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domingo, 28 de octubre de 2012

Mons. Baseotto celebró Misa Tradicional en La Plata

Festividad de Cristo Rey

 

Captura

 

 

Hoy al mediodía en la Ciudad de La Plata, S.E.R. Mons. Antonio Baseotto celebró la Santa Misa según la forma extraordinaria del rito romano en la Parroquia de la Medalla Milagrosa ante una multitud de fieles que colmaron el templo, a quienes el Obispo cautivó con una estupenda homilía. Luego, Su Excelencia almorzó con los fieles en el salón parroquial. Estuvieron presentes varios sacerdotes y seminaristas del clero platense que participaron en el acolitado.

 

Juventutem Argentina

Solemnidad de Cristo Rey

 

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Último Domingo de Octubre: Festividad de Cristo Rey.


Jesucristo es Rey universal, por derecho de naturaleza en cuanto es Dios-hombre y por derecho de conquista en cuanto Redentor. Es Rey de las inteligencias y de los corazones, de los individuos y de todo el género humano, con poder legislativo, judicial y ejecutivo.


"15. Por otra parte, erraría gravemente el que negase a Cristo-Hombre el poder sobre todas las cosas humanas y temporales, puesto que el Padre le confiríó un derecho absolutísimo sobre las cosas creadas, de tal suerte que todas están sometidas a su arbitrio. Sin embargo de ello, mientras vivió sobre la tierra se abstuvo enteramente de ejercitar este poder, y así como entonces despreció la posesión y el cuidado de las cosas humanas, así también permitió, y sigue permitiendo, que los poseedores de ellas las utilicen."

 

"El es sólo quien da la prosperidad y la felicidad verdadera, así a los individuos como a las naciones: porque la felicidad de la nación no procede de distinta fuente que la felicidad de los ciudadanos, pues la nación no es otra cosa que el conjunto concorde de ciudadanos(30). No se nieguen, pues, los gobernantes de las naciones a dar por sí mismos y por el pueblo públicas muestras de veneración y de obediencia al imperio de Cristo si quieren conservar incólume su autoridad y hacer la felicidad y la fortuna de su patria. Lo que al comenzar nuestro pontificado escribíamos sobre el gran menoscabo que padecen la autoridad y el poder legítimos, no es menos oportuno y necesario en los presentes tiempos, a saber: «Desterrados Dios y Jesucristo —lamentábamos— de las leyes y de la gobernación de los pueblos, y derivada la autoridad, no de Dios, sino de los hombres, ha sucedido que... hasta los mismos fundamentos de autoridad han quedado arrancados, una vez suprimida la causa principal de que unos tengan el derecho de mandar y otros la obligación de obedecer. De lo cual no ha podido menos de seguirse una violenta conmoción de toda la humana sociedad privada de todo apoyo y fundamento sólido»(31)."


"17. En cambio, si los hombres, pública y privadamente, reconocen la regia potestad de Cristo, necesariamente vendrán a toda la sociedad civil increíbles beneficios, como justa libertad, tranquilidad y disciplina, paz y concordia. La regia dignidad de Nuestro Señor, así como hace sacra en cierto modo la autoridad humana de los jefes y gobernantes del Estado, así también ennoblece los deberes y la obediencia de los súbditos. Por eso el apóstol San Pablo, aunque ordenó a las casadas y a los siervos que reverenciasen a Cristo en la persona de sus maridos y señores, mas también les advirtió que no obedeciesen a éstos como a simples hombres, sino sólo como a representantes de Cristo, porque es indigno de hombres redimidos por Cristo servir a otros hombres: Rescatados habéis sido a gran costa; no queráis haceros siervos de los hombres(32)."

