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jueves, 22 de marzo de 2012

La santa Misa y cómo participar

 
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Todavía no te he hablado del sol de las prácticas espirituales, que es el santísimo y muy excelso sacrificio y sacramento de la Misa, centro de la religión cristiana, corazón de la devoción, alma de la piedad, misterio ine­fable, que comprende el abismo de la caridad divina, y por el cual Dios, uniéndose realmente a nosotros, nos comunica magníficamente sus gracias y favores.

La oración, hecha en unión de este divino sacrifi­cio, tiene una fuerza indecible, de suerte, Filotea, que, por él, el alma abunda en celestiales favores, porque se apoya en su Amado, el cual la llena tanto de perfumes y suavidades espirituales, que la hace semejante a una co­lumna de humo de leña aromática, de mirra, de incienso y de todas las esencias olorosas, como se dice en el Can­tar de los cantares.

Haz, pues, todos los esfuerzos posibles para asis­tir todos los días a la santa Misa, con el fin de ofrecer, con el sacerdote, el sacrificio de tu Redentor a Dios, su Padre, por ti y por toda la Iglesia. Los ángeles, como di­ce san Juan Crisóstomo, siempre están allí presentes, en gran número, para honrar este santo misterio; y nosotros, juntándonos a ellos y con la misma intención, forzosa­mente hemos de recibir muchas influencias favorables de esta compañía. Los coros de la Iglesia militante, se unen y se juntan con Nuestro Señor, en este divino acto, para cautivar en Él, con Él y por Él, el corazón de Dios Padre, y para hacer enteramente nuestra su misericordia. ¡Qué dicha experimenta el alma al unir sus afectos a un bien tan precioso y deseable!

Si por fuerza no puedes asistir a la celebración de este santo sacrificio, con una presencia real, es necesario que, a lo menos lleves allí tu corazón, para asistir de una manera espiritual. A cualquiera hora de la mañana ve a la iglesia en espíritu, si no puedes ir de otra manera; une tu intención a la de todos los cristianos, y, en el lugar donde te encuentres, haz los mismos actos interiores qué harías si estuvieses realmente presente a la celebración de la santa Misa en alguna iglesia.

Ahora bien, para oír, real o mentalmente, la santa Misa, cual conviene:

 

1. Desde que llegas, hasta que el sacerdote ha subi­do al altar, haz la preparación juntamente con él, la cual consiste en ponerte en la presencia de Dios, en recono­cer tu indignidad y en pedir perdón por tus pecados.

 

2. Desde que el sacerdote sube al altar hasta el Evan­gelio, considera la venida y la vida de Nuestro Señor en este mundo, con una sencilla y general consideración.

 

3. Desde el Evangelio hasta después del Credo, con­sidera la predicación de nuestro Salvador, promete que­rer vivir y morir en la fe y en la obediencia de su santa palabra y en la unión de la santa Iglesia católica.

 

4. Desde el Credo hasta el Padrenuestro, aplica tu corazón a los misterios de la muerte y pasión de nuestro Redentor, que están actual y esencialmente representa­dos en este sacrificio, el cual, juntamente con el sacerdo­te y el pueblo, ofrecerás a Dios Padre, por su honor y por tu salvación.

 

5. Desde el Padrenuestro hasta la comunión, esfuér­zate en hacer brotar de tu corazón mil deseos, anhelan­do ardientemente por estar para siempre abrazada y uni­da a nuestro Salvador con un amor eterno.

 

6. Desde la comunión hasta el fin, da gracias a su divina Majestad por su pasión y por el amor que te mani­fiesta en este santo sacrificio, conjurándole por éste, que siempre te sea propicio, lo mismo a ti que a tus padres, a tus amigos y a toda la Iglesia, y, humillándote con to­do tu corazón recibe devotamente la bendición divina que Nuestro Señor te da por conducto del celebrante.

 

Pero si, durante la Misa, quieres meditar los miste­rios que hayas escogido para considerar cada día, no se­rá necesario que te distraigas en hacer actos particulares, sino que bastará que, al comienzo, dirijas tu intención a querer adorar a Dios y ofrecerle este sacrificio por el ejercicio de tu meditación u oración, pues en toda medi­tación se encuentran estos mismos actos o expresa, o tá­cita o virtualmente.

