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martes, 10 de julio de 2012

La Santa Misa, gozo de María Santísima

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Escuchad el siguiente hecho relatado en la vida de Santo Domingo: En una festividad de la Santísima Virgen, el santo Patriarca celebró en Londres el Santo Sacrificio en presencia del rey, de la reina y de numerosa concurrencia. En el Memento de los vivos fue arrobado en espíritu. Su rostro estaba inflamado, su frente cubierta de sudor y todo su cuerpo rígido. Un terror religioso se apoderó de la asamblea entera. Al fin, pareciendo al rey que esto duraba demasiado tiempo, mandó a uno de sus oficiales que sacase al Santo de su éxtasis. ¡Orden inútil! Al acercarse a Domingo se sintió sobrecogido de espanto, y no se atrevió a obedecer. Después de un instante, otro oficial fue mandado para ejecutar la misma orden, pero éste no tuvo más valor que el primero. Fue preciso esperar a que el servidor de Dios volviese en sí espontáneamente.
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Continuó la Santa Misa, que todos oigan con gran devoción; pero al llegar a la elevación de la Hostia, el rey, la reina, y cerca de trescientas personas más, vieron en lugar del pan, un niño de maravillosa hermosura, emocionándose muchos en tal grado que no pudieron contener los gritos.
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Después de esta visión, contemplaron una segunda. La Madre de Dios se mostró rodeada de esplendorosa luz, coronada de doce estrellas, y teniendo en sus brazos a su Hijo amado, a quien le sostenía la mano derecha elevada. Con esa mano, trazó ella la señal de la Cruz sobre el pueblo, el cual conmovido derramaba lágrimas. A la elevación del cáliz vieron aparecer en el vaso sagrado una cruz, sobre la que Nuestro Señor Jesucristo estaba suspendido como en el Gólgota. La preciosa Sangre corrí de las cinco llagas con tal abundancia, que se llenó el cáliz hasta los bordes, y la Madre de Dios la tomaba con sus propias manos y la esparcía sobre el pueblo. Después de esta aspersión, todos los asistentes tuvieron un conocimiento tan claro se sus pecados, que quedaron aterrorizados. Tan grande fue su arrepentimiento, que algunos se daban fuertes golpes de pecho.
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Concluida la Misa, Santo Domingo subió al púlpito y tomó por texto para su sermón las palabras del Salmo 97: "Cantad al Señor un cántico nuevo, pues ha hecho cosas admirables". Habéis visto con vuestros ojos, continuó, y vuestro corazón se ha conmovido con las cosas que Nuestro Señor acaba de operar en el altar. Habéis comprendido como el Salvador del mundo ha nacido de nuevo y como ha sido crucificado por vosotros. Dios, por medio de María Virgen, os ha descubierto el grande y terrible misterio de la Misa. El prodigio ha tenido tantos testigos como personas presentes hay aquí. Si pues sentís en vuestros corazones el menor ardor o la menor llama de amor a Jesucristo, dad gracias al Señor, cantad sus alabanzas y proclamad su grandeza y su poder.
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Tengamos pues presente, que en cada Misa, Jesús nace de nuevo, y la dignidad maternal de la Madre de Dios adquiere nuevo brillo. Es por ellos que la Santa Misa es el gozo mayor de la Virgen Santa; porque, aunque puede ser glorificada de mil maneras, la dicha que le causa la Misa excede a todas las otras.
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Adaptación del libro: Explicación de la Santa Misa, del Padre Martin de Cochem