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lunes, 19 de marzo de 2012

Quaerere Deum – Documental

 

 

En el año del Jubileo de 2000, los monjes de Norcia insuflado nueva vida en el lugar de nacimiento de San Benito. Armado con sólo su fe y el celo que fundó una comunidadmonástica que ha estado atrayendo a los hombres de todo el mundo a seguir la reglaantigua de San Benito. Muchos de sus amigos desde hace mucho tiempo quería una visión de los entresijos de su vida y lo que han producido esta alta calidad hasta la fecha,la película que muestra a los monjes que pasan por el diario ora et labora. El título de la película, "Quaerere Deum", quiere decir buscar a Dios. Esta es la verdadera vocaciónde todos los monjes, la calidad de primera y más esencial de una auténtica vocación monástica, tal como se establece en la Regla de nuestro Santo Padre San Benito.

El Papa León XIII sobre San José


CARTA ENCÍCLICA
QUAMQUAM PLURIES
DEL SUMO PONTÍFICE
LEÓN XIII
SOBRE LA DEVOCIÓN A SAN JOSÉ


A nuestros 
Venerables Hermanos los Patriarcas, Primados, Arzobispos
y otros Ordinarios, en paz y unión con la Sede Apostólica.


1. Aunque muchas veces antes Nos hemos dispuesto que se ofrezcan oraciones especiales en el mundo entero, para que las intenciones del Catolicismo puedan ser insistentemente encomendadas a Dios, nadie considerará como motivo de sorpresa que Nos consideremos el momento presente como oportuno para inculcar nuevamente el mismo deber. Durante periodos de tensión y de prueba —sobre todo cuando parece en los hechos que toda ausencia de ley es permitida a los poderes de la oscuridad— ha sido costumbre en la Iglesia suplicar con especial fervor y perseverancia a Dios, su autor y protector, recurriendo a la intercesión de los santos —y sobre todo de la Santísima Virgen María, Madre de Dios— cuya tutela ha sido siempre muy eficaz. El fruto de esas piadosas oraciones y de la confianza puesta en la bondad divina, ha sido siempre, tarde o temprano, hecha patente. Ahora, Venerables Hermanos, ustedes conocen los tiempos en los que vivimos; son poco menos deplorables para la religión cristiana que los peores días, que en el pasado estuvieron llenos de miseria para la Iglesia. Vemos la fe, raíz de todas las virtudes cristianas, disminuir en muchas almas; vemos la caridad enfriarse; la joven generación diariamente con costumbres y puntos de vista más depravados; la Iglesia de Jesucristo atacada por todo flanco abiertamente o con astucia; una implacable guerra contra el Soberano Pontífice; y los fundamentos mismos de la religión socavados con una osadía que crece diariamente en intensidad. Estas cosas son, en efecto, tan notorias que no hace falta que nos extendamos acerca de las profundidades en las que se ha hundido la sociedad contemporánea, o acerca de los proyectos que hoy agitan las mentes de los hombres. Ante circunstancias tan infaustas y problemáticas, los remedios humanos son insuficientes, y se hace necesario, como único recurso, suplicar la asistencia del poder divino.