 

San Francisco de Sales, tomado de “Introducción a la vida devota”.

 

 

Visto en Stat Veritas

Misa tradicional en Madrid celebrada por el Sacerdote argentino Raúl Olazabal, ICRSS

 

El pasado 18 de marzo, cuarto Domingo de Cuaresma o de Laetare, comenzaron a oficiarse las Misas con la Forma Extraordinaria del Rito Romano, en la Parroquia de la Santa Cruz, calle de Atocha,  nº 6, en Madrid, España. Se trata de un apostolado del Instituto de Cristo Rey Sumo Sacerdote. Ofició la Santa Misa el canónigo don Raúl Olazábal, ICRSS.

La Misa contó con gran asistencia de fieles, casi trescientos, y la presencia de varios sacerdotes, entre ellos el vicario episcopal de zona, y el párroco de la iglesia. En la 5ª fotografía se ve a Monseñor Richard Soseman, oficial de la Congregación del Clero de la Curia Romana.

 

La web amiga La cigüeña de la torre también ha publicado una reseña sobre esta feliz celebración.

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Fuente: http://www.accionliturgica.blogspot.ca/

ENTREVISTA EXCLUSIVA CON MONS. LE GALL, ARZOBISPO DE TOULOUSE: SEGUIR EL SENTIDO DE LA MENTE PONTIFICIA

 

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Habiendo recibido muchos testimonios positivos de la misa según la forma extraordinaria del rito romano que celebró Mons. Le Gall, arzobispo de Toulouse, para los peregrinos de Juventutem durante la JMJ de Madrid, quisimos darle la palabra para que nos comentara esta experiencia. Ex abad de la abadía benedictina de Kergonan, el arzobispo de Toulouse presidió durante seis años la Comisión Episcopal para la Liturgia y la Pastoral sacramental de la Conferencia Episcopal de Francia. Su profundo hábito de la liturgia latina y gregoriana le permitió abordar con gran facilidad la liturgia extraordinaria.
Agradecemos vivamente a Mons. Le Gall la generosidad con que nos otorgó esta entrevista y sus palabras, de una gran franqueza y libertad, que sólo pueden orientarse hacia la paz y la reconciliación en la Iglesia.

 


1) Monseñor, en la JMJ usted celebró la forma extraordinaria del rito romano para los jóvenes del grupo Juventutem. Por lo que sabemos, es la primera vez que celebraba la liturgia tradicional en su carácter de arzobispo de Toulouse, ¿cómo vivió esta experiencia?


Mons. Le Gall: No soy totalmente ajeno a la liturgia tradicional. Hice mi primera profesión en Kergonan el 8 de diciembre de 1965, día de la clausura del Concilio Vaticano II. Por lo tanto, conocí y practiqué la liturgia tridentina, en su forma benedictina, antes de la reforma litúrgica. 
Pero es cierto que este verano fue la primera vez que celebré la forma extraordinaria. Con la salvedad de que no fue en Madrid, sino en Donezan, el 30 de julio, donde conferí una ordenación sacerdotal y una ordenación diaconal. Este monasterio benedictino, surgido de Fontgombault, aunque situado en Ariège, no hace parte de mi provincia eclesiástica, sino de la diócesis vecina de Carcassonne y Narbonne. Y precisamente por invitación de Alain Planet, obispo de Carcassonne, fui a Donezan, comunidad que tuve ocasión de visitar por primera vez el año pasado. En una celebración benedictina era realmente importante que el celebrante pudiera cantar la liturgia.
Como es evidente, el pontifical según la forma extraordinaria requiere un mínimo de preparación y un ceremoniario atento, como fue en este caso. Por ello, cuando el cardenal Rylko, Presidente del Consejo Pontificio para los Laicos y, a dicho título, principal organizador de la JMJ, me pidió que celebrara la forma extraordinaria para el grupo Juventutem, no tuve inconveniente en aceptar.


