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sábado, 24 de marzo de 2012

PRIMER DOMINGO DE PASIÓN

 

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Estación en San Pedro

I clase - Ornamentos morados

 

“No ignoramos, dice San León, que el misterio pascual ocupa el primer lugar entre todas las solemnidades religiosas. Verdad es que nuestro modo de vivir durante todo el año debe disponernos, mediante la reforma de nuestras costumbres, a celebrarlo de una manera digna y conveniente. Pero los días presentes exigen una muy especial devoción, sabiendo que está ya cerca aquél en que celebramos el misterio sublimísimo de la divina misericordia”.

Este misterio es el de la Pasión. De ahí que la Misa y el mismo Oficio Divino se hallen como saturados del pensamiento absorbente a la par que tiernísimo de la Pasión de Jesús y de la infidelidad de los Judíos, cuyos sitiales en el reino de Dios vienen a ocupar los bautizados, o sea, los catecúmenos y los cristianos.

En la Antífona de entrada, el salmista desterrado, representa a Cristo “contra el cual se levanta un pueblo furioso” (Grad.).

El Evangelio nos muestra ese odio cada día más rabioso del Sanedrín. Abraham creyó en las promesas divinas que le anunciaban a Cristo y, en el limbo, su alma se regocijó al verlas cumplidas. Y los Judíos que debieran haber reconocido en Jesús al Hijo de Dios, más grande que el mismo Abraham y que los Profetas porque es eterno, no atinaron con el sentido de sus palabras, insultando entonces al Mesías y llamándole endemoniado y blasfemo; hasta quisieron apedrearle.

Nos dice San Pablo que Jesús es el Pontífice y mediador del Nuevo Testamento. Así como el Sumo Sacerdote solía entrar con la sangre de las víctimas en el Santo de los Santos, así también, aunque por modo excelente, entra Cristo en el cielo, en el verdadero Santo de los Santos, después de haber vertido la propia.

Al recordar le Pasión de Jesús cuyo aniversario ya pronto vendrá, tengamos muy en cuenta que, para sentir sus benéficos efectos, es preciso sufrir por la justicia como el Maestro; y cuando aun siendo miembros de la “familia de Dios” nos vemos perseguidos con Cristo y como Cristo, pidamos a Dios que “Él guarde nuestros cuerpos y nuestras almas” (Or.).

En este tiempo santísimo vamos a oír a menudo en la liturgia al gran sacerdote de Anatot, al Profeta Jeremías, una de las figuras más expresivas del Salvador, paciente y perseguido sin causa por los suyos, aun cuando él solo buscase su bien y su salvación. Jeremías fue una figura viva de Jesucristo, el gran perseguido.

Lección para nosotros los cristianos; pues por ahí podemos ver que no seremos glorificados con Cristo si no padecemos trabajos y persecuciones por Él.

Y precisamente, para que no tengamos prisa de gozar, sino de sufrir y hacer mucho por la gloria de Dios, nos dice San León que “con razón sobrada y por inspiración del Espíritu Santo, instituyeron los Apóstoles estos días de ayuno más riguroso, de manera que ayudando a llevar la cruz a Cristo, hagamos algo de lo que Él por nosotros hizo”

El párroco celebra hoy la misa por sus feligreses.

 

Propio del día para imprimir

Nota: Desde este Domingo hasta el Jueves Santo inclusive, en las misas del tiempo no se dice el salmo júdica me antes del confíteor, ni el Glória Patri en la Antífona de entrada y después del salmo lavabo.

50° aniversario de la muerte de Hugo Wast

Misa tradicional en la Parroquia del Carmen, Capital Federal

Miércoles 28 de Marzo

 

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Estimados amigos del Instituto Hugo Wast: con motivo del 50° aniversario de la muerte de Gustavo Martínez Zuviría, Su Excelencia Reverendísima, Monseñor Antonio Baseotto, ex obispo de Añatuya, celebrará una misa por su alma en el rito extraordinario (Misa de San Pío V o Tridentina) con Coro Gregoriano,  el miércoles 28 de marzo a las 20:00 en la Parroquia Nuestra Señora del Carmen ubicada en la calle Rodríguez Peña 840 de la Capital Federal a la que todos ustedes están cordialmente invitados.

