrgicos inciden en la actualización, interiorización y proyección del mensaje de Cristo, tanto desde una perspectiva individual como comunitaria. Su pone una espiral ascendente hacia la cima de la perfección: el Adviento es la siembra en la esperanza; la Navidad, los primeros brotes en la fe; la Cuaresma, el crecimiento en la caridad con el riego y la poda necesarios; la Pascua, la floración gozosa derivada del injerto en la victoria de Cristo; el Tiempo Ordinario postpentecostal es la siega y el barbecho estival en el que se degustan todos los episodios de la historia de la salvación en su globalidad, actualizándolos en la vida del mundo presente.

La liturgia y los ejercicios de piedad cuaresmales tienen como fin primordial ayudar a los fieles individual y comunitariamente a preparar, vivir y actualizar el misterio de Cristo Salvador que se inmola por nosotros en la Cruz y nos invita a participar en su labor redentora. La Cuaresma es un periodo de cuarenta días que la Iglesia propone a los fieles para bien disponerse a la participación en la Pascua, piedra angular de la historia salvífica de Dios, que va desde el Miércoles de Ceniza hasta la Misa de la Cena del Señor exclusive, por lo que sus notas dominantes son la conversión y la penitencia. San Benito de Nursia, en el siglo V, recomienda en el capítulo XLIX de su Regla a sus monjes que se entreguen a la oración "acompañada de lágrimas" de arrepentimiento o de fervor.

El cuarenta se usa en la Biblia como número redondo de totalidad, a menudo con un sentido de periodo modelo de purificación en la aflicción: el diluvio duró cuarenta días (Gn. VII, 4); la peregrinación de Israel por el desierto duró cuarenta años (Ex. XVI, 35); cuarenta días le da Jonás de plazo a Nínive para su conversión (Jon. III, 4); cuarenta días manda el Señor a Ezequiel que permanezca recostado sobre el lado derecho, como símbolo de lo que había de durar el sitio tras el que Jerusalén sería arrasada; durante cuarenta días ayunan Moisés (Ex. XXIV, 18) en el Sinaí y Elías en el Horeb (I Re. XIX, 8) para ser purificados antes de presentarse a Dios; Jesús se prepara para su misión pública cuarenta días en el desierto (Mc. I, 13; Mt. IV, 2; Lc. IV, 2). Como dice el Catecismo de la Iglesia Católica (nº 540): "La Iglesia se une todos los años, durante los cuarenta días de Cuaresma, al Misterio de Jesús en el desierto".

El primer testimonio de observancia cuaresmal se remonta al siglo II. El ayuno cuadragesimal se documenta a comienzos del siglo IV y aparece en el canon 5 del Concilio de Nicea del 325. El Obispo Serapión de Thmuis en el 331 afirma que la cuaresma es una práctica general en Oriente y Occidente, y en el 384 aparece atestiguada en Roma. En un principio comenzaba el I Domingo, incluyendo los domingos, hasta el Jueves Santo. En el siglo VII se data el inicio el Miércoles de Ceniza, pues al no incluirse los domingos como días de ayuno, completar así, sumando cuatro, los cuarenta, aceptado oficialmente por el Papa Gregorio II (+750); queda así éste como caput jejunii -cabeza del ayuno- éste y como caput quadragesimae -cabeza de la cuaresma- el I Domingo.

Carácter de la Cuaresma

La Cuaresma es antesala de la Pascua. Esta preparación pascual lleva en primer lugar, en los que ya han recibido el bautismo, aparejada la renovación de éste y sus promesas. En la primitiva Iglesia, cuando existía catecumenado de adultos, éstos recibían el sacramento en la Vigilia Pascual, por lo que sus escrutinios o examen general, tres, se celebraban en las liturgias occidentales los Domingos III, IV y V de Cuaresma, certificado para Roma en el siglo VI. Así se sigue señalando en el actual Misal Romano en rúbrica especial para estos días. Tienen el fin de "descubrir en los corazones de los elegidos lo que es débil, morboso o perverso para sanarlo, y lo que es bueno, positivo y santo para asegurarlo. Porque los escrutinios se ordenan a la liberación del pecado y del diablo y al fortalecimiento en Cristo".