2) En 2007, en un comunicado de la Comisión litúrgica de la CEF (Conferencia Episcopal de Francia), usted comentaba el motu proprio Summorum Pontificum de Benedicto XVI, diciendo que había que “acoger” la iniciativa del Santo Padre, “comprenderla y entrar en el sentido de lo que pide”. ¿Fue ésta la disposición con que respondió favorablemente a la invitación de Mons. Planet y del cardenal Rylko?


Mons. Le Gall: Sí, por supuesto. Desde que el Santo Padre tomó la decisión y publicó el motu proprio, que la instrucción Universae Ecclesiae consolidó, considero que es nuestro deber como obispos, orientarnos según su “mente”. Debemos comprender sus motivaciones, la preocupación por una liturgia digna y orante, la paz y la reconciliación en la Iglesia, y seguir su ejemplo.
Desde luego, “entrar en el sentido de lo que pide” Benedicto XVI, también es no rechazar, por principio, la forma ordinaria y evitar denigrarla. Desgraciadamente, ésta es una actitud que se encuentra en algunos tradicionalistas.
En un artículo que publiqué en 2008 en Lumière et Vie, la revista de los dominicos de Lyon, y que abordaba el primer año de aplicación del Motu Proprio, traté de ilustrar todos estos aspectos. Y el Santo Padre, que tomó conocimiento de dicho artículo, me confirmó en esta “lectura” de su iniciativa.


3) “Paz y reconciliación”: la motivación principal del motu proprio es, en efecto, la unidad de la Iglesia, un tema que se encuentra en el corazón del pontificado de Benedicto XVI. Además, es con el objetivo de alcanzar la unidad eclesial que Paix Liturgique impulsa la celebración de la forma extraordinaria en las parroquias más bien que en lugares de misa ad hoc. ¿Usted estaría de acuerdo en afirmar que la celebración de la forma extraordinaria es, para un obispo, una manifestación de su unidad con el Santo Padre? ¿Es el sentido que se le puede dar a la misa que usted celebró en la JMJ?


Mons. Le Gall: Sí, puede verse así: es una de las maneras en que un obispo está unido al sucesor de Pedro, pero no es la única.


4) Usted celebró para jóvenes católicos vinculados a la forma extraordinaria del rito romano: ¿cómo explica la atracción de muchos de ellos por una liturgia que algunos, tanto laicos como eclesiásticos, continúan considerando obsoleta y pasada de moda?

 
Mons. Le Gall: En Toulouse, donde tenemos una pastoral universitaria muy dinámica y fructuosa, constato todos los días el deseo de los jóvenes por una liturgia sobria y noble, pero también activa y comunitaria. Entonces, aunque comprendo que la forma extraordinaria les ofrece una mayor interioridad, debido a su silencio y recogimiento, me pregunto sobre el lugar que ésta otorga al sentido de comunidad.
De hecho, es un fenómeno que los obispos de Francia conocen muy bien, los jóvenes están acostumbrados al zapping, y su práctica religiosa no escapa a ello: pasan fácilmente de una fase cha cha cha a una fase tradicional o a la inversa.
En la JMJ, prediqué para Juventutem como habría predicado a cualquier otro grupo de jóvenes. Todo se desarrolló bien y no tuve la impresión de tratar con jóvenes aparte.


5) En su diócesis, el motu proprio se aplica en Toulouse, donde usted confió una misión al Instituto Cristo Rey, y en el campo, en el deanato de Grand Selve: ¿cuál es su opinión sobre estas comunidades? ¿Ya las ha visitado o tiene el proyecto de hacerlo?


