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lunes, 20 de agosto de 2012

+ Cuando lo más sagrado es profanado +

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El Viernes Santo, el Señor nos interroga con dolor por medio de la lirugia de la Iglesia:
"Popule meus, quid feci tibi? Aut in quo contristavi te? Responde, mihi.
Ego te pavi manna per desertum: et tu me cecidisti alapis et flagellis."
(Pueblo mío! que te hice? En que te he ofendido? Respóndeme. Te alimenté con el maná en el desierto, tú descargaste sobre mí bofetadas y asotes)
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Hoy mismo, Jesús nos podría interpelar. El nos ha dado un nuevo maná como alimento, que nos fortalece en el nuestro caminar por el desierto de nuestras vidas: La Eucaristía, que no viene del cielo, sino que es el Cielo. Este alimento es el mismo Jesucristo Resucitado, con su Cuerpo, Sangre, Alma y Divinidad. ¡Que agradecidos deberemos estar por este grandísimo don! Todo acto de adoración y veneración al Santísimo Sacramento, por más solemne y sublime que pueda ser, es poco para agradecer tanto amor. Con quedarse en la Eucarístia, Nuestro Señor se ha humillado más que en toda su Pasión. ¿Y como lo tratamos en el Santo Sacramento?
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El Beato Juan Pablo II decía en la encíclica "Ecclesia de Eucharistía": "A nadie está permitido infravalorar el Misterio confiado a nuestras manos: éste es demasido grande para que alguien pueda permitirse tratarlo a su arbitrio personal, lo que no respetaría ni su carácter sagrado ni su dimensión universal."
¿Que tanto amamos a Nuestro Señor?¿Realmente valoramos la Eucarístia?¿Los sacerdotes celebran devotamente la Santa Misa?¿Los fieles asisten con verdadera devoción a ella?
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Los párrafos que siguen, están tomados las Revelaciones de la Pasión de Jesús, de la Beata Ana Catalina Emmerick. Corresponden a la agonía de Nuestro Señor en el Huerto. La vidente comenta que Jesús sentía el ataque de los pecadores de todos los tiempos, que venían a golpearlo y ultrajarlo.
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"En medio de esas legiones furiosas, de las cuales algunas me parecían compuestas de ciegos, Jesús estaba herido como si realmente hubiera experimentado sus golpes; vacilante en extremo, tan pronto se levantaba como caía; y la serpiente, en medio de esa multitud que gritaba sin cesar contra Jesús, batí acá y allá con su cola, desollando a todos los que derribaba.
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Entonces me fue revelado que estos enemigos del Salvador eran los que maltrataban a Jesucristo cuya presencia es real en el Santísimo Sacramento. Reconocí, entre ellos, todas las especies de profanadores de la sagrada Eucaristía. Yo vi con horror todos esos ultrajes, desde la irreverencia, la negligencia, la omisión, hasta el desprecio, el abuso y el sacrilegio; desde la adhesión a los ídolos del mundo, a las tienieblas y a la falsa ciencia, hasta el error, la incredulidad, el fanatismo y la persecución. Vi entre esos hombres a ciegos, paralíticos, sordos mudos y aun niños. Ciegos que no querían ver la verdad; paralíticos que no querían andar con ella; sordos que no querían oir sus avisos y amenazas; mudos que no querían conbatir por ella con la espada d ela palabra; niños perdidos por causa de sus padres o maestros mundanos olvidados de Dios, mantenidos con deseos terrestres, llenos de una vana sabiduría y alejados de las cosas divinas.
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Entre estos últimos, cuya vista me afligió más porque Jesús amaba a los niños, vi muchos de estos de coro, irreverentes, que no honraban a Jesucristo en las santas ceremonias en las que toman parte. Vi con espanto muchos sacerdotes, algunos reputados como llenos de piedad y fe, maltratar también a Jesucristo en el Santísimo Sacramento. A muchos vi que creían y enseñaban la presencia de Dios vivo en el Santísimo Sacramento; pero no lo tomaban con bastante calor y eficacia, pues olvidaban y descuidaban el Palacio, el Trono, lugar del Dios vivo, es decir, la Iglesia: el altar, el tabernáculo, el caliz, la custodia, los ornamentos; en fin todo lo que sirve al uso y al decoro de la Iglesia de Dios. Todo estaba abandonado, todo se perdía en el polvo y la inmundicia, y el culto divino estaba, si no profanado interiormente, a lo menos deshonrado en lo exterior. Todo eso no era el fruto de la pobreza verdadera, sino de la indiferencia, de la pereza, de la preocupación de vanos interese terrestres, y algunas veces del egoísmo y de la muerte interior; pues vi negligencias iguales en iglesias ricas y en las menos acomodadas. Vi otras muchas adonde un lujo mundano había reemplazado los magníficos ornamentos de una época más piadosa.