2. Este es el motivo por el que Nos hemos considerado necesario dirigirnos al pueblo cristiano y exhortarlo a implorar, con mayor celo y constancia, el auxilio de Dios Todopoderoso. Estando próximos al mes de octubre, que hemos consagrado a la Virgen María, bajo la advocación de Nuestra Señora del Rosario, Nos exhortamos encarecidamente a los fieles a que participen de las actividades de este mes, si es posible, con aún mayor piedad y constancia que hasta ahora. Sabemos que tenemos una ayuda segura en la maternal bondad de la Virgen, y estamos seguros de que jamás pondremos en vano nuestra confianza en ella. Si, en innumerables ocasiones, ella ha mostrado su poder en auxilio del mundo cristiano, ¿por qué habríamos de dudar de que ahora renueve la asistencia de su poder y favor, si en todas partes se le ofrecen humildes y constantes plegarias? No, por el contrario creemos en que su intervención será de lo más extraordinaria, al habernos permitido elevarle nuestras plegarias, por tan largo tiempo, con súplicas tan especiales. Pero Nos tenemos en mente otro objeto, en el cual, de acuerdo con lo acostumbrado en ustedes, Venerables Hermanos, avanzarán con fervor. Para que Dios sea más favorable a nuestras oraciones, y para que Él venga con misericordia y prontitud en auxilio de Su Iglesia, Nos juzgamos de profunda utilidad para el pueblo cristiano, invocar continuamente con gran piedad y confianza, junto con la Virgen-Madre de Dios, su casta Esposa, a San José; y tenemos plena seguridad de que esto será del mayor agrado de la Virgen misma. Con respecto a esta devoción, de la cual Nos hablamos públicamente por primera vez el día de hoy, sabemos sin duda que no sólo el pueblo se inclina a ella, sino que de hecho ya se encuentra establecida, y que avanza hacia su pleno desarrollo. Hemos visto la devoción a San José, que en el pasado han desarrollado y gradualmente incrementado los Romanos Pontífices, crecer a mayores proporciones en nuestro tiempo, particularmente después que Pío IX, de feliz memoria, nuestro predecesor, proclamase, dando su consentimiento a la solicitud de un gran número de obispos, a este santo patriarca como el Patrono de la Iglesia Católica. Y puesto que, más aún, es de gran importancia que la devoción a San José se introduzca en las prácticas diarias de piedad de los católicos, Nos deseamos exhortar a ello al pueblo cristiano por medio de nuestras palabras y nuestra autoridad.

3. Las razones por las que el bienaventurado José debe ser considerado especial patrono de la Iglesia, y por las que a su vez, la Iglesia espera muchísimo de su tutela y patrocinio, nacen principalmente del hecho de que él es el esposo de María y padre putativo de Jesús. De estas fuentes ha manado su dignidad, su santidad, su gloria. Es cierto que la dignidad de Madre de Dios llega tan alto que nada puede existir más sublime; mas, porque entre la santísima Virgen y José se estrechó un lazo conyugal, no hay duda de que a aquella altísima dignidad, por la que la Madre de Dios supera con mucho a todas las criaturas, él se acercó más que ningún otro. Ya que el matrimonio es el máximo consorcio y amistad —al que de por sí va unida la comunión de bienes— se sigue que, si Dios ha dado a José como esposo a la Virgen, se lo ha dado no sólo como compañero de vida, testigo de la virginidad y tutor de la honestidad, sino también para que participase, por medio del pacto conyugal, en la excelsa grandeza de ella. El se impone entre todos por su augusta dignidad, dado que por disposición divina fue custodio y, en la creencia de los hombres, padre del Hijo de Dios. De donde se seguía que el Verbo de Dios se sometiera a José, le obedeciera y le diera aquel honor y aquella reverencia que los hijos deben a sus propio padres. De esta doble dignidad se siguió la obligación que la naturaleza pone en la cabeza de las familias, de modo que José, en su momento, fue el custodio legítimo y natural, cabeza y defensor de la Sagrada Familia. Y durante el curso entero de su vida él cumplió plenamente con esos cargos y esas responsabilidades. El se dedicó con gran amor y diaria solicitud a proteger a su esposa y al Divino Niño; regularmente por medio de su trabajo consiguió lo que era necesario para la alimentación y el vestido de ambos; cuidó al Niño de la muerte cuando era amenazado por los celos de un monarca, y le encontró un refugio; en las miserias del viaje y en la amargura del exilio fue siempre la compañía, la ayuda y el apoyo de la Virgen y de Jesús. Ahora bien, el divino hogar que José dirigía con la autoridad de un padre, contenía dentro de sí a la apenas naciente Iglesia. Por el mismo hecho de que la Santísima Virgen es la Madre de Jesucristo, ella es la Madre de todos los cristianos a quienes dio a luz en el Monte Calvario en medio de los supremos dolores de la Redención; Jesucristo es, de alguna manera, el primogénito de los cristianos, quienes por la adopción y la Redención son sus hermanos. Y por estas razones el Santo Patriarca contempla a la multitud de cristianos que conformamos la Iglesia como confiados especialmente a su cuidado, a esta ilimitada familia, extendida por toda la tierra, sobre la cual, puesto que es el esposo de María y el padre de Jesucristo, conserva cierta paternal autoridad. Es, por tanto, conveniente y sumamente digno del bienaventurado José que, lo mismo que entonces solía tutelar santamente en todo momento a la familia de Nazaret, así proteja ahora y defienda con su celeste patrocinio a la Iglesia de Cristo.