A esto se une la práctica de la penitencia como instrumento de conversión y purificación, por lo que el tiempo de Cuaresma tiene un marcado carácter penitencial. La pedagogía litúrgica cuaresmal nos orienta decididamente sobre el mismo: imposición de ceniza -símbolo de nuestra nada ante Dios- a su comienzo, elección del morado -color penitencial por excelencia-, supresión delaleluya -exclamación gozosa por antonomasia- y del Gloria los domingos -canto jubiloso de alabanza-, austeridad en el ornato -prohibición de flores sobre el altar- y música -eliminación de instrumentos a no ser como acompañamiento del canto-.

Una costumbre desaparecida en Occidente y que simbolizaba esta necesidad de purificación por medio de la penitencia para contemplar con corazón puro los sagrados misterios era la de correr durante la cuaresma un velo inmenso, generalmente morado, que ocultaba el altar. El mismo origen tiene la tradición de cubrir las cruces y las imágenes a partir del Domingo V de Cuaresma, aquéllas hasta después de la celebración de la Pasión del Señor el Viernes Santo y éstas hasta el comienzo de la Vigilia Pascual, adquiriendo con el tiempo idéntico significado de expresar la humillación del Redentor.

La penitencia se nos presenta con una triple dimensión señalada por la Tradición: la oración, el ayuno y la limosna. La oración, que encierra todos los ejercicios de piedad individuales y colectivos con que el fiel se dirige a Dios supone una interiorización del perdón divino y un fortalecimiento de la gracia, sirviendo por tanto de alimento de la llama de la esperanza y de escudo contra las debilidades e imperfecciones. Se invita a profundizar en los textos bíblicos litúrgicos, sobre todo los evangélicos y a una participación más frecuente e intensa en la liturgia, sobre todo se recomienda el acercamiento al Sacramento de la Reconciliación para participar purificados en la Pascua: ya el Miércoles de Ceniza se hace al Pueblo de Dios un pregón solemne: "Convertíos y creed en el Evangelio". Todo esto se practica en los cultos de nuestras cofradías penitenciales.

El ayuno, en cuanto privación voluntaria, es signo de valoración de lo verdaderamente importante y fortalecimiento de la voluntad.  Son días obligatorios durante la Cuaresma: de ayuno el Miércoles de Ceniza y de abstinencia todos los viernes. El ayuno, solidaridad con el que no tiene y signo de desprendimiento, "obliga a hacer una sola comida durante el día, pero no prohíbe tomar un poco de alimento por la mañana y por la noche, ateniéndose, en lo que respecta a la calidad y cantidad, a las costumbres locales aprobadas". La abstinencia, práctica simbólica y solidaria, "prohibe el uso de carnes, pero no de huevos, lacticinios y cualquier condimento a base de grasa de animales". Hay que apuntar que "a la ley de la abstinencia están obligados cuantos han cumplido los catorce años; a la ley del ayuno, en cambio, están obligados todos los fieles desde los veintiún años cumplidos hasta que cumplan los cincuenta y nueve".

La limosna, hermana de la oración y del ayuno, que engloba todas las obras de misericordia, testimonia que el mundo es una gran familia que tiene como único Padre a Dios, al tiempo que ayuda a restablecer el orden de justicia divina lesionada por el pecado. Es la puesta en práctica de la caridad, reina de las virtudes. Según las especiales condiciones sociales de la comunidad deberá primarse la más necesaria sobre las demás.

La Iglesia invita a vivir la penitencia cuadragesimal no sólo de un modo interno e individual, sino también externo y social, por el carácter comunitario de ésta y por la dimensión colectiva del pecado, como signo de la conversión del corazón. En esta misión tienen parte importante nuestras cofradías: "precisamente en este tiempo, en el que muchísimos hombres experimentan un vacío interno y una crisis espiritual, la Iglesia debe conservar y promover con fuerza el sentido de la penitencia, de la oración, de la adoración, del sacrificio, de la oblación de sí mismo, de la caridad y de la justicia. La piedad popular, que posee muchos de estos valores, puede contribuir decisivamente a llenar este vacío y a promover la vida en el Espíritu".

