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viernes, 11 de mayo de 2012

+ Nuestra Señora de Fátima +


Recordaremos, el próximo 13 de mayo, un nuevo aniversario de la primera aparición de Nuestra Señora, en Fátima. Todos conocemos y hemos leído la crónica de las apariciones relatadas por Sor Lucía, una de las videntes.


El mensaje de Fátima puede resumirse en tres palabras: oración, conversión y penitencia. La Virgen viene del Cielo, a recordarnos a nosotros, sus hijos pecadores, que debemos vivir cristianamente. Sus palabras a los tres niños, no son más que un eco de aquellas que recoge el Evangelio: ¨hagan todo lo que él les diga¨.


¡Qué gran misericordia la de Nuestro Señor! Tanto desea que todos los hombres se salven, que les envía a su propia Madre, de una manera extraordinaria, para que vuelva a recordarles lo que Él padeció para salvarnos. Llega al punto, de permitir que los pastorcitos contemplen los horrores del infierno, para que ellos mismos confirmen la doctrina de los Novísimos. A tanto se humilla el Señor, que quiere volver a reafirmar, lo que ya sabemos por la Fe.


Y es María Santísima la enviada. Será ella la encargada de tratar de reconciliar nuevamente a los pecadores con su Hijo, ni más ni menos porque ha sido Ella quien ha intercedido ante la Trinidad, para evitar el peso de la justicia que está apunto de caer sobre la humanidad extraviada.


Entre todas las frases que Nuestra Señora ha dicho en Fátima, hay una que siempre me ha impresionado. En su aparición del 13 de octubre la Virgen, tomando un aspecto muy triste dijo: ¨¡Qué no ofendan más a Nuestro Señor que ya está muy ofendido!¨
Pienso en esta frase, pronunciada por María en 1917, hace más de 90 años. No puedo dejar de avergonzarme, al observar el mundo actual y mirar para atrás en el tiempo, constatando de que no sólo nada cambió, sino que todo está peor.


¡Qué poco hemos cambiado los hombres! No pensemos ya en quienes no son cristianos, sino simplemente en nosotros. Tan ocupados estamos en las cosas de este mundo, tan ¨metidos en ellas¨, que dejamos poco espacio para Dios. Si bien tal vez no le abandonamos del todo, nos olvidamos de Él y de su Santa Ley. ¿Por qué? Porque rezamos poco. ¡Si al menos comenzáramos por rezar un poco más!


Es hora de volver a tomar el Santo Rosario, y llenar de avemarías nuestra jornada. Debemos rogar a Dios por la reforma de las costumbres, pedir por la conversión de aquellos que están tan lejos de Dios, de su Iglesia.


El Santo Rosario es el obsequio que Santa María ha dado a sus hijos para asistirlos y protegerlos contra Satanás y para llevarlos al Cielo. Gracias a esta práctica la Cristiandad se ha visto librada de herejías, guerras y calamidades.


Volvamos pues a rezar con más insistencia el Rosario, y veamos como finalmente el Corazón Inmaculado de María triunfará. Que reine pues en nuestras almas, en nuestras familias, en la Iglesia, en las Naciones y en el Mundo entero.


Nichán Eduardo Guiridlian Guarino