4. Ustedes comprenden bien, Venerables Hermanos, que estas consideraciones se encuentran confirmadas por la opinión sostenida por un gran número de los Padres, y que la sagrada liturgia reafirma, que el José de los tiempos antiguos, hijo del patriarca Jacob, era tipo de San José, y el primero por su gloria prefiguró la grandeza del futuro custodio de la Sagrada Familia. Y ciertamente, más allá del hecho de haber recibido el mismo nombre —un punto cuya relevancia no ha sido jamás negada— , ustedes conocen bien las semejanzas que existen entre ellos; principalmente, que el primer José se ganó el favor y la especial benevolencia de su maestro, y que gracias a la administración de José su familia alcanzó la prosperidad y la riqueza; que —todavía más importante— presidió sobre el reino con gran poder, y, en un momento en que las cosechas fracasaron, proveyó por todas las necesidades de los egipcios con tanta sabiduría que el Rey decretó para él el título de "Salvador del mundo". Por esto es que Nos podemos prefigurar al nuevo en el antiguo patriarca. Y así como el primero fue causa de la prosperidad de los intereses domésticos de su amo y a la vez brindó grandes servicios al reino entero, así también el segundo, destinado a ser el custodio de la religión cristiana, debe ser tenido como el protector y el defensor de la Iglesia, que es verdaderamente la casa del Señor y el reino de Dios en la tierra. Estas son las razones por las que hombres de todo tipo y nación han de acercarse a la confianza y tutela del bienaventurado José. Los padres de familia encuentran en José la mejor personificación de la paternal solicitud y vigilancia; los esposos, un perfecto de amor, de paz, de fidelidad conyugal; las vírgenes a la vez encuentran en él el modelo y protector de la integridad virginal. Los nobles de nacimiento aprenderán de José como custodiar su dignidad incluso en las desgracias; los ricos entenderán, por sus lecciones, cuáles son los bienes que han de ser deseados y obtenidos con el precio de su trabajo. En cuanto a los trabajadores, artesanos y personas de menor grado, su recurso a San José es un derecho especial, y su ejemplo está para su particular imitación. Pues José, de sangre real, unido en matrimonio a la más grande y santa de las mujeres, considerado el padre del Hijo de Dios, pasó su vida trabajando, y ganó con la fatiga del artesano el necesario sostén para su familia. Es, entonces, cierto que la condición de los más humildes no tiene en sí nada de vergonzoso, y el trabajo del obrero no sólo no es deshonroso, sino que, si lleva unida a sí la virtud, puede ser singularmente ennoblecido. José, contento con sus pocas posesiones, pasó las pruebas que acompañan a una fortuna tan escasa, con magnanimidad, imitando a su Hijo, quien habiendo tomado la forma de siervo, siendo el Señor de la vida, se sometió a sí mismo por su propia libre voluntad al despojo y la pérdida de todo.

5. Por medio de estas consideraciones, los pobres y aquellos que viven con el trabajo de sus manos han de ser de buen corazón y aprender a ser justos. Si ganan el derecho de dejar la pobreza y adquirir un mejor nivel por medios legítimos, que la razón y la justicia los sostengan para cambiar el orden establecido, en primer instancia, para ellos por la Providencia de Dios. Pero el recurso a la fuerza y a las querellas por caminos de sedición para obtener tales fines son locuras que sólo agravan el mal que intentan suprimir. Que los pobres, entonces, si han de ser sabios, no confíen en las promesas de los hombres sediciosos, sino más bien en el ejemplo y patrocinio del bienaventurado José, y en la maternal caridad de la Iglesia, que cada día tiene mayor compasión de ellos.