Se recomienda el fomento de ejercicios piadosos de carácter cuaresmal, entre los que podemos incluir nuestros numerosos novenas, quinarios, septenarios, triduos, así como los múltiples viacrucis, práctica expresamente citada. Pero de los ritos peculiares de la Cuaresma nos interesa hacer mención del culto estacional de la corte pontificia. Los miércoles y viernes primero, y los martes y jueves a partir del Papa San Gregorio II (715-31), hacia las tres de la tarde, hora de Nona, se reunía la asamblea cristiana en una iglesia designada como lugar de cita: en ella se recitaba una oración colecta, y, entre cantos penitenciales y letanías, precedidos de la cruz procesional se dirigían procesionalmente fieles, clero y sumo pontífice a la iglesia estacional, donde se celebraba la Eucaristía.

Estas ceremonias recibieron el nombre, desde el siglo II, de estación, vocablo latino que significa etimológicamente "punto de guardia", porque en estas jornadas, de semiayuno, el cristiano montaba espiritualmente guardia. Simbolizan el camino penitencial de la Cuaresma como tránsito hacia la Pascua. Debemos situar aquí el antecedente de nuestros desfiles procesionales de Semana Santa, que se configuran también como estaciones penitenciales. La Iglesia posconciliar reconoce la importancia de este tipo de ceremonias y dispone: "se recomienda que se mantengan y renueven las asambleas de la Iglesia local según el modelo de las antiguas "estaciones" romanas"; entre nosotros, los víacrucis públicos y la peregrinación a los besamanos y besapiés constan de unos caracteres similares.

Desde el origen de nuestras cofradías de penitencia, se establecía en sus Reglas la estación en uno o varios templos; ya la Cofradía del Dulcísimo Nazareno y la Virgen con San Juan fundada en la Parroquial Omnium Sanctorum en 1340 y aprobada por el Arzobispo Nuño de Fuentes en 1356, fijaba su estación penitencial al Real Hospital de San Lázaro desde su sede en la Ermita de San Antón Campo de las Cruces (extramuros de la Macarena). En 1604 se opera una unificación decisiva: en nuestra ciudad se establece a la Santa Iglesia Catedral, como cabeza de todas las iglesias de la urbe, y la Real Parroquia de Santa Ana como su vicaria a la otra orilla del río, como la iglesia estacional común.

 

 

 

Los Domingos de Cuaresma

Incluye seis domingos: I, II, III, IV y V de Cuaresma, y el Domingo de Ramos, pórtico de la Semana Santa, del que por eso no vamos a hablar. Por su importancia litúrgica "tienen precedencia sobre todas las fiestas del Señor y sobre todas las solemnidades". Igualmente, "el miércoles de Ceniza y las ferias de Semana Santa, desde el lunes hasta el jueves, inclusive, tienen preferencia sobre cualquier otra celebración", así como "todas las ferias de Cuaresma tienen preferencia sobre las memorias obligatorias". Todas las ferias de Cuaresma tienen misa propia, lo que indica el esmero con que la Iglesia ha tratado este tiempo litúrgico.

El Domingo I de Cuaresma, llamado también en los antiguos calendarios Invocabit por su introito y Domingo de las Tentaciones por su evangelio, en la Edad Media recibía el título de Domingo de los Hachones, por los que los fieles portaban este día en la liturgia como símbolo público de arrepentimiento de los excesos carnavalescos. Los griegos lo denominan Domingo de los Santos Ayunos, para indicar la nota fundamental de este tiempo litúrgico, y también Fiesta de la Ortodoxia, en conmemoración del restablecimiento de las santas imágenes tras las luchas iconoclastas del siglo IX. Es considerado caput quadragesimae -cabeza de la cuaresma- por ser "el comienzo del venerable sacramento de la observacia cuaresmal", pues aunque antes viene prologado por el Miércoles de Ceniza y las tres ferias siguientes éstos son añadido posterior para completar, como dijimos antes, la cuarentena de ayuno, y, además, el cutado miércoles, considerado caput jejunii -cabeza del ayuno-, no es de precepto.