Mons. Le Gall: En 2010, presidí la celebración de la Ascensión en Saint-Jean-Baptiste, en Toulouse, la capilla confiada desde 2003, es decir, antes del pontificado de Benedicto XVI y antes de mi llegada la ciudad, al Instituto Cristo Rey Sumo Sacerdote. Y conferí el sacramento de la confirmación allí mismo, dos días después.
Aunque nunca asistí a una misa en Launac, en el deanato de Grand Selve, mantengo, no obstante, estrechas relaciones con esta comunidad y sus pastores. Se trata de una aplicación del motu proprio en el marco de una parroquia, donde cohabitan pacíficamente la forma extraordinaria y la forma ordinaria, enriqueciéndose una y otra, como lo desea el papa. Así, en las confirmaciones del deanato según la forma ordinaria, el cura párroco había arreglado el altar con el crucifijo en el centro y los candelabros, como se hace ahora en San Pedro de Roma.
Recientemente, en el entierro de Mons. Gaidon, el antiguo obispo de Cahors, el superior de nuestro seminario diocesano me confió una anécdota simbólica de la comunidad de Grand Selve. Lo habían invitado para una reflexión sobre el prólogo del Evangelio según San Juan, y mientras explicaba que, desafortunadamente, era demasiado poco conocido, puesto que está reservado a la Misa de Navidad, oyó a uno de los fieles presentes que le respondía: “¡Nosotros lo tenemos todos los domingos!”. Se trataba, claro, de uno de los fieles de la parroquia que asisten regularmente a la forma extraordinaria en la parroquia.
No tengo el proyecto inmediato de celebrar en una u otra de ambas comunidades, pero lo haré de buena gana, sobre todo porque este verano adquirí el Pontifical Romano de 1962.


6) En su comunicado de 2007, usted escribía que “el latín continúa siendo normativo en nuestra Iglesia romana”. Sin embargo, en muchos seminarios ya no se enseña: ¿no es ésta una grave carencia que debe ser reparada?


Mons. Le Gall: No puedo responderle por los seminarios en general, pero le puedo asegurar que en Toulouse tiene el lugar que le corresponde.


7) ¿Tiene algún mensaje particular para nuestros lectores?


Mons. Le Gall: Sólo insistir sobre la importancia que tiene para todos los fieles, y no sólo para los obispos y sacerdotes, ir en el sentido de lo que quiere el Santo Padre. Y lo que quiere, es la paz y la unidad litúrgicas, el respeto mutuo entre las dos formas sin hacer de ellas una guerra de trincheras. La forma ordinaria es lo ordinario de las comunidades parroquiales y religiosas, dentro del respeto de los fieles y de la tradición de la Iglesia.

 

Fuente: http://www.paixliturgique.es

LA ASISTENCIA DE LA SANTA MISA, FUENTE DE SANTIFICACIÓN

 

 

POR: REGINALD GARRIGOU-LA GRANGE, O. P.

La santificación de nuestra alma está en la unión con Dios, unión de fe, de confianza y de amor. De ahí que uno de los principales medios de santificación sea el más excelso de los actos de la virtud de religión y del culto cristiano: la participación en el sacrificio de la Misa. La Santa Misa debe ser, cada mañana, para todas las almas interiores, la fuente eminente de la que desciendan y manen las gracias de que tanta necesidad tenemos durante el día; fuente de luz y calor, que, en el orden espiritual, sea para el alma lo que es la aurora para la naturaleza. Después de la noche y del sueño, que es imagen de la muerte, al levantarse el sol sobre el horizonte, la luz inunda la tierra, y todas las cosas vuelven a la vida. Si comprendiéramos a fondo el valor infinito de la misa cotidiana, veríamos que es a modo del nacimiento de un sol espiritual, que renueva, conserva y aumenta en nosotros la vida de la gracia, que es la vida eterna comenzada. Mas con frecuencia la costumbre de asistir a Misa, por falta de espíritu, degenera en rutina, y por eso no sacamos del santo sacrificio el provecho que deberíamos sacar.

 

 

La misa debe ser, pues, el acto principal de cada día , y en la vida de un cristiano, y, más, de un religioso, todos los demás actos no deberían ser sino el acompañamiento de aquél, sobre todo los actos de piedad y los pequeños sacrificios que hemos de ofrecer a Dios, a lo largo de la jornada.
Trataremos aquí de estos tres puntos: 1º, de dónde nace el valor del sacrificio de la Misa; 2º, que sus efectos dependen de nuestras disposiciones interiores; 3º, cómo hemos de unirnos al sacrificio eucarístico.