 

Cincuenta años han transcurrido desde que Hugo Wast traspasara las puertas de la muerte a la vida y a pesar de la persecución ensañada de la que ha sido víctima por todos los principados, autoridades, poderes y dominios enemigos de la Cruz que se han ido enseñoreando en el mundo su obra y memoria perduran frescas y vitales para consternación de estos. Su amor a la Argentina, a sus tradiciones, a su pueblo y a la fe católica que enraizó en nuestra nación para permanecer han quedado reflejados en su labor literaria y en su acción como hombre público. Hoy podemos decir con serenidad y entusiasmo que su rico legado está vivo y pronto para ser descubierto por aquellos que no lo han conocido.

 

Por último una breve reflexión: hace unos meses el nombre de Gustavo Martínez Zuviría fue arrancado de la Hemeroteca de la Biblioteca Nacional, Sala que él fundara, en un acto arbitrario y sectario en continuidad con la persecución a la que es sometido sin embargo hoy podemos anunciarles con satisfacción que sus obras completas, enriquecidas con sus últimos libros, entre estos uno póstumo, están siendo reeditadas y prontamente serán presentadas al público que con persistencia viene pidiéndolo desde hace muchos años y desde distintos países. Extraños los caminos del Señor que prueba a los suyos, pero no los abandona. En su oportunidad les informaremos detalladamente sobre esto.

Reciban nuestro saludo en Cristo y María

 

INSTITUTO HUGO WAST

Exposición Dogmática del Tiempo de Pasión

 

 

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La Iglesia, que desde el principio del Ciclo Pascual ha seguido a Jesús en su ministerio apostólico contempla enlutada, en el Tiempo de Pasión, los acontecimientos dolorosos en que abundó su último año (Semana de Pasión), y la postrera semana (Semana Santa) de su vida mortal.

La rabia de los émulos del Salvador, que acrece por días, a va a estallar por fin; y el Viernes Santo nos recordará el más atroz de los crímenes, y el drama sangriento del Gólgota, anunciado por los profetas y por el mismo Jesús. Así que la liturgia, confrontando el Antiguo con el Nuevo testamento, establece un curiosos paralelo entre las palabras de San Pablo y de los Evangelistas referentes a la Pasión, y los clarísimos vaticinios de Jeremías e Isaías, de David, de Jonás y de Daniel.

Al acercarse ya el trágico desenlace, los acentos de dolor en que la Iglesia prorrumpe son cada vez más desgarradores, y pronto oiremos sus lamentos por su Esposo que ha desaparecido. “El cielo de la Iglesia, escribe “Dom Guéranger, se va poniendo más y más sombrío”. Como en los días de la tormenta, vemos acumularse en el horizonte siniestros y densos nubarrones. Va a caer el rayo de la divina Justicia, desgarrando a Jesús que por amor a su Padre y a nosotros se hizo hombre. En virtud de la misteriosa solidaridad que enlaza entre sí a los distintos miembros de la familia humana, ese Dios hecho carne ha sustituido a sus hermanos culpables. Para eso “se reviste de nuestras culpas como de un manto”, en frase del Profeta, y “se hace pecado por nosotros” a fin de poder llevarlo con su carne a la cruz, y destruirlo con su muerte. En el huerto de Getsemaní, los pecados de todos los siglos y de todas las almas se agolpan horribles y repugnantes en fangosas oleadas sobre el alma purísima de Jesús, el cual se convierte en “¡receptáculo de todo el barro humano, en sentina de la creación! (Mons.Gay. Ser. Juez. S.)

Su mismo Padre, violentando el amor entrañable que le tiene, debe tratarle como a un ser maldito, porque escrito está: “Maldito todo aquel que pende de un leño”. Y es que la obra de nuestra salvación reclamaba que Jesús “fuera cosido al madero de la cruz, para que precisamente lo que nos había dado la muerte nos devolviera la vida; y que el que por el leño nos había vencido, por el leño lo fuese también a su vez por Jesucristo Señor nuestro”.