 

 

Fragmentos de la Encíclica Quas Primas sobre la Festividad de Cristo Rey

Mons. Buenanueva: “el futuro de la fe no pasa por su mimetización con el espíritu del tiempo”

 

 

Dios ha hablado al hombre. Y lo ha hecho humanamente, con palabras humanas. Esa es la escandalosa pretensión del cristianismo. La pretensión de Jesús.
En Jesús, un judío del siglo I, Dios se ha dado a conocer definitivamente al hombre. Dios ha pronunciado una palabra, ha confiado su Verbo. Es lo que los cristianos llamamos: la Encarnación. Este judío es Dios hecho hombre.
En su intención primera, esta palabra no busca informar o ilustrar la inteligencia. Lo hará, claro que sí. Y en un grado supremo. "Se cree para entender", repetirá buena parte de la tradición teológica cristiana. La fe es amiga de la inteligencia.
Sin embargo, esa palabra busca lo más humano del hombre. Se trata de una palabra de amistad, ofrecida como quien tiende la mano, esperando ser correspondido.
Es una palabra, por tanto, que puede ser también rechazada. "Vino a los suyos, y los suyos no la recibieron", escribe San Juan en su evangelio.
Un rechazo comprensible, pues si lo que el cristianismo pretende es verdadero, todo lo humano debe girar en torno a este judío llamado Jesús. Una pretensión insoportable.
Sin embargo, lo más sorprendente es que esta palabra sigue siendo escuchada y acogida como tal. Sigue habiendo hombres y mujeres que fundan sus vidas sobre esa palabra. Sigue llevando luz a las conciencias. Sigue convenciendo.
El término "fe" indica precisamente la acogida de esa palabra de amistad. Es una palabra esencial, breve, concisa, casi imperceptible. Es también frágil, pues indica una de las cosas más delicadas del corazón humano: su entregarse confiadamente a Alguien, a quien se lo juzga confiable.
Dios ha hablado, y su palabra no es un discurso sino una persona y un acontecimiento. Esa persona es Jesús el Cristo. El acontecimiento: su pasión, muerte y resurrección.
El mensaje es claro y directo: cada ser humano ha sido amado por Dios con un amor infinito, personal y originalísimo.
Por eso, la palabra "fe" indica un nuevo modo de ser y de vivir. Quien dice "creo en Dios" está indicando con ello su modo de pararse frente a la totalidad de la vida.
Al cumplirse cincuenta años del inicio del Concilio Vaticano II, la Iglesia está viviendo el Año de la Fe. Culminará en noviembre de 2013. ¿Su finalidad? Redescubrir la belleza de la fe cristiana en Dios y comunicarla en toda su noble sencillez al mundo.
Yo lo podría sintetizar así: creer en Jesucristo y anunciar su Evangelio con alegría.
Ese fue, por otra parte, el cometido del Concilio. Para eso lo quiso Juan XXIII. Eso buscaron Pablo VI y los padres conciliares. En esa intención hay que leer también la labor del beato Juan Pablo II.
Por eso, el Concilio puso en el centro de la vida eclesial la Palabra de Dios, la liturgia sacramental y el misterio mismo de Cristo como luz para el hombre contemporáneo.
Quiso una Iglesia más transparente del misterio de Dios revelado en Jesucristo. Porque Cristo es la verdadera luz del mundo, no la Iglesia.
En el inmediato posconcilio, en cambio, se puso el acento en una reforma más bien sociológica de la Iglesia. El Concilio se interpretó como una ruptura y, por lo mismo, se puso en marcha la utopía de una Iglesia distinta.
Algunos siguen insistiendo hoy en las bien conocidas (y aburridas) recetas del progresismo teológico: la fe reducida a frío moralismo y la Iglesia convertida en una agencia del cambio social.
El genuino Concilio (espíritu y letra) va en otra dirección. No una ruptura, sino una reforma en la continuidad de la única y misma Iglesia de Cristo. Lo han comprendido bien las nuevas generaciones, mejor capacitadas para interpretar correctamente su magisterio. Pasada la tormenta, la real recepción del Concilio está recién en marcha.
Quienes así lo han captado están ofreciendo realmente una perspectiva de futuro a la Iglesia. Experimentan que el futuro de la fe no pasa por su mimetización con el espíritu del tiempo, una modernización que la haga un fragmento más del mundo, irrelevante e insignificante.
A mí, como obispo católico, poco me interesa una Iglesia más moderna. Ya hemos perdido demasiado tiempo en eso. Me quita el sueño el anuncio del Evangelio: Dios en el corazón del hombre.
La verdadera reforma de la Iglesia tiene que ver con Dios y con la fe en Dios, por la que uno se deja provocar por el único Acontecimiento capaz de transformar la condición humana: el encuentro con Cristo, el Dios hecho hombre. Lo demás es añadidura.

 

Por Sergio O. Buenanueva

Obispo auxiliar de Mendoza

Fuente: Diario Los Andes