 

LA OBLACIÓN SIEMPRE VIVIENTE EN EL CORAZÓN DE CRISTO

La excelencia del sacrificio de la Misa proviene, dice el Concilio de Trento (1), de que en sustancia es el mismo sacrificio de la Cruz, porque es el mismo sacerdote el que continúa ofreciéndose por sus ministros; y es la misma vícti­ma, realmente presente en el altar, la que realmente se ofrece. Sólo es distinto el modo de ofrecerse: mientras que en la Cruz fué una inmolación cruenta, en la misa la inmolación es sacramental por la separación, no física, sino sacramental del cuerpo y la sangre del Salvador, en virtud de la doble consagración. Así la sangre de Jesús, sin ser físicamente de­rramada, lo es sacramentalmente (2).
Esta sacramental inmolación es un signo(3) de la oblación interna de Jesús, a la cual nos debemos unir; es asimismo el recuerdo de la inmolación cruenta del Calvario. Aunque sólo sea sacramental, esta inmolación del Verbo de Dios he­cho carne es más expresiva que la inmolación cruenta del cordero pascual y de todas las víctimas del Antiguo Testa­mento. Un signo o símbolo, en efecto, saca todo su valor de la grandeza de la cosa significada; la bandera que nos recuerda la patria, aunque sea de vulgarísimo lienzo, tiene a nuestros ojos más valor que el banderín de una compañía o la insignia de un oficial. Del mismo modo la cruenta in­molación de las víctimas del Antiguo Testamento, remo­ta figura del sacrificio de la Cruz, sólo daba a entender los sentimientos interiores de los sacerdotes y fieles de la antigua Ley; mientras que la inmolación sacramental del Salvador en nuestros altares expresa sobre todo la obla­ ción interior perenne y siempre renovada en el corazón de “Cristo que no cesa de interceder por nosotros” (Hebr. VII, 25).
Mas esta oblación, que es como el alma del sacrificio de la Misa, tiene infinito valor, porque trae su virtud de la per­sona divina del Verbo encarnado, principal sacerdote y víctima, cuya inmolación se perpetúa bajo la forma sacramental. San Juan Crisóstomo escribió: “Cuando veáis en el altar al ministro sagrado elevando hacia el cielo la hostia santa, no vayáis a creer que ese hombre es el (principal) verda­dero sacerdote; antes, elevando vuestros pensamientos por encima de lo que los sentidos ven, considerad la mano de Jesús invisiblemente extendida”. (4) El sacerdote que con nuestros ojos de carne contemplamos no es capaz de com­prender toda la profundidad de este misterio, pero más arriba está la inteligencia y la voluntad de Jesús, sacerdote prin­cipal. Aunque el ministro no siempre sea lo que debiera ser, el sacerdote principal es infinitamente santo; aunque el ministro, por bueno que sea, pueda estar ligeramente distraído u ocupado en las exteriores ceremonias del sacri­ficio, sin llegar a su más íntimo sentido, hay alguien so­bre él que nunca se distrae, y ofrece a Dios, con pleno y total conocimiento, una adoración reparadora de infinito valor, una súplica y una acción` de gracias de alcance ilimitado.
Esta interior oblación siempre viviente en el corazón de Jesucristo es, pues, en verdad, comoel alma del sacrificio de la Misa. Es la continuación de aquella otra oblación por la cual Jesús se ofreció como víctima al venir a este mundo y a lo largo de su existencia sobre la tierra, sobre todo en la Cruz. Mientras el Salvador vivía en la tierra, esta obla­ción era meritoria; ahora continúa, pero sin esta modalidad del mérito. Continúa en forma de adoración reparadora y de súplica, a fin de aplicarnos los méritos que nos ganó en la Cruz. Aun después que sea dicha la última misa al fin del mundo, y cuando ya no haya sacrificio propiamente dicho, su consumación, la oblación interior de Cristo a su Padre, continuará, no en forma de reparación y súplica, sino de adoración y acción de gracias. Eso será el Sanctus, Sanctus, Sanctus, que da alguna idea del culto de los bienaventurados en la eternidad.
Si nos fuera dado ver directamente el amor que inspira esta interna oblación que continúa sincesar en el corazón de Cristo, “siempre viva para interceder por nosotros”, ¡cuál no sería nuestra admiración!
La Beata Angela de Foligno dice (5): “No es que lo crea, sino que tengo la certeza absoluta de que, si un alma viera y contemplara alguno de los íntimos esplendores del sacra­mento del altar, luego ardería en llamas, porque habría visto el amor divino. Paréceme que los que ofrecen el sacrificio y los que a él asisten, deberían meditar profundamente en la profunda verdad del misterio tres veces santo, en cuya con­templación habríamos de permanecer inmóviles y absortos.”

