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miércoles, 9 de mayo de 2012

Visión de la agonía en el Huerto de los Olivos

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"Vi  que ante el alma de Jesús pasaban interminables series de imágenes con los escándalos de todos los siglos hasta nuestro tiempo y más allá, hasta el fin del mundo; con todas las formas de errores morbosos, orgullosas mentiras, entusiasmos fanáticos, falsos profetas, dureza de corazón y malicia de los herejes. Pasaron todos los apóstatas, autojustificadores, herejes y reformadores con apariencia de santos. Seductores y seducidos se burlaban de Él  y le atormentaban exhibiendo su oscuridad como si no le hubieran golpeado cómodamente en la cruz y no hubieran desgarrado y troceado la túnica inconsútil de su Iglesia.
Cada uno quería tener un Salvador distinto del que se había entregado por amor. Incontables humanos le maltrataban, se mofaban y renegaban de Él [...] cuando les tendía la mano salvadora la evitaban y volvían al abismo que los sumergía. Vio infinidad de humanos  que no osaban renegar abiertamente, pero que se alejaban blandamente, asqueados de las llagas de su Iglesia que ellos mismos habían ayudado a causar, y pasaban de largo como el levita ante el pobre que había caído en manos de los asesinos; y vió cómo se alejaban de su Esposa llagada como unos hijos cobardes y sin fe que abandonaran a su madre cuando, al llegar la noche, irrumpen ladrones y asesinos a los que unos cambios desordenados han abierto la puerta.
[...] Los vio como un rebaño extraviado, vendido a los lobos, al que los mercenarios habían llevado a malos pastos, pero que no quería entrar en el establo del buen Pastor que da la vida por sus ovejas. Los vio errar sin patria en el desierto, sin querer ver la ciudad que Él tenía puesta en lo alto del monte para que no pudiera quedar escondida […]  sin querer ver la casa de su Esposa erigida sobre roca su Iglesia, a la que Él había prometido que estaría a su lado hasta el fin de los siglos y que las puertas del infierno no prevalecerían contra ella. No querían entrar por la puerta estrecha por no inclinar el cuello, y vio que seguían a unos que no habían querido entrar por la puerta sino por otra parte, que edificaban en la arena mudables chozas de muchas clases sin altar ni sacrificio, pero que tenían veletas en el techo y según ellas mudaban de doctrina. Por eso estaban  en contradicción unos con otros, no se entendían, y no tenían postura fija. Vio cuán a menudo destruían sus chozas y después lanzaban  los escombros contra la piedra angular de la Iglesia, que permanecía impávida.
Vio que muchos de ellos, aunque reinaban las tinieblas en sus chozas, no acudían a la luz puesta en el candelero en la casa de la Esposa, sino que erraban por fuera con los ojos cerrados entorno a los jardines de la Iglesia, viviendo sólo de los perfumes que exhalaban […] No querían entrar en el jardín porque temían las espinas del seto; y el Señor los vio satisfechos de sí mismos, pasar hambre sin trigo, pasar sed sin vino y que, ofuscados por su propia luz, decían que la Iglesia del Verbo humanado era invisible.
[…] Satanás le arrancaba violentamente ante sus Ojos, para ahogarlos, una multitud de hombres que había redimido con su Sangre y que incluso estaban ungidos con su Sacramento. Jesús vio y se compungió  ante toda la ingratitud y toda la corrupción de la Cristiandad primitiva, la posterior, la actual y la futura[…] Cristo, el Hijo del Hombre, juntaba y retorcía las manos, caía de rodillas una y otra vez como abrumado y su voluntad humana libraba un combate tan terrible contra su repugnancia a sufrir indeciblemente por una raza tan ingrata, que un sudor de gruesas gotas de sangre caía a chorros de su Cuerpo al suelo.
[…] veía yo que Satanás se movía, dentro o al lado, con distinta forma de horror según la clase de crimen. Aparecía como un gran hombre oscuro, o como un tigre, una zorra, un lobo, un dragón, o una serpiente, pero tales figuras de animal no eran completamente él mismo, sino solo el rasgo principal  de su naturaleza, mezclado con otras formas horrendas. No eran como una criatura completa, sino sólo formas del demonio, formas de abominación, discordia, contradicción y pecado […].
Al principio no veía mucho a la serpiente, pero al final la vi aparecer. Era gigantesca, tenía un poder terrible y llevaba una corona en la cabeza. La serpiente traía de todas partes innumerables legiones de todos los tiempos y razas a que oprimieran a Jesús. Estas legiones armadas con instrumentos, armas y todos los medios posibles de martirio, luchaban en algún momento entre ellas mismas, pero luego todos se volvían con terrible furia contra el Salvador […] Hacían burla de Jesús, le escupían, insultaban, le tiraban cosas, vertían inmundicias, le golpeaban, le pinchaban, le abofeteaban […].