Vemos pues, trabados en duelo desigual al Príncipe de la vida y a de la muerte; pero “Cristo es quien triunfa, inmolándose”. Y, en efecto, el Domingo de Ramos sale cual sale un valeroso conquistador, seguro de sí mismo, aclamado y coronado con palmas y laureles”, “símbolos de la victoria que iba a reportar”.

“Alégrate, hija de Jerusalén, porque mira que tu Dios viene a Ti”, dice le profeta Zacarías, y la turba tiende sus vestidos por el suelo, cual se estilaba al hacer la entrada triunfal de los reyes, gritando: ¡Bendito sea el que viene como rey en el nombre del señor!” Jesús entra en su capital de Jerusalén y sube al trono precioso de su sangre “vestido de regia púrpura”, y encima de él Judíos y Romanos escriben en las tres lenguas entonces más usadas su glorioso título de “Jesús Nazareno, rey de los Judíos, “El oráculo de David se cumplió: Dios reinará por el leño”, que siendo hasta entonces padrón de ignominia, se trueca en “estandarte del rey” y “nuestra única esperanza en el Tiempo de Pasión”. Nos postramos ante la cruz, porque por el madero se devolvió la alegría al universo mundo”. Para demostrar a las claras que la iglesia considerará en adelante desde ese punto de vista a Jesús en la cruz, los antiguos artistas cristianos ponían al Crucifijo corona heráldica y real. La humillación de Cristo había sido, en efecto, para su Padre una glorificación, para Satanás una derrota, para Jesús un triunfo y para nosotros una expiación infinita. Y la Iglesia, que hará resaltar en su liturgia pascual el aspecto vivificador de la muerte de Jesús, procura que ya esté embebida de ese mismo pensamiento al liturgia del Tiempo de Pasión; porque la muerte de Cristo, imagen de nuestra muerte al pecado, y su resurrección, modelo de la resurrección nuestra a la vida sobrenatural, son como las dos caras del misterio de la Pascua de Jesús Crucificado y Pascua de Jesús resucitado.

Por eso también, en la noche Pascual los catecúmenos “eran sepultados por el Bautismo con Jesús en su muerte, y resucitaban con Él a nueva vida”.

Y efectivamente, al fin de la Cuaresma y en los días en que la Iglesia celebra el recuerdo de la muerte y del triunfo de Jesús, exigían los Concilios que se administrasen a los Catecúmenos los sacramentos del Bautismo y Eucaristía, y que se les reconciliase por medio de la absolución sacramental a los públicos penitentes. De este modo, el Tiempo de pasión y de Pascua, a la vez que señalaba para todos los cristianos el aniversario de la recepción de tan grandes beneficios, les recordaba cómo la Pasión y la Resurrección de Cristo son la causa eficiente y ejemplar de la suya, y les permitía asociarse a ellas cada año de un modo más cabal, más íntimo. Estas fiestas no eran un mero recuerdo histórico, referente a la sola persona de Jesús, sino una realidad viviente para todo su místico cuerpo: El luto del Gólgota, cundía por el mundo entero, e que la Iglesia, con Cristo su Cabeza, ganaba todos los años una nueva victoria sobre Satanás. Este mismo pensamiento consumaba la iniciación de los catecúmenos y excitaba de un modo más apremiante al arrepentimiento a los penitentes públicos, que cifraban sus esperanzas en “la inmolación del Cordero”, cuanto más próximos a ella se veían. El Tiempo de Pasión, por su conexión con el Tiempo Pascual quiere traernos el recuerdo del Bautismo en que nuestra alma fue lavada con la sangre de Jesús, y de nuestra primera Comunión, en que vino a beber de ella; y por la Confesión y Comunión Pascuales, vestigios de la disciplina penitencial y bautismal de antaño, este Tiempo nos hace morir y resucitar más y más con Cristo.