A esta jornada le corresponde en Roma estación en la Basílica Patriarcal de San Juan de Letrán,Madre y Cabeza de todas las iglesias del mundo, desde la época del Papa San Sixto III (432-40), índice de la importancia que se le concede en la liturgia. A esto se añade que este templo es el santuario del Santísimo Salvador -que se inmola en la Pascua- y de los santos juanes: el Bautista -profeta de la soledad y el ascetismo- y el Evangelista -el evangelista de la Pasión de Cristo-. En él eran también reconciliados los pecadores públicos el Jueves Santo, y bautizados, en su Baptisterio, los catecúmenos la noche de Pascua.

El II Domingo de Cuaresma es denominado Reminiscere por su introito y Domingo de la Transfiguración por su evangelio. Originariamente fue domingo vacante, libre de estación, pues seguía a las IV témporas, que habían dejado extenuado a los fieles. Después del siglo IX se le asigna estación en Roma: Santa Maria in Domnica, antigua diaconía habitada por San Ciriaco donde San Lorenzo distribuía las limosnas de la Iglesia, en el Monte Celio, en cuya subida imitamos a Cristo ascendiendo a Jerusalén.

Al Domingo III de Cuaresma se le llama Oculi por su introito. En la primitiva Iglesia se denominaba Domnigo de los Escrutinios, por ser ésta la primera de las siete sesiones en la que en Roma se procedía al examen de los catecúmenos a bautizar la noche pascual. La estación era en la jubilar Basílica de San Lorenzo Extramuros, en la que se venera el recuerdo del más célebre mártir de Roma, con lo que se recordaba a los neocristianos los sacrificios que exige la fe cristiana. En la Iglesia griega se procede a la adoración de la Cruz al empezar la semana mesomestime, es decir,centro de los ayunos.

El Domingo IV de Cuaresma, denominado acertadamente Laetare -"alegraos"- por el introito,supone, por coincidir en mitad de la Cuaresma, un alto gozoso en el camino ante el horizonte glorioso que espera, por lo que se puede usar de la música instrumental, del exorno floral del altar y de ornamentos de color rosado, que es como un morado aliviado por la alegría.

El título de Domingo de la Rosa de Oro le viene del rito característico papal de origen medieval -hacia el siglo X- de este día de bendecir una rosa áurea como símbolo de realización absoluta y anuncio poético de la Pascua florida, que el Romano Pontífice obsequia a algún destacado personaje o institución del orbe católico. Cuando éste residía en el Patriarchio de Letrán, se desarrollaba allí la ceremonia, tras la cual la llevaba procesionalmente a la iglesia estacional, la Basílica de Santa Cruz en Jerusalén. El rito consiste en bendecirla, ungirla con el santo crisma y espolvorearla con sustancias aromáticas. Algunos creen que procede esta ceremonia singular de una costumbre de los fieles romanos de ofrecer rosas a la cruz como signo de veneración en primavera. 

El Domingo V de Cuaresma,  denominado Júdica por su introito, también se conoce como Domingo de Pasión, porque desde este día la Iglesia empieza a ocuparse especialmente del sacrificio del Redentor como último tramo de la preparación pascual; inauguraba lo que en la liturgia romana preconciliar se denominaba Tiempo de Pasión. El título de Domingo de la Neomenía le viene de caer siempre después de la luna nueva que sirve para fijar la fiesta de la Pascua. Para los griegos es el Domingo V de los Santos Ayunos. La iglesia estacional es San Pedro del Vaticano, el más significativo santuario romano para celebración de tanta importancia.

 

Fuente: http://liturgia.mforos.com

NOVENA TRADICIONAL A SAN JOSE

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Persignarse

Per signum crucis de inimícis nostris líbera nos, Deus noster.

In nomine Patris, et Filii, et Spiritus Sancti. Amen.

 

Acto penitencial

Confíteor Deo omnipoténti, beátae Maríae semper Virgini, beáto Michaéli Archángelo,

beáto Ioanni Baptístae, sanctis apóstolis Petro et Paulo, ómnibus Sanctis; quia peccávi nimis cogitatione, verbo et ópere; mea culpa, mea culpa, mea máxima culpa.