6. Es por esto que —confiando mucho en su celo y autoridad episcopal, Venerables hermanos, y sin dudar que los fieles buenos y piadosos irán más allá de la mera letra de la ley— disponemos que durante todo el mes de octubre, durante el rezo del Rosario, sobre el cual ya hemos legislado, se añada una oración a San José, cuya fórmula será enviada junto con la presente, y que esta costumbre sea repetida todos los años. A quienes reciten esta oración, les concedemos cada vez una indulgencia de siete años y siete cuaresmas. Es una práctica saludable y verdaderamente laudable, ya establecida en algunos países, consagrar el mes de marzo al honor del santo Patriarca por medio de diarios ejercicios de piedad. Donde esta costumbre no sea fácil de establecer, es al menos deseable, que antes del día de fiesta, en la iglesia principal de cada parroquia, se celebre un triduo de oración. En aquellas tierras donde el 19 de marzo —fiesta de San José— no es una festividad obligatoria, Nos exhortamos a los fieles a santificarla en cuanto sea posible por medio de prácticas privadas de piedad, en honor de su celestial patrono, como si fuera un día de obligación.
7. Como prenda de celestiales favores, y en testimonio de nuestra buena voluntad, impartimos muy afectuosamente en el Señor, a ustedes, Venerables Hermanos, a su clero y a su pueblo, la bendición apostólica.

Dado en el Vaticano, el 15 de agosto de 1889, undécimo año de nuestro pontificado.



ORACIÓN DEL PAPA LEÓN XIII
A Vos, bienaventurado José, acudimos en nuestra tribulación, y después de implorar el auxilio de vuestra Santísima Esposa, solicitamos también confiadamente vuestro patrocinio. Por aquella caridad que con la Inmaculada Virgen María, Madre de Dios, os tuvo unido y por el paterno amor con que abrazasteis al Niño Jesús, humildemente os suplicamos que volváis benigno los ojos a la herencia que, con su sangre, adquirió Jesucristo, y con vuestro poder y auxilio socorráis nuestras necesidades.
Proteged, oh providentísimo Custodio de la Divina Familia, la escogida descendencia de Jesucristo; apartad de nosotros toda mancha de error y de corrupción; asistidnos propicio desde el cielo, fortísimo libertador nuestro, en esta lucha con el poder de las tinieblas; y como en otro tiempo librasteis al Niño Jesús de inminente peligro de la vida, así ahora defended la Iglesia santa de Dios de las asechanzas de sus enemigos y de toda adversidad, y a cada uno de nosotros protegednos con perpetuo patrocinio para que a ejemplo vuestro y sostenidos por vuestro auxilio, podamos santamente vivir, piadosamente morir, y alcanzar en los cielos la eterna bienaventuranza. Amén.











Solemnidad de San José, Esposo de la B. V. María, Confesor

 

Hoy, 19 de marzo, se celebra la solemnidad de San José, Esposo de la Bienaventurada Virgen María, padre putativo de N. S. J. C. y Patrono de la Iglesia Universal.

El Verbo había de nacer de madre virgen: misterio que debía permanecer oculto bajo el velo del matrimonio. A San José confió Dios su Madre dándole todos los derechos de esposo, para que fuera el Ángel de guarda de la pureza virginal de María; y al mismo tiempo le confirió sobre Jesucristo, milagrosamente concebido por obra del Espíritu Santo, los derechos y deberes de padre. De esta manera tan delicada quedó asociado a la obra de la Encarnación, y tuvo a su cargo el tesoro de Dios: Jesús y María. José supo guardarlos, protegerlos, acompañarlos durante largos años en Belén, en Egipto, en Nazareth... ¿Quién podrá calcular la excelentísima santidad de San José?

 

OREMVS

SANCTISSIMAE GENITRICIS TVAE SPONSI QVASVMVS DOMINE MERITIS ADIVVEMVR VT QVOD POSSIBILITAS NOSTRA NON OBTINET EIVS NOBIS INTERCESSIONE DONETVR QVI VIVIS... AMEN

 

Oremos

Suplicamos, Señor, nos ayuden los méritos del Esposo de tu Madre Santísima: para que por su intercesión se nos conceda lo que no alcanzamos por nuestros méritos: Que vives y reinas... Amén.

 

 

Fuente: http://catholicvs.blogspot.com.ar

La inflación de la obediencia

Por G. Cottier.