 

Tomado del Misal Diario y Vesperal de Dom Gaspar Lefevbre O.S.B.
Desclée de Brouwer y Cía. Brujas Bélgica 1953

EL TIEMPO DE PASIÓN

 

Preparación inmediata de la Redención

 

 

 

 

 

1. Vista general. Llámase Tiempo de Pasión a las dos últimas semanas de Cuaresma, en las cuales el tema de los padecimientos y persecuciones del Salvador es el principal en la liturgia, mientras el de la instrucción de los catecúmenos y preparación de los penitentes públicos para su reconciliación, pasa ya a segunda línea. Es, pues, la misma Santa Cuaresma, pero más íntimamente vivida con Jesucristo, Varón de dolores, cuyas humillaciones y tormentos, a la par que excitan la compasión de los buenos cristianos, los predisponen a la compunción del corazón. Está todo él sombreado por el leño de la Cruz, ese "árbol esbelto y refulgente, ataviado con la púrpura real", como canta con aires de triunfo la Iglesia, repitiendo sin cesar, en estos días, las bellas estrofas del Vexilla Regís, de Venancio Fortunato.

En la primera de estas dos semanas, evoca la liturgia los seis últimos meses de la vida pública de Jesús, época de las grandes polémicas con los judíos y de las persecuciones, descaradas ya y agresivas, de sus enemigos. Jesús sólo se les aparece a intervalos; pues los ve tan enconados contra su persona, que tiene que huirles, para dar tiempo a que llegue su hora. Son seis meses de humillaciones y de afrentas; seis meses de verdadera Pasión, pero todavía incruenta.

Los textos litúrgicos van descubriéndonos, día tras día, nuevos aspectos de esta furibunda persecución. El domingo vemos a los judíos arrojándole piedras, el lunes, ingeniándose para prenderle; el martas, a punto de matarle; el miércoles, queriendo de nuevo apedrearle, el jueves, acechándole, en casa del fariseo Simón, mientras perdona Él a la Magdalena; el viernes, tramando ya definitivamente su muerte, y el sábado, acorralándolo de tal forma que le obligan a esconderse para no adelantar los acontecimientos.

En la segunda semana, la "Semana santa" que nosotros llamamos, o la "Semana penosa", como la denominaban los antiguos, la liturgia reproduce con los más vivos colores los últimos episodios de la vida de Jesús: los postreros destellos del Sol de Justicia, venido a alumbrar a este mundo entenebrecido por la culpa; las terribles peripecias que rodean la obra maestra de nuestra redención.

El domingo, lunes y miércoles santo son días de brillante aurora, pero de sombrío ocaso. El Divino Maestro aparece glorioso por la mañana, enseña en público, discute, triunfa; pero al anochecer, se retira a casas amigas, como para ponerse al abrigo del espíritu de las tinieblas. El jueves, después de realizar, a los postres de la Cena legal, el milagro de amor de la Eucaristía, se entrega sin reservas en manos de sus enemigos, entre quienes muere el viernes, para salvarlos a ellos y con ellos al mundo prevaricador.

 

2. La actitud de la Iglesia. En vista de tantos tormentos y de ultrajes tan horribles como su Esposo padece, la Iglesia se cubre de luto riguroso, y cubre también con telas moradas las estatuas, los retablos y hasta el Crucifijo; pide a David y a Jeremías sus salmos más lúgubres y sus más desoladoras lamentaciones; y con su palabra de Madre cariñosa, con su actitud de Esposa desolada, con las predicaciones, con las lecturas, con los cantos, en todos los tonos y en todas las formas, háblale a Jerusalén, que es el alma pecadora, y le dice una y otra y muchas veces a modo de sonsonete: "¡Jerusalén, Jerusalén, arrepiéntete, conviértete al Señor, Dios tuyo!"

El rito litúrgico que hace más sensible a los ojos de los fieles esta actitud dolorosa de la Iglesia en Tiempo de Pasión, es el de la velación de las imágenes, que prescribe el Ceremonial y que se efectúa el sábado anterior.