EFECTOS DEL SANTO SACRIFICIO DE LA MISA Y CÓMO DEBEMOS OÍRLA

La oblación interior de Cristo Jesús, que es el alma del sacrificio eucarístico, tiene los mismos fines e idénticos efec­tos que el sacrificio de la Cruz; mas importa que de entre tales efectos, nos fijemos en los que se refieren a Dios y en los que nos conciernen a nosotros mismos.
Los efectos de la Misa que inmediatamente se refieren a Dios, como la adoración reparadora y la acción de gracias, prodúcense siempre infalible y plenamente con su infinito valor, aun sin nuestro concurso, aunque la Misa fuera celebrada por un sacerdote indigno, con tal que sea válida. Así, de cada Misa elévase a Dios una adoración y acción de gracias de ilimitado valor, en razón de la dignidad del Sacerdote principal que la ofrece y del valor de la víctima ofrecida. Esta oblación “agrada a Dios más que lo que son capaces de desagradarle todos los pecados juntos”; en eso está, en cuanto a la satisfacción, la esencia misma del misterio de la Redención (6).
Los efectos de la Misa, en cuanto dependen de nosotros, no se nos aplican sino en la medida de nuestras disposiciones interiores.
Por eso, la Santa Misa, como sacrificio propiciatorio, les merece, ex opere operato, a los pecadores que no le oponen resistencia, la gracia actual que les inclina a arrepentirse y les mueve a confesar sus culpas (7), Las palabras Agnus Dei, qui tollis peccata mundi, paree nobis, Domine, hacen nacer en esos pecadores sentimientos de contrición, como en el Calvario le aconteció al buen ladrón. Esto se entiende, principalmente, de los pecadores que asisten a la Misa .y de aquellos por quienes se aplica.
El sacrificio de la Misa, como sacrificio satisfactorio, perdona también -infaliblemente a los pecadores arrepentidos parte al menos de la pena temporal debida por los pecados, y esto según las disposiciones con que a ella asisten, Por eso dice el Concilio de Trento que el sacrificio eucarístico puede también ser ofrecido para aliviar de sus penas a las almas del purgatorio (8).
En fin, como sacrificio impetratorio o de súplica, la Misa nos obtiene ex opere operato todas las gracias de que tenemos necesidad para nuestra santificación. Es que la oración de Jesucristo, que vive eternamente, sigue intercediendo en nuestro favor, junto con las súplicas de la Iglesia, Esposa de nuestro divino Salvador. El efecto de esta doble oración es proporcionado a nuestro propio fervor, y aquel que con buenas disposiciones se une a ellas, puede tener la seguridad de obtener para sí y para las almas a quienes encomienda, las gracias más abundantes.
Santo Tomás y otros muchos teólogos enseñan que estos efectos de la Misa, en cuanto de nosotros dependen, se nos hacen efectivos en la medida de nuestro fervor (9). La ra­zón es que la influencia de una causa universal no tiene más límites que la capacidad del sujeto que la recibe. Así el sol alumbra y da calor lo mismo a una persona que a mil que estén en una plaza. Ahora bien, el sacrificio de la Misa, por ser sustancialmente el mismo que el de la Cruz, es, en cuanto a reparación y súplica, causa universal de las gracias de iluminación, atracción y fortaleza. Su influencia sobre nos otros no está, pues, limitada sino por las disposiciones y e fervor de quienes la reciben. Así una sola Misa puede aprovechar tanto a un gran número de personas, como a un sola; de la misma manera que el sacrificio de la Cruz aprovechó al buen ladrón lo mismo que si por él solo se hubiera realizado. Si el sol ilumina lo mismo a una que a mil personas, la influencia de esta fuente de calor y fervor espiritual, como es la Misa, no es menos eficaz en el orden de li gracia. Cuanto es mayor la fe, confianza, religión y amor con que se asiste a ella, mayores son los frutos que en las almas produce.
Esto nos da a entender por qué los santos, ilustrados por el Espíritu Santo, tuvieron en tanta estima el Santo Sacrificio. Algunos, estando enfermos y baldados, se hacían llevar para asistir a la Misa, porque sabían que vale más que todos los tesoros, Santa Juana de Arco, camino de Chinon, importu­naba a sus compañeros de armas a que cada día asistiesen a misa; y, a fuerza de rogárselo, lo consiguió. Santa Germa­na Cousin, tan fuertemente atraída se sentía hacia la iglesia, cuando oía la campana anunciando el Santo Sacrificio, que dejaba sus ovejas al cuidado de los ángeles y corría a oír la Misa; y jamás su rebaño estuvo tan bien guardado. El santo Cura de Ars hablaba del valor de la Misa con una convic­ción tal que llegó a conseguir que todos o casi todos sus feligreses asistiesen a ella diariamente. Otros muchos santos derramaban lágrimas de amor o caían en éxtasis durante el Santo Sacrificio; y algunos llegaron a ver en lugar del cele­brante a Nuestro Señor. Algunos, en el momento de la elevación del cáliz, vieron desbordarse la preciosa sangre, como si fuera a extenderse por los brazos del sacerdote y aun por el santuario, y venir los ángeles con cálices de oro a recogerla, como para llevarla a todos los lugares donde hay hombres que salvar. San Felipe de Neri recibió no po­cas gracias de esta naturaleza y se ocultaba para celebrar, por los éxtasis que tenía en el altar.

