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lunes, 21 de mayo de 2012

Domingo Infra-Octava de la Ascensión, P. Castellani

por el Padre Leonardo Castellani (1967)

 

Promesa del Espíritu Santo. El odio del mundo.

 

En el Evangelio de hoy, tomado siempre del Sermón de Despedida, Cristo predice a sus Apóstoles la persecución inevitable. Ya antes les había dicho: “No es el Discípulo mayor que el Maestro: si a mí me ha perseguido, a vosotros os perseguirán”. Esta predicción de Cristo se cumplió en toda la historia de la Iglesia, de diferentes maneras.

Este es el trago más áspero del Cristianismo: no sólo habemos de llevar nuestra cruz sino que sobre ella cargarán desde afuera.

Por eso Cristo antes de hacer el hórrido anuncio apuntala sus ánimos fuertemente: justamente “Paráclito”, el nombre del Espíritu Santo, significa en griego “puntual”; la Vulgata traduce “el Consolador”. Cinco veces les promete el Espíritu Santo en este discurso; y como consecuencia de su venida y morada en nosotros, la eficacia de nuestras oraciones y el “gozo que nadie os podrá quitar”. Todo eso era necesario y más aún; mas todo es actúa solamente en la fe y en la esperanza; no basta haber sido bautizado.

Cristo describe la persecución en sus dos extremos: extremo inferior: os excomulgarán, o sea, “os echarán de las sinagogas” – “absque synagogis facient vos”, como hicieron ya con el Ciegonato y sus padres; extremo último: “os darán la muerte y creerán hacer con eso servicio a Dios”, como hicieron con el mismo Cristo: “Nosotros tenemos Ley y según nuestra Ley debe morir porque se ha hecho Hijo de Dios”. Estos días me leyeron un párrafo del Cardenal Bea acerca de los que mataron a Cristo: dice que no el pueblo judío, sino algunos funcionarios judíos mataron a Cristo; pero esos mismos no pueden llamarse “deicidas” porque no sabían lo que era Cristo, pero debían saber; otra cosa sería hacer agravio a Cristo; o sea, pensar que todo un Dios se hizo hombre con el fin de revelarse a los hombres; y no fue capaz de probar que era Dios; ni siquiera a los que lo rodeaban y eran los jefes religiosos de la religión verdadera. No: lo que siempre ha creído y enseñado la Iglesia es que los fariseos, y sus secuaces –una parte del pueblo judío- asesinaron al Mesías; y si ignoraron que lo era, esa fue “ignorancia culpable” y por tanto, el delito es imputable. – “No saben lo que están haciendo” – dijo Cristo en la cruz. Sí, pero antes dijo: “Padre perdónalos”; y si pide un perdón, hay un delito; y por cierto un delito enorme. El Cardenal se queda con el “No saben lo que hacen”; y se deja el “Perdónalos” porque para él no hay nada que perdonar. Los judíos todavía no lo han crucificado.

Esta pregunta me hizo un muchacho en Santa Fe; estuve hablando con unos treinta muchachos durante tres horas: y se me encogía el corazón al pensar lo que les espera: “no saben lo que les espera”, pensaba yo al oír sus palabras llenas de optimismo. Pensar que estos jóvenes inteligentes, sanos, puros, fervorosos y bien intencionados, van a entrar en el ambiente helado del mundo y se les van a marchitar y deshojar todas las ilusiones que tienen ahora como es propio de jóvenes; e incluso que ante el choque, muchos defeccionarán, encogerán los cuernos como el caracol o se esconderán como la ostra.

Están ellos en una situación nueva. Yo nací y crecí en un ambiente cristiano, aunque tibio: Dios, Jesucristo, la Virgen, los Santos, los Ángeles, oír Misa y rezar el Rosario; el Papa es el representante de Cristo; y el P. Olessio, o los jesuitas de Santa Fe son los representantes del Papa; y no pueden equivocarse. Sufrí las tentaciones comunes del Demonio, el mundo y la carne; pero no esta cruel tentación contra la fe que se levanta ahora, y parece estar en cuarto creciente.

La Iglesia siempre ha tenido persecuciones; eran o declaradas o encubiertas, con hierro o con trampas; o bien las dos cosas, como la del Emperador Juliano el Apóstata; pero nunca han estado dentro mismo de la Iglesia: o bien han estado poco tiempo, hasta que la herejía descubierta era condenada y la rama seca era limpiamente serruchada del tronco vivo. Ahora muchos dicen (sacerdotes incluso) que ellos los progresistas o postconciliares son los verdaderos cristianos y los demás son chanfaina; y los otros llamados integristas o preconciliares dicen lo mismo de los otros; y averígüese Ud. si puede. Entre las dos posiciones existe toda clase de grados intermedios; no existe un tajo seco. ¿Se hará el tajo seco? No lo sé. Cerca del trono pontificio están el Cardenal Bea y el Cardenal Ottaviani; no se pueden ver ni en pintura; los dos son Cardenales.

Bien, el Espíritu Santo sabe. Así como Dios me protegió a mí, protegerá a éstos, si se llaman a seguro. Todas las generaciones humanas y todas las épocas de la historia están a igual distancia de Dios. El que ora por su fe, jamás será desoído. El profeta David dice: “Loado sea Dios que no apartó de mí ni mi oración ni su misericordia”; o sea, que mientras dure la oración no se retirará la misericordia, sobre todo en el tiempo de la persecución. “Cuando os veáis perseguidos alegraos y regocijaos; porque vuestra recompensa es grande en el cielo”.

Estos muchachos, la mayoría universitarios, algunos recibidos, no me hicieron una sola pregunta sobre política, ni yo a ellos: hicieron preguntas religiosas o filosóficas, y por cierto con gran discreción y entendimiento. Y al final habló el que los dirige, un profesor muy talentoso y modesto; y les hizo prácticamente el sermoncito que he hecho ahora. Les dijo en resumen que no esperaran el éxito inmediato de sus esfuerzos y trabajos; que a lo mejor lo que siembren ahora fructificará dentro de dos o tres generaciones –o nunca: porque “uno siembra, otro riega, y después viene otro y recoge” –dice San Pablo; y Dios no nos pide que venzamos sino que no seamos vencidos. Que se hiciesen desde ahora duros ante la posible persecución: los escupitajos no me mojan, los insultos no me turban, la calumnia no me derrota; el dinero y los honores no me fascinan, y el Ángel de la Guarda me defenderá de todos los demonios.

Fue el que habló mejor: es irlandés o hijo de irlandés; o sea, de una raza que sabe lo que es sufrir persecución por causa de la santidad –por amor de la justicia, dijo Cristo- que es el nombre de la santidad en los Evangelios. Ya tienen ellos alguna experiencia deso.