Los arqueólogos y liturgistas no andan de acuerdo en su interpretación. Quiénes se acogen a la historia y a la arqueología; quiénes al simbolismo. A nosotros nos parece, después de estudiar los documentos antiguos y modernos, que se trata de un hecho histórico antiquísimo, que, al perder con el tiempo la aplicación real originaria, adquirió un muy razonable simbolismo.
Históricamente, creemos hallar la clave de este rito en el de la penitencia pública. Como ya hemos dicho, el primer día de Cuaresma se presentaban los penitentes en traje y en actitud humilde a la iglesia, de la que el obispo les despedía, después de imponerles la ceniza y vestirlos de saco y de cilicio como Dios despidió a Adán y Eva del paraíso— enviándolos hasta el Jueves Santo a algún monasterio de las afueras de la ciudad. El rito de la expulsión perduró hasta el siglo XVI, en que, extendiéndose, por devoción, la penitencia pública y la recepción de la ceniza a la generalidad de los fieles, no fué ya posible expulsar del templo a todos los penitentes, que formaban mayoría. Para recordarles, no obstante, el suprimido rito y mantenerlos en la humildad, aislóseles, ya que no de la iglesia, del presbiterio, mediante una cortina roja suspendida de la bóveda. Poco a poco, sin duda por no hallar práctico este sistema que deslucía y embarazaba las ceremonias litúrgicas, dicha cortina se fué acortando y reduciendo al velo actual, que apenas cubre las imágenes y la cruz. He aquí, pues el origen histórico y la razón de ser del cortinaje, de diversas hechuras y tamaños, según los países e iglesias, que se usa en la actualidad (1).

Los liturgistas simbolistas han visto en este rito un recurso piadoso para representar materialmente el hecho de haber tenido que esconderse el Señor en el templo para escapar al furor de sus enemigos que intentaron apedrearlo.

Tal, en efecto, autoriza a suponerlo la costumbre medioeval de cubrir el Crucifijo, justamente en el momento preciso de cantarse en la Misa el texto mismo del Evangelio alusivo a ese hecho. Al propio tiempo le atribuyen la virtud de recordar a los fieles que, durante esta temporada, Nuestro Señor veló su divinidad, dejándose prender y torturar como si sólo fuese hombre, y hombre criminal. Y conforme a esto, la razón de cubrir las imágenes de los Santos a la vez que la del Crucifijo, sería la de hacer ver que también los hijos participan de la confusión y oprobios del Padre, y que deben ellos también ocultar su gloria cuando la del Señor se desvanece a los ojos de los hombres.

Además de vestirse de luto riguroso, la Iglesia suprime, en Tiempo de Pasión, el Gloria Patri en el introito y en el salmo del Lavabo de la Misa, así como en el invitatorio y responsorios del oficio; y, además, todo el salmo Júdica del principio de la Misa.

El Gloria es un grito de triunfo y de alegría, y como la Iglesia quiere ir poco a poco inspirando a los fieles sentimientos de tristeza por los acontecimientos dolorosos que se avecinan, suprímelo en esos momentos solemnes de la Misa y del oficio, conservándolos solamente al final de los Salmos. En el último triduo de Pasión, días de completa desolación, ni en los Salmos se oirá ya esa doxología.
La omisión del salmo Júdica al principio de la Misa, “no es una práctica muy antigua ni tiene un significado especial, ya que la oración que ahora reza el sacerdote al pie del altar, antes de comenzar el Introito, introdújose por primera vez en los países francos hacia el siglo VIII; y como ese salmo 42 cantábase en el Introito, por eso se suprimía antes de la confesión que precedía a la subida al ara del sacrificio”(2). Sin embargo, suprimido y todo, este salmo, nada más que por evitar su repetición, es lo cierto que su omisión contribuye no poco a imprimir a las misas de esta temporada un sello de severidad.