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Muchas veces los pobres estaban mejor asistidos en sus chozas que el Señor del cielo y d ela tierra en su Iglesia. ¡Ah!, ¡cuánto contristaba a Jesús la inhospitalidad de los hombres, después de haberse dado a ellos como alimento! Seguramente que no se necesita ser rico para recibir al que reconpensa centuplicado un vaso de agua dado en su Nombre al que tiene sed; pero El, que tiene tanta sed de nosotros, ¿no tiene derecho a quejarse cuando el vaso es impuro y el agua corrompida? Por consecuencia de estos descuidos, vi a los débiles escandalizados, el Sacramento profanado, la Iglesia abandonada, los sacerdotes despreciados, la impureza y la negligencia se extendían hasta las almas de los fieles: dejaban sin purificar el tabernáculo de su corazón cuando Jesús bajaba a él, como dejaban el tabernáculo puesto sobre el altar.
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Aunque hablara un año entero, no podría contar todas las afrentas hechas a Jesús en el Santísimo Sacramento, que supe de esta manera. Vi a los autores de ellas asaltar al Señor y herirlo con diversas arenas, según la diversidad de sus ofensas. Vi cristianos irreverentes de todos los siglos, sacerdotes frívolos o sacrílegos, una multitud de comuniones indigans, guerreros furiosos profanando los vasos sagrados, servidores del demonio empleando la Eucaristía en los misterios de un culto infernal. Vi entre ellos gran número de doctores esclavos de la herejía por sus pecados, atacando a Jesucristo en el Santísimo Sacramento de su Iglesia y arrancando de su corazón por medio de sus seducciones una multitud de hombres por los cuales había vertido su sangre. ¡Qué espectáculo tan doloroso!
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Yo veía a la Iglesia como el cuerpo de Jesús, y una multitud de hombres que se separaban de el, y que rasgaban y arrancaban pedazos enteros de su carne viva. Jesús los miraba con ternura, y gemía al verlos perders. El, que se había dado a nosotros por alimento en el Santísimo Sacramento, a fin de juntar en un solo cuerpo, el de la Iglesia su esposa, a los hombres separados y divididos a lo infinito, se veía despedazado en ese mismo cuerpo, pues su principal obra de amos, la Eucaristía, adonde todos los hombres debían consumirse en la unidad, se convertía, por la malicia de los falsos doctores, en piedra de choque y de separación. Vi de este modo pueblos enteros arrancados de su seno y privados de participación en el tesoro de la gracia legado a su Iglesia.
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Por fin vi todos los que estaban separados de ella sumergidos en la incredulidad, la superstición, la herejía, la falsa filosofía mundana: llenos de furor reuníanse en grandes bandos para atacar a al Iglesia, exitados por la serpiente que se agitaba en medio de ellos; era lo mismo que si Jesús se sintiera despedazar.
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Yo estaba tan llena de horror y de espanto, que una aparición de mi Esposo celestial me puso misericordiosamante la mano sobre el corazón, diciéndome estas plabras:"Nadie ha visto esto todavía, y tu corazón se partiría de dolor si yo no lo sostuviera."
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La Santa Madre Iglesia, consciente de la santidad de la Eucaristía, no solo ha procurado inculcar en los fieles la devoción y respeto a ella, sino que ha determinado una serie de expresiones externas, para subrayar la grandeza del sacramento. Como consecuencia de ello, a lo largo de los siglos, la Iglesia, ha establecido una especial reglamentación del culto a la Eucaristía y del modo de celebrar los Sagrados Misterios.
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Dice el Siervo de Dios Juan Pablo II en la encíclica "Ecclesia de Eucharistia": "También en nuestros tiempos, la obediencia a las normas litúrgicas debería ser redescubierta y valorada como reflejo y testimonio de la Iglesia una y universal, que se hace presente en cada celebración de la Eucaristía."
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Muchos cristianos somos testigos diariamente, de abusos en la celebración de los Santa Misa. Cuantos sacerdotes cometen auténticos sacrilegios mientras celebran, innovando o alterando las ceremonias, añadiendo comentarios propios a las oraciones u omitiendo cumplir con las rúbricas. Cuantos fieles comulgando en pecado o sin la debida preparación.
Estos pecados entrañan una maldad infinitamente superior a cualquier otro. Están dirigidos directamente a la Persona de Nuestro Señor. ¿Cómo es posible el acto más sagrado de nuestra Fe, la Santa Misa, sea profanado impunemente por aquellos mismos que tienen el gravísimo deber de custodiarlo y celebrarlo? Este debe ser sin duda el más horrendo, vil y bajo de todos los pecados.
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Tenemos el deber de poner los medios para evitar estos actos. Debemos denunciar estos abusos a los obispos o la Santa Sede. Callar es ser cómplices de estos pecados. ¿Nos queda alguna duda de que Nuestro Señor está siendo ofendido y maltratado como en su Pasión?
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Parce nobis, Domine!