Ideo precor beátam Maríam semper Vírginem, beátum Michaélem Archángelum,

beátum Ioánnem Baptístam, sanctos apóstolos Pétrum et Páulum, omnes Sanctos, orare pro me ad Dóminum, Deum nóstrum. Amen.

 

Oración de entrada para todos los días
Acordaos, ¡oh casto Esposo de María, Padre de Jesús y Protector de la Iglesia, que jamás se ha oído decir, que alguno haya invocado vuestra protección e implorado vuestro auxilio, sin que haya sido atendido por Vos. Con esta confianza venimos a Vos y a Vos nos acogemos con todo el fervor de nuestras almas. No desechéis nuestras humildes súplicas, antes bien dignaos acogerlas benignamente. Así sea.


(hacer aquí las peticiones particulares)

 

Día 1. íOh glorioso Patriarca San José!, que por vuestra gran santidad e insigne prudencia tuvisteis el honor de ser en tantos peligros el guardián de María y de Jesús, guardadme también con vuestra protección continua, puesto que soy hijo de María y hermano de Jesús. Amén.


Día 2. ¡Oh glorioso Patriarca San Josél, que encontrásteis vuestra felicidad y santificación en medio del trabajo, alcanzadme, que libre de la ociosidad, madre de todos los vicios, me santifique cumpliendo mis deberes de cada día. Amén.


Día 3. ¡Oh glorioso Patriarca San José!, que supisteis llevar con tanta paciencia los sufrimientos de Belén, de Egipto y de Nazaret, alcanzadme del Señor que yo sepa hallar en medio de las tribulaciones, llevadas con paciencia, mi santificación. Amén.  


Día 4. ¡Oh glorioso Patriarca San José! que disteis prueba de vuestra religiosidad acudiendo con tanto fervor a las Fiestas, que en vuestro tiempo se celebraban al Señor, concédenos a los hombres de hoy, y en particular a mí, el que cumplamos perfecta y fervorosamente nuestras obligaciones para con Dios. Amén.

 

Día 5. ¡Oh glorioso Patriarca San Josél, que vivisteis con tanta humildad y disteis prueba de tan gran silencio, que ni una palabra conserva el Evangelio de Vos, enseñadnos a vivir en la oscuridad y no buscar que se hable de nosotros, antes sea nuestra única gloria el servir a la Virgen vuestra Esposa y nuestra Madre y a Jesucristo, nuestro Dios. Amén.


Día 6. ¡Oh glorioso Patriarca San José! que merecisteis que el Evangelio os llamase «Varón Justa», conseguidnos de María y de Jesús que, a imitación vuestra, vayamos creciendo en santidad hasta el día de nuestra muerte. Amén.


Día 7. ¡Oh glorioso Patriarca San José! que por vuestra pureza incontaminada fuiste elegido para convivir con la Virgen de las vírgenes, María y el Cordero Inmaculado, Jesús, alcanzadnos que nos veamos libres de todos los pecados, que afean tan delicada virtud. Amén.


Día 8. ¡Oh glorioso Patriarca San José! que obedeciendo al ángel, que os ordenaba huir de noche y precipitadamente a Egipto, disteis pruebas de perfecta obediencia y conformidad con la voluntad divina, interceded por nosotros para que también en nosotros arraiguen estas dos grandes virtudes, que tanto resplandecieron en Vos. Amén.


Día 9. ¡Oh glorioso Patriarca, San José! que, después de haber vivido santamente con Jesús y María, tuvisteis la dicha de morir en sus brazos, alcanzadnos Vos, que sois Patrono de la buena muerte, morir en vuestros brazos y en los de Jesús y de María. Amén.


Despedida 
D- Rogad por nosotros San José.
P- Para que seamos dignos de alcanzar las Promesas de Nuestro Señor Jesucristo.
Oración: ¡Oh Dios!, que por providencia inefable os dignasteis escoger al bienaventurado José para Esposo de María Santísima y Padre de Jesús, os suplicamos nos concedáis la gracia de que venerándole en la tierra como protector nuestro, merezcamos tenerle en el cielo como intercesor. Amén.

 

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Novena para imprimir

 

OTRAS ORACIONES A SAN JOSÉ

 

Fuente: www.obracultural.org