 

3. El triunfo de la Cruz. En medio de los acentos de dolor que con frecuencia exhala la liturgia de estos días, resuenan de vez en cuando en el templo notas verdaderamente triunfales que nos hacen por momentos dudar si celebramos alborozados alguna victoria gloriosa, o plañimos tristes acontecimientos. Los lamentos de Jeremías contrastan notablemente, en Tiempo de Pasión, con los entusiasmos del prefacio de la Misa, y los de los himnos del poeta Fortunato, cuyas estrofas a la Cruz hacen por un instante olvidar, en vísperas, maitines y laudes, los textos melancólicos que les han precedido. Ninguna otra bandera ha inspirado jamás himnos más brillantes que ésta del cristianismo, convertida, de instrumento infame que era, en insignia gloriosa, al contacto de los miembros de Cristo.

El prefacio canta con aires de triunfo: "En verdad es digno y justo... darte gracias a Ti, Padre Todopoderoso... que pusiste la salvación del género humano en el Árbol de la Cruz, para que de donde salió la muerte, de allí renaciese la vida, y el que en un árbol fué vencido, venciese en árbol, por Cristo, Señor nuestro..." Pocas palabras, pero significativas y concluyentes.

Entre los varios himnos que el gran poeta galo Fortunato compuso en honor de la Santa Cruz con ocasión de la llegada al monasterio benedictino de Poitiers, fundado por Santa Radegundis, de las insignes reliquias del “Lígnum Crucis", se han hecho los más célebres: el Pange, lingua gloriosi praelium certáminis (canta, oh lengua, la victoria del más glorioso combate), que está dividido en el Breviario en dos partes, una para maitines y otras para laudes, conservándolo completo el Misal en la ceremonia de la Adoración de la Cruz del Viernes Santo: y el Vexilla Regís, el más conocido y celebrado, y que se emplea en Vísperas y en la procesión del Viernes Santo al monumento.

En la Edad Media, el culto de la Cruz sólo despertaba sentimientos de júbilo y de triunfo; sentimientos que los artistas plásticamente representaban en los crucifijos de la época, ciñendo a Cristo de una corona de gloria, y trocando la sangre de sus heridas por perlas de oro y piedras preciosas. En realidad, son los mismos sentimientos que ha patrocinado la liturgia a través de los siglos, no obstante las representaciones dolorosas de los artistas modernos, repitiendo sin cesar en las diversas festividades de la Cruz los himnos triunfales de Venancio Fortunato, y acoplando al lado de ellos otros textos igualmente brillantes.

 

(1) Cf. M. Callewaelrt y Thurstan en Les Quest lit. et parois, t. II, col. 284, Item. Opus Dei, marzo 1927. En la cortina pintábanse a menudo diversas imágenes para fomentar la piedad de los fieles. Algunos autores antiguos, como Pedro Coméstor (p. L. CXCVIII, col. 1573) hablan de cortinas colocadas de continuo en la iglesia entre los cantores y el pueblo (inter psallentes et populum), como un resguardo para la modestia, cortinas que de ordinario ocultaban a los cantores de los hombros por abajo, y durante la Cuaresma, todo el cuerpo: de modo que, interpositis dulaeis, mútuus negabátur aspéctus, "corridos los tapices, se ocultaban unos y otros".


(2) Dom Schuster: Lib. Sacr., vol. III. Esta razón creemos que sólo es valedera para el Domingo de Pasión, mas no para los demás días, que tienen Introitos diferentes. Tal vez será mejor pensar que la Iglesia quiere empezar ya desde este Domingo a devolver a la Liturgia lo más posible su carácter primitivo, para que así sea más suave la transición a los Oficios del último triduo de Semana Santa, que son los de factura más arcaica.