Cuando la mentalidad apologética tiene la primacía sobre la tensión contemplativa, termina por sufrir la misma apologética. Otra fuente de la crisis del pensamiento es, sin duda, la inflación de la obediencia. También aquí no se trata de redimensionar la excelencia de esta virtud, sino de respetar el puesto en el organismo de las virtudes cristianas. Y este no es el primero. De primera importancia son las virtudes teologales, en particular  la caridad, que nos hace participar del conocimiento y el amor de Dios mismo. Mediante la fe teologal nos adherimos a la Verdad primera, la cual da fe de la veracidad del contenido divino que nos es propuesto de creer. Porque Dios es la Verdad misma y la fuente de toda verdad, y la luz de la inteligencia es una participación creada de la luz increada, nuestra inteligencia realiza aquello que constituye su primera operación cuando se somete a Dios. La inteligencia que se pone dócilmente a la escucha del magisterio, asistido del Espíritu Santo para transmitirnos la verdad revelada y ayudarnos a vivirla, permanece en la prolongación de esta radical sumisión a la fuente de aquello que constituye su vida.

La verdad que viene de lo alto nos es trasmitida autoritativamente, a través de la cual la Verdad primera se impone a la inteligencia creada que, acogiéndola se realiza según su natural deseo. Los guardianes de la  autoridad magisterial participan de la autoridad de la Verdad primera: la Verdad primera se comunica a nosotros, y en cuanto Verdad primera lo hace autoritativamente. El primer aspecto explica el segundo, y es dañoso invertir el orden de las cosas.

Esto ocurre, lamentablemente, cuando se confunde la sumisión de la inteligencia a la Verdad primera, y la docilidad que ella exige, con la virtud de la obediencia. Objeto de la obediencia es el precepto del superior legítimo, que el súbdito sigue para orientar la propia acción: con la obediencia si es en el orden de la verdad práctica y de la acción. Tratar la doctrina como materia de obediencia significa desconocer la naturaleza, esto es vaciarla de su esencia que es solicitud de la inteligencia para que se nutra. La ortodoxia - o sea la recta orientación de la inteligencia hacia su objeto, que es la verdad de acoger en la fe - se volvería una imposición disciplinaria desde lo externo, sentida como un atentado a la libertad de pensamiento, a su espontaneidad. La noción de "fe estatutaria", imaginada por Kant, no se concibe sino en una desastrosa prospectiva.

 

 

 

¿Cómo se llega a tales posiciones? Me parece que aquí confluyen dos factores.

El primero tiene que ver con la espiritualidad. Hablando en términos espirituales y existenciales, es verdad que existe una afinidad entre la obediencia religiosa, por la cual, haciendo mía la voluntad del superior, yo renuncio a mi voluntad, y la caridad teologal gracias a la cual la voluntad creada se une a la voluntad de Dios amado por si mismo y más que cualquier otra cosa. El error consiste en el hacer de un principio de vida espiritual una teoría en el plano del saber teológico, ya que dicho saber debe considerar la esencia de las cosas. Por otra parte, tal teoría se desarrolló en una dirección demasiado humana. Hubo una cierta pereza por parte de los que deben detentar la autoridad doctrinal. Ya que es más fácil dar directivas que iluminar los espíritus.

El segundo factor es de orden filosófico. La creciente influencia de las escuelas voluntaristas y nominalistas no es  extraña a la sobrevalorización de la obediencia. Descartes pensaba que la esencia de la verdad y el bien dependia de la omnipotencia de Dios y que Él habría podido hacer que "hubieran montañas sin valles o que uno más dos no fuese igual a tres" (Lettre a Arnaud, 29-07-1648). Así, la verdad que nosotros conocemos no nos hace conocer a la Verdad y a la Sabiduría primera, sino a la Libertad divina. Al querer empujar al extremo las consecuencias de estas ideas, no se ve que cosa de nuestro espíritu podría corresponder a la Libertad divina, fundamento de toda verdad, sino la obediencia, una obediencia necesariamente ciega.

Y los conflictos de la mente creada se reducirían así a un único conflicto: aquel de la afirmación de la propia libertad, que puede llegar hasta el ateismo o la sumisión fideistica a la Libertad divina. En este punto no se sabe donde situar ni las exigencias propias de la verdad,  ni la vocación propiamente cognitiva de la inteligencia.

Queda el hecho de que, rigurosamente hablando, la grandeza de la obediencia se comprende en la línea del "gobierno", no en aquella del magisterio de la verdad. Confundir los dos registros significaría abrir la puerta al reino de la arbitrariedad intelectual. (George Cottier, Le vie della ragione. Temi di epistemologia teologica e filosofica, 2002, 192.)

 

 

Fuente: http://el-claustro-medieval.blogspot.com.ar/