CÓMO DEBEMOS UNIRNOS AL SANTO SACRIFICIO DE LA MISA

Puede aplicarse a esta materia lo que Santo Tomás(10) dice de la atención en la oración vocal: “Puede la atención referirse a las palabras, para pronunciarlas bien; al sentido de esas palabras, o bien al fin mismo de la oración, es decir a Dios y a la cosa por la cual se ruega… Esta última clase de atención que aun los más simples e incultos pueden tener, es tan intensa a veces que el espíritu está como arrobado en Dios y olvidado de todo lo demás.”
Asimismo para oír bien la Misa, con fe, confianza, ver­dadera piedad y amor, se la puede seguir de diferentes maneras. Puédese escuchar prestando atención a las oraciones litúrgicas, tan bellas y llenas de unción, elevación y sencillez. O meditando en la Pasión y muerte del Salvador, y considerarse al pie de la Cruz con María, Juan y las santas mujeres. O cumpliendo, en unión con Jesús, los cuatro de­beres que tenemos para con Dios, y que son los fines mismos del sacrificio: adoración, reparación, petición y acción degracias. Con tal de ocuparse de algún modo en la oración, por ejemplo, rezando el rosario, la asistencia a la Misa es provechosa. También se puede, y con, mucho provecho, como lo hacía Santa Juana de Chantal y otros muchos santos, continuar en la Misa la meditación, sobre todo si despierta en nosotros intenso amor de Dios, algo así como San Juan estuvo en la Cena, cuando reposaba sobre el corazón del divino Maestro.
Sea cualquiera la manera como oigamos la Santa Misa, hase de insistir en una cosa importante. Y es que sobre todo hemos- de unirnos íntimamente a la oblación del Salvador, sacerdote principal del sacrificio; y ofrecer, con él, a él mis­ mo a su eterno Padre, acordándonos que esta oblación agrada más a Dios que lo que pudieran desagradarle todos los pecados del mundo. También hemos de ofrecernos a nosotros mismos , y cada día con mayor afecto, y presentar al Señor nuestras penas y contrariedades, pasadas, presentes y futuras. Así dice el sacerdote en el ofertorio: “In spiritu humili­tatis et in animo contrito suscipiamur a te, Domine: Con espíritu humillado y contrito corazón te suplicamos, Señor, que nos quieras recibir en ti.”
El autor de la Imitación, I. IV, c. VIII, insiste sobre esta materia: “Voz de Cristo: Así como Yo me ofrecí a mí mismo por tus pecados a Dios Padre con voluntad y extendí las las manos en la Cruz, desnudo el cuerpo de modo que no me quedaba cosa alguna que no fuese sacrificada para aplacar a Dios, así debes tú, cuanto más entrañablemente puedas, ofrecerte a ti mismo, de toda voluntad, a mí, en sacrificio puro y santo cada día en la Misa, con todas tus fuerzas y deseos… No quiero tu don, sino a ti mismo. . . Mas si tú estás en ti mismo y no te ofreces de muy buena gana a mi voluntad, no es cumplida ofrenda la que haces, ni será entre nosotros entera la unión.”