[…] Vi que la serpiente, que estaba en medio de estas legiones y las empujaba continuamente, daba coletazos con su cola y ahogaba, destrozaba y devoraba a todos  a los que derribaba o abrazaba.
Aquí tuve conocimiento de que la multitud de legiones que devoraban a Jesús eran el inmenso número de los que maltrataban de múltiples modos a Jesucristo en el misterio del Santísimo Sacramento, al Salvador, sustancialmente presente en Carne y Sangre, Cuerpo y Alma bajo la forma de pan y de vino […] prenda viva de su presencia personal ininterrumpida en la Iglesia Católica. […]
Entre estos enemigos vi toda clase de seres humanos […] Ciegos que no querían ver la verdad; paralíticos que no querían seguirla por pereza; sordos que no querían oír sus avisos y amenazas; mudos que ni una sola vez quisieron luchar por ella con la espada de la palabra; niños perdidos por causa de sus padres o maestros mundanos y olvidados de Dios, alimentados de deseos terrestres, llenos de vana sabiduría y alejados de las cosas divinas. Los niños me afligían más porque Jesús los amaba mucho, y entre ellos vi sobre todo a muchos monaguillos maleducados, irreverentes y con malas inclinaciones que no honraban a Jesucristo en las ceremonias sagradas. Sus culpas recaían en parte sobre maestros y curas imprudentes.
Pero vi también con espanto que muchos sacerdotes de alto y bajo rango, incluso algunos que se tenían por piadosos y creyentes, contribuían a maltratar a Jesucristo en el Santísimo Sacramento. Sólo mencionaré una clase entre las muchas que vi con tanta infelicidad: vi que muchos sacerdotes que creían, adoraban y enseñaban la presencia de Dios vivo en el Santísimo Sacramento no se aplicaban especialmente, y descuidaban y desatendían el palacio, el trono, la tienda, el sitio y el adorno regio del Rey de Cielos y Tierra, es decir, la iglesia, el altar, el sagrario, el cáliz, la custodia del Dios vivo, todos los vasos, objetos, ornamentos, ropas litúrgicas y todo el servicio y adorno de su casa. Todo estaba indecoroso, todo estaba perdido y estropeado del polvo, el orín, el moho y la inmundicia de muchos años. El culto del Dios vivo se había vuelto descuidado y chapucero, y donde no estaba profanado interiormente por lo menos estaba deshonrado exteriormente.
Pero todo eso no era causa de auténtica pobreza, sino siempre por insensibilidad, negligencia, descuido, inclinación a vanidades marginales y mundanas y también a menudo por egoísmo y muerte interior, pues esas negligencias las vi también en iglesias ricas o acomodadas. […]
Vi que estas figuras horribles contra el Santísimo Sacramento se acrecían con innumerables jerarcas eclesiásticos a los que faltaba sentido de la justicia para partir siquiera lo suyo con el Salvador presente en el altar, que sin embargo se daba a Sí mismo por entero y se había quedado por ellos en el Santísimo Sacramento […]
Como consecuencia de esta negligencia, vi a los sacerdotes despreciados, las iglesias abandonadas, los sagrarios profanados, y los débiles escandalizados, y pronto la impureza y la negligencia se extendieron también  a las almas de la comunidad; lo mismo tenían sucio el sagrario en el altar, tampoco tenían limpio el sagrario de su corazón para recibir en su interior al Dios vivo.
Vi que todas estas incomprensibles jerarquías eclesiásticas impulsaban una actividad frenética para adular con halagos y complacer las extravagancias y propósitos mundanos de los príncipes y señores de este mundo, pero el Rey del Cielo y la Tierra yacía como Lázaro a la puerta, y anhelaba en vano unas migajas de amor que no se le daban […]
[…] Vi a todos los irreverentes servidores de la Iglesia de todos los siglos,sacerdotes indignos, pecadores y frívolos en la Santa Misa, que distribuían el Santísimo Sacramento a turbas que lo recibían indigna y caprichosamente.
Finalmente vi que todos los que estaban separados de la Iglesia, embrutecido y encolerizados en la incredulidad, la superstición, la herejía, la oscuridad y la falsa ciencia mundana, se aliaban en grandes ejércitos contra la Iglesia, se desencadenaban y la atacaban, mientras la serpiente iba en medio de ellos empujándolos y estrangulándolos".

Beata ANA CATALINA EMERICH, La amarga Pasión de Cristo, ed.Vozdepapel, Madrid 2010, págs.69-74