EXTRAÍDO DE: R.P. ANDRÉS AZCÁRATE; La Flor de la Liturgia; Buenos Aires, Abadía San Benito, 6ta. Ed., 1951; pág.498-504

 

Fuente: STAT VERITAS

+ Corona de los Siete Dolores de María +

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"Stabat juxta crucem Jesu mater ejus"
(Jn 19, 25)
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Desde los primeros tiempos, los cristianos han honrado a Santa María, haciendo memoria no solo de su Maternidad Divina o su Perpetua Virginidad, sino también compadeciéndose de sus sufrimientos en la Pasión de su Hijo.
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En el siglo XIII, junto con la difusión de la devoción a Cristo crucificado, se afianzó la devoción María junto a la Cruz. Con los años, la contemplación del sufrimiento de la Madre de Dios, no se limitó a su presencia en el Calvario, sino que se extendió a varios aspectos de su vida. De este manera, se realzó aún más la figura de María, quedando asociada a la Redención del Salvador.
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La tradición fijó en siete los dolores que María Santísima habría sufrido durante su vida, a saber:
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1. La Profecía de Simeón
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2. La huía a Egipto.
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3. La perdida del Niño en el Templo.
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4. El encuentro con Jesús camino del Calvario.
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5. La Crucifixión y Muerte de Cristo.
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6. El descendimiento.
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7. La sepultura de Jesús y la soledad de María.

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La Santísima Virgen María manifestó a Sta. Brígida que concedía siete gracias a quienes diariamente le honrasen considerando sus lágrimas y dolores y rezando siete Avemarías:
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1. Pondré paz en sus familias.
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2. Serán iluminados en los Divinos Misterios.
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3. Los consolaré en sus penas y acompañaré en sus trabajos.
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4. Les daré cuanto me pidan, con tal que no se oponga a la voluntad adorable de mi Divino Hijo y a la santificación de sus almas.
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5. Los defenderé en los combates espirituales con el enemigo infernal, y protegeré en todos los instantes de su vida.
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6. Los asistiré visiblemente en el momento de su muerte; verán el rostro de su Madre.
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7. He conseguido de mi Divino Hijo que las almas que propaguen esta devoción a mis lágrimas y dolores sean trasladadas de esta vida terrenal a la felicidad eterna directamente, pues serán borrados todos sus pecados, y mi Hijo y Yo seremos su consolación y alegría.

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Entre todas las formas que han surgido para honrar los Siete Dolores de María Santísima, sobresale la Corona de los Siete Dolores. Su origen se remonta a 1233 en Florencia, con la fundación de la Orden de los Siervos de María. Esta orden tenía como fin principal la devoción a la Pasión de Cristo y los Dolores de María Santísima. Sus fundadores habrían inventado esta corona tomando como modelo el Santo Rosario. San Felipe Benicio superior general de esta orden, fue uno de los más propagadores de esta devoción, popularizando por todas partes el Hábito de La Dolorosa y su escapulario.
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La Corona de los Dolores, se reza como el Santo Rosario, conmemorando los siete Dolores de la Santísima Virgen, con un Padrenuestro y siete Ave Marías después de enunciado cada Dolor. Al igual que para rezar el rosario hay un collar de cuentas, para rezar los siete dolores está el llamado collar de la Coronita Servita que consta de 49 cuentas o cuentas en un círculo, organizados en series de siete cuentas. Cada serie empieza con una medalla que muestra cada uno de los Dolores que padeció la Virgen. Las cuentas en el círculo se usan para rezar el Ave María, y las medallas en el circulo se usan para el Padrenuestro. La medalla del primer Dolor cierra el círculo y está unido a un colgante de cuatro cuentas que termina con una medalla de la Virgen Dolorosa. Las cuentas del colgante se usan para rezar las oraciones de clausura: la Salve y tres Avemarías. A estas últimas oraciones, pueden añadirse el "Stabat Mater", las Letanías Lauretas o cualquier otra oración a la Virgen Dolorosa. Es muy oportuno rezar la Corona de los Siete Dolores después del Via Crucis. También los sábados, en memoria de aquellas horas en soledad que pasó Santa María, recordando los misterios que guardó y meditó en su Purísimo Corazón el Sábado Santo.
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Es esta una devoción es muy propia de la Cuaresma y la Semana Santa, ya que es una forma muy útil de unirnos a los padecimientos de Cristo Redentor, por medio de María Santísima, Madre y Corredentora nuestra.
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Nichán Eduardo Guiridlian Guarino
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