Y en el capítulo siguiente: “Voz del discípulo: Yo deseo ofrecerme a Ti de voluntad, por siervo perpetuo, en servicio y sacrificio de eterna alabanza, Recíbeme con este Santo Sacrificio de tu precioso Cuerpo… También te ofrezco, Señor, todas mis buenas obras, aunque son imperfectas y pocas, para qué tú las enmiendes y santifiques, para que las hagas agradables y aceptas a ti. También te ofrezco todos los santos deseos de las almas devotas, y la oración por todos aquellos que me son caros, También te ofrezco estas oraciones y sacrificios agradables, por los que en algo me han enojado o vituperado… por todos los que yo alguna vez enojé, turbé, agravié y escandalicé, por ignorancia o adverti­damente, para que tú nos perdones las ofensas que nos hemos hecho unos a otros… y haznos tales que seamos dignos de go­zar de tu gracia y de que aprovechemos para la vida eterna.”
La Misa así comprendida es fecundísima fuente de santificación, y de gracias siempre renovadas; por ella puede ser realidad en nosotros, cada día, la súplica de Nuestro Señor: “Yo les he dado de la gloria que tú me diste, para que sean una misma cosa, como lo somos nosotros, yo en ellos y tú en mí, a fin de que sean consumados en la unidad, y conozca el mundo que tú me has enviado y amádoles a ellos como a mí me amaste” (Joan., xvii, 2 3).
La visita al Santísimo Sacramento ha de recordarnos la Misa de la mañana, y hemos de meditar que en el taber­náculo, aunque propiamente no hay sacrificio, Jesús sin em­bargo, que está realmente presente, continúa adorando, pi­diendo y dando gracias. En cualquier momento, a lo largo del día, deberíamos unirnos a esta oblación del Salvador. Como lo expresa la oración al Corazón Eucarístico: “Es paciente para esperarnos y dispuesto siempre a escucharnos; es centro de gracias siempre renovadas, refugio de la vida escondida, maestro de los secretos de la unión divina.”Junto al tabernáculo, hemos de “callar para escucharle, y huir de nosotros para perdernos en él” (11).

 

R. Garrigou-Lagrange. Las tres edades de la vida interior.

 

Visto en http://eccechristianus.wordpress.com/

La película «Cristiada» llegará a los cines mexicanos el 20 de abril y en junio a EE.UU.

 

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Narra la Guerra Cristera de 1926 cuando se desencadenó en México una fuerte persecución religiosa.

La película ´Cristiada´ se estrenará en los cines de México el próximo 20 de abril y llegará a las salas estadounidenses el 1 de junio. El largometraje narra la Guerra Cristera de 1926 cuando se desencadenó en México una fuerte persecución religiosa y el pueblo luchó por conseguir la libertad.
Eduardo Verástegui forma parte del elenco de actores e interpreta a Anacleto González. Uno de los mártires de la guerra, padre de familia, que murió perdonando a sus asesinos.
La película está dirigida por Dean Wright que participó en películas como ´Las crónicas de Narnia´ y ´El Señor de los Anillos´.
´Cristiada´ ya ha sido proyectada en algunos pases privados como en la JMJ de Madrid 2011. También el ex presidente mexicano, Vicente Fox, se interesó por este proyecto y pudo ver recientemente el film. Y es que ´Cristiada´ es la película mexicana más cara de la historia.

 

 

 

Visto en: http://www.religionenlibertad.com